lunes, 31 de diciembre de 2012

viernes, 28 de diciembre de 2012

Oh Yeah

No suena tan potente como en el disco, ¡pero al menos aún son capaces de hacer buen rock cuando quieren!


miércoles, 26 de diciembre de 2012

James Bond contra Goldfinger (1964)

Se dice que James Bond contra Goldfinger (película a la que me referiré a partir de ahora por el original y más simple Goldfinger) marcó el estilo y el tono para los títulos de la saga que habrían de venir. Y ello no es raro ya que fue en esta cinta donde acabaron de aflorar todos esos ingredientes que uno siempre asocia con James Bond, aunque por otro lado personalmente pienso que Desde Rusia con amor (ya comentada aquí) era una película bastante más redonda, especialmente en cuanto al guión se refiere. Pero quizás ese tipo de tramas y estilo tan europeos no acababan de calar hondo en el mercado yanqui, con lo que el dúo de productores Albert Broccoli y Harry Saltzman decidieron centrar la atención de la nueva misión de 007 en los Estados Unidos. El momento resultó idóneo, ya que el título que habían pensado llevar a la pantalla, Thunderball, estaba siendo cuestionado en los juzgados por dos guionistas que le pedían a Ian Fleming reconocimiento por el trabajo que según ellos les había robado el autor de las famosa novelas de Bond. Fue así como el tercer título de la saga acabó siendo Goldfinger.

El trabajo de adaptar la novela de Fleming a la gran pantalla fue encargado a Richard Maibaum, quien ya había trabajado en los dos títulos previos de la saga. Saltzman no quedó del todo satisfecho con el resultado, por lo que se llamó a Paul Dehn, un escritor experimentado y premiado. Tras reescribir el guión fue la estrella de la saga, Sean Connery, quien no quedó del todo complacido, por lo que Maibaum volvió al barco. De las distintas versiones de Dehn y Maibaum surgió un guión poderoso con un James Bond más humanizado (obra de Paul Dehn, aunque quizás este cambio ya se apuntaba en la novela original) pero que seguía conservando, por supuesto, sus legendarias dotes amatorias. 

En esta ocasión James Bond se alejaba de su lucha contra la maléfica organización SPECTRE para ir a investigar las fechorías de Auric Goldfinger (sólo el nombre del villano ya era de lo más conseguido que había pergeñado Ian Fleming), un conocido contrabandista de oro al que de momento no se le ha podido pillar en algún renuncio. Tras algunas pesquisas Bond pronto averiguará que Goldfinger planea asaltar Fort Knox, la mítica fortaleza en la que Estados Unidos protege su oro. El plan del supervillano es llevarse una bomba atómica casera al recinto y volar todo la reserva de oro.

Goldfinger reunía todo lo que uno espera ver en un film de James Bond, comenzando por una escena de acción introductoria, una novedad que comenzó aquí, la cual daba paso a los psicodélicos y elegantes créditos proyectados sobre el cuerpo sensual de una mujer (en esta ocasión el de la voluptuosa Margaret Nolan, quien en la película tiene un cameo como uno de tantos ligues del fornido agente). Ese tipo de créditos ya habían aparecido en Desde Rusia con amor, pero lo que los hizo diferentes en esta ocasión fue el inolvidable tema título cantado por Shirley Bassey, marcando un antes y un después de tal modo que la cantante volvería a hacerse cargo de poner voz al tema principal en dos ocasiones más. Aparte de todo esto teníamos las mujeres, los ligues, los pequeños inventos de Q, y el archifamoso Aston Martin, que hacía su aparición también en esta película, sustituyendo a un Bentley que, total, apenas sí había usado Bond y cuya principal arma había sido un teléfono incorporado. En cambio el Aston Martin venía con todos esos mecanismos para despistar enemigos y demás. Y luego quedaban el supervillano, su superesbirro, y un ejército de malutos (en esta ocasión, coreanos), dispuestos a morir por su jefe. Y así pocos serían los supervillanos que no tirarían mano de su ejército de easy targets, desde Blofeld hasta el simpsoniano Hank Scorpio. Si el mítico episodio de Los Simpson parodiaba muchas situaciones de Golfinger por algo sería.

A día de hoy Goldfinger sigue siendo un título mítico y el preferido de muchos, aunque quizás haya otros films con más acción, o guiones más completos. Desde luego Goldfinger no es que aburra en ningún momento, de hecho es un estupendo y entretenido film de Bond, pero en esta ocasión la verdadera fuerza del film estaba, sobretodo, en el reparto. Y es que en el apartado antagonista no creo que ningún otro film pueda competir en cuanto a fiereza, glamour y carisma con los villanos de Golfinger, al menos no entre los films de la era Sean Connery.

