viernes, 28 de diciembre de 2007

Un amargo final: Taste


Tal vez otro día escriba sobre la música de Taste, la primera gran banda donde militó el único e incomparable Rory Gallagher, un ser inimitable de esos que si no hubieran existido habría tenido que ser inventado, y que dejó tras de sí una huella imborrable y un legado de música bella e imperecedera. Sin embargo, hoy toca hablar del lado más feo del negocio musical: engaños, traiciones, acusaciones y juicios, y un final amargo que marcó para el resto de sus días a un músico que lo único que deseaba en este mundo era tocar y hacer llegar sus canciones al público.
Decía Homer Simpson que el alcohol era la causa y solución de todos los problemas. En el mundo del rock and roll esa frase también se puede aplicar a los mánagers. Esos tipos que uno siempre se imagina con gruesos anillos en los dedos, puro humeante en la boca y dedos contando fajos de dinero muchas veces son un empujón muy importante para que una banda salga del anonimato al que están destinados la mayoría de combos. Pero una vez el grupo alcanza el éxito sucede en ocasiones (más de las deseables) que el avispado representante decide vivir a costa del grupo y embolsarse las ganancias, dejando a los músicos unas migajas para que malgasten en alcohol, drogas y cualquier pequeña necesidad que puedan tener.
En esta ocasión el villano de la historia responde al nombre de Eddie Kennedy, un tipo que regentaba un club en Belfast junto al hermano del representante de Van Morrison. Los dos hermanos tenían mucho que decir en la distribución discográfica en el Norte de Irlanda. En definitiva, Kennedy era un tipo de ojo avizor y con muchos contactos. Cuando Rory Gallagher y sus Taste pasaron por su club, Kennedy vio que allí tenía un diamante en bruto y no dejó pasar la ocasión. Siendo unos jóvenes ambiciosos e impresionables Kennedy no tardó en convencerlos para que firmaran con él un contrato de representación.
Al principio el grupo fue despegando poco a poco, y gracias al apoyo de Kennedy la banda fue teloneando a los grandes grupos británicos que pasaban por Belfast. Tras un par de maquetas Taste cruzaron el pequeño charco y se dieron algunas fechas en Londres. Su popularidad comenzaba a crecer y la primera oferta discográfica no tardó en llegar. El sello Polydor hizo saber a Kennedy que estaban interesados en la banda, siempre y cuando cambiaran a la base rítmica. Mediante sus sibilinas artes el mánager logró convencer al joven Rory de que se deshiciera de sus amigos en el grupo. Los sustitutos fueron un bajista y un batería de un grupo llamado Cheese que se acababa de disolver. Casualmente, Kennedy era también el representante de los tal Cheese. Sin embargo, todo pareció ser una perversa maquinación del señor Kennedy. La Polydor no había exigido ningún cambio en la banda.
Quizás musicalmente la música saliera ganando con la nueva formación, eso no lo sé. Lo cierto es que el grupo grabó dos magníficos discos en estudio y un par de directos ya en las postrimerías de la banda. Pero el juego sucio que mantuvo Kennedy con la nueva formación significaría a la postre el final de Taste.
Kennedy engañaba a los músicos sobre las ganancias, se encargó de editar los directos para embolsarse más dinero, y mientras mantenía dos discursos distintos, uno para Rory y otro para la sección rítmica. Al bajista y al batería les hablaba mal del guitarrista , mientras que delante de Gallagher acusaba a los otros dos músicos de esto y aquello. Cuando Taste alcanzaron su cota de popularidad actuando en la mítica edición del Festival de la Isla de Wight en 1970, los músicos prácticamente ni se hablaban; mientras, Kennedy seguía embolsándose la mayor parte de las ganancias.
Un hastiado y desilusionado Rory Gallagher dejaba a la banda poco después. Ninguno de los tres músicos apenas había obtenido alguna ganancia de sus discos y sus giras. Enfrentados y enfrascados en acusaciones y peleas, el asunto acabó el los tribunales. Para cuando supieron la verdad ya era demasiado tarde. La vida los había distanciado ya demasiado. Entretanto Eddie Kennedy se había aprovechado todo lo que había podido de sus jóvenes protegidos.
Aquella amarga experiencia marcó para siempre a un inocente Rory Gallagher, quién a partir de entonces no confió en nadie más que en su hermano para que llevara sus asuntos. Pocas veces expresó sus sentimientos o opiniones al respecto en entrevistas; en contadas excepciones habló abiertamente del asunto. La manera en que solía referirse a esa terrible etapa de su carrera era a través de canciones como "Bought and Sold". En lo que restó de carrera Rory nunca volvió a tocar ningún tema de Taste.
En 1971 Rory Gallagher iniciaba una carrera en solitario casi sin parangón. Para quién no haya escuchado sus discos es difícil describir lo que uno siente al pinchar obras del calibre de "Tattoo" o "Deuce". Simplemente fue uno de los más grandes. Un coloso.
El tema que abre su disco de debut, "Laundromat", aludía al traumático fin de la que fue su primera gran banda, Taste.

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Ava Gardner ofende a John Ford


Allá por 1952 John Ford se encontraba en África rodando Mogambo, la película protagonizada por Clark Gable, Ava Gardner y Grace Kelly. El director se sintió molesto cuando el estudio decidió incluir a la fogosa Ava en el reparto, ya que él prefería a su irlandesa de pelo rojo Maureen O'Hara. Aunque en un principio Ford y Gardner no se llevaron bien, el director acabó prendándose de la increíble personalidad de la actriz y de su humor ácido. Pero cierto día, La Voz llegó para pasar una temporada junto a su esposa.
Como solía ocurrir, el matrimonio de Frank Sinatra y Ava Gardner no pasaba por un buen momento, y el celoso Sinatra decidió viajar junto a su mujer no fuera que ésta se estuviera repasando al ejército mau mau.
Una noche en que el gobernador británico y su esposa estaban de visita en el rodaje, Ford puso a Sinatra a cocinar espaguetis. Mientras hacía las presentaciones, el malicioso director le preguntó a Ava: "Ava, ¿por qué no le dices al gobernador que has visto en este enano de sesenta kilos con el que te has casado?". Fuera porque a Ford no le gustaban que las bromas le salieran por la culata, por ser un católico irlandés o porque quizás no aprobara que una mujer le hablara así, la contestación de la todopoderosa Ava Gardner hizo que el director se pusiera blanco. Ford afirmó: "Nunca más volveré a hablar con esta mujer". ¿La respuesta de Ava? Ahí va:
Bueno, sólo hay cinco kilos de Frank, ¡pero tiene cincuenta y cinco de polla!

Como a buenos británicos al gobernador y su esposa aquello les pareció de lo más hilarante.

Apague las velas, señor Widmark


Aunque hasta donde yo sé Richard Widmark vive retirado del cine, es, junto a Kirk Douglas, Olivia de Havilland y unos pocos más el único vestigio vivo que queda de la era dorada del cine hollywoodiense. Trabajo junto a los más grandes actores, directores y técnicos de su tiempo, y su rostro duro y su mirada glacial le permitieron interpretar tanto a villanos psicóticos como a héroes de espíritu inquebrantable. Por todo eso y mucho más merece un pequeño recuerdo y un feliz cumpleaños desde este pequeño blog. Happy birthday, mr. Widmark.


Una cita: I think a performer should do his work and then shut up.

martes, 25 de diciembre de 2007

Ella es mi chica


She's comin' down the sidewalk
She's stumblin through the door
She's coming home from places she's never been before
She sits down on the sofa
She poors herself a drink
Says, "Honey, honey, honey ain't no time to think"

Con ustedes unos amigos, los Traveling Wilburys. ¡Feliz día de navidad!

