viernes, 31 de julio de 2009

Déjalo llover

Estaba el otro día viendo Patch Adams (por cierto, también volví a ver Brubaker, ¡que primera parte más divertida, eh!), y de repente, entre globos y chorradas de Robin Williams, comienzan a sonar las notas celestiales de "Let It Rain", uno de los temas más bellos que haya escrito Eric Clapton. Y pensar que le daba cosa eso de cantar...
Os dejo con un directo que desde luego no me parece que esté a la altura de la grabación original, y además Clapton no canta con ese estilo tan Cream de su debut, pero bueno, sigue siendo un temón, Salinas.

jueves, 30 de julio de 2009

Voodoo Child: La leyenda de Jimi Hendrix

Voodoo Child: La leyenda de Jimi Hendrix es un comicbook con dibujos de Bill Sinkiewicz y guión Martin Green donde relatan la vida del genial guitarrista desde su nacimiento hasta su muerte, a través de coloridas viñetas y oníricas visiones, una ágil narración y fragmentos de poemas y escritos del propio Hendrix. También se intercalan estrofas de sus canciones, que encajan perfectamente en la narración, como si el guitarrista las hubiera escrito con esa fase de su vida en mente.

El comic fue fruto de una investigación de los autores, contando con testimonios de gente como Chas Chandler o Noel Redding, y sirve como una manera rápida y visual de repasarse la vida del genio de Seattle. Simplemente dejaros llevar por las páginas, con la música de Hendrix de fondo, y pasaréis un buen rato en la tierra de Electric Ladyland.

miércoles, 29 de julio de 2009

El truco de Carlito Brigante

Atrapado por su pasado, un film donde Al Pacino brilló de nuevo por todo lo alto y que hasta ahora ha sido el último gran clásico que nos ha regalado Brian De Palma. De nuevo lidiando con la mafia étnica estadounidense, De Palma nos hablaba en esta cinta de la ley de la calle y del aroma del gueto, que parece aferrarse a uno como una imborrable mancha de café.
Carlito Brigante, el hombre que trata de escapar de ese pasado criminal, acompaña a su joven sobrino, correo de una banda de malutos, a un local donde hay algo que no encaja. Como dice el propio personaje de Pacino, el viejo instinto callejero nunca se va, y siempre hay que hacerle caso. Más que al corazón, más que a la cabeza. En las duras calles del Nueva York de los 70, si no haces caso a tu instinto acabarás en la tumba.

La partida de billar a muerte de Carlito Brigante. Una escena de esas a estudiar en las escuelas de cine, una de mis escenas preferidas de ese ya clásico llamado por aquí Atrapado por su pasado.

video

Premios 20Blogs

Como véis me ha dado por participar en el concurso ese de los blogs de 20minutos. Dudo mucho que vaya a ganar nada, seguro que hay mejores blogs repletos de amigos y con más ganas de publicitarse. Pero en fins, si queréis darme un voto (no tengo muy claro si hay que estar inscrito en la peich del periódico para votar, porque en ese caso no me votará nadie, pero bueno intentadlo si queréis) sois libre de hacerlo. Con suerte me tocará como premio un consolador... o algo así era.

martes, 28 de julio de 2009

La abeja Maya

Ahora que los publicistas han decidido que los 80 deben volver a toda costa para que nos regocijemos en nuestros recuerdos de moscas sobre calvas infantiles y compremos a tontas y a locas, la dulce abejita Maya suena en todos lados y, aun más, ha sido respuesta de mano de Los Lunnis, muñecajos que me parecen bastante sosos en comparación con Los teleñecos o Barrio Sésamo, pero bueno, ésa es otra historia. Pero al menos cumplen su función, porque en estos tiempos oscuros los criajos deben tenerlo difícil para ver algo que no sean cotilleos o miserias humanas.

La abeja Maya, una especie de co-producción germano-nipona, como en los tiempos del Eje, era (y es, para quien quiera verla mientras la emitan) una serie de animación que nos enseñaba las bondades de los bichos y el mundo de la naturaleza, mostrando las diferencias de los distintos insectos, sus conflictos, quehaceres y demás. Las militarizadas e industriosas hormigas, el escarabajo pelotero calzonazos, el depresivo gusano Max, la gamberra mosca Puck, la tenebrosa violinista arácnida Tecla, o, por supuesto, el alegre y dicharachero Flip. También nos enseñaba que los humanos a veces somos malos y no miramos por dónde pisamos.

Aunque sin duda las enseñanzas más importantes venían de la rubicunda Maya, siempre dispuesta a ayudar con una sonrisa y a aprender de todo y todos, y, en especial, del gran Willy, su amigo abeja, que nos mostró a muchos que comer y dormir son grandes actividades y que el trabajo no dignifica a nadie.

En su día La abeja Maya fue un libro para niños escrito por un tal Waldemar Bonsels y, por lo que dicen, en él, aparte de ensalzar los valores de la amistad y el compañerismo, y la generosidad, se describían también las beldades del patriotismo y el militarismo bajo la tutela del papi de la patria el Kaiser Guillermo.

En fin, ajeno a todo esto, yo escuchaba, en mi época de pantalones cortos, una cassette de la serie donde, a parte del tema principal, venían canciones de Flip el saltamontes y otros personajillos. La de Willy era todo un alegre himno al astuto arte de la mano sobre mano, y desde luego nunca olvidé algunas estrofas. Aunque la canción que siempre me llamó más la atención fue la canción sobre Max el gusano, un blues donde un gusano de voz carajillera nos contaba lo triste de su vida, por ir siempre arrastrado, y de cómo todo cambió a conocer a quien ya imagináis.

Resumiendo, que todo acaba volviendo, y que os dejo con el blues del gusano Max, uno de los temas infantiles más cool de toda la historia.

Tardes de Tour

Con el alucinógeno momento del himno danés como broche de ¿oro?, se cerraba el domingo pasado un nuevo Tour de Francia, que tenía por segunda vez como ganador a Alberto Contador, y que confirma lo mucho que tienen que decir los ciclistas españoles en la prueba francesa. Y a Alberto aun le queda cuerda para rato. Y, sí, vaya, un aplauso para el señor Lance Armstrong, vuelve tras tres años, casi cuarentón, y va el tío y queda tercero. Vaya tipo. Y con cara de ¡hmpf! durante la entrega de premios y demás. Este hombre no cambiará nunca.
En realidad de lo que quiero hablar no es del Tour 2009, sino de la prueba en sí, el ciclismo y mis propios recuerdos. Si no les interesa ese extraño deporte de la dos ruedas o lo que tenga que decir sobre él pueden simplemente saltarse todo este texto, en realidad lo escribo para mí mismo, como un diálogo con mi propio yo. De todas formas, en algún momento me gustaría ponerme a escribir unos pocos capítulos dedicados a la historia del Tour de Francia, no demasiado profundamente, porque no tengo los conocimientos para ello, pero aun así antes debería documentarme. Pero bueno, de momento eso es sólo uno de tantos proyectos que cruzan por mi mente.

