martes, 29 de marzo de 2011

Qué vida más triste

Ya sabéis, Qué vida más triste es esa serie que duró unas pocas temporadas, la de los chicos que empezaron subiendo videos a youtube y luego les ficharon para la tele; ¡el sueño español de los internautas! La serie tenía sus días buenos y sus días malos, pero me he echado algunas risas con el humor simplón y las aventuras de barrio de los de la generación del Spectrum.

Una de las cosas que más me gustaban de la serie era el personaje del padre de Borja. Tras ver muchos padres ficticios en la tele, por fin salía uno que se parecía a los padres de mis amigos o que tenía esas cosas de padre preocupado porque su hijo se pasa el día jugando a matar zombis. Vamos, ¡poco que ver con Médico de familia!

Por cierto, habrá que hablar un día del Spectrum, y sus equivalentes... ¡se lo cuentas a la muchachada, y no te creen!

lunes, 28 de marzo de 2011

Mora

Mora de las de comer. Es decir, de la fruta. Que una cosa es reirse de los cristianos, y otra...

En fin, ¡que aún recuerdo los tiempos en que esto no era un teléfono móvil!


domingo, 27 de marzo de 2011

Punto límite: cero (1971)

No es que sea un gran entusiasta de los coches, sí por mi fuera y pudiera, tendría a un chófer que condujera por mí, pero sé apreciar la potencia que esconde el rojo de un Ferrari, o lo hipnótico de los faros de un Porsche; y recuerdo con aprecio el coche de Fénix, el guaperas de El equipo A (¿qué era, un Maserati?). Pero en cuanto a utilitarios deportivos se refiere, seguramente con los coches pase como con el rock: seguro que Homer estaría de acuerdo conmigo en que la perfección del diseño de coches se alcanzó en algún punto de América allá por el 74. Los coches de los 50 eran elegantes, como zapatos de gamuza azul; los coches de los 60 y 70 eran salvajes, como las patillas de Joe Namath. No sé que tienen aquellos deportivos GT de los 70 que me subyugan: los Camaro, los Mustang, los Charger, y demás. Chupaban gasofa como unos hideputas, pero, ¡qué diseño! ¡qué estructura! ¡qué motores tan fascinantes! ¡Cuanta contaminación! ¿En qué momento la gente decidió que no quería oir sus motores? ¿Fue cuando murió John Bonham? En fin, no creáis que soy un experto, sin hacer averiguaciones seguramente no podría distinguir un Camaro de un Dodge Hemi Challenger (el protagonista de nuestra siguiente historia), pero cada vez que veo Bullit o una road movie de la época como nos ocupa, me entran ganas de saltar a uno de esos coches y quemar asfalto. Pero no sólo no tengo ningún GT ni nada que se le parezca, sino que además aquí no hay carreteras rectas y solitarias, y además si paso de 120 ya me da miedo seguir pisando el acelerador. Así que tengo que obtener mi adrenalina automovilística de las pelis.

Punto límite: cero (en el original, Vanishing Point) es una peli de culto de manual, que seguro figura en una neurona destacada en las mentes de los amantes de los coches americanos y las carreteras interminables. Lo de road movie aquí encaja perfectamente, desde luego no se andan por las ramas, no es que hayas muchas subtramas paralelas ni historias profundas más allá del asfalto, aunque seguro que algunos sociólogos podrían hacer una tesis sobre el desengaño americano de la Era de Acuario tras el punto álgido de Woodstock, o algo así. Desde luego en la película se dejan ver algunos jipis perdidos y sin rumbo después de que sus hermanos mayores se lo cargaran todo en Altamont: a unos les da por la religión, otros se dedican a meterse toda clase de drogas. Pero no hay que andarse por las ramas: esta peli va de persecuciones en coche a alta velocidad.

¿Es un equivalente de esa serie de pelis donde se dejó ver hace unos años el amigo Vin Diesel? No lo sé porque no las he visto, ni creo que me moleste, pero dudo que esa saga de cuyo nombre no quiero acordarme tenga la clase que rezuma esta peli. ¿Volkswagens Jetta? ¡Venga hombre! Es como comparar a un tío montado en un There Is Nothing Left to Lose con uno cabalgando un Machine Head. No hay color.

Barry Newman es uno de esos actores atado a un personaje. No sé si le molestará el asunto, pero desde luego toda su carrera posterior podría haber sido innecesaria. Si se hubiera retirado en el 72, el amigo Newman seguiría teniendo su puesto de honor como el inefable y enigmático Kowalski, un ex-malvadillo azul que se dedica a entregar coches de una punta a otra del país, y que decide que puede salir de Denver y llegar a California en un tiempo récord, atiborrándose de unos cuantos uppers por el camino. Pero por supuesto al brazo fuerte de la ley no le convencerá su velocidad media, así que, ¡ya hay lío asegurado!

La verdad es que con unos GTs tan estupendos se podría decir que las escenas casi se hacen solas, pero hay que reconocerle al director (quien quiera que sea) que logró sacarse de la manga unas cuantas persecuciones bastante potentes, con algunos momentos determinados cercanos a la gloria. A ello hay que sumarle una banda sonora de rock y soul nada despreciable (Bobby Doyle, Jimmy Walker, Delaney & Bonnie -tienen un camuflado cameo en la peli- o el momento viagro definitivo, cuando suena el "Mississippi Queen" de Mountain) y, bueno, a una rubia jipi angelical cabalgando desnuda una motocicleta, que nunca viene mal. ¡Ah! Tampoco falta la proverbial música de persecución de banjos.

Así que ya sabéis, si os gusta el estilo de las road movies de aquella época, y no habéis visto Punto límite: cero, ahí tenéis un título que chequear. Y si no os dicen nada, pues vaya, no sé, probad con un extraño remake protagonizado por Viggo Mortensen, donde de repente Kowalski tiene mujercita (WTF?), y vamos, no sé, me da en la nariz que no será lo mismo. Aunque si la chica de la moto es Peta Wilson, bueno, quién sabe, igual le hecho un vistazo.

Pero seamos serios, y vayamos a por the real shit. Ya lo dijo aquel sabio... When I'm cruisin' in overdrive, don't have to listen to no run of the mill talk jive.

viernes, 25 de marzo de 2011

24-7 Spyz

Hermanos pequeños de bandas de fusión como RHCP, Living Colour o Fishbone, la música de estos cuatro negros surgidos de los guetos del South Bronx tenía puntos en común con todas estos grupos. Es decir, los 24-7 Spyz combinaban como les salía los riffs de Hendrix con el metal y el funk, o lo que se les ocurriera. La banda destacaba por una poderosa sección rítmica y un orondo virtuoso de las seis cuerdas que se hacía llamar Jimi Hazel, nombre que recogía sus máximas influencias como guitarrista: Hendrix y Eddie Hazel, de los Funkadelic. No tenía mal gusto el amigo.

24-7 Spyz surgieron en 1986, y tras hacerse con una legión de fans en Nueva York salieron a comerse el mundo. En 1989 les llegó el contrato discográfico, y como muchas de las bandas de la nueva alternativa, durante los 90 llegaron los problemas, las disensiones y los cambios de formación. Luego vino una separación y una inevitable reunión hace pocos años.

Si ya poca gente parece recordar la obra de una banda como Living Colour, es inútil ir buscando fans acérrimos de los Spyz ahí fuera, pero yo sigo teniendo más o menos en cuenta sobretodo su poderoso disco de debut, Harder Than You, que a pesar de su espinaltapesco título está repleto de riffs poderosos, ambientes jazzísticos, arranques hardcore y pétreas exhibiciones guitarrísticas de Jimi Hazel. Estoy pensando por ejemplo en la instrumental "Jimi'z Jam", que suena como si el Satriani más Hendrix se hubiera metido en Anthrax durante un par de minutos. También hay una curiosa versión del "Jungle Boogie" de Kool & The Gang, aunque obviamente no llega a la altura de la original.

24-7 Spyz, un grupo olvidado de la era alternativa que no estaría mal recuperar.

jueves, 24 de marzo de 2011

Adieu, dame Liz

Lo tenía todo: la belleza, el talento, el glamour, el color violeta... nunca habrá nadie como Elizabeth Taylor.

Es hora de repasar todos esos clásicos que tenemos en mente: La gata sobre el tejado de zinc, Cleopatra, Gigante, ¿Quién teme a Virginia Woolf?, y aquella primera palabra de Maggie a quien prestó su voz por unos segundos.

Hasta siempre Liz. Seguías siendo grande; eran las estrellas las que habían empequeñecido.


miércoles, 23 de marzo de 2011

La momia (1932)

La momia es el tercer gran clásico de terror de la Universal durante la etapa de Carl Laemmle Jr., el hombre que trató de hacer del cine de terror algo tan firme y respetado como la obra de Balzac. Sorprendentemente iba a resultar ser una de las cintas más romanticas del periodo clásico de terro de la Universal.

Diez años antes del estreno del film la egiptología había ocupado las primeras páginas de los periódicos cuando Howard Carter había descubierto la prácticamente intacta tumba del hasta entonces poco importante y desconcido faraón Tutankamón. Al hallazgo siguió un morbo periodístico y una leyenda urbana de maldiciones y muerte transportadas a través de los siglos. El dúo escritor conformado por Nina Wilcox Putnam y Richard Schayer retomaron aquellas habladurías para imaginarse a una momia egipcia rediviva que sembraba el terror en el presente. Precisamente el encargado de transportar esa historia un guión, John L. Bardeston, había cubierto como periodista la apertura de la sala mortuoria del rey Tut.

La momia iba a ser un vehículo para Boris Karloff, convertido ya en estrella tras la exitosa El doctor Frankestein. Como hiciera desde que comenzara su carrera a principios de los 20, Karloff no dejó de trabajar en ningún momento, a pesar de su nuevo estatus, y rodó un buen puñado de films antes de volver a la Universal para ponerse en manos del genio del maquillaje Jack Pierce, quien ya había epatado a los espectadores con su caracterización del monstruo de Frankestein. Su recreación de un Karloff momificado fue igual de fascinante, aunque en este caso la tópica momia viviente apenas sí ocuparía una secuencia. De todas formas su trabajo volvía a ser magnífico.