¡Qué bello es vivir! (1946)


George Bailey es un tipo desesperado, al límite de sus fuerzas. Ha sacrificado sus sueños y esperanzas por el bien de su familia y su comunidad. Aunque en el camino ha ganado el formar una familia y el respeto de sus vecinos, un descuido de su tío y la maldad de un rico banquero le han llevado a una situación extrema. Bailey comienza a pensar que toda su vida ha acabado siendo un fracaso, y que tras años de esfuerzo y dedicación lo único que ha conseguido es valer más muerto que vivo. Cuando se dirige a un puente para lanzarse y acabar con su vida, alguien cae al río. El buen Bailey no dudará en rescatar al pobre diablo de las frías aguas del río cercano a Bedford Falls. El extraño hombre parece un ángel caído del cielo. A partir de entonces la vida de Bailey cambiará para siempre.


Tras la Segunda Guerra Mundial un hastiado Frank Capra volvió decidido a retomar su carrera y recuperar sus historias sobre las vicisitudes del hombre de la calle. Como a otros directores de Hollywood la guerra había marcado al italoamericano, y también le había empujado a buscar una independencia artística fuera de los grandes estudios. Para ello Capra fundó junto con los directores George Stevens y William Wyler la productora Liberty Films. El primer (y a la postre único) proyecto de la Liberty era una pequeña historia que el escritor Phillip Van Doren Stern había enviado a amigos y conocidos como un "Christmas" de Navidad. Titulada The Greatest Gift, llamó la atención de un directivo de la RKO, que se hizo con los derechos del relato. Cuando el jefazo de la RKO Charles Koerner ofreció el proyecto a Capra, éste quedó entusiasmado, y se dedicó plenamente a sacar el film adelante.
Los escritores Dalton Trumbo, Dorothy Parker y Clifford Odets habían realizado unas adaptaciones que no convencieron a Capra, quien buscaba conservar el espíritu original del relato. Con su guionista habitual, Robert Riskin, inmerso en su propio proyecto, Capra contrató a los guionistas Albert Hackett y Frances Goodrich para la versión definitiva de la historia. El propio director trabajó con ellos codo a codo para asegurarse de que las partes que más le interesaban quedaran reflejadas como él quería.
El interés de Capra por la historia le llevaron no sólo a ponerse tras la cámara y participar en el guión, sino también a financiar y producir el film. La ciudad de Bedford Falls fue levantada en un rancho propiedad de la RKO, y con más de tres millones de dólares de presupuesto quedó claro que aquél sería un proyecto de gran envergadura.


Desde que Capra se hizo con el proyecto tuvo en mente para el protagonista al hombre del pueblo por excelencia, el inmortal James Stewart. Sin embargo el actor se mostró algo reticente en un principio, ya que tras haber regresado a Hollywood tras formar parte de las Fuerzas Aéreas aún no tenía claro hacia dónde redirigir su carrera. La mediación de Lionel Barrymore finalmente puso a Stewart en el proyecto.
Para el papel del malvado Potter (¡el único Potter que realmente tiene relevancia en mi vida!) se pensó en el oscuro Vincent Price, y aunque adoro a ese hombre hay que reconocer que la elección de Lionel Barrymore para interpretar al banquero no pudo ser más acertada. Antes de su muerte el actor de la familia Hollywoodiense por excelencia aún nos daría un puñado de papeles memorables que sumar a los de su extensa carrera, pero quizás sea el del malvado Potter su personaje por excelencia.
Para la abnegada mujer de Bailey se eligió a la actriz Donna Reed, aunque no fue ni mucho menos la primera elección. Tras no poder contar con su actriz preferida Capra ofreció el papel a varias actrices hasta que Reed aceptó y se dispuso a trabajar en el que sería su primer papel protagonista. Huelga decir que la actriz estuvo a la altura de las circunstancias.
En el film también tenemos a secundarios de lujo como Ward Bond (el policía) o el siempre genial Thomas Mitchell como el cómico tío de George Bailey. Henry Travers tiene aquí su papel por excelencia, el del ángel Clarence que busca ganarse las alas ayudando al pobre Bailey. La futura estrella de la MGM, la sexy Gloria Grahame, aparece en el film en uno de sus primeros papeles interpretando a la coqueta Violet. Y mención especial para H.B. Warner y su descarnada interpretación del alcohólico farmacéutico Gower. La primera vez que vi la famosa escena donde Gower entra tambaleándose en el atestado bar de Nick me quedé sin habla.


Hail to H.B. Warner!

El film está repleto de momentos memorables, tantos que es difícil quedarse con uno. Capra logró en ¡Qué bello es vivir! alguno de los mejores primeros planos que le he visto a Stewart, como el del momento en que le dicen que la supervivencia de la compañía de empréstitos depende de que acepte el puesto de su padre. Sublime. También me gustaría destacar el largo cortejo del eterno galán patoso Stewart a Donna Reed. Nadie interpretaba como Stewart papeles de esa índole, y todas esas escenas junto a su futura mujer resultan preciosas.
Aunque es imposible no recordar las angustiosas escenas de un desesperado Stewart que ve cómo todo aquello por lo que ha luchado se derrumba, y tras pedir ayuda a su archienemigo ve con horror que su vida no vale nada. Aunque los premios de cine suelen ser algo muy, muy subjetivo y a pocas veces tienen lógica, creo que el bueno de Jimmy habría merecido no sólo la nominación sino también la preciada estatuilla, pero ese año Capra se vio superado por su compañero William Wyler y Los mejores años de nuestra vida. El film sobre George Bailey se llevó una mención especial de la Academia por haber desarrollado un nuevo sistema para simular la nieve mediante una especie de espuma carbónica mezclada con agua y jabón lanzada a presión mediante unas máquinas. Hasta entonces la nieve se había simulado mediante copos de avena pintados de blanco, lo que imposibilitaba grabar en directo.


¡Votaran por Potter si tu no aceptas!

Las grandes películas no requieren de una fecha especial para ser vistas, cualquier momento es bueno para ver las andanzas de Clarence y George Bailey. Esos días en que uno pierde la fe en la raza humana es el momento ideal para perderse en el mundo idílico de ¡Qué bello es vivir! y olvidar la cruda realidad. Con todo, resulta una bonita tradición ver el film en estas fechas navideñas.
Aunque ha sucedido en muchos otros casos, la popularidad de la que goza hoy el film de Capra no guarda relación con la que tuvo en su día. Aunque no fue un fracaso total, el éxito no fue el esperado y ni siquiera se pudieron recuperar en taquilla los elevados costes de producción, con lo que la Liberty Films se fue al carajo. Si a la tibia acogida del film sumamos el comienzo de la paranoia anticomunista y la nefasta Caza de Brujas se entenderá el declive posterior a ¡Qué bello es vivir! de la carrera de Capra. Acusado, como muchos otros, de pertenecer al Partido Comunista, la mediación de su amigo John Ford fue lo que le salvó del ostracismo total, aunque el director se vio relegado durante unos cuantos años a la televisión.
Aunque lamentablemente aquí no ha llegado a calar esa tradición, en los Estados Unidos ¡Qué bello es vivir! es un clásico navideño por excelencia, y su pase por televisión es tan habitual como ver a un tipo gordo vestido de rojo diciendo "ho ho ho". Y curiosamente todo se remonta a un fatal error u olvido de alguien de la Paramount, o al menos eso cuenta la historia. En 1974 los derechos del film no fueron renovados, con lo que pasó a formar parte del dominio público. Los canales televisivos aprovecharon para incluirla en sus emisiones, convirtiéndose así en el clásico navideño que es hoy en día.
En resumen, sea Navidad o sea una tórrida tarde de Agosto, no dejen de ver este maravilloso clásico de uno de los mejores directores de su época. Como despedida, una última anécdota, que hoy es Navidad.
Hay una escena donde tío Billy (Thomas Mitchell) sale borracho de la casa de los Bailey tras una merecida celebración. Visiblemente desorientado, le pide ayuda a su sobrino (James Stewart) para que le indique el camino. Una vez aclarado el asunto, tío Billy desaparece de la pantalla. No tardan en oírse unos sonoros ruidos, como si hubiera chocado con un contenedor de basura o algo así. En ese momento un técnico había dejado caer algo metálico al suelo. Mitchell estuvo atento al quite e improvisó unas frases fuera de escena mientras Stewart le seguía la corriente. A Capra le encantó el resultado y el error quedó plasmado en la pantalla. Como recompensa el técnico se llevó un plus de diez dólares. Ah, ¡Qué bello es vivir!

