domingo, 29 de mayo de 2011

Taxi Driver (1976)

It is my personal plan to assassinate by pistol either Richard Nixon or George Wallace. I intend to shoot one or the other while he attends a campaign rally for the Wisconsin Primary. Extracto del diario de Arthur Bremer.

Hay películas de las que seguramente poco importa el formato en que sean vistas, no creo que ver La loca guerra de las galaxias en pantalla grande cambie mucho la experiencia de seguir las aventuras de Vomito y los demás, pero amigo, tener la oportunidad de ver una cosa tan increíble como Taxi Driver en un cine te hace sentir como si nunca la hubieras visto antes. Es como pasar de consumir porno a hacer el amor por primera vez, ¡solo que el film es algo totalmente satisfactorio! En fin, que el acontecimiento merecía traer al blog la memoria de ese ser pasado de vueltas llamado Travis Bickle.

El asesinato de Kennedy había abierto la veda, y las tensiones raciales y Vietnam alimentaban el fuego. Seguramente desde el crack del 29 el cine norteamericano no se había visto tan influido por lo que estaba sucediendo fuera de los cines. Ambas épocas fueron difíciles, y ambas dieron dos esplendorosas etapas en el cine yanqui. Con el sistema de estudios fuera de juego, todo en el cine se volvió más real, seguramente porque el público demandaba historias más reales. La violencia, el sexo, la política, se mostraban más sucias y explícitas que nunca antes.

Un loco había asesinado a un presidente, con un método más o menos profesional, y poco después le seguirían Bobby Kennedy y Martin Luther King. Sin olvidar la particular justicia de Jack Ruby. De repente fue como si la mitad de los locos de América decidieran que hacerse pasar por Napoleón estaba pasado de moda, y que lo que tocaba ahora era asesinar a algún político. La Era de Acuario se apagaba y daba paso a la Era de los Inadaptados. El rey ha muerto, viva Charles Manson.

En mayo de 1972 uno de los inadaptados volvió a dar que hablar. Su nombre era Arthur Bremer, un típico solitario con los cables cruzados cuya mejor idea de una cita romántica era llevar a su novia adolescente a un rincón apartado y mostrarle fotos pornográficas. Aquel 15 de mayo Bremer atentó contra la vida del candidato demócrata George Wallace. Aunque no logró matarle, dejó al político en una silla de ruedas. Muy pronto los diarios y los medios lo publicaron todo sobre aquel chico loco, incluidos sus delirantes diarios personales. Si bien los detalles horrorizaron a la opinión pública, seguro que no fueron pocos quienes consideraron heroico el haber tratado de borrar del mapa a un político racista.

Por aquella época un crítico de cine que comenzaba a hacer sus pinitos como guionista estaba pasando por la peor época de su vida. Se llamaba Paul Schrader, había afrontado un divorcio, se había ido a vivir con una chica, relación que tampoco acabó bien, y su futuro profesional no estaba nada claro. Sin ningún lugar a donde ir, Schrader se dedicaba a dormir en su coche, o en el apartamento de su ex-novia si tenía ocasión, y a conducir por las calles de Los Ángeles sin destino fijo, ensimismado en sus pensamientos, no hablando con nadie durante semanas. De esa experiencia nació la idea para el guión de Taxi Driver. Schrader pensó que el taxi era el perfecto símbolo moderno de la soledad.

Como muchos otros, Schrader leyó los diarios que se publicaron escritos por Bremer, y de la conjunción de aquellos escritos y su vivencia en las calles neoyorquinas nacía Travis Bickle, un inadaptado veterano de Vietnam sin rumbo fijo que decide meterse a taxista, mientras sueña con limpiar la suciedad de las calles.

Mientras, al otro lado del país, un joven director llamado Martin Scorsese trataba de hacerse un nombre en Los Ángeles. Tras varios cortos y un largo Scorsese acababa de rodar Boxcar Bertha cuando su amigo Brian De Palma le presentó a Schrader, quien acababa de vender su primer guión, Yakuza. Cuando Schrader le habló a Scorsese de un guión anterior que tenía en el cajón, Martin se interesó por él. Tras leerlo decidió que tenía que dirigir aquello como fuese.

Por entonces su amigo De Palma estaba mejor situado que él para dirigir Taxi Driver. Cuando el proyecto comenzó a tomar forma bajo la tutela de los jóvenes productores Michael y Julia Phillips (que acababan de dar el bocinazo con El golpe), Scorsese se convirtió en un pequeño stalker de la pareja, presentándose en fiestas y saraos para tratar de convencerles de que le dieran el encargo. Sin embargo los Phillips no estaban interesados. Necesitaban a alguien con más experiencia.

Algun tiempo después Scorsese había rodado otro film más (Alicia ya no vive aquí) y se hallaba editando Malas calles, el que había de ser su primera gran obra. Convenció a los Phillips para que fueran con él a la sala de montaje. Lo que vieron les causó una buena impresión. Quizás aquel chico supiera dirigir después de todo. Pero lo que verdaderamente les impresionó fue la aplastante actuación de Robert De Niro. Si podía traer a aquel chico, la película era suya.

Cuando Scorsese acudió a De Niro el actor ya era una estrella revelación con un Oscar en el bolsillo gracias a su tremendo papel en El padrino II. Pero evidentemente aquello no fue un impedimento para que De Niro aceptara. Scorsese y él habían nacido para trabajar juntos, y el papel de Travis era muy jugoso. En cuanto acabara su compromiso en Italia con Bernardo Bertolucci el actor viajaría a Nueva York para ponerse a las órdenes de Martin.

Con De Niro asegurado el proyecto obtuvo la luz verde. El reparto se completó rápidamente, no sin hacer algunos cambios en el guión. En el texto original varios de los personajes eran negros, incluyendo al proxeneta Sport y sus secuaces. Dado el clima tan exasperado que había en la sociedad respecto al asunto, con Panteras Negras y demás, Schrader y Scorsese decidieron que sería mejor convertir a todos aquellos maleantes en blancos. Fue así como el genial Harvey Keitel entró en escena.

Keitel había sido la segunda revelación de Malas calles, y en un principio Scorsese le había ofrecido el papel de Tom, uno de los encargados de la oficina de la campaña electoral del senador Palantine. Sin embargo Keitel se interesó por el rol de Sport, el chulo, un papel de pocas líneas que creció en importancia debido a Keitel. Junto a Scorsese desarrolló el personaje, mientras por las noches el actor se paseaba por las calles mezclándose con auténticos proxenetas.

Para el papel de la prostituta adolescente Iris Scorsese pensó en Jodie Foster, con quien ya había trabajado en Alicia ya no vive aquí. La Foster no necesita presentaciones, desde luego, y por entonces era seguramente la mejor actriz infantil de su tiempo. Llevaba toda su vida trabajando en anuncios, series y películas, y como demostraría el tiempo, era lo bastante buena para superar la difícil transición de estrella infantil a actriz adulta. Sin embargo por entonces Jodie tenía 12 añitos, y el papel que ofrecía Scorsese sin duda debió sorprender a la madre de Jodie. Sin embargo, y aunque creía que no sería idónea para hacer de prostituta, tanto madre como hija llevaban tiempo en el negocio, así que decidieron presentarse a las pruebas. Aunque la Foster tuvo una dura rival en la también jovencita Jennifer Jason Leigh, finalmente el papel de Iris fue suyo. Cuando Jodie se presentó en el estudio con su uniforme de colegial, Scorsese pensó, como no podía ser de otra manera en el retorcido mundo del cine, que sin duda la Foster era la candidata ideal. Y no se equivocó. No obstante, dado lo comprometido de algunas escenas, el cuerpo de Jodie fue doblado en algunos planos por su hermana mayor, Connie.

Tras asignar el papel de Tom al cómico Albert Brooks, el director comenzó a buscar a la particular Dulcinea de Travis. Los productores hicieron saber que buscaban a una actriz "a lo Cybill Shepherd". Cuando la representante de Cybill se enteró, contactó con ellos para ofrecerles a la auténtica Shepherd. Evidentemente aceptaron, y la película salió ganando. Cybill era una buena actriz, y encajaba muy bien en el papel con su belleza distante y perfecta.

Para interpretar al político Palantine se pensó en Rock Hudson, pero el bigotudo actor estaba ocupado con su serie de detectives, así que fue Leonard Harris quien se hizo con el papel. El reparto principal se completó con el singular Peter Boyle, quien acababa de recibir muchos aplausos por El jovencito Frankenstein.

Mientras, allá en Italia, De Niro aprovechaba los descansos del rodaje de Novecento para irse a una base norteamericana a pasar el rato con soldados del Medio Oeste, ya que pensaba que el acento le iría bien al personaje de Travis. Tras acabar el rodaje, el actor regresó a Nueva York, se sacó una licencia de taxi y se pasó un mes llevando a clientes en su taxi como un taxista más. Peter Boyle trató de seguir el ejemplo de De Niro, pero se lo acabó pensando mejor. Ser taxista en la Nueva York de entonces debía tener su aquél.