Muchos dicen que los ciclistas son, de entre los deportistas de élite, toda una raza en sí misma, y que la locura que les invade de pegarse palizas pedaleando sólo es superada por los suicidas de los alpinistas y demás. Desde luego, cuando se habla de la fatiga de los jugadores de fútbol por la sobrecarga de partidos, es inevitable no sonreírse pensando en las palizas que se pegan los ciclistas, donde raramente una etapa se suspende o se acorta por culpa de la lluvia, el calor o la nieve. Y al igual que los ciclistas, los aficionados al ciclismo televisado también parecen a veces seres raros que viven con pasión un deporte donde supuestamente nunca pasa nada y donde no hay Cristianos Ronaldos que vuelvan locas a las fans. Y aunque sea cierto que una etapa monónota del Tour puede superar en aburrimiento al partido de fútbol más aburrido, cuando la lucha se desata se crea un ambiente que pocas veces se da en el balompié. Y, además, siempre nos quedan los bonitos paisajes.

Mi afición al fútbol ya queda muy lejana, y apenas sí lo sigo en los campeonatos internacionales por países. Un buen día encontré otros alicientes, y simplemente no había sitio para el once contra once. Y, por qué no decirlo, también me cansé del borreguismo de muchos aficionados. Aunque no piensen que fui forofo de bufanda y estadio, lo mio era la televisión. Pero, en fin, que me cansé de las conversaciones absurdas, el monotema, y de la prensa deportiva española que, al menos a nivel nacional, no sé por qué no hablan tan mal de ella como lo hacen con la prensa del corazón.
La NBA se alejó de mí porque pasó a los canales de pago. Los días de gloria de Mike Tyson pasaron, la tele dejó de emitir los combates de los pesados y si uno se declaraba fan del boxeo le miraban como a un depravado que se divierte con la sangre de dos tipos y que come cabezas de ciervo enfitadas, y que seguro tiene a un caballo por senador guardado en casa. Y, bueno, al final lo que quedaba era el ciclismo, y las Olimpiadas.

No es que en mi casa el ciclismo fuera una constante, pero desde luego recuerdo que en las tardes de verano cuando llegaba la alta montaña era probable que en la televisión se pusiera el ciclismo. Y no es que me pareciera realmente excitante, pero claro para un pequeñajo ver a tipos en bicicleta podía no ser el mejor de los entretenimientos. Pero, vaya, al fin y al cabo, uno siempre había querido su bici, y allí había una conexión. Aunque no sé si el rock llegó demasiado pronto, pero la idea de montar en bici nunca llegó a calar en mí, una lástima; dudo que hubiera en mí un Eddie Merckx en potencia, pero bueno, nunca se sabe... yo prefiero pensar, que efectivamente, el mundo ha perdido a un gran campeón conmigo.

Como cualquier buen aficionado al ciclismo de carretera sabe, el Tour de Francia es la reina de todas las pruebas, y yo al menos comencé a aficionarme al ciclismo viendo el Tour. Cuando ya con un poco más de seso comprendí toda la épica que rodeaba a la prueba, y lo excitante de las etapas de alta montaña, desde luego ya encontré algo con que llenar mi tiempo las tórridas tardes de julio. Y. sí, tampoco lo negaré, descubrí también el potencial del Tour, junto a los documentales de animales de la sabana africana, para las megasiestas. Aunque esto merece un párrafo aparte.

Para los clásicos seguidores de Tour TVE ha sido siempre el lugar donde seguir las andanzas de los ciclistas en el Tour. Por suerte el ciclismo no parece que tenga tanto tirón como el fútbol o la NBA y prácticamente ha estado siempre en la televisión nacional, aunque aun recuerdo Giro retransmitido por Telecinco absolutamente alucinógeno y desastroso. Pero lo de aquel año más que un párrafo aparte merecería un post entero.
En fin, el caso es que hubo un día en que los comentaristas no eran el bueno de Carlos de Andrés y el dicharachero Pedro Delgado, sino el gran y añorado Pedro González, que antes de que llegara como comentarista Perico ponía voz al Tour con su característico tono cálido y monocorde que, sobretodo en las etapas más tranquilas, pues, la verdad, servía como fondo perfecto para una megasiesta brutal. Un gran tipo Pedro González, yo creo que a veces hasta él mismo se adormilaba, de hecho guardo en la memoria una imagen del pobre comentarista enfundado en una chaqueta invernal, con bufanda, nariz roja y una taza humeante en las manos, retransmitiendo desde algun puerto de montaña, y vamos, creo que realmente hacía esfuerzos por no quedarse sobado. Por supuesto con la llegada del gran Pedro Delgado todo cambió; el ex-campeón es un tipo demasiado animado como para que se caiga en la retransmisión de run-run.

Bueno, como iba diciendo, me aficioné a ver el ciclismo, especialmente el Tour, y por aquellos días Pedro Delgado se encontraba ya en las postrimerías de su carrera, y Miguel Indurain estaba a punto de revelarse como el gran ciclista que fue. De hecho los dos corrieron en un encuentro ciclista donde veraneaba, y aun más, se alojaron ¡dos pisos abajo de donde vivía yo! Les vitoreamos un rato (bueno, más bien vitoreamos a Perico, que era el hombre del momento, porque de Indurain nada sabíamos, pero recuerdo su desgarbada figura junto a la del segoviano. Por supuesto no nos dieron ni un triste saludo, imagino que debían estar hasta el gorro de niños gritones).

Y bueno, en 1991 llegó el primer Tour de Indurain, y una etapa de reinado como la de otros corredores míticos del pasado sobre los que tanto había leído o me habían hablado, y que siempre me preguntaba como habrían sido. Y además en este caso era un español el líder insultante de la carrera. Lo que siguió a continuación fue muy parecido a lo que ha pasado con Fernando Alonso: de repente a todo el mundo le gustaba el ciclismo, en los bares todo el mundo era un entendido del ciclismo, y, con la ventaja que supone el poder dar pedales por la carretera y no poder ir con un coche de carreras, todo el mundo pareció comparse una bicicleta. Fueron tiempos muy excitantes aquellos, a pesar de que hubiera gente que decía que si el navarro era un ciclista robot, o que si no era ambicioso, o tal y cual. Para mí el único sinsabor, aparte de no poder verle enfundarse un sexto maillot amarillo en París, fue el que no pudiera ganar una Vuelta y completar las tres rondas como los más grandes.

