lunes, 30 de junio de 2008

Steve Harley & Cockney Rebel

Probablemente Steve Harley y sus Cockney Rebel serían unos buenos candidatos para un programa titulado "¿Qué fue de...?". En la Gran Bretaña de los primeros 70 Harley coló varios hits en las listas, aunque el que más ha pervivido hasta hoy es su estupenda "Make Me Smile (Come Up And See Me)", que aunque fue destrozada por una versión para un anuncio de cervezas sirvió para que algunos le recordaran durante cinco minutos.
En fin, así es el mundo del espectáculo: un día estás arriba y al siguiente nadie recuerda tu cara, pero en esa primera mitad de los 70 Steve Harley lucía orgulloso sus abrigos de piel y sus atuendos de estrella y miraba al resto de la humanidad por encima del hombro. Y eso ya nadie se lo podrá quitar, al igual que nadie podrá arrebatarnos el buen rollo que nos da su gran éxito. Ideal para los días soleados de verano, cervecita en mano, siempre que no sea la de cierta marca que no sabe adaptar canciones. ¡Penitenciagite!

La locura del rey Jorge (1994)

Probablemente nunca fue más peligroso para un rey el sufrir una grave enfermedad que en Gran Bretaña, cuna del parlamentarismo y de las acotaciones al poder absoluto de sus monarcas. En La locura del rey Jorge, que toma como punto de partida un hecho real, se analiza la figura del rey, el sistema monárquico y su lucha por la supervivencia frente a una institución parlamentaria hostil.

Finales del siglo XVIII. Gran Bretaña ha emergido de una de sus mayores crisis tras haber perdido las colonias norteamericanas. Desde entonces el comportamiento del rey Jorge III parece ser más errático, empeorando a medida que pasa el tiempo, transformándose de un solemne mandatario a un impredecible bufón. Una vez se certifique que el rey sufre de una extraña locura, los peones a su alrededor comenzarán a conspirar, ocultos en sus torres, para derribar al viejo monarca.

La locura del rey Jorge no es sólo un notable ejercicio de revisión histórica, es también una interesante visión sobre la figura monárquica, y más concretamente la de la monarquía parlamentaria. Aparte de las buenas dosis de humor que se derivan de las peculiares manías del rey (no olvidemos que la película es una adaptación de una obra teatral) la película muestra la fragilidad y soledad de una figura del estado aparentemente anacrónica en un mundo que cambia a gran velocidad. Por un lado tenemos al ambicioso príncipe heredero, quien, con la excusa de mirar por la salud de su padre tratará de apartarle del trono. Por el otro, junto a la propia conspiración de la corte se unirá el intento por parte de algunos parlamentarios de conducir a Gran Bretaña hacia un República siguiendo el ejemplo de los Estados Unidos. Quedará, pues, el rey solo, apoyado tan sólo por unos cuantos parlamentaristas que no tienen acceso a Su Majestad, liderados por el fiel Pitt, con lo que el monarca contará tan sólo con la ayuda y el verdadero afecto de su esposa.
Dentro de esa perspectiva de la monarquía podemos ver también algunos atisbos de la vida en la Corte, con su rígido protocolo que será roto por el loco rey, y que obliga a todos a cuantos están a su alrededor a mantener una constante actitud de respeto, cuidadon de cada movimiento, y dejando de lado consideraciones prácticas, como se pone de manifiesto en la divertida escena en que los cortesanos, incluyendo a una mujer embarazada, deben permanecer de pie durante un largo tiempo mientras los reyes disfrutan de un concierto de campanillas, o los ministros que deben retirarse de la presencia del rey sin darle nunca la espalda, lo que implica andar hacia atrás por un largo corredor.
Una tercera y cómica perspectiva que ofrece la película es el retrato que nos ofrece de los médicos y galenos de la época, anclados en la tradición y que profesan una ciencia en pañales que parece rayar a veces en la superstición.

Tres son los intérpretes que destacan entre la abundante lista de actores y actrices británicos que aparecen en el film, con nombres como Rupert Everett o John Wood. Para empezar una de las grandes contemporáneas británicas que pocas veces suele fallar, Helen Mirren, metida a reina antes de su aclamada The Queen; impecable. Los otros dos actores nos ofrecen un interesante duelo interpretativo, además del que mantienen sus personajes, en lo que es probablemente uno de los mejores momentos de la película. Uno de ellos es Ian Holm, magnífico como el antiguo hombre de Iglesia metido a loquero de rudos pero efectivos métodos y que no sólo osará mirar a los ojos al rey, sino que le castigará atándole a una silla cada vez que el monarca pierde los papeles. Por último, Nigel Hawthorne, un actor de teatro y televisión que sorprendió al mundo con su magnífico retrato del rey loco, a quien ya interpretara en la versión teatral. Tras una larga carrera en Gran Bretaña y Sudáfrica, la fama llamó a su puerta con este retrato histórico que le valió una candidatura al Oscar. Probablemente hubiera merecido más, pero Forrest Gump se cruzó en su camino.

La locura del rey Jorge es un estupendo film histórico, en la mejor tradición británica, que puede servir de reflexión para la figura de los reyes en el mundo moderno, o puede simple y llanamente entretener al espectador; bueno es que se rueden películas que puedan cumplir ambas funciones. No dejen de estar atentos al final de la cinta, con lo que parece ser una clara metáfora de lo que son las monarquías (o la imagen que en general se tiene de ellas) hoy en día. ¡Dios salve al rey!

domingo, 29 de junio de 2008

Caja de cerillas

Tres leyendas sobre el escenario, tres grandes compositores, tres artistas de las seis cuerdas redefiniendo el concepto de savoir faire. Johnny Cash, Carl Perkins y Eric Clapton versioneando el tema de Carl "Matchbox", inspirado en el viejo tema "Match Box Blues" de Blind Lemon Jefferson. Cuanto talento acumulado en una pequeña pantalla, oigan.

Diana, mi lagartona favorita

V, Invasión Extraterrestre constituyó todo un hito en el panorama de televisión de los 80. Hasta ahora no me he decidido a revisionarla, temiendo que la magia nostálgica se rompa. A pesar de los años todavía recuerdo su brillante principio, e intuyo que conforme avanzaba la serie aumentaban los despropósitos. Pero hoy no escribo para hablar de la serie, sino para hablar de la feroz, ultramalvada y definitivamente sexy Diana, la retorcida científico de la invasión reptil.
El personaje de Diana probablemente sea el primer ejemplo de atracción por el sexo puesto al que pueda remontarse mi memoria, aunque entonces ni siquiera supiera qué diablos era eso. Las niñas aún me parecían estúpidas e irritantes, pero Diana tenía algo especial, no cabía duda. El que fuera malvada la hacía todavía más atractiva, y podía imaginarmela perfectamente paseando de la mano de Darth Vader mientras se abrazaban y conspiraban contra la galaxia.

Fue tremendante excitante y chocante descubrir lo que se escondía bajo la piel de aquellos supuestamente amistosos alienígenas, pero ver a Diana engullendo ratones de laboratorio, pájaros y demás era definitivamente impactante. Y rememorar semejante capacidad pantagruélica siendo un adulto de locas hormonas, pues, en fin, es como sumar dos y dos. En resumen, el personaje de Diana era diferente al de los demás, y dejaba al resto de personajes femeninos de la serie a la altura de meras lagartijas. Cómo comparar a la perversa morena con aquella rubia que se pasaba al lado humano, como el boberas de Robert Englund. ¡No había comparación posible!


¡Suertudo alienígena!

Evidentemente tras todos estos años no recordaba ningún nombre de actriz ni nada parecido (¿actriz? ¿qué actriz? ¡Diana es de carne hueso y sigue siendo joven y bella en mi mente!), pero sí, tras la malvada reptil se escondía Jane Badler, cuyos anuncios de anticonceptivos son algo desmitificantes, pero cuya presencia y sex appeal siguen ahi, a pesar de los años, convirtiéndola en toda una apetecible MILF, lo que la emparenta con la morbosa Lorraine Bracco. ¡Ah, quien fuera ratoncillo!


sábado, 28 de junio de 2008

F****n Up

51.000 almas vibraron anoche con la distorsionada guitarra de Neil Young en la última edición de Rock In Rio. Desde el jergón, os maldigo.

Richard Chamberlain, rey de las miniseries

Recuerdo que cuando era niño para mí había dos Richard Chamberlain: el barbado aventurero y hombre de acción, y el afeitado y aburrido cura de El pájaro espino, serie que gustaba a mi madre y que a mi me parecía un tostón. ¿Cómo comparar las tortuosas tribulaciones de un hombre y una mujer que hablaban y hablaban con las problemáticas peripecias de un inglés en el Japón medieval, a punto de perder la cabeza a cada paso? Desde luego no podían ser la misma persona. La única teoría posible era que Richard Chamberlain tenía un gemelo malvado que trataba de acabar con su carrera frente a los niños de todo el mundo, aburriéndolos con una historia de amor prohibido.

Según uno va creciendo, va viendo películas y conociendo a actores y actrices, va descubriendo que los hay mejores y peores, más o menos carismáticos, pero por muy bueno que sea un intérprete siempre habrá un grupo selecto al que consideremos como de la familia. Habrá mejores actores que Richard Chamberlain, pero yo he crecido con él, y para mí es como si fuera mi tío. Si hay un actor que relaciono con mi niñez y mi adolescencia ése es el bueno de Richard.