Lo cierto es que La momia carece del estilo del Drácula de Browning o el Frankestein de Whale, aunque su director, Karl Freund (uno de los directores de fotografía de Metropolis, que debutaba en América con esta cinta), desde luego no era un recién llegado, y había sido uno de los pioneros del expresionismo alemán de los años 20. Su pericia se deja sentir, con todo, en determinadas secuencias, entre las que destaca la delicada majestuosidad del flashback de miles de años al Antiguo Egipto.

La momia sigue, en gran parte, la estructura de Drácula, e incluso algun actor de ésta, como Edward Van Sloan, repetía papel, muy parecido al profesor Van Helsing. El peso del film recae obviamente en un soberbio Karloff quien, ayudado por un más austero maquillaje de Pierce, y una conveniente iluminación, aporta inquietud y mal rollo alcanzado cotas cinematográficas míticas en los primeros planos de su adusto rostro y su malvada mirada hipnotizadora. Zita Johann, una aspirante a starlette de la época, aunque su carrera no llegaría mucho más allá, es la heroína de la cinta. Su trabajo no es espectacular y no llega a destacar hasta que aparece vestida de sacerdotisa egipcia.

El rodaje fue difícil, en especial para Karloff, debido a las sesiones de maquillaje. Evidentemente el momento más complicado fue su aparición como momia egipcia, que le tuvo varias horas en el camerino. Entre maquillaje y tiempo de estudio, aquel día el pobre Boris trabajó 18 horas seguidas, en unos tiempos en que todavía no había Sindicato de Actores que impusiera normas al respecto. Zita Johann tampoco lo pasó muy bien, y fue el blanco de las iras de Freund durante el rodaje.

Sin embargo el esfuerzo mereció la pena, y aunque La momia quizás no sea una película redonda, añadió un nuevo personaje a la galería popular de monstruos, y sirvió para que Karloff llevara a cabo una de sus interpretaciones más memorables. Y por supuesto el maquillador Jack Pierce volvió a demostrar que no tenía rivales.

Incómoda pausa para el té de Karloff

La momia, un entrañable y clásico por excelencia film de terror que debería figurar en todas las filmotecas de la chavalería junto a los últimos títulos de Disney.

lunes, 21 de marzo de 2011

El reinado de Elvis: 1974

Aquel 11 de mayo de 1974 Dread Zeppelin y Tortelvis todavía eran un sueño pesadillesco por engendrar, pero aquella ya noche ya colisionaron los mundos del dirigible y del Rey del rock. Tras el concierto de Su Majestad en el Fórum de Los Ángeles, Jimmy Page, Robert Plant y John Bonham tuvieron la oportunidad de conocer a uno de sus ídolos. El encuentro no fue difícil, ya que el promotor musical de ambas partes era el mismo, Jerry Weintraub. Ya durante el concierto, aquella noche, Elvis le había hecho un guiño a la banda más grande sobre la Tierra, parando una canción a mitad para volver a empezar, no sin añadir antes que los chicos de Led Zeppelin estaban viendo el show, y que más valía que pareciera que sabían lo que hacían. Bien sabía Elvis que Led Zeppelin eran el rival a batir, especialmente en el apartado de ventas. Y seguro que respetaba su reputación en directo. Aunque también era más que posible que a un guiño del presidente, hubiera puesto a los cuatro chicos británicos en bandeja del FBI. Con todo, como cualquier otro rockero sobre la Tierra, Elvis tenía curiosidad por aquella banda y su reputación.

¿Eran ciertas todas aquellas historias locas de Led Zep en las giras? "Claro que no", se apresuró a contestar Robert Plant. Ellos eran hombres de familia. Como Elvis o cualquier otra estrella de rock. Hombres de familia. Plant no podría evitar enseñarle al gran hombre su famosa imitación de Elvis, entonando "Love Me". Presley se partió de risa, e invitó a la banda a su suite. Durante un par de horas cantaron, hablaron y Elvis confesó que le encantaba la única canción que había oído de ellos, "Stairway To Heaven". Todavía hoy Robert Plant recuerda emocionado cuando se despidieron de Elvis, y éste asomó su cabeza por la puerta de la suite para despedirse con la estrofa de "Love Me", y volver a partirse.

En proceso de recuperación desde su hospitalización el año anterior, la nueva temporada comenzaría de nuevo en Las Vegas, el 26 de enero, aunque por consejo del médico personal de Elvis, el doctor Nick, se había reducido el tiempo a un par de semanas. Con el susto todavía reciente y un estricto control médico, Elvis subió al escenarios con un aspecto estupendo, y un nuevo vestuario que no incluía sus míticas capas. La salud anímica del cantante era, nunca mejor dicho, otro cantar, y en alguno de sus cada vez más bruscos cambios de humor, le espetó un "mala puta" a una fan que le arrancó un collar del cuello. Por lo demás, Elvis estaba encantado con su nuevo grupo vocal masculino, los Voice.

De todas formas aquellos que le conocían bien sabían que el buen aspecto de Elvis era un espejismo. No sólo porque en el pasado ya hubiera engordado para luego adelgazar y de nuevo ponerse kilos encima, sino que sus rabietas de estrella egomaníaca se habían convertido en incontrolados (y cada vez más absurdos e impredecibles) ataques de ira, y, lo que era peor, a todo ello había que añadirle la cada vez más voraz e irresponsable pasión de Elvis por las armas. Ya el año anterior, en Las Vegas, había estado a punto de llevarse por delante a su novia, Linda Thompson, tratando de apagar un interruptor de un balazo. Era la nueva costumbre de Elvis: disparar a interruptores para apagar luces, derribar lámparas, destrozar televisores a balazos. Evidentemente sus disparos incontrolados solían tener lugar cuando estaba atiborrado de drogas. Uno de sus pasatiempos favoritos era destrozar el televisor a balazos cuando aparecía alguno de sus cantantes más odiados (gente como Mel Tormé o el relamido crooner Robert Goulet), o, especialmente, cuando aparecía Karl Malden en Las calles de San Francisco. No era que odiara a Malden o la serie, sino que el protagonista era un tipo llamado Mike Stone, igual que el karateka que se había llevado a su chica, Priscilla.

En marzo Presley volvió a salir de gira, empezando por Tulsa, para después recorrer algunas localidades no demasiado grandes en estados como Texas, Virginia o Tennessee. El doctor Nichopoulos se fue de gira para monitorizar las ingestas de pastillas de Elvis (aunque inevitablemente, el coronel Parker, e incluso Vernon Presley, se quejaron por el coste que aquello suponía. ¡Ah, el color verde!). Elvis demostró estar en buena forma al enlazar una novia y una groupie con otra. Cuando una volvía a su pueblo, Presley ya tenía lista la siguiente. Quizás quería probarse que, respecto a las mujeres, él era tan bueno o mejor que aquellos melenudos británicos de Led Zeppelin. La gira cerró en Memphis, donde la RCA, por consejo del coronel, grabó el concierto para editar un disco en directo, ya que cada vez era más difícil arrastrar al cantante a un estudio de grabación. El disco se publicaría como
Elvis: As Recorded Live on Stage in Memphis, con una bonita foto del porche de Graceland en la portada.

Tras casi dos meses de descanso, que no le sentaron demasiado bien (Elvis ya se resistía cada vez más al estricto régimen pastillero del doctor Nick), el cantante realizó una minigira en California. Durante su estancia en Los Ángeles conoció a los chicos de Led Zeppelin, y saboreó un poco de las dosis de adrenalina a lo Frank Sinatra cuando sus guardaespaldas dieron una paliza a un promotor borracho que se presentó en la suite de Presley. Por supuesto Elvis no perdió detalle, como habría hecho el viejo Ojos Azules.

Tras otra serie de conciertos en el Sahara Tahoe Hotel, a Elvis se le metió en la cabeza protagonizar una película de kárate. En el último par de años su pasión por el deporte se había
disparado, como lo había hecho la de medio mundo, gracias a las pelis del entonces recién fallecido Bruce Lee (que por supuesto le encantaban al gran E) y la serie Kung Fu. Presley se veía a sí mismo como un cruce entre Shaft (la blaxploitation también estaba en su punto álgido en el gusto cinéfilo del Elvis) y un experto karateca. Para ello el cantante pidió la ayuda de un guionista y productor amigo de Jerry Schilling, que fue a visitar a Elvis para detallar las ideas generales del guión. Cuando llegó a Graceland, Presley estaba con el maestro karateca Ed Parker y el resto de la Memphis Mafia. Pero la reunión fue un fracaso, ya que Elvis estaba totalmente colocado. Ed Parker tampoco colaboró demasiado. Él quería hacer un documental realista sobre la disciplina, y finalmente logró encauzar el interés de Elvis en esa dirección. Bajo la dirección de Ed, y con el dinero de Elvis, se organizarían varios torneos que serían grabados para el film. El coronel aconsejó a Presley que no pusiera el dinero hasta no haber estudiado todos los detalles, pero su pupilo no le hizo caso y le dio el dinero a Parker a fondo perdido.

En junio, mientras Elvis estaba de nuevo girando, llegó una nueva separación a la familia Presley: la de Vernon y Dee. La relación entre Vernon y la madrastra de Elvis se había torcido con los años, y el hecho de que Vernon hubiera conocido a una joven enfermera selló el finiquito para aquel matrimonio. A Elvis no pudo importarle menos.

Tras unas semanas de descanso Presley volvió a Las Vegas en agosto, con un nuevo traje (estampado con adornos de pavo real) y un nuevo repertorio. Elvis decidió abandonar la intro de Strauss y recuperar temas más bluesies como "Big Boss Man" o "My Baby Left Me". Seguía habiendo versiones rockeras, destacando nuevamente la Creedence y su "Proud Mary", el "Promised Land" de Berry o la electrizante "Polk Salad Annie" de Tony Joe White. En el apartado más kitsch destacaba una versión de nada más y nada menos que Olivia Newton John: "Let Me Be There". Aquella primera noche el saludo especial de Elvis fue para el hombre del momento, Telly Savalas, que estaba causando furor gracias a la serie Kojak. De todas formas parece que el empuje de Elvis por renovar se fue diluyendo, y volvió a sonar Strauss y las baladas, menos arriesgadas que el blues negro.

Tras acabar la sesión en Las Vegas el 2 de septiembre con unas cuantas peroratas sobre su familia, Priscilla, y una negación pública sobre los rumores sobre drogas que dejó pasmados a muchos, Elvis partió para ir a descansar a Memphis. Allí se dejó ver ante las cámaras practicando kárate en la nueva escuela de artes marciales que había financiado, para luego irse de compras y regalar a los chicos unos cuantos coches.

