sábado, 31 de julio de 2010

Robot Monster (1953)

The child is impertinent. Ro-Man haciendo gala de su mente alienígena superior.

Adventures Into The Future in New TRU-3 Dimension.
Incredible! Unbelievable! Told The Untamed Way! Publicidad de la época. No podría afirmarlo acerca de la primera frase (¿qué demonios es el Tru-3 Dimension? Seguramente una máquina de hacer palomitas que tenían allí. Quién sabe.), pero juro por mis antepasados que la segunda es una descripción veraz de lo que se puede encontrar uno al ver Robot Monster. Sí, es increíble, y desde luego, ¡está contada como les salió al ¿guionista? y al ¿director? de sus respectivos pares de meteoros!

Hay gente que nunca me entenderá, (en las reuniones caseras de amigotes mis propuestas de ver ciencia ficción 50s de Serie B suelen ser tomadas con escepticismo, por decirlo suavemente, aunque de vez en cuando logro salirme con la mía, ¡y sé que en el fondo los escépticos acaban disfrutando!), pero creo sinceramente que ver películas como Robot Monster es un ejercicio de inocente ilusión y sano entretenimiento, ideal para ser visto en grupo. Y bueno, pese a quien pese, la modernidad de esta clase de películas baratas es incuestionable. A tipos como Phil Tucker y Wyott Ordung (¿soy yo, o los nombres ya suenan a caradura de lejos?) no les hacía falta firmar ningún Dogma para reinventarse (leyendo entre líneas, cagarse en) las reglas cinematográficas de siempre, les bastaba con poner una nave espacial de juguete que se acerca a la Tierra manejada por una mano humana (¡que sale en pantalla! ¡bah! ¡Da igual! ¡A positivar! ¡Viva el espíritu de Ed Wood!) o llevar a la pantalla un guión que parece escrito por un chimpancé oligofrénico empapado en aguardiente de plátano. ¿Y qué decir del concepto del alienígena? ¡Un puto gorila con escafandra! Hicieron falta veinticinco años y el genio de H.R. Giger para ver en pantalla algo tan espeluznante.

En fin, todo en Robot Monster es simple, y el argumento no es precisamente una novela de Dostoievski. La Tierra es devastada y... pero un momento, vayamos paso a paso. Lo de la devastación de la Tierra tiene guasa. No sé, en realidad hay demasiados momentos de confusión en esta película, y la cerveza no ayuda. Pero juraría que la devastación de la humanidad consiste en una poética metáfora visual, digna de Orson Welles: ¡un par de dinosaurios (bueno, un par de lagartos con prótesis pegadas) luchando! Sí, amigos, right there, out of the blue! Algunos envidiosos incapaces de soñar una escena tan rompedora lo llamarían reciclaje de película y escenas sobrantes de otros films, pero yo lo llamo pura y absoluta genialidad, delirio cinematográfico y paroxismo narrativo. ¡Por dios, vaya carnaval de emociones! Y cuando crees que tu mandíbula no podría arrastrarse más por el suelo, ¡aparecen un par de triceratops dándose cornadas! Holy shit! ¿Es o no es eso espectáculo? ¡Me río yo de Avatar! ¡No, espera! Lo malo es que con los bichos azules no me río nada, ¡pero lo de los triceratops es el cagalse! Robot Monster, amigos, cinema verité en su máxima expresión.

En fin, analizar escena por escena la película daría para un libro entero, que digo libro, ¡daría para un par de folletos turísticos!. Qué decir de la relación de Ro-Man con su jefe, enfundado también en otro traje de gorila con casco (¿dije otro? ¡ay amigos! ¿no os dije que soy un inocentón?), y que apenas guipa los cutrísimos controles que tiene que accionar. Y el plan maestro para acabar con los seis últimos supervivientes de la humanidad (una cochambrosa familia que se ha construído una especie de bunker-chabola en mitad de un valle pedregoso) es digno de Aníbal: ¡humanos, salid, que os mataremos sin dolor! Y el pobre Ro-Man que no consigue dar con ellos, aunque de la impresión todo el rato de que la familia vive al doblar la esquina de la cueva donde el gorila del espacio tiene sus extrañas máquinas de risión masiva.

¿Y qué decir de la familia? El guaperas (es un decir) que se pasa casi toda la peli descamisado, ignorando el peligro y con una idea fija en la mente: calzarse a la tontísima hija de la familia. El niño impertinente, certeramente descrito por Ro-Man, y el padre científico que al perder a la hija pequeña no tarda ni dos segundos en decir eso de "el muerto al hoyo y el vivo al bollo". Y esa bonita escena de picnic, con el mantel de cuadros extendido sobre un paraje desértico lleno de rocas y piedras. ¡Maldita sea! Tal vez la civilización ya no exista, pero eso no es motivo para no salir a comer fuera, en familia.

Vamos, lo dicho, podría escribir párrafos y más párrafos sobre Robot Monster (por ejemplo, el final sorpresivo, un espejo en el que se han mirado desde entonces muchos guionistas vagos), pero nada de lo que diga podría siquiera describir el grado de enajenación fílmica que se respira durante toda la película. Lo mejor es que os sentéis con vuestras palomitas, cervezas y refrescos frente al televisor, y os dejéis llevar por la fascinante historia del gorila alienígena y la adorable familia de cernícalos. Quedáos con los matices interpretativos de George Barrows (uno de esos expertos actores con disfraz de gorila) enfundado en su traje, y, sobretodo, ¡no os olvidéis de disfrutar con la impagable Billion Bubble Machine! Una revolución técnica que sin duda abrió camino a la Industrial Light & Magic.

Por cierto, impagables también los rumores que rodean a esta película, como ése que cuenta que tras la malísima recepción de esta película (no entiendo por qué), el director, Phil Tucker, trató de suicidarse pegándose un tiro. Pero claro, como no podía ser de otra manera, ¡falló!

viernes, 30 de julio de 2010

Te he hechizado

- ¿Quién se le ha parecido?
- Anquetil. Hinault... Coppi, según dicen los que le vieron correr. Indurain, no. Demasiado calculador. Tampoco Armstrong, exclusivamente centrado en el Tour.

Aunque sólo tenga un huevo, Lance Armstrong es un tío con muchas pelotas y el mamón ganó siete Tours de forma insultante. Cosa que me revienta en cierta forma, pero bueno, ése es otra tema. Con todo, al final, él tampoco pudo igualar a Eddie Merckx.

Al fin y al cabo, Arthur Brown también tuvo que vivir a la sombra de Screamin' Jay Hawkins.

miércoles, 28 de julio de 2010

El perro rabioso (1949)

Tras la tercera y más larga huelga en los estudios Toho, que significaría el principio del fin del poder de los sindicatos comunistas, Akira Kurosawa había tratado de mantenerse activo mientras se solucionaba el conflicto. Había dirigido una obra de teatro, y durante el cese de actividad había aprovechado para fundar una compañía de producción junto a otros directores. En co-producción con los estudios Daiei Kurosawa se encargó de dirigir el primer film de la recién fundada compañía, Shizukanaru ketto, una adaptación de una obra de teatro que sirvió para poner por primera vez a Toshiro Mifune lejos de los papeles de gángster. Las Fuerzas de Ocupación obligaron a cambiar el oscuro final de la película, y por lo general Kurosawa no quedó demasiado contento con el resultado de la cinta.

Para su siguiente proyecto Kurosawa decidió rodar un film policíaco, situado, una vez más, en el Japón de posguerra. Para elaborar el guión el director juntó fuerzas esta vez con Ryuzo Kikushima, un escritor que se convertiría en un estrecho colaborador en los siguientes veinte años. Kurosawa era un gran fan del género policíaco, y le encantaban las novelas de George Simenon. Con El perro rabioso Kurosawa quería rodar una historia de ese estilo, en la que el espectador sigue paso a paso junto con el investigador las pistas que le llevan finalmente al criminal.