Supongo que no es sorprendente que un actor de porte tan elegante naciera en Beverly Hills, en marzo de 1934. Comenzó a interesarse por la interpretación en la universidad, y tras pasar algunos años trabajando en la televisión se dio a conocer masivamente en 1965 con la serie Dr. Kildare, que le convirtió en una estrella en toda Norteamérica. Sin embargo una vez finalizada la serie decidió abandonar Hollywood para dedicarse al teatro, logrando hacerse un hueco en la difícil escena británica. Cuando regresó a Hollywood a principios de los 70 ya se había convertido en el aristócrata Chamberlain, el perfecto héroe elegante.
Fueron sus trabajos de aquella época los que me tuvieron pegado a la pequeña pantalla en mis primeros años de teleadicto. Comenzando por la maravillosa trilogía de Richard Lester sobre Los tres mosqueteros, y el gran número de series de televisión que le valieron el título de "Rey de las Miniseries", entre las que se contaban El hombre de la máscara de hierro, El Conde de Montecristo, Shogun, o la emocionante película televisiva que relataba las desventuras de Robert E. Peary y Frederick Cook en el Polo. Y si chocante fue verle de sufrido sacerdote en El pájaro espino, más chocante fue aún descubrirle como el personaje antipático de El coloso en llamas. En la segunda mitad de los 80 Chamberlain intentó dar la réplica a Harrison Ford en las dos delirantes películas del aventurero Richard Quattermain, y curiosamente fue el primer Jason Bourne en Conspiración terrorista: El caso Bourne. Compaginando teatro con musicales y apariciones en televisión, Richard Chamberlain sigue en activo, y siempre es bueno saber que la familia está bien.

jueves, 26 de junio de 2008

El último viaje del juez Feng (2006)

A finales de los 70 alguien decidió que en la República Popular de China debían haber funcionarios extraidos de las minorías étnicas del país. Fue así como la "tía Yang" se convirtió en ayudante del juez Feng, y juntos recorrieron de un lado a otro la agreste provincia de Yunnan, llevando la ley del pueblo a las diseminadas aldeas de la zona. Treinta años después alguien decidió que los jueces debían tener un diploma. Fue así como la "tía Yang" emprendió su último viaje como ayudante del juez Feng, acompañada por el recién licenciado Ah-Luo. Se inicia así un trayecto que recorrerá n o sólo senderos y montañas, sino también sentimientos, amores y desamores.

En el cantón de Ninglang, de unos 6.000 kilómetros cuadrados, conviven 12 minorías étnicas diferentes. Algunas de ellas, como los Moso, siguen siendo un tradicional matriarcado, cuyos habitantes siguen apegados a las viejas tradiciones y las supersticiones de todo tipo. En la comunista China esas pequeñas gentes siguen profesando el budismo, y, aislados del mundo, tratan de salir adelante como pueden. Es en ese territorio donde el juez Feng emprende cada año un viaje por caminos de piedra, barrancos y altas montañas, acompañado por su ayudante y un caballo para cargar equipajes y pertenencias, y lo más importante, la insignia nacional.
Donde la civilización y la tecnología todavía parecen no haber llegado, el juez Feng, con muchos años de experiencia a sus espaldas, imparte la justicia de la ciudad tratando de conciliar la modernidad con las costumbres y creencias locales, algo nada fácil. Siempre respetuoso con las gentes con las que se va encontrando, su paciencia y comprensión chocan con las maneras del impetuoso Ah-Luo, que considera degradante el vérselas con cerdos y supercherías, sin llegar a entender la especial sensibilidad de aquellas sencillas gentes.

Feng es, sin embargo, un hombre solitario, y Ah-Luo habla de lo que se comenta en el juzgado: que ni su mujer ni su hija quieren saber nada de él. Por otro lado, Ah-Luo cree ver algo más que una simple relación laboral entre Fen y Yang. Pero el juez y su antigua ayudante parecen encorsetados por su trabajo y las costumbres sociales. Qué les deparará este último viaje es asunto que debe resuelto al ver el film.

El último viaje del juez Feng, ópera prima de Liu Jie, constituye todo un canto a una manera de vivir ya desaparecida en la mayoría de la China moderna. El film de Jie analiza el choque que se produce entre la inexorable ley de Pekín, insensible con las viejas costumbres locales, y la tradición de ciertos pueblos donde sus leyes locales y sus tradiciones lo son todo. Mientras recorremos unos paisajes espectaculares y echamos un vistazo a esa gran China desconocida incluso para los propios chinos, y analizamos los problemas existentes en la actual China rural, nos vamos identificando con los tres personajes principales, y al igual que el viejo caballo de la película, subimos y bajamos por las colinas de sus peculiares relaciones.
Con la habitual delicadeza a las que nos tiene acostumbrados el cine chino, Jie nos habla de sentimientos y emociones con lo mínimo, sin grandes diálogos, ni gritos ni aspavientos. El que un personaje masculle unas palabras, el que dos miradas se crucen, un pequeño gesto, bastan para contarnos lo que otros necesitan contar en una hora o dos de metraje. Como si Jie se hubiera contagiado del tranquilo ritmo de vida de esos pueblos perdidos, la historia avanza poco a poco, entre juicios, patatas asadas y caminatas por impracticables riscos. Ante nuestros ojos pasarán dos historias de amor, sin que siquiera atisbemos beso alguno, que se verán condicionadas por las leyes de forma algo curiosa, pues sea la ley gubernamental o la ancestral ley local, ambas dificultarán el paso que lleve a los personajes a la felicidad.

Además de ser una de las más bellas historias de amor que se hayan podido ver este año, sea amor entre hombre y mujer o amor a una forma de vida, El último viaje del juez Feng es una gran fotografía de la China rural en movimiento, que nos acerca a unos paisajes espectaculares y que le puede hacer sentir a uno la luz del sol en los ojos o la fría bienvenida de un amanecer. Liu Jie no sólo nos ha regalado todo un poema visual, sino que en su última estrofa nos ofrece además uno de los finales más conmovedores de los últimos tiempos. El particular tribunal a caballo ambulante del juez Feng es el prometedor inicio de la carrera de un director de quien esperamos más películas como ésta. Que Buda nos oiga.

Van Halen

16 de mayo de 1978, Sheffield, Inglaterra. Da comienzo una de las iras con un doble cartel más desigual de la historia. Supuestamente la gran atracción son Black Sabbath, uno de los grupos definitivos del rock. Pero esos Sabbath poco tienen que ver con la apisonadora de riffs que debutara casi diez años antes. Cansados de sí mismos, llenos de ego, con una guerra abierta entre ellos y sobretodo entre Toni Iommi y Ozzy, la magia hace tiempo que salió por la ventana. Sus teloneros son cuatro chicos de California cuyo álbum de debut fue publicado hace tan sólo un mes. Su frescura, potencia y desparpajo les convertirán en los triunfadores de esa noche, y de todas las restantes fechas del tour. Cada noche Van Halen borrarán del mapa a los prematuramente viejos Sabbath. "Mientras nosotros estábamos sometidos a toda clase de presiones, andando por nuestros camerinos con caras largas y miserables, Van Halen estaban provocando una verdadera tormenta sobre el escenario". Así recordaba el propio Ozzy aquellos aciagos días. La era Van Halen había llegado.

Dos jóvenes hermanos de origen holandés, hijos de un saxofonista, decidieron un día dejar un buen día sus clases de piano. El más joven, Eddie Van Halen, comenzó a trabajar como repartidor de periódicos para pagarse una batería japonesa. Mientras, su hermano Alex comenzó a tomar clases de guitarra. Un buen día, al regresar a casa, Eddie no sólo descubrió a Alex tocando la batería, sino que además lo hacía mejor que él. El destino, los dioses, o quien fuera, había decidido poner las cosas en su sitio, con lo que Eddie se pasó a la guitarra y Alex se encargó de la batería. Nacía el germen de la futura gran banda norteamericana.

Algún tiempo después los hermanos Van Halen se buscaron a un bajista y comenzaron a tocar en los locales de Pasadena, con Eddie ejerciendo de solista y cantante, llamando a la nueva banda Mammoth. En aquellos días el grupo solía pedirle prestado o alquilarle el equipo de voces a otro cantante local, David Lee Roth. Según Eddie, decidieron que sería más barato si se hacían con los servicios de Roth y su equipo, y así fue. A partir de entonces Eddie se dedicaría a lo que realmente le llenaba, tocar la guitarra, dejando las tareas de frontman al chico rubio de Bloomington, Indiana, alguien que definitivamente había nacido para ello. El cuarto miembro de la formación clásica teloneó a los Van Halen con su grupo Snake, impresionando a todo el mundo con su capacidad para liderar al grupo cantando y tocando el bajo. El brutal Michael Anthony no tardaría en unirse como bajista a los hermanos y a Roth. El nombre de Mammoth quedaría finalmente atrás, y alrededor de 1974 nacían oficialmente Van Halen.
Con la formación consolidada la banda comienza a tocar todo tipo de estilo musicales en todo tipo de sitios. Tocaron en fiestas de instituto, bares infectos, restaurantes, clubes, bodas y bautizos, ejercieron de banda para un programa de televisión local... la banda llegó a tocar en concursos de mises y camisetas mojadas, con el verborreico David Lee Roth ejerciendo de juez y conductor del evento mientras le acompañaban Eddie y Alex. Con un repertorio de más de 300 versiones que cubrían todo el espectro musical contemporáneo, en sus primeros años la banda se hizo un nombre a base de tocar y tocar, mientras se formaban como músicos sin que ningún estilo les coartara. En los tiempos de la explosión punk Van Halen eran capaces de tocar cualquier cosa, haciendo gala de una capacidad técnica fuera de toda duda. Sin promociones, ni mánagers, ni tan siquiera un disco grabado, en 1977 la banda lograba congregar a más de 3000 personas en un concierto en Pasadena, a cinco dólares la entrada.