Y es que es difícil encontrar a un dúo tan carismático como el que formaron Gert Fröbe y el levantador de pesos Harold Sakata. El alemán fue escogido para interpretar al villano Goldfinger después de que los productores le vieran en la magnífica El cebo. En realidad se había pensando en un principio en Orson Welles, pero sus honorarios eran demasiado altos. Sakata fue elegido obviamente por su impresionante físico, que le convertía en el hombre ideal para interpretar al rudo Oddjob, el forzudo guardaespaldas de Goldfinger que liquida a sus oponentes con su sombrero volador. Y eso no era todo, pues estaba también la mítica Pussy Gallore, a quien dio vida una Honor Blackman más carnosa que en su también mítica participación en la serie Los vengadores. Tal vez Fleming la ideara para demostrar que el rudo macho alfa de Bond podía camelarse incluso a una lesbiana, pero ese detalle, que en la película simplemente se insinua bastante por encima, apenas importa cuando uno ve a Pussy liderando su escuadrón volante de mujerones piloto. Uno de los momentos más recordados del film (visualmente al menos) fue para la también bellísima Shirley Eaton, destinada a perecer bajo pintura dorada, una imagen tremenda que le valió una portada en la revista Life. ¿Qué mejor forma de vender una película? En el MI6 el reparto se mantuvo: Bernard Lee como el jefe regañón, Desmond Lewellyn con sus ínsipidas pintas de oficinista haciendo Q, y por supuesto Lois Maxwell como la pizpireta Moneypenny.

Un Aston Martin con metralleta, chicas en bikini que mueren bajo pintura dorada, Bond peleando contra el imbatible Oddjob, el carismático villano amante del oro, el escote de Pussy Gallore... Definitivamente, Goldfinger es uno de los films más redondos de la mítica saga de 007.

martes, 25 de diciembre de 2012

lunes, 24 de diciembre de 2012

Nochebuena con Pijus Magníficus

¡Ciudadanoz! Tenemoz a Zanzón, el azecino zaduceo, Zilaz de Ciria, aliaz el zagaz, cecenta y ceiz cediciozoz de Cezarea...

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Joe, ciudadano americano (1970)

En inglés un "vigilante", aparte de ser un miembro de una patrulla vecinal o algo así, es un tipo que se toma la justicia por su mano. Y como Estados Unidos es un país con un pasado tan particular, es normal que allí se acabara popularizando un subgénero cinematográfico dedicado a esas personitas tan irascibles. Por supuesto, no es que el tomarse la justicia por su mano sea exclusivo del país, pero con ese particular derecho constitucional que tienen allí la cosa cobra unos matices muy particulares. Y había de ser, cómo no, durante el desencanto del Verano del Amor, la guerra de Vietnam, y la corrupción política, y los cambios sociales, en que el género de los hombres enfadados había de popularizarse y aflorar en terreno abonado. Como sucede en estos casos, quien indague lo suficiente podrá encontrar antecedentes en tal o cual año (¿acaso Batman no es en realidad un "vigilante" con disfraz?), pero la cosecha de vigilantes carismáticos comenzó en los 70. El mundo comenzó a adorar a los justicieros gracias a Harry, el sucio, hasta que la patente quedó establecida con El justiciero de la ciudad, tras la cual Charles Bronson se convirtió en el auténtico vigilante man. Luego habrían de venir muchas más, casi siempre con Bronson en el ajo, y, en fin, el más allá de Scorsese. Pero antes de todo esto estuvo Joe, una olvidada cinta de 1970, donde la figura del vigilante cobraba forma por primera vez en la América de Nixon.

La verdad es que cuando supe de la existencia de este film mi nivel de euforia alcanzó cotas de excitación impresionantes, que diría Vegeta. ¿Un film de vigilantes del que nadie parecía haber oído hablar, anterior a los Paul Kerseys de este mundo? ¡Eso sonaba fabuloso! Quizás mis niveles de expectación fueron demasiado altos y por ello cuando finalmente la vi sufri una pequeña decepción. En general no era lo que esperaba, y a ratos la cinta me pareció bastante poco excitante. Lo cual no quiere decir que carezca de interés.