De todas formas Scorsese se llevó a todo el reparto a la Belmore Cafeteria, un lugar que por entonces era frecuentado por los taxistas. La idea era mezclarse con los taxistas, oir sus historias, y empaparse de la esencia del mundillo. Por otro lado, tratándose de una película de Scorsese, De Niro y Keitel, la improvisación y los ensayos iban a ser una parte fundamental de la preproducción. El guión de Schrader no sería sacrosanto, pero aquellos tipos tenían el talento suficiente como para mejorar el texto con sus añadidos, y no al revés. Con todo, Scorsese se aseguró de que el guión se viera afectado en demasía. De aquellos ensayos surgieron improvisaciones (a pesar de la genialidad de ciertos actores, la mayoría de creaciones ante la cámara ya han sido improvisadas en los ensayos) como la conversación entre el Mago y Travis, la tertulia de los taxistas tomando café o la estupenda secuencia entre Iris y Sport. Y de la que probablemente sea la improvisación más famosa de todos los tiempos hablaré más tarde. Pero desde luego hay que reconocerles a la Shepherd, a Jodie y a Boyle que supieron estar a la altura de las circunstancias frente a dos colosos como De Niro y Keitel, quienes años después serían famosos por hacérselas pasar canutas a muchos otros actores y actrices con sus locas improvisaciones. Aunque también es cierto que en algunas escenas Shepherd tuvo problemas para recordar sus diálogos.

Jodie Foster también tuvo deberes que hacer. Schrader había conocido a una Iris real, una adolescente que había sido prostituta en Nueva York y que también había sido adicta. Ella era el modelo de Iris, y Scorsese le pidió a Jodie que pasara algun tiempo con ella para preparar su papel, y de hecho la auténtica "Iris" realizó unos pequeños cameos interpretando a la amiga fumadora que acompaña a Foster por las calles. De hecho para no perder a la verdadera Iris de vista en las calles, fue el propio Schrader quien le pagó a la chica de su bolsillo una noche para que se quedara en suite (durmiendo en el sofá, por si los morbosos se lo preguntan).

De todas formas por muchos años que llevara Jodie en el mundillo, no se las había visto antes con alguien tan particularmente metodista acerca del Método como De Niro. El bueno de Bobby se llevaba a Jodie a pasear por la ciudad y recorrían distintas cafeterías, desconcertando a la joven actriz permaneciendo en silencio. Cuando lo creyó conveniente, en aquellos encuentros De Niro empezó a ensayar su escena de la cafetería con Iris. Jodie era una profesional y se sabía su parte, por ello se quedó desconcertada una vez más cuando vio que De Niro la iba hacer ensayar la misma escena una y otra vez. Tras varios días de repasar siempre lo mismo, por fin Jodie vio a dónde conducía todo aquello cuando De Niro comenzó a improvisar. That's Bobby's way!

Y bien, si por algo es recordado De Niro en esta película, es por esa increíble escena ante el espejo, cuando Travis juguetea y se imagina como un tipo duro. La escena del espejo se rodó hacia el final del rodaje; Scorsese creía que quedaba espacio en el film para para juguetear con la historia, y decidieron meter esa escena que tras ser preparada concienzudamente por el loco de Bobby se acabó convirtiendo en la que probablemente sea la improvisación más célebre de la historia del cine. Supongo que no hace falta añadir nada, basta con verla, inquietante, insuperable.

Y qué decir del momento Palantine en la plaza, con Travis llevando una cresta a lo mohicano dispuesto a impartir su justicia. Esa imagen de Travis ya se ha convertido en icónica, pero quien no la conociera en la época se debió quedar patidifuso. La idea para aquel corte de pelo vino de uno de los asesores en armas y seguridad del film, quien tenía un pequeño cameo como guardaespaldas. El asesor les habló del aquel corte de pelo que solían hacerse muchos comandos en Vietnam antes de entrar en acción. La idea les encantó a Scorsese y De Niro y la añadieron al film, aunque como quedaban aun escenas por rodar con el peinado normal, la calva era una protésis falsa, una artesanía que había que rehacer cada día de rodaje.

La escena de la "juerga" de Travis en el prostíbulo se rodó en un edificio en ruinas situado en la calle 89 con Columbus Avenue, que sirvió también para rodar las secuencias en el piso del locuelo Bickle. Aquel clímax final representó todo desafío para el departamento de efectos especiales, dado lo particular de las heridas que se mostraban en cada plano, en aquel pasillo angosto que no facilitaba las cosas. Para rodar el increíble travelling cenital se desmontó parte del techo, y se acabó en un tiempo récord, en apenas dos o tres tomas, ya que debido a las leyes que protegían a los actores infantiles, y puesto que ya no les quedaba más tiempo de rodaje, para rodar con Jodie solo tenían 20 minutos. De todas formas toda aquella secuencia, desde que Travis se enfrenta a Sport, constituyó un clímax brutal, seguramente demasiado brutal para la época, ya que los distribuidores exigieron cortes y que diluyeran los colores en postproducción, para que la sangre fuera más bien de color rosáceo. De todas formas Scorsese confesó que aquellos cortes impuestos le agradaron, ya que convertían toda la secuencia en algo más inquietante.

Desde luego Taxi Driver no sería igual sin la contribución de dos hombres, Michael Chapman y el genial Bernard Herrman. Ya desde esos alucinantes planos de las luces callejeras, el vapor y el taxi uno se da cuenta de lo especial que es la fotografía en esta película. El trabajo de Chapman fue impecable, dotando al film de un aire onírico e inquietante en varias de esas inolvidables secuencias nocturnas. Y qué decir del maestro Herrman, uno de los mejores compositores cinematográficos de su tiempo, quien rechazó una primera oferta para musicar el film con un contundente "yo no hago películas de taxistas", pero evidentemente tras leer el guión y contemplar alguna escena cambió de opinión, por fortuna para todos. Aunque ya estaba gravemente enfermo, Herrman se destapó con una banda sonora increíble, tan incómoda y fantasmagórica como sensual, con esos toques jazzísticos que envolvían al personaje de Cybill Sheperd, y que es la clase de música que uno asocia con Nueva York. A pesar de su estado de salud Herrman decidió viajar a Los Angeles para dirigir personalmente las grabaciones. Tras conducir el primer día de grabación, el segundo lo terminó el que durante mucho tiempo había sido su ayudante, John Hinckley. Aquella misma noche, un 24 de diciembre, Herrman se despedía de este mundo, pero tras dejar un trabajo como el de Taxi Driver, no cabe duda de que se despidió a lo grande.

En fin, ¿qué puede añadir un mísero mortal como yo a un peliculón semejante? Taxi Driver tiene un personaje para la historia, excelentes actores, un guión atómico, una música excelente, una dirección pasmosa... lo tiene todo. Desde aquel lejano 1976 Times Square ya no es un agujero inmundo, pero todos los inadaptados psicópatas que han venido después han tenido, y tendrán, algo de Travis Bickle. Incluso los perturbados reales como aquel tal John Hinckley...

Taxi Driver; como muchos la han definido, una película "peligrosa".

viernes, 27 de mayo de 2011

Elizabeth Perkins

La verdad es que cuando la vi junto a Tom Hanks en Big no me la imaginaba así. O eran las hombreras ochenteras, o desde luego es un ejemplo de que las hay que mejoran con la edad, como los vinos. Creo que actualmente se deja ver en Weeds, si sale estupendosa o no, ya no lo sé, ¡pero me hace querer ser mayor como en la pinícula!


miércoles, 25 de mayo de 2011

Una de tráfico en el crostaun

No tengo tiempo de momento para artículos muy sesudos, así que os dejo con un par de curiosos videos automovilísticos. No sé cual es más flipante, si el caos que se organiza en el cruce ese de San Petersburgo o el jefe del segundo clip (¡ojo atento en ese que no se os pase!).


domingo, 22 de mayo de 2011

Noche de elecciones

I've worked out the swing, but it's a secret. Y el impagable desconcierto de John Cleese. Sí, es el circo de Monty Python, amigos.


sábado, 21 de mayo de 2011

Himno 43

Flautas imprescindibles, sureños malcarados y un teniente corrupto, todo en uno.

Esto es, una bonita versión de los Jethro Tull.

viernes, 20 de mayo de 2011

Hands off, Mitchum

Como estamos en temporada del festival de carnes, digo de Cannes, voy a poner un par de picaronas instantáneas de Robert Mitchum jugueteando con otra actriz en, según tengo entendido, la playa de la cosa francesa esa, donde se reune ahora lo más de lo más, y declaran persona non grata al provocador. Con lo cual ha ganado, mientras Sean Connery se desespera en su celda.

La verdad es que tengo muchas ganas de comentar la jugada del amigo Lars, y creo que por dos o tres películas buenas que no se hubieran rodado tampoco pasaría nada. Pero buf, el director tiene muchos fans ahí fuera. Lo de Hitler casi me parece lo de menos. En fin, cada vez que pienso en este hombre me acuerdo de la frase de otro provocador nato, Howard Stern, que decía muy claramente lo que debería hacerse con el pobre Rodney King cada vez que cogiera las llaves de su coche. Pues eso.