La trama gira alrededor de un Colt que le es sustraído en el autobús al novato detective Murakami (interpretado por Mifune). Tras los créditos iniciales en las que aparece un perro jadeante, Kurosawa nos sumerge directamente en la trama con una voz en off que explica el caso a la par que se suceden las imágenes del robo. La introducción de la película podría recordar a un típico comienzo de Hitchcock si no fuera porque el director japonés no se conforma con presentar la historia de una forma puramente visual. Una vez planteada la simple trama el resto de la película girará alrededor Murakami y su investigación, a la que se sumará el veterano detective Sato (un estupendo Takashi Shimura que, salvando las muy abismales distancias, logra conformar a una especie de policía tranquilo como si de un Colombo nipón se tratara). La investigación pronto les llevará a una clave que se centra en una bailarina de cabaret, interpretada por la adolescente Keiko Awaji, bailarina en la vida real que debutaba en el cine con esta cinta.

El perro rabioso es un interesante policíaco de Kurosawa, con una primera parte en la que se construye la historia a través de Mifune (todavía no acabado de refinar del todo como intérprete, aunque aquí el actor se muestra más intimista dentro de su particular modo visceral de actuar) y sus sentimientos por la pérdida de su arma y las posibles consecuencias. Durante esta parte el ritmo es pausado, comtemplativo a la vez que explicativo, y para meter al espectador en la mente de Murakami Kurosawa no duda en dedicar casi diez minutos de película a seguir al detective (o más bien a sus piernas, que por cierto fueron dobladas en casi todas las escenas por un amigo de Akira, Ishiro Honda) por varios mercados, siguiendo una pista con la que adentrarse en el mercado negro de armas. En la segunda parte del film el ritmo es más ágil, más genuinamente policíaco, mientras el personaje de Shimura prácticamente se convierte en protagonista, sobretodo gracias a la excelente caracterización del actor.

Respecto a El perro rabioso personalmente prefiero otros films de la época o un policíaco posterior de Kurosawa como El infierno del odio, pero la película desde luego es interesante para cualquier fan del director nipón, y especialmente su segunda parte, más genuinamente policíaca, puede interesar a quien desee ver una muestra clásica del género en el cine japonés. Por último, merece la pena echarle un vistazo a El perro rabioso aunque sólo sea por Takashi Shimura, un actor que no tenía nada que envidiarle a Mifune como intérprete.

martes, 27 de julio de 2010

Family Guy: Camino a Alemania

Cuando vi esta escena en Padre de familia me sorprendió bastante, no me esperaba algo tan artístico en una serie así. Aunque me parecen unos dibujos geniales, Padre de familia no suele darse tanto a estos experimentos como lo hacían por ejemplo de vez en cuando Los Simpson de los buenos tiempos. Y bueno, si la idea había salido de Seth McFarlane y los suyos, había que quitarse el sombrero. El concepto de la escena me parece fantástico, y no me habría extrañado ver algo parecido en una película de Spielberg, por ejemplo.

En fin, que investigando investigando, di primero con la canción (que también me encanta, de hecho la música judía orquestal de las bandas sonoras es uno de mis subgéneros favoritos, aunque no sé si tendrá algo que ver con la música tradicional hebrea real, pero bueno, de nuevo, divago) y luego con la fuente en la que se inspiró la escena: una miniserie de principios de los 80 llamada Vientos de guerra, basada en un best-seller y protagonizada por el bueno de Robert Mitchum. En realidad, creo que la adaptación de la escena en Padre de familia mejora bastante a la original, en la que simplemente mientras se muestran imágenes de una boda judía queda sobreimpreso el papel, fax o lo que sea con la orden para proceder con el "Caso Blanco", esto es, la invasión de Polonia. El concepto de la serie animada me parece mucho más impactante, con la orden pero también los preparativos, los aviones despegando, etcétera, y además la música, perteneciente a la serie pero sacada de otra escena distinta, es también más acertada para esa secuencia. Al ser tan alegre y pegadiza crea un gran contraste con las oscuras maquinaciones de la Wehrmacht.

En fin, toda la secuencia me parece muy bien hecha.

Y para quien tenga curiosidad, hablaré un poco de Vientos de guerra. Iba a dedicarle un post, pero al final no creo que lo haga, de hecho no creo que llegue a acabar de ver todos los capítulos. Vi los dos primeros episodios (de hora y pico cada uno) de la miniserie, y bueno, la verdad es que no está mal, una ambientación correcta (dados los presupuestos bajos que suelen manejarse en la tele) y un reparto irregular pero que cumple. De todas formas para mi gusto hay demasiado melodrama familiar (con un trío amoroso, celos, una chica que parece ir de uno a otro según se hacen el macho un tipo u otro, y cosas así) y demasiada poca guerra (la serie está ambientada, por si no lo habíais adivinado, en la Segunda Guerra Mundial). Personalmente de los dos primeros episodios para mí lo más interesante de largo son las escenas en las que aparecen Hitler y sus generales, discutiendo, planeando, y demás. De hecho una serie así en plan El hundimiento, que girara entorno a lo que se cocía en los despachos y en las salas de mapas, me habría parecido macanuda, pero bueno supongo que al gran público estas cosas de frikis bélicos se las traen al pairo. Pero bueno, de todas formas, si os gustan los melodramas ochenteros de tele yanqui con toques bélicos, a lo mejor disfrutariáis con Vientos de guerra. Por mi parte, me han entrado ganas de volver a ver El hundimiento. ¡Pedazo de película!


Caso blanco de familia

lunes, 26 de julio de 2010

En la cuerda floja (1984)

Cuando Richard Tuggle, guionista sin experiencia alguna como director, le ofreció su guión a la Malpaso a cambio de que Richard pudiera dirigir, Clint Eastwood vio en su historia la oportunidad de desmarcarse del personaje que le había convertido en una estrella, el Inspector Callahan. Su nuevo personaje, Wes Block, era también policía, pero un tipo de policía muy distinto, el vehículo perfecto para los propósitos de Eastwood.

En la cuerda floja tiene, en principio, los elementos que podrían conformar cualquier película del sucio Harry: un psicópata anda suelto, y el Inspector Block está al cargo del caso. Pero esto no es San Francisco sino la mágica Nueva Orleans, donde todo es posible, y Block no se toma la justicia por su mano. A lo largo de la película Eastwood apenas desenfunda su revólver reglamentario, marcando de nuevo otra diferencia más con el indómito Callahan. Teniendo a Eastwood en frente es imposible no ver algún destello del viejo Inspector de la Magnum (por ejemplo, en su actitud inicial hacia la feminista Beryl), aunque éste se disipe rápidamente cuando Block colabore con Beryl dándole información sobre el caso como haría cualquier policía, e incluso iniciando una relación con ella.

Block no es el gran tipo duro cuyo únicos amores son la justicia y el whisky: tras afrontar el divorcio, el personaje de Eastwood tiene que conciliar su trabajo con la educación de sus dos hijas (una de ellas interpretadas por Alison Eastwood), y su relación con su ex-mujer es mucho más humana y está mucho más presente que la de Callahan con su antigua esposa. Block sólo cae borracho cuando su ex-mujer decide volver a casarse.

Aparte de todas estas diferencias, lo que más atrajo a Eastwood del guión es la progresiva identificación de Block con el asesino de prostitutas. Conforme avanza su investigación Block disfruta cada vez más con el sórdido mundo de los bajos fondos de Nueva Orleans, yendo más allá de lo estrictamente policial para fundirse en la oscuridad del placer rápido, el sadomasoquismo y otras parafilias.

En la cuerda floja trata, al fin y al cabo, de la vieja dualidad freudiana del bien y el mal, dos caras de la misma moneda que se entretocan cruzando una línea muy fina. Block y su asesino cohabitan en esa antigua moneda, y conforme avanza el film queda patente que quizás haga falta sólo una pequeña chispa para que alguien como Block de rienda suelta a una vorágine de frustración y demonios personales.