Poco después llegaría la gran crisis al ciclismo y al Tour. El escándalo del dopaje del equipo Festina, las detenciones, los interrogatorios, la Operación Puerto, más escándalos en el 2006... muchos asuntos vergonzosos, y no sólo por parte de ciclistas y médicos deportivos, sino por un trato que en ocasiones parecía que estuvieran tratando con criminales o asesinos. Me pregunté muchas veces si en la lucha contra el dopaje actuarían de la misma manera si fueran jugadores del Real Madrid.
La profunda crisis del deporte y del Tour tuvo muchas consecuencias, y aun hoy me pregunto si la herida llegará a cerrarse del todo. De repente se comenzó a atacar a los ciclistas, a poner en dudas logros tanto presentes como pasados, y, en fin, parecía que de repente el ciclismo fuera una reunión de yonkis en bicicleta que se paseaban por la montaña. Como suele pasar, se acusó y no se reflexionó.

No recuerdo que gran ex-campeón dijo aquella frase de "no esperarán que subamos y bajemos montañas sólo con espaguetis". Tras esa frase se escondía no una excusa para los corredores tramposos, pero sí una interesante reflexión de etapas kilométricas, de búsqueda de espectáculo teniendo en mente las audiencias, la publicidad y los esponsors, y un planteamiento de la carrera que había llevado a muchos ciclistas al límite. Porque, en el ciclismo, como por desgracia ha sucedido en prácticamente todos los deportes, ha habido, hay y habrá dopaje, pero lo que se debe hacer es combatirlo de una forma justa y eficaz, sin montar redadas policiales. Y porque en el ciclismo, como en todos lados, hay pillos, y también hay ciclistas mal aconsejados, o que depositan su confianza en el médico equivocado, o que simplemente se encuentran demasiado presionados.

Ojalá de todo aquel turbio asunto se hayan extraído conclusiones positivas, y los corredores anden más atentos y concienzados, se controle más a los equipos, y si es preciso, que se endurezcan las penas. Que un positivo, una vez testado y recontratestado, no signifique perde r minutos o dos años de suspensión, sino una expulsión total, para que los tramposos sepan que realmente se juegan su carrera. Todo menos demonizar a unos deportistas y un deporte digno como pocos.

Fue precisamente por entonces cuando el desencanto, y, confieso, un arranque chovinista ante la supremacía de Lance Armstrong en el Tour, me llevó por primera vez a dejar escapar algunos Tours. Nada parecía tener sentido, cualquier mínima demostración de superiodad ya se achacaba al uso de EPO o cualquier otra sustancia, se prohibía correr a equipos enteros, las clasificaciones cambiaban por positivos de drogas, y para colmo un norteamericano, oriundo del país que siempre parece dominar en todos los deportes, atacaba la tradicionalmente europea prueba, ignorando otras grandes carreras, y, en fin, yendo a por todas hasta romper la marca de los míticos cinco Tours.
No me entiendan mal, a pesar de los rumores y extrañas evidencias de dopaje, que parece que ya perseguirán a cualquier ciclista que gane algo, aunque sea un osito en la feria, si Armstrong ganó siete Tours fue porque era mejor que los demás, y nada hay que objetar a eso. Pero crecí viendo deportes y apoyando a los españoles, y los demás eran el enemigo. Y, bueno, si los hubiera ganado corriendo Giros o Tours o participando en más clásicas, lo asumiría mejor. Y, sí, sé reconocer su grandeza. Pero vaya, estos norteamericanos, siempre que van de turistas se mean en las tradiciones. ¡Malditos potentados! Y encima de repente los tontolabas de los telediarios le llamaban el mejor ciclista (de carretera habría que puntualizar tal vez) de todos los tiempos. Más bien habrá sido el mejor ganador de Tours de todos los tiempos. ¿Recuerdan a un tal Eddie Merckx?

Y, en fin, que aquí me tienen, reconciliado de nuevo con el ciclismo, especialmente, vuelvo a recalcar, con el Tour, y esperando que ese deporte que mezcla de forma extraña lo individual con el trabajo de equipo, que tanto esfuerzo requiere, y cuya épica es para mí superior a la del fútbol, dejé atrás de una vez por todas los escándalos y vuelve a ser lo que siempre fue: un gran deporte para ver en la tele, admirando paisajes o incluso dando cabezadas. Y que el reinado español en Francia siga por muchos años. ¡Tendréis a Carla Bruni, pero nunca tendréis el maillot amarillo! Muahahaha

lunes, 27 de julio de 2009

Darkman (1990)

Es una lástima que Sam Raimi no pudiera hacerse con los derechos de The Shadow, el personaje habría recibido mejor trato de él del que se le dio en la endeble versión cinematográfica con Alec Baldwin. Pero fue así como el director se fabricó su propio superhéroe, antes de que su estatus fuera lo bastante alto como para dirigir Spiderman. Pero la verdad, me quedo antes con su oscuro Darkman que con la millonaria versión del trepamuros, que no dio de sí todo lo que debería haber dado.

Si Tim Burton tuvo su Batman, Raimi tuvo a Darkman, que no era sino un superhéroe inspirado en el viejo Detective de Bob Kane, y otros personajes de los años 30 y 40. El héroe de Raimi es otro personaje sin superpoderes, complejo y oscuro, que también sufre un cambio catártico surgiendo de una gran desgracia personal como un combatiente del crimen, movido, sin embargo, por la sed de venganza.

El nombre del futuro 'Darkman' es Peyton Westlake, un científico que trabaja en un proyecto buscando la piel sintética definitiva, y que es atacado por unos mafiosos cuando su novia descubre un turbio asunto entorno a unas contratas de un millonario proyecto para la ciudad. Desfigurado, Westlake resurgirá de las cenizas para vengarse del gángster Durant y sus secuaces, mientras se consume por ser incapaz de volver a su anterior vida feliz junto a su novia Julie.

He vuelto a revisionar Darkman tras muchos años, y no me ha impresionado tanto como cuando la vi por primera vez, pero claro cuando uno es un adolescente hormonado se impresiona fácilmente. De todas formas me sigue pareciendo una gran película, entretenida, con un gran personaje, y con el inimitable estilo de Raimi. Inolvidables esas escenas del héroe con los nervios a flor de piel, y rayos y truenos mezclados con extrañas imágenes oníricas y circenses.

En cuanto a los actores, tenemos a un gran tipo, Liam Neeson, interpretando al héroe de las pieles sintéticas, y a Frances McDormand como su novia Julie. Y como sorprendente villano coleccionista de dedos, nada más y nada menos que Larry Drake, un tipo que allá por los 90 tuvo su momento de gloria por su papel de retrasado en la serie La ley de Los Angeles, y quien desde luego tenía un rostro peculiar, pero jamás hubiera podido imaginar que acabara haciendo de hideputa mafioso, y que encima lo hiciera tan bien. Un día tengo que hablar del delirante capítulo de L.A. Law en que su personaje era acusado de abusos sexuales a una menor o algo así. El concepto "lágrima fácil" cobró una nueva dimensión con esa historia.