Lo siento, no quería empañar este post. Aquí el verdadero protagonista es el gran Mitchum y sus... ¡"amigas"!

martes, 17 de mayo de 2011

El reinado de Elvis: 1976

Elvis Presley comenzó el año en la nieve, pasando unas vacaciones con los chicos y sus novias, aunque difícilmente podían seguirle el ritmo a un Elvis que iba abarrotado de estimulantes. Aquello ensombreció un poco las cosas, y el día de su cumpleaños fue Linda Thompson, la novia de Elvis, quien tuvo que llamar a algunos de los chicos para que fueran a celebrarlo a la habitación del Rey. Finalmente la cosa se animó y Elvis pudo disfrutar, de estricto incógnito y por las noches, de las pistas de esquí, por las que se deslizaba con su moto de nieve. Las protestas de Susan Ford, la hija del presidente, por aquel privilegio, le significaron que quedara vedada para siempre en la presencia de Elvis. Para algo él era el Rey, y el padre de Susan un simple presidente. Como buen monarca, Elvis agradeció al atención y compañía de un grupo de policías que le asignaron abriendo un concesionario por la noche y dejándose allí 70.000 dólares en coches para todos sus amigos con placa. Sin embargo, Jerry Schilling, que había trabajado sin descanso ocupándose de los alojamientos de todos, acabó harto de las órdenes contradictorias de Elvis, y de la poca paciencia que mostraba hacia los que sentían necesidad de dormir, por lo que le envió a la porra.

El regreso a Memphis fue triste, pero era hora de ponerse en acción. Tanto el Coronel Parker como los capos de la RCA estaban desesperados por volver a meter a Elvis en un estudio, lo cual ya se había demostrado que era algo más difícil que hacer pasar a un rico por la Puerta de los Cielos. Decidieron proponerle a Elvis colocar un estudio portátil en Graceland, para que así no tuviera que desplazarse lejos de casa para grabar nuevos temas. En dos años Elvis tan sólo había completado una sesión de trabajo. Incluso cuando estuvo en el ejército había grabado más temas que en los últimos meses. Cuando por fin todo pareció estar listo, la primera sesión en Graceland se pospuso para que Elvis acudiera al entierro de un policía que se había suicidado.

El 7 de febrero se llevó a cabo la primera sesión de grabación, durante la cual Elvis grabó tres temas. En la segunda noche sólo fue capaz de completar uno, "Solitaire", de Neil Diamond. El cantante parecía más interesado en contarles a Red y Sonny West su ambicioso plan para acabar con todos los camellos de Memphis. Tras otra tercera noche decepcionante, Elvis pareció animarse con "For the Heart", un tema del autor de "Burning Love", para proseguir con el "Hurt" de Roy Hamilton. A sugerencia de Vernon, Presley decidió probar la melodía irlandesa "Danny Boy". Aquella noche lograron rescatar parte de la garra perdida de Elvis, con lo que fue una noche bastante productiva. Sin embargo, a la quinta noche Elvis volvió a su apatía habitual. Sin duda prefería regresar a Denver, para volver a ver a sus amigos policías. Y es lo que hizo. Pero cuando los policías decidieron preguntarle si tenía problemas con las drogas, Elvis regresó a Memphis, donde el Coronel le hizo una seria advertencia: había que cuidar del negocio, las siglas TCB debían ponerse en marcha de nuevo. Se estaban quedando sin dinero.

Para entonces, varios músicos de la TCB Band habían desertado, y no parecían dispuestos a volver. Felton Jarvis, el productor musical de Elvis, reclutó a tres músicos de sesión para suplir las bajas y la maquinaria volvió a ponerse en marcha en Tennesee. Las seis fechas de aquella gira no fueron mal, pero un mes después, a mediados de abril, una nueva gira, esta vez por el Oeste, mostró al peor Elvis que recordaban sus músicos y coristas, olvidando letras continuamente, apático y con visibles problemas respiratorios. Tras apenas tres días de descanso, Elvis volvió a la carretera, esta vez en Tahoe, donde le esperaban 11 fechas. La falta de dinero era acuciante, tanto para él como para Parker, con quien había firmado en enero un nuevo contrato que le asignaba el 50% de las ganancias de los conciertos, con lo que ya prácticamente él y Elvis iban en todo a medias. Aun así, en las primeras semanas de gira el Coronel aceptó recibir el porcentaje antiguo para ayudar a la maltrecha economía del Rey.

Parecía increíble tratándose de alguien de la talla de Elvis, pero efectivamente las cancelaciones del año anterior, su reticiencia a grabar nuevos temas, y un bajón de ventas discográficas, habían expuesto lo escaso que andaba Elvis de dinero. A sus continuos gastos sin control había que añadir, además, gastos comunes de todos aquellos que dependían de él, y elevados costes en juicios o en pagos para evitar denuncias, muchas de las cuales se producían por el modo tan expeditivo en que se conducían Sonny y Red.

Aquella era la triste realidad del hombre que lo había tenido todo: se veía obligado a hacer giras para poder seguir disfrutando de su estatus de estrella, mientras se iba consumiendo por dentro, enfermo, y ya sin energías ni fuerzas, y lo que era peor, sin ilusión alguna. Como apuntó un periodista en la crónica de un periódico local, cuando Elvis atacaba las primeras estrofas del "My Way" de Sinatra "era como ser testigo de una profecía escalofriante". Con todo, los fans no le habían abandonado, y seguían reventando las taquillas. Otros, más osados, seguían tratando de entrar en Graceland, como un joven Bruce Springsteen que, en plena gira del Born To Run, aprovechó su estancia en Memphis para tratar de conocer a Elvis. Logró llegar a la puerta de entrada de la casa, donde fue interceptado. Como le informaron, de todas formas, el señor Presley estaba de gira.

El 9 de mayo Elvis terminaba con sus compromisos en Tahoe. El 27 volvía a la carretera, esta vez a Bloomington, Indiana. El esquema se repetía, y la montaña rusa subía y bajaba. De vez en cuando, alguna noche, por la razón que fuera, Elvis parecía recuperar su antigua energía, y entonces casi parecía que nada hubiera cambiado desde aquel día en que un tímido joven entrara en los estudios Sun. Otras noches, en cambio, Elvis buscaba con su mirada a su banda, y éstos sabían que debían tocar y cantar más alto, para cubrirle las espaldas. Sin embargo, el público seguía respondiendo, algo que parecía torturar al gran hombre. Cierta noche el cantante llegó a comentar amargamente a sus músicos que a la audiencia nada parecía importarle, "cualquier cosa que haga les encantará igualmente".

A principios de junio Elvis volvía a casa para disfrutar de dos semanas de descanso en las que apenas salió de su habitación. Lisa Marie le visitó unos días, aunque fue con Linda Thompson con quien Presley pasó la mayor parte del tiempo. De no ser por ella, en aquellos momentos seguramente Elvis no habría tenido a nadie. Muchos de los chicos de la Memphis Mafia habían abandonado el nido para vivir sus vidas; Jerry Schilling seguía sin dar señales de vida, Charlie Hodge parecía tan deprimido como Elvis, y el antiguo bufón Lamar sólo aparecía cuando regalaban algo. Ni siquiera la relación con Red y Sonny era la misma. En ocasiones parecían realmente dos guardaespaldas más, en vez de dos amigos. Joe Esposito y el doctor Nick estaban temporalmente exiliados ya que Elvis no quería verles tras el fracasado negocio de los frontones en los que el Rey había puesto mucho dinero, del que nada más se había sabido.

Elvis y Ginger Alden

Tras empezar otra gira el día 25 de junio, Elvis tuvo una alegría cuando se reencontró con Schilling en Maryland. Aunque Schilling trabajaba ahora para Billy Joel, ello no fue óbice para la reconciliación. Pero la alegría no duro muchó. El 3 de julio Sonny West fue a hablar con Elvis al respecto de unos billetes de avión para su mujer y su hija que Vernon Presley se había negado a pagar. La conversación pronto degeneró en una discusión, y era sabido por todos que a aquellas alturas no hacía falta mucho para sacar al cantante de sus casillas. Aunque finalmente Elvis le dijo a Sonny que trajera a su familia y que él ya hablaría con Vernon, el desencuentro era más que evidente. Cuando a oídos de Sonny llegaron rumores de lo que Elvis había dicho supuestamente a sus espaldas tras la pelea, la cosa no hizo sino empeorar.

El 5 de julio la gira llegaba a su fin en Memphis. Elvis continuaba enfadado, y no había asistido a la tradicional fiesta de fuegos artificiales por el Día de la Independencia. Al día siguiente cogió a Linda y se marchó a Palm Springs.

El día 13 Sonny estaba en el dentista cuando su mujer le llamó. Debía ponerse en contacto inmediatamente con Vernon. El padre de la estrella le dijo que había problemas económicos en la familia, y que debían reducir gastos. Así que algunos de los chicos debían ser despedidos. Sonny era uno de ellos. Su primo Red West era otro, así como Dave Hebler, uno de los últimos en incorporarse al núcleo duro de la Memphis Mafia. Oficialmente todos habían sido despedidos por motivos económicos. Oficialmente, todos estaban enfadados no por el despido, sino por la forma en que habían sido informados de ello, por teléfono. Elvis ni siquiera se había atrevido a hablar con ellos cara a cara.

