lunes, 30 de noviembre de 2009

Buzo sagrado

Antes de Rainbow, antes de Elf, a finales de los 50, un tal Ronnie James Dio ya tocaba el saxofón donde le dejaban... seguro que hubo un Dio cantando junto a Robert Johnson, haciendo de copista para Wagner, o aprendiendo trucos de Paganini.

Dio está malito, pero saltará sobre el tigre, y volverá a reinar como siempre ha hecho. Cuando acabe con el dragón, Dio volverá a ser lo que siempre ha sido: el mejor cantante de metal de todos los tiempos.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Eduardo Manostijeras (1990)

Quien habría imaginado que Tim Burton podría llegar a rodar un día un bodrio como El planeta de los simios... no sé si le perdió la mitomanía, el dinero, o que le pasó, pero no parecía el mismo que había hecho pasar buenos ratos al mundo con Pee-wee's Big Adventure o el Batman que hizo olvidar al entrañable Adam West y su panda. Y también Bitelchús, aunque confieso que nunca he logrado conectar con esa peli. Por supuesto, muchos adoradores de Tim la adoran, pero yo nunca le he cogido el punto, no me dice demasiado, pero supongo que es una buena película. Pero como suele pasar en Hollywood a no ser que seas Orson Welles, Burton necesitó de un gran éxito de blockbuster como Batman para poder explayarse con sus propias inquietudes, que llevaron a rodar una maravilla como Ed Wood, y grandes películas como el Batman vuelve, Sleepy Hollow (sí, soy de esos que la defienden) y, claro está, Eduardo Manostijeras.

Lo cierto es que conozco a muchos (suelen ser muchos y no muchas, no sé por qué), que no sienten demasiado aprecio por esta película; la consideran una moñada gigantesca que encanta a adolescentes neogóticos y gente similar. Puedo entenderlo, aunque no lo comparto. Ya he dicho que a mi Bitelchús no me impresionó, quizás por pillarla demasiado tarde. Con Eduardo Manostijeras fue distinto; no soy un adolescente emo o algo así, pero sí fue adolescente tiempo ha, y por tanto podía conectar fácilmente con las desventuras del amigo Edward, que son, al fin y al cabo, las desventuras del adolescente Tim Burton, sin amigos ni novias, que vive en su propio mundo y dibuja sin parar, dibujando, por ejemplo, a un chico con tijeras en vez de manos.

Cierto es que, en mi opinión, el principal fallo de Eduardo Manostijeras es que no llega a explotar lo suficientemente bien el drama que se plantea entre Edward y Kim. Queda todo demasiado en la superficie, resulta todo demasiado prototípico, aunque en realidad toda la película lo es. Supongo que los detractores de Burton lo achacarán a un guión que flojea, y sus fans diremos que es un cuento de hadas moderno, y por eso no todo es tan profundo como debiera ser. Al fin y al cabo, ¿qué es más descabellado? ¿Que un científico solitario le de forma humana a uno de sus autómatas, o que una señora que vende cosméticos se encuentre a un tipo con tijeras en vez de manos y se lo lleve a casa tan alegremente? No sé si Washington Irving lo habría rematado mejor, pero quien pida más es que seguramente no conecta demasiado con la historia.

En fin, que ahí tenemos a un gran Johnny Depp demostrando al mundo que era más que una cara bonita, y a la coliflor de Winona Ryder comenzando a reinar en el Hollywood grunchi de los 90. Pero si hubiera tenido que forrar mi carpeta con escenas de Eduardo Manostijeras no habría sido con Depp ni con Ryder, si no con las pocas escenas que rodó el inmortal Vincent Price en lo que sería su último film para la pantalla grande. Sin su presencia la película habría perdido lustre, aunque sólo aparezca en unos pocos flashbacks. Burton ya había contado con su voz en el corto Vincent, pero esta vez pudo tenerle en carne y hueso, desplegando toda su magia y carisma en cada plano. Por supuesto, la última escena en la que el mundo pudo a ver a Vincent Price en el cine había de ser una muerte, con la que Vincent nos dejaba un último toque de su talento en un primer plano brutal. Dicen también que Burton no dudó en aprovechar un desmayo de su ídolo de toda la vida para completar esa muerte; no sé si será cierto o no, pero tampoco me extrañaría, los directores son así. Por entonces Vincent ya estaba enfermo, pero aun así demostró una vez más porque fue durante tantos años el gran Maestre de la Oscuridad. Para mí Eduardo Manostijeras sobretodo es eso, un último gran homenaje a la figura de Vincent Price.

En fin, Eduardo Manostijeras es una película romántica a la manera de Burton, repleta de grandes momentos. Ahí está sin ir más lejos el papel de milf cachondona de Kathy Baker, lo más parecido a la gran Peggy Bundy que el cine haya podido mostrar, las miradas de Depp o, claro que sí, los momentos del gran Vincent. Hay gente que nunca podrá disfrutar con esta película, pero no pasa nada: para ellos se rodó ese otro gran clásico titulado Eduardo Manospenes.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Muppetian Rhapsody

¿He dicho ya lo grandes que son Los teleñecos? El momentazo mimi... ¡joder está lleno de momentazos!

jueves, 26 de noviembre de 2009

Narciso negro (1947)

Resulta curioso cómo a veces historias arriesgadas podían pasar la censura de unas épocas en que en muchas partes de Occidente el cine estaba sometido a las tijeras de personalidades de ideas fijas y vista corta, gente que estaba tanto dentro como fuera del cine. Hoy en día puede resultar ridículo pensar que un film como Narciso negro pudiera llegar a escandalizar a alguien, pero desde luego en su día era un material potencialmente peligroso. Polémicas aparte, Narciso negro es una maravilla visual en Technicolor cuya belleza es difícilmente descriptible. Martin Scorsese no se equivocaba al compararla, visualmente, con los films de Disney. En serio, si creéis que lo habeís visto todo en cuanto a cine en color se refiere, y no habéis visto Narciso negro, es casi como decir que no habéis visto nada.

Narciso negro es probablemente el film más conocido y aclamado de la productora británica The Archers, fundada por el duo artístico formado por el director Michael Powell y el escritor y guionista húngaro Emeric Pressburger, una especie de hermanos Coen de los años 40 que firmaban juntos todos sus films. La película narra la historia de la Hermana Clodagh y su grupo de religiosas que dejan un convento de una gran ciudad India para llevar la educación y la palabra de Dios a un recóndito palacio en las montañas del Himalaya. Siguen los pasos de unos monjes que fracasaron en su intento de establecerse en el lugar. La Hermana Clodagh y sus ayudantes pronto verán que deberán enfrentarse al extraño maleficio que parece pesar sobre el lugar, al tiempo que deberán adaptarse a un ambiente desconocido y hostil.

Narciso negro es un film que, sin llegar a ser propiamente un film de terror, comparte muchas características del subgénero del terror psicológico y de los ambientes góticos de los films clásicos de los años 30 y 40. El palacio que el rajá del lugar prepara para las monjas es el centro de toda la trama, y el origen de una cada vez más omnipresente fuerza que turba poco a poco las vidas y las mentes de las monjas. El terror cobra forma en imágenes obscenas como las que adornan las paredes (el palacio fue anteriormente el harén del padre del rajá) y en sentimientos olvidados pero no del todo enterrados.

Michael Powell, sabedor de los problemas que podía ocasionar una historia así, convirtió a sus monjas en una orden menesterosa, donde sus miebros renuevan sus votos anualmente. Aun así, en los Estados Unidos tuvo problemas con la Liga Católica, y en su versión americana la Hermana Clodagh carecía de pasado. También en España llegó mutilada, aunque sorprende que siquiera llegara a estrenarse; más teniendo en cuenta la, eso sí, sutil amenaza que durante todo el film representa el primario personaje del señor Dean, un blanco lugareño y aventurero que ayuda a las monjas como mano de obra y en las reformas, aunque al mismo tiempo trata de incomodarla a la Hermana Clodagh siempre que tiene ocasión.

El señor Dean fue interpretado por David Farrar, un gran tipo y actor británico que podría haber sido una gran estrella; su señor Dean, pasota, básico y con sombrero, es un gran personaje, una especie de Indiana Jones gamberro. La Hermana Clodagh, protagonista de la historia, fue la estupenda actriz de pelo de fuego Deborah Kerr, a quien los papeles de monja le iban como un guante. Destacan también el simpático Sabu (el hijo del general rajá del lugar), inolvidable protagonista de El ladrón de Bagdad, uno de esos intérpretes naturales que actuaba sin método ni estudios; y Jean Simmons, que interpreta a una apasionada salvaje que no dice una palabra en todo el film, pero que es sensual más allá del delirio. Sólo por ver a la Simmons luciendo belleza exótica merece la pena ver Narciso negro. Aunque sin duda quien más impresiona en la película es Kathleen Byron; su mirada psicótica y su caída en los infiernos de los celos son de los que no se olvidan. La Glenn Close de Atracción fatal se queda en nada a su lado; realmente increíble la actuación de la Byron.


Kathleen Byron... brutal.

Por supuesto, Narciso negro destaca especialmente por el increíble tratamiento de los colores, por la fotografía (de la que fue responsable el mítico Jack Cardiff) y por unos decorados y pinturas monumentales, no por su tamaño, sino por su calidad. El film apenas cuenta con unas pocas escenas en exteriores; casi todo se rodó en los estudios ingleses de Pinewood. Basta ver la película para concluir que el trabajo del director artístico, los decoradores, pintores y demás fue excelente. Es en ese aspecto, sobretodo, en el que Narciso negro se convierte en una obra de arte, digna de ser expuesta en un museo junto a los cuadros de cualquier pintor flamenco. Verla en una filmoteca debe ser toda una experiencia. Scorsese lo confirma.

Poco queda por decir de esta película. Si queréis ver una obra de arte, id al Prado, o sentaros una tarde a ver Narciso negro. La diferencia no será mucha.


Jean Simmons, amigos... uffff

martes, 24 de noviembre de 2009

Humo en el water

Ayer a las ¡ocho! de la mañana entro en el ascensor y me topo con un estupendaco olor a puraco del quince. ¡A las ocho de la mañana! ¿Quién porras se enchufa un puro a las ocho de la mañana? Pues lo peor es que me imagino quién: el administrador de la finca, uno de esos T-800 que vive a un puro pegado y tiene pinta de vivir doscientos años rodeado de humo y tan contento. No se me ocurre algún otro loco que se enchufe puros a esas horas. Sí amigos, las ocho de la mañana y eso me encontré en el ascensor... olor a puro... olor a... ¡victoria!


Bueno, a ella se le puede perdonar

En fin, si yo fuera Willie Nelson me iba a vengar a base de bien, pero los vecinos no tienen la culpa. Así que hoy toca... ya sabéis... un puro, una bengala, un Festival de Montreaux, Zappa, un casino ardiendo... "Smoke On The Water" amigos (perdonadme el sobadísimo juego de palabras), un himno inmortal donde los haya de los anuncios... digooo, de Deep Purple marca dos. ¡Marcados por el rock, tronco! ¡Como los que se fuma la chimenea oficial de mi barrio!

domingo, 22 de noviembre de 2009

John Moschitta y los Micromachines

Durante unos cuantos años nos vendió los diminutos Micromachines (recuerda, si no son Micromachines no son los auténticos) a toda pastilla, aunque claro aquí era un doblador que debió mentar a la toda la familia de alguien quien nos daba el mensaje de que debíamos pedir para Reyes aquellos cochecicos que se perdían con más facilidad que un Seiscientos en los créditos de una peli sesentera española. Sí, aquel tipo flaco y con bigote resulta que llegó a ser toda una personalidad en Ggoma, es decir, en los Estados Unidos.