Un tal Bill Compton, un empresario de bolsillos llenos, está padeciendo porque su hija (una preciosa y debutante Susan Sarandon, por cierto. Sus descamisados momentos ya son el primer punto a favor para ver Joe), que como muchos jóvenes de buena familia quieren jugar a ser jipis, se ha liado con un melenas bastante poco fiable, camello para más señas. Cuando el amigo Bill, con una hinchazón escrotal bastante comprensible dadas las circunstancias, va a pedirle explicaciones al jipi vendedor de anfetas, se enzarzan en una pelea que acaba con el novio de su hija criando malvas. El empresario, presa de un ataque de pánico, sale huyendo y acaba refugiándose en un bar. Allí se topa con un obrero borracho, nuestro protagonista, Joe. Un tipo rudo y antitodo: odia a jipis, negros, objetores, chinos, etcétera. Entre cerveza y cerveza Bill y Joe irán congeniando, aunque en principio pudiera parecer que nada tuvieran en común. Pero ambos desprecian a los jipis, y creen que América se está yendo al garete. Cuando Bill acaba confesándole lo que acaba de hacer, el empresario se convirte en un héroe a los ojos de Joe. Y a partir de ahí...

Aparte de piel desnuda jipi y un punto de partida bastante interesante que, en mi opinión, no acaba de explotar (demasiada intención social, o demasiado poco integrada en una acción más contundente), Joe, ciudadano americano resulta de interés primordialmente por un hombre: Peter Boyle. Sencillamente prácticamente todo lo bueno de la peli pasa por él. El hombre al que todos conocemos por El jovencito Frankenstein sencillamente ofrece una interpretación portentosa. El personaje acaba destacando por encima de la propia película, y a uno le entran ganas de la cosa hubiera seguido en manos de un Don Siegel o alguien así. De hecho el carisma de Joe y el magnífico trabajo de Boyle fueron tales que al parecer muchos rednecks confusos más que una crítica vieron en el film un ejemplo a seguir, y las felicitaciones racistas descolocaron al pobre Boyle, quien evidentemente trató de distanciarse de las pelis pistoleras tanto como pudo.

Personalmente creo que preferiría cualquier bizarrada callejera de Charles Bronson que esta crítica social tan hija de su tiempo, pero si queréis ver de lo que Peter Boyle era capaz, o si estáis preparando una tésis universitaria sobre el cine de vigilantes, Joe, ciudadano americano es un título que debéis retener en la memoria.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Noches locas

El haiku no es violencia:

Posado en la rama del cerezo,
el ruiseñor despliega sus alas.
Rock and roll crazy nights!
¡Loudness!

sábado, 15 de diciembre de 2012

La emperatriz Yang Kwei Fei (1955)

Cine clásico japonés. Desde el muy lejano y olvidado visionado de Cuentos de la luna pálida (habré de rescatarla cualquier día de estos), la verdad es que hasta ahora no había prestado atención a  nada que no fuera de Kurosawa, cosa razonable supongo (seguro que casi todos empezamos por él cuando hablamos de la Era Dorada del cine nipón). También juraría que vi una cinta más moderna con un título parecido y brujas asiáticas volando, pero la verdad es que resulta todo demasiado neblinoso en mis confusas neuronas. En fin, que aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid me decidí a ver La emperatriz Yang Kwei Fei, una de las últimas grandes obras del maestro Kenji Mizoguchi.

Curiosamente La emperatriz Yang Kwei Fei fue recibida tibiamente por la crítica, que juzgaba que Mizoguchi ya no podía igualar un clásico como la ya mencionada Cuentos de la luna pálida. En la taquilla el recibimiento fue aún peor. A lo largo de la década de los 50 el gusto del público japonés estaba cambiando rápidamente, y maestros del clasicismo cinematográfico como Mizoguchi estaban perdiendo el favor de la audiencia, que prefiría las cintas de directores más jóvenes. Mientras que alguien como Kurosawa, que caía peor a la crítica, estaba cosechando prácticamente un taquillazo tras otro, el veterano Mizoguchi parecía cada vez más anticuado. Sin embargo fue el propio Kurosawa, gracias a su inesperado éxito con Rashomon, quien ayudó a que muchos ojos occidentales posaran sus pupilas en la obra de Mizoguchi. Especialmente en Francia, el país donde aquellos que no son profetas en su tierra son acogidos y venerados con respeto y profundo análisis.