Como cualquier artista, Elvis tenía noches mejores y peores, aunque era inevitable que los tiempos del aplastante especial del 68 comenzaran a quedar lejos, debido sobretodo a las drogas. De todas formas el sentir general de público y crítica seguía siendo positivo. El signo cada vez más preocupante de que algo iba mal eran los monólogos de Elvis, en otro tiempo graciosas, y ahora cada vez más largos e inconexos. En la temporada veraniega de Las Vegas Elvis había vuelto a arremeter contra el Hilton, quejándose ante su público de que no le gustaba aquella sala. De hecho aquellos monólogos parecían comenzar a dominar tanto las actuaciones de Elvis que el coronel decidió sacarse unos dólares editando bajo su recién estrenado sello propio el bizarro disco Having Fun with Elvis on Stage, que no eran sino descartes de la RCA de varios directos de Presley, que no eran sino justamente monólogos improvisados en escena. Quizás era la venganza del coronel por el hecho de que la segunda noche en Las Vegas Elvis se hubiera pasado quince minutos en escena realizando prácticas de kárate junto a Ed Parker, para sorpresa de los presentes e indignación del coronel.

Entre septiembre y octubre Elvis se fue de gira por unos cuantos estados de la Unión, mientras trabajaba junto a Linda en un guión para su peli de kárate. Cerró la temporada con otra rápida ronda de conciertos en Tahoe. Cierto día, en los camerinos, Red West detectó cierta cantidad de coca que, al parecer, era de Elvis. Él y Red ya la habían probado alguna vez en el pasado, pero parecía que Presley había decidido retomarla a ver qué tal. Aunque desde luego el plato principal seguían siendo las pastillas, de todos los tamaños y colores. En Tahoe las críticas fueron devastadoras. El estado físico del Rey volvía a ser preocupante.

Tras acabar en Tahoe Elvis y su otra novia importante de aquel año, Sheila Ryan, se fueron a Las Vegas para ponerse en manos del equipo del doctor Elias Ghanem. Las pruebas que le realizó no dieron resultados muy alentadores. El método del médico consistía en una dieta líquida y mucho reposo a base de sedantes. Evidentemente aquello no parecía ir a ningún lado. De todas formas durante su estancia en Las Vegas le visitó Jerry Schilling, productor oficial del proyecto karateka. La reunión fue fructífera, y Presley decidió regalarle a su hombre una casa para que iniciara con buen pie su nueva relación junto a Myrna Smith, una de las coristas del cantante.

Tras Las Vegas Elvis mandó a Sheila a casa y cayó en brazos de Linda Thompson, con quien
pasó el Día de Acción de Gracias. Unos días después el coronel accedía, de mala gana, a elaborar un plan empresarial para el documental de artes marciales. El 19 de noviembre el vomitivo National Enquirer sacaba en primera plana una foto bastante reveladora de Elvis, preguntándose en su particular estilo sensacionalista qué pasaba con el Rey del rock. El golpe debió ser lo bastante importante como para que el cantante se fuera con Linda a Las Vegas para ver de nuevo al doctor Ghanem. Durante su estancia Jerry volvió para comentar detalles del futuro film. Una noche Elvis se derrumbó en su habitación, solo. Logró llamar a Jerry, quien acudió corriendo, encontrando que Linda ya estaba allí. Ghanem estaba ilocalizable. Cuando apareció, Jerry se enfrentó con él. Creía que nada de aquello tenía sentido. ¿No era mejor acudir al doctor Nick? Finalmente todos volvieron a Memphis a pasar una de las Navidades más tristes que se recordaran en Graceland. El 24 un desilusionado Elvis cancelaba el proyecto de la película de kárate. El cantante estaba en caída libre, tanto física como anímicamente. El coronel hubo de reconocer que, según los informes de Ghanem, Elvis no podría actuar en Las Vegas el enero siguiente.




domingo, 20 de marzo de 2011

La sombra de Caín: Los crímenes del Hogar Archer

Nadie sospechó nada, durante largo tiempo. Ni siquiera las hermanas algo chismosas hermanas Bliss, dos venerables ancianas que vivían frente a la casa de reposo, y que ocupaban gran parte de su tiempo, como muchas otras venerables ancianas, fisgando por las ventanas y atendiendo al más mínimo ruido. Durante largo tiempo simplemente parecía que el negocio le iba bien a la 'Hermana' Archer. Lo que nadie imaginó es que en aquel caserón el "curso" de la naturaleza fuera algo caprichoso.

Como surgidos de la nada, Amy Archer y su marido James aparecieron cierto día de abril de 1907 con un carro, muebles y paquetes en medio de la tranquila calle Prospect, una avenida de casas victorianas donde residía la gente bien de la pequeña población de Windsor, Connecticut. Al parecer, los Archer habían acumulado alguna experiencia cuidando a ancianos y enfermos, y tal vez la 'Hermana' (como se hacía llamar) incluso hubiera trabajado en un hospital. El caso es que el matrimonio no solo acumuló experiencia, sino también algo de dinero. Un dinero que James Archer seguramente habría gastado gustosamente en los pubs, pero la santurrona Amy no sólo le había impuesto su particular Ley Seca a su marido, sino que además cuidaba celosamente el dinero tan duramente ganado. Así pues, marido y mujer decidieron (el plural es una mera cortesía) abrir una residencia de ancianos y enfermos con la que ganarse la vida. Fue así como de pronto una vieja casa de tres pisos abandonada en la calle Prospect se convirtió en el 'Hogar Archer para personas ancianas e inválidos crónicos'.

La Hermana Archer, enfundada en un uniforme de enfermera, y su marido, no tardaron en presentarse a sus vecinos, haciéndoles saber la bendita misión que les había llevado allí, y rechazando, para fatalidad de James, cualquier copichuela que sus anfitriones pudieran ofrecerles. Dado el poderío físico del señor Archer, en el vecindario pronto comenzó a conocérsele como Big James.

El plan de los Archer era simple: podían alejar a diez personas, entre mujeres y hombres, ya fueran ancianos desvalidos o enfermos incurables. A cambio de un estipendio fijo, el matrimonio cuidaría de aquellos pobres desahuciados hasta el día en que el Señor tuviera a bien llamarles a su lado. Además, el paquete incluía un entierro de lujo y una bonita lápida en el cementerio local. Una bonita forma de hacer sentirse bien a los familiares que se habían quitado un peso de encima.

La residencia pronto colgó el cartel de 'completo'. Cinco ancianos, cuatro ancianas y un joven gravemente enfermo ocuparon las habitaciones del Hogar Archer. Todo marchaba normalmente: los Archer eran atentos y trabajaban duro. Por las tardes la Hermana Archer amenizaba a sus huéspedes con antiguos himnos religiosos que acompañaba con un viejo piano. Amy Archer estaba alegre de servir al Señor y al prójimo. Los dólares eran lo de menos.

A las tres semanas las hermanas Bliss fueron despertadas en plena noche por ruidos de cascos de caballo. Pudieron ver como un coche fúnebre era cargado con un ataúd. La primera víctima, del Hogar, como pudieron averiguar las cotillas hermanas al día siguiente, había sido el joven enfermo. Dado el paupérrimo aspecto que tenía al llegar, a nadie le sorprendió lo más mínimo.

Entre los elegantes vecinos de la calle Prospect parecía causar más sorpresa el sempiterno aspecto de agotado que parecía llevar James Archer de un lado a otro. Era curioso que alguien de tan imponente físico pareciera estar siempre al límite de sus energías. Desde luego la Hermana debía de hacerle trabajar a base de bien.

Lo que no sabían aquellas buenas gentes es que, desde luego, aunque el Gran Jim trabajaba duro, cuando la Hermana Archer le hacía trabajar de lo lindo era por las noches, en la cama. Al parecer la diminuta y enjuta Amy Archer tenía un apetito sexual tan voraz que ni siquiera todo el poderío físico de su marido podía satisfacerla. No era de extrañar pues que, en cuanto podía, James se escabullera al pub más cercano a reponer fuerzas. Y aun fue menos sorprendente el que, entre jarra y jarra de cerveza, le acabara contando al barman alguna de sus cuitas. Por suerte para él, la clientela del pub no tenía su acomodo precisamente en las elegantes casas de la calle Prospect.

Pasó un año, y la fama del Hogar Archer siguió aumentando. Sus clientes enviaban entusiastas cartas (repasadas por la Hermana antes de echarlas al correo) a sus familias diciéndoles el excelente servicio que recibían y lo bien que estaban allí. La lista de espera fue creciendo como la espuma. Y por tanto Amy Archer pudo comenzar a informarse y a elegir sólo a los ancianos y pacientes de las familias más selectas y acaudaladas. Los carros nocturnos que recogían cuerpos aumentaron su frecuencia. Pero todo era de lo más natural. ¿Quién iba a sospechar de la hacendosa y bondadosa Hermana Archer? Su ojo no sólo estaba en el dinero, y no dudaba en dar comida a los vagabundos que llamaban a su puerta, o en cuidar de sus vecinos enfermos, o en cocinar pasteles o coser bufandas para el vigilante nocturno. Ciertamente la Hermana era una santa.

Para 1910 ya eran una docena de residentes los que habían estirado la pata. Aquel año el Señor también decidió llamar a su lado a un aparentemente agotado James Archer. Aunque otra versión, algo más movida, sitúa su muerte un par de año después, justo a tiempo para la entrada en escena del pelirrojo Michael Gilligan.

Desde el primer momento la Hermana vio algo distinto en aquel sin techo que apareció en su parte cierto día de febrero. Como hacía con muchos otros haraganes, Amy le invitó a pasar y le ofreció algo de comer. El pelirrojo de voz meliflua y mirada pícara llenó la panza y se ofreció a pagar a la Hermana con algún trabajito de manitas. Su talento con las herramientas le valió a Gilligan un puesto en el Hogar, a cambio de alojamiento y manutención. Sin comerlo ni beberlo James Archer se encontró de repente con que tenía en su hogar a un polizón.