Red ya había roto con Elvis en el pasado, aunque esta vez era mucho peor. En realidad la relación entre Elvis y los West se había desgastado lo indecible. Sonny y Red estaban hartos de los cambios de humor, de los arranques de furia, de los caprichos, del nunca recibir una palabra de agradecimiento, de ser, en definitiva, los hombres de confianza del Rey, que iban limpiando tras él todos sus rastros de drogas o violencia. Entretanto, en Las Vegas, Elvis trataba de consolarse diciendo que su padre tenían razón, y que Red y Sonny le estaban costando demasiado dinero a la organización con sus golpes y palizas. Pero también era cierto que los dos habían estado junto a él desde el principio de su carrera, cuando Elvis era sólo otro aspirante más al estrellato del rock. Por su parte Hebler trató de ver a Presley en Las Vegas, pero no fue recibido por el gran E, encerrado en su suite.

El 23 de julio Elvis iniciaba su sexta gira, que llevaría al cantante a poblaciones de tamaño medio donde nunca había estado antes. No era una mala estrategia para asegurarse los llenos absolutos cada noche, y unas buenas ganancias. El éxito artístico ya era más discutible. Los periódicos locales hablaban cada vez más abiertamente del triste estado de Elvis, y una noche incluso el Coronel le increpó por no esforzarse lo suficiente. Pero lo cierto es que el físico de la estrella era lamentable, tenía problemas respiratorios, y había noche en que se veía obligado a tirar mano de sus coristas porque ya no le quedaban fuerzas para cantar. Pero la magia seguía estando allí, y alguna noche Elvis lograba volver a emocionar a su público como antaño. La voz del Rey seguía intacta, tan sólo necesitaba de la emoción que se ocultaba tras ella, y que de vez en cuando parecía resurgir de entre los dormidos sentidos de Presley.

5 de agosto, final de gira. Tras las dos semanas de vacaciones estipuladas, Elvis volvía a la carretera, supervisado por su médico de Las Vegas, el doctor Ghanem. Había despedido al doctor Nick por haberse aprovechado de él en el tema del negocio de frontones. Unos se iban, otros volvían. En aquella gira Larry Geller, el antiguo gurú de Elvis, volvió al grupo para apoyar al cantante en la carretera. En Houston muchos policías, que habían sido agregados a la seguridad de Elvis, se escandalizaron por el estado en que estaba el hombre al que debían proteger. Sin duda los veteranos sabían reconocer a un adicto cuando lo veían. De no haberse tratado de quien se trataba seguro que les habría encantado ponerle las esposas. Al final de la gira las cosas empezaron a ponerse tan mal que Parker llamó al doctor Nick para que fuera a ayudar a Elvis. El propio cantante habría de llamarle para confirmarle que le necesitaba. De lo contrario, el doctor se negaba a volver.

Tras cerrar la gira en Arkansas (en una pequeña ciudad llamada Pine Bluff, el tipo de pequeña localidad que ahora representaba gran parte del volumen de las giras) Elvis hubo de reflexionar sobre el cada vez más insistente (y lo que era peor, la posibilidad cada vez mayor de que se hiciera realidad) rumor que giraba entorno a un libro que estaban preparando Sonny, Red y Dave Hebler, un libro sobre Elvis en el que estaban dispuestos a contar al mundo el lado oscuro de la leyenda, revelando todos sus trapos sucios. Tras varias ofertas, al parecer ya habían encontrado una editorial interesada. Con todo, seguía repitiéndose a sí mismo que finalmente todo quedaría en nada. Por muy enfadados que estuviera, sus chicos no podían traicionarle así.

Sus abogados y detectives le aconsejaron le comprara el silencio de los muchachos, pero al parecer las tentativas realizadas a tal fin no llegaron a buen puerto. Elvis buscó consejo en Jerry Schilling, y le agradeció el haber rechazado participar en el negocio. Finalmente el 12 de octubre Elvis habló por teléfono con Red. Trató de explicarle lo sucedido, la presión a la que se hallaba sometido, que había sido una decisión de Vernon. Por su parte Red se lamentó de la forma en que habían sido despedidos, y de quejó de la errática actitud de Elvis y de sus problemas con las drogas. Presley se defendió arguyendo que muchas veces se sentía como si fuera un símbolo del dólar, en vez de su amigo. En resumen, ambos siguieron trazando círculos entorno a las mismas quejas que tenían el uno del otro desde hacía años. Elvis le dijo que pasara lo que pasara seguían siendo amigos, y que le ayudaría en todo lo que necesitara. Red se lo agradeció. Seguramente Elvis pensara entonces que realmente el libro nunca vería la luz. Pero Red y los otros no tenían intención de echarse atrás. Dos días después un artículo (sin firmar, pero escrito por Steve Dunleavy, futuro autor del libro sobre Elvis) filtraba gran parte de la conversación entre Red y Elvis, que seguramente había sido grabada por el primero.

Tras otra nueva gira, a finales de octubre Elvis volvió a entrar en el estudio durante algunas noches, aunque el resultado fue de nuevo escaso, y extraído prácticamente a la fuerza. Cuando quedó claro que ya no había más que rascar, Elvis volvió a su monotonía.

Fue George Klein una vez más quien presentó a Elvis nuevas chicas que le sacaran de rutina. De nuevo una Miss Tennesee, aunque la hermana pequeña de la Miss, Ginger Alden, quien llamó la atención del cantante. En realidad ambos ya se habían conocido años atrás, cuando Ginger era sólo una niña. Su padre había sido instructor de Elvis en el ejército, y en los 60 habían tenido ya un encuentro. Pero ahora obviamente la cosa era distinta.

Al día siguiente Elvis se llevó a una reticente Ginger a Las Vegas, pero como ocurría a menudo si la chica se mostraba recelosa, Elvis no intentó nada. Al día siguiente regresaron para que la familia de la chica no se inquietara. Pero ya estaba claro que seguirían viéndose. Y que Ginger no sería una más. Linda Thompson, la novia oficial de Elvis hasta entonces, lo comprendió así, y salió de escena. Ya llevaba tiempo pensando en dejarle, pero aquella nueva relación le hizo decidirse.

El 22 de noviembre, temprano por la mañana, Graceland tuvo una inesperada visita: la del "Killer" Jerry Lee Lewis, que se presentó en las puertas de la mansión junto con su esposa para ver a Elvis. Los guardas le dijeron que Elvis dormía y no podía ser molestado. Jerry Lee Lewis se excusó y se fue con su coche. Evidentemente aquello no podía acabar así tratándose del autor de "Great Balls of Fire". Aquella noche, de madruga, Jerry Lee Lewis apareció en su coche, con una pistola en el cinto, totalmente colgado y exigiendo ver al gran hombre. Evidentemente Elvis se negó a verle, y los guardas de Graceland llamaron a la policía, lo que acabó con uno de los múltiples arrestos del bueno de Jerry. Cuando Elvis dejó este mundo, muchos tuvieron buenas palabras para él. Pero no Jerry Lee Lewis, quien se quedó a gusto poniendo por los suelos al Rey del rock.

Jerry tras su "travesura" en Graceland

El 2 de diciembre Elvis volvía a Las Vegas para cerrar el año con una nueva ronda de actuaciones en el Hotel Hilton. Las críticas de aquellas fechas fueron peores que nunca, e incluso en muchos fanzines gente que había asistido a los conciertos hablaban del lastimoso estado en que estaba el cantante. Parecía como si cada vez hablara más y cantara menos. Muchos de los que le rodeaban le veían perdido, como si ya nada le importara. Una de las noches el propio Elvis pareció resumirlo todo en una frase que el público vitoreó, aunque seguramente ya no fuera una broma: "Odio Las Vegas". El 15 de diciembre en el Memphis Press-Scimitar un periodista se preguntaba: "¿por qué seguir?". De haberle dicho que la razón era el dinero, aquel viejo fan de Elvis seguramente no podría haberlo creído. Pero tras las fiestas de Navidad, a Elvis aun le progamaron cuatro fechas para cerrar el año. El show debía continuar.

lunes, 16 de mayo de 2011

Munich (2005)

Aunque no fue premeditado, quizá mi subconsciente obró para que me decidiera a ver Munich mientras los noticiarios de todo el mundo anunciaban la muerte del enemigo público número uno. Y la verdad es que los paralelismos están ahí, y en estos casos películas como Munich invitan a la reflexión, que al fin y al cabo es lo que quería Steven Spielberg. Ya se sabe, en la Edad Media por ejemplo no creo que se preguntaran nada de esto, pero en estos tiempos supuestamente más civilizados, hay voces que siempre se elevan y cuestionan ciertos métodos. ¿Hay que combatir al terror con más terror? ¿Se trata de justicia? ¿Mera venganza? ¿Simples operaciones para evitar más atentados? Como hemos visto en estos días, hay opiniones para todo.

