jueves, 31 de julio de 2008

¡Vacaciones!

Aunque ya estaba en semiletargo veraniego, ahora ya sí que no tengo que madrugar ningún día más ni desplazarme al trabajo ni nada. Aunque seguramente haya poca playa para mí (manías que tiene uno) la cerveza fría y la buena música no van a faltar. Y aprovecharé para ir a la filmoteca de verano, con lo que el blog no va a tener descanso hasta que me marche a Nueva York, lo cual está ya a la vuelta de la esquina. Por hoy os dejo con unas de las patillas más carismáticas del rock and roll, las del cantante Ray Dorset y su banda Mungo Jerry, quienes nos traen unos cuantos consejos para el veranete con su hit "In The Summertime".

Geoffrey Lewis, villano de clase trabajadora

Creo que tras los nombres de Clint Eastwood y Sergio Leone el siguiente que aprendí fue el de Geoffrey Lewis, un carismático secundario que se convirtió en amigo y habitual de Eastwood y que interpretó todo tipo de papeles (en los que abundaban el de villano) tanto en cine como en televisión. Crecí viendo su rostro en la pantalla, tanto en papeles junto al Hombre Sin Nombre como en series de televisión como Salem's Lot o El equipo A. En su 73 cumpleaños merece por mi parte un recordatorio de una prolífica carrera que todavía no ha terminado, y todo indica que el viejo Geoffrey morirá con las botas puestas.

El joven Geoffrey, aunque californiano, pasó parte de su infancia en Rhode Island hasta que a los diez años su familia se trasladó a California. Como muchos otros se interesó por la interpretación en el instituto, captando en seguida la atención de su profesor de drama, quien le habló del Plymouth Theater, un teatro de verano donde podía comenzar a labrarse una carrera. Efectivamente así fue, y el destino le llevó a Nueva York, donde trabajó en el circuito off-Broadway. De ahí saltó a la televisión, donde realizó algunos cameos y obtuvo pequeños papeles. Debuta en el cine con The Culpepper Cattle Co. obteniendo buenas críticas. Sigue trabajando en la televisión (de hecho nunca la abandonará), apareciendo en series de éxito como Mannix o Misión: imposible.

1973 es un buen año para Geoffrey. Tras tener a su primogénita, Juliette Lewis, y casarse con la madre, una tal Glenis Batley (se divorciarán en el 75), Lewis obtiene un buen papel en Dillinger, para después cruzar su camino con Eastwood en Infierno de cobardes, donde interpretará al malvado Stacey Bridges, uno de sus papeles más recordados. Eastwood, reconocedor del talento y buen amigo de sus amigos, seguirá llamando a Geoffrey siempre que tenga ocasión. Tras aparecer en un spaghetti western (la segunda parte de Mi nombre es Ninguno) vuelve a trabajar con Eastwood en Un botín de 500.000 dólares, a la que siguen apariciones en casi todas las grandes series norteamericanas de la época: Los hombres de Harrelson, McLoud, El hombre de los seis millones de dólares, Starsky y Hutch, Hawai 5-0... Mientras, intercala sus trabajos en la pequeña pantalla con telefilmes y películas como El regreso de un hombre llamado caballo o La gran pelea, junto a su amigo Eastwood.
En los 80 se repite el patrón. Más series (Lou Grant, Flo, La casa de la pradera, El equipo A, El trueno azul, Falcon Crest, Magnum, McGyver... seguro que en cualquier serie de la época que tengáis en mente ha aparecido el bueno de Geoffrey) y más películas, aunque conforme avanzan los 80, y con Eastwood embarcado en otros proyectos, la calidad de sus trabajos en la gran pantalla comienza a no ser tan interesante. De films iniciales como Bronco Billy o La puerta del cielo y una peli de Mike Hammer, Yo, el jurado, a estipendios como Time Out o pasadísimas comedias de Chevy Chase. Con papeles tan poco gratos no resulta extraño que la carrera de Geoffrey en los 80 se redujera a la televisión, donde al menos se ganaba la vida.

A finales de los 80 llega otro trabajo junto a su amigo Clint (El cadillac rosa), algún que otro papel para ganarse los garbanzos como por ejemplo de padre de Van Damme en Doble impacto hasta que en 1992 obtiene de nuevo un buen papel en una interesante película que nada tenía que ver con Eastwood. Se trataba de El cortador de césped, la enésima adaptación de una historia de Stephen King y que se convirtió en una película de culto en los 90. Tras escribir un sacrílego corto de animación (The Janitor) el tirón de El cortador de césped lleva a Lewis a volcarse algo más en el cine, trabajando junto a Mel Gibson en El hombre sin rostro y junto a Richard Donner en Maverick. Eran los tiempos en que su hija (nunca he sabido si se llevaban bien o mal) comenzaba a labrarse una carrera hacia el estrellato, antes de que la música la guiara por otras sendas.

En definitiva, en los años siguientes Geoffrey Lewis siguió haciendo lo que hizo siempre: trabajar allí donde se le necesitara, fuera en películas o televisión. Su talento y sus muchos años de experiencia le han servido para estar siemper ahí, aunque fuera en escenas breves que olvidamos a los cinco minutos. En el nuevo milenio su rostro sigue apareciendo en series de éxito: Expediente X, House, Nip/Tuck, Las Vegas, Ley y orden, Me llamo Earl, y un largo etcétera. Fue emocionante volverle a ver en Medianoche en el jardín del bien y del mal, y saber que siempre que tenga un papel adecuado para él Eastwood contará con Lewis como lo hará con cualquiera de sus habituales. Yo, aunque no sea su amigo, también tengo siempre presente a Geoffrey Lewis, todo un trabajador del cine que se ha ganado a pulso sus velas.

miércoles, 30 de julio de 2008

Go Joy, is your birthday!


Aun no tengo del todo claro si tiene nombre de chica y se llama Jaimie o tiene el mismo nombre que un conocido mío llamado Jaime, pero le haré caso al Playboy (¡siempre hay que hacerlo!) y la llamaré Jaime Pressly. Y como hoy su cumpleaños aprovecho para felicitarla y para que nos siga deleitando con su fabuloso personaje de Joy en la estupenda serie Me llamo Earl. Y de paso aprovecharé también para colgar una veraniega foto suya. Go Joy, go Joy, is your birthday, is your birthday!

Amarcord -Mis recuerdos- (1973)

Me pregunto si habría habido un Cinema Paradiso sin películas como Amarcord, de la que la primera era deudora y a la que homenajeaba en parte. Sin llegar a ser una autobiografía, la película es una composición de trazos de recuerdos de una infancia (la de Federico Fellini) y de una época vistas a través de un adolescente, Titta, y presentadas con un toque de realismo mágico por el inmortal y magistral director italiano. Y aunque Fellini hable de una época ya algo lejana (la Italia de Mussolini), hay partes de su historia comunes a todos.

Y es que, ¿quién no ha tenido en el colegio a profesores estrambóticos, autoritarios, o profesoras con mirada de tigresa? ¿Quién no ha admirado las curvas de una Gradisca o ha bebido los vientos por una compañera de clase, maldiciendo su desdén y su interés por el siempre odioso pretendiente de nuestro amor? Y, al menos entre los chicos, ¿quién no se ha masturbado como un mono en la adolescencia? ¿Quién no ha esperado el verano con ansia, y quién no ha mirado fascinado una gran pantalla en una sala a oscuras?

Amarcord es una tragicomedia repleta de extrañas y aun así comunes historias, con una galería de personajes deliciosos que van desde los chicos del colegio y sus profesores a notables del pueblo, familiares y demás gentes curiosas. Sería largo y farrogoso hablar sobre todos ellos, y para eso ya está la película para ser vista, pero sí hay ciertos personajes y situaciones realmente inolvidables, momentos del cine que uno ve pasar ante sus ojos como si uno viviera de cerca una suerte de muerte cinematográfica.

Vi Amarcord siendo todavía un muchacho imberbe, y cuando volví a verla tras muchos años se me agolparon muchos recuerdos en la cabeza, recordando días pasados, cuando vi la película, y otros que la propia cinta me hizo rememorar, como si mi mente fuera expuesta a un extraño efecto de varios espejos. Desde luego una escena que se quedó grabada a fuego en mi mente juvenil fue la célebre escena de la estanquera tetona. No acababa de comprender lo que pasaba, pero fue toda una conmoción. ¡No sabía que se pudiera tener semejante tamaño de... bueno, de pechos! Desde luego compartía desconocimiento con el protagonista, que medio ahogado entre aquella masa de mamas soplaba en vez de chupar. Delirante y cómica escena, la de la estanquera.