Su nombre es John Moschitta, y tras captar la atención de la nación en el horterísimo (y entretenidísimo- era puro entretenimiento descerebrado) That's Incredible! y de unos avispados publicistas, se hizo muy famoso en unos populares anuncios de la empresa de mensajería Federal Express donde Moschitta hacía gala de su motormouth, un talento que al parecer entró en el Libro Guinness de los Récords. Tras los anuncios de FedEx llegó un montón de trabajo, y Moschitta desde entonces ha aparecido en cientos de anuncios, series y películas, haciendo cameos acá y acullá. Pero para los españoles de cierta generación siempre será el hombre de los Micromachines. Recuerda, si no son Micromachines...


viernes, 20 de noviembre de 2009

La bella Gene


Tal día como hoy nacía... no, no me refiero a ya sabéis quien (además ese no nació un 20 de noviembre), sino a un personaje mucho más positivo, una gran actriz de una belleza como se han visto pocas. Gene Tierney, protagonista de films tan clásicos como Laura, una mujer que fue, en mi opinión, una de las actrices más bellas que haya pisado Hollywood. No hay más que verla en uno de sus primeros papeles importantes en el film de John Ford La ruta del tabaco... canela fina. Así que hoy que tantas efemérides extrañas se celebran, no es mala idea ponerse alguno de sus mejores trabajos, muchos de los cuales ya comenté por aquí (El diablo dijo no, El castillo de Dragonwyck, El fantasma y la señora Muir...)

Gene Tierney, amigos. Aquel sí que fue un 20 de noviembre digno de recordar.

Las verdades del barquero

Bueno, alguien tenía que decirlo.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Cuervo ingenuo

Alakrana sí, Alakrana no, la tarara padre y la madre la que los parió.

Esta canción es de cuando le empezaban a crecer los enanos al González. Los enanos vuelven a crecer, pero aunque sigue habiendo ingenuos, ingenio a lo mejor no tanto.

Vamos, que no soy mucho de cantautores ni de Javier Krahe, ni de unos ni de otros, pero desde pequeñajo que esta canción me llamaba la atención. Y, porque como dijo Makinavaja, ma tocao muscho lo cojone lo que lan hescho ase pobre degrasiao, jodel.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Razamanaz

El otro día tuve un viaje en el tiempo bastante brutal zapeando por el canal Disney. Me topé nada menos que con el film (¡increíble trama política la del film, por cierto! Ríanse ustedes de Todos los hombres del presidente) llamado Un candidato muy peludo. Si amigos, la historia es tan alucinógena como el propio título. En definitiva no era más que otro cutrefilm protagonizado por Dean Jones, un hombre con una causa en su vida: trabajar en pelis de la Disney, no matter what. Jones era todo un profesional; no le veréis llorando en los platós por estar encasillado. Sabía cual era su misión en la vida. Gran tipo este Jones.

Desde luego eran tiempos extraños para la Disney; iban cuesta abajo mes a mes, y parecían rodar películas (la animación también estaba en crisis) como churros. Recuerdo que esas películas solían ser utilizadas para entreternos en viajes escolares, recreos lluviosos, o para rellenar cualquier tarde de sábado en las que nuestra querida tele estatal no supiera qué poner. Seguramente la mitad de las películas de Dean Jones deben estar nivelando mesas y sillas por todo el mundo.

Ciertamente no eran grandes películas, pero tenían más desmadre que cualquier tonto episodio de Hannah Montana. Increíble, cuando creíamos que ya nos habíamos librado para siempre del pesado de Billy Ray Cyrus, aparece su hija con sus anillos de celibato y demás cursiladas dominando las mentes de millones de niños por todo el mundo. Ojalá un día le pillen un video casero porno a la maldita Hannah y Disney reine en las parrillas con un personaje menos irritante.

Un candidato muy peludo, amigos; eso sí rockeaba, aunque sólo fuera por el título. El espíritu de esas películas y esos títulos ya apuntaban a Rosendo, Barón Rojo o Gigatrón. Prefiero no pensar hacia dónde apunta el criarse con Hannah Montana. De hecho debería estar prohibido el uso del nombre de Hannah en cualquier tipo de entretenimiento infantil. ¡Hannah-Barbera, por Dios! Si ya no respetan ni a Hannah y Barbera es que el mundo está enfermo.

En fin, sintámonos peludos con los creadores de la mítica "Hair Of The Dog". Nazareth, increíble grupo, todo unos Deans Joness del rock. Tuvieron sus baches creativos, pero no decidieron cambiar de rumbo haciendo rap metal o grabando discos con sonidos de batería absurdos. Nazareth también sabían lo que debían hacer. Gran banda sin duda.

martes, 17 de noviembre de 2009

El fuera de la ley (1976)

Morir no es forma de vivir (Josey Wales habla de filosofía con un cazarrecompensas).

Dicen que los gatos, una vez atrapan a su presa, no acaban con ella en seguida. La mantienen viva entre sus garras, jugueteando con ella, como regodeándose en su victoria. Como si la presa sirviera no sólo para sobrevivir, sino también para entretenerse. Tal vez en cierto momento de El fuera de la ley Josey Wales se transforme en gato, o tal vez todo obedezca a un ritual más profundo, a una necesidad psicológica de recrear y avivar un dolor latente, para no sólo combatir la sangre con sangre, sino para mediante su propia tortura, purgar sus pecados. Pues Josey Wales era un hombre honrado transformado en pecador, en un héroe con manos manchadas de sangre. Josey era, además, el protagonista de uno de los mejores westerns de todos los tiempos: El fuera de la ley.

El fuera de la ley nació de una pequeña novela del Oeste, que alguien (probablemente alguien de la propia editorial) envió de forma anónima a la compañía de Eastwood, la Malpaso. Aquella novela, seguramente editada de una forma barata por una pequeña editorial, no debía parecer, al primer vistazo, diferente de las miles de novelillas del Oeste que se habían escrito desde los tiempos de Buffalo Bill. Eastwood confesaría años después que tras ver la horrible portada del libro simplemente la ignoró. El azar quiso que alguien de la Malpaso le echara un vistazo, y llamó la atención de Eastwood al respecto. El actor y director decidió leerla, y quedó encantado. Se hizo con los derechos de la obra y en cuanto pudo la llevó a producción.

Eastwood había quedado fascinado por el lenguaje de la obra, por su tono sombrío e irónico, y por la forma en que se trataba la Guerra de Secesión. Eastwood vio en el espíritu de aquella novela (Gone To Texas) un reflejo del dolor y la división social que la Guerra de Vietnam había traído a América. En parte, El fuera de la ley sería la 'película de Vietnam' de Eastwood.

Con él mismo como protagonista, Eastwood trajo al escritor y director Philip Kaufman y a la guionista Sonia Chernus (a quien conoció en los tiempos de Rawhide) para que trabajaran en el guión. El resultado fue espléndido, pero al comenzar el rodaje quedó claro que la visión que Eastwood y Kaufman tenían de la película y sus métodos de trabajo eran muy distintos. Eastwood despidió a Kaufman y decidió dirigir él mismo el film, algo que no sentó bien en el Sindicato de Directores; se creó así la "regla Eastwood", por la cual en adelante se imposibilitaría que un miembro del reparto o el equipo pudiera reemplazar al director. Kaufman no es un mal director, pero desde luego no podemos sino aplaudir la decisión de Eastwood. Era un film personal que debía ser dirigido por él mismo, y, sinceramente, nadie vivo sobre la Tierra dirige westerns tan bien como lo hace el viejo Clint.

Junto a Eastwood aparecerían intérpretes con los que, como era habitual, Eastwood se sentía cómodo, ya fuera por haber trabajado con ellos o porque le hubieran llamado la atención en alguna película. Entre los primeros estaban la veterana Paula Trueman, Bill McKinney, estupendo como el psicópata Terrill, o John Vernon, también excelente como el sombrío Fletcher. Entre los segundos se encontraban Geraldine Keams, que debutaba en el divertido papel de la india Moonlight, Sam Bottoms y, especialmente el Jefe Dan George, un indio metido a actor sin ser actor, que es de lo mejor de la película junto al propio Eastwood. De hecho no le roba escenas de milagro. Gran parte de los toques de humor que hay a lo largo del todo film los protagoniza el gran Jefe Dan George, en lo que fue sin duda el papel de su carrera. El octogenario indio no siempre recordaba las frases, y a veces el propio Eastwood echaba a perder tomas mascullando sin querer los diálogos, pero poco importaba; la película no habría sido la misma sin él. También tuvo un papel destacado en el film Sondra Locke, una rubia de tipín que Eastwood había conocido poco tiempo atrás, y que había dado que hablar con su debut en The Heart Is A Lonely Hunter, que le mereció una nominación al Oscar. Sin embargo su carrera no acabó de despegar hasta que formó pareja (tanto artística como sentimental) con Clint. La actriz encajó muy bien como la hija "rarita" de puritanos, pero por desgracia tuvimos que tragárnosla en varios films de Eastwood en los que pintaba poco. También tiene un papel importante Will Sampson, el inolvidable "Jefe" de Alguién voló sobre el nido del cuco.

El fuera de la ley era un western en el que además Eastwood nos daba su primera visión de la Guerra de Secesión, y por ende, de las guerras en general, posicionándose en el lado antibelicista y centrándose en el modo en que el conflicto afecta a vidas particulares, algo no muy distinto de lo que haría en sus posteriores films bélicos, especialmente los dedicados a la batalla de Iwo Jima.

El fuera de la ley es un western de trasfondo realista (más de lo que pudieran serlo Infierno de cobardes o sus trabajos con Leone) pero que nos acerca a una leyenda que Eastwood recoge de la imaginería de todos los westerns rodados anteriormente, pero adaptándola a su idiosincrasia y a su interés por tratar de dar siempre una vuelta de tuerca al género. Josey Wales es el héroe solitario, inmiscuido en una guerra por venganza y que sigue sus propios códigos de honor, hijos de su tiempo, y, sin embargo, más nobles que los de su época, una era salvaje donde no sólo la frontera es territorio sin ley, sino que el mismo país civilizado se torna inhumano debido a la guerra.

Con todo, Josey, la eterna imagen del pistolero que decide luchar solo, devendrá, de la mano de Eastwood, y muy a su pesar, pero quizás no tan a disgusto como sus escupitajos quieren hacernos creer, en el líder de una extraña caterva de pioneros y exiliados (esos misfits perdedores que tanto gustan a Clint) que en medio del horror lucharán unidos para salir adelante y labrarse un futuro lleno de bienestar; ese pequeño futuro que juntado con otros pequeños futuros crean naciones.