En la cuerda floja, aunque no se aleja de los tópicos del género, es un film con una dirección potente (que muchos atribuyen más a Eastwood y su equipo de habituales que a Tuggle) y una trama que, aunque ha sido revisitada en muchas ocasiones antes y sobretodo después de este film, no deja de estar rodada con acierto, haciendo de la película en su conjunto una cinta mejor, y más completa, que la mayor parte de secuelas de la saga de Harry. Pero, por supuesto, una no elimina a las demás. El personaje de Block aporta una visión distinta del héroe policial a la que aporta Callahan, pero ambas son perfectamente combinables.

sábado, 24 de julio de 2010

Ataque (1956)

Robert Aldrich, ¡vaya tipo! Un tipo con estilo, no hay duda. Hasta en sus films más comerciales Aldrich dejaba caer alguna de sus perlas con las que chinchar a algún santurrón. La verdad es que dentro del mercado hollywoodiense y moviéndose entre la serie A y la serie B, Aldrich parece que inventara la subversividad y el dedo en el ojo del Tío Sam antes que los Arthur Penn y Francis Ford Coppola de este mundo. Desde luego al tío Eisenhower seguramente lo último que le habría gustado ver apenas tres años después de acabada la Guerra de Corea sería una película como Ataque.

La ventaja que tenía Aldrich respecto a otros es que comprendió que si quería libertad para rodar lo que quisiera debía establecer su propia productora, cosa que hizo apenas comenzada su carrera. Fue así como pudo rodar películas como Ataque, aunque las grandes distribuidoras y productoras, con las que al fin y al cabo había que lidiar, le jugaran alguna que otra. Ataque podría considerarse como una producción cara de serie B, ambientada en la Segunda Guerra Mundial, para la cual obviamente no contó con apoyo alguno del ejército. De hecho me pregunto que cara pondrían en el US Army cuando leyeron el guión bastante poco heroico del film.

En líneas generales Ataque puede recordar a alguna producción posterior como la excelente La cruz de hierro, donde la trama expone también la sinrazón de la guerra y el modo en que afecta a los personajes, que se mueven entre la aceptación de su rol, la camaradería, el egoísmo y la pura cobardía e hipocresía.

Como también ocurre en el film de Sam Peckimpah, en Ataque la trama gira alrededor de una compañía inmersa en una guerra, en la que el oficial al mando es un cobarde congénito, y más que eso, una especie de egoísta refinado que raya en la psicopatía. En este caso la oveja negra es el capitán Cooney (muy bien caracterizado por Eddie Albert, un actor que en otras ocasiones resulta demasiado gris), un militar con padre influyente que a las primeras de cambio deja en la estacada a una patrulla que ataca un nido de ametralladora, con lo que obviamente la patrulla deja de existir. Esa actitud cobarde y rastrera (anteriormente les había prometido por radio apoyarles con el pelotón bajo su mando) contrasta con las acciones de guerra de los soldados que le obedecen, y molesta especialmente al duro teniente Costa (un Jack Palance bastante por encima de la media de sus actuaciones), quien apenas si logra contenerse para no descerrajarle un tiro al idiota de Cooney. El teniente Woodruff (el debutante William Smithers) es el escudo de la razón entre Costa y Cooney, y trata de deshacerse del capitán cobarde por la via burocrática y las conversaciones off the record con el teniente coronel Clyde Bartlett (el siempre duro y eficaz Lee Marvin), amigo de adolescencia de Cooney. La pregunta inicial que se hace el espectador es saber si Woodruff logrará deshacerse del molesto capitán antes de que lo haga el teniente Costa.

Como véis, la trama de soldados norteamericanos con ganas de matarse unos a otros, capitanes cobardes y demás no se puede decir que estuviera en el estilo de Los boinas verdes de John Wayne. El efecto inmediato fue la obligación de ceñirse a un presupuesto bajo, algo que resulta evidente si se tiene en cuenta cualquier gran producción bélica de la época, pero en general gracias a la pericia de Aldrich el aspecto visual del film no interfiere en la credibilidad de la historia.

Sobretodo, Ataque se apoya en la gran labor de los actores mencionados y el apoyo de varios secundarios que cumplen. Curiosamente gran parte de los intérpretes eran veteranos de la Segunda Guerra Mundial (por ejemplo Marvin, que sirvió en el Pacífico en una de esas compañías que desembarcaban los primeros en todas partes, Palance, que tuvo que pasar por varias operaciones para no quedar desfigurado, o el propio Albert, el capitán cobarde, que en realidad fue honrado con el Corazón Púrpura), y en esta película algunos de ellos dieron lo mejor de sí mismos. Como ya he dicho Eddie Albert está en esta película mejor que en otras muchas, y Jack Palance, aunque no era precisamente De Niro, encaja de maravilla en el papel del aguerrido Costa, y además demuestra que bien dirigido era capaz de actuar muy bien dejando en pañales a muchas caras bonitas del celuloide. Su escena en las escaleras del sótano da escalofríos. Y qué decir del gran Lee Marvin. Tal vez no le hubiera ido bien interpretando a Hamlet, pero tenía un carisma aplastante y sus papeles de tipo enérgetico y duro los bordaba.

Bien, Ataque no es quizás uno de los films que más se mencionen al hablar de Robert Aldrich, pero es una gran producción dentro de sus limitaciones. Tiene una dirección sobria pero efectiva, y un reparto actoral acertado y con talento. Y estad atentos al final, a cierto gesto de Palance... no puedo detallarlo porque os estropearía la historia, pero es de esas escenas que no se olvidan fácilmente. He visto muchas películas bélicas, pero no recuerdo algo semejante. Y es que tengo que concluir como he empezado... ¡vaya tipo este Aldrich!

jueves, 22 de julio de 2010

El reinado de Elvis: 1964

El 9 de febrero de 1964 The Beatles se presentaban masivamente en América en el Ed Sullivan Show. Para entonces "I Want to Hold Your Hand" ya había sido número 1 en las listas, y apenas un mes después el grupo británico lograba copar los cinco primeros puestos de los superventas americanos con sus pegadizos sencillos. La "British Invasion" había comenzado. Para contrarrestarles América podía confiar en los Beach Boys y en los pujantes sencillos fabricados por la Motown. Por entonces al antiguo número uno de los charts cada vez le costaba más copar las listas de singles del Billboard.

Sí, quizás para Elvis los tiempos de "Heartbreak Hotel" comenzaran a quedar lejos, pero eso no quería decir que el dinero no siguiera fluyendo. Sus películas habían demostrado ser siempre uno de los taquillazos del año, y los álbumes de las bandas sonoras de sus films se vendían como rosquillas. Sin embargo Elvis comenzaba a ser consciente de que tanto sus películas como la música que había en ellas eran cada vez peores. Quizás por eso en enero entró en el estudio para perfeccionar una canción en la que había estado trabajando, una versión del "Memphis Tennessee" de Chuck Berry. Con esa canción Elvis pretendía darle nueva vida a su carrera musical y recordarle al mundo que todavía seguía siendo el mejor. Durante esas sesiones también grabó una nueva adaptación de un clásico italiano, "Ask Me", y una balada, "It Hurts Me", que había sido recomendada por Lamar Fike, el orondo bufón de la Memphis Mafia con quien Elvis se había acabado reconciliando. Tras acabar las grabaciones y volver a Memphis el cantante comenzó a prepararse para su siguiente proyecto, El trotamundos, una película en la que el Coronel puso bastante de sí y que acogió con entusiasmo. No era casualidad que la trama transcurriera en una feria, como ésas en las que Parker había comenzado su carrera de negociante y/o liante.

La espera en Memphis para el comienzo del rodaje en marzo agobió a Elvis, con lo que decidió marcharse con su séquito a Las Vegas. Allí pudo seguir con la rutina de fiestas, coristas, asistir como público a conciertos de las grandes estrellas negras o de Dean Martin, ir a ver a cómicos, etc. Presley incluso se atrevió a salir con una chica a pesar de que ésta era la novia del poderoso mafioso Sam Giancana. El cantante siguió vivo, lo que demuestra que o bien el capo nunca se enteró, o le dio igual. O quizás Sinatra le dijo que no valía la pena. Quién sabe.