Otra escena que recordaba gráficamente es la de la broma que le gastan al chico poco espabilado de la clase, con esa ingeniería de cartulinas enrolladas para llevar la orina desde el último pupitre a los pies del desgraciado estudiante.

En cambio fue un placer redescubrir otras escenas totalmente olvidadas, como las de las peleas de los padres de Titta, y la madre amenazando con poner veneno en la sopa y el padre tratando de suicidarse desencajándose las mandíbulas. Por supuesto Amarcord es una película para ser visionada en versión original, pues la esencia y el aire italiano que se puede respirar al contemplar escenas semejanes sólo es perceptible en la lengua del venerable país de la bota.

Gradisca (del verbo "gradire"; ya ven, hago mis deberes), un apodo para una maggioratta italiana que vuelve loco a todo el pueblo, que se pirra por Gary Cooper, se deja acompañar por un galante italiano americanizado y sueña con casarse y tener hijos. Seguro que todos hemos tenido alguna Gradisca (o Gradisco) en nuestras vidas; yo desde luego sí, y por eso entiendo perfectamente los sueños del bueno de Titta. El toque Fellini (y el del guionista Tonino Guerra) estriba en detalles como dotar de una personalidad a la Gradisca, llevándola más allá del arquetipo de la mujer sexy del pueblo. Porque aunque en un primer momento uno se quede con sus curvas, no puede evitar ver la melancolía en los ojos de una mujer con sueños que bien podrían venir de su niñez. En realidad casi todos los personajes de Amarcord parecen estar tocados por ese aire infantil; podría colegirse pues que bajo la dictadura de Mussolini (o la de Franco) todos los ciudadanos no dejan de ser niños.

Aunque casi toda la cinta irradia comicidad, hay que destacar la sutileza y la sensibilidad con que Fellini nos adentra en los momentos más dramáticos del film; no entraré en detalles (ya saben, vean la película) pero son una de las pruebas que en conjunto confirman a Amarcord como una de las mejores películas del genio italiano.

Entre las burlas al régimen fascista, las obsesiones sexuales y los personajes esperpénticos Fellini nos acerca a un mundo más inocente que el actual, en todo parece estar acelerado y donde los niños parecen querer crecer más y más deprisa. Personalmente no puedo dividir película y recuerdos, pues muchos de los que Fellini nos ofrece los he vivido en primera persona. Sin embargo, irrupciones nostálgicas aparte (y también hay que ser buen director para levantar nostalgia en el espectador de una forma tan vivída), lo que tenemos entre manos es un clásico del cine europeo, un poema de imágenes e historias, una entretenida comedia no exenta de drama, como la vida misma. Amarcord es cine imprescindible, pero yo (como Hernández y Fernández) aun diría más: Amarcord es vida. Y siempre que ese coche se vuelve a alejar, mi mente no puede evitar escuchar los ecos de un suspiro: ¡Ah, Gradisca!

Furry Happy Monsters

Uno de los grandes alicientes de la versión norteamericana de Los teleñecos era su lista de invitados. En cada programa aparecía alguna estrella famosa, fueran actores, músicos, etc. Evidentemente en los 70 la lista de invitados musicales fue apabullante, pero en décadas posteriores aun se pueden ver colaboraciones interesantes entre grupos y teleñecos, como es el caso de hoy: REM adaptan su "Shiny Happy People" y la convierten en la versión particular para Los teleñecos "Furry Happy Monsters". No pierdan el detalle del teleñeco Kate Pierson. ¡Increíble detalle!

Los tres mosqueteros (1973)

Por decirlo de alguna forma, y para que se entienda lo que siento por esta película (por toda la saga en realidad), éste es un film que defendería con los puños. A medio camino entre el vandalismo y lo irreverente y una fiel adaptación de la obra de Dumas, Los tres mosqueteros (subtitulada Los diamantes de la reina) es una genial película de aventuras deudora del viejo estilo; es como una hermana bastarda de la también estupenda versión con Gene Kelly ejerciendo de D'Artagnan. Aquellos que tilden esta película como obra menor es que son unos aburridos.

No sé si será cierto que la idea de esta adaptación la tenía Richard Lester desde los tiempos de sus trabajos con los Beatles, y que los de Liverpool iban a enfudarse en la piel de Atos, Portos, Aramis y D'Artagnan, pero la obra final es lo suficientemente iconoclasta para que dicha idea no resulte una locura. En Los tres mosqueteros aparte de la ya clásica historia de compañerismo y lealtad hay sitio para el humor de sal gorda, el slapstick, los dobles sentidos sexuales no demasiado rebuscados y la exaltación del golpe y la pantomima. El film desde luego no tiene el "toque Lubitsch", pero a mí me basta.
La versión de Lester huye del clasicismo estético de las adaptaciones previas de Hollywood, y presenta a unos mosqueteros más rudos, más sucios, y con más sentido histórico. En esta película desde luego no hay lugar para las sutiles coreografías del Gene Kelly espadachín; aquí los personajes no sólo usan espadas para combatir, sino que se sirven de puños, patadas, palos, ramas o cualquier objeto contundente que tengan a mano, incluídos paños mojados. Aunque guiados por un alto sentido del deber, su código de honor es bastante laxo en ciertos aspectos, convirtiendo a los mosqueteros en mitad caballeros y mitad pícaros, como queda demostrado en cierta escena situada en una taberna, donde los cuatro amigos hambrientos simulan una pelea para procurarse alimentos y bebida sin pagar ni un doblón.

Rodada en magníficos escenarios naturales de España y algún que otro estudio, y con una adaptación que ahondaba en la novela original, la duración original del film iba a ser de tres horas, pero los productores vieron que tenían bastante metraje para montar una segunda parte, que sería estrenada un año después. Los actores nada supieron de esta maniobra y se sorprendieron al verse en un segundo film del que nada sabían. Todos se dispusieron a demandar a la productora, todos salvo uno, cuyas ganancias eran de lo más sustanciosas.
La ambientación de la época, el cuidado del vestuario y los ya citados monumentos españoles hacen de Los tres mosqueteros del 73 una de las más verosímiles, sino la que más, versiones de la obra de Dumas. Otro elemento importante para ver la película es que se trata de la última versión del clásico (al menos entre las no-europeas) que realmente merece la pena. Si contamos El hombre de la máscara de hierro, cuyo reparto de mosqueteros era interesante aunque desaprovechado, y recordamos que de la versión del 93 lo único destacable era Tim Curry (¡el señor Frunk N Further en persona!) como el malvado cardenal Richelieu, nos encontramos con que desde el 74 ninguna otra versión ha superado a la de Lester. A la continuación de esta primera película, Los cuatro mosqueteros, se añadió a finales de los 80 El regreso de los mosqueteros, una tercera parte inferior a la anterior pero que no desmerece al resto de la trilogía, y que narra los hechos del segundo libro de las aventuras de D'Artagnan, Veinte años después. Aunque esta última versión pasó más desapercibida, los dos films de los 70 obtuvieron unas buenas recaudaciones.

Y el actor que ni se interesó en demandar a los productores era Charlton Heston, que encarnó como nadie al cardenal Richelieu (el mejor de todos los cardenales) y cuya caracterización era asombrosamente mimética con uno de los retratos más famosos del cardenal, y es que Heston parecía ser un molde perfecto para encarnar a personajes históricos.
En general el reparto de la película era soberbio: ninguna superestrella (o casi), pero actores conocidos y de sobrada talla para los personajes. Y es que para mí recordar esos nombres y esos rostros es como acordarme de mis primos o de amigos del colegio. D'Artagnan era Michael York; Richard Chamberlain era Aramis; Athos era el ultracarismático Oliver Reed; el elegante Frank Finlay era Portos. El criado de D'Artagnan es un regordete secundario británico al que muchos recordarán como el liante amigo de George Roper. En el apartado femenino tenemos a Geraldine Chaplin como la reina, a Faye Dunaway (¡ñam!) como la malvada Milady, y a Rachel Welch (¡ñam ñam!) como la amante de D'Artagnan, Constance, que en esta versión está casada, como debe ser, aspecto que en otras versiones se suele obviar. La mano derecha de Richelieu, Rochefort, es el gran Christopher Lee, que aporta su saber hacer a un personaje que raya entre lo digno y lo ridículo. Otros grandes secundarios completan un reparto de lo más potente.