Es en ese aspecto, y en algunos otros, en los que El fuera de la ley se convierte en un western atípico que en las manos de Eastwood se funde con la leyenda y la tradición del género para convertirse en algo nuevo. En El fuera de la ley aparecen indios que no son realmente el enemigo (nunca lo son en realidad; los pistoleros de Eastwood nunca dispararon a un piel roja). Su revisión en este aspecto no es muy diferente a la visión que Hollywood venía dando desde los 60 de los nativos norteamericanos, pero Clint una vez más da un paso más allá y su retrato de los indios es mucho más humanizado que el la mayoría de westerns anteriores o posteriores. Sus indios no son seres hieráticos y espirituales como monjes budistas; son seres humanos como cualquier otro, capaces de bromear y disfrutar de la buena vida, y de ponerse serios cuando toca. Sí, el jefe Lone Watie le relata a Josey la historia de sus desgracias causadas por el hombre blanco, pero también es un anciano al que le fallan las facultades de guerrero indio, y que no por ser mayor desdeñará los encantos de Moonlight, otra víctima, pero no sólo de los blancos, sino también (y esto es casi un hito hollywoodiense) de los propios indios.

En El fuera de la ley vemos que confluyen no sólo las enseñanzas que Eastwood obtuviera de Leone y Siegel, y muchos otros pequeños directores, sino que en la estupenda fotografía otoñal de Bruce Surtees (habitual de Eastwood hasta mediados los 80), la estación favorita de Clint para rodar westerns, comienza a quedar cada vez más patente que el refinamiento de Eastwood al rodar películas del Salvaje Oeste va de la mano con una presencia cada vez mayor del espíritu de John Ford, el maestro definitivo del género. Con todo, aunque en lo formal vaya cobrando peso la influencia del yanqui irlandés, Eastwood se dedicará a deconstruir todo lo que Ford había levantado anteriormente con su filmografía. En El fuera de la ley esa inquietante atmósfera de lo sobrenatural que rodea a sus héroes del western sigue presente, y de nuevo veremos en alguna escena suelta aparecer a Josey fuera de cámara, sin ruido alguno, como una aparición del más allá.


Momento Ethan de Josey Wales

El fuera de la ley también se diferencia de otros westerns en su posicionamiento respecto a la Guerra de Secesión. Sin ser un posicionamiento político, Eastwood, en su querencia por los personajes perdedores, se decanta por el Sur sólo por su condición de perdedor. En esta ocasión serán las tropas de la Unión las que cometan tropelías e injusticias, sobretodo a través de las guerrillas de los "Botas Rojas", un grupo paramilitar de Missouri que existió realmente, y que libraron su propia guerra de pillaje y destrucción. Ellos serán la causa de que Josey abrace el otro bando en la guerra, pero formando a su vez parte de una guerrilla de sureños. En este aspecto Josey se verá arrastrado al mismo pecado que sus enemigos, y por ello es conveniente que el espectador observe atentamente las imágenes bélicas que aparecen durante los créditos, en los que vemos a Josey quemando graneros y devolviendo el ojo por el ojo y el diente por el diente.

Personalmente, todo lo que pueda decir de El fuera de la ley sería poco. Es de los films preferidos del propio Eastwood, y no es de extrañar, porque la película es una maravilla de principio a fin. Tiene frases antológicas, personajes antológicos, momentos antológicos, y describir la gloria divina es más de lo que pueda hacer alguien como yo. El fuera de la ley es una obra inmensa, que inculcó muchos malos hábitos en jóvenes impresionables, a los que transformó en escupidores compulsivos. No queráis que os cuente ahora lo que significa El fuera de la ley para mí. Si queréis que lo haga, en todo caso buscadme frente a una cerveza fría o quizás más apropiadamente, un whisky.

Porque, en definitiva, y tal como dice el propio Josey, "todos morimos un poco en aquella guerra".

domingo, 15 de noviembre de 2009

Cuando los dinosaurios dominaban la Tierra (XXI)

Toad

Suiza tiene buen chocolate, montañas, calles limpias, agua cristalina, mucho oro y paraísos fiscales en forma de bancos. Y supongo que también debe tener una escena de rock, o la tuvo. No conozco demasiados grupos suizos. Imagino que habrá por allí mucho metal europeo y eso. Vamos, que no tengo ni idea del rock que se hace en Suiza. Pero los rockeros suizos de buen gusto debería tener al menos uno o dos discos de Toad en su colección. Y los españoles también, caramba.

Toad aparecieron allá por el 70 como una unión de cantones suizos, como debe suceder mucho por allí. Seguro que hablaban italiano y alemán. El guitarra y ocasional vocalista Vic Vergeat se junta con el bajista Werner Frohlich y el batería Cosimo Lampis y forman un trío primitivo y básicamente instrumental que llegará a sacar algún sencillo, para progresar a cuarteto en el 71 con Bens Jaeger, publicando su álbum debut, Toad. Los cuatro forajidos chocolateros dejaban las cosas claras desde el minuto cero con "Cottonwood Hill", un monolito de ocho minutos que comienza con un pesado riff de rapiña cosaca que alternan con un melódico entremés de guitarra navideña mientras la parte rítmica sigue trabajando el metal caliente, que a los dos minutos se transforma en un cambio como no vio el mundo hasta la caída de la Unión Soviética. Lo que sigue es un desparrame de cambios, solos, bajos locos y baterías prepotentes donde todo tiene lugar. No sé dónde porras está Cottonwood Hill, pero para mí es un estado de la mente.
"A Life That Ain't Worth Living" es un lento medio tiempo tintado con blues rock que recoge las típicas influencias de Led Zep, Small Faces, Jeff Beck Group y demás colosos del género. "Tank" es un trago de Montelimar a base de riffs arrastrados con un aire claramente Hendrix, "They Say I'm Mad" es un blues eléctrico en toda regla, y "Life Goes On" una autopista de once minutos con un poco de psicodelia como pasada por el tamiz Sabbath. El disco sigue con "Pig's Walk", un furioso y guitarrero boogie, que da paso a la última tonada del álbum, "The One I Mean", la típica balada de trobador de la época influenciada por los Beatles. En resumen, un pedazo de debut que encantará a los amantes de los sonidos de los grupos intocables citados.

Tras publicarse el álbum el amigo Bens se largó y en el interín llegó un trabajo en directo de la banda, que los puso sobre el montañoso mapa suizo; tras ese directo publicaban un segundo trabajo en estudio, Tomorrow Blue, del 73. El disco se abre con una marchosa tonada que bien podría recordar al gran Rory Gallagher, sobretodo en la intro. El segundo tema, "Tomorrow Blue" seguía en la línea del rock de pub irlandés, dando paso a un instrumental con violín, "Blind Chapman's Tale". "Vampires" recupera más del sonido cavernoso del debut del 71, y "No Need" es la locomotora guitarrera del disco como ya lo fuera "Pig's Walk" en Toad. "Change In Time" comienza como un tema de sonido hendrixiano, en el que acaban metiendo todo lo que se les pasa por la cabeza: ruidos, violines, silencios, acústicas... así hasta llenar doce minutos. La coda del disco es "Three O'Clock In The Morning", una corta pieza de piano. En los bonus tracks de las reediciones el disco viene con un par de inéditas y una curiosa versión de los Beatles, "I Saw Her Standing Her", que parece firmada por Status Quo.

El cierre temporal de la banda fue el disco Dreams, en 1974. Con los años irían apareciendo recopilaciones, directos y demás naranjas exprimidas, pero los discos que hay que tener son los tres primeros, empezando por su estupendo debut, que me huelo es el mejor de los tres. Dejad que el sapo entre en vuestros oídos; por suerte no todo en Suiza fueron Krokus.


sábado, 14 de noviembre de 2009

Rooster Cogburn, almas y armas

Quién lo habría podido decir un par de décadas antes, cuando John Wayne se convirtió en aladid de la "Caza de Brujas", que un día llegaría a trabajar con alguien como Katherine Hepburn, y en un western nada menos. Y sin embargo, ocurrió. Y no solo trabajaron juntos, sino que incluso parece que se lo pasaron bien. Eran los 70, las carreras de Wayne y Hepburn iban en declive, como el propio western, e imagino que a llegadas ciertas edades y en ciertas circunstancias la Hepburn debía ver más enemigos entre las nuevas generaciones de actrices que en alguien como Wayne, quien, al fin y al cabo, era una estrella del viejo Hollywood. Y, de todas formas, ya habían pasado 20 años desde la paranoia anticomunista. Quién sabe, quizás en el rodaje de El rifle y la Biblia empezaron a caer muros invisibles de los que nadie se percató. En fin, fuera así o no, El rifle y la Biblia es, cuanto menos, un western bastante curioso, y el penúltimo que el gran John Wayne llegara a rodar. Y el único en el que participó la también incomensurable Kate Hepburn. Dios les bendiga, hermanos y hermanas.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Jaiyek

Jeronimo fueron protagonistas de mis dinosaurios. Hoy, otro poquito más: "High Jack".



Por cierto, ya que algunos me preguntásteis por la autobiografía de John Huston, está publicada en castellano por Espasa-Calpe con el título de Memorias. Imagino que no será difícil de encontrar.

jueves, 12 de noviembre de 2009

La Guerra Fría, serie documental

Ahora que lo del muro de Berlín y la Guerra Fría están de nuevo de moda, es un buen momento para revisar la estupenda serie documental La Guerra Fría, compuesta por 24 episodios, que en su día emitieran Canal+ y Documanía.

Aunque la historia, como la informática, se va renovando cada pocos años, según aparecen nuevos libros, se desclasifican documentos y demás, La Guerra Fría sigue siendo toda una referencia respecto a ese período tan importante en nuestra historia reciente. La serie es norteamericana, y detrás se encuentra todo un Ted Turner, pero aun así se mantiene más o menos imparcial a lo largo de todos los documentales. Predomina el punto de vista occidental obviamente, pero proviniendo de donde proviene mantiene bastante las formas, sin demonizar en exceso a los soviéticos o ensalzando demasiado a los suyos. En algún momento no se puede evitar el que se note que está hecho por yanquis, pero con todo es bastante imparcial y muy recomendable. Además, la serie está teñida de grandes testimonios de la gente que estuvo allí, desde embajadores, ayudantes, secretarios y demás, hasta ministros y dirigentes, como puedan serlo Bush padre (creo recordar que llegaba a salir), Gorbachov o Fidel Castro, sin duda el que más rockea. Sus apariciones son aplastantes.

La serie está en Google videos para quien desee verla; yo os dejo con el primer episodio, de todas formas ahí tenéis también la lista de episodios por si queréis ir buscando.