En febrero los periódicos le sacaron el jugo a una noticia relacionada con Elvis. A instancias del Coronel, que consideró que sería una buena publicidad como lo había sido su concierto benéfico para recaudar fondos para el mítico portaaviones Arizona, hundido en Pearl Harbor, Presley compró el Potomac, el barco de Franklin D. Roosevelt, que languidecía en un fondeadero. Sin embargo lo que iba a ser un gesto publicitario fácil se convirtió en pesadilla cuando una institución tras otra rechazaban el viejo barco presidencial. Finalmente el Coronel logró endosárselo a un hospital, pero para entonces la prensa se había regodeado a gusto con la chapuza. La cosa no le gustó un pelo a Elvis, desde luego. Al menos el cantante se quedó a gusto cuando ese mes salió su nuevo sencillo, "Kissin' Cousins", cuya cara B era "It Hurts Me", una de las canciones grabadas en enero y que por una vez no tenía nada que ver con banda sonora alguna.

El rodaje de El trotamundos (en el que también participaba toda una Barbara Stanwyck) transcurrió sin demasiados incidentes, salvo una escena de lucha que Elvis insistió en hacer él mismo. Sin embargo algo fue mal y el cantante se hizo una brecha en la cabeza. El director que le había dado permiso para hacer la escena seguramente quiso en ese momento que se le tragara la tierra. Sin embargo finalmente la cosa se saldó con unos pocos puntos en la frente y una tirita que gracias a un accidente de tráfico en el guión permitió que el rodaje no se interrumpiera.

De todas formas el guión era de nuevo poca cosa, el rodaje se hizo de nuevo en el menor tiempo posible, y para acabar de arreglarlo todo, Elvis leyó un artículo en la prensa. En dicho artículo el periodista de turno afirmaba que un gran éxito como el de Becket (protagonizada por Richard Burton y Peter O'Toole) no habría sido posible sin las recaudaciones de las películas de Elvis. Además el productor de esas películas, Hal Wallis, dejaba unas declaraciones que parecían avanzar en la misma línea. Tras leer el artículo Elvis se puso furioso; llamó a Wallis "embustero hijo de puta", y cargó también contra el Coronel. Quizás el artículo fuera la última prueba de sus sospechas: parecía claro que nunca le llegaría un papel serio de verdad, y nadie le tomaría nunca en serio como actor. Sin embargo la rabieta fue la primera de muchas que no condujeron a nada. Elvis hacía saber su malestar a su entorno, que asentía sin rechistar, y luego todo quedaba olvidado. Más bien todo podría deberse a una frustración consigo mismo, por verse en una situación estancada. Enfrentarse al Coronel quedaba descartado. Era su talismán, y en definitiva Parker siempre sabía lo que se hacía. Sus promesas de más dinero entrando en caja siempre se cumplían.

Todo parecía indicar que Elvis necesitaba una nueva motivación, y fue justo entonces cuando su peluquero habitual decidió irse a buscar nuevos peinados a otra parte. Como sustituto el peluquero le recomendó a su ayudante en el último lustro, un tal Larry Geller.
El 30 de abril Elvis llamó a Geller a la mansión de la calle Perugia en Bel Air. El cantante decidió que trabajaran en el baño, donde estarían más tranquilos. Al principio la conversación fue bastante rutinaria, como cualquier conversación que uno pueda tener con su peluquero. Pero entonces Elvis le preguntó a Geller por sus intereses. Y éstos resultaron ser la espiritualidad, la búsqueda de la verdad y el hallar la respuesta al quiénes somos, de dónde venimos, etc. Elvis se quedó atónito, y comenzó a ametrallar a Geller con preguntas. La conversación se alargó horas, con un Elvis deseoso de saber y que le acabó hablando a su nuevo peluquero de su madre, de su carrera cinematográfica en la cima y varias intimidades más. Fue así como Elvis tuvo una revelación por parte de su peluquero. El cantante le persuadió para que dejara su trabajo y se convirtiera en su gurú personal. Por el momento Geller le prometió llevarle varios libros sobre espiritualidad y demás cosas profundas.


Elvis y Larry Geller

Estaba claro que Elvis siempre ha sido un tío religioso, a su manera, o quizás fuera más acertado decir que era un hombre espiritual. Y aunque disfrutara de su fama y su dinero muchas veces parecía no conformarse con su talento sin más, y se preguntaba por qué él había sido dotado con esa voz increíble, y por qué parecía que hubiera estado destinado a conocer al Coronel y a saborear las mieles del éxito. ¿Cual era su lugar en el mundo? ¿Formaba todo parte de un plan divino? ¿Había venido realmente para hacer feliz a la gente con su música? Elvis así lo creía muchas veces. Y, de nuevo, su encuentro con Larry Geller, el peluquero místico, no parecía casual. Como le sucedía a Elvis con cualquier aliciente nuevo que le llenara, el cantante se metió en ello a fondo. Leyó, uno tras otro, los libros que Geller le iba pasando. El que más le impresionó fue uno llamado La vida impersonal, del cual el cantante se aprendió párrafos completos. Con el pasar de los años Elvis volvería a releer pasajes del libro cuando le daba por ahí, y habló de las bondades del libro a cualquiera que le prestara oídos a sus tejemanejes místicos.

La irrupción de Geller en la vida de Elvis no cayo bien a los chicos de la Memphis Mafia. Salvo a Charlie Hodge, que también tenía inquietudes espirituales, y el primo Billy, a los demás eso de la espiritualidad y el hallar la verdad del universo les traía sin cuidado. Los chicos vieron en Geller a un afeminado comecocos que sólo buscaba aprovecharse del cantante. De repente en vez de fiestas había debates de espiritualidad y religión, y los acólitos de Elvis tenían que aguantarle las peroratas que lanzaba acerca de la búsqueda del yo, o lecturas de La vida impersonal. Mientras, la vida seguía, y en junio Elvis entraba de nuevo en el estudio para grabar lo que sería la banda sonora de su próximo rodaje, Loco por las muchachas.

La película suponía otro rodaje rápido más y un proyecto barato que no aportaba nada a su carrera como actor. De todas formas Elvis estaba enfrascado en la lectura de sus libros, con lo que esta vez hubieron pocos ligues o juergas con los chicos. En vez de eso leía sin parar y le hablaba mucho a Priscilla de Larry. Pero aquel verano llegó una amarga decepción para el cantante.
Desde que grabara "Memphis Tennessee" en enero, Elvis la había estado guardando para una ocasión especial. Tenía mucha fe en su versión, y le habló mucho de ella a todo el mundo, incluido el cantante Johnny River, que de vez en cuando se pasaba por Graceland para hablar con Elvis o hacer alguna jam juntos. Por eso la noticia de que River había publicado su propia versión del clásico de Chuck Berry fue todavía más devastadora. Todos tenían claro que River era plenamente consciente de los planes de Elvis. Aunque animaron al cantante a que editara su propia versión para eclipar la de Johnny, un abatido Elvis prefirió dejarlo pasar. Tras acabar el rodaje, Elvis volvió a Memphis en su autocaravana, a la que siempre seguía una fila de coches con los chicos, novias, mujeres y demás. El ambiente estaba enrarecido. Antes de partir el Coronel le había hecho saber a Elvis su opinión sobre su nuevo capricho (la búsqueda espiritual), lo que enfureció a Presley, que se tomaba la cosa bastante en serio. De regreso al hogar Elvis se peleó con Joe Esposito y, exceptuando a Larry, Elvis parecía recelar de todo y de todos. Sin Esposito para liderar a la Memphis Mafia, el papel recayó en Marty Lacker, que nunca había tragado a Joe. Los chicos también parecieron llevar mejor el nuevo estilo que impuso Lacker a la banda y la organización del día a día de Elvis.

De vuelta a Memphis Elvis llevó a Larry por su ruta habitual de "este soy yo" (Graceland, la tumba de Gladys, su antiguo instituto, etc.), trajo a la esposa de Larry y sus hijos, dio varios pases de su película favorita del momento (¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú) y siguió provocando la envidia de los chicos dedicando todo su tiempo a Larry y sus empanadas mentales.

Acabado el verano era hora de regresar a Hollywood para un nuevo rodaje, pero esta vez el viaje fue más feliz: a Elvis le habían nombrado alguacil adjunto del condado de Shelby, lo que despertó otra afición. Desde entonces el cantante comenzó a obsesionarse más por los uniformes, las armas y los títulos honorarios de las fuerzas de la ley. Siguiendo con los nombramientos, por entonces Elvis confirmó a Jerry Schilling como miembro oficial de la Memphis Mafia. Y en otro orden de cosas al Coronel se le ocurrió que en vez de grabar nuevas canciones para más rodajes podrían tirar del catálogo de grabaciones inéditas del Rey, lo que abarataría costes y significaría más ingresos por derechos de autor para Gladys Music, una sociedad creada para gestionar los derechos del cantante.