Darkman es un buen film de superhéroes que no creo que tenga mucho que envidiar al Batman de Burton por ejemplo. Además la banda sonora corre a cargo de Danny Elfman, con lo que resulta más fácil asociarla con el Detective de Gotham. Echadle un vistazo y decidme si no son maravillosas esas seminíricas subidas de adrenalina de Liam Neeson.

domingo, 26 de julio de 2009

White Line Fever

Decir drogas es decir Lemmy Kilmister. Decir sexo es decir Lemmy Kilmister. Y hablando de rock, bueno, decididamente eso es un golpe de remo para Lemmy Kilmister. El que probablemente sea el forajido por excelencia del rock and roll parece una incólume columna de piedra que lo ha visto y oído todo. Es uno de esos tipos que cuenta con fans entre las propias estrellas de rock, y eso desde luego no todo el mundo lo consigue. Sí, por qué no admitirlo: Lemmy es Dios. Aunque él seguramente preferiría el término "viejo pirata repleto de ron y gurú devorador de tiernas jovencitas". Si había una estrella de rock que debía plasmar sus recuerdos en un libro ése era desde luego good ol' Lemmy.

White Line Fever es el título de su autobiografía, y aunque seguramente oculte más de lo que cuenta (o tal vez haya olvidado gran parte, como aquel año que fue tan bueno y del que nada recuerda), desde luego es un libro repleto de jugosas anécdotas que además es toda una muestra de la filosofía vital del gran hombre. Aunque ayudado por una tal Janiss Garza, el estilo ameno y dicharachero de Lemmy está ahí, así como su humor tan irónico e inglés, que realmente le hace a uno partirse la caja a cada rato.

Que yo sepa aún no hay edición en castellano, pero bueno, si últimamente han llegado traducciones de The Dirt y otros míticos libros rockeros, es de esperar y desear que White Line Fever llegue tarde o temprano. Mientras tanto, os dejo con unas perlitas del libro. Palabra de Lemmy.

De vuelta a casa mi madre y mi padrastro sabían exactamente a lo que me dedicaba. Era bastante obvio - veían la procesión constante de chicas. El garaje había sido convertido en un centro habitable, para mí solo, y llevaba a las chicas allí. Mi padre solía venir y pillarme haciéndolo. Me pilló tantas veces, que era jodidamente absurdo; creo que era un voyeur.

Así que cuando ellas regresaron a Stockport, Ming y yo las seguimos. Conseguimos un piso en Heaton Moor Road y continuamos conociendo gente, que no tenía un sitio donde quedarse, así que les dejábamos dormir en el suelo, o el sofá o algún sitio, ¡y en un mes éramos treinta y seis personas en una habitación!

Cuando dejé Hawkwind, los cojones se vinieron conmigo.

Así que mi manager y yo fuimos al médico, que tomó algunas muestras de sangre y volvió con las malas noticias: - "Tengo que decírselo", dijo. "La sangre pura le matará". - "¿Qué?" - "Usted ya no tiene sangre humana. Y tampoco puede donar sangre. Olvídelo, mataría al hombre medio, debido a que usted es altamente tóxico".

Otro país por el que giramos ese año fue Yugoslavia. Fue entonces cuando Phil Campbell hizo uno de sus varios intentos de dejar Motörhead - durante un tiempo parecía que fuera a dejar la banda un día sí y otro no. No estoy seguro de que le pasaba realmente por entonces - parecía que tuviera un ataque de nervios o algo. En fin, viajábamos por Croacia, en las montañas. Estábamos en medio de la nada - todo lo que tienen allí son ovejas, cabras, peñascos y el típico pastor - y era noche cerrada, y Phil estaba discutiendo con alguien. No recuerdo cual era el problema, pero desproticaba de un lado a otro del autobús, empaquetando sus cosas y gritando '¡Parad este autobús! Al conductor croata no le importó: paró el autobús y -¡fom!- abrió la puerta. Así que Phil salió con dos maletas del autobús y se metió en un metro de nieve. Había una ventisca soplando horizontalmente mientras escudriñaba los alrededores. A su izquierda había nieve acumulada y abajo en el valle, muy, muy a lo lejos, había una sola luz. Se apagó mientras la miraba. Ése fue un jodido gran momento - un momento para atesorar en la historia de Motörhead. Ni que decir tiene, Phil no dejó el grupo aquella noche.

viernes, 24 de julio de 2009

La filosofía del Reverendo

Noche cerrada, el brillo de la Luna destella. Hay un gran trapicheo, suceden muchas cosas. El hombre del momento tiene un aire de gran poder, los del barrio le ha envidiado durante mucho tiempo. Oh, Superfly. Harás tu fortuna dentro de poco, pero si pierdes, no preguntes el por qué. El único juego que conoces es "obedece o muere".
Difícil de entender, un gran tipo. Este tío de los barrios bajos tenía cerebro, no era estúpido. Pero se detectó una debilidad, porque sus chanchullos no era buenos. Dominaba su destino, pero el hombre vivía solo (...) La partida que juega la juega de verdad. Tiempos de trapicheos y calles del gueto. Trata de salirse con la suya (es lo que está intentando haceros a todos).

Cogiendo todo lo que pueda, apostando contra las probabilidades del destino. Trata de salirse con la suya. Oh, Superfly...

El propósito de su papel era meter mucho ruido. Pregúntale por su sueño, ¿qué significa?, no sabría decirlo. "No puedo ser como los demás", confesará como mucho. Pero el tiempo se agota, y no hay felicidad.Oh, Superfly. Harás tu fortuna dentro de poco, pero si pierdes, no preguntes el por qué. El único juego que conoces es "obedece o muere". Ah-ha-ha. Superfly. Trata de salirse con la suya...

jueves, 23 de julio de 2009

Rocky (1976)

Sylvester Stallone, gran héroe de los 80s, y actor denostado por millones de personas en todo el mundo, no sin razón. El amigo Stallone nos ha brindado decenas de películas desastrosas y actuando nunca ha sido gran cosa, aunque me temo que el doblaje español nunca le ha ayudado. Pero allá en los 70 hizo cosas interesantes, aunque su debut semiporno no le augurara un gran futuro, pero América es la tierra de las oportunidades, y supo aprovechar la suya. Pasó de un divertido cameo en Bananas y participar en el pequeño clásico de Serie B La carrera de la muerte del año 2000 a sorprender a todo Dios con nominaciones a los Oscar como mejor actor y guionista, y llevando a Rocky a arrebatarle las estuillas a mejor película y director a todo un Martin Scorsese y su Taxi Driver. ¿Habría merecido Scorsese mejor suerte? Sin duda, pero Rocky no era una película del montón. En la ceremonia de los Oscar de aquel año Stallone logró ponerse, por unos momentos, a la altura de nada menos que un Chaplin o un Orson Welles, y ya nunca más tuvo que preocuparse por su futuro. Rocky fue la gran revelación de aquel año, el sueño hecho realidad de Stallone, un proyecto en el que había creído y por el que había luchado a toda costa. En lo que restaba de década Stallone aun haría cosas interesantes como F.I.S.T., y en el 82 una buena adaptación de ese curioso e interesante libro que es Primera sangre, pero pronto llegaría el Stallone desatado, para entonces Rocky Balboa ya era una broma y pronto transformaría a John Rambo de un veterano de Vietnam inadaptado al puño cultural de Reagan. Y aunque a muchos nos parezcan entrañables films como Rambo II o Yo, el halcón, lo cierto es que poco tenían que ver con el buen cine. Lo cual no quita para que no sean clásicos a su manera.