Sobre una película como ésta, tan apegada a mis recuerdos, podría escribir muchos párrafos, pero será mejor dejarlo para otra ocasión; por ejemplo si algún día hablo de Los cuatro mosqueteros. Los tres mosqueteros de Richard Lester es uno de los últimos vestigios del cine de aventuras clásico, antes de que directores como George Lucas o el propio Lester llevaran la acción y los romances a otro nivel. Y si nadie lo remedia parece que la saga de Indiana Jones será lo más parecido que podamos encontrar al clásico género de aventuras de Hollywood, ese en el que Gene Kelly era un mosquetero y al que Richard Lester no hizo sino un homenaje, aunque fuera en formato de broma pesada.

domingo, 27 de julio de 2008

Hey Jude por Wilson Pickett

Ya le dediqué una entrada a Duane Allman en el pasado, en la que hablé de pasada de su etapa como músico de sesión y su colaboración con uno de los más grandes, Wilson Pickett. La versión que grabaron del "Hey Jude" de los Beatles es antológica, brutal. Le deja a uno sin aliento, vamos.

Cristal Oscuro (1982)

Así empezó la lucha, y surgieron dos nuevas razas. Los crueles Skekses y los bondadosos Místicos. Los Skekses de cuerpos duros y retorcidos y voluntad dura y retorcida. Una raza en extinción con un emperador moribundo.

Como las razas de los Skekses y los Místicos, películas como Cristal Oscuro son vestigios de un pasado condenado a extinguirse. Los muñecos, marionetas y la artesanía tradicional ya sólo fascinan a los más pequeños, y los personajes sustentados de hilos han quedado relegados a la televisión y a películas de Los teleñecos. La CGI domina hoy el mundo del cine. No hace demasiado tiempo Jim Henson todavía podía rivalizar con la revolucionaría tecnología de la saga de Star Wars. Sin embargo hace un tiempo que la Jim Henson Company tiene entre manos un valiente proyecto, como valiente era el joven Jen, para resucitar el mundo de Cristal Oscuro, mezclando marionetas y tecnología punta. Si The Power of the Dark Crystal será un canto del cisne o una renovada esperanza, el tiempo lo dirá. De momento la mano derecha de Henson, Frank Oz, no parece estar muy convencido. Y yo no veo futuro en películas como Meet The Feebles.

Cristal Oscuro surgió del deseo de Jim Henson de ir más allá de Los Teleñecos y crear un mundo nuevo, lleno de extrañas plantas y criaturas. Henson contactó con el ilustrador británico Brian Froud, cuyo trabajo de hadas, duendes y otros seres fantásticos admiraba, y le habló sobre los personajes principales. Froud realizó algunos esbozos y viajó a Nueva York para trabajar en los diseños finales. Allí conoció a la bella diseñadora de marionetas Wendy Widener, y ambos acabaron casándose. ¡Un comienzo inmejorable para la película!

Cristal Oscuro iba a ser la primera película de acción real que no mostrara a ningún humano en la pantalla. El trabajo sería duro, y la preproducción necesitó de la colaboración de distintos artesanos y especialistas que se dividieron en grupos, ocupándose de uno o dos personajes determinados, dando pie a una curiosa competición entre los grupos para ver quien elaboraba la mejor marioneta, lo que sin duda benefició al film. Había todo tipo de criaturas y marionetas: las pequeñas controladas por hilos, las más complejas con movimientos eléctricos o mecánicos, o las más grandes, en las que un humano se metía dentro de la criatura. Por ejemplo los terribles Garthim albergabab en su interior a actores que debían soportar 32 kilos de peso, con lo que en las pausas eran colgados para descanar, como le sucedió a Jack Haley en El mago de Oz.
Para el reparto de aquellos que debían meterse dentro de los trajes se buscó a actores que usaran su cuerpo como medio de expresión: mimos, payasos y performers de todo tipo. Uno de esos actores trabajaba con zancos que llevó un día al ensayo. Brian Froud los vio y fue así como surgieron los Zancudos.

Probablemente hoy en día sea difícil para el público más joven apreciar la magia que desprende Cristal Oscuro y su mística historia, pero para un chiquillo impresionable como yo ver a los Skekses en pantalla grande fue todo un acontecimento. No todas las películas le causan a uno una impresión duradera, pero ésta desde luego lo hizo. Y vuelta a ver veinte años después resultó gratificante comprobar que la calidad y la magia seguían allí, y que las bondades de Cristal Oscuro no eran producto sólo de un recuerdo nostálgico. La película de Henson es una obra sólida, toda una referencia del cine fantástico y un ejemplo de cómo rodar una historia con marionetas conservando la verosimilitud de la historia. No sé si el arte milenario de las marionetas ya no tiene cabida en este mundo, pero esté desfasado o no Cristal Oscuro es un mundo lejano que uno no puede dejar de visitar, aunque ahí fuera existan obras de compañías como Pixar y demás que mediante ordenadores pueden llegar a crear verdaderas maravillas. Pero el cine es más que tecnología, y no se le llama séptimo arte en vano. Y al igual que nadie dejó de ir a los museos pictóricos tras la aparición de la fotografía, Cristal Oscuro merece también ser vista por cualquiera que ame ese centenario arte/invento llamado cine.

En resumen, Cristal Oscuro es una obra de artesanía, va más allá de una película para niños (porque como tal es bastante oscura); es el cénit de las marionetas en la gran pantalla, la obra cumbre de Jim Henson y Frank Oz. Y que nadie lo dude; cuando Jim Henson nos dejó la Tierra perdió parte de su magia. Pero por suerte algunos de sus hechizos quedaron plasmados en celuloide. No me sean Skekses y véanla.

viernes, 25 de julio de 2008

El último de los Interceptores V8

Por supuesto, la saga de Mad Max continuará en este blog... esto es sólo otro adelanto. The Atomic Bitchwax, "Last of the V8 Interceptors". ¡Poderoso!

jueves, 24 de julio de 2008

No añoro mi juventud (1946)

Desde que Hollywood es un lugar aburrido regido por encorbatados universitarios con diplomas en marketing y demás el cine asiático parece que ha sido elegido por muchos críticos, cinéfilos y, sobretodo, muchos festivales de cine, como nuevo punto neurálgico del cine de historias, del cine bien entendido. Aunque por supuesto ese cine es tan grande y diverso como el propio continente. Poco tienen que ver las intimistas películas chinas con las cintas de acción de Hong Kong, el terror japonés con los sangrientos pistoletazos del cine coreano (por supuesto, estoy generalizando). Respecto al cine asiático aún estoy en pañales, y en general no es tan accesible como el europeo o el norteamericano. Pero en cuanto a cine asiático clásico se refiere, seguramente la mejor manera de entrar en ese particular mundo (y por la puerta grande además) es mediante la carrera de un director japonés (al que se acusó en su día de demasiado occidentalizado por sus compatriotas), o quizás debiera decir (desde la ignorancia, cierto es) EL director japonés, Akira Kurosawa. Y demonios, ya era hora de que apareciera por este blog. Lo que no sabía con qué película empezar. Siempre pensé que sería con alguna de sus monumentales obras de finales de los 70 y de los 80, pero hete aquí que me sorprendo a mí mismo hablando de su sexta película. En realidad, su primera película como artista.

Perdonen que contínue con este largo prólogo, me gustaría situarles un poco. Intentaré ser breve. Tras trabajar como ayudante de dirección y director de segunda unidad a lo largo de la década de los 30 y principio de los 40, Kurosawa se estrena como director con algunas escenas de la película Uma de Kajiro Yamamoto. El apellido del director debió ser profético, porque algunos meses después del estreno de Uma Japón entraba en guerra con los Estados Unidos. En esas circustancias rodó sus primeras películas, cuyo nexo común era la exaltación del espíritu nacional y el apoyo a la causa de la guerra.
Su primera película de posguerra es la desaparecida Los que construyen el porvenir, una historia a favor del sindicalismo en el mundo del espectáculo que Kurosawa no quiso hacer, y de la que renegó posteriormente. Así que desde el punto de vista del director podría decirse que su primera película de posguerra, y la primera libre de las ataduras del gobierno nacionalista militar, fue No añoro mi juventud. Fin del prólogo.

Escrita a medias entre Kurosawa y un dramaturgo metido a guionista, Eijirô Hisaita, la historia partía de hechos reales acaecidos en los años 30 en los que un profesor liberal fue perseguido por parte del gobierno, y la ejecución por traición de un estudiante en plena guerra. El productor, Keiji Matsuzaki, había asistido a la misma universidad que el ajusticiado estudiante, y puso mucho empeño en llevar a cabo esa historia.

Como en todo Japón, aquellos eran tiempos convulsos para el cine. Los estudios Toho en los que trabajaba Kurosawa vivían difíciles momentos y una huelga había afectado a la estructura interna de los mismos. Por ejemplo se había creado un Comité de Revisión de Guiones dominado por los comunistas. Rechazaron el guión de Hisaita, por haber otro de corte similar, con lo que el escritor y el director hubieron de rehacer la historia, dando más protagonismo a la heroína de la historia, Yukie.