lunes, 24 de diciembre de 2007

Kitten, es Navidad



El Holocausto mundial de pavos está cerca. Es hora de volver a casa y disfrutar de la familia, de copiosas comidas más allá del sentido común, de beber vino, licores y eso con burbujas que se hace en Francia... en definitiva, ya es Navidad, aunque si fuera por la televisión y los grandes almacenes el niño Jesús nacería en pleno Julio.
Es duro tener algún problema o sentirse depresivo en esta época, cuando supuestamente todo el mundo debe sentirse feliz y contento. Hay aspectos de la Navidad ciertamente cargantes, pero la perspectiva de días de fiesta y opíparas cenas y comidas es realmente gratificante. Para un hedonista confeso y un sucio gourmet como yo esos momentos en la mesa son realmente inestimables. Como si fuera uno de esos personajes del film La gran comilona, a veces me pregunto si no llegará mi final en el siguiente mordisco o el siguiente trago...
En fin, lo cierto es que es imposible librarse de ese extraño espíritu navideño, a no ser que uno decida largarse unos días a una cueva perdida en la montaña. Así que mientras este humilde crononauta se prepara para un viaje por los sentidos, de paso les desea a los lectores de este mi blog unas Felices Fiestas para aquellos seguidores del buen Santa o de los Tres Prestidigitadores del Este, o Feliz Falsedad para aquellos que como el carismático Lobo deseen cercenar la cabeza del San Nicolás comunista.
Supongo que no habrá quienes odien también los regalos. Para demostrarles mi buena voluntad les dejo un par de regalitos en forma de perlas de buen "ruaquenroul" de la mano del pirata Keith Richards versioneando el villancico rockero de Chuck Berry y de unos Black Crowes llevándose a su terreno el clásico navideño de Clarence Carter "Back Door Santa", sin duda mi canción navideña preferida. Merry Christmas!



Recuerden, no intenten hacer esto en casa.

sábado, 22 de diciembre de 2007

Yo acuso: el infame caso Dreyfus


22 de diciembre del año 1894. Prisión de Cherche-Midi. El capitán de artillería Alfred Dreyfus aguarda la decisión de los siete jueces que componen el tribunal militar encargado de juzgarle bajo el grave delito de traición. El juicio había comenzado cuatro días antes bajo la presidencia del coronel Maurel. A pesar de las protestas del abogado de Dreyfus, Edgar Demange, se acordó un juicio prácticamente clandestino.
La acusación se basaba en un sólo documento, el bordereau, una lista escrita a mano que entre otras cosas detallaba las características de un nuevo cañón francés. El documento había sido encontrado en la papelera por una señora de la limpieza (y espía del contraespionaje francés) del agregado alemán, comandante Max Von Schwartzkoppen. El bordereau llegó a las manos del mismísimo Ministro de la Guerra francés, el general Auguste Mercier. Se ordenó una investigación y muy pronto las sospechas recayeron sobre el capitán de artillería Dreyfus, que era de origen alsaciano y viajaba con regularidad a Alemania. La prueba de más peso contra el capitán judío era la escritura de la lista, que se asemejaba a la del propio Dreyfus.
El antisemitismo estaba tan extendido en Francia como pudiera estarlo en otros países europeos, aunque los ciudados semitas de la Tercera República tenían un nivel de vida mejor que el de los judíos del Este. Aunque muchos ojos no les tuvieran en buena consideración, un judío francés al menos no tenía que temer por su vida.
Aun así, los círculos antisemitas gozaban de mucha influencia en la vida política francesa. La Junta Militar temía que un nuevo escándalo hiciera zozobrar al inestable gobierno francés. Ya en 1892 un escándalo financiero relacionado con el canal de Panamá había azotado a un centenar políticos franceses, entre ellos el futuro Primer Ministro George Clemenceau, que perdió su escaño en 1895 a causa de la corruptela de Panamá. Era una época convulsa para Francia, y aquel mismo año de 1894 el presidente de la República Sadi Carnot había sido asesinado por un anarquista italiano. Ante tal situación los oficiales del alto mando, temiendo que los periódicos derechistas acusaran al ejército de encubrir a un traidor judío, optaron por organizar un juicio rápido y deshacerse de Dreyfus lo más pronto posible.


El capitán Dreyfus

Junto con el bordereau el tribunal dispuso de la acusación del comandante Hubert-Joseph Henry, quién aseguró que un informador le había mencionado el nombre de Dreyfus como el del espía al servicio de los alemanes. Cuando se le volvió a preguntar, el comandante Henry juró sobre un crucifijo.
El juicio no sólo se intentó ocultar a la opinión pública sino que fue altamente irregular. Se entregó al tribunal (que se encontraba deliberando) un dossier que la defensa desconocía por completo. Tal dossier contenía aparentemente una serie de documentos al parecer manipulados para hacer coincidir todas las pruebas contra Dreyfus, más un memorándum escrito por el comandante Du Paty en el que se había basado una maliciosa biografía del capitán de artillería.
Aquél 22 de noviembre el capitán Alfred Dreyfus era declarado culpable por el tribunal militar del coronel Maurel. Inicialmente enviado a la isla de Ré, el supuesto traidor sería llevado a pasar el resto de sus días en la prisión de la Isla del Diablo (retratada en la magnífica película Papillón), un agujero infecto situado en la costa de la Guyana Francesa. La siguiente humillación por la que tuvo que pasar Dreyfus fue su degradación pública en el Campo de Marte, donde el general Darras le arrancó sus galones y rompió su sable. El orgulloso capitán de artillería no dudó en gritarle al general: "¡Está usted degradando a un hombre inocente! ¡Viva Francia! ¡Viva el ejército!" La gallardía y sangre fría de Dreyfus impresionaron a algunos asistentes, aunque la mayoría pidió la ejecución a gritos mientras el prisionero fue conducido frente a la multitud. El nombre de Judas también fue invocado en repetidas ocasiones.

¿Fue el antisemitismo la única razón por la que Dreyfus se vio envuelto en una tapadera tan indigna? Obviamente no. La intrincada historia tras la acusación del capitán de artillería sigue siendo debatida e investigada a día de hoy por los historiadores. Ya he citado el miedo del Alto Mando a la prensa reaccionaria de derechas. Veamos otras causas.
Alfred Dreyfus era judío, algo que no era bien visto por una gran mayoría de la población. Alfred Dreyfus procedía de una familia rica. Otros militares se habían visto avocados al ejército para sobrevivir. El capitán Dreyfus se había graduado con honores en la École Polytechnique y la Escuela Superior de Guerra protagonizando una meteórica carrera que le llevó a formar parte del Estado Mayor de la Armada. El carácter distante de Dreyfus tampoco le ayudó a granjearse muchos amigos en el ejército. Sumando todos estos inconvenientes queda claro que el oficial no era un hombre popular entre sus colegas.
Otra de las teorías más recientes convierte al "caso Dreyfus" en una tapadera de la sección de contraespionaje (el Bureau de Statistique) que tuvo al capitán de artillería como cabeza de turco. El teniente coronel Sandherr, jefe del servicio de contraespionaje, en connivencia con el comandante Ferdinand Walsin Esterházy, miembro en el pasado del Bureau de Statistique, trataran de despistar al gobierno alemán sobre un proyecto secreto relativo al cañón de 75mm modelo 1897. Con el bordereau ofreciendo detalles al gobierno germano sobre un cañón distinto, el proyecto del cañón 75 habría pasado desapercibido. En tal caso, Dreyfus habría sido una pieza más del engaño urdido por el contraespionaje francés, una "baja necesaria", por decirlo así.