Todo comenzó un 24 de mayo de 1975, cuando un, según muchos, acabado boxeador veterano sorprendió al mundo al complicarle la existencia a todo un Mohamed Ali en lo que a priori iba a ser un combate fácil, un trámite de preparación para futuras conquistas del mítico campeón de los pesados. Chuck Wepner, el don nadie que como mucho iba a durar tres asaltos, no sólo aguantó en pie los quince asaltos del combate, sino que llegó a derribar al campeón con un golpe que cogió a Ali por sorpresa. A quince segundos del final del combate, Wepner cayó sobre las cuerdas, tras haber recibido un constante castigo de Ali, y perdió el combate. Pero la derrota importaba poco, ya había hecho historia. Ese increíble combate fascinó a muchos televidentes, entre ellos un ambicioso Stallone que vio en Wepner un pasaporte para la élite de Hollywood.

Stallone trabajó en su guión y la historia de cómo se convirtió en un film de éxito casi daría para otra película. Stallone puso mucho de sí mismo en Balboa, y sabía que tenía algo bueno entre manos. Fue así como se aferró a su guión, prácticamente yéndole la vida en ello, y rechazando miles de dólares por su historia. Fue uno de esos casos en que el protagonista vio el claro el camino y lo siguió hasta el final. Si querían su guión, le tendrían que dar el papel protagonista. Y finalmente se salió con la suya, a cambio de trabajar como guionista prácticamente gratis, y cobrando un mínimo por actuar, y participando en un proyecto cuyo prespuesto se redujo a la mitad una vez se confirmó que el protagonista sería él y no una gran estrella.

Y así fue como poco a poco se fue creando Rocky, casi como en la propia película, con mucho esfuerzo, improvisación, y pocos medios. Fue así como durante una audición Carl Weathers, el futuro Apollo Creek, confundió a Stallone con un mero actorcillo que daba la réplica; como se fichó con gran acierto, aunque a última hora, a la gran Talia Shire, hermanísima de Coppola; y como Stallone tuvo que conformarse con tener al rudo Burt Young como Paulie en vez de a Harvey Keitel, y como muchas escenas se rodaron en la calle sin permiso.

John G. Avildsen, el director, un tipo poco conocido que ni siquiera había visto combates de boxeo, logró hacer un buen trabajo, dándonos, por ejemplo, los combates más realistas de toda la saga de Rocky, combates que en posteriores secuelas llegaron al delirio; y por supuesto, una de las escenas míticas del cine de los últimos años, gracias, también, a la labor del compositor Bill Conti.

Y, sí, Stallone no es Monty Clift precisamente, pero encajaba en el papel, y se dejó las entrañas en su actuación. El que hubiera mucho de él en su personaje sin duda se notó; no le recuerdo una actuación más completa que en esta película. Y además, ahí estaban la Shire o el estupendo secundario Burgess Meredith para completar sus huecos. Y Joe Spinell, un tipo a quien siempre hay que nombrar, aunque su papel sea pequeño. Y pocas películas han logrado un final tan épico y tan hortera al mismo tiempo, aunque en España el efecto creo que fue aún peor con un doblador que parecía más bien un enemigo de Stallone.

Stallone se ha ganado a pulso el ser una broma con patas, no me cabe duda, pero es una pena que haya gente que no le de una oportunidad al primer Rocky o al primer Rambo por culpa de las cómicas o infames secuelas que hayan venido después. Especialmente Rocky es un gran film que, por ejemplo, pudo competir en los Oscar del 77 con cintas como Todos los hombres del presidente, Network: un mundo implacable o la citada Taxi Driver. Y eso, amigos, dice mucho en favor del primer Rocky Balboa. Que luego la saga se convirtiera en una comedia no es razón como para negarle al bueno de Stallone su parte de mérito. Ya sabéis, la próxima vez que os riáis con los desmadres fílmicos del amigo Sylvester, recordad que hubo un día en que esta otrora mole de músculos tuvo criterio y hasta sabía manejar una máquina de escribir. Aunque por lo que suele comentar el ex-campeón Joe Frazier, Stallone le sigue debiendo, al menos, algo de crédito por un par de ideas que se convirtieron en escenas iconográficas de la película. Pero así es Hollywood amigos, una eterna casa de putas.

miércoles, 22 de julio de 2009

Brenda Lee

Hay canciones que sueles escuchar mil veces en mil sitios distintos y nunca sabes el nombre de su autor o del intérprete. Hasta que un día te da por averiguarlo, y en algunas de esas ocasiones no sólo descubres una gran canción, a veces hasta un artista con bastante que ofrecer. En mi caso, eso se podría aplicar a "I'm Sorry" y Brenda Lee.

Brenda Lee fue uno de esos casos de niño (en este caso niña) prodigio proviniente de ambientes humildes. En su casa no habría mucho, pero había una radio donde Brenda se crió escuchando a gente como Judy Garland, Bilile Holiday, Tonny Bennett, Sinatra... y tan pronto como dio muestras de sus talentos vocales sus padres comenzaron a llevarla a concursos de aficionados. Con el tiempo llegó un contrato con Decca y un primer single, un tema de Hank Williams, "Jambalaya (On The Bayou)", al que siguieron otros como la pieza rockabilly "One Step At A Time", donde Brenda Lee demostraba que era todo un prodigio de trece añitos. No fue casualidad que por entonces actuara en el famoso Grand Ole Opry junto a todo un Elvis Presley.
Y cuando todavía no había cumplido los dieciséis grabó su primer número y el que seguramente sea su tema más inmortal, "I'm Sorry", que por poco no vio la luz porque a los lumbreras de la Decca les parecía que una chiquilla no podía cantar un tema tan maduro. Pero no hay más que escuchar la angelical voz de Brenda para comprender que allí ya no había dejes infantiles de niño prodigio; se hubiera convertido en mujer o no, su voz desde luego lo había hecho.

Con la llegada de los 60 y la "British invasion", como a muchos otros artistas de su época, el momento álgido de Brenda Lee comenzó a desvanecerse, aunque ella siguió grabando discos de forma más o menos continua hasta los 80. Brenda Lee es una de esas artistas que, aunque no conectaron mucho la ola de jipismo que invadió el país, y los movimientos que le siguieron, no le cuesta reconocer que le gusta a escuchar a gente como Hendrix, Joplin e incluso unos AC/DC.

El momento de Brenda hace mucho que pasó, pero, vaya, su música es intemporal; ya sabéis, rockabilly, rock, country... canciones alegres, baladas dramáticas, y demás estilos que te transportan a una época de descapotables, drive-ins, batidos y Eisenhower.