Aparte del escaso presupuesto, los controles de los sindicatos, los cortes de energía y los mil y un problemas típicos del rodaje de una película, hubo un problema añadido: el hambre. El ayudante de dirección, Hiromichi Horikawa, que vivía en casa del director, recuerda como se mareaba al regresar cada día del plató. Uno de los actores recuerda lo díficil que fue abrir un agujero en la tierra para una determinada escena, pues al haber poca comida estaban todos muy débiles. Hubo alguna ocasión en que los ruidos estomacales del equipo arruinaron una escena. La realidad del Japón de aquellos días llegó también al mundo del cine.

No añoro mi juventud tiene dos partes bien diferenciadas. En la primera se nos narra la actividad de resistencia estudiantil al cada vez más militarista y autoritario gobierno imperial mediante la figura del profesor Yagihara y de un grupo de estudiantes que le siguen, entre los que destaca Noge, el más activista de todos. En esta etapa de la película comienza a intuirse la admiración (y de la admiración al amor hay un paso) que la hija de Yagihara, Yuiko, siente por Noge. Otro de los estudiantes, Itokawa, siente a su vez un vivo interés por Yuiko. La joven y alocada Yuiko vive al margen de todas las intrigas políticas que se viven en la sociedad japonesa, pero éstas no tardarán en llegar a ella cuando su padre sea despedido de la universidad y Noge sea encarcelado. Pasa el tiempo, Noge desaparece de su vida e Itokawa ha decidido no afrontar riesgos y trabaja para el gobierno imperial como fiscal.
Cuando Yuiko sepa que Noge, quien ha trabajado en China, esta de regreso en Tokyo, partirá hacia la capital, donde tras trabajar de secretaria acabará casándose con Noge. Las circunstancias que luego acaecerán la acabarán llevando al poblado de los padres de Noge, donde se convertirá en una campesina.
No añoro mi juventud es la obra de un director de treinta y seis años pero con una experiencia considerable a sus espaldas. Aunque aún joven, Kurosawa ya ofrece detalles y bosquejos de su obra futura, y su particular estilo de sutiles y dramáticos planos, dejando fluir su influencia del cine europeo y norteamericano mediante el filtro de su particular idiosincrasia japonesa. Los planos en los que vemos a Yuiko a través del escaparate de la oficina de Noge mientras pasa el tiempo y ella no se decide a entrar son puro clasicismo hollywoodiense, mientras que los oscuros planos en que Yuiko afronta los duros interrogatorios tienen mucho del estoicismo japonés pintado con un pincel europeo.

Aunque la historia no fuera la que Kurosawa y Hisaita habían pensado, para el público no japonés (o tal vez incluso para el japonés de hoy que nada sepa de aquellos estudiantes) el verdadero dramatismo del film está en su segunda parte, donde Yuiko afronta a la manera japonesa (o a la manera japonesa según Kurosawa, quién declaró que en Yuiko quería expresar su visión para la recuperación de la nación) los sucesivos problemas que le van surgiendo, hasta acabar en esa población campesina, cuyas imágenes no pueden evitar evocarnos a la Scarlett de Lo que el viento se llevó. Aunque sea a cierto nivel estético, podría decirse que Yuiko es una Scarlett a la japonesa.

La narración se torna especialmente dramática en la última parte del film, donde Yuiko afronta la desdichada suerte de los padres de Noge, reclusos de su propia casa, trabajadores de la noche, despreciados por un pueblo que les llama "espías". Es en esos difíciles momentos donde Yuiko saca fuerzas de flaqueza y ayuda a levantar y cultivar (e incluso reconstruir) los campos de arroz de la familia de Noge. Evidentemente, no es difícil ver el paralelismo entre esos arrozales y el Japón de posguerra. Trabajo duro, valor, estoicismo. Ésa parecía ser la receta de Kurosawa para su destruído Japón.

Un personaje, y una actriz, son los que verdaderamente destacan en No añoro mi juventud. Evidentemente la fuerza de Yuiko sobrepasa a todos los demás personajes, y conforme Yuiko cobra protagonismo mejora el film. Setsuko Hara, la actriz que interpreta a Yuiko, era una estrella que se convertiría en mito al retirarse a principios de los 60, desapareciendo de la vida pública para siempre. Para entonces ya había rodado varios clásicos y había aportado su talento a uno de los escasos protagonistas femeninos en la filmografía de Kurosawa. Y mientras al joven director sólo le separaban cinco películas y cinco años de su gloriosa Rashomon.

Leer critica No añoro mi juventud en Muchocine.net

Felices 57, señora Carter

¿No es una lástima que Lynda Carter cumpla hoy 57? ¿Por qué no pudo ser siempre Wonder Woman? Y lo que es peor, ¿por qué nunca vino corriendo a rescatarme?

miércoles, 23 de julio de 2008

Quo Vadis (1951)

¡Cómo cambian los tiempos! El peludo pecho de Robert Taylor tuvo que ser depilado para el rodaje de Quo Vadis por ser considerado demasiado sexy para una película religiosa. Hoy seguramente también sería depilado, pero todo lo contrario. O se le aplicaría una máscara digital, el incendio de Roma sería tan vívido como pobre sería el guión. En estos tiempos iconoclastas las películas religiosas ya no están de moda; tan sólo algún fanático como Mel Gibson se pone a rodar la Crucifixión en arameo, pero las grandes producciones bíblicas han quedado relegadas a cutres producciones televisivas. Hoy en día si Charlton Heston-Moisés separara las aguas, las encontraría llenas de Transformers.

El escritor polaco Henryk Sienkiewicz fue uno de los primeros literatos en recibir el Premio Nobel, y a ello contribuyó en gran medida su ambiciosa obra Quo Vadis (como se decía en el subtítulo, una narración de los tiempos de Nerón), una novela histórica en la que se narraba el amor entre un patricio romano y una joven cristiana mientras el emperador con ínfulas de artista hacía de las suyas. La popularidad de la novela (como Ben-Hur y tantas otras) fue muy grande, y por supuesto no tardó en llegar al cine, rodándose al menos dos versiones en la era del cine mudo.
En 1949 se reavivó el recuerdo de la novela y la MGM decidió que era hora de hacer un remake de la historia en color y con sonido. Se trabajó la historia y se hicieron pruebas de cámara para los personajes principales, Ligia y Marco Vinicio, que en un principio serían Liz Taylor y Gregory Peck. Sin embargo la producción cambió de manos, se reescribió el guión y Taylor y Peck quedaron fuera del proyecto. El productor Sam Zimbalist se encargó del proyecto, y en la sombra manejaba los hilos Louis B. Mayer, una reliquia del pasado cuya posición en la MGM se encontraba cada vez más pendiente de un hilo. Tanto era así que el otrora todopoderoso capo de la Metro fue despedido antes del estreno del film. Una era llegaba a su fin.

Durante un tiempo John Huston pareció que fuera a dirigir Quo Vadis, pero sus desavenencias el productor respecto al guión le acabaron apartando de proyecto. Su sustitio sería Mervyn Leroy, un director especializado en dramas que tenía en su haber clásicos como Little Caesar, El puente de Waterloo o Mujercitas. La primera experiencia de Leroy en una superproducción había tenido lugar muchos años atrás, como un joven extra en la versión muda de Los diez mandamientos de Cecil B. Demille.


Liz Taylor como Ligia

Por entonces no hacía mucho que se habían acabado los ciclópeos estudios de Cinecittà en Roma, un viejo sueño de Mussolini. ¿Qué mejor lugar para rodar Quo Vadis que la propia Roma, la Ciudad Eterna, que además de tener localizaciones naturales tenía ahora unos estudios gigantescos y una mano de obra barata? Quo Vadis se convertía en la punta de lanza para futuras superproducciones norteamericanas en suelo europeo, especialmente Italia y España, que ayudó a hacer crecer las industrias locales y formó a multitud de técnicos y cineastas, entre ellos un joven Sergio Leone que tuvo su primer trabajo como ayudante de dirección en la película de Leroy. Como recordaba el futuro director de westerns, los rodajes norteamericanos eran "como un ejército en maniobras".
Aunque no todo fue perfecto en la idílica Roma. Aparte del distinto ritmo de trabajo de norteamericanos e italianos, la tecnología de los estudios de Cinecittà dejaba que desear, con lo que hubieron que traerse cinco grandes generadores desde Inglaterra e incluso se recurrió a otro generador de un acorazado italiano fuera de servicio, el "Vittorio Veneto".