Lo que era peor, Gilligan gustaba de mascar tabaco y beber alcohol, algo que hacía abiertamente sin que la Hermana dijera esta boca es mía. Fue comprensible pues que los celos aparecieran, y que, a la mínima oportunidad, James tratara de deshacerse de Michael Gilligan. Tratando de valerse de su autoridad, cierto día que la Hermana Amy estaba fuera el señor Archer despidió a Gilligan. Pero éste, que sabía demasiado bien quien llevaba los pantalones allí, ni se inmutó, y siguió a lo suyo. En las semanas siguientes la salud de James Archer comenzó a quebrarse. Apenas sí logró sobrevivir dos meses.

Ésta es la versión extraoficial, por supuesto. Aparentemente James Archer falleció en 1910, y nunca cruzó su furibunda mirada con el amigo Gilligan. De todas formas, ya fuera en 1910 o 1912, el resultado fue el mismo: tras su muerte, el Hogar Archer comenzó a resentirse económicamente de algún modo, mientras la Hermana se consolaba en los brazos de Michael Gilligan. A diferencia de James, el pelirrojo hizo de su capa un sayo, y la Hermana hubo de explicar que si su nuevo compañero bebía era por motivos de salud.

A toro pasado, es decir, muchos años después de lo sucedido, rumores maliciosos apuntaron que el reinado de Gilligan en el rebautizado Hogar Archer-Gilligan declinó conforma a lo hizo su potencia sexual. Fuera cierto o no, el dato fehaciente es que Amy y Gilligan contrajeron matrimonio en 1913, y que el desdichado pelirrojo apenas sí sobrevivió tres meses a la boda. Poco después llegó al hogar un tal Franklin R. Andrews, un caballerete bien conservado para su edad que comparado con la clientela habitual parecía un Apolo redivivo. Amy Archer puso sus ojos en él, pero el destino le fue esquivo: Andrews era, en la jerga de la época, un invertido. El pobre no duró mucho, como cabía esperar.

El caso es que desde la muerte de James Archer los fallecimientos en el Hogar Archer no habían dejado de aumentar vertiginosamente, aunque los médicos habituales que se pasaban por allí a rellenar el certificado de defunción eran demasiado incompetentes o demasiado amigos de la Hermana Amy como para preocuparse siquiera de corroborar la causa que les proporcionaba la experimentada enfermera. Al parecer las sendas pólizas que, casualmente, Amy Archer había contratado poco tiempo antes de que sus sendos maridos la diñaran, le habían permitido seguir adelante con la residencia y poco más.

En junio de 1914, no mucho después del fallecimiento de Andrews, un matrimonio de ancianitos, los Gowdy, llegaron al Hogar Archer-Gilligan. Tras pagar 1.000 dólares por su permanencia en el hogar, la esposa, Alice Gowdy, no llegaría a ver las Navidades. Amy Archer cada vez pedía más dinero, buscaba más herencias, exigía más tasas. Según las iba obteniendo los firmantes iban falleciendo.

Entretanto una mujer llamada Nellie Pierce seguía tratando de encajar la noticia de la muerte de su hermano Franklin Andrews, un tipo sano como una pera. Después de que las autoridades desoyeran sus sospechas, Pierce envió una carta al diario The Hartford Courant, explicando su caso. El editor del periódico sí que se interesó por su historia, y puso a su mejor periodista, Mike Tougky, en el caso. Tougky se entrevistó con Pierce, tras lo cual se encerró en el archivo del condado de Hartford a revisar estadísticas y defunciones. No tardó en comprobar que la mortalidad en el Hogar Archer-Gilligan había crecido exponencialmente y que era cuatro veces superior a la mortalidad de cualquier otra residencia de la Costa Este. Sus pesquisas siguieron por el barrio, donde las hermanas Bliss le informaron puntualmente de los cuerpos que salían por la noche cada vez más a menudo, para a los pocos días ser sustituidos por otros ancianos achacosos que duraban unas pocas semanas.

Los artículos en The Hartford Courante acerca de la espeluznante realidad de aquel caserón comenzaron a publicarse uno tras otro, consternando a todo el condado. Después toda la información recopilada por Tougky y Pierce pasó a manos de la Policía. Sólo entre 1911 y 1916 habían fallecido 46 personas en el Hogar Archer-Gilligan. Los agentes no tardaron en aprehender a la Hermana Archer. En julio Amy Archer era acusada de asesinato en primer grado de, al menos cinco víctimas, aunque se sospechaba que tenía en su haber varias decenas más.

En 1917 se celebró el juicio y Amy Archer fue hallada culpable. Se libró por poco de la horca, y fue condenada a pasar el resto de sus días en la cárcel. Finalmente los pasó en una institución mental. En 1924 su demencia fue oficial. Amy Archer fallecería en un hospital mental a una edad ya avanzada, en 1962.

Muchos años antes, en 1939, un dramaturgo encontró en aquella historia tétrica el suficiente potencial como para, inspirado por ella, escribir cierta obra titulada Arsenic and Old Lace.

sábado, 19 de marzo de 2011

viernes, 18 de marzo de 2011

Capricornio Uno (1977)

Destacable film de ciencia ficción (técnicamente igual no lo es, pero bueno) dirigido por el neoyorquino Peter Hyams, un curioso caso de director que parece que gastara todos sus cartuchos entre finales de los 70 y principios de los 80, como si fuera un Shyamalan de la época. Y sin embargo, si una cinta como Capricornio Uno le ayudó a ponerse en el candelabro, como decía aquella entrañable modelo, por algo sería.


Escrita y dirigida por Hyams, Capricornio Uno seguramente sea el film preferido de los conspiranoicos que nunca creerán que el hombre haya estado en la Luna. No desvelo a nadie ningún gran espoiler de esos (ya que la cosa se desvela al principio del film) si os digo que Capricornio Uno va precisamente de eso: un montaje que se marca la NASA sobre un vuelo a Marte, debido a que por la época el interés por el asunto espacial estaba bajo mínimos. Hyams aprovechó esa situación para sacarse de la manga un interesante film con el típico tono depresivo y desilusionado de la era posterior al truco de Nixon.


En Capricornio Uno un Hyams por entonces en buena forma logra realizar un buen film, entretenido, con una trama interesante y varios momentos técnicos de relumbrón. A destacar un trepidante momento de coche saboteado (en el que, sí, Hyams echa mano del típico truco de acelerar la imagen para crear sensación de velocidad, pero hay que reconocer lo usa con conocimiento de causa) y unas persecuciones aéreas igual de sólidas, con espectaculares planos de helicópteros malignos. También grandiosa es la resolución de cierta secuencia en la que uno de los personajes escala una montaña, mientras trata de animarse contándose un chiste (chiste que, por cierto, formaría parte del repertorio de Eugenio, ¿lo sacaría de aquí?). No diré lo que pasa después, pero el plano decisivo está muy bien. En el plano negativo, para mi gusto, un final cercano al espanto, no por el final en sí, sino por el acabado, por decirlo de alguna manera, que raya en escena de melodrama barato. La película necesitaba otra conclusión, en la onda de otras cintas setenteras de intriga. Por desgracia, mal regusto para un, por lo demás, más que conseguido film.


Entre el reparto, interpretaciones correctas por parte del rizado Elliott Gould (por entonces, ex de la Streisand), James Brolin (futuro de la Streisand, se ve que el desdichado no aprendió nada de su compañero de reparto) y Hal Holbrook. También aparece el amigo O.J. Simpson, cuando se labraba una carrera en el cine, antes de hacernos reir junto a Frank Drevin y antes de que se le "fuera la mano". Divertido cameo, por otra parte, el del entrañable Telly Savalas.


Como moraleja de este cuento, decir que el Ejército estadounidense debería aprender de la NASA, organismo que, pese a que quedaba a la altura del betún en el film, prestó su total apoyo técnico y logístico a la peli.


Por cierto, grandioso tema central a cargo de Jerry Goldsmith. De hecho creo que lo pondré por aquí. Uno de esos inquietantes temas misteriosos y potentes que tan bien sabían hacer por la época.


Ya sabéis, Capricornio Uno, no os volará la cabeza, pero entretiene y tiene sus momentos, oiga.

martes, 15 de marzo de 2011

El discurso del rey (2010)

Ya lo decía Walter Matthau: nada como interpretar a un tonto, un cojo, un disminuído, etcétera, para conseguir un Oscar. De todas formas hay que reconocer que El discurso del rey es una película de intérpretes, y es gracias a su plantel (y un guión con buenos momentos) que la cosa funciona. Además, la trama es simple pero efectiva. ¡Pobre Jorge VI! Vivió en un país que quiere que sus monarcas hablen bien. Por suerte en estos andurriales somos más comprensivos. Pero dejémonos de puyas irónicas y vayamos al meollo.


Desde la ya lejana Shine, cuando le descubrí, cada vez que le veo en algún film (saga piratil incluída) no dejo de pensar lo agradecidos que debemos estar a Geoffrey Rush, para mí uno de los mejores actores actuales y digno representante de la archifamosa escuela británico-shakespeariana de intérpretes. Siempre que le veo nunca decepciona, y aunque a veces se gane los garbanzos con guiones mediocres, en su boca cualquier mal diálogo suena mejor. Las penas con Rush son menos.


En El discurso del rey imagino que estaba cantado que entre Rush y el oscarizado Colin Firth se llevaran toda la gloria, siendo sus duelos irónico-tartamudos lo mejor del film (cosa natural, porque si fallara eso, ¡no habría peli!). No es que el resto del plantel no acompañe más que dignamente (por ejemplo una Helena Bonham Carter que suele estar mejor cuando no la dirige su amantísimo, o el resto de gente: Guy Pearce, Michael Gamblon o el breve Derek Jacobi, quien, ya sabéis, ha sido uno de los mejores tartamudos de la historia del cine), pero claro todo había de girar entorno al logopeda y el pobre rey asustado.


En cuanto a la dirección, sobria, elegante y eficaz, el momento más fácilmente destacable sea seguramente ese momento (no diré en qué minutaje) de Firth acompañado de la, como diría Alex DeLarge, la deliciosa música de Beethoven. Ya se sabe, con la música adecuada todo es más fácil. Esperemos que Tom Hooper siga encontrando buenos vehículos para que medre en su incipiente carrera cinematográfica.