Y es que si no existiera "I'm Sorry", Scorsese tendría que inventarla.

martes, 21 de julio de 2009

Distrito Apache: el Bronx (1981)

El verano pasado, según me adentraba en el Bronx, para no tardar mucho en salir pitando de allí, me venían a la cabeza muchas cosas. Una, que bien pueden afirmar que el South Bronx ha sido reformado casi en su totalidad y que tal vez incluso se convierta en un sitio residencial de moda, que yo no me sentí como en la Quinta Avenida, y otra, que haberse criado viendo pelis sobre los peligrosos barrios de Nueva York no ayuda cuando uno, con sus pintas de turista idiotizado, deja las calles principales del Bronx y se mete en calles con pintadas e hispanos con pañuelos en la cabeza y obreros de color que cuando les preguntas una dirección te miran como si fueras un suicida llegado de Marte. No amigos, Distrito Apache: el Bronx no es una película que ayude a ver las cosas con perspectiva, incluso en el siglo XXI. Sobretodo cuando la perpespectiva puede ser más real que los chalecos de los 'warriors' y el discurso de Cyrus.

Distrito Apache: el Bronx nació de las experiencias reales de dos policías que se transformaron en un guión que pronto se transformó en película. No hacía mucho del 'Verano de Sam' y de la famosa frase de Howard Cosell en las Series Mundiales del 77. Seguro que muchos consideraban que Nueva York era la nueva Sodoma y Gomorra, y que las puertas del infierno se habían abierto en un lugar desolado llamado South Bronx.

No es de extrañar que un tema tan candente como ese interesara a Paul Newman, quien, como su amigo Robert Redford, parecía buscar por aquella época no sólo buenos papeles, sino papeles con un cierto contenido social. Y, desde luego, uno de los grandes alicientes de Distrito Apache: el Bronx es la presencia del gran actor de ojos azules.

Newman interpreta a un veterano y honrado policía que parece ya habituado a vivir en la selva del Bronx. Sabe que hay ocasiones en que es mejor ignorar el hurto de algún raterillo, y ocuparse de mantener la calma y de los verdaderos criminales. El Bronx es descrito como un barrio semiderruido, prácticamente una zona de guerra donde los policías de calle, y muchas gentes de bien, ven la comisaría como un nuevo Fuerte Apache, un refugio en mitad de un desierto sin ley. Sin embargo el statu quo cambiará cuando llegue un nuevo capitán (Edward Asner, el entrañable protagonista de Lou Grant) con nuevos métodos que esperará resultados inmediatos.
Distrito Apache: el Bronx es un entretenido film protagonizado por uno de los grandes, y si hemos de creer que la mayor parte de lo que vemos fueron hechos reales, bien, no queda sino afirmar que hace un par de décadas el Bronx debía ser un sitio divertido para patrullar. Quizás la falta de espectacularidad de varias de las sórdidas historias que vemos en la película sea una buena prueba de que en esta ocasión no hablamos de un típico guión de Hollywood sino de algo quizás más profundo y real. Con todo, realismo aparte, Distrito Apache: el Bronx es un buen film policíaco, con el típico ambiente neoyorquino que hemos visto en otras cintas de los 70 como Serpico o similares. Y además tenemos un pequeño papel de la divina Pam Grier, cuyo momento de esplendor, para su desgracia, y para la nuestra, comenzaba a ser algo lejano.

Si este verano queréis visitar el Bronx, ya sabéis, tenéis dos opciones: coger un avión y adentraros en el barrio, o ver esta película. Yo desde luego opto por la segunda. Lo del realismo tiene un límite, amigos.

lunes, 20 de julio de 2009

Un pequeño paso para el hombre

Se han dicho, se dicen y se seguirán diciendo muchas cosas sobre la carrera espacial y en fechas como ésta sobre el primer paseo de un ser humano por nuestro viejo satélite. Una de las cosas que he oído recientemente, y es bien cierta, es lo injusto que para muchos astronautas y cosmonautas ha sido el rápido olvido de sus hazañas. Y lo cierto es que la ciudadanía pronto se cansó de las aventuras espaciales. En Estados Unidos la euforia de la hazaña del Apolo 11 se perdió muy pronto, antes de lo que se suele pensar. Este hecho queda reflejado en la entretenida película de Ron Howard Apolo 13, cuando las principales cadenas estadounidenses ya no siguen tan de cerca las aventuras espaciales, y sólo se vuelcan en el proyecto cuando surge la noticia del accidente espacial. Imaginad el interés que despertarían los pobres astronautas del Apolo 17. Y es que llegó un día en que una inanimada barra de carbono podía ser protagonista de un vuelo espacial, para desgracia de Homer.

Y pobres soviéticos, cuyos vehículos fueron los primeros en llegar a la Luna, aunque no de forma muy satisfactoria. Por supuesto no llevaban a nadie dentro (que sepamos... aunque seguro que los del Komintern habrían celebrado la victoria lunar incluso con muertos), pero bueno, llegaron antes que los yanquis. Hablando de soviéticos y yanquis, en estos casos uno da por buena aquella famosa frase sobre Suiza y el reloj de cuco de El tercer hombre. Sin Guerra Fría y sin esa rivalidad a lo mejor hoy todavía no habríamos pisado suelo lunar.

Bueno, y todo eso siempre que uno no sea un conspiracionista que crea que no hubo tal alunizaje, y que habla de si la bandera se mueve, de quién puso las cámaras para ver descender a Armstrong con su trompeta, o de si Kubrick trabajó para la NASA (a este respecto vean el divertido 'mockumental' Operación Luna, que jugaba con la idea de que Kubrick hubiera sido el encargado de rodar el falso alunizaje. Claro que viendo los resultados, de haber sido alguien, seguro que Kubrick no fue.

En fin, podéis creer lo que queráis, o contarme mil teorías sobre banderas, viento o sombras. Cuando alguien me explique cómo, si fue todo un montaje, lograron los norteamericanos mantener calladitos a los de la Unión Soviética, quienes por supuesto seguían paso a paso los movimientos en la NASA y en la Luna, tal vez me llegue a plantear la cuestión.

En fin, la Luna y los vuelos espaciales darían para escribir mucho, así que lo dejaré aquí. Hoy se cumplen 40 años del paseo más famoso de la historia, y para conmemorarlo he estado pensando en qué canción poner, si el "Fly Me To The Moon" de Sinatra o el "The Eagle Has Landed" de Saxon, pero al final me he decantado por el "Come Back Brighter" de Reef, una de las escasas bandas británicas que eran capaces de rockera allá por los 90, y que tuvieron un gran debut con su disco Replenish, y una más que digna continuación con el Glow que contenía esta "Come Back Brighter", que fue ilustrada con un curioso videoclip. Poco más se supo de ellos después; se los tragó la Tierra, o tal vez la Luna, como a la tripulación del Apolo 17.

domingo, 19 de julio de 2009

Muerte en el Nilo (1978)

La verdad es que las series y películas basadas en la obra de Agatha Christie deberían estar aseguradas por ley para las tardes de los domingos. Especialmente para las sobremesas estivales, en que uno suele espanzurrarse en el sillón mientras afuera sólo los lagartos se dejan ver, además de los perros y los ingleses locos.