En el reparto final figuraban el duro Robert Taylor (nunca olvidaré su memorable frase "si por mi fuera enviaría a todos esos comunistas de vuelta a Rusia" en los juicios del Comité de Actividades Antiamericanas) interpretando al pretor más chulo de la historia de Roma, Marco Vinicio, y Deborah Kerr, una belleza de pelo de fuego llegada desde Gran Bretaña pocos años antes, que sería la heroína de la historia, Ligia. Entre otros nombres como el de la felina Patricia Laffan (Popea) y el elegante Leo Genn (Petronio), quién verdaderamente brilló sobre todos los demás fue el mejor Nerón posible, el inefable Peter Ustinov. Su nombre ya se había barajado para la producción con Liz Taylor, y se le seguía teniendo en cuenta para la de Zimbalist, aunque le llegaron noticias desde los estudios de que se estaba considerando que tal vez sería demasiado joven para el papel. Como recordaría años más tarde Ustinov, el actor envió una carta a los estudios donde les informaba de que el verdadero Nerón había fallecido a los 31. Llegó entonces la famosa y escueta nota de respuesta: Historical research has proved you correct. Ustinov consiguió el papel.


Hail To Caesar!

Y es que a pesar de la pericia de Leroy al rodar una historia tan ciclópea, el excelente trabajo del guión (aunque los habrá que discutirán sobre si el libro esto o lo otro), la música de un maestro en este tipo de producciones, Miklós Rózsa, las chulerías de Taylor, el sufrimiento y belleza de la Kerr, etc, para muchos de nosotros la gran baza del film es Ustinov y su caprichoso y voluble Nerón, cuyas locas ideas son reconducidas sabiamente por Petronio, y cuyas salidas de tono, en definitiva, son sin duda lo mejor del film. Frases impagables como "no has visto Popea el golpe maestro de Crotón" o sus alucinantes odas al fuego usando expresiones como "omnímoda fuerza" (sí, algunos hemos crecido con ese particular aunque entrañable doblaje en castellano) bien merecen ver sus casi tres horas de minutaje. Quo Vadis no deja de ser otra (o de las que más diría yo) película de mensaje procristiano (de esas que no narran la vida de Jesús pero en realidad giran en torno a él, con la inevitable secuencia del Mesías rodada desde atrás, sin mostrar su rostro) hecha por judíos; y ya se sabe, en aquellos tiempos la mejor manera de no llamar la atención sobre el judaísmo de uno era ser más cristiano que los demás, al menos en cuanto al rodaje de películas se refiere.

Consideraciones religiosas aparte, Quo Vadis es una película con sus justas dosis de escenas de amor, un gran sentido del espectáculo, escenas de acción y de catástrofes y sí, con Peter Ustinov, more Nero than Nero. ¿o acaso osarían perderse el debut cinematográfico de Bud Spencer?

Leer critica Quo Vadis en Muchocine.net

martes, 22 de julio de 2008

Amor radiofónico

No recuerdo que ninguna otra banda holandesa alcanzara un éxito similar al de los Golden Earring con su archifamoso "Radar Love", y no sé si alguna volverá a lograr un hit similar. Lo que está claro es que "Radar Love", una canción sobre el amor de radioaficionados en la era pre-Internet, es un clásico absoluto del rock and roll.

Mad Max, salvajes de la autopista (1979)

1971. Un joven doctor australiano que ha visto muchas clases de heridas, incluídas las provocadas por los accidentes de tráfico, presenta junto a su hermano pequeño un corto de un minuto en un festival de verano. La pieza gana el primer premio. El doctor cinéfilo responde al nombre de George Miller. En ese mismo festival otro joven australiano que ya ha dirigido varios cortos y que rueda documentales y anuncios de televisión, se interesa por Miller y su corto. Responde al nombre de Byron Kennedy. La química es buena y ambos se unen para seguir dirigiendo cortos.
En los años siguientes ruedan varios cortos, experimentando y buscando nuevas posibilidades para su arte. Uno de sus primeros trabajos, Violence In The Cinema Part 1 consigue varios premios y logra distribución nacional pese a su condición de obra independiente. Por entonces Byron y Miller comienzan a imaginar una historia de coches y ultraviolencia. Miller unirá fuerzas con un tal James McCausland comenzando a escribir un guión.

Uno de los rasgos distintivos de la historia y que sentaría precedente para una larga lista de imitaciones de la futura película fue el situar la narración en un apocalíptico futuro cercano donde impera la ley del más fuerte. Miller tomó la idea de la película de 1975 A Boy And His Dog. Poco a poco el guión fue tomando forma: la Main Force Patrol, los motoristas salvajes, la Australia devastada, los coches, las armas... y por encima de todos ellos Max Rockatansky, un personaje para la historia.

A la hora de preparar Mad Max quedó claro que la experiencia y los contactos de Byron Kennedy le convertían en el productor perfecto para la película, con lo que Miller asumió las tareas de director, aunque evidentemente ambos trabajaron codo con codo y discutieron los detalles de la película. Conseguir el dinero para rodarla fue el aspecto más difícil de todos. Se consiguieron algunos coches policiales (Fords Falcon XB y XA) de subastas que luego fueron repintados contínuamente parece que pareciera que eran más de los que realmente tenían. Se compró una moto para el personaje de el Ganso (una Kawasaki KZ-1000) y se contactó con especialistas y con clubes de moteros de la zona para que aportaran sus motos y su experiencia de conductores. Conforme avanzaba el rodaje se fueron reduciendo las escenas de acción al tiempo que el presupuesto iba siendo recortado constantemente. Cerca del 20% de las escenas de coches concebidas no fueron rodadas. Al final la escasez de vehículos y medios era tal que el propio George Miller dispuso su furgoneta para que fuera destrozada en una de las imágenes más impactantes del film, durante la persecución del Jinete Nocturno. De los policías tan sólo el traje de Max era de cuero auténtico, el resto eran imitaciones de vinilo.
Obviamente el coche que fue tratado con más mimo fue el mítico Interceptor V8 de Max, que sobrevivió para ser usado en la posterior secuela. Un modificado Ford Falcon XB Coupé, modelo V8 351, exclusivo de Australia, fue el usado para que fuera el coche del loco Max.

Pero antes de todo ese lío de marcas y vehículos estaba la pregunta principal: ¿quién iba a ser Max Rockantansky? Comenzaron las audiciones y un joven norteamericano emigrado a Australia, con muy poco experiencia, llamado Mel Gibson, decidió acompañar a un amigo a una de las audiciones. Habiendo participado en una pelea de bar poco antes, el amoratado aspecto de Gibson llamó la atención de los directores de la audición, y le emplazaron para una lectura del guión algunas semanas después. Cuando acudió a la cita ya no había moratones y en un principio no le reconocieron, pero el destino ya había jugado a su favor. Mel Gibson sería Max Rockatansky, y ese Max le haría una gran estrella.

¿Y de qué nos hablaba Mad Max, salvajes de la autopista? A estas alturas seguro que más o menos todos conocéis la historia. En una Australia donde la escasez de petróleo ha llevado a la nación a un caos total (este dato no se especificaba en la película sino en su secuela) un mal dotado cuerpo policial, la Main Force Police (creo que algunos la apodaban la MotherFucker Police) trata de mantener el orden en los pocos reductos que quedan de civilización, patrullando unas carreteras atestadas de motoristas nómadas, delincuentes suicidas y, en definitiva, toda una caterva de locos al volante que ponen a prueba diariamente la habilidad de los guardianes de la ley.
La película se inicia con la vibrante persecución del Jinete Nocturno, un seguidor de la banda de moteros de El Cortauñas, quien ha escapado de la custodia policial y junto a su chica ha robado un Interceptor V8, una perfecta máquina de velocidad que es usada por la policía para casos especiales. Una a una las distintas patrullas van fracasando en la caza del loco conductor (atención a la versión original, donde juraría que el Jinete cita a AC/DC), hasta que entra en acción Max Rockatansky, el mejor agente de la MFP, y al parecer tan loco como los propios delincuentes que persigue. Una vez más Max sale triunfante y borra al Jinete Nocturno del mapa, lo cual no agradará a El Cortauñas, quien buscará venganza. Los acontecimientos posteriores llevarán, por decirlo así, a la "creación" definitiva de Max el Loco, esto es, Mad Max.

