domingo, 30 de agosto de 2009

Neumonía rockera

¿Recordáis cuando la gripe aviar iba a acabar con el mundo? Ya me estaba preguntando quién iba a convertirse en el próximo Omega Man cuando llegó la nueva amenaza, la gripe porcina, gripe A, o gripe de marketing. Y aun nos falta la gripe caballuna, la gripe reptiliana y la gripe de las conchas de la mar. Compremos Tamiflu, que el mundo se acaba. Cuando me llegue la hora este invierno, me iré moviendo los pies al ritmo de Jerry Lee Lewis. Ahora ya sé lo que vivieron con la gripe española que siguió a la Gran Guerra (not!). En fin, ya es pandemia en el Corte de Mangas.

sábado, 29 de agosto de 2009

Catherine Bach, aka Daisy Duke


El final del verano, al menos del verano de vacaciones, playas y programas televisivos sobre playas con balones de Nivea y manzanas mojadas de por medio, llega a su fin, así que me apetecía irlo despidiendo con algún post refrescante. Y pocas cosas hay más refrescantes que los minishorts vaqueros más famosos y más shorts de la historia de la televisión, que corresponden por supuesto a la bella Catherine Bach y a su personaje Daisy Duke de The Dukes of Hazzard, una de las series más populares de los 70 que combinaba las piernas de la Bach y otras chiquillas con persecuciones de coches a ritmo de banjos y música de paletos barbudos en carromato. Por supuesto hace poco nos caía un terrible remake, pero poco importa, ¡el General Lee sólo encaja con los shorts de Catherine!

Catherine Bach debutó a principios de los 70, y tras algunos papeles poco importantes en unas cuantas películas, como en Un botín de 500.000 dólares, donde tenía una aparición corta pero atómica, aunque no tan atómica como la que tendría en el film Crazed, le llegaría el papel de su vida interpretando a la belleza sureña Daisy Duke. Tras aparecer en la segunda parte del film de carreras oligofrénicas Los locos del Cannonball y una vez se acabó la emisión de The Dukes of Hazzard la Bach pareció volatilizarse en el aire. Pero gracias a ella los shortitísimos shorts vaqueros dominaron el mundo, y mientras haya Jennys y Joys en los pueblos pérdidos de la América profunda, esa bendita tradición nunca se perderá.



viernes, 28 de agosto de 2009

Survivor

No sé si véis un programa llamado El último superviviente. Yo, sin llegar a haberme aficionado al mismo, sí que he estado viendo trozos más o menos largos del programa últimamente. Es una suerte de serie documental de viajes, en la que un inglés loco se dedica a viajar por los lugares más inhóspitos del orbe con un cámara siguiéndole a todas partes mientras se recorre desiertos, selvas, tundras, montañas y mares cargado sólo con una mochilica, sus ropas y un cuchillo, y poco más. El tipo saca agua de formas y sitios inverosímiles, es un gran degustador de la carne de serpiente (no necesariamente cocinada) y siempre que ve algún bicho en plan araña, escarabajo o demás se lo lleva a la boca como quien come golosinas. Ya sabéis, proteínas. Lo más bizarro que le he visto hacer este hombre, aparte del típico recurso de superviviente de beberse su propia orina, es comer carne de una carroña de cebra. El colmo fue el otro día cuando de supervivencia por Irlanda (ya sabéis, hasta en la isla esmeralda debe haber peligros aparte de los borrachos pendencieros) encontró un arrollo de aguas cristalinas y observó que en cierto tramo había una oveja muerta y bastante podrida. Sí, su consejo era hervir el agua siempre antes de beberla por muy cristalina que esté. En estos tiempos de contaminación ya casi no me quedaban muchas ganas de beber agua de ríos o lagos, pero este tipo definitivamente me va a acabar comiendo la cabeza. ¿Quién coño piensa en ovejas muertas cuando ve riachuelos tan simpáticos? En fin, no sé si el tipo las pasa tan mal como parece, o le dan bocatas entre toma y toma, pero que el tío hace guarradas eso está garantizado.

Como véis, con todo es al fin y al cabo un programa más útil y entretenido de ver que los programas de supervivientes de famosos en islas paradisíacas, a no ser que uno quiera ver a las modelos en bikini todo el día. Y hablando de esos programas, recuerdo una gran parodia de la edición norteamericana (llamada, claro que sí, Survivor) en la que participaban ellos, los auténticos Survivor, uno de los mitos por excelencia de los 80. Porque al fin y al cabo su nombre y el de Rocky, Rocky III especialmente, irán siempre unidos.

Survivor era un grupo de AOR guitarrero formado a finales de los 70 en la línea de Foreigner o Journey, aunque nunca habríamos sabido de ellos de no ser porque Stallone se fijara en una canción de su segundo disco Premonition llamada"Poor Man's Son", encargándoles un hit parecido para la tercera entrega de las aventuras de Balboa. Y nunca habrían llegado a más sencillamente porque Survivor eran de segunda división, aunque por ejemplo Premonition pudiera tener algunos buenos temas AOR con sus melodías y sus guitarras maduras, pero vamos no parecía haber ninguna "Hot Blooded" en su repertorio, como mucho algún riff resultón como el de "Take You On A Saturday". Ya sabéis, hay bandas que sólo lo consiguen una vez, y ellos lo hicieron con la mítica "Eye Of The Tiger", con su mítico riff a golpes y su mítico estribillo.

Con su hard rock facilón y su punto horterilla, Survivor se ganaron miles de corazones gracias a una canción que desde entonces ha servido para que miles de rockeros se pongan en forma corriendo por las calles a ritmo de "Eye Of The Tiger". Y además, aun con los inevitables cambios de formación de las bandas de la época, Survivor, el grupo, hizo honor a su nombre y siguió y siguió, aunque ya nadie les hiciera caso. En mi ranking de grupos entrañables, Survivor tienen un merecido diez.

jueves, 27 de agosto de 2009

Yo, Claudio

No sé si decir que Yo, Claudio es la mejor serie de la historia es exagerado, o si afirmar que es la mejor serie británica. Para no fallar, diré esto: Yo, Claudio es el mejor culebrón de la historia. Todas las hijoputeces a que nos tienen acostumbrados esas series sudamericanas tienen lugar aquí, pero yendo más allá, haciendo gala de una mala leche brutal y una gran mordacidad, y por supuesto sosteniéndose en ese magnífico par de novelas que Robert Graves escribiera en los 30. Graves fue uno de los padres de la novela histórica moderna, y uno de sus grandes aciertos fue no sólo elegir una época tan interesante como el nacimiento y establecimiento del imperio romano, sino hacer de Tiberio Claudio César Augusto Germánico no sólo un superviviente con problemas físicos y mentales, sino un superviviente que se había valido de todas sus taras y de una inteligencia oculta a los demás para sobrevivir a los complots palaciegos y a los psicópatas de la familia imperial. Una idea brillante que hizo en su día de Yo, Claudio una de las novelas históricas definitivas.
Yo, Claudio fue tan especial porque fue uno de esos momentos en que todo parece conjuntarse para dar a luz a un gran clásico, una serie de esas que la gente sigue recordando muchos años después, como imagino ocurrirá con series actuales como Los Soprano. Y ésta no es una comparación gratuita, pues en el enrevesado mundo de la familia Julia-Claudia los tejemanejes que se llevan y la doble moral recuerdan mucho al de una familia mafiosa.

El proyecto surgió en la BBC de la mano del experimentado productor televisivo Martin Lisemore, quien ya tenía unos cuantos éxitos en su haber. Contactó con el director Herbert Wise, quien también tenía experiencia televisiva, como casi todo el equipo que iba a formarse, y quien aceptó entusiasmado. No era el primer intento de llevar las novelas a la pantalla. Lisemore hubo de luchar por derechos de Yo, Claudio que estaban en posesión de la London Films, a consecuencia del fallido intento de Josef Von Stenberg de adaptar la obra para la gran pantalla ya en los años 30 con Charles Laughton como protagonista. Sin embargo el film nunca se acabó, así que Lisemore tuvo que recomprar los derechos de filmación. Una vez conseguido se comenzó a pensar en un guionista quie adaptara la obra.