Uno de los alicientes de las adaptaciones de los setenta y ochenta de la obra de Agatha Christie es el usual reparto estelar donde se suelen entremezclar jóvenes aspirantes, secundarios de lujo y viejas leyendas, formando planteles bastante consistentes. En este aspecto Muerte en el Nilo es uno de los más interesantes, junto con el de Asesinato en el Oriente Express. Fue la buena acogida de esa adaptación (que obtuvo el visto bueno de la propia Christie, poco antes de morir) la que llevó a seguir con los traslados de más novelas policíacas a la gran pantalla. Una vez más sería el famoso personaje del detective francés (perdón, quise decir belga) Hercule Poirot el protagonista de la historia.

Tras la negativa de Albert Finney, el Poirot de Asesinato en el Orient Express, se ofreció a papel a Peter Ustinov, quien aceptó de buen grado, dotando al personaje de su característica personalidad. Sobre si Finney fue tal vez un Poirot más cercano al original, es algo que dejaré a los expertos en la obra de la escritora inglesa, pero desde luego Ustinov fue un gran Poirot, a quien encarnaría en otro puñado de películas y telefilms.

En Muerte en el Nilo ya os podéis imaginar lo que encontraréis, el típico whodunit post-eduardiano donde un grupo de aristócratas se congregan en un lugar y acaban resolviendo sus diferencias con el típico crimen perfecto. Perfecto hasta que Poirot, que siempre está en el momento preciso para poner la oreja y montarse su propio "I Heard It Through The Grapevine", le dará a la materia gris hasta dar con el culpable, desglosando el cómo y el por qué en la típica reunión de whodunit.
En el interín los personajes habrán tenido tiempo de pasearse por los templos egipcios y hasta de subirse a lo alto de una pirámide, cosa que si no tiene truco resulta sorprendente. Desde luego los actores se debieron llevar un buen recuerdo, uno no siempre tiene la oportunidad de contemplar el horizonte subido a una de las pirámides de Gizah, desde donde, como todos sabemos, cuarenta siglos nos contemplan. Se nota que no estaba el doctor Hawass para patearles el culo a esos actores mancilla-pirámides.

Aparte de lo entretenido del whodunit y el gran Ustinov tenemos a todo un plantel de estrellas y grandes glorias que difícilmente podría igualarse hoy en día. Ahí tenemos al siempre elegante David Niven, a carismáticos secundarios como Jack Warden o George Kennedy, o el lujo de contemplar los desgraciadamente escasos careos de dos magníficas veteranas como Maggie Smith y la inmortal Bette Davis, una de las grandes damas de la interpretación. Por otro lado Mia Farrow no lo hace nada mal interpretando a la semi-neurótica despechada Jacqueline, completando la alineación Jane Birkin, la Julieta 60s Olivia Hussey, y la también veterana Angela Lansbury, en un papel muy divertido. Curiosamente poco después la Lansbury interpretaría a la señorita Marple, otra creación de Agatha Christie, y a la copia de aquella, la injustamente archifamosa Jessica Fletcher.

Ya sabéis, entre crema y playa y paella y helado, dejad un hueco para Muerte en el Nilo o cualquier otra adaptación de Miss Christie, van muy bien con el calor.

sábado, 18 de julio de 2009

Spiritual Beggars


Ahora que un colega me ha pasado (¡sí, como en los viejos tiempos!) la reedición del debut de Spiritual Beggars, pues me parece un buen momento para repasar la vida y milagros de la banda del sueco Michael Amott.

No sé si será cosa del clima, que encierra a los pálidos suecos en casa, pero no conozco muchos 'deathmetaleros' que parezcan capaces de ser tan versátiles como Nicke Anderson o el propio Amott, que tras abandonar Carcass decidió montarse un proyecto de pesados riffs setenteros que tal vez hoy en día serían tiltados como stoner rock. Desde luego cuando los escuché por primera vez, como el stoner no era tan popular, lo etiquetábamos así, como "riffs setenteros pesados". O sea, un grupo que sabiamente sabía jugar con el legado de, cómo no, los beyond-the-beyond Black Sabbath.

Junto al batería Ludwig Witt y el bajista y vocalista Spice, Amott se descargó con un estupendo debut repleto de grandes riffs enraízados en la gloria de sus antepasados. Un tema como "Under Silence" podría haber sido facturado por el primer Hendrix, "Blind Mountain" recuerda a sus contemporáneos de Kyuss, y, en fin, en general por el disco sobrevuela en todo momento el legado del cuarteto de Birmingham.
Tras un segundo álbum (Another Way To Shine) y un tercer trabajo, Mantra III, donde parece que la influencia del stoner californiano se deja notar cada vez más, llega el celebrado Ad Astra, con el que comienzan a dar que hablar por todas partes.

A la contundencia de anteriores trabajos hay que añadir la riqueza de unos teclados que ya provenían del anterior disco, y un acercamiento al sonido clásico del hard rock 70s, aunque conservando la agresividad de la última decada del siglo XX. "Wonderful World", por ejemplo, muestra por momentos agresiones sónicas dignas de un Jon Lord empapado en crack liderando a unos Deep Purple más vikingos que nunca, aunque en "Sedated" Amott nos recuerda cuales son sus orígenes, sin por ello dejar de dar paso a pasajes más melódicos. "Angel of Bretayal" se convirtió por derecho propio en uno de los temás más radiados de la banda, y no podía ser menos, al ser la perfecta combinación entre melodía y contundencia; lo mejor de la década de los 70 y de los 90 forjado en cremosos sonidos de pastelito suizo. "Blessed" es una muestra de la energía que un buen día le robó una rubicunda mujer a Ritchie Blackmore, mientras que "Per Aspera Ad Astra" nos demuestra que Amott y los suyos también tienen su corazoncito de adolescente jebi criado en los 80. Y, en fin, la cruda "Until The Morning", la movida "On Dark Rivers" o la pantagruélica "Let The Magic Talk" hacen del Ad Astra uno de los mejores discos de música contundente del prácticamente ya nuevo milenio.