Como es bien conocido, la trama de Munich gira entorno a la respuesta que el gobierno israelí decidió dar a la masacre ocurrida en dicha ciudad durante los Juegos Olímpicos, durante los cuales un comando del grupo terrorista Septiembre Negro secuestró y asesinó a varios componentes del equipo olímpico de Israel. Aunque la mayoría de los terroristas cayeron abatidos por la policía germana, la indignación en la patria de David era tal que se decidió dar un golpe de mano y acabar con los terroristas supervivientes y con los ideólogos y colaboradores del atentado. En el film un guardaespaldas y antiguo miembro de las fuerzas especiales israelíes, un tal Avner, es elegido para liderar el comando que habrá de llevar a cabo la búsqueda de los culpables y su posterior asesinato.

Si he de juzgar por lo que le he visto, seguramente Munich sea de lo mejor que ha rodado Spielberg en estos últimos años (aunque disfruté más con Atrápame si puedes), aunque como suele pasar cuando hablamos de los maestros, la película está bien para otros directores, pero de él siempre se espera más (lo cual quizás sea injusto, pero bueno, ése es otro debate). De todas formas respecto a la carrera de Spielberg muchas pienso que quizás el problema radique más en los guiones que en el propio Steven, porque al fin y al cabo no se le ha olvidado cómo dirigir ni mucho menos. A lo largo de Munich hay planos de técnica 100% Spielberg, y secuencias de perfecto ritmo narrativo (el editor suele ser el habitual del director, Michael Kahn). Por otro lado, el guión no está mal, de hecho para los tiempos que corren hasta podría decir que está bastante potable, pero aun así queda como muy superficial. De todas formas, exigencias aparte, sin duda la película entretiene y tiene unos cuantos momentos memorables.

Con todo quizás apreciaría más Munich si no fuera por su protagonista, Eric Bana, un actor que siempre me ha parecido un zote, y aunque aquí encaja mejor y hasta actúa mejor que por ejemplo en la pastosa Troya, creo que un film así merecía un mejor intérprete. Por otro lado quien me ha sorprendido ha sido Daniel Craig, a quien hasta ahora no había visto en acción (soy de los que, quizás injustamente, no le tragaban como un nuevo Bond, pero bueno tarde o temprano había visto alguna de sus pelis de 007, aunque solo sea por Eva Green), pero quien desde luego sabe actuar, y además junto a un tipo como Bana todavía destaca más. Aunque quienes más me han gustado han sido dos secundarios a los que creo no había visto nunca: uno es un tal Mathieu Amalric, actor de rostro inquietante que me imagino deben dársele muy bien los villanos; el otro es Mathieu Kassovitz, a quien habré visto en Amelie pero no le recuerdo, pero en Munich está genial como el experto en bombas.

Dado el subgénero de thriller de tintes políticos del film y la época en que está ambientada, es imposible que a uno no le vengan a la mente esas cintas de acción politizadas setenteras entre las que habían auténticas obras maestras. De hecho hasta me atrevería a decir que creo ver un homenaje a la genial Chacal en la elección del calmosamente genial Michael Londsdale para un pequeño papel, siendo, como ustedes sabrán, el inolvidable inspector Lebel que daba caza al temible "Chacal". Pudiera ser que no, pero bueno, Spielberg es tan mitómano como cualquiera. Yo me quedo con lo del homenaje, que me hace más feliz.

Para terminar con el reparto, hay que citar obviamente a Geoffrey Rush. Este hombre nunca falla, da igual que la peli esté bien o sea un fiasco. Cada día le quiero más. Geoffrey, eres grande.

Respecto al espinoso tema que retrata, hay que decir que la película es sorprendentemente objetiva, en especial tratándose de alguien como Spielberg, tan sensible a los asuntos hebreos. De todas formas el narrador nos ofrece la historia prácticamente a través de los ojos del líder del comando israelí, con lo que no hay una visión completa del lado palestino (aunque algunas escenas, en especial la de la conversación de Bana con un terrorista, tratan de compensar esa carencia). No obstante, como era de esperar con un tema tan complejo y peliagudo, parece que a Spielberg le acabaron lloviendo collejas desde ambos bandos, lo cual creo que puede considerarse un triunfo. Si uno de los bandos hubiera estado completamente satisfecho con el film, entonces habría fracasado del todo.

De todas formas en principio la gran ventaja de Munich es que es una película a la que uno se puede aproximar como un mero entretenimiento, un thriller de comandos que se dedican a cazar terroristas. El guión bien pudiera ser el de alguna de aquellas películas de los 70, si no fuera claro está por que estamos hablando de hechos más o menos reales (que ya se sabe lo que pasa con los servicios secretos, que siempre lo niegan todo). Quien lo desee, aparte de pasar unas dos horas entretenidas, puede también plantearse el dilema ético (de hecho Munich es esa clase de películas que a uno le ponían en clase de ética para luego debatir esto y aquello) y efectuar el paralelismo con la época actual, paralelismo que efectúa por cierto el propio Spielberg en un inequívoco plano final.

Y citando al gran Forrest Gump, "esto es todo lo que tengo que decir sobre esto".

domingo, 15 de mayo de 2011

Perdónala

La verdad es que muchas veces me pregunto que haremos cuando ya no estén Les Luthiers por aquí. ¿Qué será del mundo? Deberían ser eternos, como Los Panchos. Porque cuando ya sólo queden de nosotros las pirámides y la muralla china, seguirá habiendo una versión de Los Panchos ahí fuera. ¡Y yo no quiero que se acaben el sueño de los Luthiers!

viernes, 13 de mayo de 2011

Juego de tronos

"Los Soprano en la Tierra Media", como la definió uno de los guionistas. Ahora que se ha estrenado la serie en el Canal+ y se va a hablar cada vez más de esta serie, pues la trataremos un poco.

Juego de tronos es una serie superproducción de la HBO basada en la exitosa saga literaria de George R.R. Martin llamada Canción de hielo y fuego, y aunque no he leído los libros he visto unos pocos episodios y la visión del guionista no va nada desencaminada. El género es el fantástico de magia y espada de toda la vida, aunque la fantasía y las criaturas extrañas tienen aquí poca o ninguna importancia (por el momento al menos). A diferencia de El señor de los anillos, aquí no hay elfos ni trolls, pero sí mucho sexo, violencia, e intrigas políticas. Vamos, que Juego de tronos se parece más a nuestra Edad Media que a la Tierra Media. Lo cual lo hace todo más interesante. De hecho creo que ya puedo confirmar que es la mejor adaptación del género desde la trilogía de Jackson. Me temo que series como Merlín u otras tantas que se han emitido desde el éxito de Gandalf y sus amigos van a quedar muy atrás.

Y es que ya sabéis, la HBO no suele fallar, y no parece que tampoco lo vaya a hacer esta vez. De hecho en América parece que la respuesta ha sido tan entusiasta que ya han confirmado una segunda temporada. ¡Esperemos que así sea! En fin, Juego de tronos está apoyada aparte de por los grandes guiones que tanto miman en la productora, por un presupuesto acorde. No les llegará tal vez para hacer ejércitos de orcos, pero la ambientación es estupenda, y para el medio televisivo desde luego se nota que han tirado la casa por la ventana.

Si no sois entusiastas del género pero habéis disfrutado con otras creaciones de la HBO, os animarái por lo menos a darle una oportunidad. No me extrañaría que la cosa fuera a más. Y como ya he dicho, la HBO ya es una marca de calidad en sí misma, como La Rioja para los vinos o algo así. Tiran de directores competentes de la casa (como Tim Van Patten), todo se construye entorno a un guión sólido, y el reparto es superior al de casi todas las pelis que se estrenan en Hollywood, como viene sucediendo con todas las series. Sale el que hacía de Boromir en El señor de los anillos, cosa que seguro que agradecen todos los frikifans, y otros intérpretes interesantes como Lena Headey, sexy y buena actriz como ella sola (¡sí, la Sarah Connor de la tele!) que en la serie tiene papelón de arpía y está, en fin, buf, y bueno, el que hace de su hermano que me suena mucho no sé de qué. También aparecen Aidan Gillen (le conoceréis como Carcetti por The Wire) y Peter Dinklage, uno de los mejores actores enanos de todos los tiempos, y que tiene uno de los papeles más jugosos de la serie.

Entre las revelaciones yo destacaría a Mark Addy, que seguro que no sabéis quien es, ni yo por ese nombre tampoco, pero si os digo que es el gordito de Full Monty, pues seguro que le ubicáis mejor. Pues bien, irreconocible está como el rey Baratheon. Ni en mil vidas me lo imaginaba en un papel tan sombrío y putero. La otra revelación la veo en Emilia Clarke, que no es mala actriz ni nada, pero siendo sinceros, la chica está como un queso. Y aun irán saliendo más personajes supongo, porque aun no he visto a Charles Dance (un secundario que es una pequeña debilidad mía, los veteranos seguro que le recordáis como el malo de El último gran héroe), y se supone que ha de aparecer.