En pelis tan notorias no siempre abundan las buenas interpretaciones, así que El discurso del rey es altamente recomendable para quienes disfruten de actores y actrices que sepan hacer de sus diálogos un arte. Así que Dios bendiga la idea de deslizar el guión de la peli en el buzón de Geoffrey Rush, y larga vida al rey.

domingo, 13 de marzo de 2011

El reinado de Elvis: 1973

Las ruedas del avión chirriaron de forma diferente aquel 9 de enero en la pista de Hawái. El Rey estaba de vuelta para epatar al mundo via satélite, y dejar claro a todos que ningún patilludo británico podía quitarle el puesto. Elvis iba a llegar en vivo a millones de hogares en todo el mundo, y para ello había perdido 11 kilos. Era hora de volver a mostrar al mejor Elvis posible.

Habría dos shows, el 12 y el 14, que comenzarían con el consabido"Also Sprach Zarathustra" para dar paso a la veloz "See See Rider", seguida del "Something" de los Beatles (al que daba un excéntrico toque country bastante jugón), "You Gave Me A Mountain" y "Steamroller Blues". Venían más versiones, viejos clásicos como "Blue Suede Shoes", y alguno de sus éxitos recientes. Los conciertos se cerraban con la patriótica "An American Trilogy" (un tema arreglado por Mickey Newbury que reunía Norte, Sur y América Negra en una sola canción, mezclando partes del himno sureño "Dixie", el espiritual "All My Trials" y el tema de batalla "The Battle Hymn of the Republic"), "A Big Hunk O'Love" y "Can't Help Falling in Love". La respuesta del público fue histérica, y en sus hogares millones de televidentes vieron con sus propios ojos que Elvis todavía tenía mucho que decir, mientras desprendía glamour y brillos de lentejuelas desde sus gigantescas solapas.

Un par de semanas después Elvis comenzaba su habitual ronda de conciertos en el Hilton de Las Vegas. Durante aquellos días de descanso el cantante había vuelto a engordar en un tiempo récord. De hecho cuando le vio su amigo y fan Muhammad Ali, el supercampeón de los pasados, parecía que hubieran pasado 10 años en vez de seis meses desde la última vez que se vieran.

Seguramente no sorprendió a nadie que tras la marcha de Priscilla la ingesta de medicamentos y pastillas se hubiera incrementado de forma alarmante. La preparación para el Alloha from Hawaii había sido un oasis en medio del desierto farmacológico. Un mero espejismo. Y la necesidad del bálsamo de la farmacopea se acentuó tras el 18 de febrero.

Aquel día, durante su concierto de medianoche, finalmente las amenazas que habían puesto en guardia a Elvis y los suyos tiempo atrás se hicieron realidad, y cuatro tipos intentaron subir al escenario con aviesas intenciones. Red West se deshizo de uno mientras el bajista Jerry Scheff y Jerry Schilling trataban de despachar a los otros. Elvis puso su kárate en marcha y envió a uno de los asaltantes fuera del escenario. El padre de Elvis y otros trataron de agarrarle, pero Presley estaba fuera de sí. Tom Diskin, la mano derecha del coronel, le dijo que se calmara y pensara en su público. El concierto prosiguió, pero Elvis le hizo saber a su público que lamentaba "no haberle roto el maldito cuello a ese tipo, eso es lo que siento".

Aunque el informe policial finalmente reveló que todo se había tratado de unos fans exaltados que no habían tomado las sustancias adecuadas, en la mente de Elvis la conspiración era evidente, y seguramente se trataba de un asunto de drogas. Iban a por él por ser un agente especial. O mejor aún, eran matones enviados por Mike Stone. Sí, aquello tenía sentido. Sonny West se quedó de piedra cuando Elvis le dijo lo que debía hacer: deshacerse de Mike Stone. Aquel bastardo debía morir.

Sonny, como buen yesmen que era, se preguntó como librarse de aquel encargo. No podía. Tan sólo podía rezar porque finalmente al gran E se le pasara el enfado. Tras unos días y unas llamadas dio con un tipo que lo haría por diez mil dólares. Cuando Sonny le habló del asunto a Elvis, por suerte para todos, éste ya se hallaba más calmado, gracias a los sedantes recetados por los diligentes médicos. El asunto de matar a Mike Stone quedó allí. Por ahora. Pero no sería mala idea llevar una de esas pistolas que se esconden en la bota, en todo momento. Eso pensó Elvis, y eso hizo hasta sus últimos días. Aquello significaba que habría más pastillas, y más armas a su alrededor. Y más dinero: el coronel llegó a un acuerdo con la RCA y el catálogo de su cliente pasó a manos de la compañía (que hasta entonces solo tenía derechos de los másters).

El 4 de abril se rentransmitía el especial de Hawái en todo el país, copando un 57% de pantalla. Poco después Elvis se iba a San Francisco para participar en un torneo de karate, pero el coronel se opuso. Nada de apariciones públicas sin que el mánager supervisara el evento. Su instructor coreano Khang Ree le animó, y tras decirle que no tomara drogas (Elvis le enseñó su placa de antivicio -¡nadie más limpio que él!) y le subió a cinturón negro de séptimo grado. Como todos los que le rodeaban, Ree tampoco parecía esforzarse realmente en intentar alejar a Elvis de sus vicios. Y es que, además, ese primer paso de reconocer el problema no parece que acabara de llegar.

El 22 Elvis comenzaba una pequeña gira por la costa Oeste, que cerró en Denver. Poco después le programaron 17 días en Tahoe, dos semanas de trabajo por 300 mil machacantes. Las críticas de los reporteros no fueron buenas. Decían que al gran Presley se le veía gordo y aturdido. El cantante ni siquiera pudo completar las dos semanas, y canceló las últimas fechas, lo que le costó al coronel cien mil dólares de prima. El bolsillo le dijo al viejo bribón que algo había que hacer respecto al cada vez más errático protegido. El abogado de Elvis se puso en contacto con su particular hombre de la ropa sucia, un ex-detective de Narcóticos de la policía de Los Angeles, para que averiguara de donde salía tanta pastilla.

De la investigación salieron unos cuantos nombres: un médico de acupuntura, un dentista, y un par de galenos de Las Vegas. El famoso doctor Nick quedó fuera de la investigación porque Vernon Presley intercedió por él. Mientras los informes iban y venían, Elvis casi tuvo una sobredosis estando de gira en St. Louis, para pocos días después desmayarse ante su abogado, otros picapleitos y un periodista. Pensaron entonces en presionar a los médicos, en conseguir ayuda de agentes estatales, en presionar al entorno de Elvis, y decirle al gran hombre que le vigilaban. Pero evidentemente fue todo agua de borrajas. ¿Cómo obligar a afrontar la verdad al hombre que te paga las facturas?

En julio Elvis tenía programadas nuevas sesiones de grabación (la RCA estaba falta de material y habían logrado arrancarle al coronel aquellas grabaciones), pero la primera noche Elvis ni se presentó, y el resto de noches no fueron mejor. De 30 temas iniciales sólo se habían grabado ocho. La RCA no quedó contenta, el coronel tampoco, y el pobre Felton Jarvis, supervisor y productor, pagó el pato. Su trabajo junto a Elvis pendía de un hilo.

Cuando el 6 de agosto Elvis volvió a Las Vegas, las críticas fueron más devastadoras que nunca. Seguramente el 99.9% de los fans que le vieron salieron tan entusiasmados como siempre, pero la prensa especializada, siempre dispuesta a arrugar la nariz, se cebaron con el peso de Elvis y su aparente incapacidad para sacar el show adelante como en los viejos tiempos. Todo era "trágico, descorazonador y absolutamente deprimente". El coronel tampoco debía andar muy contento, sobretodo cuando se enteró de una de las improvisaciones de letra en "Love Me Tender" que Elvis había metido cierta noche: "a la mierda el Hotel Hilton, y que se joda la sala también". Y otra noche tras el concierto Elvis decidió hacer una demostración de karate y una mujer acabó con un tobillo roto. Denuncia y dinero para acallar el asunto. Algunas noches después, más referencias al Hilton. Los gritos del coronel en el camerino se pudieron oir en el desierto del Mojave.

Más tarde aquella noche, tras una fiesta, Elvis se lanzó a una de sus diatribas sobre el coronel, abriendo con la típica "¿Quién se cree que es ése [siguen insultos varios]?". Sacó a colación su vieja frustración de actuar en Europa, algo que siempre le había prohibido el coronel, tal vez porque no era estadounidense y no tenía sus papeles en regla para poder viajar allí, decían los rumores. ¿Y las deudas del coronel que se acumulaban en los casinos? El cantante hizo que le trajeran a su representante. Ante los alucinados ojos de los que se hallaban presentes, vieron, por primera vez, despellajarse al tándem mánager-estrella de rock. El coronel y Elvis se lanzaron toda su mierda acumulada. La carroña voló alto aquella noche. La escalada armamentística tocó techo cuando Elvis pronunció la frase mágica: "Estás despedido". El coronel respondió que no podía despedirle. Y si lo hacía, había un montón de dinero que todavía le debía. Cuando la reunión acabó, Parker se fue a su despacho y preparó un memorándum pormenorizado de todo lo que creía que se le debía. Durante los días siguientes Jerry Schilling y Sonny West actuaron de intermediarios entre el coronel por un lado y Elvis y Vernon por el otro, quienes estudiaron atentamente el documento de Parker.

The two greatest: Elvis y Ali

Vernon estaba preocupado. Parker pedía mucho dinero, y no sabía como él y su hijo iban a pagarle, o quién les podría asesorar. Mientras, Elvis se gastaba 100.000 dólares en contratar a un grupo vocal que le gustaba, The Voice. El pulso duró prácticamente hasta principios de septiembre, cuando la temporada en el Hilton tocaba a su fin. Fue Elvis quien decidió dar el paso decisivo: "Tenemos que llamar a ese hijo de puta. Él no nos va a llamar". Aquella llamada pareció enterrar el hacha de guerra. A finales de septiembre se concertaron nuevas sesiones de grabación, pero Elvis parecía más interesado en hacer que el tenor de los Voice Sherril Nielsen se hiciera un transplante de pelo. El coronel clamó al cielo nuevamente. Todo parecía volver a su cauce.