Ese cambio de milenio traería también cambios de formación. Spice ya no estaba en el barco, y los rumores apuntaban al total protagonismo de Amott en la banda. De todas formas no hablaré de su On Fire, del que nada he oído, pero sí del Demons, el último trabajo de los Spiritual Beggars del que tengo noticia hasta ahora. Nuevo vocalista y nuevo bajista, aunque las diferencias no son demasiadas. El nuevo cantante, JB Christofferson, tiene un punto más melódico en la voz, pero aparte de eso el sonido sigue siendo básicamente el mismo. Hay grandes temas como el 'nugentiano' "One Man Army", la dicharachera "Dying Every Day" o el típico tema contudente como "In My Blood". Sin embargo temas como "Through The Halls" o "Born To Die", que no sólo se acerca a los AIC en el título, sin ser malos, no me convencen demasiado. En resumen, los Spiritual del Demons no me parece que estén a la altura de la formación original, pero siguen teniendo buenos temas que ofrecer.


viernes, 17 de julio de 2009

Kartum (1966)


Llamadme anticuado, pero, ¿nadie echa de menos a los miles de extras de las películas de aventuras de antaño? Sí, hoy en día con eso del CGI, los ordenadores y los diseñadores gráficos con coleta y camisetas de Star Wars es una bobada gastarse dinero en rodar con montones de tipos disfrazados que esperan un bocadillo, más cuando los extras generados por ordenador dan el pego igual (¿lo dan? cada vez que veo el Coliseo de Gladiator me hago esta pregunta). Pero no sé, los veo y noto un hueco en mi interior que no siempre calman las palomitas. Debe ser lo que yo llamo, bueno lo que se me acaba de ocurrir que voy a llamar, el "efecto de la teta de silicona". Sí, a la vista puede quedar muy bien, pero, ¿y al tacto? ¿Tienen la misma movilidad? ¿El mismo feeling? ¿Esa suave y cálida sensación de humanidad? Quizás sea simplemente el encanto de lo añejo, pero yo no siento lo mismo viendo a las masas de las batallas de películas bronstonianas como El Cid que contemplando a las hordas de orcos de El señor de los anillos: Las dos torres, hordas que por otra parte en muchas ocasiones bien podrían ser bailarinas de ballet, porque con tanta sucesión de planos en nanosegundos a veces ni sé lo que veo ni donde estoy. Esto seguramente quiere decir que he perdido mi "toque videojueguil" y estoy más cerca de ser un abuelo cebolleta, pero chicos, es lo que hay. Y no tengo nada en contra de la saga cinematográfica de Tolkien, pero a lo que extras y batallas se refiere, me quedo mucho antes con, pongamos por ejemplo, Kartum.

Kartum pertenece a uno de los sub-géneros de las películas de aventuras que más me pirran, esto es, las películas sobre el colonialismo británico. Ya sabéis, cosas como Las cuatro plumas o Zulú, el siglo XIX, la exploración, las casacas rojas, y la gloriosa tradición de tribus hostiles pateando el culo al glorioso ejército británico. Porque en la muerte de los pocos blancos ante los miles de nativos está la gloria; en cambio, en las respuestas británicas aplastantes a esos hechos gloria hay poca, y por eso Hollywood o el cine británico nunca las sacan. Aun así, envidio el hecho de que el cine anglosajón pueda rodar pelis de aventuras sobre su pasado colonial y salir indemne. Si a un director español se le ocurriera la locura de rodar algo mínimamente glorioso sobre los conquistadores del siglo XVI, se le caería el pelo. Incluso aunque rodara alguna famosa masacre de españoles. Como mucho, tendremos que conformarnos con un pestiño como El Dorado, que en cualquier otra industria habría acabado con la carrera de Carlos SauraCoppola se arruinó por mucho menos!), pero que aquí como mucho serviría para gastarse las subvenciones o el dinero de algún incauto productor. Maldición, si la maceta con geranios de mi terraza me da más acción y entretenimiento que esa... ¡cosa!

Pero olvidémonos de las vergüenzas del cine patrio y vayamos con Kartum, un film mucho más trepidante (y que apenas dura un cuarto de hora menos que... ¡ah sí, debíamos olvidarnos!) que nos acerca a la historia de la rebelión sudanesa de finales del XIX que puso al Sudán, entonces ocupado por Egipto, en pie de guerra, y logrando por un momento que el cuello de la casaca roja del Imperio Británico apretara más de lo debido.

Allá por la década de 1880 a un señor musulmán del Sudán a un señor musulmán le dio por autoproclamarse El Mahdi, un directo servidor de Mahoma, y declarar una jihad o guerra santa al Egipto otomano que dominaba el Sudán. El tal Mahdi reunió a varias tribus entorno suyo y logró patear el culo del modernizado ejército egipcio, amenazando con tomar Jartum, la capital del Sudán, y masacrar a cualquier egipcio que hubiera allí. Como es lógico, el gobierno británico, aliado y protector de Egipto, vio esta serie de hechos con preocupación.

Con la masacre del ejército egipcio, liderado por un asalariado inglés, se abre la película Kartum, para dar paso a una reunión de urgencia del gabinete del Primer Ministro, a quien interpreta soberbiamente Ralph Richardson, logrando transmitir el retrato del típico político sarcástico más preocupado de los titulares que de otra cosa. Tras mucho debatir se decide enviar al Sudán a un solo hombre, el mítico general Charles Gordon, de quien dicen que venció una rebelión en China armado tan solo con su bastón. Gordon, el protagonista de la historia, aceptara la arriesgada misión de liderar la evacuación de la población egipcia de Jartum. Y quién mejor para interpretar a un héroe mítico y aventurero que el gran Charlton Heston, el rey de la aventura y la épica desde los 50.

¿Y a quien tenemos como el antagonista de Gordon? Pues, sorprendentemente, a todo un Laurence Olivier que con su habitual clase y elegancia se mete en el papel del "esperado", El Mahdi. Eran otros tiempos y otras costumbres, y hoy es inevitable que resulte algo chocante ver a blanquitos interpretando a árabes, negros y demás, pero en este caso estamos ante la crema de la interpretación británica. Olivier, a pesar de su maquillaje y demás, no parece demasiado moruno, pero, tal como le dijera a Dustin Hoffman, se dedica a interpretar, y lo hace de maravilla. Así que el resto es anecdótico.

Los habituados al viejo cine de aventuras ya sabéis lo que podéis esperar de un film como Kartum: entretenimiento, grandes interpretaciones, en ocasiones ingeniosos diálogos, y grandilocuentes batallas llenas de gente que se cruza y de protagonistas que saben estar a las duras y a las maduras. Y los que no conozcáis el viejo género de acción y aventuras, haceros esta pregunta: ¿lograré aguantar planos de batalla que alcanzan la friolera duración de quince, veinte, y a veces hasta 30 o 45 segundos? La respuesta, jóvenes aspirantes al FBI, está ahí fuera.

jueves, 16 de julio de 2009

viernes, 10 de julio de 2009

No estoy aquí

Sigo ocupado. La próxima semana espero volver a pleno rendimiento. Gracias por los apoyos, y por los buenos deseos, incluso de aquellos que creen que estoy de vacaciones.

De momento, échenle un vistazo a este video, sean fans de Elvis o no, antes de que se volatilice cualquier día de estos.

Hasta lueguito.