Aparte de los méritos del refinado material de Graves, gran parte del mérito de la serie recae en la magnífica adaptación que de la obra hizo el guionista Jack Pullman, no sólo al lograr condensar las dos novelas en trece episodios de cincuenta minutos, sino al implementar la obra con grandes diálogos, mucha ironía y estupendos momentos de humor que encajaban perfectamente dentro de los asesinatos, envenenamientos, adulterios y demás vilezas. Ese facilidad para alternar terror y humor queda bien ejemplificada en esos estupendos villanos que son Livia y Calígula. Pullman fallecería poco después de que se acabara la serie, pero dejó para la historia un guión televisivo impepinable.

A la hora de buscar un protagonista, se barajaron muchos nombres, al principio desde la premisa de que habría dos Claudios, uno joven y otro más viejo. Cuando finalmente se decidieron por tener a un solo actor, y tras seguir descartando nombres, Wise finalmente contactó con el agente de Derek Jacobi, un joven actor teatral que ya había hecho sus pinitos televisivos junto al mismo Wise en Man of Straw. Por entonces sabían que Jacobi andaba buscando más papeles en películas o televisión y dejar el teatro por un tiempo, pero justo entonces el actor había recibido una oferta para interpretar a Hamlet en el National Theatre, y estuvo a un paso de dejar de lado el papel de Claudio, pero por suerte su agente le convenció, y simplemente Jacobi ofreció una interpretación inolvidable. Trabajó distintos tipos de tartamudeo, copiando aun ayudante del director artístico que era tartamudo, y también los tics de Claudio que de todas formas abandonó pronto, así como una cojera ad hoc a la hora de rodar. No cabe duda de que con su Claudio puso el listón muy alto.

Como se puede colegir al ver la serie, todos los intérpretes de la serie provenían del teatro y la televisión, y Yo, Claudio era casi una obra de teatro filmada, en la que se sucedían a menudo largas escenas repletas de diálogo grabadas en una sola toma. Así se eligieron a actores y actrices experimentados en el medio, que ya habían participado en otras series, y que se habían formado en el teatro. Por ejemplo Brian Blessed, quien en principio se veía mejor como Tiberio que como Augusto, a quien finalmente interpretaría. El Augusto de Blessed es muy bonachón y vivaz, y de hecho Herbert Wise le indicó que no actuara como un emperador, sino como alguien normal. Serían el resto de personajes quienes con sus actitudes y diálogos le harían verse como emperador. Blessed, con todas sus gesticulaciones y sus divertidas rabietas, realmente hizo también un trabajo espléndido, y a él le debemos algunos de los momentos más entretenidos de la serie.

Seguramente el personaje más poderoso de toda la serie, un pilar central de los eventos y una fuente de ironías, sarcasmos y mala leche era Livia, la mujer de Augusto, una emperatriz maquiavélica que en la serie organiza complot tras complot para allanarle el camino a su hijo Tiberio, fruto de un matrimonio anterior. Livia es la maldad personificada en la primera parte de la serie, y al mismo tiempo una inteligente emperatriz que mediante subterfugios conduce a su marido por soluciones retorcidas, pero pacíficas, como alternativa a las guerras civiles que han azotado a Roma. Y toda esa ironía, mala leche e hijoputez ocultas tras un sereno y elegante rostre fue excelentemente interpretada por Siân Phillips, una estupendísima actriz galesa que desde luego merecía ser la mujer de Peter O'Toole. Su Livia fue, sin duda, una de las malvadas definitivas de la televisión, y el epítome de la mezcla de belleza y maldad, comedia y horror que buscaban para la serie Wise y Pullman.

Uno de los personajes cómicos por excelencia de la serie es el pobre Tiberio, un hombre débil totalmente dominado por su madre Livia, quien teje para él una telaraña que en realidad no desea para sí mismo. Interpretado por George Baker, su Tiberio es desde luego de lo más gracioso que puede verse en la serie, buscando siempre un respeto y aprecio en los demás, y especialmente en su madre, que nunca consigue. Baker, que ya era un cuarentón, tuvo que seguir una estricta dieta para parecer un Tiberio de veintitantos, para luego pasar por varios cambios físicos hasta llegar al pestilente Tiberio decrépito de la etapa de Capri.


Livia, master of evil

Y sin duda el gran momento estelar de la serie es el corto reinado de Calígula, durante el cual Claudio tendrá que componérselas para no acabar en el hoyo. Y quien le dio vida fue un estupendo John Hurt, en su carrera pre-Alien, que estableció todo un world record en cuanto a la composición del emperador loco se refiere, y ni siquiera Malcom McDowell logró igualarlo, aunque su Calígula fuera realmente oscuro. Pero el Calígula de Hurt tiene esa mágica mezcla que impregna toda la serie, compuesto por escenas horribles y escenas graciosas a partes iguales. ¡Imposible olvidar el final del noveno capítulo! Y pensar que John Hurt estuvo a punto de rechazar el papel. Que habría sido de la bizarra danza del sol sin él.

En fin, como véis, la serie es que simplemente tenía un reparto superduble, que diría Flanders. Había otras grandes o interesantes interpretaciones, como la de Margaret Tyzack, quien en la serie era Antonia, la constantemente decepcionada y despreciativa madre de Claudio, que representaba a la Roma de la vieja República, y sus olvidados valores. O a un curioso Patrick Stewart, conocido por el mundo como capitán Picard, y que en Yo, Claudio interpreta a Sejano, el terrible segurata personal de Tiberio. O, por seguir citando, Sheila White, poseedora de unos esplendorosos ojos grandes y fino talle y busto, que también sabe interpretar a Mesalina, la primero apocada y luego ninfómana mujer de Claudio.

Todo ese gran reparto se reunió durante dos intensivas semanas de ensayos donde el consejero de la serie Robert Erskine les adoctrinó sobre lo cómo comportarse siendo romano, y hablándoles, por ejemplo de que debían tratar a los esclavos como objetos, nunca mirarles ni darles las gracias ni hablarles, ¡imaginad lo difícil que debió resultar para los educados actores ingleses comportarse como unos maleducados latinos como nosotros!
A los ensayos siguieron seis meses de rodaje, y un gran estreno en septiembre del 1976 que hizo historia, Yo, Claudio triunfó en todo el mundo, censurándose en algunos países (España por ejemplo), debido a sus altas dosis de hijoputez, pero aun así la serie era tan buena que no importaba. Ya desde el mítico principio, con la serpiente recorriendo las teselas de Claudio y esa extraña y magnífica música sonando de fondo, uno se da cuenta de que la serie va a estar repleta de mala leche y fino humor británico. Ya véis, una serie como Roma de la HBO está bien, pero lo que más le falta, a pesar de su violencia y su sexo, es eso: bad milk a la británica.

lunes, 24 de agosto de 2009

The Paul Butterfield Blues Band


Supongo que si Paul Butterfield y Mike Bloomfield habían de nacer en algún lugar de la Tierra, ese lugar habia de ser Chicago, cuna del blues eléctrico y sede de míticos sellos negros como Chess o Alligator. Paul Butterfield siguió un camino paralelo al de los pioneros británicos del blues rock blanco, pasando de ser un chico blanco del baby boom mondo y lirondo a un apasionado de los sonidos negros de Norteamérica, aunque Butterfield desde luego jugó con ventaja sobre gente como Alexis Korner o John Mayall; Butterfield tenía al alcance de la mano, los clubs, los discos, los sellos, o las actuaciones de los maestros negros en el barrio viejo de Chicago. Una vez metido en el blues, la evolución natural de Butterfield fue dejar la flauta colegial por las viejas armónicas Hohner.

El feliz momento para el blues blanco norteamericano tuvo lugar en la Universidad de Chicago donde Butterfield conoció a otro blanquito loco por el blues, el guitarrista Elvin Bishop, con quien pronto comenzó a recorrerse los locales de blues y mezclarse con los músicos de color en jams nocturnas repletas de humo y alcohol. Butterfield y Bishop tuvieron la oportunidad de tocar con los más grandes, ya sabéis: Muddy Waters, Howlin' Wolf y demás gente de la escena de Chicago. De hecho The Paul Butterfield Blues Band nació cuando Bishop y Butterfield se unieron a la sección rítmica de Howlin' Wolf formada por Jerome Arnold y Sam Lay. Unos meses después una convalecencia imposibilitó la permanencia de Lay, quien fue sustituido por otro músico negro de blues y jazz, Billy Davenport. Por entonces la formación se había completado con el inquieto y virtuoso guitarrista Mike Bloomfield, un prodigio que ya se había labrado una reputación tocando los músicos negros de la ciudad, y el teclista Mike Naftalin. Fue el célebre productor Paul Rothschild de Elektra quien descubrió a la banda y los fichó para el sello, con lo que en 1965 la carrera discográfica del grupo comenzó a rodar.