La sentencia del divorcio de Elvis y Priscilla se dictó finalmente el 9 de octubre. Tras el acuerdo al que habían llegado unos meses atrás, finalmente Priscilla había pensado que 100.00 dólares y una modesta pensión (para los estándares de los divorcios millonarios) no eran suficientes, y por tanto había pedido más. No era algo que le quitara al sueño a Elvis, aunque sí seguramente a Vernon. De todas formas tanto Elvis como Priscilla salieron sonrientes del juzgado y cogidos de la mano. Aunque a Priscilla le había impactado el deterioro físico de su ex-marido.

Tras el juicio Elvis se fue a pasar un tiempo en California. El día 15 comenzó a tener problemas respiratorios, y cogió urgentemente un vuelo hacia Memphis. Cuando llegó al hospital Baptist Memorial el cantante se encontraba en estado semicomatoso. Un horrorizado doctor Nichopoulus acudió al rescate. Presley estaba más hinchado que nunca.

Tras estabilizarle Elvis pudo mascullar algo de una acupuntura, esteroides, y unos pinchazos diarios que no sabía que eran, y que le inyectaba su médico de las agujas. El doctor Nick averiguó que se trataba de Demerol, un potente analgésico. Decidieron entonces tratar a Elvis con Fenobarbital y metadona, además de notar que, como consecuencia de la cortisona, el glaucoma leve del cantante seguía ahí. Poco a poco Elvis fue mejorando, pero en cuanto pudo se saltó la dieta e hizo que le llevaran hamburguesas al hospital. Mientras, el doctor Nick y Joe Esposito fueron a Graceland y llevaron a cabo el cervantino plan de deshacerse de todas las pastillas que encontraron por allí.

Tras salir del hospital, durante las primeras tres semanas Elvis fue supervisado de cerca por el doctor Nick, con quien solía desayunar casi todas las semanas. La estricta dieta del cantante pronto se fue a la porra, e incluso Nichopoulus tuvo que recetarle unas moderadas cantidades de somníferos para que pudiera dormir un poco. Cuando se enteró de que algunos de los chicos no podían evitar cumplir los recados de Elvis, el propio Nick se encargó de preparar pequeños paquetes de medicamentos para, al menos, controlar lo que se metía en el cuerpo el Rey. La bella Linda Thompson estuvo en todo momento al lado de Elvis, tratando de ayudar en lo que podía al doctor Nick.

Tras haber descansado un par de meses, en diciembre Elvis volvió a los estudios de la Stax (sede de las últimas y poco productivas sesiones), con Felton de supervisor, aunque se le impuso a un ingeniero desde Nueva York. El coronel seguía pensando que Felton ahogaba la voz de su protegido con tanta producción. Elvis llegó más animado a estas sesiones, y se finiquitaron temas como el "Promised Land" de Chuck Berry. Al acabar las sesiones llegaron las Navidades, que Elvis pasó relajándose junto a Linda o jugando al frontón con el doctor Nick. Pero el insomnio del Rey seguía siendo un problema.

Con las últimas campanadas de 1973, Elvis cerraba otro año de éxitos, aunque si de algo podía sentirse satisfecho era de seguir entre los vivos.

viernes, 11 de marzo de 2011

Alma en suplicio (1945)

La verdad es que hay que admirar a Joan Crawford, una mujer de vida fascinante con más vidas que un gato, que comenzó a ser una estrella en los tiempos del mudo, y cuando todo comenzó a venirse abajo un par de décadas después, ella logró resurgir, mientras otras viejas glorias del mudo languidecían o se autoconsumían. Y volvió a caer, y volvió a subir, década tras década, hasta su canto de cisne con esa maravillosa ¿Qué fue de Baby Jane?. Aunque después ya no hubo escapatoria posible, pero aun así la Crawford lo siguió intentando hasta finiquitar su carrera en la gran pantalla con esa esperpéntica y casposa Trog que, desde luego, algún diría merecerá la atención de este pequeño blojjj.

Pero por el momento retrocedamos a esos años 40, con Guerra Mundial de por medio y una mujer que odia a los espejos porque muestran el inexorable paso del tiempo. Evidentemente, Joan Crawford no quería hacerse mayor. ¿Acaso lo quiere alguien? Y aquel no era su único problema: el estudio que la había formado, que la había visto crecer, que había comenzado su constelación de estrellas con ella, la MGM, ya no la quería allí. Ya sabéis, en el diccionario si buscáis "capricho" sale la foto de la Crawford. Y tanto capricho acabó por sacar a todos de quicio, sobretodo, porque la gran estrella encadenaba fracaso tras fracaso, exigiendo papeles, rechazando otros como si tal cosa, y, en resumen, fastidiando como si sus películas siguieran haciendo millones. Así fue como la Crawford salió de la MGM para poner sus ojos en la Warner Bros. Cuando supieron la noticia, los trabajadores y curritos de los estudios Warner se pusieron a temblar. ¡Cuidado, viene la Cranberry!

El primero en volverse loco con la actitud imposible de la Crawford fue Jack Warner. Allí estaba aquella actriz, declarada oficialmente "veneno para la taquilla" (la pesadilla de cualquier actor o actriz, y más si esta actriz ya está cuarentona), echada de la MGM, y con un sueldo reducido en la Warner, que la había acogido casi como favor personal, rechazando un papel tras otro. Evidentemente, ninguna historia parecía suficientemente buena para ella. Y menos aun, aquellas que sabía que le ofrecían después de que Bette Davis, el ojo derecho de Jack, y némesis de Joan, los hubiera rechazado. Llegada al estudio en 1942, la Crawford tardó nada menos que ¡2 años! en encontrar un papel a su gusto. Y ese papel fue, en efecto, el de la atormentada Mildred Pierce de Alma en suplicio.

La novela original ya había sido uno de esos bocados por los que se pelean los estudios, y la Warner había ganado la partida. No se puede negar que Joan sabía lo que se hacía al elegir aquel papel. Por otro lado, el libro trataba un tema espinoso (adulterios y asesinato), y la censura estaba al caer. El guión fue de aquellos que necesitó varias reescrituras y varias plumas (incluidas la de todo un William Faulkner, aunque al parecer sus contribuciones acabarían en la papelera), hasta que finalmente se logró algo lo bastante sustancioso como para seducir a la quisquillosa actriz. Aunque finalmente se comenzaría a rodar sin un guión acabado. Para dirigir la cinta Jack Warner puso tras la cámara a su mejor hombre, Michael Curtiz, el hombre cuyo rostro aparecía en el diccionario junto a la definición de "todoterreno".

Si habían pensado ustedes que Joan Crawford obtuvo un papel jugoso sin luchar, se equivocaron. Tarde o temprano, la actriz tenía que sacar ímpetu y coraje y volver a por lo que era suyo. Insufrible, sí, pero se había ganado su estatus a pulso. Y no había a dejar que otra actriz le quitara aquel papel tan bueno. Lo malo es que aquella otra actriz era toda una Barbara Stanwyck.

La Stanwyck no era una cualquiera, era una gran estrella que además llevaba varios años haciendo sonar las cajas de la Warner. Barbara tenía su peso en el estudio, y más aún, tenía a Curtiz de su parte. El sempiterno cascarrabias húngaro se había horrorizado cuando le habían sugerido a Joan Crawford como su Mildred Pierce. El director ya había hecho saber su negativa a dirigir a aquella "zorra temperamental".

Mientras los leones duermen, allá en la sabana, las leonas siguen atentas, conocedoras de todos los trucos. Y Joan Crawford era una leona que llevaba cazando mucho tiempo. Si ya no hay músculo para cazar a la gacela, hágamonos pasar por una, y que así se acerque ella. Fue así como nació para el mundo la Joan Crawford humilde que, cuando quería, la estrella hacía salir para su propio interés, y para asco de Bette Davis. La Crawford le hizo saber al productor que, dada la competencia, y a pesar de su largo historial de películas, estaba dispuesta a hacer una prueba para el papel. ¿La Crawford rebajándose a rodar una audición? Al pobre Jerry Wald se le debieron salir los ojos de las órbitas. "¡Que me aspen!", como se solía decir por entonces.

Y llegó la prueba, y, de nuevo, la vieja magia de Hollywood. Curtiz comenzó a rodar la prueba de mala gana, para salir maravillado (o eso decía la Crawford) de aquel trance. Maravillado o no, desde luego el húngaro debió ver allí a su Mildred, por lo que le dijo a Wald que aceptaba trabajar con ella, pero que más valía que supiera "quien era el jefe".
Alma en suplicio trataba de una mujer que luchaba contra todo y contra todos por el bienestar de sus hijas. En ciertos aspectos, casi parecía un retrato de los crudos tiempos en que la estrella trataba de salir adelante sirviendo mesas, aunque no por sus hijas, sino por ella misma. Pero la capacidad de salir adelante de Mildred eran tan férrea como la de la propia Joan.

La trama de Alma en suplicio no deja de ser un cuidado melodrama que si no fuera por tener un buen guión, estar protagonizado por Joan Crawford y dirigido por Curtiz, tal vez pudiera haber sido pasto de horario de sobremesa. Pero, como diría Cantinflas, ahí está el detalle. Alma en suplicio es un melodrama bien escrito con unas pizcas de cine negro. La dirección es compacta como suele serlo el cine de Curtiz, y por momentos, en determinadas escenas, se deja sentir, visualmente al menos, la huella de Ciudadano Kane.

En cuanto al reparto, de los actores masculinos, el único que logra mantenerle el pulso a la Crawford es Jack Carson, estupendo como el eterno aspirante de Mildred, aunque en vez de ser el típico "otro" gris y lloroso, es un tipo alegre y desenfadado que aporta los momentos más ligeros de la película. En el lado femenino, aparte claro está de la gran estrella, destaca el controvertido papel de Veda, la arpía hija de Mildred, para el cual se probaron a centenares de jóvenes promesas, hasta que, cuando casi parecía que Shirley Temple sería la elegida, Curtiz la rechazó en su inimitable estilo (e inteligible acento): "¡Genial! ¿Y a quién contratamos para el amante de Mildred? ¿A Mickey Rooney?". Fue así como el papel fue a parar a la joven promesa Ann Blyth, una actriz que provenía de los musicales de Broadway, y que a su poderosa retaguardia pudo añadir una buena interpretación de esfinge maligna que le supuso una nominación al Oscar (aunque la única estatuilla del film sería para la Crawford) y su lanzamiento a una carrera de muchos y buenos papeles.