Tras acabar el rodaje Elvis volvió a casa mientras el Coronel negociaba nuevos contratos con la MGM y United Artists para más películas, teniendo en mente alcanzar la cifra mágica que llevaba ansiando bastante tiempo: un millón de dólares. Mientras, en casa, Elvis descansaba, hablaba con Larry, y los chicos le hacían el vacío a éste. Cuando Marty le regaló a Elvis una Biblia de lujo con un árbol de la vida grabado y firmado por todos, Elvis se negó a aceptarla hasta que no lo firmara también Larry. Para colmo de males Larry le habló a Elvis de la numerología judaica, lo que llevó a Elvis a llevar cadenas con un símbolo judío y a encargar relojes con la estrella de David grabada. Esa nueva concepción del judaísmo no importó a algunos de los chicos, como a Marty Lacker (su apellido lo dice todo), pero los chicos baptistas más acérrimamente sureños que habían crecido en la convicción de que los judíos habían matado a Jesús, vieron todo eso con recelo. Pero claro obviamente al Jefe no le decía nada, se limitaban a burlarse de Larry cuando Elvis no miraba. De todas formas, la influencia de Larry era mal vista por casi todos. Vernon tampoco entendía aquel súbito interés por el judaísmo, el hinduismo, y demás religiones raras, y Priscilla directamente odiaba al peluquero místico. Ninguna esposa podría haber llevado bien que su marido le dedicara más tiempo a un peluquero que a ella.

miércoles, 21 de julio de 2010

El ángel borracho (1948)

El ángel borracho, considerada por muchos como la primera obra de verdadera importancia en la carrera de Akira Kurosawa, fue concebida como una especie de respuesta del director a la preocupante y creciente influencia de la yakuza en el Japón de posguerra. Aunque durante la redacción del guión (repitiendo con su colega Keinosuke Uekusa como coautor) la historia fue derivando en algo más personal, hay algunas frases en la película (las que le lanza el doctor al mafioso) que podrían corresponder plenamente al desprecio de Kurosawa por la mafia japonesa.
El ángel borracho nació, además, en una época en que el poder de los sindicatos en el estudio comenzaba a desmoronarse tras dos grandes huelgas y resultados paupérrimos en taquilla que estaban haciendo zozobrar al estudio Toho. Y la coyuntura era cada vez menos favorable al poder sindical de los comunistas. Si la taquilla no les hubiera hecho tambalearse, seguramente lo habrían hecho los norteamericanos. Por tanto El ángel borracho fue la primera película en la que Kurosawa se sintió realmente libre para hacer lo que quisiera, aun cuando tuviera todavía que contentar a la censura Aliada.
El ángel borracho gira alrededor de dos personajes: Sanada, un médico alcohólico, y Matsunaga, un joven mafioso enfermo de tuberculosis. Sanada vive una suerte de auto-exilio en un suburbio debido a un pasado truncado profesionalmente por algún error. Su enfermera comparte ese exilio atormentado con él. La chica fue una antigua paciente que acudió a él maltratada por su marido, un jefe yakuza que fue encarcelado. Sanada ayuda a la gente pobre del barrio, pero al mismo tiempo no deja de ser un hipócrita (como lo han sido muchos médicos del mundo) regañando a sus pacientes por beber y fumar, cuando él mismo bebe sake sin parar. En Matsunaga el médico ve una versión joven de sí mismo, y aunque le desprecia trata de ayudarle no sólo con su enfermedad, sino para que recobre el buen camino y no desperdicie su juventud. El escenario alrededor del cual transcurre toda la historia, una charca pútrida, podría considerarse como el cuarto personaje del film. Mediante simbólicos planos intercalados por Kurosawa la charca interactúa con Sanada y Matsunaga y los define como parte de ella y lo que representa.

Aparte de una dirección que demostraba que Kurosawa comenzaba a tomarle el pulso al oficio, el film destaca por el duelo interpretativo entre los personajes de Sanada (un estupendo Takashi Shimura, habitual con Kurosawa desde el debut de éste) y Matsunaga, interpretado por el indomable Toshiro Mifune.

Mifune era hijo de japoneses emigrados a Tsingtao, una ciudad industrial en la costa central de China, donde su padre había abierto un estudio fotográfico. El joven Toshiro, aunque apenas se relacionó con chinos en su gueto japonés, creció libre de la educación xenófoba antichina en la que crecieron muchos japoneses durante los años 20 y 30. Sin embargo después de 1931 los ecos de la guerra chino-japonesa pronto comenzaron a llamar a las puertas de su hogar. Mifune pisó por primera vez suelo japonés a los 20 años, cuando fue llamado a filas. Debido a sus conocimientos fotográficos fue destinado al departamento de Reconocimiento y Mapas de la Fuerza Aérea Imperial, lejos de los combates. En el Ejército Mifune se topó por primera vez con el rostro del Japón imperialista, autoritario y xenófobo, algo que siempre despreció y que le valió alguna trifulca con algún superior. Al acabar la guerra un Mifune que, al igual que muchos otros veteranos, no sabía que hacer con su vida, pidió ayuda a un amigo suyo del Ejército que trabaja en la Toho para que le facilitara la entrada al estudio como operador de cámara. Por el momento no parecía haber un lugar para él, pero su amigo le recomendó que se presentara a un casting como actor para entrar en el estudio. Una vez situado ya podría cambiar de departamento.

Mifune nunca había tenido inquietud alguna por ser actor, y aunque decir que le parecía algo afeminado sería exagerar, desde luego no lo veía como un trabajo idóneo para alguien como él, que en el fondo debía considerarse un tipo duro. De todas formas Mifune no tenía nada que perder ni nada más que hacer (todo lo que le había quedado tras pasar por el Ejército fueron dos mantas, con los que se hizo un traje y unos pantalones), y se presentó a las audiciones entre más de cuatro mil candidatos.

Fuera casualidad, o el destino, Kurosawa se asomó a las pruebas mientras Mifune estaba por allí, dando vueltas "como una fiera enjaulada", tal como lo describiría el propio Akira. El jurado le había pedido a Mifune que llorara, pero éste se encaró y dijo que no podía llorar, no estaba triste. Entonces le pidieron que dejara aflorar cualquier otro sentimiento, y Mifune optó por la furia. Tal como quedó en la leyenda, fue entonces cuando Kurosawa quedó impresionado por la energía que transmitía aquel aspirante. Mifune le dejó literalmente sin habla.

Tras volver al rodaje de No añoro mi juventud Kurosawa decidió acabar temprano para ir a hablar con el jurado. El que había sido mentor de Akira, el director Kajiro Yamamoto, también había visto algo en el joven actor. Los dos coincidían en que su actuación había sido demasiado tosca, pero desde luego Mifune prometía. Sin embargo los miembros sindicalista del jurado votaron en contra. Yamamoto hizo valer su voto de calidad, haciéndose responsable, apoyado por Kurosawa. Aunque por poco, Mifune pasó la prueba y entró a formar parte del plan de formación del estudio de actores y actrices. Tiempo después Mifune debutaría en Ginrei no hate, una película que Akira había escrito expresamente para el actor. Tras un par de pequeños papeles el director le llamó para El ángel borracho.

En comparación con futuras producciones, la interpretación de Mifune quizás necesitara todavía algo más de refinamiento, pero el actor daba de sobras muestras del talento natural que llamó la atención de Kurosawa. Si Miguel Ángel veía sus esculturas encerradas en enormes bloques de piedra, algo parecido le ocurrió al director nipón. Mifune llevaba a un gran actor dentro sin él saberlo, y sólo había que cincelar aquí y allá para hacerlo salir. Con los años Mifune brindaría auténticas interpretaciones magistrales, canalizando su desbordante energía en el momento justo, pero por el momento ya podía actuar cara a cara y al mismo nivel que Takashi Shimura, otro gran actor que además tenía mucha más experiencia que él. Además el carisma que desprendía el actor era algo que no se podía aprender. Verle derrochando poder mientras camina con su traje blanco por el barrio que domina, cogiendo (sin pagar, claro) una flor de un puesto para ponerse en el ojal (en la escena Mifune recuerda al Don Fanucci de El padrino II) resulta escandaloso para un actor tan poco experimentado.