El talento de la banda café olé quedó reflejada en su espléndido debut homónimo repleto de estándares del blues como el "Shake Your Moneymaker" de Elmore James, el "I Got My Mojo Working" de Muddy Waters o el "Mellow Down Easy" de Willie Dixon, más un puñado de temas propios como "Thank You Mr. Poobah" o "Screamin". También acercaban al blues con gran maestría el clásico de Sun Records "Mystery Train". Sin duda uno de los mejores debuts del 65. No fue extraño que Dylan los fichara para su algarabía del Festival de Newport.

The Paul Butterfield Blues Band siguieron barriendo por todos los locales que se les ponían por delante para en el 66 publicar su segundo álbum, East-West, otra fantástica colección de clásicos negros y un tema propio, la larga jam jazzie de 13 minutos titulada "East-West".

La banda siguió girando (corre por ahí un bootleg del 66 del que hablan bastante bien) hasta que un Mike Bloomfield con deseos de experimentar, y que nunca se había visto con buenos ojos a Paul, de quien dicen podía llegar a ser muy intimidante, abandonó el barco para seguir con sus propios asuntos. Para el tercer disco, The Resurrection of Pigboy Crabshaw, Bishop retomó el puesto solista de los inicios. El sonido de la banda también evolucionó debido a la inclusión de vientos en la riqueza musical de la banda.

La reputación de la banda siguió creciendo con su inclusión en megafestivales como el de Monterey o Woodstock, aunque para éste último ni Nicotin ni Bishop seguían en la banda. El cuatro trabajo del grupo, In My Own Dream, confirmaba la deriva desde blues eléctrico de raíces de los comienzos hasta un sonido más soul, más elegante. Tras un directo, el Live grabado durante una serie de actuaciones en el Fillmore West, llegaba en el 70 Sometimes I Just Feel Like Smilin', culmen del nuevo gusto de Butterfield por el soul y el protofunk de la época. El cambio era notable, y las posibilidades de la formación parecían agotadas, así como la relación entre los músicos supervivientes del proyecto original. De tal modo que finalmente Butterfield disolvió la banda para irse a meditar a Woodstock y preparar un nuevo proyecto.

Para la historia quedan sus dos esenciales primeros discos, y un puñado de discos de sonido soul realmente deliciosos, ideales para atusarse el afro en un ambiente repleto de humo y de diosas de ébano.

domingo, 23 de agosto de 2009

Sólo los ángeles tienen alas (1939)

Según muchas canciones y películas, parece que el mejor momento y el mejor lugar para ser feliz en este pedrusco llamado Tierra fueran los años 50, y el sitio los Estados Unidos. Al menos si eras un blanco de clase media. Ya sabéis, esa sensación que nos invade cuando vemos esos films y escuchamos esas canciones. Sábado noche, los padres te dejan el coche, vas a recoger a tu novia, cenáis unas hamburguesas, vais al 'drive-in', os cogéis de la mano, y seguís todo el ritual, y de vuelta a casa suena rock en la radio, y todo es maravilloso, y entonces uno da gracias por ser un yanqui. Bueno, yo no soy yanqui ni estoy en los 50, pero cuando contemplo films como Sólo los ángeles tienen alas, doy gracias por estar vivo y por poder alcanzar más allá del cine palomitero. Y ahora, buscad por internet, y confirmarme si no estoy borracho. Siempre tengo que confirmarlo al ver el dato. Vaya, si sabemos cómo se las gastan en cierta Academia. Pero si Howard Hawks sólo fue nominado una sola vez como mejor director, o había tanto talento junto entonces (y hubo épocas con diez nominados por categoría) que me voy a poner a llorar, o los borrachos eran ellos.

Sólo los ángeles tienen alas surgió al parecer como una vivencia del propio Hawks mientras buscaba localizaciones para ¡Viva Villa!, topándose con un lugar en Méjico donde unos aviadores se jugaban el pellejo cada día transportando el correo de un lado a otro. El director utilizó esa y otras experiencias aéreas para desarrollar el guión junto a Jules Forthman.

Bien podría decirse que en los tres primeros cuartos de hora del film tenemos un compendio del cine de la época dorada de Hollywood, y del arte y el talento de Hawks como director, ya sea encuadrando o en la sala de montaje junto a Viola Lawrence. Esos primeros tres cuartos son increíbles, en los cuales Hawks, con un ritmo demoledor, nos lleva de la comedia al suspense y de éste al drama para volver de nuevo a la comedia con una ligereza pasmosa, desarrollando personajes en un abrir y cerrar de ojos y ofreciendo movidas escenas e ingeniosos diálogos de la manera en que sólo él sabía hacerlo. Os lo aseguro, esa primera parte del film es una delicia.
La segunda no es peor, pero el ritmo cambia ostensiblemente, y también el tono de la película, que pasa a convertirse primordialmente en un film épico centrado en los aviones y los pilotos, aunque sigan quedando algún que otro momento de comedia para distender el ambiente.

Se cuenta que Jean Arthur, la protagonista femenina del film, no supo entender lo que Hawks quería de él, ni supo afrontar sus técnicas de improvisación, y cuando lo comprendió unos años más tarde tras ver trabajar a Lauren Bacall, ya era tarde. Tal vez Jean llegara tarde y no se desenvuelva con la facilidad de la felina Bacall, pero se muestra radiante a lo largo de todo el film, y logra arrancarnos simpatías o lamentos en los momentos adecuados. Por lo demás, su química con el memorable Cary Grant no es mala ni mucho menos. En Sólo los ángeles tienen alas Grant interpretaba un papel más duro de lo habitual, pero sin llegar a abandonar del todo su legendaria vis cómica (impagable verle cantar la canción del vendedor de maníes). De hecho tiene una escena con Jean con un portazo de por medio que es de esas que pueden levantar rumores en cualquier sala (y esto lo confirmo de primera mano).
Además de la Jean y Cary Grant tenemos al siempre gran secundario cumplidor Thomas Mitchell, un personaje antipático interpretado por Richard Barthelmess, una estrella del mudo, y otro papel secundario para una Rita Hayworth quien no hacía mucho que había abandonado el nombre de Rita Cansino, y que en este film tiene una primera aparición en pantalla tan atómica como solía ser habitual en ella; hay que verlo para creerlo. El magnetismo de la Hayworth seguro que le habría volado las barbas a todo un James Clerk Maxwell.

Sólo los ángeles tienen alas, un clásico del cine, un clásico de Howard Hawks, uséase, un clásico de veras que ningún amante del buen cine debiera perderse. ¡Esos primeros tres cuartos! Sölo he visto cuartos así en las míticas finales Lakers-Celtics. Y, diantre, que alguien me expliqueque demonios bebieron en Hollywood aquel 1939. La lista de impepinables de aquel año es atroz.

sábado, 22 de agosto de 2009

Bob Esponja

Reconozco que me resistí a la idea de ver Bob Esponja, serie de dibujos animados, durante mucho tiempo. No porque fueran dibujos, o porque fuera un producto más infantiloide que otras series de animación. Quienes leáis el blog asiduamente sabéis que a no ser que me convierta en el amargado dueño de una multinacional o peor aún, en un amargado a secas, seguiré viendo dibujos hasta el fin de los tiempos. Pero claro, para ver dibujos tienen que tener algo más que lo habitual para que disfruten los retacos, porque al fin y al cabo ya no tengo cinco años. Y Bob Esponja, viendo su diseño por ahí, me parecía que no iba a ser para mí. Venían amigos y me decían, "hey, Bob Esponja está hecha para ti, de veras", pero yo no podía creerles. "No, dejadme, tengo que acabar de diseñar esta catedral gótica", les decía yo, mientras llenaba de posters de Marilyn Manson la foto de una iglesia.