Pues eso, que vaya época dorada de series estamos viviendo. Se nos acumula el trabajo. A ver si se ponen las pilas aquí. Dicen que en Canal+ ya se las han puesto con Crematorio. En las públicas, con cosas como Hispania no vamos a ninguna parte.

jueves, 12 de mayo de 2011

Tintín despeña a unos pobres ositos

Como se puede apreciar, ya hay uno que se va a estampar contra las rocas. Para que luego digan que en las aventuras del réporter no hay violencia cruel.


Por cierto tintinólogos, ¿teméis la peli de Spielberg? ¿O la esperáis con ansia?

martes, 10 de mayo de 2011

La invasión de los ultracuerpos (1978)

Tenía John Huston una consigna (con la cual coincido plenamenete) según la cual no se debían hacer remakes de pelis que hubieran funcionado en su día, sino de proyectos fallidos y filmes que no son lo que se esperaban. Y dados los muchos remakes horribles que se han rodado a lo largo de los tiempos, creo que hay que darle la razón al viejo maestro. Aunque, por otro lado, de vez en cuando hay remakes que son tan interesantes, o casi, como el original. Que es el caso de La invasión de los ultracuerpos. Y eso que el listón estaba muy alto con la versión original de Don Siegel.

Supongo que con el guión de El fuera de la ley y la trama para En busca del arca perdida Philip Kaufman ya se merecía un sitio en el Valhalla, pero además como director nos dejó algunos filmes interesantes, entre los que destacan Elegidos para la gloria, pero creo que su película definitiva es desde luego La invasión de los ultracuerpos. La trama de la novela original es siempre una pequeña ventaja, pero acercarse al nivel de la obra de Siegel no era fácil (como me temo deben haber demostrado algunas versiones posteriores). Y sin embargo Kaufman lo consiguió.

La verdad es que muchas veces me fascinan más los trucos artesanos de efectos especiales de antaño que los efectos de ahora, calidad aparte. Más que nada porque a veces me pregunto cómo porras hacían tal o cual cosa. Ahora si acaso cabe preguntarse qué programa habrán usado. Pero me encantan esas secuencias iniciales de La invasión de los ultracuerpos, donde vemos el mundo natal de los "ultracuerpos" (ese día el traductor estaba inspirado, y me imagino de qué), y su viaje espacial. Y bueno para ser todo puramente artesanal los resultados son bastante buenos.

La verdad es que sin grandes alardes Philip Kaufman se sacó de la manga una dirección impoluta, algo subrepticia, si así puede decirse, con todas esos planos de suspense y escenas inquietantes que no parecen venir a cuento, pero que de alguna forma le hacen a uno sentirse incómodo ya desde el arranque de la peli (sirva como ejemplo el más que curioso cameo de Robert Duvall en el columpio). También los actores ayudan a veces, como en la escena de la lavandería, con esa increíble expresión del chino, que no sé por qué no fue galardonada con un Oscar. El punto cómico de la escena no es en balde, y cuando vuelva a aparecer el amigo lavandero, ¡tachán! Ya verán ustedes.

En fin, es complejo hablar de esta peli y no emocionarse y arruinarlo todo a quien no la haya visto, pero es que hay tantas escenas geniales (muchas obviamente siguen la pauta del libro y especialmente de la peli original). Pongamos por caso el vagabundo y su perro, con esa impactante aparición que sabiamente homenajearía Tim Burton años después. También es cierto que en otras escenas La invasión de los ultracuerpos es sensiblemente inferior a la original, especialmente en la climática escena entre el protagonista y la chica. Ese beso en el túnel de la cinta de Siegel era insuperable.

Pero de todas formas aparte de la historia, que siempre mola, y de la acertada dirección de Kaufman, hay que citar a un reparto bastante completito, empezando por Donald Sutherland en uno de sus papeles más inolvidables (y todos los que la habéis visto sabéis por qué). En esta ocasión la chica era Brooke Adams, que no lo hace mal, y se deja también ver por allí el entrañable Jeff Goldblum (antes de las viscosidades y la teoría del caos) y Veronica Cartwright, que enlazó dos clásicos absolutos de la década, y de la ciencia ficción en general, así como si tal cosa. Y hablando de clásicos y ciencia ficción, por supuesto hay que realizar una salutación al inefable Leonard Nimoy, quien pudo dejarse ver en un papel interesante sin sus míticas orejas de vulcaniano.

Párrafo aparte para dos insignes cameos (u homenajes) muy muy acertados por parte de Kaufman. Evidentemente me refiero a los de Kevin McCarthy y Don Siegel, protagonista y director respectivamente del film original. La aparición de Don tiene su punto. Siegel, que interpretaba al taxista en el que se suben Sutherland y Adams, no parecía estar muy bien de la vista, y se puso a conducir sin sus gafas, en una escena nocturna. Suena un poco a leyenda urbana, pero bueno, dicen que los rostros preocupados de Donald y Brooke tenían más de realidad que de interpretación. No sé si será cierto, pero la anécdota es cachonda.

Por supuesto, no desvelaré el final de la cinta, pero como casi todos sabemos, la última escena de La invasión de los ultracuerpos (seguida por unos desasegadores créditos sin música) es una de las más míticas de todos los tiempos. Por supuesto, obvio es decir que cuando la vi por primera vez, hace ya mucho, ese final me voló la cabeza por completo. Y aun hoy me sigue fascinando. Pardiez, que finalazo.
La invasión de los ultracuerpos, una peli que siempre hay que revisitar. Y si no la habéis visto, pues a qué esperáis. ¿O acaso nunca os ha intrigado saber si los fans de Los planetas son realmente quienes dicen ser? Yo creo que una noche se quedaron dormidos, y a la mañana siguiente...

lunes, 9 de mayo de 2011

Infierno sobre ruedas

Unos rápidos apuntes cinéfilos. ¿Alguien ha visto Amenaza en la sombra, con Donald Sutherland? El arranque estaba bastante bien, con unos planos bastante curiosetes, pero a medida que avanza la peli aquello se va deshinchando poco a poco. De hecho hacia el final me quedé dormido durante unos treinta minutos. Por lo que sabía de ella, esperaba más, la verdad. ¿La habéis visto? ¿Estáis de acuerdo, o debería revisarla?

El otro día vi Medalla roja al valor, de John Huston. Iba a dedicarle una entrada, pero al final lo dejaré en un mero apunte. La verdad, no me parece de lo mejor de Huston. Le falta garra, casi parece un documental. ¿Demasiado fiel a la novela, quizás? No lo sé. Pero también me dejó demasiado frío, tratándose de alguien como Huston.

Bueno, os dejo con un videoclip algo cinéfilo.



sábado, 7 de mayo de 2011

La sombra de Caín: Michael Malloy, el inmortal

El sempiterno crimen perfecto puede verse frustrado por muchas razones, desde la torpeza o ligereza del asesino hasta la pericia del investigador, pasando por cúmulos de casualidades y ese ente llamado suerte. Pero nada más frustrante para el asesino que el que su víctima se resista a perecer. Ése fue el singular caso de un pequeño irlandés borrachín cuyos varios intentos de asesinato dejan la muerte de Rasputín en un mero juego de niños. Conozcan las tristes andanzas de Michael Malloy, oriundo del Condado de Donegan, y auténtico Twinkie humano.

En las postrimerías de la Ley Seca, un mes de diciembre de 1932, Daniel Murphy "El rojo" (apodado así por su flamígera cabellera), que servía copas en un tugurio clandestino a las órdenes de un tal Tony Marino, fantaseaba, como muchos otros mortales, con la idea de tener los bolsillos llenos. Pero días tras día lo único que se llenaba era el local con sus borrachos, la tinaja con los escupitajos y las pituitarias de Murphy con el nauseabundo olor de lo que muchos daban en llamar el "aperitivo gratis" del bar, una masa informe que en su día tal vez fuera comida. Pero en un local donde los clientes beben alcohol desnaturalizado y mezclado con vaya usted a saber qué, ¿quién iba a quejarse por la comida?

Al mismo tiempo, Tony Marino se preguntaba lo mismo frente a su amigo Frank Pasqua, un pequeño empresario de pompas fúnebres. Sin una respuesta satisfactoria que darle, los dos amigos miraron sus vasos, para luego posar sus miradas en Michael Malloy, un enjuto borrachín irlandés que era conocido en todos los locales ilegales por su afición al alcohol, y su irritante tendencia a no llevar nunca dinero en los bolsillos. Malloy engatusaba a la clientela con chistes baratos a cambio de que le invitaran a algún trago, y cuando no tenía donde caerse muerto, dormía en el suelo de los bares a cambio de barrer el local por la mañana. Resumiendo, Michael Malloy era un tipo algo irritante que no encajaba en la categoría de cliente modelo.