Capítulo 01: Enemigos históricos (1917-1945)

Capítulo 02: El telón de acero (1945-1947)

Capítulo 03: El plan Marshall (1947-1952)

Capítulo 04: Berlín (1948-1949)

Capítulo 05: Corea (1949-1953)

Capítulo 06: Comunistas (1947-1953)

Capítulo 07: La herencia de Stalin (1953-1956)

Capítulo 08: Sputnik (1949-1961)

Capítulo 09: El muro (1958-1963)

Capítulo 10: Misiles en Cuba (1959-1962)

Capítulo 11: Vietnam (1954-1968)

Capítulo 12: Destrucción mutua asegurada (1960-1972)

Capítulo 13: Haz el amor y no la guerra (´60)

Capítulo 14: La primavera de Praga (´60)

Capítulo 15: China (1949-1972)

Capítulo 16: La Distensión (1969-1975)

Capítulo 17: Africa y Oriente Medio (1967-1978)

Capítulo 18: Intrigas en Latinoamérica (1954-1990)

Capítulo 19: El despertar de la solidaridad (1977-1981)

Capítulo 20: Los soldados de Dios (1975-1988)

Capítulo 21: Los espías

Capítulo 22: La guerra de las galaxias (1980-1988)

Capítulo 23: La caída del muro (1989)

Capítulo 24: Conclusiones (1989-1991)


Y quién lo quiera aun más fácil, os dejo una página con enlaces para descargársela. Y quien prefiera bajársela por otros sitios, ¡que se busque la vida!
Eso sí, os la recomiendo de todas todas.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Prince of Persia

Supongo que ahora que se acerca la versión cinematográfica (trailer) del videojuego de la mano del rey del cine palomitero Jerry Bruckheimer es un buen momento como cualquier otro para recordar el Prince of Persia original, un clásico de los videojuegos de los primerísimos 90.

Lo descubrí en clase de informática, y todavía recuerdo lo frustante que era que no se pudiera guardar la partida en las primeras pantallas. Si te atravesaba un pincho moruno o un guardia joputa te daba con el estoque, ala, ¡a volver a la primera pantalla! Podía llegar a resultar desquiciante. A lo que había que añadir el tiempo límite que tenía nuestro descamisado héroe para salvar a la princesa del malvado ministro Jaffar, un tipo oscuro y ambicioso al estilo "gurtel" que quería lograr mediante el matrimonio lo que no podía lograr mediante los votos, más que nada porque en la Persia aquella no había tanta democracia como la hay hoy.

En fin, de todas formas el Prince of Persia era muy entretenido, la movilidad de personaje era la repera y, vaya, a quién no le gusta ir sorteando trampas y pasando niveles, como en las colas de la administración pública. De hecho creo que estuvieron a punto de desarrollar aquí un Prince of Ministerio que no cuajó por falta de fondos. Se los llevaría el Jaffar de turno. Porque apuesto a que no sabían que bajo su turbante y su negro traje de visir el amigo Jaffar se peinaba como Mario Conde. Que de conde a visir no hay tanto.


For those about to ostiarse, we salute you

Vaya, qué buenos tiempos aquellos de juegos que no se podían "salvar" y de luchas contras guardias jurados persas (que tienen la misma mala leche que los de ahora), esqueletos y demás gentes de mal vivir. A las próximas vacaciones larguillas igual me animo a volver a rescatar a la jodía princesa.

Bueno, pensándolo mejor, por qué no ahora mismo (enlace visto en Enrolados). Por cierto, ¿en Persia usan persianas?


Saltar o no saltar, that is the question

lunes, 9 de noviembre de 2009

El muro pt. 2

Fue una de las confusiones más famosas de la historia la que acabó de precitar unos acontecimientos que claramente ya habían desbordado a las autoridades de la Alemania del Este en lo que fue un proceso global de desovietización de la Unión Soviética que había pasado por Polonia y Hungría, era un camino incierto, y las interveciones desde Moscú en Budapest y Praga no habían sido olvidadas.

Mis recuerdos de aquellos días son algo confusos; sí recuerdo que las noticias no paraban de llegar, y cada dos por tres estábamos pegados a los televisores. Sabía que era algo importante, pero desde luego no era consciente de todo lo que implicaba el hecho de aquel 9 de noviembre unos alemanes de un lado pasaran a otro lado ante la atónita mirada de unos guardianes entre los que había reinado la confusión, confusión que había ido pasando de escalafón en escalafón desde el mismo Politburó, con el anuncio precipitado de Günter Schabowski incluido. Sin duda aquellos momentos debieron de los más felices de la historia de Alemania, y también de los más ineficaces y confusos. Algo a lo que estamos acostumbrados por aquí, desde luego.

Veinte años después, se sigue hablando de dos Alemanias. No en lo político, pero si en lo económico y en lo social. Hay descontentos y nostálgicos, problemas de paro, distintas visiones de la vida, neocomunistas y neonazis... al fin y al cabo, todo sigue estando muy reciente. Pero ahí sigue esa nueva Alemania, poderosa como antaño, y, de momento, sin ganas de invadir a nadie. El muro físico ya no está, el psicológico tal vez tarde más en caer, pero por lo general seguro que están mucho mejor. Y la cerveza sigue estando tan fría como siempre y las alemanas siguen tan rubicundas como siempre. Y espero que siga así, que algún día me quiero pasear por lo que en su día fue parte del Telón de Acero sin trabas ni documentos, así en plan Los Rodríguez.

Bien, evidentemente, y aunque siempre venga muy al caso cuando se habla del Muro de Berlín, el muro de The Wall de los Pink Floyd no era precisamente la división de cemento y hormigón de la vieja capital alemana, sino un muro de las fobias y extraña paranoias de la mente de Roger Waters. Con todo, la prefiero mil veces al "Winds of Change" de los Scorpions. A los de Klaus Meine no los relaciono con Berlín, sino con Tokyo, pero ésa es otra historia.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Noche con Junkyard

¿De dónde han salido los Babylon Rockets? Estupendos teloneros la otra noche mamando de clásicos, y a pesar de que mi amigo en su particular cruzada en busca del Santo Grial de la Originalidad y la no-copia-gonzalez-syndicate se queje de son los mismos riffs mamaos de Faces, Rolling y esa gente, y me meta a los Green Day por enmedio, con lo bien que lo hacen, su machigún y su profesionalidad, yo no necesito más.
Por lo demás, lleno en la sala (aun más gente que la otra vez... aquí pinchan los condones más que llenarlos, pero si hay lleno hay que decirlo orgullosamente al menos) para ver a los fenomenales Junkyard, que dejaron las cosas en su sitio y rockearon de lo lindo, y nos pusieron las pelotas contra la pared. David Roach vino más rellenito pero pletórico de carisma y saber hacer, y ya he decidido que cuando sea mayor me dejaré una barba de Papa Noel del rock sureño como Chris Gates, que además se saca unos solos de la manga chiripitifláuticos. Y en la rítmica y bajo había una división de Josh Homme convertido en rockabilly y en el añorado Lux Interior con anabolizantes y una gran resaca de fiesta playera. Vamos, que Junkyard se salieron por todos lados. Y de regalitos, una acojonante "Ace of Spades" y otra que también bordan, "Sonic Reducer". Viva el rock. Y las chicas lindas en los conciertos. Y las camareras lindas. Y una foto de una pintada genial que espero que me pase el enemigo de las Xerox.


Aguirre le hace la cobra a Gallardón

Y es curioso la de chorradas que dijimos en un momento cerveceando en un bar esperando a que comenzara la cosa. Ahora no me acuerdo de ninguna, pero lo bien que lo pasemos, oye. Si es que somos de gustos simples. Bueno, me acaba de venir a la mente una bastante chorra. La del niño feral criado por los lobos, y que acaba cantando texmex. Bueno, quise decir Los Lobos. Sí amigos, triste pero cierto. Pero y lo bien que lo pasemo.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Sicko (2007)

Michael Moore, ese tipo que cada vez se parece más a un Carlos Jesús sin perillita de alucinado, volvía a la carga en su cruzada contra los republicanos y una Norteamérica (más concretamente, unos Estados Unidos) más justa hace un par de años con Sicko, un nuevo documental que en esta ocasión no era un alegato anti-Bush (aunque en realidad todos sus documentales lo son) sino una llamada de atención sobre el desastro sistema médico de la primera potencia mundial.

¿Es Michael Moore un demagogo? ¿Un documentalista que dice las verdades del barquero? ¿Un simple retratista de la realidad? ¿Un ilusionista que usa cámaras en vez de cartas? ¿Un foribundo izquierdista antirrepublicano que tergiversa la verdad para adaptarla a su misión divina? ¿Un grano en el culo de la derecha más derecha de Estados Unidos? Quizás. Quizás sea todo eso, quizás nada, quizás en parte.

Lo que está claro es que Moore no es un documentalista al uso. Con el estreno de Fahrenheit 9/11 dejó claro (tanto en la película como en declaraciones en la época de su estreno) que su finalidad era que George W. Bush no saliera reelegido. No lo consiguió, pero dejaba claro que Moore no es un documentalista normal. Como diría Elwood Blues, Moore está en una misión de Dios, y con ese claro objetivo en mente (esto es, denunciar injusticias y tocarle las pelotas a los republicanos) se monta sus documentales en los cuales no creo que mienta directamente (puede que en algunas cosas, esto es una opinión y no un fruto de un estudio sesudo sobre su obra), pero desde luego sí me parece más probable que diga medias verdades, y de que aunque su verdad principal (esto es, la de sus documentales) sea cierta, quizás en ciertos detalles no pasen la prueba del algodón.

Lo cual no quita para, permítanme la redundancia, sea cierto que Bush era un presidente lamentable, o que Estados Unidos tiene un problema con las armas y la medicina. Desde el punto de vista europeo al ver sus documentales, muchos llegamos a la conclusión de que, aparte de que muchos americanos parece que están completamente locos, los documentales de Moore no hacen sino refrendarnos en la imagen que muchos tenemos de los States, el país del gran jefe blanco.

Desde luego como europeo, al acercarse a los documentales de Moore no hay que olvidar que son documentales hechos por un yanqui para yanquis, especialmente para que ciertos yanquis abran los ojos. Para ello, sí, el orondo director juega sucio, pero más sucio juegan los políticos (parece que los republicanos más, pero vamos tampoco pondría la mano en el fuego alegremente por los demócratas) a los que se suele enfrentar.

Pongamos un ejemplo de Sicko. Pero antes, quisiera decir lo bueno que es Michael Moore en lo suyo. No sé si será el primero director estrella de documentales, pero estoy seguro de que la mayoría de nosotros apenas podrá nombrar a otro director de documentales tan afamado. Las razones son muchas. Primero, es estadounidense, toca temas polémicos en su país, y cualquier cosa o persona que se haga famosa allí es susceptible de que se haga famosa aquí, más cuando ese país tiene un presidente que, digamos, no es demasiado querido en el resto del mundo. Segundo, es muy bueno en lo que hace. A veces de forma sutil, a veces tan in-your-face como un eructo, Moore introduce en sus documentales gestos y escenas realmente inteligentes, osados, o porculeros; a veces son cosas obvias, pero en esos casos la inteligencia radica en el cómo.

Vayamos al ejemplo que decía. Moore, con su par de huevos gigantes, hablando del sistema médico en Estados Unidos, en determinado momento nos mete el 11-S (!!) al coger a unos cuantos voluntarios que trabajaron en las ruinas de las Torres Gemelas para ver cómo les trata la Sanidad y, en general el gobierno estadounidense. El grupo de voluntarios que nos muestra están tan jodidos como cualquier demócrata sin seguro médico. ¿Y que hace con ellos? ¡Se los lleva a Guantánamo, y de refilón, a Cuba! Vaya tío; no me negaréis que no es buena jugada. Si moral o inmoral, cierta o no cierta, o demagógica, ahí no entro, pero como jugada, es todo un gambito de dama.