Tan pronto como estalló el caso el gobierno alemán envió sucesivas notas de protesta negando cualquier participación en el caso Dreyfus (aunque, si todo hubiera sido cierto, ¿qué gobierno confesaría haber realizado labores de espionaje?). Y desde el mismo momento en que Dreyfus partía hacia un terrible exilio, hubieron ojos lo bastante abiertos como para ver que allí había algo que olía mal.
¿Cómo era posible que ante la perspectiva de ser enviado a la Guyana Francesa aquél espía siguiera declarando su inocencia? ¿Cómo no se avenía a proporcionar información, nombres y fechas, o de sus contactos alemanes? ¿Tan alta era su lealtad hacia Alemania?
El 15 de marzo de 1895 Dreyfus llegaba a la Isla del Diablo. En Ré el capitán había recibido algunas visitas de su mujer, pero en la lejana isla tropical se encontró solo, acompañado únicamente de sus vigilantes. La petición de la señora Dreyfus de acompañarle a la Isla del Diablo le fue denegada. Aguantando la humedad, el calor, y meses de incesante lluvia, Dreyfus languideció en una pequeña cabaña rodeado de guardias que tenían prohibido hablar con el prisionero, el Judas francés. En los primeros momentos de su encierro el jefe de los guardias, llamado Lebars, se convirtió en el Javert particular de Dreyfus, haciéndole la vida imposible. Obligado a realizar todo tipo de trabajos y con una alimentación pésima, el ex-capitán de artillería acabó enfermando. La mediación del médico de la prisión fue crucial, y se aseguró de que a partir de entonces las condiciones del prisionero no fueran tan duras.
La estancia de Dreyfus en la terrible isla se convirtió en una historia de supervivencia como la que podemos ver en el mismo film Papillon o en otras películas carcelarias. Sabiéndose inocente, Dreyfus hizo todo lo que pudo para mantener su salud y no volverse loco. Algún día volvería a Francia y limpiaría su nombre. Su rutina diaria incluía ejercicio físico, leer libros, escribir, llevar un diario y cualquier cosa que le mantuviera ocupado. Escribía incesantemente, preparaba su defensa, se comunicaba por carta con su mujer, su abogado, y todo aquél que quisiera leer su historia. Mientras el terrible clima iba haciendo mella en la salud del soldado, Dreyfus seguía declarando su inocencia a un mundo que parecía haberle olvidado.
Los familiares y amigos de Alfred hicieron circular rumores de fugas y castigos, de reglas que el prisionero tenía que obedecer, sólo para mantener vivo su caso. Por contra, aquellos persistentes rumores llevaron al gobernador de la Guyana a redoblar las medidas de seguridad. Mientras, en Europa, su mujer trataba de reabrir el caso. El tiempo, inexorable, seguía pasando. El año 1895 pasó y Dreyfus seguía confinado en la Isla del Diablo con una salud cada vez más precaria. En septiembre de 1896 dejó de escribir en su diario. Afirmaba por entonces que no sabía cual sería el día en que perdería la cabeza por completo. Sin embargo la voluntad del prisionero se acabó imponiendo, y poco a poco fue saliendo de ese negro pozo depresivo. Poco a poco las cosas parecían que iban mejorando. Dreyfus fue trasladado a una cabaña mayor y mejor acondicionada, mientras que las cartas que le iba enviando su mujer parecían ser cada vez más esperanzadoras.
El hermano de Dreyfus, Mathieu, llevaba mucho tiempo luchando por la causa de su hermano, y había ganado un poderoso aliado en el periodista judío Bernard Lazare. Los escritos de Lazare, las peticiones de la mujer de Dreyfus y la campaña de Mathieu despertaron muchas conciencias y fueron avivando el fuego que llevaría a la exoneración del una vez capitán de artillería Alfred Dreyfus.
En aquel mismo año, 1896, fallecía el coronel Sandherr. El teniente coronel Marie-Georges Picquart fue nombrado su sucesor como jefe del servicio de contraespionaje. Tras tomar posesión del cargo Picquart investigó los papeles y documentos relativos al caso a pesar de las trabas que puso el comandante Henry. El militar comprobó con horror que Dreyfus era inocente, y que el autor de del famoso bordereau era el comandante Esterházy. Al comunicar sus averiguaciones Picquart se dio cuenta de que el Alto Mando sólo quería salvaguardar su imagen y su buen nombre. Dreyfus continuaría sufriendo su condena mientras que Picquart era destinado a Túnez. Entretanto, una junta militar absolvía a Esterházy.
Henry fue más allá en su lucha por mantener la culpabilidad de Dreyfus, y cuando la esposa de éste solicitó la reapertura del caso, Henry envió un documento escrito por él mismo (el "falso Henry") en el que reitera sus acusaciones de traición hacia Dreyfus y trata de demostrar que un embajador italiano había escrito a Von Schwartzkoppen hablándole de las actividades de Dreyfus.
Con todas las contradicciones, indicios y alegaciones sobre la inocencia de Alfred Dreyfus, el escándalo tan sólo requería de una pequeña chispa para hacerlo estallar. El 13 de enero de 1898 la chispa saltó en forma de un (nunca mejor dicho) incendiario artículo publicado en la primera página del periódico L'Aurore. Había llegado la hora de Émile Zola.


La carta de Zola en L'Aurore

Yo acuso
no sólo marcó el estallido del escándalo respecto al caso Dreyfus, sino que demostró la influencia y el poder que podía llegar a tener un periódico, un periodista o una línea editorial. Por entonces, un indignado Zola se decidió a usar su influencia como destacado escritor para denunciar la injusta situación en la que se hallaba Dreyfus. Para ello escribió una carta abierta al presidente francés Félix Faure, y contenía fragmentos que no dejaban lugar a dudas acerca del infame proceder de unos militares corruptos. Zola puso toda la carne en el asador, buscando ser acusado y encarcelado para definitivamente hacer arder a las masas respecto al caso del pobre militar judío. En Yo acuso Zola dejó algunas perlas como éstas:

Señor: ¿Me permitís que, agradecido por la bondadosa acogida que me dispensasteis, me preocupe de vuestra gloria y os diga que vuestra estrella, tan feliz hasta hoy, esta amenazada por la más vergonzosa e imborrable mancha?
Habéis salido sano y salvo de bajas calumnias, habéis conquistado los corazones. Aparecisteis radiante en la apoteosis de la fiesta patriótica que, para celebrar la alianza rusa, hizo Francia, y os preparáis a presidir el solemne triunfo de nuestra Exposición Universal, que coronará este gran siglo de trabajo, de verdad y de libertad. ¡Pero qué mancha de cieno sobre vuestro nombre -iba a decir sobre vuestro reino- puede imprimir este abominable proceso Dreyfus! (...)
Un hombre nefasto ha conducido la trama; el coronel Paty de Clam, entonces comandante. Él representa por sí solo el asunto Dreyfus; no se le conocerá bien hasta que una investigación leal determine claramente sus actos y sus responsabilidades. (...)
La nota sospechosa estaba ya, desde hace algún tiempo, entre las manos del coronel Sandherr, jefe del Negociado de Informaciones, (...). Hubo fugas, desaparecieron papeles (como siguen desapareciendo aún), y el autor de la nota sospechosa era buscado cuando se afirmó a priori que no podía ser más que un oficial del Estado mayor, y precisamente del cuerpo de artillería; doble error manifiesto que prueba el espíritu superficial con que se estudió la nota sospechosa, puesto que un detenido examen demuestra que no podía tratarse más que de un oficial de infantería.
(...)
Aparecen también el ministro de la Guerra, el general Mercier, cuya inteligencia debe ser muy mediana, el jefe de Estado Mayor, general Boisdeffre, que habrá cedido a su pasión clerical, y el general Gonse, cuya conciencia elástica pudo acomodarse a muchas cosas.
(...)
Dreyfus conoce varias lenguas: crimen. En su casa no hallan papeles comprometedores; crimen. Algunas veces visita su país natal; crimen. Es laborioso, tiene ansia de saber; crimen. Si no se turba; crimen. Todo crimen, siempre crimen...
(...) Hace un año que los generales Billot, Boisdeffre y Gonse, conociendo la inocencia de Dreyfus, guardan para sí esta espantosa verdad. ¡Y duermen tranquilos, y tienen mujer e hijos que los aman!
El coronel Picquart había cumplido sus deberes de hombre honrado. Insistió cerca de sus jefes, en nombre de la justicia, suplicándoles, diciéndoles que sus tardanzas eran evidentes ante la terrible tormenta que se les venía encima, para estallar, en cuanto la verdad se descubriera. (...) Por eso, el teniente coronel Picquart fue nombrado para una comisión que lo apartaba del ministerio, y poco a poco fueron alejándose hasta el ejército expedicionario de África, (...) donde el marqués de Mopres encontró la muerte.
(...)
Yo acuso al teniente coronel Paty de Clam como laborante -quiero suponer inconsciente- del error judicial, y por haber defendido su obra nefasta tres años después con maquinaciones descabelladas y culpables.
Acuso al general Mercier por haberse hecho cómplice, al menos por debilidad, de una de las mayores iniquidades del siglo.
Acuso al general Billot de haber tenido en sus manos las pruebas de la inocencia de Dreyfus (...).
Acuso al general Boisdeffre y al general Gonse por haberse hecho cómplices del mismo crimen (...).
Acuso al general Pellieux y al comandante Ravary por haber hecho una información infame, una información parcialmente monstruosa, en la cual el segundo ha labrado el imperecedero monumento de su torpe audacia.
Acuso a los tres peritos calígrafos, los señores Belhomme, Varinard y Couard por sus informes engañadores y fraudulentos, a menos que un examen facultativo los declare víctimas de ceguera de los ojos y del juicio.
Acuso a las oficinas de Guerra por haber hecho en la prensa, particularmente en L'Éclair y en L'Echo de París. una campaña abominable para cubrir su falta, extraviando a la opinión pública.
Y por último: acuso al primer Consejo de Guerra (...)
Sólo un sentimiento me mueve, sólo deseo que la luz se haga, y lo imploro en nombre de la humanidad, que ha sufrido tanto y que tiene derecho a ser feliz. Mi ardiente protesta no es más que un grito de mi alma. Que se atrevan a llevarme a los Tribunales y que me juzguen públicamente.
Así lo espero.

Émile Zola
Tras la demoledora carta de Zola el gobierno no podía seguir mirando hacia otro lado por más tiempo. El por entonces Ministro de la Guerra, Godefroy Cavaignac, se ocupa de investigar todo lo relacionado con el "falso Henry". Finalmente en julio obtiene una confesión del comandante Henry, quien es inmediatamente detenido y encarcelado. Al día siguiente muere en su celda. Una vez se conoce la verdad, las piezas van cayendo como fichas de dominó. El propio Cavaignac dimite mientras que Esterházy huye a Inglaterra.
El presidente Faure fallece en febrero de 1899. En junio de ese año, ante la evidencia de irregularidades en el juicio y con pruebas e indicios que exoneran al ex-capitán, se reabre el caso de Alfred Dreyfus. Se anula su sentencia y se ordena un nuevo consejo de guerra. A pesar de todas las evidencias, Dreyfus fue condenado de nuevo y sentenciado a 10 años de prisión. Sin embargo el nuevo presidente de la nación, Émile Loubet, le concede el perdón a Dreyfus, quien no vería su nombre limpio hasta el verano de 1906. Tan sólo entonces fue readmitido en el Cuerpo (con rango de comandante) y se le concedió la Legión de Honor y el mando de una unidad de artillería. Debido a los problemas de salud derivados de su estancia en la Isla del Diablo Dreyfus se retiró un año después, aunque más tarde serviría como voluntario en la Primera Guerra Mundial. Alfred Dreyfus fallecía en París el 12 de julio de 1935.

Rio Bravo (1959)



Un hombre entra en una cantina. Sucio y desaliñado, parece sediento. Se pasa la mano por la boca mientras contempla como los parroquianos del lugar disfrutan de sus bebidas. Lentamente, se va acercando a la barra, pero sin llegar a ella. Se apoya en una columna cercana, y observa como un tipo duro se sirve un vaso de whiskey. Éste se percata de la presencia del hombre sediento, y se sonríe. Al parecer ya le ha visto antes.
Divertido, el tipo duro le indica con una seña al tambaleante personaje si desea beber. Este asiente con la mirada, alegre de que alguien se preocupe por él. El tipo duro saca una moneda para invitarle a un trago. El hombre desaliñado parece incorporarse, animado por su suerte. Sin embargo, el tipo duro, que hace un amago de lanzarle la moneda, la tira dentro de una escupidera y rompe a reír. Observa la reacción del vagabundo sediento. Éste duda. Nadie querría meter la mano en una escupidera, pero el pobre hombre está desesperado. Se arrodilla para introducir su mano en aquél objeto de bronce.
Primer plano de una bota que aparta la escupidera de una patada. Cambio a un contrapicado. Ahora podemos observar el adusto rostro de John Wayne, mirando desaprobadoramente a la cámara. El patético borracho es Dean Martin. En los planos siguientes el personaje de Martin, Dude, derribará a Chance (Wayne) y el tipo duro acabará disparando a un inocente. Hasta que Chance se reincorpora ayudado por un arrepentido Dude y detiene al tipo duro, llamado Nathan Burdette, han pasado varios minutos y, salvo algunos sonidos, ninguno de los personajes ha hablado. Viejo cine en estado puro. Howard Hawks lleva las riendas, y eso es sinónimo de artesanía.
La historia que narra el film es básicamente la de un asedio. Chance, Dude y el viejo Stumpy (Walter Brennan, secundario de oro del viejo Hollywood) se las veen y las desean para impedir que el poderoso hermano de Burdette, Joe, lo libere de la cárcel. Mientras, asistimos a las relaciones entre Chance, Dude y Stumpy; los problemas con el alcohol de Dude, la entrada en acción de un inteligente y joven pistolero, Colorado Ryan (Ricky Nelson), y finalmente el torpe romance entre Chance y Feathers (Angie Dickinson). Como es tradicional en este tipo de viejos western, ¡al final el chico se queda con la chica!
Habiendo comentado ya lo que Howard Hawks era capaz de hacer, la siguiente gran baza del film son las interpretaciones. De Wayne no hay mucho que decir para aquél que haya visto alguna de sus películas. Dio sus mejores momentos bajo las órdenes de John Ford, y aunque nos se puede decir que fuera un gran actor al uso (quiero decir que no es Dustin Hoffman), bajo las órdenes de buen director era capaz de una expresividad fuera de lo común; pocos actores han transmitido tanto con mayor economía en palabras y gestos. De hecho fue tras ver otra cinta de Hawks, Rio Rojo, cuando John Ford se decidió a otorgarle papeles más complejos a Wayne.
Respecto al bueno de Martin, bueno, para alguien que sólo ensayaba una vez y prácticamente consideraba la profesión de un actor como un chiste, hay que decir que su retrato del alcohólico Dude es más que destacable. Fueran los genes, sus bebidas con hielo o que simplemente era un gran artista, lo cierto es que éste es uno de los papeles por los que siempre será recordado el bueno de Dino. De Ricky Nelson, niño prodigio y estrella del rock and roll, tan sólo decir que no era sólo una cara bonita, y que su interpretación es correcta, aunque no llega a escollar demasiado. Dino y Wayne se divirtieron bastante durante el rodaje a costa del pobre Nelson. Por último, mención especial para Angie Dickinson y su espabilado personaje emplumado de Feathers; esa mezcla entre descaro y tierno romanticismo son un contrapunto perfecto para el fortachón pero tímido personaje de Wayne. Mención especial para ella, y por qué no decirlo, para sus bonitas piernas.
Por supuesto, en una película donde actúan Dean Martin y Ricky Nelson no podían faltar las canciones. Johnny Cash compuso una canción para que Nelson la cantara, pero el director musical del film, Dimitri Tiomkin, consideró más oportuno que Ricky interpretara una canción folk algo ñoña. Aunque no subsane del todo tamaño disparate, el bueno de Dimitri compuso una estupenda canción, My rifle, my pony and me, que cantada a dúo por Martin y Nelson es realmente preciosa.
Rio Bravo fue una de las últimas películas de Howard Hawks. Los tiempos estaban cambiando y ya no había sitio en el nuevo Hollywood para alguien como él. Quizás éste fuera su último gran film (digo quizás porque no he visto ninguno de los siguientes), pero con una historia simple y unos buenos actores logró construir un clásico del western y del cine clásico. Y ya que hablo de Hawks por primera vez, simplemente me gustaría recomendar a las féminas que lean estas líneas que se introduzcan en la obra de Hawks y, si quieren, analicen los personajes femeninos de sus películas. En un tiempo lejano en que las actrices (con excepciones, que las hubo, claro está) tendían a ser sufridas esposas, amantes o simples mujeres para ser rescatadas, Hawks pareció especializarse en retratar a mujeres más fuertes e indepedientes de lo que solía ser habitual. Y si no os interesa esta especie de pre-feminismo en el viejo cine de Hollywood, sólo decir que Hawks es uno de los grandes y uno sólo de sus clásicos vale por filmografías enteras de muchos otros directores cargados de ínfulas y carentes de talento.