Y bien, aunque no llegué a ver la película que estrenaron, ciertas conexiones rockeras me hicieron replantearme el tema. Así que no hace mucho me acerqué a la serie por primera vez. No es que suene Rory Gallagher a todas horas ni nada parecido, pero vaya, Bob Esponja, la serie, tiene el punto suficientemente chorra y algunos guiños de "placer adulto" que me han hecho rendirme a la realidad: ver Bob Esponja de vez en cuando no puede ser malo para la salud. No se acerca ni de lejos al nivel de Los Simpson ni Padre de familia precisamente, pero se deja ver, y aunque sea algo irregular, tiene capítulos bastante potables. Además, un nombre con una acústica tan seductora como el del personaje Calamardo o el gran doblaje del subnormal de Patricio me parecen una gran cosa. Aunque cuando la serie realmente me ganó fue con un episodio prehistórico donde Bob Esponja protagonizaba un flipante homenaje-parodia a 2001: Odisea en el espacio. ¡Mochilas mochiles, el momento camareros casi me mata!

video

Habrá otro post de Bob Esponja, pero más rockero. Ya veréis, ya.

viernes, 21 de agosto de 2009

Los cinco pies de Iggy

Hay que ver, una extraña jaula de plástico y él mismo es todo lo que necesitaba Iggy para fabricarse un videoclip por cuatro perras. La verdad es que los videos de la Iguana de finales de lo 70 y primeros de los 80 son surrealistas.
Por cierto, gran disco ese New Values, no todo el mundo lo cita pero es grande. ¡Ah, si la vida fuera siempre revistas suecas!

jueves, 20 de agosto de 2009

La condesa de Hong Kong (1967)

Un adiós agridulce es como podría definirse a La condesa de Hong Kong, el último proyecto que Charles Chaplin sacara adelante en su vida. Un adiós melancólico, pues, aunque fuera financiada (por primera vez en su carrera) por uno de los grandes estudios, la Universal, el rodaje tuvo que hacerse lejos de unos Estados Unidos que habían sido presa de la paranoia anticomunista, y que habían llevado a Chaplin a un forzoso autoexilio en Suiza. La larga lista de trabajadores del cine afectados por la "caza de brujas" es larga, pero seguramente pocas estrellas del calibre de Chaplin podían encontrarse en ella.
Chaplin escribió y dirigió La condesa de Hong Kong controlándolo todo, como siempre había hecho, pero esta vez la crítica destrozó su trabajó y la taquilla se resintió muy notablemente. Su fugaz vuelta al cine, su última palabra, que seguramente hubiera querido que tuviera un mayor impacto, fue sin embargo derribada en poco tiempo. Seguramente se la juzgó muy duramente en su día. El mayor rival del film era la propia carrera de Chaplin, y desde luego La condesa de Hong Kong es su cinta más endeble, pero una cinta endeble de Chaplin puede valer por carreras enteras.

Desde el principio las cosas fueron difíciles. Un rodaje duro, muchos problemas internos, un reparto que quizás no fuera el más apropiado (muchos nombres barajados, muchos rechazos; increíble tratándose de uno de los inmensos pioneros de Hollywood), una lesión del anciano cineasta... y, como muchas veces, sucede, un enorme choque de egos.

La pareja protagónica del film, Marlon Brando y la sin par (no se ha buscado la ironía) Sofía Loren, chocaron desde el principio. Sofía era toda una dama sofisticada del cine, y hacía poco había contraído matrimonio tras mucho escándalo con su amante Carlo Ponti. Poco que ver con un Brando bromista a quien la actitud de estrellona de la Loren le parecía algo insoportable, lo cual no quita para que le tirara los tejos, pero cuando la cosa no fue a más, Brando sacó su dardo punzante (no al que él le habría gustado seguramente) y le hizo a la actriz un soez comentario sobre ciertos pelillos corporales tras una escena con beso. La Loren enfureció y Chaplin tuvo que intervenir para el film no se fuera al garete.
Aunque las cosas entre él y Brando tampoco fueron mucho mejor. Como media población de la Tierra, Brando había crecido con el trabajo de Chaplin y le admiraba enormemente. Pero pronto quedó desilusionado ante las formas dictatoriales del viejo actor y director. Según contaba el actor del mentón poderoso Chaplin no paró de martirizar a todos durante el rodaje, cargando las tintas especialmente con su hijo Sydney Chaplin, que tenía uno de los papeles secundarios importantes de la película. A Brando no le gustó lo que vio, y le gustó aun menos que Chaplin comenzara a gritar y reñirle por llegar quince minutos tarde al rodaje cierto día. Ya sabéis como se las gastaba Brando, como dirían los ingleses, no aceptaba mierda de nadie, así que le hizo saber que se retiraría veinte minutos a su caravana, y que si para entonces no había pedido perdón, cogería el próximo avión y abandonaría el rodaje. Ante el peligro de que todo el proyecto se viniera abajo, Chaplin tuvo que tragarse su orgullo y pedirle perdón al entrañable bastardo de Brando.

Como veis, un rodaje infernal, que dio lugar a una pequeña comedia ligera con pequeños enredos y un poco de sal bufa, muy alejada de los grandes films del genio, pero que cuenta con sus pequeños momentos de gloria, aparte del último cameo del anciano Chaplin en una pantalla. Al fin y al cabo resulta curioso ver al duro Brando dar saltos y respingos cada dos por tres, y se puede disfrutar como siempre de la serena elegancia de Sofia Loren, y del buen hacer de los secundarios, incluyendo al secreto deseo de otro gran director, la actriz Tippi Hedren.

No puedo prometer que La condesa de Hong Kong os vaya a transportar al cielo, pero antes que ver la enésima comedia chunga del Hollywood actual es mejor echarle un vistazo a esta cinta, y divertirse con los intentos cómicos del gran Brando, o dejarte llevar y pensar en lo curioso que resulta ver a Brando y a Sofia en la pantalla, sabiendo que se habían deseado odio eterno.

miércoles, 19 de agosto de 2009

BSO: Excalibur

La Tierra estaba dividida y sin rey. De esos siglos olvidados surgió una leyenda... del mago Merlin, del advenimiento de un rey, de la espada del poder... Excalibur.

Sin duda uno de los puntos fuertes del film Excalibur es su excelente banda sonora. Aparte de la música original de Trevor Jones, el director John Boorman supo escoger con gran acierto piezas de música clásica con las que acompañar a algunos de los momentos álgidos del film. Por ejemplo, el Carmina Burana de Carl Orff y especialmente la "Marcha Fúnebre de Sigfrido" de Wagner, que se repite como leifmotiv a lo largo del film. Sólo el contemplar la escena inicial, mientras van apareciendo las frases del prólogo y comienza la intro de del canto a la muerte de Sigfrido me pone siempre los pelos de punta. Una de las escenas iniciales más míticas de la historia del cine. Wagner y Boorman, dos nombres que ayudaron a crear la película definitiva del Rey Arturo.


martes, 18 de agosto de 2009

Herbert the Pervert

Padre de familia nos suele amenizar con algunos de los gags más pasados de vueltas y retorcidos de la televisión, pero verdaderamente cada vez que aparece el pervertido de Herbert se nota el savoir faire especial que aporta la aureola mítica del viejo Herb. ¡Y esa vocecilla! Verle cantando el "God Bless the USA" es delirante. ¡Otro momento Padre de familia para el recuerdo!

Dos mujeres (1960)

Dicen, o decían, de Sofía Loren, la mamma, la gran dama del cine italiano, y su actriz más reconocida, que tras su curvilíneo cuerpo de espléndida maggioratta se escondía una mujer de gran carácter, inteligente y de lengua vivaz, no muy distinta de esos personajes de marcada personalidad italiana que era capaz de responder verbalmente sin problema alguno a los comentarios soeces y a las bajas pasiones de los hombres. Lo que quizá el mundo no sabía, allá en los 50, es que tras el escultural cuerpo de la mujer se escondía una gran actriz.

Dicen que fue Carlo Ponti, su amigo, mánager, amante, marido y motivo de envidia para media humanidad quien pulió al "diamante" de Roma, como si estuvieran recreando un moderno Pigmalión a la italiana. Tras hacerse su nombre en Italia y comenzar a pasearse por Hollywood, en 1960 se encargó de demostrar al mundo de lo que era capaz en Dos mujeres, un estupendo melodrama del no menos grande Vittorio De Sica.

Ya durante la inmediata posguerra la industria cinematográfica de una Italia destruída había comenzado a reflexionar sobre la moraleja del roto cuento de hadas que el un día popular Mussolini prometiera cumplir al país. Ya en el 45 Roberto Rosselini se encargó de conmover muchas almas y conciencias con su oscura Roma, città aperta.