Mad Max, salvajes de la autopista pasa por ser la película australiana que abrió el mercado del cine australiano al mundo. Sea o no verdad, lo que si constituyó en su día fue un pelotazo en la taquilla de las Antípodas, convirtiéndose en la película que más recaudó aquel año. Fue uno de esos raros casos en que una película independiente alcanzaba el éxito total. De Australia la cinta viajó (censurada) a Gran Bretaña, y a los Estados Unidos doblada, pues la distribuidora pensó que el acento australiano sería un impedimento para el éxito de la cinta. Sea como fuere, Mad Max se convirtió en el acontecimiento cinematográfico de aquellos 1979-80. Al igual que Star Wars con las sagas galácticas y Alien, el octavo pasajero con los thrillers de monstruos, Mad Max, salvajes de la autopista marcó un precedente para las películas de corte apocalíptico. Desde luego el concepto ya estaba allí, proviniente de la literatura de ciencia ficción, pero fueron Mad Max y especialmente su secuela, Mad Max 2, el guerrero de la autopista, las que redefinieron el género, provocando una miríada de imitaciones más o menos conseguidas durante el resto de la década de los 80.

Lo cierto es que George Miller no sólo logró crear una historia atípica y contagiosa, sino que se destapó como un gran director de escenas de acción, resultando inolvidables sus acelerados planos de carretera, sus espectaculares choques de vehículos, su marca de fábrica de brevísimos planos (en concreto uno que se repite dos veces) de ojos saliéndose de las órbitas, su fascinante construcción de una Australia sin ley... en resumen Miller había creado una vertiginosa obra repleta de personajes descastados y atípicos y grandes persecuciones de coches, siendo la de el Jinete Nocturno la mejor de toda la cinta; difícil comenzar una película de un modo mejor. Por suerte para la humanidad el enorme éxito que cosechó la película trajo dos secuelas más que continuaron la saga de forma más que digna. Por lo general todo el mundo reconoce que las dos primeras son las mejores, con disensiones sobre cual es mejor (algo parecido a lo que sucede con la saga de Alien), siendo la tercera una más modesta obra que sin embargo fue un bonito broche final a la saga. Durante años se ha especuló con una cuarta parte que nunca llegó. Últimamente se ha hablado de precuelas o de un remake, pero lo que sí está confirmado es que Mel Gibson no parece interesado en enfudarse de nuevo en su traje de Max, a diferencia de lo que ha hecho Harrison Ford con su Indiana. De todas formas poco importa que no se ruede ningún otra película de Max Rockatansky; la trilogía original ya es bastante para ser revisionada una y otra vez.


Leer critica Mad Max, salvajes de la autopista en Muchocine.net

lunes, 21 de julio de 2008

Takin' Care Of Business

BachmanTurner Overdrive realmente cuidaban de su negocio. Estos rudos mormones trabajaban duro y usaban sus puños si creían que algún promotor les estaba engañando. Paradójicamente una vieja composición de Randy Bachman se convertiría en un himno a la vaguería y el rock and roll, un clásico de la banda que hablaba del delicioso autoempleo consistente en no hacer nada en todo el día. Pero qué mejor introducción a un gran tema como es "Takin' Care of Business" que las palabras de Keith Moon, el entertainer definitivo.


You get up every morning
From your alarm clock's warning
Take the 8:15 into the city
There's a whistle up above
And people pushin', people shovin'
And the girls who try to look pretty

And if your train's on time
You can get to work by nine
And start your slaving job to get your pay
If you ever get annoyed
Look at me I'm self-employed
I love to work at nothing all day

And I'll be...
[Refrain]
Taking care of business every day
Taking care of business every way
I've been taking care of business, it's all mine
Taking care of business and working overtime
Work out!

If it were easy as fishin'
You could be a musician
If you could make sounds loud or mellow
Get a second-hand guitar
Chances are you'll go far
If you get in with the right bunch of fellows

People see you having fun
Just a-lying in the sun
Tell them that you like it this way
It's the work that we avoid
And we're all self-employed
We love to work at nothing all day

And we be...
[Refrain]

Los niños del Brasil (1978)


Los niños del Brasil cerraba quince años en los que el director Franklin J. Schaffner prácticamente rodó varios clásicos entremezclados con películas muy interesantes; entre los primeros se cuentan Patton y El planeta de los simios, y entre los segundos podemos citar títulos como El señor de la guerra o The Best Man. Los niños del Brasil era una adaptación de una novela de historia ficción de Ira Levin, autor también del Rosemary's Baby que dio lugar a La semilla del diablo, y fue de las primeras en tratar la revolucionaria tecnología de la clonación.

A mediados de los 70 el Josef Mengele era el número uno en la lista de nazis evadidos buscados por las autoridades internacionales. Como se ha demostrado después, Mengele se encontraba entonces en Brasil, y tuvo tiempo para leer la novela y ver el film. Por suerte para la humanidad el sádico científico alemán no parecía estar planeando ningún resurgimiento del Reich, y dejó este mundo poco después, eso sí, sin haber respondido a la justicia.

En la película tenemos a un joven judío llamado Barry Kohler que sigue la pista a varios ex-nazis en Paraguay, y que contacta con el famoso cazador de nazis (una especie de Simon Wiesenthal de ficción) Ezra Lieberman, quien en principio no presta atención a la historia de Kohler. Poco después Kohler descubre que un grupo de nazis está llevando a cabo un ambicioso plan dirigido por Josef Mengele. Antes de ser asesinado Kohler logrará pasar algo de información a Lieberman, quien por fin se pondrá a investigar el asunto. Contactará varias familias en las que el padre ha fallecido en algún accidente o ha sido asesinado. Cuando contemple que distintos niños en distintas familias son totalmente iguales caerá en la cuenta de las verdaderas intenciones de Mengele.

Los niños del Brasil no tiene, a diferencia del resto de películas de Schaffner de aquella la época, esa fuerza visual que el director imprimía en sus trabajos. En esta cinta cobran protagonismo la historia y los personajes, quedando la firma de Schaffner en un segundo plano. Aunque tenemos alguna escena poderosa al viejo estilo del cineasta, como la primera aparición de Mengele, el peso del film recae en la interesante historia de Ira Levin y en un gran reparto de veteranos que brillaron en algunos de sus últimos y más recordados papeles.
Dejando de lado la anecdótica presencia de un jovencísimo Steven Guttenberg y de (curiosamente) el futuro Hitler de El hundimiento, Bruno Ganz, quienes se llevan la gloria son los citados veteranos, comenzando por un magnífico Laurence Olivier como el afable cazador de nazis Lieberman. ¿Cómo pueden ser realmente la misma persona el Lieberman de Los niños del Brasil y el terrible Ángel Blanco de Marathon Man? Nunca dos personajes tan opuestos fueran una prueba tan fehaciente de la maestría de un actor en su trabajo.
El segundo nombre a destacar es el de Gregory Peck en uno de sus papeles más oscuros, el de Josef Mengele, papel que siempre uso de ejemplo para rebatir a aquellos que afirman que Peck nunca fue un buen villano. Lo fue, quizás no tan magnífico como Henry Fonda, pero su Ahab o este Mengele no se quedan demasiado atrás del sucio Frank de Hasta que llegó su hora.
James Mason, por último, interpreta al superior de Mengele, y aunque su papel es más breve y menos agradecido en pantalla, no por ello le resta méritos a Mason, quien sabe estar en su sitio como buen veterano de la interpretación.

Si a todo esto le sumamos la calidad de la banda sonora del compositor habitual de Schaffner, Jerry Goldsmith, lo que nos queda es uno de esos thrillers 70s que merece la pena ser visto, ya sea por su fascinante historia o por la calidad de sus intérpretes. Y aunque mucho más comedida que, por ejemplo, El planeta de los simios, no cabe duda de que Los niños del Brasil fue un colofón perfecto para el período de esplendor del director Franklin J. Schaffner.

Se habla ya de un remake de esta película para este año o el 2009. Lástima que gente como Olivier o Peck no puedan ser clonados. Si señor, qué lástima.

viernes, 18 de julio de 2008

Holy Wars

Hoy me he levantado destructivo... hoy me he levantado Megadeth.

Tallo de hierro (1987)

Para los fans del viejo Jack Nicholson la película que dirigiera el fugaz Hector Babenco (Jugando en los campos del Señor) a finales de los 80, Tallo de hierro, les reafirmará en lo grande que es Jack cuando quiere. Sus detractores tal vez tengan aquí una oportunidad para congraciarse el actor de cejas estrambóticas contemplándole en un papel alejado de sus Joker y sus Jack Torrance. Ironweed, la novela de William Kennedy en la que se basaba la película, gozaba de un gran prestigio (con Pulitzer incluído), y fueron muchos los grandes nombres de Hollywood que se interesaron por interpretar a su protagonista, Francis Phelan. Paul Newman, Robert De Niro y otros pesos pesados se mostraron dispuestos a participar en el film, pero fue Nicholson quien estuvo siempre en la mente del director. Da igual que su contrato estipulara que podía abandonar el plató para ver los partidos de los Lakers, el viejo Jack fue el elegido.