David Lee Roth era el mejor frontman que se había visto en años. Sus piruetas, sus rimbombantes letras y fraseos, y sus espectaculares atuendos le llevaban más allá de cualquier posible comparación. Ya entonces llevaba a cabo ideas absurdas como tocar una guitarra con forma de un famoso helado. Y qué decir de Eddie Van Halen, el hombre que tocaba de espaldas para que nadie pudiera tocar sus incendiarios trucos y su prodigiosa técnica. Eddie estaba predestinado a ser el guitarrista más influyente desde los tiempos de Hendrix. Si a esa tremenda pareja le añadimos la contundente base rítmica de Alex y Michael, teníamos a un diamante en bruto, the next big thing, algo de lo que Roth siempre fue consciente. Se sabía estrella, y estaba convencido de poder lograrlo. En la era del punk y la música disco no parecía haber sitio para una banda de hard rock, pero Van Halen iban a demostrar al mundo que no sólo había sitio, sino que el mundo era suyo.

Antes del gran éxito hubo tiempo para que Van Halen tocaran en una fiesta infantil. Contratados por el padre del niño, que les había visto tocar en la inauguración de un supermercado, todo parecía ir bien: la banda tocaba su repertorio de canciones infantiles y los críos estaban entretenidos. El gran error del padre fue poner a disposición de la banda varias botellas de alcohol. Más concretamente, el error fue ponerlo al alcance de Michael Anthony. Tras tres horas de ingerir alcohol sin parar, el bajista cayó colapsado al suelo. Ante unos horrorizados niños las madres trataron de reanimarlo, mientras el resto de la banda lograba mantenerlo en pie durante unos minutos. Pasado el trance, Anthony volvió a ocupar su puesto. Pero cuando al bajista le entraron ganas de vomitar, y lo hizo sobre uno de los niños de la fiesta, el concierto se acabó, y el grupo fue despedido. Pero Dave se encargó de cobrar al padre igualmente.

A pesar de incidentes como ése, el nombre de Van Halen crece sin parar, y el propio Gene Simmons de Kiss se interesa por ellos, grabándoles una maqueta, que sin embargo no convenció a ninguna discográfica. La banda también es invitada a tocar en Los Ángeles, en salas tan prestigiosas como el Whiskey A Go-Go o el Starwood, donde les descubrirá Marshall Berle junto al productor Ted Templeman y el capo de la Warner con nombre de personaje de Star Wars, Mo Ostin. El contrato discográfico no tarde en llegar. La banda pronto acude a un estudio junto a Templeman para grabar su disco de debut.
Tres semanas de trabajo y el disco está listo. Una incendiaria versión del "You Really Got Me" de los Kinks prepara el terreno para un disco histórico, Van Halen. Además de la citada versión el álbum contenía clásicos en vida como "Running With The Devil", "Ain't Talkin' 'Bout Love" o "Jamie's Cryin". Un tema de apenas dos minutos, "Eruption", mostrará el camino a seguir para los guitarristas de la siguiente década. En poco tiempo el disco llega al puesto número 12 en las listas, se venden más de millón y medio de copias, y la gente se pregunta de dónde ha surgido esa banda con un sonido tan innovador y una fuerza escénica imparable. Por lo general la crítica no vio más allá de las salidas de tono de Diamond Dave y de las correrías de dedos de Eddie, pero el público se rindió a sus pies. Tan sólo la crítica especializada de revistas como Guitar Player supo valorar el talento de la banda. Lo cierto era que aquél había sido uno de los mejores debuts de la historia.

Rescatando temas compuestos en la época de la maqueta con Simmons y alguna que otra canción nueva, la banda entra en el estudio para grabar lo que sería el Van Halen II. Nada parece influir en la banda, y en muy poco tiempo tienen listo el nuevo álbum. El nuevo single, "Dance The Night Away", entra en los cinco primeros puestos y vuelve a poner un disco de Van Halen en lo alto de las listas, alcanzando de nuevo el platino en los Estados Unidos. Nuevas canciones potentes como "Somebody Get Me A Doctor", "Light Up The Sky", "D.O.A.", una nueva versión, (la inicial "You're No Good") y una nueva exhibición de Eddie, "Spanish Fly", confirman que la banda no es flor de un día. Su segundo disco no es tan bestial como ese inolvidable primer disco, pero aun así en 1979 la banda tiene pocos rivales. La guitarra de Eddie que adornaba la parte posterior de la carátula yace hoy junto al gran Dimebag Darrell en su tumba; el propio Eddie la dejó allí como homenaje al genial guitarrista.
Van Halen afrontan entonces su primera gira en los Estados Unidos como cabezas de cartel. Y desde luego la banda lo aprovecha. Michael disponía de todo el bourbon que quisiera, Alex no sé que demonios haría, y por su parte Dave y Eddie entraron en una sana competición de ver quién se llevaba más groupies cada noche. Desde el escenario Diamond Dave se fijaba en las chicas más guapas y durante los solos de Eddie se comunicaba con los roadies mediante walkie-talkies para que les dieran pases a las presas del cantante de esa noche. Según el propio cantante las ciudades más religiosas y represivas como Salt Lake City o Pittsburgh eran las que tenían las mejores mujeres. La vida les sonreía, y todo era perfecto.

En 1980 llega el tercer trabajo de la banda, Women And Children First. Sólo con escuchar la primera canción, "And The Cradle Will Rock...", uno podía saber que lo habían conseguido de nuevo. Un nuevo clásico abre el disco, ya no hay versiones. La marmólea "Fools", esa locomotora que es "Romeo's Delight", la espídica "Loss Of Control", que recuerda a las extrañas locuras de los RHCP, la acústica "Could This Be Magic"...decididamente Van Halen habían logrado superar a su segundo disco, y de nuevo se habían destapado con otro gran puñado de canciones duras y eléctricas, sin concesión alguna. La corona que un día llevaran Aerosmith había cambiado de manos. Van Halen eran los nuevos reyes de Norteamérica. El semidesnudo Diamond Dave, fotografiado por el prestigioso Helmut Newton, que adornaba el interior del disco, era un perfecto ejemplo de la arrogancia y el poderío del que hacía gala el grupo. Los grandes grupos de los 70 habían desaparecido o andaban totalmente perdidos. En esa transición de décadas hablar de hard rock era hablar de Van Halen.

Con el equipo de sonido de los Bee Gees, un montaje escénico apabullante, grandes efectos de luces, paracaidistas lanzándose sobre el escenario, cruces de declaraciones entre la prensa y el grupo, más mujeres, más ego, más alcohol... en esta época todo lo relacionado con Van Halen se había vuelto más grande. Hasta los saltos de Dave parecían crecer, lo que le llevó a romperse la nariz en un show de la televisión italiana. Fue en un concierto en Pueblo, Colorado, donde la banda demostró su estatus de estrellas del rock destrozando dos camerinos. La razón: que una de las indicaciones de la banda no había sido atendida. En cada concierto, entre otros caprichos, el grupo siempre pedía un bol de M&M's entre los que no debía de haber ninguno de color marrón. En Pueblo desobedecieron esa regla, lo que provocó una destrucción por parte de la banda valorada en más de cien mil dólares.

Como suele ocurrir en estas ocasiones, el éxito lleva al ego y el ego lleva a las primeras tensiones. Con un Eddie recientemente casado, para el que el alcoholismo comenzaba a ser un problema, y dispuesto a llevar el sonido de la banda a terrenos más experimentales, Roth y el productor Templeman se las vieron y las desearon para sacar adelante la grabación del nuevo disco. El festivo Diamond Dave no compartía los afanes experimentales de Eddie, ni le gustaba el sonido más oscuro que le estaba imprimiendo el guitarrista a las canciones. A pesar de tener buenas canciones como "Mean Streets", "Singer's Swing" o la magnífica "Unchained", las ventas del álbum no fueron todo lo buenas que se esperaban. De todas formas Fair Warning, cuarto disco de la banda, seguía la línea de los trabajos anteriores de Van Halen: puro y buen hard rock al estilo americano.


Macho Diamond Dave!

Otra gran gira por Europa (¡Van Halen en la televisión española!) y Norteamérica sirvió para continuar con los delirios de grandeza. David Lee Roth diseño unos carísimos diablos inflables que podían orinar Jack Daniels, aunque finalmente el cantante los rellenara bourbon barato para abaratar costes. Tras cada show los pies de Diamond Dave eran lavados con agua Perrier. En definitiva, aunque para Eddie la juerga contínua ya no era un aliciente, para Dave y Anthony la vida seguía siendo una fiesta contínua.