En Dos mujeres De Sica nos acerca a otra realidad de la guerra, la de la población civil, siempre mudo y desgarrado espectador de las conflagraciones, y especialmente la de un sector especialmente sensible, el de las mujeres. Las dos mujeres a las que se refiere el título son Cesira, una bella y fuerte mujer de pueblo que tras haber buscado una vida mejor en la gran ciudad que tras quedar viuda regresa de Roma para huir del fantasma de la guerra, y su apenas adolescente hija Rosetta.

Afirma más o menos uno de los personajes de la película, el intelectual Michele (interpretado por un joven Jean-Paul Belmondo) que es imposible escapar de la guerra, y que tarde o temprano ésta llega a todos los lugares. La historia de Dos mujeres es la lucha de Cesira por proteger a su hija del horror bélico, tratando de salir adelante llevando una vida más o menos normal, y desconfiando siempre de las amables sonrisas de los hombres que posan sobre ella sus ojos de fuego. En su pueblo natal, libre de bombardeos y tropas, los problemas son otros. Aunque los ecos de la guerra parezcan lejanos, los ruidos del hambre y las voces de la supervivencia se dejan oir igualmente, y por tanto Cesira, como cualquier madre en cualquier guerra, tira de todo recurso para llevarse algo de pan a la boca.

El dolor de una madre puede reflejarse de muchas maneras, y en el arte no es muy diferente. Miguel Ángel dejó para la posteridad uno de los retratos más inmortales de esa angustia vital por la supervivencia del hijo, la hija, los más queridos. El retrato final de De Sica no será muy distinto, en un plano desgarrador que nos abandona a una rota incertidumbre sobre el futuro de madre e hija, una vez que el destino de ambas se haya cruzado con el lado más horrible de la guerra y del ser humano, especialmente el del género masculino.

domingo, 16 de agosto de 2009

Pete Townshend patea el culo a Abbie Hoffman


I think this is a pile of shit while John Sinclair rots in prison!

Unas declaraciones de un empapado en ácido Abbie Hoffman, activista político y hippie de los 60, que no gustaron a Pete Townshend, y mucho menos que Hoffman aprovechara un parón en la actuación de los Who para salir al escenario y hacerse con el micro para soltar su perorata sobre el encarcelamiento de John Sinclair, revolucionario y mánager de MC5 en sus ratos libres. Townshend no se lo pensó dos veces y sacó a Hoffman del escenario a golpes de guitarra, o a collejas, según versiones, y amenazó con matar al próximo que se subiera a "su" escenario. Aunque hay grabaciones del incidente como la del enlace no parece haber imágenes del mismo. Dicen que ocurrió durante un cambio de cámaras. ¿Fue realmente es eso? ¿Es todo parte de una conspiración para que no veamos el momento tráfico en que el espíritu del festival de la paz y el amor fue pateado por el loco de Townshend? Quien sabe. Pero la anécdota es realmente cachonda.

En fin, aquel 16 de agosto del 69 fue un gran día en Bethel, que no Woodstock. El mundo descubrió a una banda liderada por un tal Santana, cuyo batería ofreció uno de mis drum solos preferidos, y gozó de las artes de gente como Canned Heat y su conziencudo bajista que ponía sus porros en el clavijero del bajo (y dado lo ancho de la distancia entre madera y cuerdas, debía ser un porro gordísimo), de la bofeta eléctrica de Leslie West y sus Mountain, de los incomensurables Creedence Clearwater Revival, de una borracha y salvaje Janis Joplin, del poder negro de Sly & The Family Stone, del vendaval Who y cerrando el cartel a las ocho de la mañana debido a la lluvia y problemas técnicos, los Jefferson Airplane.

Y dado que en esta entrada el protagonista no es otro sino el fiero Pete Townshend, os dejo con The Who y la canción que sonó antes del incidente con Hoffman, "Pinball Wizard".

sábado, 15 de agosto de 2009

Woodstock: 3 días de paz y música

Un día como hoy, hace cuarenta años, alrededor de las 5 de la tarde hora local (aquí debían ser alrededor de las 23), se abría el Festival de Woodstock, un hito en la historia de la música y del movimiento de la paz, Acuario y el amor libre, uno de esos eventos tan grandes en los cuales con los años todo el mundo dice haber estado allí. Un festival que paradójicamente no pudo celebrarse en el emplazamiento original de Woodstock, y que fue trasladado a la pequeña localidad de Bethel, donde un granjero local cedió los terrenos para el macroconcierto de tres días.

Hubo una época en que de vez en cuando nos reuníamos los amiguetes en cierta época feliz de nuestras vidas en casa de uno de los nuestros, cuando sus padres andaban fuera, y en muchas ocasiones acabábamos viendo mi cada vez más oxidada copia VHS del film documental sobre el Festival de Woodstock, que contaba con un impagable doblaje a cargo del tipo que le ponía la voz a McGyver. Daba igual que nos quedáramos toda la noche o saliéramos y luego volviéramos, en muchas ocasiones terminábamos la noche con el susodicho vídeo de Woodstock, lo viéramos entero (las menos de las veces) o nuestros fragmentos favoritos, mientras unos dormían, otros bebían, otros fumaban, otros disfrutaban de la música y otros, en fin, se perdían por los rincones. Buena música, y buenos recuerdos.

El festival, que se prolongaría durante tres días, reunió a gran parte de la flor y nata del panorama musical de la época, aunque hubo grandes ausencias como las de los Rolling Stones o Bob Dylan, a quien el evento le pilló bastante cerca, o los Led Zeppelin, para quienes Peter Grant tenía mejores planes. Pero sí estuvieron Hendrix, Joplin, la Creedence Clearwater Revival, Canned Heat, Mountain, Cocker, The Who, y, en fin, una horda de artistas realmente aplastante por la que no me habría importado pagar el tripe o el cuádruple de lo que les pedían a los hippies demandantes de música gratis.

Cuando uno ve el film se pregunta muchas cosas. Por ejemplo, siempre que lo veo se reafirma mi teoría de que los (y las) hippies gordos y feos nunca eran invitados a estos eventos, porque sólo se ven o cuerpos esculturales o al menos flaquillos, pero buscar michelines es como jugar a encontrar a Willy. Y es doloroso saber que del film se cayeron actuaciones de gente como la Creedence, Mountain, Grateful Dead, The Band o los hermanos Winter, casi nada, mientras tenemos que aguantar a la (me perdonen sus fans) pesada de Joan Baez o a los lepidópteros de Sha-Na-Na, pero bueno, en estos tiempos ya se pueden encontrar documentales, filmaciones y packs especiales con las actuaciones perdidas.

En fin, habría mucho que decir y contar del festival, y de los grandes momentos que podemos contemplar en Woodstock: 3 días de paz y música. Aquel viernes de 1969 por la tarde, sin duda el día más folkie del festival, el evento se abrió con la actuación del descalzo Richie Havens y su potente rasgueo de guitarra, y tras recibir la bendición de un gurú hindú de esos que hacían furor en la época, siguieron actuaciones de gente como Tim Hardin, Ravi Shankar, Melanie, Arlo Guthrie y la citada Baez, que cerró las actuaciones del primer día. Como he dicho, ya podremos revivir más momentos Woodstock. De momento os dejo con una de las actuaciones del primer artista en actuar en Woodstock, Richie Havens.

Ah, y la pareja de la mítica foto de Woodstock siguen juntos y queriéndose. ¿Qué hermoso es todo, no?


viernes, 14 de agosto de 2009

El último lick de Les Paul

No sólo fue el padre de una de las mejores guitarras eléctricas del negocio y padrino del concepto de las guitarras sólidas, sino que innovó en muchas otras cosas de las seguramente muchos ni siquiera seamos conscientes. Alguien como él, un moderno Prometeo que entregó su llama a muchos pioneros que siguieron rodando colina abajo la bola del rock and roll, merecería haber podido vivir otros 94 años si fuera su deseo. No importa, aunque muchos no conozcamos a fondo su legado musical y sus discos, cada vez que Slash o algún otro empuñe una Gibson Les Paul, su nombre seguirá vivo, unido al rock para siempre. Keep on rocking, Les.