Con el papel de Mildred en el bolsillo, al comenzar el rodaje la antigua Crawford volvió por sus fueros, y empezó a volver loco al ya de por sí hombre de mecha corta Michael Curtiz. Si en la prueba que hizo para el director la actriz había llevado poco maquillaje y parecía una ecce ama de casa, ahora Joan Crawford se negaba a no aparecer glamurosa en pantalla. Si salía en la cocina haciendo la comida para su maridito, la actriz se negaba a deshacerse de sus míticas hombreras. Si salía vestida de enfermera, se ponía tacones kilométricos de fiesta. Y fue así como Curtiz empezó a desgarrar vestidos y a quitarle el pintalabios a manotadas, provocando la huida hacia sus camerinos de una estrella llorosa. Por lo general, en la MGM había trabajado con directores que se plegaban a sus órdenes, o bien cineastas sensibles (Gable los habría llamado afeminados) que entendía sus necesidades como estrella y actriz. Pero Curtiz no era ni lo uno ni lo otro, y, desde luego, el protocolo y la galantería no eran lo suyo.

Fue el productor Jerry Wald quien tuvo que poner paz entre Crawford y Curtiz, hablando a una de usar hombreras más pequeñas, que nadie iba a notar nada, y al otro, que si las actrices y las mujeres son seres sensibles y que no se les puede tratar como a sacos de patatas o a Errol Flynn. Y todo eso mientras aplacaba a tito Warner, quien cada día clamaba al cielo porque se estaba rodando con un guión sin terminar. Créanme, hubo una época en que los productores se ganaban el pan de veras.

Mientras el papel de Mildred perdía años y ganaba en primeros planos (curioso fenómeno, ¿a quien se deberían tales cambios?), el rodaje continuaba y, si bien Curtiz no parecía demasiado feliz, el resto del equipo quedó encantado con una Joan Crawford que no respondió a los rumores que de ella circulaban. La actriz no sólo se dirigía a ellos con total humildad, sino que además se aprendió los nombres de todos ellos, y les daba regalos por sus respectivos cumpleaños. La joven Ann Blyth también tendría siempre buenas palabras para la buena de Joan. Seguro que Bette habría estado encantada de poder mostrarles lo que de verdad se escondía bajo tanta amabilidad: escamas.

La verdad es que finalmente la sangre no llegó al río y tras sus primeros encontronazos Curtiz y Crawford se dieron cuenta de que querían lo mismo, con lo que el resto del rodaje continuó sin más batallas. Curtiz hasta cedió su casa en la playa para rodar algunas escenas. Tras su estreno Alma en suplicio se convirtió en una de las sensaciones de la temporada, el melodrama definitivo del año, y el gran retorno de Joan Crawford a los primeros puestos, estatuilla de oro incluida. Una vez más, el ave fénix resurgía de sus cenizas.

Alma en suplicio, un buen melodrama, porque sí, es posible hacerlos buenos. Además, el film nos recuerda que proles desagradecidas y "ninis" los ha habido siempre. Ya lo decía aquel tipo de Doce hombres sin piedad: hijos, te desvives por ellos y luego... pero para despejar este luego deberán visionar, obviamente, Alma en suplicio.

miércoles, 9 de marzo de 2011

La sombra de Caín: el fracasado crimen perfecto de Leopold y Loeb

La sombra de Caín es alargada, y no conoce de clases sociales o niveles económicos. Por eso nuestra sociedad, acostumbrada a los asesinos de baja estofa, no deja de sorprenderse cuando salta la noticia: entre las clases altas también hay desalmados. Por ello no es de extrañar que en 1924 el crimen de "Leopold y Loeb" ocupara todas las portadas de los periódicos. Su posterior juicio se convertiría, por supuesto, en "el juicio del siglo", y su historia daría pie a obras de teatro y novelas, en las que se inspirarían guiones de cine como el de La soga.

Nathan Leopold
y Richard Loeb, 19 y 18 años respectivamente, eran dos jóvenes amigos de Chicago, dos jóvenes brillantes cuyo talento les auguraba un futuro prometedor. De haber carecido de él, el dinero de sus acomodadas familias habría servido de sustituto al augur. Nathan Leopold, era de hecho, un genio; un niño prodigio que había empezado a hablar con cuatro meses, y que siendo aún un adolescente había ingresado en la Universidad de Chicago, donde comenzó a estudiar leyes. Aficionado a la ornitología, Leopold no tardó en convertirse en toda una eminencia en todo aquello que concernía a los pájaros. Por su parte el elegante y delicado Loeb se había convertido en el graduado más joven de la Universidad de Michigan y estaba destinado a ingresar en la prestigiosa Harvard. Sin duda cualquier madre habría estado encantada de dar a una hija a cualquiera de estos dos jóvenes y estupendos partidos.

Pero una cosa en la que no siempre reparan las mujeres con hijas casaderas es que no es oro todo lo que reluce. Loeb, en vez de ocupar sus pensamientos con las universitarias guapas que le rodeaban, se entretenía pergeñando crímenes y devorando libros policíacos. Nada de lo que preocuparse, sino fuera por que sus robos imaginarios tendían a hacerse realidad. Pero pronto los robos y los desplumes de gallinas sabrían a poco. Por su parte, Leopold era un incondicional defensor de la filosofía de Nietschze, y leía todos los trabajos del alemán con fruición. Como les ha pasado a otros, parece que Leopold se hizo una empanada mental con eso de la teoría del "superhombre", y estaba convencido de que aquellos más aptos intelectualmente se encontraban por encima de la ley y estaban destinados a dominar a la sociedad por derecho propio. De haber podido, seguro que Leopold habría sido feliz de vivir en la Alemania del 33.

Mientras Nathan y Richard jugaban a ser asesinos, dos jóvenes aprendices de periodista, James Mulroy y Alvin Goldstein languidecían en la redacción del Daily News de Chicago, esperando que les llegara la oportunidad para subir de categoría y dejar de subir cafeses y escribir artículos sobre rescates de gatos en los árboles. Aquella oportunidad llegó cuando a primera hora del día 22 Mulroy y Goldstein escucharon bramar sus nombres desde el despacho del editor jefe. Aquella mañana había sido encontrado el cuerpo de un joven en unas alcantarillas de drenaje situadas a las afueras de la ciudad. Con sus mejores periodistas ocupados en otros casos, el editor decidió encargar el asunto a los primeros Mulroy y Goldstein. Debían ir a aquel lugar y averiguar si se trataba de un crimen, y llamar al instante con todo lo que supieran.

Cuando llegaron al lugar los periodistas preguntaron al forense si sospechaban que fuera un asesinato, pero era demasiado pronto para decirlo. Husmeando por la escena del crimen, Mulroy encontró unas gafas con montura de concha que procedió a guardarse en un bolsillo. Como todo buen periodista, prefirió indagar primero por su cuenta antes de dar parte a la policía.

Tras telefonear a su jefe, los periodistas fueron a la morgue para ver si el forense tenía nueva información. Efectivamente, así era. Aunque debía realizar todavía algunos exámenes, creía que la víctima podría haber sido golpeada en el cráneo. Cuando, de nuevo, llamaron al editor para afirmar que probablemente tenían un asesinato entre manos, su jefe les comentó la nueva noticia: la tarde anterior un quinceañero llamado Bobby Franks había desaparecido al salir del prestigioso colegio al que acudía a estudiar, sito no demasiado lejos de la mansión de sus padres. Por la noche un tal Johnson había llamado haciéndole saber al padre de Franks que su hijo había sido secuestrado y que le llegaría una carta con más instrucciones. Era posible que hubiera una conexión con el caso del cuerpo de las alcantarillas. Un rápido brillo cruzó las miradas de Mulroy y Goldstein, quienes se apresuraron a colgar antes de que su editor les comunicara que les quitaba el caso de las manos. Aquella era, sin duda, la oportunidad que habían estado buscando.

Tras personarse en casa de los Franks, de la cual fueron elegantemente expulsados, los periodistas dieron con un tío de Bobby Franks, a quien procedieron a llevar a la morgue para que identificara el cadáver de las alcantarillas. Efectivamente, se trataba de su sobrino Bobby.

Mientras tanto la policía no se había quedado quieta de brazos. A la breve llamada de los secuestradores la noche anterior, había que añadir una carta que había llegado aquella mañana. En un sobre escrito a mano, aunque imitando la letra de imprenta para disimular la caligrafía, había una carta conteniendo las instrucciones para el pago del rescate. La misiva estaba escrita a máquina, y seguía la tradición de los secuestros: billetes viejos, sin marcar, de veinte y cincuenta, en una cantidad total de diez mil dólares. El dinero debía ser guardado en una caja de cigarros hasta que una nueva llamada les diera nuevas instrucciones. Por supuesto, recomendaban no hablar con la policía.

Aunque los raptores habían tomado sus precauciones, como suele ocurrir, la policía fue capaz de dar con unas cuantas pistas. Aunque la caligrafía hubiera sido disimulada, no así el modo de escribir, que denotaba claramente que el autor de aquella carta no era un delincuente común. La forma de expresarse apuntaba a alguien con estudios, probablemente de grado superior. Evidentemente un vulgar ratero no podía hacerse pasar por un escribano. Además, la máquina de escribir con la que había sido escrita aquella carta tenía un fallo en la tecla "t". También se observó que no había fecha y que no se mencionaba en ella al señor Franks, tan sólo había un genérico "Distinguido señor". La policía especuló con la idea de que la carta había sido escrita primero, sin un objetivo en concreto. Una vez se había elegido a la víctima, el secuestrador o secuestradores ya no disponían de la máquina de escribir, y habían recurrido a una pluma para escribir el nombre del destinatario. Por último, un experto en tipografías y máquinas de escribir estableció que la marca de la máquina debía ser una Underwood, o quizás, una Corona.

A la una de la tarde sonó el teléfono en la casa de los Franks. Tras confirmar que habían reunido el dinero, el secuestrador dijo que un coche llegaría en unos minutos a la puerta de la casa. El señor Franks debía subir al coche, ir a cierta droguería, y recoger allí un sobre que había para él. Aquella carta contenía más instrucciones para la entrega del dinero. Pero cuando llego el vehículo (un taxi contratado por teléfono para acudir a la dirección de los Franks) y el señor Franks estaba a punto de salir con el dinero, recibió una nueva llamada. Era la de su hermano, que le llamaba desde la morgue. El cadáver de las alcantarillas era su sobrino.