En la programación de la banda 1982 constaba como un año de descanso, pero el éxito que obtuvo el single que publicaron con la versión del "(Oh) Pretty Woman" de Roy Orbison (cuyo videoclip fue uno de los primeros censurados por la MTV) provocó que la compañía para que publicaran un nuevo disco. Tras doce semanas el quinto disco de la banda, Diver Down, estaba listo. Esta vez las versiones eran abundantes; repitieron con los Kinks y su "Where Have All The Good Times Gone", pero le faltaba la fuerza de "You Really Got Me". Otras versiones como "Dancing In The Street", "Happy Trails" o la citada canción de Orbison tampoco resultaron demasiado brillantes. En Diver Down destacaban sobretodo las composiciones propias, como "Hang'em High" o "The Full Bug". Instrumentales como "Cathedral" o "Intruder" dejaban bastante que desear, y no eran tan brillantes como en discos anteriores. La crítica les retiró cualquier apoyo que les hubiera dado con el disco anterior, pero el álbum se vendió mucho, obteniendo un éxito que la banda no conseguía desde los tiempos del Van Halen II. Para ensayar la nueva gira Van Halen llevaron sus locuras de emperador romano más lejos que nunca y decidieron alquilar como locar de ensayo los Zoetrope Studios de Francis Ford Coppola, donde montaron su mastodóntico montaje escénico. La banda llegó hasta Sudamérica, fueron estrellas del primer US Festival, donde demostraron estar en plena forma, y tras un extenso año de gira volvieron al segundo US Festival habiéndose un millón de dólares. En los primeros meses de 1983 Van Halen seguían sin tener rival.

Sin embargo, ya por entonces la relación entre Eddie y David Lee Roth estaba más tensa que nunca. Las colaboraciones externas de Eddie, como en el tema de Michael Jackson "Beat It", enfurecían al cantante. Musicalmente los dos músicos también estaban cada vez más enfrentados. Eddie quería darle más protagonismo a los teclados y el uso del sintetizador, pero Dave se oponía, creyendo que ensuciarían el sonido del grupo. Finalmente Eddie se saldría con la suya, y en el siguiente trabajo de la banda, 1984, grabado en los estudios del propio guitarrista, los teclados cobraron más presencia que nunca, especialmente en canciones como "I'll Wait" o el single de mayor éxito de la banda, ese "Jump" que hizo del álbum el más vendido en la historia del grupo, con diez millones de copias sólo en los Estados Unidos. Dos de las canciones más cachondas del grupo, "Panama" y "Hot For Teacher", estaban incluidas en este álbum. A pesar de las reticencias de David creo que el disco es magnífico, a pesar de ese chocante sonido.
La consiguiente gira del grupo marcó el distanciamiento definitivo entre Dave y el resto del grupo, especialmente Eddie. En 1985 David Lee Roth dejaba el grupo. Desde entonces uno y otros han dado su particular versión de los acontecimientos, pero el hecho puro y simple es que el frontman perfecto para el grupo ya no estaba allí.

Llegaba entonces la decisión de la discordia. Decididos a enfocar cada vez más el sonido de la banda hacia un pop rock más accesible, los hermanos Van Halen deciden fichar como cantante a Sammy Hagar, alguien definitivamente muy distinto de David Lee Roth. Hubo quienes aceptaron en cambio y quienes vieron en Hagar a un pobre sustituto. Llegó un nuevo álbum, 5150, que tenía buenos temas, aunque el single de éxito "Why Can't This Be Love?" definitivamente no sonaba a los Van Halen clásicos. Más tarde vendría otro disco con Hagar, más discrepancias internas, y un lento declive de la banda. En los 90 llegarían los años del despropósito con la banda tratando de salir adelante con Gary Cherone al frente, editando un disco que no interesó a nadie y saliendo de gira en lo que fueron sus momentos más bajos, siendo aplastados cada noche por sus teloneros, unos Monster Magnet en plena forma. Seguramente Eddie comprendió como se debieron sentir Ozzy y los suyos veinte años atrás.

Y bien, tras años de cruces de declaraciones y acusaciones, de múltiples reuniones fallidas, y uno de los culebrones más largos de la historia del rock y una reunión con Hagar que no fue a ninguna parte, en agosto del 2007 la noticia más esperada se hacia realidad: David Lee Roth y los hermanos Van Halen enterraban el hacha (temporalmente al menos) y volvían a salir de gira juntos. La nota negativa fue que Michael Anthony se quedaba fuera de la esperada reunión (¿es que nadie sabe hacer las cosas bien en ese grupo?). A pesar de la ausencia del contundente bajista, problemas de salud de Eddie y demás, la gira se completó, consiguiendo una recaudación de 93 millones de dólares. Imagino que nadie, ni siquiera ellos mismos, saben cual es el futuro de la banda. Debieran de hacer lo correcto y llamar al pobre Michael, y sacar un nuevo disco si pueden. Pero pase lo que pase, ya deben de haber hecho felices a muchos fans norteamericanos. La gran mayoría de la humanidad que no vive en el Imperio, como yo, de momento nos conformarmos con sus discos y sus videos piratas.

miércoles, 25 de junio de 2008

JFK: Caso abierto (1991)


Como a todo el mundo le habrá pasado en alguna ocasión, mi opinión respecto a esta película ha cambiado con el tiempo, y ha ido a peor, algo que no me suele suceder. Normalmente si una película me gusta el único cambio que suele producir es que al cabo de los años me va gustando cada vez más. En su día JFK me pareció brillante, pero tras las últimas revisiones le he ido encontrando fallos y diferentes cosas que no me gustan. Con todo, me sigue pareciendo un buen film y que me sigue despertando interés.

Cuando las peripecias del fiscal Jim Garrison acabaron relatadas en un libro a finales de los 80, uno habría podido asegurar que tarde o temprano Oliver Stone se interesaría por su historia. No sé si el director a estas alturas se habrá puesto en paz con su pasado, pero durante los 80 y los 90 la carrera del cineasta estuvo dominada por sus fobias y sus experiencias en Vietnam y en la convulsa América de la era pre-Reagan. Era inevitable que un hecho que marcó a los Estados Unidos y al mundo, el magnicidio de John Fitzgeral Kennedy, acabara captando la atención del controvertido director y guionista.
Armado con el libro sobre Garrison y la obra de Jim Marrs Crossfire: The Plot That Killed Kennedy, Stone también reunió un grupo de especialistas para que investigaran la supuesta trama que se escondía tras el asesinato del presidente demócrata. Una vez más Oliver Stone se disponía a remover una llaga de la historia norteamericana.

El analizar si lo que narra el film de Stone es real o no ocuparía demasiado tiempo y demasiado espacio, así que mejor será dejar las teorías conspiranoicas para otra ocasión. El análisis que muestra JFK ahi está, es uno de tantos. Tan sólo diré que en su momento me pareció totalmente creíble, aunque más tarde leyendo y revisando documentales sobre el tema tengo más peros que ponerle a la visión que del atentado se da en el film. Pero como no soy ningún experto en el tema mi opinión a día de hoy es muy confusa, y hay demasiado material para analizar. Resumiendo, creo que el tema del asesinado de Kennedy es como lo de la vida inteligente fuera de la Tierra; debe de haberla, pero no parece que haya pruebas. Prosigamos con la película.

Para JFK Stone logró reunir uno de los mejores repartos corales de aquellos días. Muchos actores rebajaron sus cachés sólo para poder participar en un film que parecía destinado a hacer historia. Difícil destacar a unos sobre otros, así que repasaré mis favoritos empezando por el gran Jack Lemmon, impecable como el apocado ayudante del violento investigador Bannister; Donald Sutherland, el hombre de Inteligencia que nos abre los ojos sobre lo ocurrido; Kevin Bacon, el chapero racista y republicano; Walter Matthau, qué decir de él, es bueno verle aunque sea brevemente; Michael Rooker, el inolvidable asesino Henry, también aparece por aquí como un ayudante del fiscal; el camaleónico Gary Oldman es el hombre malo, Lee Harvey Oswald; aplaudo a Stone por haberle dado una oportunidad al injustamente olvidado John Candy en un papel dramático, que bien merecido se lo tenía. Por último nombrar al enorme Joe Pesci que nos demuestra una vez más que pocos se le pueden comparar en lo que a personajes impulsivos y adrenalíticos se refiere, a pesar del extrañ aspecto que luce en la película. Dejo aparte al personaje principal, el fiscal Garrison, a su mujer y al hombre en el que se centra el caso judicial, Clay Shaw.
Una de las taras principales de la película, en mi opinión, es lo poco creíble que resulta la relación entre Garrison y su mujer. Quizás creíble no sea la palabra. La impresión que tiene uno es que esas escenas entre el fiscal y su esposa resultan poco consistentes, demasiado desdibujadas. Con una Sissy Spacek a la que el personaje de melodrama no favoreció demasiado y un Kevin Costner a los que las sutilidades emocionales no se le dan demasiado bien, las susodichas escenas familiares suponen una rémora para el ritmo del film, fruto del afán de Stone de mostrar el precio que en el campo personal tuvo que pagar el fiscal. Con todo, Costner, prototipo del actor que necesita a un buen director para ofrecer interpretaciones consistentes, es un buen Garrison, aunque probablemente los podría haber habido mejores. Por alguna razón que se me escapa Tommy Lee Jones no me parece que encaje en el papel del homosexual Clay Shaw.