En definitiva, Kurosawa vio en Mifune a un diamante en bruto que podía pulir él mismo, convirtiéndolo en un vehículo perfecto para sus futuros proyectos. Si su adorado John Ford tenía a Wayne, Akira tenía a Mifune. Además actor y director demostrarían con el tiempo compenetrarse muy bien, con visiones de la vida que en ocasiones estaban bastante cerca entre sí. Y como colofón, los dos eran formidables bebedores, algo que siempre une a las personas de esa condición.
El ángel borracho fue la primera de las muchas y fructíferas colaboraciones entre Kurosawa y Mifune, muchas de las cuales se convertirían en clásicos imperecederos del cine mundial. El compositor Fumio Hayasaka (al que muchos consideraban el mejor compositor de bandas sonoras de Japon) también comenzó una estrecha y duradera colaboración con Kurosawa en este film. En definitiva, las piezas de la maquinaria empezaban a encajar, y el director estaba ya preparado para comenzar a dar muestras de genio en la ya cercana Era Dorada del cine japonés.

martes, 20 de julio de 2010

lunes, 19 de julio de 2010

Impacto súbito (1983)

Go ahead, make my day.

Pobre Gary Swanson, perdido entre las anécdotas cinematográficas como un nombre a pie de página. Debe ser duro haber pronunciado una de las frases más populares de la historia del cine antes que nadie se acuerde de ti. Pero claro si Clint Eastwood se la apropia apenas un año después la cosa está clara. Y además que La jauría del vicio no tiene pinta de ser Ciudadano Kane precisamente. Claro que si no fuera por Eastwood, ¿quién porras se acordaría del maldito Gary Swanson?

Impacto súbito fue la cuarta entrega de la saga del inspector Callahan, alias Harry "el sucio". Tras una encuesta resultó que los de la Warner se enteraron de que Eastwood y su Harry seguían siendo los más populares de las sagas cinematográficas por encima de James Bond, y dado que la aventura honky tonk del último proyecto del actor y director había tenido una recaudación paupérrima, pareció buena idea resucitar la saga. Eastwood se dijo que por qué no (y además el dinero extra seguro que le vendría bien) y se puso a ello. Y por primera (y única vez) él mismo se pondría tras la cámara para sacar a Harry una vez más a las calles de San Francisco.

Curiosamente y aunque Eastwood esté tras las cámaras Impacto súbito es mi menos preferida secuela de Harry. Visualmente tiene algunas escenas bastante logradas, y quizás globalmente esté mejor dirigida que las dos anteriores, pero en mi opinión el guión no me parece demasiado interesante. Sobretodo donde más me cojea la película es la parte malvada. Y es que el villano esta vez era Sondra Locke.

En fin, qué puedo decir, llegó un día, ladrones, en que el dinero perdió su valor, las gemas dejaron de brillar y a mi me pareció ver a la Locke en todas partes. Desde luego la novieta de Eastwood tuvo grandes actuaciones, especialmente en Ruta suicida y Bronco Billy, pero aquí en vez de un ángel frío y vengativo parece que la cosa no fuera con ella. Ésta fue la última película que rodaron juntos, y no sé si por entonces la pareja ya se estaba tirando los platos a la cabeza, pero cuánto más veo esta peli menos me gusta la actuación de la Locke. Desde el glorioso Scorpio de la primera entrega los villanos de Harry fueron decayendo, pasando por esos cutrillos jipis terroristas de Harry el ejecutor, aunque al menos allí subyacía el interés de la relación de Harry con su compañera policía. Pero aquí el único compañero de Harry es un perro que tira pedos y se mea, y aunque el asunto del perro está cachondo, no basta para contrarrestrar a una Locke que como villana no me parece que esté a la altura del teniente Callahan.

Pero de todas formas estamos hablando de una película de Harry el Sucio, y eso amigos siempre es garantía de entretenimiento. Aunque la cosa pueda pintar mal en los créditos con una banda sonora horripilante que empieza con un funk ochentero cutre (pobre Lalo Schifrin, estoy seguro de que le obligaron a punta de pistola) que parece más digno de Superdetective en Hollywood que de Harry el Sucio, donde más disfruto es en la primera media hora del film, donde asistimos al día a día de Harry: la escenita con el delincuente absuelto en el ascensor, la grandiosa jugada de Harry en la boda del mafioso, o, por supuesto, la típica escena de Harry descargando su Magnum contra un grupo de rateros en medio de varios rehenes. Y es que la frase de "alégrame el día" vale por cualquier película sesuda y con ínfulas y con reglas de cámaras al hombro. Ninguna Sondra Locke puede con una frase atómica semejante.

Y, bueno, que aparte de entrar en dimes y diretes que son más propios de un debate cervecil en un bar, Impacto súbito es al fin y al cabo otra película de Harry y eso siempre está bien. Además siempre hay algún secundario interesante (el bueno de Pat Hingle y el negro ultracool Albert Popwell, imposible hablar de Harry sin recordarle a él: se lo merece tanto como el propio Eastwood), alguna frase memorable de Harry o algún toque de humor, que en esta ocasión viene sobretodo por parte del chucho que se convierte en compañero de facto del amigo Callahan. Aunque también hay una persecución con un minibús de un asilo de ancianos que no habría desencajado en una comedia de policías de Chris Rock.

Y para que veáis que en realidad no quiero cargar las tintas con Sondra Locke, que sé que tiene sus fans, diré que el villano que realmente me enerva es el loco de la colina con el que se enfrenta al final, uno de esos personajes histriónicos a lo Klaus Kinski cuyo único problema es que el actor de la peli no es Klaus Kinski y no sabe sobreactuar. Y encima cuando aparece Callahan en plan justiciero del desierto recortado contra las luces de la feria en la que es probablemente una de las mejores escenas de toda la saga, va y la cagan con más música ochentera horrible que no pega nada.

Pero bueno, Impacto súbito no será perfecta, pero es una película de Harry Callahan, y no hace falta más. Y además, ¡esa frase!

domingo, 18 de julio de 2010

Los Charlies no surfean

Pues nada, que mientras contaba los goterones de sudor me he dicho que hoy sería un buen día como cualquier otro para poner una foto de Raquel Welch animando a sus compatriotas en Vietnam. Si alguno esperaba más chicha, le recomiendo encarecidamente este documental. Y una ducha fría. Muahahaha.

Disneyland? Fuck, man, this is better than Disneyland!


sábado, 17 de julio de 2010

Un domingo maravilloso (1947)

Tras la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial el país, y los estudios cinematográficos, trataron de seguir adelante con sus vidas tal como habían hecho siempre, aunque por supuesto había grandes diferencias. El nacionalismo exarcebado había dado paso a una nación asolada y empobrecida, inquieta por su futuro. Los Aliados tomaron las riendas del país, y mientras los humillados nipones buscaban algo que llevarse a la boca, el Gobierno de Ocupación formaba su propio Tribunal de Nuremberg para juzgar los crímenes de guerra japoneses.

En lo que respecta a la industria del cine, ésta siguió rodando películas, aunque en un número mucho menor (la producción cinematográfica no había dejado de disminuir desde el comienzo de la guerra) y con peores medios. Si durante la guerra los cineastas nipones habían tenido que lidiar con la censura militar imperial, ahora aquellos mismos cineastas debían someter sus guiones a la censura del Gobierno de Ocupación, y a las presiones de unos pujantes sindicatos (controlados por los comunistas) que se hicieron con el control de los estudios cinematográficos.