Y los que ya conozcáis el cine de Moore imaginaréis como es el tono de Sicko; más o menos como lo de Guantánamo. Moore comienza por enseñarnos algunos casos aberrantes de enfermos o accidentados que no recibieron tratamiento médico alguno por no tener seguro, para pasar a mostrarnos declaraciones de antiguos médicos y trabajadores de aseguradores médicas en las que el único objetivo es hacer dinero y evitar gastos, con lo que hay agentes especializados en investigar casos de sus asegurados y buscar maneras en las que negarles el tratamiento. Médicos que hablan de cómo recibían primas no por los pacientes atendidos, sino por lo contrario, por los pacientes a los que negaron el tratamiento, ahorrando así muchos dólares a sus compañías.
También nos muestra los casos de aquellos que, pese a estar asegurados, no recibieron tratamiento por tal o cual cuestión, desde la letra pequeña o casi cualquier enfermedad previa a muchos casos de enfermedades que no están cubiertas por los seguros. Todos estos casos, más los de aquellos que carecen de seguro, llevan no sólo a la muerte de muchos, sino a la ruina económica de familias enteras. ¿Y quién es el culpable de todo esto? Bueno, para empezar, cómo no, él, el Gran Magus del infierno, ¡Nixon! El hombre malo que terminó del todo con la Seguridad Social yanqui. ¿Cierto? ¿Falso? La verdad es que no lo sé, no me extrañaría que fuera cierto. Pero cuando salió su careto en la pantalla no pude evitar reírme.

El siguiente gran paso de Moore en su documental es el obvio: comparar el sistema médico de los Estados Unidos con el de los vecinos de Canadá, esa especie de yanquis europeos que viven al Norte, para luego seguir con la de Gran Bretaña y Francia. Con la de España no, fíjate. Pero bueno, aunque quizás esas seguridades sociales no sean tan perfectas como las pinta Moore (al menos la española no lo es, desde luego), siguen siendo toda una bendición y un paraíso del bienestar social en comparación a lo que tienen los yanquis. Da miedito imaginarse el vivir en los States sin seguro. Eso casi parece más letal que vivir junto a un campo de prácticas de la NRA. Por último, Moore nos hace su jugada cubana, en plan Capablanca, y se pregunta por qué en los Estados Unidos no pueden tener un sistema similar.

Sicko es un film del 2007, pero es interesante verlo hoy, en pleno 2009, con un presidente negro en la Casa Blanca que quiere intentar mejorar, aunque sólo sea un poco, el sistema sanitario americano. Para impedirlo los republicanos han montado campañas de (imposible llamarlas de otra manera) desinformación que ríete tú de los documentales de Moore. Michael Moore es bueno, pero entre los republicanos los hay que le ganan, al menos en desvergüenza.

Pues así estamos, o más bien están ellos, en eso de ver si Obama puede sacar adelante un simple parche a un sistema médico bizarro, mientras los más radicales hablan de comunismo y de falta de libertades, y del gran coco estaliniano que vendrá si los yanquis tienen que pagar más impuestos por una Seguridad Social que dirá a todo el mundo lo que tiene hacer. ¿Se llegará a cambiar algo, o permanecerá todo igual? Yo soy pesimista al respecto, pero en fin, quién sabe. Si hay un negro en el poder igual dentro de cien años los yanquis más yanquis aceptan eso del modelo médico europeo y tal.

Con Sicko Moore ponía de nuevo el dedo en la llaga, y ofrecía lo mismo de siempre, un producto que gustará a sus seguidores y asqueará a sus detractores. Seáis lo que seáis, ya sabéis lo que os váis a encontrar si la véis.

Por cierto, estaría bien que alguien hiciera un documental sobre hasta qué punto influyó el dinero y las armas yanquis en el desarrollo europeo de su bienestar social tras la Segunda Guerra Mundial. Seguro que habría resultados interesantes.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Canción para Jeffrey

Mick Jagger, un enano, y todos los demás. Ya habría estado bien que hubiera habido circos así cuando era un criajo. Y Jethro Tull. Siempre grandes. Y Tony Iommi con sombrero blanco. Pero su lugar estaba en otro lado...

Every day I see the morning come on in the same old way...

jueves, 5 de noviembre de 2009

Bésame, tonto (1964)

Decía Cameron Crowe de Bésame, tonto que fue un film en el que Billy Wilder y I.A.L. Diamond buscaron sus límites, y los límites les aplastaron. La película era una adaptación de una obra cómica italiana de época, llevada a la Nevada de los 60, y desde el principio fue un rodaje problemático. El argumento del film, con equívocos sexuales y una especie de intercambio de parejas, suscitó muchas críticas, y tanto público y crítica como el mismo Wilder parecieron coincidir en que Bésame, tonto era un trabajo para olvidar.

Para cuando inició el rodaje de Bésame, tonto Wilder llevaba enlazados varios clásicos sublimes (Testigo de cargo, Con faldas y a lo loco, El apartamento, Uno, dos, tres e Irma la dulce), pero en esta ocasión las Musas parecieron levantar un poco la mano protectora que habían tendido sobre el austríaco. Para colmo, Wilder optó por darle el papel del marido profesor de piano a Peter Sellers tras la imposibilidad de contar con Jack Lemmon. La relación con Sellers no fue buena, y sus improvisaciones chocaban de lleno con el método del director, lo que llevó a inevitables tensiones en el plató. Finalmente Sellers sufrió un infarto y abandonó el rodaje, y Wilder decidió volver a rodar las escenas filmadas con Ray Walston, un actor de Broadway bastante popular por entonces gracias a la serie Mi marciano favorito.

Aunque Wilder no pareció quedar del todo contento con la sustitución de última hora, pasó buenos momentos en el rodaje gracias a las ocurriencias de Kim Novak y sobretodo de Dean Martin, con quién el director congenió enseguida. Sin embargo el producto final se resintió de un guión que tal vez estaba demasiado encorsetado, y de las continuas presiones de ligas católicas y censores sobre tal o cual escena o sobre el escueto vestuario de la Novak.

Con todo, Bésame, tonto podría haber sido una simple comedia de almohadas como las que protagonizaban Rock Hudson y Doris Day de no haber sido porque al fin y al cabo el guión llevaba la firma de Wilder y Diamond, lo que asegura unas cuantas escenas memorables y algún que otro diálogo inteligente. Pero, finalmente, lo cierto es que Bésame, tonto no es Con faldas y a lo loco.

Aun así, ¿cómo no echarle un vistazo a un film que lleva la firma de Wilder? ¿Y cómo no disfrutar con un gran Dean Martin que se lo pasa en grande interpretándose a sí mismo (sin ir más lejos su personaje es un cantante de Las Vegas llamado Dino)? Por no hablar de la robusta espectacularidad de Kim Novak, cuyos contoneos y modelitos de suelta camarera de bar indignaron a muchas "gentes respetables" de la época. Pobrecillos, no se dieron cuenta de lo divina que era Kim.

Bésame, tonto, no es un film histórico, pero tiene sus momentos; momentos Dino, y momentos Kim...

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Cine y ciencia-ficción

Un monolito, un potente rayo destruyendo la Casa Blanca, una espada láser, un cohete en el ojo de una Luna antropomórfica, naves en llamas más allá de Orión, un cyborg asesino venido del futuro, una máquina del tiempo, sociedades distópicas, muchas veces terribles; un alienígena de potentes mandíbulas, vainas autoreplicantes, replicantes a secas, turistas marcianos con aviesas intenciones, insectos y mujeres gigantes, pilotos de cazas espaciales, y, por supuesto, platillos volantes… si no todas, muchas, o al menos algunas de estas imágenes le serán familiares, aunque no sepan a qué película pertenecen, y permanezcan tal vez en algún brumoso rincón de su memoria. Pero si alguna parte de esta no demasiado somera lista le ha resultado familiar, usted, querido lector, ha contemplado, aunque sólo sea una vez en su vida, imágenes o escenas de una película de ciencia ficción, un género denostado y, con todo, tradicionalmente de los más populares de la historia del cine. Tal vez por esa misma razón a la ciencia ficción se la haya considerado en quizás demasiadas ocasiones como un género menor, pero a lo largo de toda su existencia ha cumplido con uno de los principales mandamientos de la industria del cine (entretener) y en más ocasiones de las que creemos nos ha dado verdaderos clásicos del cine, que nos han hecho reflexionar sobre temas morales o existenciales como pocas cintas de otros géneros lo han logrado. Sí, la ciencia ficción es un venerable género que ya hace mucho que alcanzó la mayoría de edad en el cine, y por ello no debemos avergonzarnos el disfrutar con historias de pequeños seres verdes o inventos imposibles. Porque, si bien no sabemos si nuestro vecino oculta en su interior a una especie de lagarto, muchos inventos imposibles acaban siendo posibles y, al fin y al cabo, la ciencia ficción, amigo, vino al cine para quedarse.

Ciencia ficción y cine han caminado de la mano desde los primeros tiempos del cinematógrafo. En cuanto comenzaron a vislumbrarse las posibilidades del nuevo invento de los Lumière en Europa y de Edison en Estados Unidos, los precursores del cine comenzaron a usarlo como un nuevo medio de narración, todavía en pañales, experimentando técnicas y tramas. Contemplar a un regador mojado por su propia manguera podía estar muy bien, pero los guiones propios podían no caer en gracia al público, una vez que éste, pasado ya el primer momento de fascinación por el nuevo invento, demandaba buenas historias, o, al menos, historias entretenidas. Fue así como aquellos pioneros vieron en la literatura una fuente de inspiración, un paraíso de historias y cuentos. Adaptar algún conocido clásico literario para la gran pantalla contaba con la ventaja de no sólo no tener que pergeñar nuevas historias, sino que uno podía casi asegurarse el favor de la audiencia. Además, fabricando versiones filmadas de novelas u obras de teatro era ciertamente más prestigioso que filmar a regadores regados. Fue en aquel mismo momento iniciático para la narración fílmica cuando surgió el eterno debate entre entretenimiento (y ganancias) y la calidad, el arte. Pero ésa es otra cuestión. Lo cierto es que desde el mismo momento en que los primeros directores de cine comenzaron a adaptar obras literarias, la ciencia ficción entró en el saco, pues el género formaba parte de la literatura desde hacía mucho tiempo.

Establecer exactamente de cuantos años hablamos al hablar de ese tiempo es algo que los críticos y los entendidos llevan analizando, estudiando y debatiendo desde hace, también, mucho tiempo. E incluso, en ese difícil proceso, se especula con la cuestión de si la ciencia ficción es un género por sí mismo, o un subgénero, un vástago del género fantástico. De momento digamos que la ciencia ficción es, efectivamente, un género en sí mismo. Pero, ¿qué es la ciencia ficción? ¿Cuándo se escribió el primer relato de ciencia ficción?

La ciencia ficción, como su propio nombre indica, es un relato de ficción que incluye, de algún modo, uno o varios elementos relacionados con la ciencia y la tecnología. Puede narrar historias que desafíen las leyes conocidas de la naturaleza en un grado muy amplio; la historia en cuestión puede plantear como verdades ciertos axiomas o situaciones que un científico pudiera considerar como posibles en un futuro más o menos cercano o quizás lejano, o, por el contrario, narrar unos hechos que directamente contradigan toda verdad científica. Desde una máquina del tiempo, a pequeñas criaturas del espacio exterior, o monstruos de naturaleza o creación tecnológica, la ciencia ficción utiliza y ha utilizado muchas ideas e instrumentos, pautas, leyes físicas, supuestos, especulaciones, características, partes de otros géneros, y muchas otros elementos, casi interminablemente, de tal modo que delimitar los parámetros de acción de dichos relatos es imposible. La ciencia ficción, por definición, cuenta con unos recursos casi ilimitados para alterar las reglas de nuestro mundo, sean las físicas, o las narrativas. Por ende, la ciencia ficción cuenta con una gran multitud de subgéneros. Algunos de los más importantes se irán viendo aquí poco a poco.