En otro orden de cosas la película muestra en determinados momentos una de las mayores taras que tiene Stone como director, esto es, su tendencia hacia el efectismo fácil. Esos pequeños tropiezos se hacen patentes sobre todo en ciertos flashbacks (como el de la fiesta en casa de Shaw) o en algunos planos no demasiado logrados, como el de los testimonios que se intercalan en el largo soliloquio de Garrison en el juicio.
Aun así, JFK hace gala de un ritmo perfecto que se va acelerando conforme se acerca el clímax de la película, y probablemente la que sea la mejor parte del film: el juicio a Shaw y la recreación de Garrison del asesinato del presidente así como toda su visión de la trama gubernamental para acabar con la vida de Kennedy. Si hasta entonces Stone ha ido jugando con el rodaje de escenas desde múltiples ángulos, cambios de fotografía, metraje real y metraje fiction, y un largo etcétera de estilos y efectos, es durante el juicio cuando dicha tendencia se aproxima a cierto paroxismo cinematográfico, que seguramente irrite a algunos, aunque en mi caso me parece llevado de un modo muy acertado, cosa que el director no lograría repetir en Asesinos natos. Dejando de lado si lo que se dice en esas escenas es real o es una invención de Stone, la segunda mitad de JFK me parece uno de los mejores momentos que pudimos ver en los cines en la última decada del siglo XX. Para ser un film de 3 horas sobre un tema tan complejo creo que el director norteamericano realizó un buen trabajo de condensación que, aunque tal vez haya perdido verosimilitud por el camino, ganó en lograr mantener al espectador atento. Desde luego JFK es un compendio del mejor Stone y también de todos sus tics y manierismos, y desde luego no agradará a quienes no gusten del estilo del neoyorquino, pero a algunos de nosotros el film nos reclama de vez en cuando, sumergiéndonos en el mundo de la conspiración y la cuasiparanoia. Además, personalmente el tema que trata JFK me parece de lo más fascinante. Y si uno cree, aunque sea por tres horas, en la gran conura de la que se habla en el film, desde luego la película se disfruta más.

La traición no prospera. ¿Cual es la razón? Porque si prospera, nadie se atreve a llamarla traición.

Rising Sons

En 1965 el cantante afroamericano Taj Mahal, recién llegado a Los Ángeles desde Massachussetts, traba conocimiento con el guitarrista rompedor Ry Cooder, quedando gratamente impresionado por la capacidad técnica del californiano. Junto al bajista Gary Marker y el batería Ed Cassidy los dos talentos forman Rising Sons, un combo que mezclaba el blues del Delta y el folk de racio abolengo con el sonido de unos primerizos Beatles. Cassidy pronto abandona la formación para acabar fundando a los Spirit, con lo que el resto de componentes se buscan un sustituto y editan su primer y único single, "Candy Man"/"The Devil's Got My Woman". La pobre acogida del mismo y problemas con la discográfica acaban provocando la disolución de la banda. Escondidos en algún cajón quedan tomas en directo, grabaciones para un disco que nunca se publicó, maquetas y demás, que acabarían siendo rescatadas del olvido para disfrute de todos nosotros en un disco llamado como el grupo, Rising Sons. A pesar de que la unión de fuerzas entre Taj Mahal y Cooder no pasó de esa banda maldita, el pequeño legado que nos dejaron se puede contar entre lo más interesante que nos dejó aquella década prodigiosa.

lunes, 23 de junio de 2008

Empieza el espectáculo (1979)

Perfeccionismo. Talento. Infidelidades. Una larga y ambiciosa posproducción de un biopic sobre cierto humorista rompedor y visionario. Audiciones. Ágiles bailarines, sólidos cuerpos, bailarinas sinuosas, jóvenes repletos de sueños y ambiciones. Egocentrismo. Vivaldi. El montaje de un gran musical. Barbitúricos. Hipocresía. Dinero y espectáculo. Arte. Hedonismo. Muchos, muchos cigarrillos. All that jazz. En pocas palabras: Bob Fosse.

Dicen que la idea para Empieza el espectáculo le vino a Fosse tras sufrir un infarto, inmerso en el montaje del famoso musical Chicago. Esa traumática experiencia pareció servirles a Fosse y al guionista y productor Robert Alan Aurthur para construir un film semi-autobiográfico sobre el reputado coreógrafo y director, mezclando realidad y fantasía. Empieza el espectáculo es una película sobre una película, un musical sobre un musical, una alucinación a ritmo de piano, una reflexión sobre el showbiz norteamericano y sobre la propia vida de Fosse. La película constituye un raro caso en la que un director rodó una esquela para su propia muerte. También es un nuevo ejemplo de lo que parece ser un hecho: que, al menos artísticamente, Fosse nunca fallaba.

No sé si Fosse hizo algún pacto con el diablo y sacrificó su capacidad para ser fiel y para cuidar de su vida personal a favor de un talento extraordinario que le permitió destacar en cualquier proyecto que decidiera emprender. Le bastaron a Fosse cinco películas, tres de ellas musicales, para demostrar que era una extraordinario director, tan enérgico y revolucionario como lo era en las coreografías que montaba en Broadway. No sé dónde aprendió a hacer cine o si era talento natural, pero cada vez que veo sus películas me vuelvo asombrar de lo gran director que podía llegar a ser. Junto al excelente montador Alan Hein logró un gran domino del ritmo cinematográfico, obteniendo montajes maravillosos e innovadores, que con cada película llevo más lejos, desde Noches en la ciudad pasado por Cabaret y Lenny hasta llegar a la cima de su carrera con la ambiciosa Empieza el espectáculo. Justo en esta última película Fosse nos ofrece una imagen de sí mismo en la sala de montaje, montando y volviendo a montar su biografía de Lenny Bruce, superando fechas límite y presupuestos, buscando una perfección que nunca parece encontrar. Como parece sucederle a todos los grandes genios, el director siempre parece considerar su obra incompleta, mientras el resto de la humanidad simplemente nos maravillamos con su trabajo.

El mundo del espectáculo es difícil, y la mayoría de las veces, injusto. Cuando veo al carismático Roy Scheider meterse en la piel del alter ego de Fosse, Joe Gideon, me pregunto como pudo su carrera declinar de tal modo, reciclándose en series de televisión y papeles secundarios muy similares entre sí, tras haber demostrado que era un actor muy versátil. Tras su reciente fallecimiento fueron sobretodo dos personajes los que se recordaron de su carrera: el del jefe Brody de Tiburón y el del talentoso, mujeriego, adrenalítico y exigente Gideon. Scheider nos ofreció la personalidad de un exitoso coreógrafo cuyo encanto es tan irresistible como destructor, y cuyo talento y ego es tan enorme como el número de sus conquistas e infidelidades. Gideon es un hombre dominado por sus excesos y su trabajo, y vive al borde del límite, desatendiendo las necesidades de su ex-mujer Audrey, de su hija Michelle y de su novia Katie, y desoyendo sus consejos para que pise el freno y cuide su cuerpo y su mente antes que sus coreografías. Pocos actores habrían brillado tanto en un papel tan complejo como Scheider, la nominación para el Oscar no fue bastante recompensa para un trabajo tan memorable. Pero ese año Kramer contra Kramer se llevó mucho más de lo que seguramente habría merecido, y Roy tuvo que ver como Dustin Hoffman recogía la dorada estatuilla, que indudablemente habría merecido cinco años antes por su trabajo en Lenny. De todas formas ningún Oscar se puede equiparar a la recompensa del recuerdo, y el papel de Scheider en Empieza el espectáculo ya ha pasado a los anales del cine.
Junto a Scheider la película contaba con muchos actores y actrices que procedían de Broadway, y que habían trabajado en obras de Fosse u otros musicales. Ann Reinking, la Katie de la película, se interpretaba en gran parte a sí misma, lo que no le evitó tener que pasar por varios castings para hacerse con el papel. Aparece también brevemente John Lithgow como un coreógrafo rival de Gideon. La bella Jessica Lange aparece en las oníricas confesiones de Gideon como una angelical figura que recibe la confesión del coreógrafo en sus momentos más críticos.

Visualmente Empieza el espectáculo es impecable, y apoyándose en el ya comentado montaje Fosse juega con la linealidad de la historia, alternando múltiples planos y flashbacks de uno o dos segundos de duración, llevándonos de un lado a otro en rápidas sucesiones de imágenes que acompañan el espídico estilo de vida de Gideon. Conjuntamente con la narración de la historia propiamente dicha y las espectaculares coreografías de Fosse, los abarrotados planos de Gideon en la ducha, de pastillas, colirio y la música de Vivaldi constituyen algunos de los mejores momentos de la película. Empieza el espectáculo cuenta además con uno de los más brillantes inicios de la historia del cine, acompañado de la clásica canción de George Benson "On Broadway". Sólo por esos créditos iniciales la película ya se merece un visionado.
Señoras y señores, pasen y vean. No se arrepentirán.

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Highway 61 Revisited

Dios le dijo a Abraham "sacarifícame a tu hijo", y Abe dijo "Tío, debes estar quedándote conmigo". Dios dijo "No". Abe dijo "¿Qué?". Dios dijo, "Puedes hacer lo que quieras, Abe, pero la próxima vez que me veas venir, más vale que corras". Abe dijo, "¿Dónde quieres que lleve a cabo este sacrificio?". Dios dijo: "Allá en la autopista 61".

Ésta es la palabra de Bob Dylan. El genial guitarrista Johnny Winter decidió adoptarla para su disco Second Winter en 1969, desmarcándose con una versión aplastante en la que Winter dejaba bien patente su dominio del slide. La siguiente es una versión en vivo de "Highway 61 Revisited" que Johnny interpretó en un homenaje a Dylan allá por el 92. El sonido no es impecable, pero lo que Winter hace con su guitarra sí lo es.


domingo, 22 de junio de 2008

El golpe (1973)

Si ayer hablábamos de química en la gran pantalla, una de las parejas cinematográficas por excelencia es la formada por Robert Redford y Paul Newman, quienes nos maravillaron tan sólo en un par de películas: Dos hombres y un destino y El golpe. Es una lástima que no nos regalaran más proyectos juntos, pero esas dos películas bastaron para grabar su imagen juntos en el Olimpo icónico de Hollywood.