De hecho el primer film que rodó Akira Kurosawa tras la guerra fue Los que hacen el mañana, una película de corte sindical que el director fue obligado a producir junto a los realizadores Kajiro Yamamoto e Hideo Sekigawa. Kurosawa siempre renegaría de ese film, y durante el resto de su vida trató de aparentar que esa película no existía. Su siguiente proyecto también tendría que ver con el sindicalismo, aunque en este caso Kurosawa tuvo bastante más que decir sobre la historia, aunque finalmente su guión tuvo que se retocado por mandato del sindicato. No añoro mi juventud fue rodada en medio de huelgas internas en el estudio y de un hambre generalizado entre el equipo, pero curiosamente es en su segunda mitad, donde la trama se aleja de la política, donde Kurosawa ofrece lo mejor de sí centrándose en su abnegada protagonista femenina.

Tras escribir el guión para una película en la que debutaría un tal Toshiro Mifune, el director Akira Kurosawa se juntó junto a un amigo de infancia, Keinosuke Uekusa, para elaborar un nuevo guión que relataría una historia sencilla, alejada de cualquier tono político. Aunque los sindicatos no dejaran de estar ojo avizor, el director pudo sacar adelante su historia sin demasiadas ataduras. No sería descabellado, pues, considerar Un domingo maravilloso como su verdadera primera obra de autor.

La trama del film es realmente simple: una pareja de novios quedan un domingo para pasar juntos el día en el Japón arrasado de la posguerra, reuniendo entre los dos unos míseros 35 yenes para poder gastar. Durante el día la pareja ríe, llora, sueña, imaginan un futuro mejor, discuten y se reconcilian, mientras las horas pasan. En cierta manera cada uno podría representar dos actitudes que tomar en el Japón de aquellos días: ella tiene esperanza en el futuro, no se rinde, y cree que hay que seguir luchando en el día a día para mejorar, mientras que él parece llevarse más fácilmente por la apatía.

En parte por su temática, y en parte por la relación que se establece entre el dúo protagonista (no sería difícil cambiar los rostros de Isao Numasaki o Chieko Nakakita por los de James Stewart y Donna Reed), el film recuerda por momentos a la obra de Frank Capra, pero Un domingo maravilloso es ciertamente más apegada a la realidad que esa suerte de realismo mágico que practicaba el norteamericano. Con todo, el film de Kurosawa no parece renunciar al final a la esperanza (el cambio de actitud del protagonista respecto a esa colilla en el suelo pudiera ser una señal de la misma), ni carece de esos momentos de inocente ensoñación que vivían a veces los personajes de Capra. En este sentido la secuencia de la pareja en el auditorio vacío de música, tras no haber podido asistir a un concierto debido a que los reventas han comprado todas las entradas que la pareja se podría haber permitido, es de lo más espectacular y bello del film, durante el cual el personaje de Nakakita, Masako, llega a romper la invisible cuarta pared de la pantalla dirigiéndose al público en una escena original y seguramente demasiado inocente, pues al parecer ese recurso no caló entre el público japonés de la época (aunque por lo visto en la siempre romántica Francia la audiencia comenzó a aplaudir a petición de Masako).

Un domingo maravilloso es un film bello en la sencillez de su planteamiento, con una pareja de intérpretes que realizan un buen trabajo y que son capaces de cargar con el peso de la película, y con un clímax hacia la parte final de la cinta bastante inspirado. La película no fue acogida del todo bien por la crítica, pero Kurosawa recibió una buena crítica que significó más para él que cualquier otra: la de su viejo maestro de escuela Seiji Tachikawa, quien le envió emocionado una postal tras ver Un domingo maravilloso.

viernes, 16 de julio de 2010

Marea blanca

La historia del equipo de fútbol se me quedó bien grabada, cierto es que a una edad en que quizás este tipo de historias puedan dejar más huella, pero el drama que relataba aquella foto fue un gran hallazgo de los directores y guionistas del documental. Porque más que cualquier testigo aislado de los muchos que se podían y pueden ver en televisión, aquel equipo de fútbol reflejaba a la perfección lo que la droga podía hacer a una comunidad entera.
Por otro lado, y de un modo mucho más trivial, recordé siempre el documental por su banda sonora, que incluía fragmentos de Led Zeppelin justo en la época en que comenzaba a sumergirme en la maravillosa obra del viejo dinosaurio. E "In My Time of Dying" era un perfecto acompañamiento a la conclusión final de este drama.

Lo cierto es que parece que en los 70 y en los 80 la droga dejara tras de sí generaciones perdidas en todos los rincones del mundo. Por supuesto, la droga sigue ahí fuera, y sigue siendo un gran negocio. Y ésta es una de las millones de historias tristes de la droga, pero para mí fue una de las primeras, un golpe, un despertar. Aunque por suerte me pilló de lejos.





miércoles, 14 de julio de 2010

El reinado de Elvis: 1963

Para los más viejos del lugar el cambio que poco a poco se había ido produciendo en Elvis Presley desde el salto a la fama era evidente. Del chico extremadamente educado (de esa educación sureña anticuada), tímido y humilde había ido naciendo poco a poco un patrón por el que se podrían cortar muchas estrellas del rock que le siguieron (y seguramente muchos tenores, compositores de música clásica, actores teatrales, estrellas de cine y demás que le precedieron): un ego desmesurado, una paciencia muy corta, un deseo de satisfacción inmediata, una convicción de tenerlo merecido... en pocas palabras, un síndrome del "destino manifiesto". Tipos que habían estado allí casi desde el principio como Red West lo notaron. Los músicos de ensayo. Los pobres Scotty Moore y D.J. Fontana. Vernon también, aunque siendo su padre la relación era diferente.

Que muchos de los trapos sucios de Elvis vinieran de dos de sus más estrechos colaboradores que se sintieron traicionados (los hermanos West) debería hacernos tomar con cautela ciertas historias de las varias que contaron en aquel libro (hoy ya mítico) titulado Elvis: What Happened?. Por ejemplo, la siguiente anécdota, que tuvo lugar durante una fiesta, en algún momento de 1963.

Elvis y los chicos, y algunas groupies, se encontraban de fiesta en casa, tras acabar un rodaje. Elvis estaba aburrido, no tenía una buena noche. Sonny llegó con dos chicas que había conocido. Elvis le dijo que quería jugar al billar, y Sonny no tuvo más remedio que obedecer. Finalmente una de las chicas se aburrió de esperar, y se acercó a la mesa de billar cuando estaba a punto de tirar Elvis. Seguramente no debía ir ganando. Le pidió a Sonny que saliera a mover su coche para poder sacar el suyo e irse a casa. Sonny le dijo que esperara un momento. Elvis pregunto qué pasaba, y cuando Sonny se lo contó, Elvis le dijo que se lo pidiera a otra persona. La chica respondió que no conocía a nadie más. El cantante le gritó si no había escuchado lo que acababa de decir. La chica no dudó en responder llamándole hijo de puta. Era precisamente lo peor que se le podía decir. Ya sabéis, adoraba a su madre. En un abrir y cerrar de ojos, Elvis cogió el taco de billar y lo lanzó a la la chica. Le golpeó en el pecho, y la chica casi se ahoga allí mismo.

A no ser que uno pueda dar con la chica, en realidad se podría decir que se trata de la palabra de Elvis contra la de Sonny y Red. No sé si alguno más corroboró la historia, pero lo cierto es que ocurriera esa pelea o no, el cambio de Elvis con los años fue evidente. Muchos de los que le conocieron en los 50 y se reencontraron después con él lo atestiguaron. No había duda de que ya no era el mismo. ¿Y quién podía serlo?

Evidentemente las pastillas tuvieron mucho que ver. También se apunta a la muerte de Gladys. Y resultaría obvio decir que es prácticamente imposible que un chaval de 21 años que en pocos meses se convierte en una gloria nacional y luego en un ídolo mundial no acabara perdiendo la cabeza. Todo lo que tocaba se convertía en oro, y desde luego los chicos de la Memphis Mafia y otros acólitos a su alrededor no le ayudaban diciendo a todo que sí. Si por ejemplo en 1955 o 1956 Red West había sentido que era uno más aunque su amigo fuera una estrella de rock, en 1963 estaba claro que esa relación ya no existía. No podía decir no. Los deseos de Elvis eran órdenes. Y, al fin y al cabo, ¿quién pagaba las facturas?