La emperatriz Yang Kwei Fei presenta una trama de cuento romántico, situada en la China de la Alta Edad Media (la película fue una coproducción entre Japón y Hong Kong. China no participó. ¿Por qué será?). Depuesto y encerrado por su propio hijo, el anciano emperador Xuan Zong recuerda sus días de juventud, cuando era un emperador enviudado prematuramente, lleno de nostalgia y dolor por la pérdida de su gran amor. Su única pasión parece ser la música, mientras desatiende los asuntos de estado. Rodeado, como casi todos los emperadores, por una corte de consejeros y chambelanes corruptos que sólo buscan su propio interés, éstos se desviven por presentarle a jóvenes doncellas que cautiven su corazón. Quien consiga emparejarle se ganará su favor y será recompensado con títulos, honores y riquezas. La familia Yang está dispuesta a ganar en poder mediante esa esperada boda, especialmente el general An Lushan, quien en un principio parece encontrar la solución a sus problemas en una menuda e insignificante sirvienta que trabaja para ellos.

La emperatriz Yang Kwei Fei podría considerarse (y seguramente así se la considere muchas veces) como una versión oriental de nuestra Cenicienta, aunque ciertamente bastante alejada del espíritu Disney. La inmortalidad del amor, y su fuerza, preside toda la cinta, pero es contrapuesta al sentido del deber, los vericuetos de la política, la soledad del poderoso, las corruptelas de palacio, etc. Quizás ciertos aspectos de la trama puedan resultar algo amargos, pero con todo la preciosidad de la historia es innegable. La emperatriz Yang Kwei Fei nos deja un sentimiento agridulce, y como cualquier drama de época resultará angustiosa en algunos momentos clave, pero en el fondo hallamos un mensaje de esperanza, una magia de cuento tan inexplicable, y a la vez sencilla, como el mismo sentimiento del amor.

Como es bien sabido, el cine clásico japonés no es plato para todos los gustos, y el pausado estilo de Mizoguchi puede resultar difícil de paladear, y también es bien sabido que cada película tiene su momento. Pero la maestría del director japonés residía en esos planos largos, esas secuencias reposadas, y la fuerza de una preciosista puesta en escena que le convertía en una suerte de versión japonesa de John Ford de interiores. Con La emperatriz Yang Kwei Fei Mizoguchi cedió por segunda vez a rodar en color, lo que sin duda resalta el colorido de los decorados y los trajes, en los que se puso un especial cuidado para respetar el estilo chino de la época, aunque la atmósfera general sea inevitablemente japonesa.

El film está protagonizado por dos de los intérpretes más rutilantes de aquella época, el actor Masayuki Mori y la encantadora dama de la interpretación Machiko Kyo, quienes aportan con unas sutiles actuaciones grandes momentos de complicidad y romanticismo a sus personajes, lo que añadido al sumo cuidado con que Mizoguchi rueda sus secuencias, nos da algunas secuencias dignas para el recuerdo, de esas que muchos directores actuales que ruedan pelis románticas debieran tomar nota.

Y basta de necias palabras. Lo mejor será que juzguéis vosotros mismos viendo La emperatriz Yang Kwei Fei, un olvidado pequeño y bello clásico en la etapa final de Kenji Mizoguchi.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Cut Me Some Nirvana

"Cut Me Some Slack" creo que se llama la canción. Aunque la podrían haber titulado "Wash & Go", ¡componer y listo! 

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Dhun

Ando liadillo, pero no me he ido, y volveré.

Un recuerdo para Ravi Shankar, que la lió parda en el Festival de Monterey.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Jane Fonda

Como la amiga Jane no necesita presentación, os dejo con una selección de varias fotos suyas, y os invito a rescatar alguno de sus muchos clásicos.




En plan amazona.
 


 



"Calentando" al pobre Tony Perkins.
 










Libres domingos y domingas
La Jane de las causas perdidas
Y ya de yuppie tras una muy rumoreada reconversión
 Y no podía despedirme sin esta clásica foto de Jane en sus momentos más revolucionarios.

viernes, 30 de noviembre de 2012

lunes, 26 de noviembre de 2012

Starship Troopers (1997)

Hubo una vez un director llamado Paul Verhoeven (lo del pasado viene porque en la última década no se ha mostrado muy activo, y ahora que ha vuelto a su patria supongo que aun oíremos menos de él) quien tras desembarcar en Hollywood se convirtió en un especialista del cine comercial con mensaje, en el que quien estuviera atento o avivara el seso, podría dilucidar algunas lecciones de moral, ética y política entre tiroteo y tiroteo y un claro objetivo de no escatimar en sangre y vísceras. Y es que Verhoeven haya sido seguramente uno de los directores que más han conseguido en Hollywood dentro del mundo del Rated R. En los 80 y los 90 Verhoeven se convirtió en toda una referencia taquillera, y quizás por ello los productores le dejaron juguetear un poco con las bolsitas de sangre. Aunque parte de su filmografía de esa época quizás haya quedado algo desfasada, lo cierto es que su cine comercial (o parte de él) resulta todavía muy entretenido, gratificante, y a ratejos, moralizante. Y al cabo de los años la verdad es que su cine palomitero acaba destacando aunque sólo sea por demérito de otros, y de un tiempo a esta parte no nos faltan ejemplos de cine palomitero aburrido y/o absurdo. Starship Troopers fue vapuleada en su día por muchos motivos, y ciertamente no la pondría a la altura de Desafío total o menos aún de Robocop, pero amigos, comparada con cualquiera de las partes de Alien vs. Predator esta película cobra una nueva dimensión de sabores y colores. Sí compadres, el otro día volví a encontrarme con una gran cucaracha en el baño, así que es hora de recordar a Paul Verhoeven, ese director de taquillazos interesantes que luego otros convertían en horrendas sagas o remakes, y su Starship Troopers.