Así pues, ¿Cuándo comenzó la ciencia ficción como género? Es una pregunta cuya respuesta dependerá de a quien se la formule. También dependerá de lo que se considere como ciencia ficción, una etiqueta cuya definición y estudio a niveles casi micrométrico puede, y de hecho tiene, una línea más fina que la que separa a las partículas atómicas. Algunos, para hablar de los orígenes de la ciencia ficción, se remontarán a la mitología antigua, a relatos de Luciano de Samosata o Platón y su famoso relato sobre la Atlántida. Si le pregunta usted a algún hindú descreído tal vez le cite el Ramayana como obra de ciencia ficción; si inquiere a un medievalista tal vez le hable del Beowulf, o si le pregunta al director de la Royal Shakespeare Company tal vez le cite La tempestad, una obra que, por cierto, sí inspiró uno de los grandes clásicos del género. Otros tal vez aludan a la obra de Cyrano de Bergerac (el personaje real, no el de la nariz), y quizás un científico le hable del Somnium de Johannes Kepler.
Lo cierto es que todos estos ejemplos, y muchos otros que pudieran traerse a colación, tienen partes en común con la ciencia ficción: la temática, la trama, algún personaje… tal vez nos hablen de un viaje interplanetario o de algún tipo de máquina voladora, pero, ¿basta eso para etiquetarlos como ciencia ficción? De nuevo, una pregunta con muchas respuestas.

En muchas ocasiones lo que separa a la ciencia ficción del género fantástico es el uso de la tecnología, y de una tecnología bastante precisa, o, mejor dicho, de una tecnología contemporánea. Es decir, el hecho de que el dios Apolo viajara en un carro por los cielos podría considerarse como ciencia ficción, pero, aunque tan sólo sea por la cantidad de relatos, más que por otra cosa, los viajes interplanetarios han devenido en una pauta: los vehículos espaciales autopropulsados, por lo general con aspecto metálico, y que usan, en algún momento, o para cierto propósito, sino siempre, una corriente eléctrica. Es decir, la ciencia del término ciencia ficción suele ser bastante cercana, y la tecnología que se utiliza suele pertenecer a la era industrial. Como en todo lo que afecta a este los humanos, en esto también hay excepciones. Pero lo cierto es que la ciencia ficción, tal como la conocemos, pertenece a la era industrial. Es decir, básicamente nació en el siglo XIX.

Podría haber comenzado, por ejemplo, con un invento, y un científico. Un invento que modifique el entorno o a seres de un modo que la ciencia y tecnología contemporáneas al autor no pudieran modificar. De hecho, de un modo que todavía hoy sigue siendo imposible de reproducir. Se trata, en verdad, de prácticamente el nivel tecnológico y evolutivo máximo al que pueda aspirar el ser humano: sustituir a Dios. Sí, la ciencia ficción bien podría haber comenzado con el relato de un científico que devuelve a la vida a un cadáver, o a un cuerpo hecho de cadáveres. Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley, pudiera haber sido el primer relato de ciencia ficción. De hecho, muchos autores así lo consideran. Iinauguró un subgénero que comparten tanto el género de terror como el de la ciencia ficción: el género de científicos locos. Edgar Allan Poe, padre de tantas cosas, también podría tener su parte de culpa en la creación del género con su relato La incomparable aventura de Hans Pfaal. Lo cierto es que a lo largo del XIX fueron muchos los pequeños autores que con sus relatos contribuyeron a ir añadiendo granitos de arena al nuevo género. Francia parecía ser el centro de la ciencia ficción con autores como Victor Hugo o C.I. Defontenay. No es de extrañar, pues, que de allí surgiera el que para muchos es el primer gran autor de ciencia ficción, y quien, todavía hoy, para muchos todavía es el maestro del subgénero de la anticipación: Julio Verne.

No creo que Julio Verne necesite presentación a estas alturas. Fue todo un best-seller en su época, y obras suyas como Viaje al centro de la Tierra, Veinte mil leguas de viaje submarino, o De la Tierra a la Luna, han devenido en obras esenciales del género de aventuras, y en verdaderas pioneras de la ciencia ficción. De hecho, su última obra publicada (¡nada menos que en 1994!), París en el siglo XX, un relato olvidado en un cajón y que le resultó demasiado sombrío y poco comercial al editor de Verne, hace gala de la prodigiosa intuición (y también, aunque no suela decirse, de las investigaciones y conocimientos del autor sobre los últimos avances científicos de su época) de Verne, y es desde luego un relato de anticipación (uno de los subgéneros por excelencia de la ciencia ficción) en toda regla.
Como suele suceder con cualquier cosa que se venda bien, el formidable éxito comercial de las obras de Verne multiplicaron las contribuciones a la ciencia ficción, aunque no necesariamente los motivos de los autores eran puramente crematísticos, pero sí lo eran, claro está, los de los editores. Tras la fecha de 1870 el centro mundial de la ciencia ficción comenzó a desplazarse de París a Londres. Fueron varios los autores británicos (como por ejemplo Olaf Stapledon) los que comenzaron a tomar el relevo con relatos y pequeñas novelas sobre mundos futuros, viajes a otros planetas y demás. Pero por encima de todos ellos destaca, obviamente, la obra de Herbert George Wells.

H.G. Wells creó verdaderos clásicos de la ciencia ficción, y su influencia en el género fue inmensa. Por lo general su obra no bebía tanto del género de aventuras como lo hacía la obra de Verne, y, aunque aventuras y ciencia ficción han ido siempre de la mano (he ahí otro nuevo subgénero, la “ópera espacial” o space opera), el determinismo que la tecnología más revolucionaria tenía en la historia de Wells remarcaba lo “científico” de sus historias, sin duda un elemento también en común con Verne, pero que, tal vez por esa ausencia o, quizás, moderación de los rasgos de la aventura decimonónica, parezca tener en la obra de Wells un peso más importante. Wells fijó para siempre en nuestro imaginario los viajes en el tiempo con La máquina del tiempo; buceó en el subgénero del “científico loco” en El hombre invisible, y, en cierto modo, casi predijo la ciencia genética con La isla del Doctor Moreau. Y, aunque no era la primera vez que en un relato literario o cuento algún ser de otro planeta o del espacio exterior visitaba nuestro mundo, Wells metió el miedo a las invasiones extraterrestres en el cuerpo del mundo con su obra inmortal La guerra de los mundos. También cultivó el género de la anticipación con obras como Cuando el durmiente despierta o Shapes of Things To Come. Ciertamente, muchos niños y adolescentes de finales del siglo XIX, futuros escritores de ciencia ficción, tuvieron en Verne, y quizás en mayor medida en Wells, dos espejos en los que mirarse, y de los que aprender. Así pues, para cuando el cine fue inventado, las semillas de la ciencia ficción ya estaban sembradas. Los directores de cine no tenían sino que ver a la planta crecer, y recoger sus frutos.

Si bien en la literatura puede haber mucha controversia sobre el inicio de la ciencia ficción como género, en el cine el comienzo del mismo parece ser mucho más diáfano. Aunque entre 1895 y 1900 pudieran filmarse cortos de unos pocos minutos que pudieran tener elementos de la ciencia ficción, los críticos suelen coincidir en apuntar a Viaje a la Luna, del francés Georges Méliès, como el primer film de ciencia ficción de la historia. La película narra el viaje que varios astrónomos realizan a la Luna en una cápsula espacial lanzada por un gigantesco cañón, y todas las maravillas que allí encuentran, lo que permitió a Méliès diseñar espectaculares escenarios teatrales, y, como en gran parte de su obra, poco a poco ir proporcionando al cine algunas de las primeras palabras del lenguaje cinematográfico. Viaje a la Luna tuvo un gran éxito tanto en Europa como en Estados Unidos, donde los técnicos de la compañía de Edison distribuyeron copias ilegales del film en lo que quizás sea el primer caso de piratería a gran escala de la historia del cine. Pero ésa, de nuevo, es otra historia. Méliès continuó haciendo cine (y ciencia ficción, como en Le voyage à travers l'impossible) hasta que se arruinó, pero para entonces ya había hecho historia.

El cine continuó aproximándose al género en los primeros años del siglo XX. Por ejemplo, con las primeras adaptaciones de una obra en cierto modo también precursora, El extraño caso del Doctor Jeckyll y Mister Hyde, o con el primer Frankenstein de 1910, o tres años después con A Message from Mars, adaptación de la obra teatral del mismo título. De cara a la década de los 20 el género comenzó a animarse de veras. Se citan obras como el perdido serial The Mystery Mind (no parece que fuera puramente ciencia ficción), Terror Island (¿Houdini haciendo ciencia ficción? ¡Por qué no! ¡Houdini era ciencia ficción en sí mismo!) o Algol, un film alemán en que un ser de otro planeta viene a la Tierra para dar a uno de los nuestros grandes poderes.
Pero sin duda el gran acontecimiento de 1920 en cuanto a ciencia ficción (aunque esto bien pudiera entrecomillarse) y cine se refiere fue El golem, la revisión cinematográfica germana del mito medieval del autómata que cobra vida, una especie de Frankenstein judío. En los siguientes años se produjeron películas con algún que otro elemento fantástico y, aunque fuera lejanamente, relacionado con la ciencia (personas que se mantienen jóvenes antinaturalmente, personas con extraños poderes, inventos locos, etc.), y se adaptó algún otro clásico literario como El mundo perdido o se ahondó en los inquietantes personajes con poderes, como por ejemplo El doctor Mabuse, de Fritz Lang. De hecho iba a ser el mismo Lang quien iba a otorgarle a la ciencia ficción cinematográfica un salto cualitativo enorme, oscureciendo esfuerzos similares como el del soviético Yakov Protazanov y su Aelita.

Metropolis, la oscura visión del futuro según Fritz Lang, se convirtió no sólo en uno de los títulos imprescindibles del cine mudo, sino también en el que quizás sea el primer gran clásico (o el segundo, si no queremos olvidar a Méliès) de la ciencia ficción, y desde luego la primera gran superproducción; de hecho lo fue tanto que la UFA casi fue a la quiebra. 1926, el año del estreno de Metropolis, estaba destinado sin duda a ser un año esencial en la historia de la ciencia ficción. Ese mismo año Hugo Gernsback fundaba la revista ‘Amazing Stories’, precursora en muchos sentidos, y que se convirtió en una columna del género, y en responsable de la era dorada (para la literatura) de ciencia ficción que estaba a punto de sobrevenir. El último film mudo de ciencia ficción de renombre fue High Treason, una película británica ambientada en una sociedad futura envuelta en una guerra entre grandes civilizaciones. Como muchos otros films de la época de transición del mudo al sonoro, High Treason contó también con una versión hablada.