Os dejo con un entrañable momento Les junto a su mujer Mary Ford del The Les Paul Show de los 50.


jueves, 13 de agosto de 2009

G.I. Joe

Parece como si cada generación de chavales fuera a tener su propia ración de G.I. Joe. Yo tuve la mía, otros la tuvieron antes que yo, y así hasta los 60, cuando Hasbro comenzó a comercializar muñecajos grandotes de soldados rudos en la línea de los autóctonos y míticos Geyperman, derivados de la licencia original de Hasbro. Y ya sabéis como suele funcionar el mercadeo en estos casos: primero se fabrica el juguete, y luego llegan los cómics y dibujos animados para venderlos. Una publicidad simple y realmente eficaz, que seguramente se seguirá utilizando hasta el fin de los siglos. Aunque como los 60 y 70 me quedan algo lejanos, me centraré en los G.I. Joe de los 80, los de la era Reagan; más pequeños, manejables y con más colorines, y en más cantidad y variedad, y además, acompañados de una mítica serie de dibujos con uno de esos doblajes latinos impagables. De hecho me temo que no deben haber respetado la sicotrópica voz del Comandande Cobra en la nueva y remozada película que nos viene, así que no iré a verla en señal de protesta. Como dijo en su atómico cameo en Padre de familia, "¡sensuren idiotasss!".

Comencemos por los muñecos. Pequeños, de colorines, muy articulados, con buenos y malos, repletos de armas y accesorios... ¡el sueño de cualquier niño con ansias de acabar en los Marines! Nunca pude tener ninguno de los accesorios molones como motos, coches o barcos, todos con su lanzamisiles correspondiente (en el mundo de los GI Joe sin lanzamisiles no se puede circular); eso era coto para niños más ricos que yo, y, por ende, más majaderos que los niños de mi alrededor (¡ah, envidia, cuán verde eres!). Pero si que llegué a tener unos cuantos muñecos GI Joe. No creo que llegaran a la decena, pero poco importaba, eran todos magníficos. Los reyes del pelotón eran el Boina Verde y Ojos de Serpiente, el ninja negro. ¡Ah, qué tardes de fabulosos combates contra He-mans, clicks, almohadas o cualquier cosa que se nos pudiera ocurrir! Sí, los GI Joe eran un gran compañero de juegos, nos reafirmaban en la idea de que las armas son buenas y de que hay que denegarles el acceso a la panda a las mujeres (¿existían las mujeres en el mundo de GI Joe? En los dibujos había una baronesa, pero poco más. Por cierto, su parecido con Sarah Palin es inquietante...). ¿Cómo se las apañaban los pelotones de GI Joe y Cobras para desfogarse? No lo sé. Pero teniendo a alegres compañeros como el tal Chuckles, vestido con su hortera camiseta hawaina, y Gung Ho, que parecía directamente salido del videoclip de "In The Navy" de los Village People, ¿quién necesitaba mujeres? ¡Vivan los compañeros aguerridos y los donuts calentados en microondas!


Aprendimos a quererte, Comandante

Como en toda guerra y vida de los muñecos, mis GI Joe fueron cayendo lisiados, descabezados, o desaparecidos, pero seguro que por algún rincón aun debe estar el tal Ojos de Serpiente cogido de la mano con su amigo Boina Verde. Pero el mundo de GI Joe no eran sólo los muñecos. Estaba, por supuesto, una de las series de dibujos animados más pasadas de vueltas de todos los tiempos. ¿Escribía los guiones el propio Reagan o qué? Señoras y señores, con todos ustedes, los dibujos del ejército: G.I. Joe: A Real American Hero, y derivados.

En un pequeño círculo de colegas frases como "sielosss, se los advertí" o "sielosss, se atoró", y muchas otras que comienzan con el apócope "sielosss", son habituales, y son un gran recurso para levantar el ánimo cuando las conversaciones decaen. Y todo gracias al Comandante Cobra, de lejos el personaje más carismático de la serie. Ya fuera oculto tras su máscara de metal o tapado por una especie de pasamontañas de Pascua que pareciera que fuera a tirarse a hablar euskera, el Comandante Cobra y su particular siseo de serpiente siempre alegraban cualquier capítulo, mientras enviaba a sus hombres robot a luchar contra los elementos y trazaba planes absurdos que por supuesto nunca llegaban a buen término.


Gung Ho... hello, sailor

Entre secuestros de científicos para fabricar armas definitivas y mesas de billar donde no se atasquen las bolas, y demás amenazas mundiales del simpático comandante terroristas pasaban los capítulos con tontuelas batallas de rayos de colorines que nunca acertaban a ninguno de los buenos, mientras que los GI Joe por supuesto acababan con tropecientos mil robotejos en cada episodio con una facilidad pasmosa. Era como ver la invasión de Granada una y otra vez.

En fin, ya lo dijo el inventor del boomerang, todo acaba volviendo, y los locos patrulleros de GI Joe están de vuelta para entreternos un rato con sus patochadas y explosiones varias, y reafirmarnos en la seguridad de que el gran jefe blanco vela por nuestra seguridad. ¡Sielosss! ¡Se los advertí, idiotasss!

"¿Pacifistas en el comando? ¿Qué les sucede? ¡Esto es inaudito!" Asistan a un alucinógeno fragmento de la serie.

miércoles, 12 de agosto de 2009

The Lovin' Spoonful

Cuando llega esta época en que los cogotes están pegajosos, las moscas nos toman por colas de vaca y el asfalto humea, me viene a la mente la refrescante melodía de "Summer In The City", y, detrás, Joe Cocker y la tercera parte de La jungla de cristal. Pero el famoso hit no fue compuesto (Joe no era de componer, como todos sabemos) por el cantante de manos inquietas, sino por John Sebastian, su hermano Mark y Steve Boone, compañero de John en The Lovin' Spoonful.
Si, cuando llega esta época me vienen a la memoria los éxitos de los Spoonful como "Do You Believe In Magic?", principalmente obra de Sebastian, y recuerdo que John Sebastian no es sólo el tipo cortarollos de las filmaciones de Woodstock y la Isla de Wight, y el tipo que salía con la que debía ser la jipi más hottie del universo, sino el autor de varias canciones memorables. Aunque siempre preferiré a The Byrds por encima de The Lovin' Spoonful, "Summer In The City" sigue siendo una de esas canciones que si fueran más clásicas estaría grabada en piedra en algún templo de la Acrópolis. Ay, Atenas. Hot town!

martes, 11 de agosto de 2009

La huida (1972)

Steve McQueen es el hombre. O solía serlo. Hoy estrellas mucho más endebles han ocupado su lugar. Pero hubo en día en que los espectadores querían ser como él y las espectadoras querían estar con él. Y en aquella época la industria de Hollywood escuchaba lo que tuviera que decir. Su nombre atraía espectadores a la taquilla como las moscas a la miel. Sin embargo a principios de los 70 había cometido dos fallos. Al menos, de cara a quienes en Hollywood siempre esperan que las estrellas den dinero. Primero, el proyecto personal de McQueen, Las veinticuatro horas de Le Mans, había fracasado en taquilla. Y su colaboración en el giro dramático del director Sam Peckinpah llamado El rey del rodeo tampoco había dado mejores resultados. Fue entonces cuando tanto Peckinpah como McQueen encontraron un vehículo perfecto para congraciarse de nuevo con lo que se esperaba de ellos.

La huida era un proyecto basado en una novela de Jim Thompson, y en principio habría debido ser dirigida por Peter Bogdanovich. Cuando éste finalmente abandonó el barco Peckinpah recogió el guante, y a su lado estuvo de nuevo McQueen, el hombre perfecto para el papel del ex-convicto Doc McCoy.

Como es bien sabido McQueen no era un tipo de esos que hacen y dejan hacer. Si algo no le gustaba, lo cambiaba, usando su influencia de estrella. Cuando el tratamiento de Thompson de su propia novela no le gustó, hizo que le despidieran y contrataran a Walter Hill en su lugar, a quien conocía de proyectos anteriores. McQueen quería un final de su gusto y eso es lo que obtuvo. También ordenó que se reemplazara al compositor Jerry Fielding por Quincy Jones.

Si La huida era una historia de amor envuelta en papel de película de acción, el rodaje no fue muy distinto. Aunque Peckinpah había barajado algún otro nombre, finalmente fue Alice MacGraw quien obtuvo el papel de la compañera del duro Doc. MacGraw, una de esas frágiles bellezas que suelen refulgir de cuando en cuando, había sido un descubrimiento del productor Robert Evans, y había saltado a la fama gracias a la lacrimógena Love Story. MacGraw fue además señora de Evans, hasta que llegó al rodaje de La huída. Todos los que en su día conocieron a Steve McQueen han hablado de su carisma aplastante, y la influencia que McQueen ejercía en muchas mujeres no fue diferente para la actriz. Durante el rodaje de La huida a Robert Evans le crecieron unos bonitos cuernos, y pronto la actriz pidió el divorcio. Poco después se casaría con el tipo duro de las motos y los coches.