Los días pasaron, y cierta noche Pasqua le comentó a Marino que al parecer Michael Malloy no tenía familia alguna. La anecdótica noticia quedó sepultada entre varias decenas de conversaciones más. Hasta que, días después, se dejó caer por la taberna un corredor de seguros algo borrachín y con no demasiados escrúpulos. Hablando sobre los seguros de vida, Marino y Pasqua encendieron juntos la misma bombilla sobre sus cabezas. ¿Y si le hacían un seguro a Malloy a cambio de, por ejemplo, 1.500 machacantes? El corredor de seguros, que bien hubiera podido tener la estampa de W.C. Fields, seguro que se avendría a un arreglo. Como así fue. Sin saberlo, Malloy aseguró su vida en dicha cantidad, siendo su beneficiario Tony Marino, especificándose que sería la compañía de Pasqua la que se encargaría del entierro. Bien, con el documento en el bolsillo, ya solo restaba borrar a Malloy del mapa. Para esa tarea tan delicada Marino habló con su hombre de confianza, Daniel Murphy, quien se avino a dar matarile al irlandés a cambio de una pequeña parte en el negocio. Por supuesto, la condición indispensable era que aquella muerte pareciera accidental. No valían tiros ni navajazos.

Murphy le dio vueltas al asunto. Habiendo trabajado con productos químicos en el pasado, pensó que una cantidad suficiente de anticongelante en la bebida sería una buena manera de librarse de un beodo como Malloy. Para asegurarse de que no notaba nada raro en el sabor, primero pondrían tono a la víctima con unos cuantos tragos. La repentina generosidad de Marino, que invitó a unas bebidas a Malloy, por supuesto no sorprendió a éste, quien estuvo más que contento de llevarse al coleto unos cuantos tragos gratis. Cuando consideraron que ya estaba lo bastante achispado, Murphy comenzó a servirle a Malloy las bebidas con anticongelante. Las dos primeras pasaron por el gaznate de Malloy sin mayor problema. La tercera cayó igual de bien. Una cuarta copa no hizo mucho más. Hicieron falta nada menos que cinco copas con anticongelante para tumbar a Malloy. Cosa que, dada la calidad de la bebida de aquellos tiempos, no llamó la atención de nadie. Era habitual que los borrachos solitarios quedaran inconscientes en el suelo largas horas.

Cuando por fin se fueron todos los parroquianos, Pasqua le tomó el pulso a Malloy. Era extremadamente débil. "Ya no durará mucho", afirmó Murphy. Los conspiradores pasaron en vela la noche, tomando el pulso a Malloy cada cierto tiempo. Con la luz del alba, el viejo irlandés se despertó con la boca seca. ¿Y si barría el local a cambio de un trago matutino?

Los sorprendidos aprendices de asesino no podían entender que había pasado. Pero habrían de perseverar. Aumentaron las dosis, continuaron con el plan noche tras noche... y noche tras noche, Malloy se derrumbaba, para volver a despertar al día siguiente. No había nada que hacer. Quien sabe, quizás un borracho curtido en las más variopintas bebidas ilegales se hubiera acostumbrado a los más variados productos químicos.

Pasado algún tiempo, unas sardinas en mal estado dieron una nueva idea a Murphy. Aquellas sardinas, cuyo frescor debía haberse disipado allá cuando Theodore Roosevelt llegó a presidente, acabarían con cualquier insensato que se las comiera. Para asegurar el plan, Marino ordenó que se triturara el bote de conservas y se mezclara con la comida, que sirvieron a Malloy en forma de sandwich. Una vez más el irlandés agradeció la bondad de aquel patrón y se llevó el sandwich al coleto sin hacer preguntas. La bebida con que acompañó el ágape contenía, por supuesto, anticongelante.

Desde la trastienda Marino y Pasqua no podían dar crédito a sus ojos. Allí estaba aquel viejo borracho, tan campante, comiendo hojalata y sardinas pasadas y regándolas con alcohol desnaturalizado. Ni siquiera parece que tuviera un apretón. Definitivamente el estómago de aquel tipo era más duro que el diamante.

Con la llegada del Año Nuevo de 1933 los maleantes concibieron un nuevo plan. Algunos días más tarde, aprovechando una terrible tormenta de aguanieve que se batía sobre Nueva York, tumbaron a Malloy con las consabidas dosis de alcohol y anticongelante, le subieron a un taxi, propiedad de un amigo de Marino, y le llevaron a las afueras. Abandonaron al inconsciente Malloy en Claremont Park, le quitaron la chaqueta, le abrieron la camisa y dejaron el pecho al aire. Tenían que asegurarse de que su víctima cogiera una pulmonía mortal de necesidad. Por ello Marino extremó aun más las precauciones y bañó a Malloy en agua. La temperatura era de unos siete grados bajo cero.

A la mañana siguiente Hershey Green, el taxista, se pasó por Claremont Park. No había ni rastro de Malloy. La cuadrilla (la mitad de la cual estaba resfriada) se reunió en la taberna a hojear los periódicos. No había noticia alguna de que hubieran hallado un cuerpo en Claremont Park. Todavía se estaban preguntando que habría pasado cuando apareció Malloy por la puerta. Sin saber cómo, se había despertado en Claremont Park. Los confabulados le preguntaron por su salud.
- Durmiendo a la intemperie me he resfriado un poco, pero no es nada que un vasito o dos no puedan remediar- Increíblemente, ahí iba otro atentado fallido.

Días después entraba en la taberna Anthony Bastone, un bruto de clase gorila macho Alfa al que apodaban, muy acertadamente, Tough Tony, "el duro". Viejo conocido de Marino, el tabernero no tardó en hacerle partícipe de sus problemas. Ahí tenían un negocio seguro, y una víctima que resistía a morir. Bastone sugirió que simularan un accidente de tráfico. Bastaría con emborracharle, sostenerle en algún paraje solitario, y que un coche se lo llevara por delante. Por supuesto, la idea le valdría una participación en el negocio.

En cuanto tuvieron ocasión los aprendices de asesino pusieron en marcha su plan. Emborracharon a Malloy, y le llevaron a una avenida solitaria para ejecutar el plan. Green le atropellaría con su taxi, y tocaría su claxon dos veces para asegurarse de que no lanzaban a Malloy contra el coche equivocado. La primera tentativa falló por una luz inesperada en una casa cercana. Tras trasladar a la víctima a Baychester Avenue, Green se lanzó con su taxi por la avenida a toda velocidad. Impactó con su coche de lleno en el cuerpo de Malloy. Inmediatamente todos abandonaron el lugar para evitar ser vistos.

A la tarde siguiente los malutos se reunieron para comprobar las ediciones vespertinas de los periódicos. Ninguno traía línea alguna sobre un caso de atropello y huida en el Bronx. Enviaron a Murphy a recorrerse los depósitos de cadáveres, sin éxito. Pasó una semana y no hubieron noticias de Malloy. ¿Qué hacer?

Tough Tony sugirió buscar a otro y hacerle pasar por Malloy. El sujeto debía ser irlandés, borrachín (dada la fama de los hijos de la Isla Esmeralda, no sería difícil), tener las características físicas de Malloy, y por último, y más importante, no tener familia alguna. Tras varios días de pesquisas, dieron con el tipo adecuado, una cuba andante que respondía al nombre de McCarthy. Ofrecieron trabajo a McCarthy en la taberna, quien aceptó encantado. Tras algunos días sin novedad, repitieron la operación: dejaron a McCarthy sin sentido a base de alcohol, le llevaron a un lugar solitario y le atropellaron con el taxi. Esta vez se aseguraron y Green le pasó por encima de nuevo. Pasqua certificó su defunción. Ya solo restaba dejarle en el bolsillo unas tarjetas de visita que le habían fabricado, para que la policía pudiera identificar el cadáver.

Al día siguiente todos se reunieron una vez más para ver los periódicos. Ninguna noticia de atropellados. Tough Tony decidió recorrer los depósitos de cadáveres. Nada. Por la noche, volvió a la taberna sobresaltado. McCarthy estaba malherido, pero vivo, en un hospital. Desde luego aquello era el colmo de la mala suerte. De paso, todos maldijeron la profesionalidad de Pasqua, que había dado por muerto al supuesto cadáver.

El tiempo apremiaba. McCarthy pasaría varias semanas en el hospital, y Marino veía sus deudas crecer cada día. Antes que esperar a que el segundo objetivo pisara la calle, era preciso encontrar a Malloy. De nuevo los maleantes peinaron todo el Bronx. Y hallaron a su víctima en el sitio más sorprendente: en una pensión, donde trabajaba por unos pocos dólares barriendo los suelos. Marino fue a tentarle para que se pasara por la taberna, pero ya fuera por desconfianza, o porque había encontrado su dignidad en el trabajo, Malloy se negó. Tan sólo quería que lo dejaran en paz.

Había quedado claro que iban a necesitar a un nuevo elemento en el grupo para atraer a Malloy a la ratonera. Aquel elemento lo encontraron en un amigo de Tough Tony, un tal Daniel Kreisberg, un frutero arruinado por la competencia de los vendedores ambulantes de fruta. El plan consistía en llevar a Malloy a la casa de Kreisberg. El frutero trabó conocimiento con Malloy, y no fue difícil convencerle para que le acompañara a casa, tan solo bastó una invitación a tomar unas copas. Con varios litros de alcohol en el cuerpo, Malloy se derrumbó finalmente. Entonces Kreisberg llamó a Marino, quien envió a Murphy a la casa con un tubo de goma. Metieron el tubo en la boca de Malloy, y el otro extremo a la espita de gas. El avispado lector se imaginará el resto.