La década de los 30 se inició con otra visión de la sociedad futura, en formato musical, titulado Just Imagine, o 1980 (Una fantasía del porvenir), protagonizada por una joven Maureen O’Sullivan. Un año después llegaría el Frankenstein de la Universal, seguida de cerca por la historia sobre un mono gigante, hasta que en 1936 Gran Bretaña producía La vida futura, sin duda el film de ciencia ficción por excelencia de los años 30, que se basó en una obra de H.G. Wells, contando además con la colaboración del propio Wells como guionista.

Mientras la gran contribución británica tenía lugar al otro lado del charco, en los Estados Unidos, los seriales, películas divididas en capítulos que habían tenido un gran éxito durante el cine mudo, comenzaron a languidecer, aunque ello no impidió el gran éxito de dos seriales de ciencia ficción. El primero fue el quintaesencial Flash Gordon, que adaptaba las aventuras del mítico personaje de comic que se veía envuelto en exóticas aventuras espaciales mientras trataba de proteger a la Tierra del malvado Ming, oriundo de, por supuesto, el planeta Mongo.
El otro gran serial, estrenado en 1939, fue Buck Rogers, protagonizado por un piloto que despierta en el siglo XXV, y quien por tanto deviene en piloto espacial, dispuesto a defender la Tierra de diversas invasiones alienígenas y otros peligros. Nacido como personaje de dos relatos cortos (que llegaron a ser publicados por ‘Amazing Stories’) y renacido como un comic, el piloto ganó enseguida una gran fama en casi todo el mundo, especialmente en los Estados Unidos. Tanto Flash Gordon como Buck Rogers comenzaron a mostrar la evolución del género, influido cada vez más por la cultura ‘pulp’ de comics y revistas como ‘Astounding Stories’ (otro pilar del sci-fi) que, a pesar de ser consideradas en la mayoría de casos como mero divertimento para jóvenes, albergaban ya relatos de futuros autores clásicos de ciencia ficción como Jack Williamson. Entre otras cosas, Flash Gordon y Buck Rogers definieron para el cine el concepto de space opera, un subgénero muy importante para el cine de ciencia ficción, tanto en los años 50 como en la mente de un tal George Lucas.

La Segunda Guerra Mundial cambió muchas cosas, y el panorama de la ciencia ficción, tanto escrita como filmada, no fue menos. Durante los 40 y primeros 50 nuevos y jóvenes autores de ciencia ficción destinados a ser clásicos comenzaron a publicar sus relatos (Asimov, Bradbury, Beaumont, K. Dick), reflejando en muchos casos los cambios que estaban teniendo lugar por doquier, y que iban a conformar una nueva sociedad, un nuevo cambio histórico, una nueva realidad. Con el final de la guerra llegó el comienzo de la Guerra Fría, y con ella, la Era Dorada de la ciencia ficción en el cine.

En 1950 el destino del futuro cine de ciencia ficción se jugó en una extraña batalla entre dos películas que, aunque con premisas similares, eran bastante diferentes entre sí. Todo comenzó con la producción de George Pal Con destino a la Luna, una producción más que importante sobre un viaje en cohete espacial a la Luna, y que había de ser rodado lo más fielmente posible a la realidad de entonces. El rodaje y futuro estreno del film fueron ampliamente publicitados, y el público comenzó a esperar con expectación la llegada de la película. Pero el rodaje se fue complicando, y en el ínterin un avispado productor llamado Robert Lippert, junto al co-productor y guionista Kurt Neumann, se sacaron de la manga tras un rodaje rápido y barato otro film de viajes espaciales, Cohete K-1, que lograron terminar y estrenar antes de que Con destino a la Luna llegara a los cines. Con esa poco caballeresca acción Cohete K-1 se convirtió en el primer film de la Era Dorada del cine de ciencia ficción, y, a pesar de su más bien poco realismo, y un sombrío aviso del peligro nuclear, se convirtió en todo un éxito de público. Cuando por fin la más positiva y ciertamente mejor hecha Con destino a la Luna llegó a los cines, el efecto sorpresa se había disipado. Cohete K-1 le ganó la mano, estableciendo las pautas para el resto de títulos que habían de venir. La aventura espacial y la paranoia ganaron al realismo científico por un cuerpo.
La ciencia ficción se convirtió de la noche a la mañana en el género de moda. Pronto todo Hollywood se dispuso a rodar sus propias películas de ciencia ficción. Había que aprovechar el filón mientras estuviera caliente. Durante esa década se produjeron decenas de películas de ciencia ficción muy diferentes entre sí, tanto en calidad como en la historia que contaban. Invasiones espaciales, científicos locos, seres mutados por la radiación, viajes interplanetarios… se crearon desde clásicos del cine de todos los tiempos como Ultimátum a la Tierra a producciones baratas y desquiciadas como Robot Monster, pero tanto unas como otras calaron hondo en un público deseoso de novedades y de disfrutar de las amenazas de seres extraños, que, aunque no vinieran del planeta rojo, tenían en su trasfondo el color carmesí del comunismo. El auge del cine de ciencia ficción pronto coincidió con el auge de la sociedad de consumo y la cultura juvenil. La imagen de la joven pareja norteamericana que disfruta desde su coche en un drive-in el visionado de una película barata de ciencia ficción se ha convertido en todo un icono de la era Eisenhower.

Al éxito de Cohete K-1 le siguieron, como hemos dicho, decenas de títulos, no siempre memorables, aunque en casi todos los casos entrañables. Junto a la mencionada Ultimátum a la Tierra cabe destacar El enigma de otro mundo de Christian Nyby (Howard Hawks nunca se atribuyó el mérito de la dirección), Invasores de Marte, Planeta Prohibido, El increíble hombre menguante, La humanidad en peligro o La invasión de los ladrones de cuerpos, para muchos la mayor metáfora sobre la amenaza soviética surgida de la Era Dorada del cine de ciencia ficción.
Con el cambio de década la Edad de Oro para el cine de ciencia ficción llegó a su fin. La fantasía tecnológica continuó con gran éxito y popularidad en la televisión (léase, por ejemplo, Star Trek) pero el público pareció cansarse de bajos presupuestos, tramas repetitivas, alienígenas cutres e historias cada vez más inverosímiles. Cuando Hitchcock se sacó de la manga esa maravilla titulada Psicosis, el gusto del público siguió al giro cinematográfico del director británico, y la ciencia ficción cinematográfica quedó, de momento, prácticamente finiquitada. Ya por entonces la realidad del espacio estaba convirtiéndose en algo más próximo, interesante y real que las marcianadas de Hollywood.
Ultimátum a la Tierra bien puede ser considerado hoy en día como un clásico, pero desde los tiempos de Metropolis el ciudadano medio consideraba a la ciencia ficción como un vacío entretenimiento para niños y adolescentes. Para que el cine de ciencia ficción pudiera por fin comprarse una cerveza hubo que esperar hasta 1968, cuando a un director de cine que precisamente consideraba dicho cine como pura basura le dio por demostrar al mundo cómo debía ser un film de ciencia ficción serio. Por supuesto, el director era Stanley Kubrick, y junto al escritor Arthur C. Clarke cambió el panorama de la ciencia ficción para siempre.

2001: Odisea en el espacio se convirtió por méritos propios en uno de los clásicos definitivos del género, tanto por su calidad cinematográfica y visual como por su trama, profunda y enigmática, de múltiples significados y explicaciones, conformando un film extraordinario que ha sido, es y será objeto de estudio por la crítica especializada y por cualquiera con un mínimo espíritu crítico.
2001: Odisea en el espacio era el fruto no sólo de la visión de un genio, sino seguramente también al consecuencia lógica de un presente que ya parecía ir, si no por delante, al menos sí de la mano del género. Aunque el fin de la Edad de Oro de la ciencia ficción en Hollywood tuvo muchas causas, no se podía ignorar lo obvio. Y es que con el lanzamiento del Sputnik al espacio por parte de la Unión Soviética y la consiguiente paranoia norteamericana, que dio alas a la carrera espacial, el hombre había comenzado a dar sus primeros pasos en el espacio, y la realidad parecía haberse tornado más excitante que la ficción. Todo ese proceso tuvo su culmen en la meticulosidad de Kubrick y en las fascinantes imágenes de 2001, que si bien hoy en día han sido superadas tanto por la técnica como por la propia carrera espacial, siguen siendo tan sugestivas como en el día de su estreno. Y si hablo de imágenes superadas, me refiero al tipo de superación que pueda haber conseguido la tecnología moderna con una funcional silla de fábrica, comparada con una artesanía en madera de estilo Luis XIV.
La historia finalmente ha rebatido la fecha y varias otras cosas, pero muchas otras de lo que podíamos ver en el film se cumplió apenas un año después, y otras llevan camino de cumplirse algún día. Kubrick y su 2001 se convirtieron en el referente en el cual el cine de ciencia ficción debía mirarse, y en la base de los efectos especiales que iban a dominar la escena en la década siguiente.

Tras 2001, y la popularidad de Star Trek, llegó el momento de las distopías, las predicciones del futuro y el Apocalipsis de la humanidad en el cine de ciencia ficción. El mismo Kubrick nos mostraba de nuevo un posible futuro adaptando La naranja mecánica, y desde el otro lado del Telón de Acero no tardaba en llegar lo que muchos han considerado fue la respuesta soviética a 2001, la recia, compleja y estupenda Solaris de Andrei Tarkovsky. En realidad no fue tal respuesta, pero también es cierto que ambas tienen algunos puntos en común, y ambas nos acercan a historias de ciencia ficción con un severo trasfondo de filosofía, religión o simples dudas humanas que las convierten en algo más que meros films de entretenimiento.

Lo cierto es que el impacto de 2001 abrió una segunda etapa de popularidad para la ciencia ficción en el cine, y aunque no se la ha tildado de Edad Dorada, tuvo desde luego muchos títulos, por supuesto no todos memorables, pero en muchas ocasiones sí entretenidos. Por regla general lo que caracterizó a gran parte de los films de ciencia ficción de la época fue un grado bastante importante de pesimismo y en los peligros que entrañaban tanto las armas atómicas como el mismo ser humano, todo en medio de un creciente escepticismo social y una anarquía económica con la Guerra de Vietnam como trasfondo.
La estatua enterrada en la memorable escena final de El planeta de los simios es un magnífico ejemplo de dicha actitud; a pesar de ser un film comercial y de entretenimiento, el cierre final era de marcado carácter pesimista, anunciando, de nuevo, como en los años 50, los peligros que amenazaban al futuro de la humanidad. Por tanto el cine de ciencia ficción en los primeros 70 se convirtió en un grupúsculo de historias oscuras que nos hablaban del futuro incierto que nos aguardaba. La humanidad corría riesgo de ser amenazada por diversas causas: las máquinas (Colossus: el proyecto prohibido, Engendro mecánico o Almas de metal), extraños virus del espacio exterior (La amenaza de Andrómeda) o con un más que posible origen humano (El último hombre vivo, un remake 70s de la adaptación del relato de culto Soy leyenda de Richard Matheson). También se incidía en el viejo axioma del hombre como lobo para el hombre, en cintas de futuros alternativos poco halagüeños como Rollerball o Cuando el destino nos alcance, destacando especialmente La fuga de Logan, un vistazo pop a una terrible sociedad futura donde la eugenesia es ley y práctica aceptada.