La huida es cine comercial de alta calidad, un Ferrero Rocher del cine de acción. Sam Peckinpah se muestra capaz de mantener nuestra atención y la tensión del momento en largos planos que combina con los típicos exabruptos de violencia a cámara lenta que fueron marca registrada del director. Por otra parte, McQueen hace lo que mejor sabe hacer: estar allí, y ser el objeto de todas las miradas sin mover un músculo. Ya sabéis, era el único y auténtico 'king of cool', y habría sido capaz de eclipsar en la pantalla al mismo sol si lo hubiera creído necesario. Alice MacGraw logra mantenerse a la altura, lo cual ya es todo un gran cumplido en sí mismo, y dejó para la historia del cine uno de esos momentos con bofetada que nos hacen acordarnos de Gilda. En esa misma escena también se puede observar, si uno se fija, la monumental cara de sorpresa de la MacGraw, pues McQueen se sacó unos cuantos cachetes de la manga que no estaban en el guión. Pero como los dos eran profesionales, la escena funcionó, y seguro que esa misma noche se fueron a pasear a la luz de la Luna.

Con un recuerdo para el entrañable bruto de los 70 Al Littieri, que interpreta a uno de los villanos en la película, os dejo con la cansina recomendación de siempre: echadle un vistazo a La huida, y dad gracias a Ed Wood por que el cine no haya sido inventado por Michael Bay.

lunes, 10 de agosto de 2009

Buen viaje, Mr. DeVille

Willy DeVille sucumbía hace unos pocos días a una larga enfermedad que se le ha llevado de este mundo. Tengo muchas cuentas pendientes con él, y su partida no ha hecho sino recordármelo una vez más. De todas maneras eso es lo buena de la música, podremos disfrutar de su talento y genio por siempre jamás, y esa es la clase de inmortalidad que todos los buenos artistas merecen.
"Hey Joe" es un tema que quedó marcado para siempre por la versión de otro mundo de Jimi Hendrix, y por tanto sólo alguien con la clase que atesoraba DeVille podía ofrecer su propia revisión del clásico sin que pareciera otra versión más del "Hey Joe" de Hendrix. Willy DeVille, otro grande que nos deja en un mundo un poco más triste.

domingo, 9 de agosto de 2009

El kiosco y Verónica Meingott... digo Mengod

Tener las orejas grandes y separadas en forma de paneles solares nunca ha sido de gran ayuda para ser popular en los colegios, y seguro que eso ha sido así desde la era de las cavernas. Probablemente a Antíoco III ya le debieron de caer varias collejas por muy príncipe que fuera. Y, en fin, en la época de emisión del programa infantil El kiosco a los alumnos orejudos era inevitable que les recordáramos la existencia de un tal Pepe Soplillo.

Cuesta creer que el muñeco del tal Pepe fuera una creación del propio Jim Henson en exclusiva para España, pero lo que todavía no me explico es cómo no nos volvimos todos tarumbas con la voz de sistro de Pepe Carabias, que doblaba al muñecajo impertinente y sabelotodo. Por no hablar del cazallesco Joe Rigoli. Tal vez fuera por la benefactora influencia de Verónica Mengod.

La moda ochentera no ha hecho bien a nadie, y echando la vista atrás uno puede cerciorarse de que la angelical Verónica no ha sido una excepción. Pero poco importa, para nosotros, imberbes infantes de moco colgando y rodillas sucias, Verónica tenía el sempiterno "no sé qué que qué se yo", y seguro que muchos habríamos deseado que nuestras primas fueran así de guapas y majas. No es que fuera algo sexual, uno se podía quedar igual de embobado viendo un yoyó subir y bajar, pero está claro que la chica, a pesar de su apocamiento adolescente, tenía algo. De hecho creo que a una generación les puso en marcha sin saberlo el "modo hetero", mientras que los que preferían no ver el programa les puso el otro. En fin, estoy seguro que desde entonces muchos padres (y me refiero al elemento masculino de la pareja) comenzaron a ver los programas infantiles de otra forma, hasta la explosión de despiporre de la rubia brasileira Xuxa, algunos años después.

Diantre, muchos tipos de mi generación le seguiremos teniendo cariño a Verónica Mengod aunque se transformara en nuestra querida vicepresidenta con sus pintas de fantasma de Scooby Doo, pero es que encima la chiquilla ha crecido excelentemente y hoy en día es una sexy 'milf' en toda regla. Oh Vero, sei ben trovata.

sábado, 8 de agosto de 2009

Moby Dick (1956)

Moby Dick, la obra de Herman Melville, es una de las mejores novelas de todos los tiempos, y una de las obras cumbre de la literatura norteamericana. No es extraño que fuera llevada al cine, aunque en las versiones anteriores al film de John Huston la obra de Melville era llevada por el lodo, como prueba el hecho de que en la adaptación de 1930 el capitán Ahab no sólo sobreviviera, sino que además, ¡acababa con la ballena blanca y regresaba a casa junto a su mujercita! No fue hasta que John Huston decidió llevar la novela a la gran pantalla que la novela de Melville por fin fue tratada con justicia.

En su autobiografía Huston calificaba a Moby Dick como el rodaje más difícil (en términos de logística al menos) al que se hubiera enfrentado, y desde luego ya desde el principio el director tuvo que combatir muchos obstáculos. Para empezar hubo de peregrinar de estudio en estudio tratando de convencer a los mandamases de que le dieran luz verde a su proyecto, el cual los productores no venían nada claro. ¿Una historia de ballenas y marineros donde no hay papeles femeninos y con un final tan tétrico? Aquello no podía atraer a las masas a la taquilla de los cines. Pero finalmente Huston logró un sí y comenzó a trabajar en el guión.

Siempre he considerado el guión de Moby Dick como una de las mejores adaptaciones literarias que jamás se hayan llevado al cine. Cualquiera que haya leído la novela sabrá que es una obra muy compleja, y sin embargo Huston logró centrarse en la caza de la ballena pero manteniendo al mismo tiempo el espíritu de la obra y del personaje de Ahab. Para ello contó con la colaboración de todo un Ray Bradbury, a quien Huston llamó a su lado interesado por los relatos cortos de Bradbury, en los que el director vio lejanos ecos de la escritura de Melville. No parece que la relación entre el rudo Huston y el apocado Bradbury fuera como la seda, pero de todas formas su trabajo al condensar la novela en una historia de apenas dos horas fue magnífica.

El reparto de la película seguramente chocó a muchos en su época, al menos para aquellos que conocieran profundamente la obra. Richard Basehart, quien por entonces tenía 40 años, interpretaría a Ishmael, el joven grumete que se enrola en el Pequod, y que en realidad hubiera debido de tener veiente años menos. Pero en mi opinión su sonrisa lozana y buen hacer permiten que su Ishmael pueda ser creíble. Aun más sorprendente debió ser la elección de Gregory Peck como el temible capitán Ahab, más teniendo en cuenta que era dos años más joven que Basehart y que al demediado capitán se le suponían bastantes años más. ¿El buenazo de Las llaves del reino y el mártir de Duelo al sol interpretando al oscuro Ahab? Sonaba a disparate.

El propio Peck tuvo muchos problemas con el papel, y desde un principio se sintió inseguro interpretando a Ahab, se consideraba demasiado joven y muy poco experimentado para un papel tan complejo. Años después diría que de haberla interpretado siendo ya un madurito habría podido aportar mucho más al personaje. Lo cierto es que a Huston no pareció importarle demasiado la juventud de Peck, aunque a raíz de esta película surgió una enemistad entre los dos que duraría el resto de sus vidas. Hay versiones encontradas al respecto, tanto Peck como Huston ofrecen su propia versión de los hechos, pero desde luego fuera cual fuera el motivo se distanciaron para siempre.
Con todo, personalmente la fuerza que Gregory Peck imprime a su Ahab me dejó patidifuso siendo yo un cachorrillo, y cada vez que vuelvo a ver la película me sigue encantando su actuación. Quizás Peck tuviera razón y de haber encarnado a Ahab en los 70 habría podido darle muchos más matices, pero comparad por ejemplo el Ahab de Peck con el de Patrick Stewart en la adaptación televisiva. No hay color.