A finales de enero Elvis entró en el estudio para grabar los temas que conformarían la banda sonora de su nueva película, El ídolo de Acapulco. Poco después comenzaría el rodaje, durante el cual Elvis pudo jugar a médicos y enfermeras con Ursula Andress.


Elvis de relax con Ursula

El 2 de marzo Priscilla llegaba a Los Angeles acompañada por su padre. En Alemania Priscilla había permanecido en una rabieta contínua, y Elvis le había prometido una y mil veces al Capitán Beaulieu que sus intenciones eran honestas, que Priscilla acabaría sus estudios y que viviría con Vernon hasta que llegara el momento. Finalmente el rocoso Capitán dio su visto bueno. Lo que a sus ojos convertía formalmente a Elvis en el prometido de Priscilla. La contenta joven completaría sus estudios en el Immaculate Conception High School, aunque Priscilla se muriera por dejar de ser inmaculada. Ironías de la vida. Para que pudiera ir y venir del colegio ella sola Elvis le compró un Corvair.

La vida en Memphis desde luego era extraña. Priscilla pronto se encariñó mucho con la abuela de Elvis, de una de las secretarias que trabajaban por allí y de un primo de Elvis, Patsy. Y como cualquier joven novia enamorada los días que Elvis pasaba fuera le parecían siglos. De cara a la prensa, Priscilla era, por el momento, "una amiga". Todo podía parecer familiar, pero luego estaban los chicos, que entraban y salían como pedro por su casa, y las pastillas. Priscilla no veía nada claro eso de tomar pastillas como si fueran cereales, pero Elvis le esgrimió el Manual de consulta médica (un libraco que se sabía de memoria) para convencerla de que aquello no era nada malo. Era como tomar vitaminas. Seguramente hasta un caramelo sería más perjudicial. Y por último estaban los celos y el los recelos. Es decir, los celos de Elvis respecto a Priscilla y los chicos, y los recelos de éstos hacia Priscilla. Muchos conoceréis la sensación. Ésa en que uno de la panda se echa novia, y parece que la fiesta se vaya a echar a perder. A Priscilla le llevaría tiempo sentirse segura en aquella gran casa, rodeada de tanta gente, pensando a cada paso si lo que hacía estaba bien o no, o si le gustaría a Elvis. Al fin y al cabo todo en Graceland giraba alrededor de él, y con ella no sería diferente. Por el momento, cuando Priscilla se graduó, Elvis le montó una fiesta por todo lo alto, sonriendo como lo haría un padre orgulloso de su hija.

En mayo Elvis entraba en el estudio para grabar catorce temas para un álbum ("Devil in Disguise entre ellas") que no se llegó a publicar. Las canciones fueron apareciendo con los años como sencillos o en bandas sonoras. De todos modos en verano Elvis marcha a California para comenzar a rodar Cita en Las Vegas.

Si hubiera que realizar un Top 5 de las chicas que marcaron a Elvis, muy posiblemente la espléndida Ann-Margret estuviera entre ellas. Lo cierto es que desde que conociera a Priscilla ninguna mujer le había impresionado tanto. La química fue instantánea, y las ganas de rockear la casbah eran mutuas. El flirteo era obvio, y seguramente los besos más apasionados de lo que exigía el guión. Y además, los dos eran intérpretes, cantaban, y adoraban la música. Y eran jóvenes, y guapos, y seguramente todo les olía a jazmín, incluso la barba de Red West. Y, por si fuera poco, Ann-Margret encajó en la pandilla como un guante. A diferencia de con Priscilla, la actriz parecía una más del grupo, y los chicos se sentían con ella muy a gusto. Y lo cierto es que Elvis comenzó a sentirse tan a gusto con Ann-Margret que ya no sabía que pensar. ¿Y si se había precipitado? Bien, cuando se llega a un atolladero, si uno está en Pulp Fiction habla con el Señor Lobo. Si uno es Elvis, habla con el Coronel Parker. Ambos solucionaban cosas.

Elvis fue con Ann-Margret a la oficina de Parker. Mientras ella esperaba en el coche, Elvis logró, en una de esas raras ocasiones, descolocar al Coronel por completo, sobretodo cuando le pidió que se convirtiera en mánager de la Margret. Recompuesto, Parker aceptó. Conocía muy bien a Elvis, y sabía que no podía dar un no sin más ni más. Pero tras aceptar, le recordó que hacer de Ann-Margret una estrella llevaría tiempo, tiempo que no podría dedicar a Elvis y sus negocios. Pero si seguían pensando igual, lo haría con gusto. Por supuesto, la estratagema funcionó. Cuando Elvis volvió al coche le dijo a Ann que quizás no fuera tan buena idea.

El contraataque del Coronel no se hizo esperar. Cayó en tromba sobre el rodaje y los productores. El amor una cosa, y el negocio otra. Por muy guapa o buena actriz que fuera Ann-Margret, no podía robarle protagonismo a la verdadera estrella. Se quejó al director de que la actriz tenía demasiados primeros planos, y ordenó recortar el número de duetos de la pareja. Y encima la película se pasó de presupuesto, y Elvis y el Coronel cobraban sólo cuando se recuperaban los gastos. Parker no había contado con esa contingencia, pero seguro que lo recordaría en el futuro.

¿Y qué pasaba con Priscilla? Bueno, pues antes de irse Elvis le había dicho que podría visitarle de cuando en cuando, pero en cuanto surgió el affair Ann-Margret el cantante le dijo que era imposible. Para combatir el aburrimiento Priscilla se apuntó a una escuela de modelos y dio algún desfile, pero Elvis le dijo que aquello no podía ser. Entonces Priscilla se pasó a la danza. Y los rumores en los periódicos acerca de Elvis y Ann-Margret seguían. Cuando en septiembre se acabó el rodaje de lo que sería una de las mejores películas de Elvis en bastante tiempo, Presley regresó a Memphis, con lo que Priscilla pudo respirar tranquila. Por el momento. Por lo pronto tenían un mes para pasar juntos antes del próximo rodaje.

Para el próximo proyecto, Primo querido, el Coronel se aseguró de dar con un director que no se pasara de los presupuestos. Dio en el clavo con Sam Katzman, un hombre cortado por el patrón de seriedad y trabajo de Parker. De hecho los dos congeniaron muy bien, tanto, que Parker le habló de un viejo proyecto que tenía entre manos: un biopic de Hank Williams. ¿Y por qué no podía interpretar Elvis el papel del viejo Hank? El proyecto finalmente se rodaría con George Hamilton. La viuda de Williams, la viperina Audrey, vetó explícitamente a Elvis.

El rodaje prosiguió sin demasiadas novedades, con las típicas bromas de los chicos, y el Coronel riéndose de Elvis y su peluca rubia (en la película Elvis interpretaba a dos personajes, un moreno y un rubio, y verle con la peluca rubia es algo epatante, cuanto menos. Elvis debía saberlo, porque odió cada minuto que tuvo que llevar aquella peluca). El frenético rodaje acabó a principios de noviembre, y Elvis estuvo encantado de olvidarse de aquel proyecto cuyo guión sabía ridículo y facilón. Lo único positivo que sacó de aquel rodaje fue volver a ver a Ann-Margret. Pero esa vez le costó mucho más retener a Priscilla en Memphis, y finalmente ésta fue a visitarle al rodaje. El último día de rodaje varios periódicos importantes sacaron grandes titulares con el romance de Elvis y Ann-Margret. Elvis se puso furioso, pero Priscilla se puso aún más. El cantante y su chica tuvieron una discusión de melodrama con jarrón roto incluido, pero al final se calmaron, y Elvis le dijo que eran muy buenos amigos y que no había nada entre ellos. Inventos de la prensa. Nunca más la volvería ver. Pero Priscilla debía volver por el bien de los dos. En cuanto Priscilla salió hacia Memphis, ¿adivináis a quién llamó Elvis? No fue al Coronel Parker.

Días después el presidente Kennedy fue asesinado. Ann y Elvis pasaron el fin de semana juntos, alterados, y, como muchos otros compatriotas, rezaron, temerosos por el futuro. Finalmente Elvis volvió a casa para pasar las Navidades en familia junto a Priscilla.