Si un compañero, un amigo, alguien que fue como un padre para nosotros, fuera asesinado, ¿qué venganza llevaríamos a cabo? Probablemente el asesino mataría a quien lo hizo, y el hombre honraro lo dejaría en manos de la policía. Alguien que se gana la vida como timador recurriría a un gran golpe para darle al culpable donde más duele, sobretodo si ese culpable es un egomaníaco y todopoderoso gángster con negocios repartidos en varias áreas. Ése es el caso de Johnny Hooker, un joven que ha aprendido su oficio del veterano timador Luther Coleman, quienes tran engañar sin saberlo a un correo de la mafia atraerán sobre ellos la ira del gángster Doyle Lonnegan. Cuando unos matones de Lonnegan acaben con Luther, Hooker jurará venganza, y para ello pedirá ayuda a un viejo amigo de Luther, el timador de lujo Henry Gondorff.

La gestación de El golpe se encuentra en la investigación para una escena con un carterista de cierta película en la que el guionista David S. Ward estaba trabajando. Fascinado por lo que descubrió, siguió investigando sobre la historia, métodos y personajes de los timadores del pasado, descubriendo así el libro de David W. Maurer The Big Con: The Story of the Confidence Man. Fue así como Ward conoció la historia de los hermanos Gondorf, en cuyas peripecias basó parcialmente el film. Con el guión bajo el brazo se presentó a Tony Bill, productor de la película para la cual Ward había comenzado su investigación, y le dio a leer un resumen. A Tony le gustó la historia y junto a otros dos productores le dieron luz verde a la historia de timadores de Ward.
Para dirigir la cinta se presentó voluntario George Roy Hill, a cuyas manos llegó el guión de casualidad, y atraido por la historia ofreció sus servicios a los productores, quienes no dudaron en entregarle el proyecto. Puesto que Ward había escrito el papel de Hooker para Robert Redford, los productores le ofrecieron la posibilidad de interpretar al joven estafador, pero el actor declinó la oferta. Se pensó entonces en Jack Nicholson, pero tampoco fructificó la oferta. Mientras, Hill había conseguido de Paul Newman una respuesta afirmativa para interpretar al veterano Henry Gondorff. Contactado de nuevo Redford para que reconsiderara su postura, y teniendo a Newman y Hill a bordo, el rubio actor decidió aceptar el papel, aunque sin demasiadas expectativas. Redford fue uno de los mayores sorprendidos tras el enorme éxito del film.

Si consideramos que el Oscar a la mejor película que se llevó El golpe en 1973 separó las estatuillas de la misma categoría que se llevaron El padrino y El padrino II, es evidente de que estamos hablando de una gran época en lo que a las producciones de Hollywood se refiere. Y es que la película de George Roy Hill es una maravilla absoluta de principio a fin, una pieza de relojería en la que nada falla, al igual que en las estafas de más éxito.
No sólo es un film con una calidad indudable, sino que tiene además un encanto especial, una atmósfera de una época perdida que nos llega en forma de imágenes, sonido y música, todos cuidados al detalle. Principalmente fue todo un acierto el que para la banda sonora, aparte de las creaciones de Marvin Hamlisch se adaptaran distintas piezas de ragtime en piano del compositor de comienzos de siglo Scott Joplin, entre la que destaca la archifamosa "The Entertainer", que sirvió como tema principal para El golpe. Tenemos también una cuidada ambientación y profusos decorados, y unos excelentes trajes de la época confeccionados por la mítica diseñadora de vestuario Edith Head. Magníficos son también los carteles y dibujos imitando a los de los años 30 que figuran en los créditos y que dividen las cuatro partes de las que consta el film. Como prueba de la atención que se prestó a la ambientación del film se recuperó el logo de la Universal de la época para el inicio de la película.

George Roy Hill ofreció en El golpe lo mejor de su arte, creando maravillas escenas y planos. La mirada de Redford por encima del hombro del gigantesco guardaespaldas de Lonegan, la inolvidable partida de póker en el tren, las vibrantes persecuciones, las diversas secuencias de timos y engaños, culminando en esa fabulosa escena final... aunque sólo hubiera dirigido esta película Hill ya habría merecido la inmortalidad.
Y desde luego la labor del director no quedó en modo alguno empañada por los actores. El plantel de intérpretes era de lujo, encabezado por el siempre excelente Newman y un Redford en plena forma, que llevaron la eléctrica magia que surgía entre ambos algo más lejos de como la dejaran cuatro años atrás. Gran aplauso también para Robert Shaw, inolvidable como el orgulloso y temperamental Lonegan, siendo uno de sus papeles definitivos junto al de Tiburón.
A los personajes principales les apoyaron grandes veteranos como Ray Walston o Robert Earl Jones (padre de la voz del Darth Vader anglosajón, James), y sólidos secundarios como el eterno capitoste Charles Durning interpretando al brutal y algo corto Snyder, o Harold Gould, que interpreta al aristocrático pillo Kid Twist. Y sólo para que conste, un nombre que muchos desconocemos, pero que visualmente es sin duda uno de los mejores esbirros que se hayan visto en pantalla: Charles Dierkop, el hombre con nariz de boxeador surgido del Actor's Studio.

El golpe es una película tan redonda que siempre es difícil destacar un momento sobre otro. Simplemente es una de esas producciones que uno nunca se cansa de ver, y que le transportan a uno durante un par de horas a una era perdida repleta de pillos, políticos y policías corruptos y grandes y elegantes mafiosos. Indudablemente, una película imprescindible.

sábado, 21 de junio de 2008

Jane Russell, la mujer del sostén aerodinámico


Tal día como hoy, un 21 de junio de 1921, nacía en Minnesota Ernestine Jane Geraldine Russell. Hija de un militar y una antigua actriz de una compañía ambulante, la vida cambió para la joven Jane cuando el magnate Howard Hughes la descubrió en la recepción de su dentista. En aquella belleza morena de apenas 20 años el maniático y donjuanesco multimillonario vio a su perfecta Rio McDonald, la heroína que se enamorará de Billy el Niño. Con un debut como The Outlaw, de la cual mucho se habló y se habla hoy en día, pero casi nunca para hablar de la película en sí, Jane Russell comenzaba su carrera en el cine que estaría marcada para siempre por su contrato con Hughes y por el físico de la actriz.
El forajido, La bella de Montana, Una aventura en Macao, y, por encima de todas, Los caballeros las prefieren rubias... sí, Jane Russell rodó bastantes películas entre la segunda mitad de los años 40 y los años 60, pero las razones por las que es recordada son principalmente dos: sus papeles en la película de Hughes y en la comedia junto a Marilyn Monroe. Aunque, siendo sinceros, habría que añadir otras dos razones a su legado en la pantalla. Porque, sí, la Russell tenía uno de los más potentes bustos de la época. Y ese físico tan rebosante marcó su carrera,como le ocurrió a muchas otras cheesecakes.

Hubo un tiempo en que unas colinas en Alaska llevaron su nombre; en la guerra del Pacífico dos puntos estratégicos tan fueron conocidos con el nombre de la actriz... se podría decir que durante muchos años todo lo relacionado con ella giraba entorno a sus pechos. Y es que para El forajido Hughes, loco por ella, aunque, extraño en él, nunca pudo llegar a seducirla, elaboró con la ayuda de sus mejores diseñadores de la industria aeroespacial un sujetador que realzara toda la belleza de sus senos en la película. Como la misma actriz admitió más tarde, al final nunca llevó esa pieza de ingeniería puesta, aunque le dijera lo contrario al loco Howard. Aun así, el tamaño de sus pechos en la pantalla llevaron a todo un proceso legal en la que se implicaron jueces, censores, gente con metros en la mano y demás, en el que debió ser uno de los casos judiciales que más babas dejó en muchos años. Al final todo fue una dosis extra de publicidad para el film.

Para mayor rabia de Hughes la actriz se casó en 1943 con un futbolista, Bob Waterfield. A éste le seguirían dos matrimonios más, con un actor y con un broker inmobiliario, aunque Jane Russell nunca pudo tener hijos debido a un horrible y chapucero aborto por el que pasó a los 18 años. La actriz adoptó dos hijos.

Se la recuerde por su físico o por su carrera como actriz, es digno de celebración que Jane Russell siga entre nosotros para apagar sus ochenta y siete velas. ¡Que se cumpla su deseo, Mrs. Russell!


El halcón y la flecha (1950)

Ahora que el género de aventuras en su vertiente más clásica ha vuelto a las pantallas de la mano del último aventurero, Indiana Jones, es una buena ocasión para revisar alguno de los viejos films que influyeron en dos chavales destinados a ser exitosos productores y directores de cine. Muchos son los títulos que se citan al hablar de los precedentes para el arqueólogo aventurero. Quizás El halcón y la flecha no sea de los más nombrados, pero lo he elegido por su prácticamente total falta de artificio y de gran número de extras. Acrobacias, peleas, pequeñas dosis de humor, y una cuarentena de personas para interpretar a campesinos y soldados; con unos ingredientes tan sencillos se podía hacer un buena película de aventuras, pero hoy, tanto la industria como el público han cambiado. En un mundo tan complicado difícilmente podría volver a funcionar una historia simplista de buenos y malos, tan inocente en ciertos recursos argumentales. Pero, por otra parte, si desvestimos a la última entrega de Indiana Jones de explosiones nucleares, planos grandilocuentes y demás... ¿no sigue siendo una historia de buenos y malos? Aunque en este caso una historia algo más compleja cuya parada final no parece estar clara palidezca ante la vieja y sencilla historia de un cazador que quiere recuperar a su hijo. Apenas hay subtramas o cambios de dirección. Así era el viejo cine de aventuras: directo al grano. Y que nadie vea en estas palabras una crítica a Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal o a cualquier otro título de la saga, nada más lejos de la realidad. Como ya he dicho, Indiana Jones es el último gran personaje de aventuras al viejo estilo, y sólo por eso ya merece una aplauso.