Al mismo tiempo Mulroy y Goldstein se reportaban ante su jefe. El cadáver de las alcantarillas era Bobby Franks, quien había sido reconocido por su tío a pesar de que los secuestradores habían intentado imposibilitar su identificación rociando el cuerpo con ácido. Por otro lado, se habían hecho con unas gafas en el lugar del crimen. El tío del chaval les había confirmado que Bobby no usaba gafas. Sin duda, aquellas gafas eran una noticia explosiva. ¿Serían aquellos chavales lo bastante buenos para manejar una cosa así? El editor decidió confiar en ellos, y les mandó de nuevo a las calles con la orden de averiguar, discretamente, quién era el dueño de aquellas lentes.

En principio la tarea no parecía fácil. Aquellas gafas eran de un tipo muy corriente, y debía de haber miles de ellas en todo Chicago. Sin embargo, cuando los periodistas comenzaron a hacer averiguaciones sobre las gafas hablando con algunos ópticos, uno de ellos les dijo que aquellas gafas tenían una particularidad, cierto detalle en la montura: un nuevo tipo de bisagras hechas en Nueva York. ¿Se vendían en todas las ópticas? No, desde luego que no. La exclusividad en Chicago de aquella patente la tenían Almer, Coe and Co. Mulroy y Goldstein acudieron a la citada compañía, donde se enteraron de que más de cien monturas con las bisagras nuevas habían sido vendidas en el último mes. Los periodistas pidieron si podrían cotejar aquellas cien monturas con el tipo de cristales de las gafas, y reducir así la búsqueda. Era posible, pero debían volver al día siguiente. Los reporteros prometieron volver.

Cuando Mulroy y Goldstein regresaron al día siguiente, en la compañía tenían tres nombres para ellos. El de una mujer, el de un ingeniero (que se encontraba fuera del país), y el de un joven universitario llamado Nathan Leopold. ¿No era aquel Nathan el que cursaba estudios en la misma universidad en que se habían licenciado, aquel genio tan joven? Vaya si lo era. Los reporteros decidieron empezar por él.

Con la excusa de que eran viejos amigos de Nathan, el mayordomo les dejó entrar en la lujosa mansión de los Leopold. Cuando el elegante Nathan entró en la habitación y les preguntó qué hacían ello, los periodistas notaron cierto aire femenino en aquel joven genio. Mulroy y Goldstein no se anduvieron con rodeos, y le dijeron que habían encontrado unas gafas en la escena del crimen del joven Bobby Franks. ¿Eran, por casualidad, suyas? Lo eran, respondió Nathan sin titubear. Sin soltar las gafas, Goldstein le dijo si no creía que aquello le incriminaba. Claro que no, las había extraviado hacía unos días, en aquella zona, Hewegish, donde solía ir a observar pájaros. Hablando de observar, habían observado que la casa de los Franks estaba cerca de allí. ¿Conocía al pequeño Bobby? Apenas le conocía. Tras algunas preguntas más, Nathan les habló durante varios minutos de su pasión por la ornitología y de sus trabajos sobre distintos pájaros, y, tras hablar con la criada en francés, presumió también de los quince idiomas que dominaba.

Con un ambiente tan animado, los periodistas le pidieron a Nahan que llamara al padre de Bobby para enterarse de las últimas noticias. Al parecer no había quedado claro de qué droguería se trataba, y ahora esperaban más instrucciones. Mulroy y Goldstein le pidieron a su anfitrión si podía llevarles en coche a la avenida y tratar de localizar la droguería. Ningún problema. Tras cometer un crimen perfecto, ¿qué tenía de malo transportar a aquellos dos entrometidos?

Después de haber preguntado en un par de droguerías, los periodistas finalmente dieron con la correcta. Efectivamente, el día anterior un joven había dejado allí una carta. Goldstein le señaló a Nathan, que esperaba fuera, en su coche. ¿Era esa persona quien había dejado el sobre? No, no se le parecía en nada. Los periodistas procedieron a examinar la carta. Había, de nuevo, un genérico "Distinguido señor", y daba órdenes para que el dueño del dinero acudiera a la Illinois Central Railway, donde recogerían un sobre con un billete de tren, y otro sobre con más instrucciones. Nathan Leopold les dio un último viaje hasta la estación, donde los periodistas dieron con el siguiente sobre. Tras coger el tren, el "Distinguido señor" habría de colocarse en el vagón de cola y, tras cruzar ciertas señales, debería lanzar la caja de cigarros con el dinero.

Cuando Goldstein y Mulroy se presentaron ante el editor, éste casi se cae de la silla. ¡Aquella era una exclusiva todavía mayor! Desde luego el caso era suyo. En cuanto las imprentas se pusieran a trabajar, comunicarían sus hallazgos a la policía.

El inspector encargado del caso le daba vueltas, mientras tanto, al dato del ácido vertido para deformar el rostro de Bobby. El secuestrador o secuestradores no habían tenido bastante ácido como para terminar su tarea, pero, ¿cómo se explicaba el detalle de que se hubiera vertido ácido sobre los genitales de la víctima? Cuando más tarde aquel día los periodistas le hicieron partícipe de sus sospechas, ciertas connotaciones de homosexualismo en aquel asunto del ácido le hicieron pensar que bien pudiera ser que aquellos periodistas tuvieran razón.

La policía no tardó en hacerle una visita a Nathan Leopold, así como los dos periodistas, y, dado el estatus social del sospechoso, también se personó el Fiscal del Estado. Mientras los gendarmes no dejaban de hacerle preguntas, Mulroy y Goldstein trataron de dar con la máquina de escribir. En una pausa para que fuera al baño los reporteros le preguntaron a Leopold si tenía una máquina de escribir Underwood o una Corona. Al parecer, sólo poseía una Hammond. Pero hete aquí que interrogando a una chica de servicio, ésta afirmó recordar que el señorito tenía también una Underwood, hasta que el amigo del señorito, Richard Loeb, se la llevó poco tiempo atrás.

El superabogado Darrow en acción

Los jóvenes reporteros salieron disparados hacia casa de Richard Loeb, quien les dijo que no sabía de qué le hablaban. Lejos de rendirse, los periodistas fueron a recoger al dueño de la droguería. ¿Era este joven quien le había dejado el sobre? No, tampoco era ése.

Pero aunque las pesquisas de los periodistas no parecieran llegar mucho más lejos, ahora la policía tenía otro nombre que añadir a la lista. Y sabían ya del entusiasmo de Leopold por las teorías de Nietszche, y del tiempo que pasaban juntos. ¿Qué habían hecho aquel miércoles, a la hora del secuestro? ¿Tenían coartada? Claro, habían salido con el coche de Leopold, a buscar algo de diversión. Se encontraron con unas mujeres de la calle, de la cual sólo sabían sus nombres de pila, y se las llevaron de paseo. Tras haberse divertido, las dejaron donde las encontraron y volvieron cada uno a su casa. Las versiones de ambos parecían coincidir. También la policía parecía llegar a un atolladero. Si no daban con la máquina de escribir, no tenían caso.

En este punto aparecieron de nuevo Mulroy y Goldstein, quienes habían comenzado a preguntar entre los compañeros universitarios de Leopold y Loeb. Y entonces se enteraron de que durante el último curso Leopold se había ofrecido a pasar a máquina algunos trabajos de sus colegas. ¿Conservaban, por casualidad, alguno de esos trabajos? ¡Sí! Allí estaba... misma tipografía, mismo error en la "t"...

El cerco se cerraba sobre los jóvenes amantes del crimen perfecto. Su nivel intelectual coincidía con el de las cartas de secuestro. Se sabía que habían usado la misma máquina de escribir de la cual habían salido aquellas instrucciones. Estaban, además, las gafas de Leopold encontradas en el escenario del crimen. Más las extrañas aficiones que parecían unirles tanto. Aun así, todo demasiado circunstancial, sobretodo tratándose de dos chicos de clase alta cuyas familias podían pagar a los mejores abogados del país.

Finalmente todo el castillo de naipes de Leopold y Loeb se derrumbó cuando la policía interrogó al chófer de los Leopold. La noche del secuestro él mismo había estado reparando el coche en el garaje de la mansión. La coartada del paseo en autocar y las chicas era falsa. La policía arrestó a Leopold y Loeb, se los llevaron a cada uno por su lado, y tras presionarles en los interrogatorios sus versiones comenzaron a ser bastante diferentes. No tardarían mucho en echarse la culpa mutuamente. De ahí a la confesión, y a desvelar donde habían tirado la máquina de escribir, había un paso. Caso cerrado.

El juicio prometía ser uno de los "juicios del siglo", y mientras los periódicos se regodeaban con la historia el público se horrorizaba al saber que el secuestro no había tenido, obviamente, ningún motivo económico, tan sólo el puro placer de sentirse superiores y el deseo de cometer el "crimen perfecto". Pero la realidad había rebatido todas sus teorías. Ahora, dos hijos de dos de las mejores familias de Chicago se enfrentaban a la pena de muerte.

El juicio fue, efectivamente, tan mediático como se esperaba, y las familias, con sus gruesas cuentas bancarias, pudieron permitirse al que muchos consideraban el mejor abogado del país, el liberal Clarence Darrow, quien tan sólo un año después participaría en otra causa célebre, la del "Juicio del mono de Scopes", Darwin vs. Dios, ya saben...

Fuera por la elevada minuta, o por su conocida y foribunda oposición a la pena de muerte, Darrow aceptó el caso, y sorprendió a todos afirmando que los chicos se declaraban culpables. Con ese subterfugio evitaba a un juicio con jurado (perdido de antemano) y se la jugaba todo al juez de turno. Su truco resultó, y Nathan Leopold y Richard Loeb evitaron el ajusticiamiento, para a cambio pudrirse en la cárcel para siempre. Mientras, los jóvenes reporteros Mulroy y Goldstein eran obsequiados con el Premio Pulitzer.

En 1936 Richard Loeb pereció en la cárcel, acuchillado, al parecer, por un depredador sexual carcelario. Tras cumplir 33 años de condena, Leopold salió de prisión bajo libertad condicional. Tras escribir un libro relatando sus experiencias, el otrora joven superdotado emigró a Puerto Rico, donde se casó y pasó el resto de sus días.

Una vez más, se demostraba que no existía el crimen perfecto.