La historia de Francis Phelan se remonta a principios del siglo XX, en plena era de huelgas y luchas por los derechos de los trabajadores. En una manifestación Phelan matará de una pedrada a un esquirol, quien se convertirá en la primera victíma del joven, siendo el principio de otras, entre las que se incluye su propio hijo de apenas unas semanas, quien se le escurrirá de las manos estando borracho. Comenzará entonces un exilio voluntario de Phelan, atormentado por la muerte de su bebé, dejando atrás a su familia y sus otros dos hijos, dedicándose a viajar por el país en trenes de mercancías y sobreviviendo como un vagabundo aferrado a la botella.
Años después, en plena depresión, encontramos a Phelan de vuelta a Albany, su lugar de origen, acompañado por extraños personajes de la calle como Rudy, un extraño vagabundo que filosofa y canta, y Helen Archer, una ex-cantante y concertista que sobrevive como puede junto a Phelan, formando una pareja de vagabundos en la que lo único que tienen es el uno al otro. De albergue en albergue, de esquina en esquina y de bar en bar, los tres personajes se irán topando con otros seres olvidados por la sociedad, como Oscar Reo, un antigua estrella de la radio que trabaja como cantante y camarero en un bar, o una mujer de Alaska que se hiela de frío en la calle con una gran borrachera.
El mundo de Tallo de hierro no es bonito, aunque está rodeado de cierta magia, de amistad y amor distintos a como los conocemos. Inmersos en calles sucias, malviviendo de los exiguos sueldos, conviviendo con locos y prostitutas, y perseguidos por espíritus de recuerdos pasados, Phelan y su particular grupo ahogan sus penas en alcohol, tratando de combatir al frío y huyendo de la policía y de las palizas de los grupos de vigilantes de ferrocarriles.

Tallo de hierro va más allá de la Depresión y de las culturas, pues en las calles de las grandes ciudades hay también esquizofrénicos, vagabundos, borrachos, y otras gentes que parecen pertenecer a otro plano distinto, a otro mundo que se entremezcla con el nuestro. Cada persona tiene su historia, y en la calle esa realidad es más verdadera que nunca. Seguro que en más de una ocasión nos hemos cruzado con algún Francis Phelan que hablaba a algún fantasma que nosotros no podíamos ver. Tallo de hierro es una película incómoda, triste, por momentos desgarradora, pero no exenta de belleza y cierta esperanza, en forma de esos conceptos que comúnmente llamamos amor y amistad.

Sobre Jack Nicholson se ha dicho y escrito mucho, y se ha hablado de su sobreactuación y sus gestos, pero algo innegable es que posee el carisma de las viejas estrellas, y que su sola presencia basta para llenar toda una pantalla. Para un admirador del actor como yo no me cabe duda de que Francis Phelan es uno de sus más emocionantes papeles. Me gustaría saber si alguien encuentra alguna pizca de sobreactuación en esta película. No cabe duda de que moles como Newman o De Niro podido regalarnos fantásticas actuaciones, pero Nicholson tiene ese punto de granuja que intercala con el hombre atormentado que favorece mucho al papel. En resumen, Nicholson es grande y en esta película lo es igual que en otros de sus grandes títulos.
Al pillo de Jack le acompaña Meryl Streep, que nos regala una triste y perdida Helen, en la línea dramática a la que nos tiene acostumbrados la Streep. Por supuesto fue nominada para el Oscar, ¡faltaría más!
Entre los secundarios destaca Tom Waits como el excéntrico Rudy, y quien conozca la carrera del músico sabra que este tipo de papeles le vienen como un guante, y una breve aparición del querido Fred Gwynne como el olvidado cantante de radio metido a barman. La esposa de Phelan (y si no fuera por los créditos no la habría reconocido) es Carroll Baker, la inolvidable lolita de Babydoll.

Tallo de hierro no es una película para ver en días depresivos, pero contiene una historia que aunque triste engancha al espectador por su pequeño toque de realismo mágico que resulta delicioso, y esa pequeña bella historia de amor entre Francis y Helen que ayuda a sobrellevar los momentos más duros del film. Tallo de hierro, un buen drama de los que ya no abundan.

jueves, 17 de julio de 2008

No lo sé

Tres palabras que seguro que a muchos nos recordarán al recordado Fernando Fernán Gómez, y que en esta ocasión no aluden al temperamento de uno de los grandes del cine español, sino al clásico del loco Ozzy Osbourne "I Don't Know", del no menos clásico álbum Blizzard Of Ozz. Y es que Ozzy nunca tuvo mejor guitarrista a su lado que Randy Rhoads (al menos en cuanto a lo que técnica se refiere), un artista de las seis cuerdas que era más que un corrededos, era un corrededos con buen gusto, binomio que no suele darse demasiado a menudo. ¿Serviría el estribillo de esta canción para cerrar el celebérrimo poema de Bécquer ¿Qué es poesía? No sería tan romántico, pero, ¡habría que ver la cara de ella!

La estrella del variedades (1943)

Gipsy Rose Lee podría ser considerada como la Diablo Cody de su era; una mujer con un pasado en clubs de striptease (más que eso: clubes de burlesque con encanto y glamour) y una carrera de actriz no demasiado exitosa, que en 1941 escribía una novela de misterio (aunque los hay que albergan dudas sobre su autoría) titulada The G-String Murders, una historia de asesinatos situada en el mundo que conocía mejor, el de las variedades. Dos años después la novela sería adaptada en Hollywood.

Hunt Stronger, dueño de la Hunt Stronger Productions, se hizo con los derechos de la novela como un vehículo para la estrella Barbara Stanwyck, y encargó la adaptación de la historia al guionista James Gunn, quien se mantuvo bastante fiel a la obra, añadiendo números musicales y algunos toques de comedia. Tras las cámaras se sentó William A. Wellman, director del clásico Ha nacido una estrella, con quien Barbara ya había coincidido en uno de sus primeros trabajos en Hollywood, Enfermeras de noche, y en títulos posteriores como So Big! o The Purchase Price. Un año antes rodaba junto a Wellman Una gran señora.
Junto a la Stanwyck, que ya poseía experiencia como bailarina en sus años anteriores a Hollywood, trabajaron actores y secundarios con experiencia en las variedades como Michael O'Shea o Pinky Lee.

Dixie Daisy (Barbara Stanwyck) es una bella bailarina de burlesque cuyas malas experiencias con los cómicos hacen que rechace las contínuas insinuaciones de Biff Brannigan (Michael O'Shea). Lolita La Verne, máxima rival de Daisy, no ve con buenos ojos el protagonism del goza Daisy. Dicha rivalidad se agravará con la llegada de una antigua estrella de la compañía, la princesa Nirvana, altiva y orgullosa, que parece guardar alguna relación con el dueño del teatro. Cuando tanto La Verne como la princesa sean asesinadas, Daisy se convertirá en la principal sospechosa, recibiendo el apoyo incondicional de Biff.

La estrella del variedades es la arquetípica historia del whodunnit anglosajón, mezclando a partes iguales intriga, drama y comedia. La cinta está rodada con competencia por Wellman, aunque el verdadero punto fuerte del film es su actriz principal, la maravillosa Barbara Stanwyck, quien redefinió el prototipo de mujer sexy con las cosas claras, y quien a lo largo de su carrera mostró una gran facilidad para cambiar de terreno interpretativo. Aunque son sus dotes de actriz y su buen gusto para el contoneo las que más destacan en toda la cinta, Michael O'Shea realiza un respetable trabajo como el partenaire de la actriz.
Además de la Stanwyck el mayor encanto de la película está en su visión de ese mágico mundo prácticamente perdido del burlesque, donde las chicas bonitas eran más que simples bellezas que se despojaban de sus atuendos, y donde la música y la comedia se unían a números de elaborados desprendimientos de ropa convertidos en arte por gente como Gipsy Rose Lee. Rodada en pleno auge de esa particular forma de entretenimiento adulto, La estrella del variedades es una estupenda oportunidad para el espectador de adentrarse en ese mundo tan particular y extraño gracias la historia de Lee, que conocía bien a fondo el negocio. En la película vemos no sólo lo que ocurría en el escenario sino también las bellas y trágicas historias que se desarrollaban tras el telón. Hay una terrible escena que resume esta idea en la que Daisy y sus compañeros tratan de seguir con el espectáculo mientras en las bambalinas Lolita La Verne es salvajemente golpeada por su pareja y chulo. Espeluznante, y por ello, estupendamente rodado por Wellman.