Por cierto, el papel que encarnaría Peck en ese telefilm fue interpretado en la versión 50s por Orson Welles, quien realiza un fascinante cameo como el padre Mapple, haciendo gala de su experiencia teatral en un largo sermón que escribió el propio Welles.
Otros secundarios interesantes son el inolvidable Harry Andrews como el jocoso Stubb o un estupendo y contenido Leo Genn como el segundo de a bordo, Starbuck. Para interpretar al arponero amigo de Ishmael, Queequeg, Huston llamó a un conde austríaco amigo suyo, el imponente Friedrich von Ledebur.



A pesar de todos los problemas logísticos del rodaje afectando al Pequod y a las reproducciones de Moby Dick, y un presupuesto muy ajustado por parte de unos productores cicateros que Huston no tardó en sobrepasar, la película está llena de momentos inolvidables. Tras la gradual introducción de Ishamel y Queequeg la ominosa figura del capitán Ahab va emergiendo poco a poco, hasta explotar en una serie de escenas grandiosas sostenidas por el carisma de Gregory Peck. Memorables son los rituales en los que Ahab introduce a su tripulación: el doblón de oro, el ron, el fuego de San Telmo, Daggoo jurando muerte a la ballena en un primer plano feroz, el entusiasmo colectivo, la ira de Ahab... ¿quién diablos va a poder superar algo así? Los ordenadores podrán crear cien mil Moby Dicks que parezcan más auténticos que una ballena real, pero esa magia que rodea al Moby Dick de Huston es imposible de recrear con CGI o con cualquier otra sigla. Y si algún día las computadoras logran hacerlo, yo me bajaré del mundo.

Recordad, algún día, en alta mar, oleréis tierra donde no la hay. Y entonces el capitán Ahab acudirá a su tumba, pero regresará antes de una hora. Se levantará y os llamará. Entonces todos, salvo algún desdichado, le seguiréis, y contemplaréis Moby Dick con lágrimas en los ojos. May the heavens bless you.

viernes, 7 de agosto de 2009

The Penguins

Que hay grupos cuya carrera parece haber sido hundida en un pozo de mala suerte es algo de sobras conocido; y en los años 50, de cara a las listas, ser de raza negra era tener mala suerte. Hasta un tipo como Chuck Berry tuvo sus problemas.

The Penguins eran un grupo de doo-wop que en 1954 se encontraron con una gema llamada "Earth Angel (Will You Be Mine)", una composición del cantante de R&B Jesse Belvin y un tal Gaynel Hodge que al parecer cedieron, prestaron o perdieron a Curtis Williams, el barítono de los Penguins. La versión de los pingüinos negros fue incluida como cara B del sencillo "Hey Señorita", pero como a veces sucede muy pronto "Earth Angel" superó claramente en popularidad al tema principal. "Earth Angel (Will You Be Mine)" llegó pronto al primer puesto de las listas negras de R&B, y fue uno de los primeros temas de race music que logró colarse en las listas blancas del Billboard, llegando al número 8.

Pero en el 54 el color de piel de los Penguins no les iba a dejar llegar mucho más lejos. Un año después el grupo canadiense The Crew-Cuts grababa su propia versión, eclipsando muy pronto al sencillo de The Penguins. Ya se sabe, las bandas blancas lo tenían mucho más fácil. La carrera de The Penguins se redujó a unos cuantos sencillos y un LP, The Cool, Cool Penguins. A principios de los 60 se separaron y aunque uno de ellos continuó girando bajo el nombre original y cantando "Earth Angel" hasta la saciedad, evidentemente aquello ya era otra cosa.

Y, muchos años después, o tal vez debiera decir muchos años antes o ese mismo año en una época paralela, un tal Marty McFly trataba de no desaparecer de la faz de la Tierra mientras trataba de sacar adelante los acordes de "Earth Angel" y hacer que su madre adolescente se enamorara de su padre adolescente.


jueves, 6 de agosto de 2009

Y de repente... llegó el color

Hacía tiempo que no me llevaba una sorpresa tan grata viendo una película como con Pleasantville, una historia bastante original y entretenida que nos habla de muchas cosas y nos confronta con la América de los "días felices", los Estados Unidos de la posguerra, de Eisenhower y de las familias unidas con dos coches y casa con jardín y una televisión repleta de series felices.
Pleasantville que me ha parecido un film bastante interesante, tiene un cierto aire de capítulo de Twilight Zone, y podría ser una buena metáfora del estallido del rock and roll en la cara puritana de los States. Mi único pero es el de que quizás se podría haber aprovechado cierto giro de la trama y ahondar en sus posibilidades más oscuras, pero vamos, es un mal menor. Os la recomiendo encarecidamente, y os dejo con una escena en donde las "cosas" empiezan a pasar.

martes, 4 de agosto de 2009

Héroe por accidente (1992)

Conozcan a Bernard Laplante, uno de esos tipos que andan por la vida con una eterna nube negra sobre la cabeza, y que discurre una senda plagada de escaleras abiertas. Uno de esos tipos que si apuesta al negro saldrá el rojo, y cuya única lotería es el evitar la cárcel. Un tipo molido a golpes por la vida que con espíritu cínico y una baja fibra moral tratará de salir adelante en la vida por medio de cualquier chanchullo, pero siempre tratando de dar valores a su joven hijo, mientras trata de esquivar los reproches de su ex. Un tipo enjuto y chanchullero que, sin saberlo, lleva a dentro a un señor a quien probablemente odie. Un señor que en términos de la prensa moderna podría ser calificado como héroe. Y sin embargo Bernard Laplante podría haber formado parte de la sección de villanos de este blog si no fuera por que ese personaje es uno de los antihéroes definitivos.

Hay, en mi opinión, al menos dos películas de los años 90 que rezuman clasicismo por todas partes, y cuyas tramas, personajes y situaciones podrían haber formado parte de cualquier gran título de los años 30 o 40. Héroe por accidente es una de ellas.

Stephen Frears es uno de esos directores todoterreno que si viera un ciclo suyo podría pensar perfectamente que sus películas han sido dirigidas por distintos directores. Aparte de que no sé por qué siempre me bailanen la mente sus títulos con los de Jim Sheridan o Steven Sorderbergh, que me aspen si hubiera podido tragarme que el director de Héroe por accidente y el de Las amistades peligrosas eran la misma persona. Y vaya, así es. Aunque si la historia de Valmont y su evil dick tienen ese bouquet europeo añejo, Héroe por accidente podría ser perfectamente un perrito caliente del Tail O' The Pup.

Tenemos la típica trama from drag to riches que diría un anglosajón; a la reportera intrépida, guapa e inteligente, al director sin escrúpulos, al gran héroe anónimo americano, un perfecto John Doe, y a Bernard Laplante. No me costaría nada imaginarme a un Cary Grant o a una Claudette Colbert participando en una versión en blanco y negro de esta película. Aunque me pregunto quién podría haber interpretado al facineroso de Laplante.

Junto al ejercicio de Frears de marcarse su propia, digamos, semi-comedia romántica, con una crítica de los mass media modernos como subtrama, tenemos a un elenco de actores principales que encajan como un guante en sus personajes. Incluso un tipo que desde luego no es santo de mi devoción como Andy García queda muy bien como el héroe con pies de barro John Bubber. Y, vaya, Geena Davis, gran actriz cuando le dan la oportunidad, y una de esas bellezas que no necesitan de vestidos ajustos ni soberbios escotes para serlo. Aunque por supuesto, todos quedan empequeñecidos frente a un soberbio Dustin Hoffman en uno de sus últimos gran papeles, antes de que llegara a quejarse en las entrevistas de la birria que proyectos que le ofrecen en estos tiempos.

Ya sabéis, el papel de Bernard Laplante en sus manos adquiere unas dimensiones bíblicas, y es imposible imaginarse a cualquier otro actor clavando al personaje del modo en que lo hace él. Su colección de caretos, gestos y aspavientos a lo largo del film es sencillamente indescriptible. Como ya he dicho, si Bernard Laplante es uno de los mejores personajes de los últimos tropecientos años es gracias a él. Por Dios que alguien aleje a este hombre de las pelis sobre tiendas de juguetes y los dibujos animados y le den papeles a su altura.


¿Queremos que la ociosidad convierta a Dustin en un verderol?

Héroe por accidente, una película que cuanto más la veo más me gusta.