Drea De Matteo


Cualquier fan de la mítica serie Los Soprano la conoce como Adriana La Cerva, la novia del aturullado sobrino del gran Tony, el señor Chris Moltisanti. Como típica novia de un mafioso Adriana luce extraños peinados y viste lo más sexy posible, aunque lejos de ser una descerebrada es capaz de llevar un exitoso club nocturno y tiene ideas muy claras del futuro que quiere para ella y su novio Chris. El que en una serie con tantos y tan buenos personajes Adriana consiga destacar (y no sólo por sus curvas) dice mucho de lo grandiosa que es esa serie. Por otra parte, tampoco nos engañemos, muchos de nosotros no dejamos de solazarnos ante su mera presencia. Drea De Matteo es una de las actrices más sexy que ha pisado un plató de televisión en los últimos años. Creo que por ella hasta sería capaz de tragarme un apestoso capítulo de la serie Joey.


Adriana y Chris

Drea de Matteo nació un 19 de enero de 1972 en el neoyorquino barrio de Queens. Hija de un comerciante de muebles y de una dramaturga y profesora de drama (¡seguramente su madre habría podido ayudar al pobre Chris con su dichoso guión!) resulta lógico pues que tras completar sus estudios se fuera a estudiar a la Tisch School of Arts de la Universidad de Nueva York con el objetivo de ser directora. Sin embargo se acabó interesando por la interpretación, y debutó en el cine con pequeños papeles en films como 'M' Word y Meet Prince Charming.


Fue por entonces cuando se presentó a un casting televisivo para la serie Los Soprano. Drea impresionó tanto a los productores que decidieron ampliar el papel de Adriana, que en un principio iba a aparecer en un sólo capítulo. Y bien, en la serie Drea demostró ser una gran actriz y que podía volver loco a Chris, a Tony y seguramente a cualquier mortal que tenga un mínimo interés en las mujeres. En el 2004 De Matteo logró un Emmy por su papel de Adriana.


Shooter Jennings, un tipo afortunado

Actualmente De Matteo sigue actuando y tiene una exitosa tienda de ropa. Los que aspirábamos a ser su Chris Moltisanti tendremos que buscar en otro lado porque la actriz mantiene una relación con el músico Shooter Jennings, que no sólo graba buenos discos sino que además tiene tiempo para tener una hija con la bella Drea. Porca miseria!


She's got the Jack!

viernes, 21 de diciembre de 2007

White Zombie, más humanos que los humanos


Hecho de menos al Rob Zombie que lideraba una de las bandas más extrañas, originales y estimulantes de aquellos florecientes primeros 90. Dado lo poco interesantes que resultaron sus discos en solitarios, es preferible que siga rodando films de horror con su particular sello psicótico, pero a mí el Rob que más me interesa es el cantante y alma máter de aquella pesadilla de hard rock industrial conocida como White Zombie.
La referencia al clásico de Bela Lugosi ya era una buena señal, aunque fue el grupo el que me dio a conocer esa fascinante película de terror. Y los que dieron a conocer al mundo al fascinante grupo de Rob Zombie fueron los encantadores deshechos Beavis & Butthead. Aparte del apoyo de Geffen y las giras de la banda, la enfermiza serie de la MTV contribuyó a popularizar el nombre de White Zombie entre miles de metalheads ansiosos de nuevas emociones. Como ellos, yo también sentí curiosidad por el grupo tras ver en la serie el estupendo videoclip del single "Thunder Kiss '65". Junto con las estupendas referencias que daba el Popu fui directamente a la tienda habitual a por el disco con uno de los títulos más extraños de la época: La Sexorcisto: Devil Music, Vol.1; casi nada.
En un grupo como White Zombie la estética era muy importante, pero la música era cojonuda: "Welcome To Planet Motherfucker/Psychoholic Slag" tenía una intro realmente inquietante, y temas como "Black Sunshine" o "Spiderbaby" le volaban a uno la cabeza. Además teníamos un libreto magníficamente elaborado con dibujos del propio Rob Zombie, quien a su vez poseía una estética impactante, heredera directa de la de Zodiac Mindwarp. Además, estaba ella, Sean Yseult, una de las criaturas más bellas que hayan pasado por una banda de rock. Tras los riffs satánicos se encontraba el guitarra J, un verdadero cerebro en la sombra. El encargado de las baquetas era el contundente John Tempesta, actual batería de The Cult.
A La Sexorcisto le siguió otro buen disco con un título más rocambolesco si cabe; Astro-Creep: 2000 - Songs of Love, Destruction and Other Synthetic Delusions of the Electric Head. Aunque personalmente no me impacta tanto como el anterior, el poderoso single "More human than the human" es una buena muestra del hard rock industrial que estaba facturando la banda.
Sin embargo, de la noche a la mañana, todo acabó. La banda editó unas remezclas que parecían ser un disco de transición, pero a la postre fueron el canto del cisne de la banda. Con problemas internos y un Rob Zombie borracho de ego, el cantante renacentista disolvió el grupo y se lanzó a una carrera en solitario de rock industrial en la que quedó demostrado que J era una pieza vital del engranaje Zombie.
Y eso fue todo. Los actuales seguidores de Rob no se si conocerán su etapa en White Zombie, pero yo desde luego sí, y cuando se acerca Halloween lamento que un grupo así no siga pisando los escenarios de medio mundo con su particular propuesta de "psychorock industrial" bañado en cine de serie B.