El subgénero apocalíptico tuvo, pues, un gran auge durante los 70, especialmente el que nos llevaba, como en el viejo relato de H.G. Wells, a una repentina prehistorización de nuestra sociedad, idea que tendría su gran referente a final de la década con el estreno de Mad Max, Salvajes de la autopista, aunque tuvo sus precursoras en títulos como A Boy and His Dog, Callejón infernal o Nueva York, Año 2012.
Por supuesto una de las tramas más clásicas del género, el de la amenaza alienígena, continuó siendo un referente durante los 70. Ahí tenemos por ejemplo títulos como Beware! The Blob o La invasión de los ultracuerpos, dos remakes de clásicos de los 50 con distinta fortuna en sus adaptaciones; La invasión de los ultracuerpos fue, probablemente, la película de invasión alienígena de los 70 por excelencia. Aunque fue a finales de la década cuando Ridley Scott saltó a la palestra internacional y al Olimpo de la ciencia ficción con la considerada por muchos mejor película con monstruo alienígena de la historia, Alien, el octavo pasajero.

No cabe olvidar que el mundo llevaba siendo amenazado por alienígenas y mutaciones desde los 50 gracias a Japón, donde el popular género del kaiju o kaiju eiga (esto es, el cine de monstruos gigantes) seguía vigente y en buena forma, con el sempiterno Godzilla al frente. Por otra parte, cabría citar aquí los intentos en el género de otros países ajenos a Hollywood, como por ejemplo Gran Bretaña (La tierra olvidada por el tiempo, El hombre que cayó a la Tierra) o incluso la misma España, cuyo cine había abordado en momentos puntuales la ciencia ficción prácticamente desde el comienzo de la indutria cinematográfica española. En la década de los 70 la ciencia ficción habló un poco de español en cine y televisión gracias principalmente a adaptaciones de clásicos (La isla misteriosa, Viaje al centro de la Tierra), guiones propios (El hombre perseguido por un Ovni) o films donde todo valía (Pánico en el Transiberiano).

La popularidad de la ciencia ficción durante los 70 provocó que muchos géneros se tiñeran con una capa de distinto grosor, según el caso, de ciencia ficción, tratando de ganarse espectadores adeptos al género de lo fantástico y lo imposible. Así, podíamos encontrar aventuras y conspiraciones en El día de los delfines, teorías conspiranoicas en Capricornio Uno, dramas sociales y alienación en The Stepford Wives, comedias (Dark Star) y hasta un western en Atmósfera Cero (Peter Hyams, 1981). Al igual que sucedió en los 50, cada película exitosa traía consigo imitaciones de calidad dudosa, y hubo muchos que trataron de sacarle partido al género. Sin embargo el género estaba a punto de vivir una, por decirlo así, Segunda Revolución Industrial, tras el puñetazo en la mesa de Kubrick, de la mano de dos directores amigos que formaban parte de una nueva clase de directores con estudios universitarios.

El año fue 1977, y tras aquel verano la ciencia ficción no volvió a ser la misma. Un desconocido llamado George Lucas logró sacar adelante un curioso proyecto que consistía en un cuento espacial en el cual volcó todas sus inquietudes de fantasía juvenil y recuerdos de niño fascinado ante la pequeña pantalla. Con La guerra de las galaxias Lucas retomaba la space opera y la llevaba más allá de Orión, modernizando los seriales de Flash Gordon y estableciendo la imagen en el espejo en que las posteriores aventuras espaciales debían mirarse. El éxito fue abrumador y Lucas no sólo se convirtió en un gurú hollywoodiense sino que fue el padre de la gran saga norteamericana de la ciencia ficción filmada junto a Star Trek, que volvió a revivir, esta vez en pantalla grande, gracias al éxito cosechado por Star Wars. El otro gran film de ciencia ficción de aquel año fue Encuentros en la Tercera Fase, dirigida por el Rey Midas hollywoodiense Steven Spielberg. Además de lograr otra muesca en su particular bastón de éxitos de taquilla Spielberg concibió lo que sería una más o menos realista visita de los alienígenas a la Tierra, estableciendo en su película unas pautas que de uno u otro modo han seguido todos los films con visitas alienígenas de por medio, desde la serie V hasta Independence Day.

Sin duda alguna La guerra de las galaxias y Encuentros en la Tercera Fase estaban destinadas a sentar base e influenciar a muchos y buenos futuros cineastas. La década de 1970 se cerraba con la prueba palpable del buen momento que había pasado la ciencia ficción a nivel popular con Moonraker, el film en el que James Bond salía al espacio exterior.

La década de los 80 significó por lo general una continuación de las premisas del género establecidas en la década anterior, ya fuera con la continuación de las sagas de Alien, Star Wars, Star Trek o Mad Max hasta nuevos remakes (La Mosca, Flash Gordon, La cosa), y nuevas incursiones en ideas establecidas por anteriores films de ciencia ficción, desde Galaxina o 1997: Rescate en Nueva York hasta Depredador o Están vivos. También se retomaron viejos conceptos como el del viaje en el tiempo (Regreso al futuro, El final de la cuenta atrás) o la naturaleza del hombre contrapuesta a la máquina (Robocop).

Fue en este último concepto en el que un joven James Cameron dio que hablar con su Terminator, que en medio de paradojas espaciotemporales tomaba el concepto del exterminador incansable de Almas de metal para contraponerlo al de una heroína madre del futuro salvador de la humanidad en lo que constituía una curiosa trama filosófico-religiosa. A finales de la década Cameron logró otro tanto con Abyss, una versión del contacto con un ente alienígena que esta vez tenía lugar bajo el agua, lo que permitió de paso un por entonces sonado avance en las técnicas infográficas aplicadas a los efectos especiales. Abyss constituye un ejemplo de los films que trataron de ofrecer una aproximación más original al género, de los que formarían parte la curiosa Tron, cuya trama se basaba en la incipiente industria de los videojuegos, al igual que Videodrome lo había hecho con los videocasetes.
A comienzos de los 80 Spielberg dio, de nuevo, mucho que hablar con E.T. el extraterrestre, que contaba la visita de un alienígena que en este caso no suponía una amenaza, más bien al contrario: la criatura era amenazada por nuestra raza. En la misma línea se encontraba el film posterior Starman.

Los futuros cercanos poco halagüeños continuaron teniendo su lugar en el cine de ciencia ficción de los 80, de la mano de cintas tan dispares como 1984, Brazil o Perseguido. Y se continuaron adaptando clásicos de la literatura de ciencia ficción, entre los que destacaron dos películas cuyas adaptaciones corrieron distinta suerte. Una falló, aunque ello no es óbice para que no haya contado desde entonces con una creciente legión de fans; Dune. La otra se convirtió en la que fue la mejor película de la década y una de las mejores del género.

Ridley Scott volvía a hacerse un hueco en la lista de clásicos de la ciencia ficción con Blade Runner, una formidable y ciclópea adaptación de un clásico de Philip K. Dick. A pesar de unos por entonces muy cacareados cambios forzados en el acabado final, Blade Runner es considerada por muchos como el film por excelencia del género. Los menos la consideran sobrevalorada, pero lo que es cierto es que el título siempre aparece en todas las listas, y junto a una trama compleja y con muchas significaciones y una estética neogótica que todavía influye a cineastas y gente de a pie, Blade Runner ostenta con orgullo el título de clásico del sci-fi.

Los 90, en cuanto a la ciencia ficción y el cine se refiere, significaron una continuación de los temas y tópicos anteriores y una diversificación de los mismos, con una notable mezcla de géneros y un número notablemente menor de grandes clásicos, a la par que los efectos especiales por ordenador abrían nuevas oportunidades para dar salida a nuevas y más complicadas historias a la vez que se abarataban costes.
La década comenzaba con uno de los grandes títulos de la década, Desafío total, una adaptación bastante libre de un relato de, una vez más, Philip K. Dick. Terminator 2: El día del juicio final significó un gran salto en la tecnología de los efectos especiales por ordenador, enterrando definitivamente el método tradicional que habían perfeccionado Kubrick o George Lucas. Los 90 vieron el establecimiento de una tendencia nacida en los 80, y que afectó a diversos géneros, especialmente a los más taquilleros. Las secuelas y sagas comenzaron a ser más habituales, los nuevos efectos permitieron que abundaran las diversas propuestas y los remakes de antiguos clásicos comenzaron a ser también algo a la orden del día; todo esto por lo general con un claro objetivo comercial que no siempre tenía en cuenta la necesidad de esas nuevas revisiones o simples producciones. Aun así, hubieron filmes que destacaron de algún modo, ya fuera por un novedoso uso de los efectos por ordenador o su simple espectacularidad (El cortador de césped, Independence Day) o por singulares u originales aproximaciones a los diversos subgéneros de la ciencia ficción ya establecidos en décadas anteriores, entre los que podríamos citar películas como Stargate, 12 monos, Gattaca o Expediente X: enfréntate al futuro, cuya importancia radicaba en el gran impacto que había tenido la serie de televisión en la que se basaba. Mars Attacks!, de Tim Burton, constituyó un divertido guiño a las películas de la Época Dorada de los 50, mientras que The Matrix se convirtió en la gran sensación de la década, junto a la rediviva saga de Star Wars.

Con el nuevo siglo las tendencias de los 90 se fueron agravando, no siempre para mejor, pero la degeneración, al menos en calidad u originalidad, de la ciencia ficción es concomitante al declive del resto de géneros del cine. Sus causas, posibles respuestas o soluciones queden para otro lugar o escrito. Lo cierto es que la ciencia ficción vive y ya sea con mejores o peores películas su futuro parece asegurado, aunque la mezcla de géneros o intertextualidad es cada vez más habitual, al igual que los títulos que no sólo no aportan nada sino que además entretienen poco. Aun así, la ciencia ficción es uno de los géneros que más se ha beneficiado de la revolución informática de los efectos especiales, ayudandólo a que siga vigente en mayor o menor grado.

Qué cabe esperar de la ciencia ficción en el cine es una pregunta que muchos nos habremos planteado, y cuya respuesta por supuesto sólo la deparará el futuro. Lo que parece claro es que la tecnología seguirá avanzando, y por tanto también los efectos cinematográficos, lo que resta es averiguar si ese avance se verá acompañado por las historias. Sea como fuere, la ciencia ficción está ahí esperando al posible espectador que guste de un mero entretenimiento compuesto de naves espaciales o seres de mundos extraños, pero también, aunque sea de vez en cuando, espera al espectador que gusta no sólo del entretenimiento y de la proeza visual, sino que además disfruta planteándose dudas y reflexionando sobre nuestra propia naturaleza como seres humanos y sobre cómo nos identifica como personas nuestras relaciones con máquinas, viajes espaciales, el espacio-tiempo y, quién sabe, algún que otro alienígena.

En definitiva la ciencia ficción cuenta, como cualquier género cinematográfico, con títulos que contentarían a cualquier fan medio del buen cine, aunque éste no sea un apasionado del género en cuestión. El error ha sido, y será siempre, relegar a la ciencia ficción como un género menor, cuando cuenta, como género cinematográfico, con verdaderos clásicos de la historia del cine. La ciencia ficción es, además, un género que, dadas sus particulares características y temas, cuenta con un potencial extraordinario que no todos los géneros tienen. Sólo resta que surja alguien que sepa explotar todas esas y, presumiblemente, maravillosas posibilidades.


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