Hablar de El halcón y la flecha es hablar de una de las mejores parejas que haya visto el cine, y más específicamente el cine de aventuras: Burt Lancaster y Nick Cravat. Amigos desde muy jóvenes, Lancaster y Cravat comenzaron su carrera como trapecistas y acróbatas, y en la gran pantalla maravillaron al mundo con sus números acrobáticos y su perfecta compenetración. En el género de aventuras diern lo mejor de sí mismos, dándonos dos grandes films: El halcón y la flecha y El temible burlón. En las dos cintas Cravat se caracterizó por interpretar al sosias del personaje de Lancaster, siendo siempre mudo. La razón para ello fue su cerrado acento de Brooklyn, que habría quedado fuera de lugar en las susodichas películas históricas.
La carrera cinematográfica de Lancaster comenzó con una diana: Forajidos. Fue uno de los pocos casos en que un actor o actriz se hacía con la fama al primer intento. Desde entonces fue ascendiendo posiciones en Hollywood, a lo que contribuyeron films tan populares como El halcón y la flecha y El temible burlón, hasta llegar al papel que le consagró para la posteridad en De aquí a la eternidad.

El halcón y la flecha cuenta la historia de Dardo Bartoli, un formidable arquero y cazador que cuida de su hijo en las montañas en la Lombardía ocupada por las tropas de Federico Barbarroja. Abandonado por su ambiciosa esposa, quién corrió a los brazos del Conde Ulrich, apodado "El Halcón", representante en la zona del emperador germánico, Dardo ha enseñado a su hijo Rudi el valor de la independencia y la libertad, sin abrazar causa alguna. Para Dardo la vida es simple: caza en las montañas, derriba a los halcones del conde que amenazan a los pájaros del bosque, y de vez en cuando baja al pueblo para beber con los campesinos, visitar a su amigo de la infancia Piccolo o hacer el amor a alguna de sus muchas admiradoras. A pesar de la insistencia de notables del lugar como Papá Pietro, Dardo se niega a abrazar la causa de la liberación lombarda.
Todo cambiará cuando tras la enésima provocación de Dardo el Conde Ulrich se lleve a su hijo al castillo. Comenzará entonces una constante lucha de Dardo para recuperar a Rudi, lo que le irá involucrando cada vez más en el ansia de libertad lombarda. Tendrá tiempo también para trabar conocimiento con la sobrina de Ulrich, Anne, a quién secuestra para pedir un intercambio de rehenes. La bella Anne, a quien su tío quería casar con el arruinado aristócrata local el marqués Alessandro. Sin embargo, a pesar del desprecio inicial, Anne irá comprendiendo que la causa de Dardo es justa, y, como suele decir, el resto es historia.

Jacques Tourneur, el cineasta parisino que en los años 40 había rodado perlas del fantástico y la Serie B como La mujer pantera, Yo anduve con un zombie o El hombre leopardo, se convirtió en los 50 en un director para todo. Desde el género de aventuras y el terror hasta dramas, comedias o películas de intriga, Tourneur se mostró como un director todoterreno capaz de sobresalir en cualquier proyecto o género. Paradójicamente, un talento tan especial le acabó granjeándose una reputación de director eficiente y barato que le empujó cada vez más a rodar proyectos cada vez más alejados de la serie A hasta acabar su carrera en la televisión. Pero en 1950 Tourneur todavía se encontraba entre la élite de los directores de Hollywood, y dirigió con su buen hacer El halcón y la flecha, logrando un difícil equilibrio entre las secuencias de acción, los momentos dramáticos, el humor, las escenas de diálogo, etc. El ritmo de la cinta es ágil, sin decaer en ningún momento, y sabe sacar provecho de las condiciones atléticas del dúo Lancaster-Cravat, sobre los que, no vamos a negarlo, recae todo el peso del film. El resto de personajes, como el conde Ulrich o el voluble marqués, se limitan a cumplir su función en la historia. El personaje de Anne destaca como la heroína (aunque en principio forme parte de bando rival) de la película, sufriendo una notable evolución según avance la historia. Virginia Mayo, Anne en el film, se muestra como una gran actriz que sabe hacernos simpatizar con ella o desconfiar de sus intenciones. Y, por qué no decirlo, su talla 90 queda perfecta en esos ajustados vestidos históricos que lleva.

Aventuras en la Edad Media; tanto y tan poco es lo que encontrarán en El halcón y la flecha. Y si quieren saber lo que es la química en pantalla, esta película es esencial.

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viernes, 20 de junio de 2008

Midnight Oil

Intentaré dejar mentalmente Nueva York por unos días (aunque podéis seguir dejando vuestra opinión, petición, o lo que sea) y me trasladaré a la inmensa Australia, que nos ha dado grandes iconos culturales como el boomerang, los canguros, Paul Hogan, los Easybeats, AC/DC, Rose Tattoo, los Bee Gees, Wolfmother, y allá en los 80 a un grupo liderado por el carismático cantante de mente despejada Peter Garrett; hablo obviamente de Midnight Oil, que con su disco Diesel and Dust dieron en la diana con un contundente disco y un hit que dio la vuelta al mundo: "Beds Are Burning". El correspondiente videoclip solía ser habitual en los momentos muertos que dejaba el canal estatal, y el éxito de la canción atrajo la atención momentáneamente sobre los derechos de los aborígines austrialianos a recuperar sus tierras perdidas. La banda se caracterizó por sus inquietudes políticas y medioambientales, y de hecho Garrett ha acabado siendo miembro del Parlamento austrialino. Por supuesto sus adversarios no han dudado en usar su pasado en la banda para atarcarle usando la letra de canciones como ésta. Eso le pasa por meterse en política.

jueves, 19 de junio de 2008

New York, New York

Relacionado con mi ya confirmado viaje a Nueva York iba a dejar un video con la vieja canción de Frank Sinatra, pero dado que La Voz acabó un poco harto del tema, y para variar un poco, he elegido el "New York, New York" del musical On The Town, que en los 50 fue llevado a la pantalla por el propio Frank, Gene Kelly y un tipo cuyo nombre no recuerdo. Aunque le cambiaran la letra para no tener problemas con el Código de censura de la época, todos sabemos que Nueva York es a hell of (o helluva) a town. Para la vuelta ya tengo pensado otro tema, pero eso ya vendrá en agosto. Os dejo con los tres felices marineros dispuestos a quemar sus veinticuatro horas de permiso en la Gran Manzana.

¡Allá voy, Nueva York!

Bien, como decían en Jesucristo Superstar tras los 39 latigazos, everything is next! Ya tengo los billetes de avión para encaminarme por primera vez al otro lado del Atlántico, a pasar alrededor de nueve días como una pequeña hormiga en la Gran Manzana. Si hace poco hablaba de La semilla del diablo y el edificio Dakota, imaginad lo que podría pasar ahora por mi mente al ver de nuevo la película. Tener la posibilidad de estar frente a esa entrada que acabó con la felicidad de Rosemary, o que lamentablemente nos quitó a John Lennon antes de hora, es algo susamente extraño, y hasta que no esté allí no sé que sentiré: ¿excitación, confusión, desencanto al saber que la vida sigue a tu alrededor y que dentro de ese edificio no hay conjuras satánicas?
Evidentemente en cuanto a fortalezas medievales los Estados Unidos no pueden competir con Europa, pero si hablamos de arquitectura moderna, de la historia de los dos últimos siglos, de cultura, series y películas, es evidente que una ciudad como Nueva York tiene mucho que ofrecer. Seguramente ni viviendo varios años allí podría llegar a conocerla a fondo, así que en 9 días tendré que empaparme de toda la mitología rockera y cinéfila que pueda, hacer unas cuantas compras (buenas camisetas y libros no publicados aquí son mi gran objetivo) y... diablos, no sé, cuando comienzo a pensar en qué hacer no sé por dónde empezar.
Yo y mi amigo ya hemos comentado algo, casi entre risas, porque me parece que no éramos conscientes de que realmente fuéramos a ir hasta allá. ¿Qué tal ir a ver un partido de los Nicks? ¡En agosto no hay baloncesto! ¿Y ver la Ellis Island que acogió al pequeño Vito? En definitiva, ¿qué demonios hacer en Nueva York cuando no se está muerto?