La ruta del tabaco (1941)

En los dos años previos a la entrada de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial John Ford rodó algunas de las mejores películas de su carrera. Con La diligencia el director por excelencia de Hollywood alcanzaba una maestría reservada sólo a los más grandes. Su estilo había alcanzado su momento álgido, y a partir de entonces lo fue dejando macerar poco a poco, enriqueciéndolo con un talento que sólo la experiencia de los años podía otorgarle. A ese gran clásico del cine siguieron otras grandes películas como El joven Lincoln, Las uvas de la ira o ¡Qué verde era mi valle!. Mantener un nivel de calidad semejante era casi imposible, con lo que no resulta extraño que en 1941 Ford rodara una extraña cinta, en parte olvidada, pero que sin embargo resulta interesante a pesar de ser algo irregular comparada con otros títulos del director de Maine.
La ruta del tabaco representa uno de los escasos escarceos de Ford con la comedia pura y dura. En ésta ocasión el director adaptó una exitosa obra de Broadway basada en una novela de Erskine Caldwell que centraba su historia en una familia de granjeros de Georgia venida a menos. Del guión se encargó Nunnally Johnson, que ya había trabajado con Ford en Las uvas de la ira. De hecho la película también se centra en la historia de una familia durante la Gran Depresión, aunque en clave de comedia. La ruta del tabaco podría considerarse como una parodia de la adaptación de Ford de la famosa obra de Steinbeck.
Esta atípica comedia no parece contar con muchos admiradores ni con el beneplácito de los críticos. En el mismo entorno de Ford la película era considerada como un subproducto. El mismo Nunnally Johnson no dudó en calificar La ruta del tabaco como un "fiasco", y para Mary Ford, la mujer del director, era la peor película de su marido.
Personalmente yo no sería tan negativo. Tenemos a un magnífico personaje protagonista, Jeeter Lester, magistralmente interpretado por Charley Grapewin, el tío Henry de El mago de Oz. Gran parte del mérito del film se lo debemos a él. También tenemos a un divertido Ward Bond interpretando a un bruto paleto, y a una jovencita Gene Tierney desprovista de su habitual glamour pero desprendiendo un tremendo sex appeal por todos los costados de su cuerpo. Ni con un vestido que parece un saco de patatas y una cara sucia estaba fea esta mujer. Con una vocecilla angelical y un sensual juego de piernas Tierney consigue liar a Ward Bond (¿cómo resistirse a una visión semejante?) y en un momento de despiste toda la hambrienta familia cae sobre él para robarle una bolsa de nabos. Quizás no sea de lo mejor que ha rodado Ford, pero Gene Tierney le deja a uno noqueado.
Entre escenas de puro slapstick, himnos religiosos y humor gamberro encontramos al mejor Ford en los momentos más dramáticos del film, especialmente cuando Jeeter y su mujer abandonan su hogar, y les vemos vagar en el atardecer por campos y bosques, mientras caen las hojas, en unos planos excelentemente fotografiados por Arthur C. Miller (¡no confundir con el escritor!).
Sin embargo, por otro lado tenemos a personajes algo irritantes como el del joven Dude, que se pasa gritando casi toda la película, y gags algo tontos, con escenas como la del hotel que no aportan demasiado. De todas formas estamos hablando de alguien de la talla de John Ford, con lo que es mejor rescatar del estante La ruta del tabaco antes que ir al cine a ver alguna tonta comedia de la cartelera. Aunque no se considere uno de sus mejores trabajos, difícilmente podía destacar habiendo sido rodado entre clásicos como Hombres intrépidos y ¡Qué verde era mi valle!. ¿Cuántos directores hoy en día son capaces de algo así? En fin, ¡hasta John Ford tenía que bajar la guardia de vez en cuando! Así que ya saben, si están cansados del tráfico y el caos de la ciudad y del cine prefabricado, tomen una dosis de humor rural por cortesía de Ford y La ruta del tabaco.

jueves, 20 de diciembre de 2007

El final de la cuenta atrás (1980)



Me resulta difícil, casi imposible, no recordar con nostalgia las sobremesas del sábado, cuando sólo habían dos canales estatales; y más aún cuando la programación actual por lo general me aburre solemnemente.
Uno podía tirarse toda una mañana con la programación infantil y tras un par de series norteamericanas si había suerte podías tener tu plato favorito para comer (pongamos canelones), con lo cual el día ya estaba alcanzando sus cotas máximas de perfección. Sólo restaba desear que el telediario pasara lo más rápido posible para que llegara la Sesión de Tarde. ¡Ah, aquellas viejas películas! Épicos westerns, trepidantes películas de aventuras, grandiosos films bélicos, el variado cine 70's... Pocas veces se sentía uno decepcionado. No todo eran obras inmortales del séptimo arte, pero en más de una ocasión podías pasar la tarde de la mano de un John Ford, un Howard Hawks, un John Wayne, un Errol Flynn o algún otro coloso del celuloide. Levantando apenas un metro del suelo esos nombres no me decían nada, pero acababan siendo rostros familiares de las tardes sabáticas. Por otro lado uno podía disfrutar de films que vistos hoy en día quizá no resulten especialmente épicos pero que resultan igual de entretenidos, y en mi opinión bastante mejores que la mayor parte de estrenos actuales. En esta categoría podríamos a El final de la cuenta atrás.


Hace un par de semanas uno de los últimos supervivientes del viejo Hollywood, Kirk Douglas, cumplía 91 años, con lo que resultaba obligado hablar de él tarde o temprano. Su larga carrera ha dejado muchas y buenas películas, grandes obras maestras y films entretenidos sin grandes pretensiones. Kirk es el hombre del hoyuelo, el protagonista de clásicos como Cautivos del mal o Espartaco, aunque siempre que le veo recuerdo también al capitán del portaaviones USS Chester Nimitz.
El hablar de películas como El final de la cuenta atrás resulta algo confuso ya que uno nunca acaba de estar seguro del todo de si el entusiasmo que le provoca a uno la historia es en parte producto del recuerdo infantil o realmente es por la cinta en sí. Si no habéis visto el film y os animáis a verlo a lo mejor maldeciréis mi nombre, pero yo por lo menos nunca dejo de disfrutar con las peripecias de Douglas y su tripulación. El final de la cuenta atrás no cambiará vuestra vida, pero seguro que os servirá para una tarde invernal en lo que lo último que os apetece es pisar la calle.
La historia es simple: un moderno portaaviones norteamericano, el USS Nimitz, es absorvido por una especie de agujero espacio-tiempo para aparecer de nuevo en las inmediaciones del Hawai del 6 de diciembre de 1941. Claro que sí, habéis acertado: ¡el Nimitz se encuentra a las vísperas del ataque a Pearl Harbor!
Tras la confusión reinante, debido a la "extraña tormenta" por la que han pasado, y tras ir recopilando extraños indicios, el capitán Kirk Douglas y el observador Warren Lasky (interpretado por Ramón Gerardo Antonio Estévez, más conocido como Martin Sheen) y el resto de oficiales comprenden que han viajado en el tiempo y que Hawai está a punto de ser atacado por la flota japonesa. ¿Qué hacer? ¿Permanecer al margen o intervenir y cambiar la historia? ¡He ahí el dilema! Será el viejo Kirk quién tome la decisión soltando un par de frases antológicas.