Finalmente aquel nutrido grupo de malhechores logró su objetivo. Michael Malloy, que había ingerido litros de anticongelante, sardinas podridas y trozos de metal, que había resistido temperaturas gélidas y que había sobrevivido, Dios sabe cómo, a un atropello, pasó a mejor vida ahogado por el gas. Pasqua convenció a un médico de esos cuyo Juramento Hipocrático se desvanece a cambio de unas copas para que rellenara un parte médico en el que declaraba muerto a Michael Malloy a causa de una neumonía. Como se había acordado, Pasqua se encargó del entierro. Nadie sospechó nada, y la compañía de seguros acabó pagando el dinero.

El principio del fin para aquellos maleantes comenzó justo en el momento en que recibieron el dinero. Mil quinientos dólares, descontados gastos de entierros y demás, no salían a mucho entre un grupo tan nutrido de desalmados. Las peleas por el reparto del dinero comenzaron nada más llegar el pago del seguro. Muy pronto todos empezaron a debatir sobre quién había hecho qué y quien se merecía más. En semejante conjura de tipejos la discreción y el honor desde luego no campaban a sus anchas. Y las lenguas pronto comenzaron a trabajar más de la cuenta.

Tough Tony abrió la veda contrastando su opinión con un cliente habitual de la taberna. Escuche amigo, ¿quien cree que se merece una parte mayor? Le explico... En otro punto de la ciudad, Hershey Green se quejaba de que había abollado su taxi haciendo un favor a un amigo, y ahora ese amigo no le quería pagar los desperfectos, a pesar de haber cobrado un suculento seguro de vida. Por su parte, Kreisberg solicitaba la opinión de cualquiera que quisiera escucharle, acerca de si la policía podría descubrir a un tipo que hubiera puesto un tubo de goma en la boca de un borracho, para luego...

Como era de esperar, aquellas conversaciones llamaron la atención. Y cierto día de mayo la noticia llegó a oídos de la policía. Dos agentes fueron asignados al caso, para ver si había algún fundamento en todo aquello. Contactaron con las compañías de seguros, preguntando si algun Michael Malloy había fallecido en los últimos meses. En efecto, así era. ¿Y quien era el beneficiario? Un tal Tony Marino...

Bien, los policías tenían una madeja. Y decidieron hacer lo que desde tiempos inmemoriales han hecho los investigadores, tirar de ella. Vigilaron a Marino, averiguaron los nombres de sus contactos habituales, estudiaron gastos e ingresos. ¿Podía esperarse sutilidad de un atajo de asesinos que habían puesto tarjetas de visita en el bolsillo de un irlandés andrajoso? Ciertamente no. Los policías averiguaron que justo al día siguiente de ser cobrada la póliza, Marino había pagado unas deudas, Pasqua había comprado unos ataúdes y Murphy se había comprado un traje nuevo. Tough Tony, Green y Kreisberg no tardaron en caer. Por supuesto, en cuanto fueron interrogados, todos se acusaron entre sí. El cerebro fue fulanito, yo no lo hice, pero éste y aquel hicieron maldades este día de enero...

El largo brazo de la justicia terminó por alcanzarles a todos. Hershey Green, el taxista, tuvo suerte, y fue condenado a una larga pena de cárcel. El resto acabó en el patíbulo. Y por desgracia para ellos, ninguno pareció gozar de las siete vidas del desdichado Michael Malloy.

viernes, 6 de mayo de 2011

miércoles, 4 de mayo de 2011

Los bajos fondos (1957)

Desde 1951 Akira Kurosawa tenía una espinita clavada tras su fallido empeño en adaptar El idiota de Dostoievski, un parto largo y difícil que se reveló demasiado fiel al original para triunfar en Japón. Unos cuantos años después un artísticamente más maduro Kurosawa, triunfante en su patria y en festivales extranjeros, se sacó esa espinita con Donzoko, una adaptación de la obra de teatro 'Los bajos fondos' de Máximo Gorki.

Con Los bajos fondos Kurosawa retornaba al naturalismo más feroz y a una irónica visión de la naturaleza humana, con sus más altos sentimientos y sus bajezas más sucias, jugueteando de nuevo con la dualidad entre realidad y fantasía que ya había explotado en su célebre Rashomon. En esta ocasión, sin embargo, la dirección de Kurosawa es prácticamente silenciosa, sin grandes alardes técnicos, acompañando a un reparto coral en un film muy teatral visualmente, como suelen serlo las películas que siguen muy de cerca el texto original, respetando las usualmente reducidas medidas espaciales del teatro.

Sin encontrarse con un protagonista claro, Los bajos fondos gira alrededor de las vidas de varios personajes miserables que viven juntos en una vieja casucha situada en los barrios bajos de alguna ciudad japonesa medieval. Al principio del film ya queda descrito el estatus de la vecindad, situada al pie de un pequeño barranco, en el que los habitantes de las tierras superiores lanzan sus desperdicios.

Los habitantes del hogar son personajes solitarios y olvidados, sin ninguna aspiración real, que malviven en sus pequeñas covachas miserables, bajo la supervisión de un casero con actitud paternal que esconde su personalidad avariciosa que sólo busca como sacar más dinero a sus inquilinos. En realidad todos los personajes principales se esconden bajo máscaras, sueños que rayan en la locura, o el más profundo alcoholismo. Todos, de una u otra manera, tratan de olvidar la miseria en la que viven. Así, por ejemplo, un calderero al que se ve constantemente trabajando en sus cacharros, se refugia en su trabajo, ignorando a su mujer gravemente enferma. Un antiguo actor, cuya carrera quedó destrozada por el alcohol, sigue atado al sake, mientras otros personajes menores parecen haber preferido cierta forma de locura para poder seguir viviendo. Otro miserable, Tonosama, presume de ser un samurai venido a menos, mientras que una prostituta se consuela relatando su dramática historia de amor imposible. El pasado de ambos, presumiblemente falso, es otra forma de escape a sus duras vidas. En ese hogar de miseria hasta los sentimientos son corrompidos. Sutekichi, un apuesto ladrón, es el amante de Osugi, la mujer del casero, aunque sueña y ama en realidad a la hermana menor de ésta, Okayo, quien para sobrevivir ha construido entre ella y los demás un muro de desconfianza. El único que parece aceptar su condición es Yoshisaburo, un cínico apostador y jugador de cartas.

La realidad de la miseria, la fantasía como única salida, la pobreza que corrompe las almas y los sentimientos. Ésa es la trama de Gorki que Kurosawa y su coguionista Hideo Oguni logran adaptar al Japón medieval. Al fin y al cabo la miseria y la pobreza son universales, y por ello la historia de Los bajos fondos no queda constreñida por el entorno ruso original. Sin duda Kurosawa y Oguni debieron verlo así, ya que apenas les llevó dos semanas adaptar el texto ruso en un guión consistente.

El pesimismo del entorno y los personajes tendrá su contrapartida en Kahei, un anciano peregrino que pasa unos días en la casa, y quien a diferencia de sus compañeros, sabe mirar a la vida con optimismo, sopesando la realidad calmadamente, sin necesidad de buscar un refugio. Es la antítesis del jugador, el inquilino lúcido que sin embargo cree que es mejor resignarse y tratar de pasar la vida lo mejor posible.

Con la cámara de Kurosawa convertida casi en un mero testigo de la acción, indudablemente el peso del film, sus méritos y deméritos, recaen en esencia en el coro de actores que conforman la historia. Aunque en los créditos figure como protagonista por su categoría de estrella, Toshiro Mifune, que interpreta al ladrón, no destaca por encima de los demás, en un papel mucho más corto de a lo que nos tiene acostumbrados en sus films con Kurosawa. Emparejado de nuevo con la estupenda Isuzu Yamada, la temible dama ambiciosa de Trono de sangre, esta vez, sin embargo, Yamada logra destacar por encima de Mifune, metiéndose en el papel de la lasciva mujer del casero. Seguramente sea ella la que mejor esté en toda la película.

Destaca también Bokuzen Hidari, el peregrino, cuyo personaje no deja de ser la rueda que me mueve la acción, y Kôji Mitsui, el jugador, a quien la crítica japonesa acogió muy bien, y que repetiría en los siguientes films del director. Por último hay que mencionar al sempiterno Minoru Chiaki, uno de los secundarios más reconocibles y habituales de las cintas de Kurosawa de la época.

Atrapada entre Trono de sangre y La fortaleza escondida, Los bajos fondos no cuenta con la espectacularidad de la primera y la fuerza de su historia shakesperiana, aunque quizás la trama teatral sea algo más digerible, ni goza de la fama y el entretenimiento puro de la segunda, pero ofrece a cambio variadas y buenas interpretaciones, y sobretodo una increíble escena final y cierre que probablemente sea una de las conclusiones más brillantes de la carrera de Kurosawa. Sólo por esa última secuencia ya merece la pena echar un vistazo al film, aunque yo también apuntaría el aliciente de paladear la actuación de Isuzu Yamada, una gran actriz que tal vez sea la pécora definitiva de cine japonés.