Bien, tenemos el Nueva York más turístico, el de los museos como el MoMA o el Metropolitan, el Empire State, lo que en un día fueron las Torres Gemelas, el Rockefeller Plaza, los puentes, la Estatua de la Libertad, aunque ya no se puede subir a ella... las bonitas estaciones de tren y autobús, los viejos edificios decimonónicos... el Nueva York de Broadway con sus teatros y sus luces, el Carnegie Hall, al que mentalmente siempre asocio con cierta canción de los Who, el Madison Square Garden, que ha visto grandes conciertos y grandes eventos deportivos; el Apollo Theatre, donde reinaron James Brown y los grandes artistas negros de los 50 y 60, y donde Buddy Holly actuó frente a una confundida audiencia de color... el Nueva York de la radio, con el Radio City Music Hall, la NBC y demás, lo cual me lleva al Nueva York de Woody Allen, Manhattan, etc. Tenemos el Nueva York de los gángsters, aunque no tengo ninguna dirección relacionada, ¡pero al menos si me escapo a Nueva Jersey podría tener una experiencia Soprano, y eso es grande!
Música y rock and roll... lamentablemente ya no veré el mítico CBGB, pero quién sabe si tendré oportunidad de ver algún buen concierto. De momento sé que Booker T & The MGs o George Thorogood estarán al alcance, aunque asistir a algún evento así no estará solo en mi mano. ¡Qué bonito sería ver a Neil Young, Allman Brothers o alguien así! Pero no parece que nuestros caminos se vayan a cruzar.
El Nueva York gastronómico... tengo la tonta idea de pedir un perrito caliente repleto de cebolla y todo eso que le ponen en las películas, sólo porque lo he visto hacer mil veces a centenares de actores en tal o cual película. Quién sabe si con suerte podré acercarme al Tribecca Grill de Robert De Niro, o pedir una pizza en el mítico Pizzaland de los créditos de Los Soprano, o en una famosa pizzería donde se popularizó ese plato italiano... En fin, me estoy enrollando demasiado, tendré que guardar un poco de excitación para el viaje, así que lo dejo aquí. ¡Y sólo quería escribir unas pocas líneas! En fin leer un poco de las condiciones y requisitos para entrar en el gran país me calmará los ánimos. USA, home of the free!

Estaba pensando si llevar un pequeño diario de mi estancia allí y luego publicarlo en el blog, pero aparte de que parece algo trabajoso no creo que os interesen mis andanzas de pueblerino en la gran ciudad, salvo como guía turística. Dejad vuestros comentarios al respecto, si es que hay algún loco o loca interesado o interesada. Miembro o miembra. Y los que ya hayáis estado allí, ¡dejad vuestras propuestas!

Bien, como decía Frank Sinatra, If I can make it there, I can make it everywhere!

miércoles, 18 de junio de 2008

La herencia del viento (1960)


Una idea es un monumento más grande que cualquier catedral.

En el libro de los Proverbios, capítulo 11, versículo 29, se lee: "Aquel que turba su casa heredará el viento". En el viejo Mississippi, en 1925, la localidad de Dayton se vio turbada por un juicio que marcó época: el del Estado contra John Scopes. En virtud de una ley aprobada no mucho antes, el profesor John Scopes fue arrestado y acusado de violar dicha ley. Su crimen fue enseñar la teoría de la evolución de Darwin a sus alumnos. El llamado "Juicio del mono de Scopes" constituyó una nueva batalla entre ciencia y religión, y por cada uno de los bandos lidiaron dos de las más lúcidas mentes de aquel entonces: Clarence Darrow y William Jennings Brian. Someramente, éstos son los hechos históricos.

Treinta años después dos dramaturgos consideraron que la libertad del individuo estaba siendo nuevamente puesta a prueba. Corrían entonces los oscuros años del Macartismo, del terror soviético y de la Caza de Brujas en Hollywood. Jerome Lawrence y Robert Edwin Lee escribieron la obra Inherit The Wind como un modo de atraer la atención sobre la particular e injusta cruzada que estaba llevando a cabo el terrible senador de Wisconsin Joseph McCarthy. Cinco años después, con la fiebre anticomunista todavía fresca, el director Stanley Kramer llevaba la obra a la gran pantalla. Hoy, más de cuarenta años después, existen países donde los periodistas críticos con el poder son misteriosamente asesinados, donde se encierran a autores de blog por opinar de un modo diferente a su gobierno. A día hoy se dice que todavía hay algunos estados norteamericanos donde enseñar la Teoría de la Evolución es un delito. Hoy, como ayer, La herencia del viento sigue siendo un film en plena vigencia.

La película de Kramer va más allá de los puros hechos históricos. Probablemente el juicio a Scopes fuera muy diferente a como podemos verlo en la pantalla. Resulta sintomático que todos los nombres hayan sido cambiados. Así pues el hecho del pasado resulta una mera excusa; es el sobre que contiene lo verdaderamente importante, el mensaje. El del peligro de los fanatismos, y el de la fina barrera que existe entre la libertad individual, las ideas y la ley de los pueblos. Además, La herencia del viento, versión 1960, es una estupenda película con un duelo actores a la altura de aquella lucha de 1925 entre un abogado y un fiscal.

Fuera buen gusto para rodearse de estupendos intérpretes, o una buena mano para sacar de esa herramienta viva que son los actores grandes interpretaciones, o fueran las dos cosas, lo cierto es que el cine de Stanley Kramer se suele caracterizar por grandes actuaciones que oscurecen en muchos casos su labor como autor cinematográfico. Quizás fuera lo que el director buscaba, o quizás fuera un efecto no deseado. Pero en La herencia del viento un reparto de catorce quilates, una historia (obvio es decirlo) muy teatral y repleta de diálogos, y como ya he comentado, un particular combate entre dos pesos pesados de Hollywood, dos actores que interpretaron al doctor Jeckyll en distintas versiones y que en la película contaron con un juez de excepción. El árbitro fue todo un Gene Kelly, que ponía rostro, ironía y mucha mala leche a su descreído periodista E. K. Hornbeck, un escritor de artículos que pone todo el poder de su periódico al servicio del desvalido profesor Bertram T. Cates (el "embrujado" Dick York) por la buena causa de grandes titulares. El caballero sin espada que defenderá el creacionismo y la palabra de Dios será William Harrison Brady, un carismático Fredric March dándonoslo todo en uno de sus últimos papeles. En favor de la ciencia hablará un tal Henry Drummond, más conocido por nosotros como Spencer Tracy, un actor colosal quien casi se marchó de este mundo de la mano de Stanley Kramer, quien le dirigiría en varias ocasiones más hasta su última película, Adivina quién viene a cenar esta noche. En el lado oscuro tenemos al fanático reverendo Brown, interpretado por Claude Akins, quien más tarde interpretaría, paradójicamente, a un general gorila en una de las secuelas de El planeta de los simios. Junto a Brady tenemos a su esposa, Florence Eldridge, casada en la vida real con March.

La Biblia es un libro. Es un buen libro, pero no el único libro.

Seguramente donde más espectacularmente se note la mano de Kramer tras la cámara en los magníficos planos de los créditos iniciales, donde los notables del pueblo se van reuniendo para dirigirse al instituto del pueblo. Cuando uno contempla la forma en que Kramer ha dispuesto la cámara en esas primeras escenas a uno le viene a la mente esa maravilla llamada Solo ante el peligro.
A partir de entonces Kramer irá cediendo el protagonismo a los actores y al guión; guión que por cierto incluyó más frases sacadas directamente de las actas del juicio que la versión de Broadway. De entre éstas últimas se suele citar esa fabulosa escena donde Harry Drummond da rienda suelta a su ira y acaba siendo acusado de desacato.

Desde el mismo comienzo de la película Kramer introduce cántios religiosos para crear una atmósfera áspera, identificando religión y fanatismo, y describiendo a todo un pueblo en contra de un individuo. De un modo singular, el defensor de la fe Harrison Brady resulta ser un hombre bastante cabal, alejado del oscurantismo del reverendo Brown, quien repudia a su hija por estar prometida al hombre que enseña el pasado del hombre sin mencionar a Dios. Con todo, acosado en el juicio por el temperamental y astuto Drummond, Brady se revelará como un ídolo mesiánico con pies de barro.
Tanto Brady como Drummond son retratados como dos viejos amigos que se ven obligados a enfrentarse en el juzgado por defender sus propias causas, aunque dicha rivalidad no es llevada fuera del recinto judicial. Como bien queda reflejado en una determinada escena, en la que Brady le pregunta a Drummond cuando comenzó a distanciarse de él, y éste responde que el movimiento es relativo y tal vez sea él quien no ha avanzado, ambos luchan por sus ideales, creen en una causa, pero parece ser capaces de ver las cosas con cierta perspectiva. Ellos son la cara más amable del juicio. Por contra, tenemos al reverendo Brown, cuyas rígidas creencias le convierten en un justiciero y verdugo más que en un hombre justo y en un buen cristiano, lo que le convierte, en cierta manera, en el villano de la película. En el otro bando, y por todo lo contrario, tenemos también al oscuro Hornbeck, quien es un ateo que no parece tener causa alguna, y que como le acabará echando en cara el propio Drummond, es un ser solitario cuyo único Dios es E. K. Hornbeck.

Siempre es un placer volver a ese pequeño pueblo de Mississippi y comprobar lo bien que se le daban a Gene Kelly los personajes sarcásticos, o la facilidad con la que March impostaba la voz, y nos llevaba de la risa a la pena; o, sobretodo, contemplar la gran actuación de Tracy, un católico a su modo que nunca se divorció de su esposa, pero que en esta película parece capaz de convencer a Pablo de Tarso que su más lejano antepasado no fue Adán sino una mísera célula, o algún feo sapo, o un peludo mono. Su cliente, Bertram Cates, quiso tener los mismos derechos que una esponja, como dice el mismo Drummond, y por ello fue condenado. Seguramente el más perfecto de los mundos no se encuentre en el atávico fervor de Brown, ni en la nada espiritual de Hornbeck. Tal vez un mundo mejor estaría compuesto de Henry Drummonds y William Harrison Bradys. De eso no estoy seguro; pero si lo estoy al afirmar que hoy en día tendríamos un cine mejor si hubiera más tipos como Kelly, Kramer o Tracy. Pero esa casta de artistas parecen extintos, como los dinosaurios. Y lamentablemente no creo que ningún mosquito con su sangre se encuentre atrapado en ámbar. Pero roguemos al Señor porque así sea.

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