Viaje en el tiempo à Pink Floyd

Pocas veces he sentido una excitación similar a cuando vi esta película por primera vez. ¡Un portaaviones moderno en mitad de la Segunda Guerra Mundial! ¡Cazas a reacción F-14 enfrentándose a Zeros japoneses! ¡Esa extraña e inquietante tormenta que parecía sacada de un videoclip de Pink Floyd! ¿Cómo no volverme loco con aquello? Seguramente debí de estar en una nube durante semanas.
Vista hoy en día hay que reconocer que la película adolece de algunos fallos y el guión tal vez no sea conservado en el American Film Institute (esa escena entre el oficial Owens y la secretaria del senador: "La dejaré para que se vista", "No, quédese, tengo miedo de estar sola"... toda la escena en sí parece de una película porno o algún film erótico barato), pero poco importa cuando podemos contemplar la cara del prisionero japonés mientras Owens le relata paso a paso todos los planes para el ataque a Pearl Harbor. No sé, ¡Zeros y F-14! ¿Qué más se le puede pedir a una película?
Owens es interpretado por una cara que quizás os resulte familiar a los seguidores de la serie B, hablo de James Farentino, un secundario que es el Tiñoso de Érase una vez... el hombre hecho carne. Otro secundario habitual, Charles Durning, de quién ya os comenté que tiene cara de senador, interpreta en el film a (cómo no) un senador al que todos señalan como próximo vicepresidente en las elecciones de 1944. ¿Llegarán a cumplirse las previsiones?
Y si se lo están preguntando, sí, el título original del film es The Final Countdown.

miércoles, 19 de diciembre de 2007

El hombre invisible (1933)



El extraño caminante avanza en mitad de una fuerte nevada en busca de refugio. Con toda esa nieve cayendo apenas si se puede distinguir un abrigo y un sombrero. En una posada cercana, los parroquianos charlan, beben, cantan al son del piano, se gastan bromas... en definitiva, se divierten al calor del fuego. Sin embargo, al entrar el extraño todo cambia. Cubierto con guantes, una bufanda y unas extrañas lentes oscuras, su rostro queda oculto a las miradas indiscretas. A pesar de que no es temporada turística, la dueña de la posada acepta preparar una habitación para el inquietante viajero. Poco podría imaginar esa cascarrabias que su nuevo huésped oculta un gran secreto...

El hombre invisible, basada en la inmortal obra homónima del escritor H.G. Wells, es otro título surgido de la nueva política adoptada por Carl Laemmle Jr. en la Universal para rodar films de gran presupuesto basados en clásicos del fantástico y el terror. Al frente del proyecto se colocó a James Whale, el mago del terror gótico y la comedia ligera que había proporcionado a los estudios su mayor éxito, la adaptación de Frankenstein.
En El hombre invisible seguimos teniendo a un científico jugando a ser Dios, aunque en esta ocasión las terribles consecuencias convierten al químico deseoso de gloria en su propio monstruo. Sin embargo, el ambiente gótico da paso a una suerte de amenaza tan invisible como un virus, provocando un terror más propio de las películas de ciencia ficción de los años 50: mensajes radiados, pánico colectivo, policía movilizada... Por otra parte, la caza al hombre y la dama angustiada y otros elementos del film son una mera continuación de los ya tratados en Frankenstein.
Por otro lado, vista hoy en día, no deja de resultar curioso la mezcla entre terror y humor que solía construir Whale en sus trabajos. Imagino que sería para aliviar algo de tensión a un espectador poco acostumbrado a tantas emociones, para luego llevarlo otra vez al paroxismo del horror. De todas formas esas pequeñas bromas intercaladas no perjudican en nada a la cinta y resultan bastante entrañables, y el casi mágico sentido del ritmo de Whale le tiene a uno pegado a la pantalla durante poco más de una hora de película que cualquiera podría decir que son apenas unos minutos.
Por supuesto los momentos más espectaculares del film vienen de la mano de unos efectos especiales realmente sublimes para la época. No deja de resultar fascinante contemplar cómo bajo esas pesadas ropas sólo hay un inquietante vacío. ¿Cuántos espectadores chillarían ante semejante espectáculo?



Considerando que su rostro permanece oculto durante la mayor parte del film, contemplar la versión doblada del film (que ha sido mi caso) probablemente reste mucho a la actuación del gran Claude Rains; sin ir más lejos James Whale le eligió para el papel por su voz, así que si tienen la oportunidad no dejen de ver El hombre invisible en su versión original.
Entre el resto del reparto destacan Henry Travers (el ángel de ¡Qué bello es vivir!) como el científico jefe y amigo del personaje de Rains y una sosa Gloria Stuart (la viejecita de Titanic) como la desesperada novia del invisible químico e hija del impertérrito Travers, que parece que trate con hombres invisibles todos los días. Entre los secundarios destaca indudablemente Una O'Connor, la casera cascarrabias casada con el posadero calzonazos. Con su perfil a medio caballo entre bruja y señorita Rottenmeier, Una se las basta sola para generar buenos momentos de comedia, como demostraría años más tarde en el que sería su último film, Testigo de cargo. Entre los pueblerinos que sufren las pesadas bromas del invisible Rains se encuentran actores de carácter como Walter Brennan o John Carradine, aunque difícilmente he podido llegar a reconocer a ninguno de ellos. A quién sí he podido identificar es al carismático Dwight Frye interpretando a un periodista que entrevista al jefe de policía.
No lo duden, damas y caballeros. Pasen y "vean" uno de los más extraños fenómenos surgidos de los estudios Universal. Pero cuidado, estén alerta: la próxima vez que tengan "una respiración en su granero", sean cautos. ¡Tal vez Claude Rains esté por allí dispuesto a hacer de las suyas!

Insomnio cortesía de James Whale


Cierta noche de 1931 el director de cine James Whale duerme plácidamente. Sueñe con dioses o con monstruos, el cineasta disfruta de un merecido descanso. Apenas unas horas antes ha asistido a la première de la película que estaba destinada a ser su mayor clásico, Frankestein. Aunque nunca hubiera vuelto a rodar un film (por suerte su carrera aún se alargaría unos cuantos años) su nombre ya había quedado inscrito en la historia del cine.
Sin embargo, el descanso del director británico se ve interrumpido. En plena madrugada el timbre del teléfono rompe el silencio de su dormitorio. Un soñoliento Whale descuelga el teléfono. Una voz, probablemente la telefonista, le comunica que le está llamando alguien que desea hablar con el señor Whale. ¿Quién será a esas horas? ¿Algún periodista inoportuno? ¿Un ansioso productor ofreciéndole panaceas increíbles? ¿Algún amante con ganas de felicitarle? A pesar de haber sido despertado, el director no cuelga el teléfono. "¿Quién es?", pregunta Whale. La voz al otro lado del teléfono pregunta a su vez: "¿Es usted el tipo que ha dirigido esa película que han estrenado esta noche?". "Sí", responde el director. La voz desveló entonces el motivo de su llamada. Al parecer, había asistido al estreno: "Bien, no puedo dormir, y que el Señor me lleve si voy a dejar que duerma usted".
21 de noviembre de 1931. Frankenstein, dirigida por James Whale, había entrado en la historia.

martes, 18 de diciembre de 2007

Buddy Rich el duelista

Les presento a Buddy Rich, uno de los mejores baterías que han pasado por este mundo. Grabó con la mayor parte de los mejores jazzmen de los 50, y que formó parte de grandes bandas como la de Tommy Dorsey. Si conociera más a fondo su discografía seguramente os podría recomendar algo, pero en este caso aun estoy tanteando en las tinieblas. Lo que sí puedo ofreceros son dos curiosos y divertidos videos (via UTube, claro) a la par que demoledores.
En el primero Buddy Rich nos aplasta con un bestial y descomunal solo que por suerte consigue que el irritante Jerry Lewis desaparezca de la escena.


En el segundo tenemos al formidable batería en pleno duelo con uno de mis dos animales favoritos junto a Phil Taylor: estoy hablando del carismático Animal del show de los Teleñecos. Eso sí que es un duelo de titanes ruidosos.
Creo que éstas van a ser mis Navidades Buddy Rich. ¡Romanos, prestadme orejas!