Aunque en un principio la Stanwyck asegurara que odiaba el papel y el guión, finalmente acabó pasando un buen rato, recordando sus días de bailarina, mientras su marido Robert Taylor acudía a verla en los descansos totalmente uniformado, hasta que fue ascendido a teniente y fue trasladado. Aun así la feliz pareja tuvo tiempo para formalizar su cambio de nombre, dejando atrás esos Ruby McGee Stevens y el horrible Spangler Arlington para adoptar oficialmente sus nombres artísticos. ¡Qué grado de compromiso tenían aquellas viejas estrellas que eran capaces de dejar sus nombres verdaderos atrás! Eran otros tiempos, los tiempos dorados del mejor Hollywood y el glamuroso burlesque.

miércoles, 16 de julio de 2008

Phoebe Cates, la vecina adolescente 80s


Parece como si un buen día Kevin Kline hubiera llegado para casarse y llevarse a Phoebe Cates de las pantallas para siempre, de paso llevándo a Ralph Macchio de jardinero. Pero desde La princesa Caraboo nada sabemos de la linda Cates, que a algunos de nosotros nos iluminó la infancia y más tarde en afortunadas reposiciones televisivas nos iluminó la adolescencia.

Dejando la cronología oficial a un lado, para mí Phoebe Cates debutó en el cine interpretando a la típica vecina mona cuasi virginal Kate, buena amiga del dueño de Gizmo en Gremlins. Tanto a él como a nosotros nos torturó con su aburrida historia de su padre quedando atrapado en la chimenea, mientras el pueblo estaba a punto de ser arrasado por los punkis hijos de Gizmo. ¿Quién quería saber lo que le había pasado a su dichoso padre? ¡Queremos acción! Uno de los momentos álgidos de Gremlins 2 (los pocos que tiene) es la coña que hacen con lo de la historia, lo que confirma la teoría de que los niños de medio mundo estábamos de acuerdo respecto a la escenita dramática navideña.

A pesar de sus narraciones inexplicablemente el personaje de Kate sobrevivió y protagonizó también esa secuela de los bichos que en modo alguno estaba a la altura del primer film, pero pocos podíamos imaginar que la dichosa Kate ocultaba un pasado bastante caliente, muy alejado de la nieve y la Navidad.

En efecto, imaginad el shock (de hecho me llevó un momento relacionar la cara con aquella virtuosa Kate) cuando vi la famosa escena de la ducha en la cascada en ese bodrio conocido como Paradise, que fue el verdadero debut de la actriz y donde ya tuvo que dejar sus carnes a la vista de todos. Su padre, hombre del negocio cinematográfico, y tipo sabio indudablemente, le aconsejó que lo hiciera siempre que la pareciera artístico. Y efectivamente, lo único artístico que había en ese despilfarro de dinero (no sé cuanto costaría, pero más de veinte dólares de presupuesto ya es demasiado para una cosa tan horrible) era el desnudo de la bella Phoebe. Y encima repitió en su siguiente película, ese clásico de culto de instituto que es Aquel excitante curso, con jovencísimos Sean Penn, Forest Whitaker y Jennifer Jason Leigh pululando por allí, y Phoebe Cates de nuevo alegrando la vista al público.


Los desnudos de Phoebe hacen llorar a Gizmo

Bien, el tiempo pasa rápido y hoy Phoebe cumple 45 años, ya tiene hijos, y sus encantos y sus historias sobre chimeneas y Papa Noeles se los reserva para Kevin Kline, pero para un servidor los tres títulos citados le bastan para seguir recordándola.

¡Feliz cumpleaños, mrs. Cates!

Juno (2007)


Una historia, una simple y llana historia sobre una adolescente que se queda embarazada. Ni efectos especiales, ni grandes explosiones, ni escenas de sexo sudorosas, ni grandes nombres en el cartel. Buenos actores, una buena historia. Lo más conocido del reparto era el apellido del director, Jason Reitman, hijo del gran Ivan que nos regaló Cazafantasmas en los 80. No sé como diablos (nunca mejor dicho) llegó Juno a la gran masa palomitera, si tuvo una campaña de marketing detrás o el viejo boca a boca funcionó de nuevo, pero lo cierto es que nadie habría esperado que una película de esas características se colara en los primeros puestos de las recaudaciones y que incluso tuviera unas cuantas nominaciones a los Oscar. Pero así fue, y resulta gratificante que hoy en día, aunque casi de casualidad, las buenas historias sigan funcionando.

Y la gran artífice de Juno fue la mujer de exótico nombre Diablo Cody, sí, esa misma que antes de hacer guiones hacía otra cosa. Hay que aplaudir su valor, porque pasar de un trabajo digno a uno tan denigrante y tan mal visto socialmente hoy en día como es el oficio de guionista tiene su mérito. De su mano ya van a venir otra película y creo que hasta una serie de televisión. Si conserva la frescura y el ingenio que ha demostrado tener con Juno, tal vez estemos ante una futura guionista de tomo y lomo. Y es que ese particular humor y esa forma de hablar tan bombástica que tiene el personaje de la película bebe directamente de la propia Diablo, lo que lo convierte, efectivamente, en algo diabólico. Y es que oir hablar a la señorita Cody es como escuchar a la joven outsider Juno. Que Diablo nos haya regalado frases atómicas como "soy un planeta", "Sonic Youth es sólo ruido" o "he oído que en China regalan bebés como iPods, los ponen en uno de esos rifles que disparan camisetas en los partidos y demás" es para estar agradecido. Hoy en día no se encuentra tanto ingenio en una película de éxito. Y ese momento de rotura de aguas, con el Thundercats go! señalando la llegada del bebé. ¡Alucinógeno!

En fin, si Juno es una historia deliciosa, más deliciosa aún es Ellen Page (sí, yo también la quiero de amiga, de novia, o de lo que sea), una especie de Karen Allen del siglo XXI, que con esta película se ha destapado como una actriz con un futuro más que envidiable. Ojalá sepa aceptar sus futuros papeles y no acabe malgastando su talento en Transformers 3 o algo así. Mención especial también para Michael Cera, el Paul Bleeker de la peli (un nombre para el recuerdo, ¡Paul Bleeker! Digno de Supersalidos o Los albóndigas en remojo), tras cuyas descacharrantes caras de pipiolo se esconde también un gran actor, como queda demostrado en la escena en que echa en cara a Juno lo mal que lo trata. Gran tipo, sólo ver su cara mientras Juno le cuenta la lo del embarazo me hizo reír, y me veía a mí mismo encajando una noticia así de una forma tan estúpida e inmadura como él, lo cual me hacía reir más aún. Desde luego a esas edades las chicas parecen tener las cosas más claras, mientras que los tíos somos todos un atajo de Paul Bleekers.
Tampoco quiero dejar pasar la actuación de J. K. Simmons, el único e inimitable Jonah Jones de Spiderman, (no me cansaré de repetirlo, ¡spin-off para ese personaje!) que en Juno está también estupendo, y debería aparecer más a menudo en las películas hollywoodienses que nos llegan por aquí. Y no sé que decir de Jennifer Garner, tan sólo que mientras veía la película me sonaba su cara y no podía ubicarla. Y es que verla actuando haciendo de mujer normal sin estar enfundada en un traje de cuero sexy saltando por los tejados me descolocó bastante, pero seguro que como actriz estará ellá más que contenta. Si ha logrado reformarse, me alegro yo también.

En fin, que no sé que más decir de una película que todos conocéis y de la que se ha dicho ya todo. Que quien no la haya visto que vaya a verla, aunque sólo sea por la rareza que supone una buena historia en una producción tan taquillera, y los que ya lo hayáis hecho, pues sólo explicadme una cosa: ¿qué demonios es eso de Fox Searchlight? ¿Qué ha pasado con el Twentieth Century? ¿Se ha quedado atrás con el siglo? Ya no hay respeto por nada. Dentro de poco acabaremos arrodillados en una solitaria playa maldiciendo a la humanidad ante un símbolo de la MGM con un ornitorrinco en vez de león. Si esto sigue así me voy a Betelgeuse, lo juro.

martes, 15 de julio de 2008

El blues del verano

Indignante. Con el sol brillando y las chicharras cantando, y las olas (aunque sean las de las piscinas) llamando a nuestra parte, el mundo adulto nos exige que sigamos trabajando, dándonos a cambio un mísero mes de vacaciones. Podría ir al Congreso y quejarme, pero seguro que me dirían que soy demasiado joven para votar.

Pero siempre hay un ritual que nada ni nadie impedirá que se repita: pinchar el "Summertime Blues" de Eddie Cochran, un grande entre los grandes.