Ser o no ser, como dijo el danés. ¿Cuál era la verdad acerca de Starship Troopers? En su día fue una presa fácil para críticos y espectadores sesudos, y la atacaron por varios motivos: vana comercialidad fue el primero, claro. Pero luego vinieron los que no parecieron enterarse de nada, y acusaron a la peli de fascistoide, maniquea, americanada y/o rambada (ese baile donde el body es tan importante... el body count, me refiero), violenta, sangrienta, asquerosa, y vaya, ¿es que nadie iba a pensar en los niños? Bueno, yo la vi en el cine y disfruté con los efectos especiales, los insectoides, los tiros y las duchas mixtas. También es cierto que no tardé en olvidarla, pero cumplió su función. Si me habían de preguntar sobre el aspecto político, o sobre la trama, en general, me quedaba con la novela. Aunque esto merece un inciso. Y es que a quien le pareciera fascistoide esta película, si leyera la novela seguramente le explotaría la cabeza. Bien, ¿no les hablé de un inciso? Aquí lo tienen. Absténganse de hacer fotos.

Starship Troopers toma como excusa el clásico de ciencia ficción de Robert A. Heinlein, Brigadas del espacio, una novela que no hizo temblar la carrera de Arthur C. Clarke, pero que merecidamente ganó un premio Hugo (el Nobel, Oscar o equivalente de la ciencia ficción). Y es que si hoy en día el género cuenta con el concepto de "Marine espacial" es gracias al libro de Heinlein. El astuto James Cameron no dudó en tomarlo como referencia para sus Marines de Aliens, quienes a su vez han inspirado todos los militares espaciales cinematográficos que han venido después. Leí Brigadas del espacio siendo un adolescente, y ciertamente lo disfruté, aunque dudo que llegara siquiera a atisbar lo que se escondía detrás de aquella fascinante historia de Marines espaciales en guerra con insectos gigantes. No la he vuelto a leer, pero cualquier vistazo a la wikipedia os dirá que la novela trajo polémica desde su publicación. Y es que el futuro mundo federado que describió Heinlein parecía tener más que ver con la antigua Esparta que con una democracia occidental. No sé si tildarla de fascista será correcto o no, pero si es cierto que el libro entró a formar parte de la lista de lecturas recomendadas de varias ramas del ejército estadounidense, es que muy "antisistema" no debe ser.
 
Parte de esa curiosa idiosincrasia futurista acabó en la película, aunque Verhoeven, sin criticarla abiertamente, la presentaba de un modo tan descarnado que la intención irónica debería haber resultado patente; vista la cinta con atención, no creo que se le pueda achacar precisamente un mensaje militarista. Aunque por supuesto mucha gente no entendió nada y creyeron ver en Verhoeven a otro loco seguidor de la política exterior de Reagan. Lo cual era absurdo, ¿es que nadíe había visto Robocop? Si aquello parecía una patada en los mismísimos al lado más hipócrita de la sociedad yanqui y los anuncios electorales de "qué bonito es ser americano".
En otro tiempo esto se hacía con zulúes.
De todas formas, por si alguien aún no la ha visto, que no se lleve a engaño: no es que crea de repente que Starship Troopers sea un gran film, con sesudas reflexiones y matices como si fuera una versión con bicho de Todos los hombres del presidente; el guión es flojo, aunque va a lo que va sin ínfulas ni fantasiosas pretensiones, ni subtramas que se pierden o trucos que engañen al espectador (alguno hay, pero no demasiado importante). Por otro lado hay que agradecer el ritmo ágil de Verhoeven, que al fin y al cabo era un buen director (irregular, pero tenía sus momentos), y el que la historia de amor no moleste mucho, cosa de la que deberían aprender otras cintas de acción, tiros y batallas.

Por otro lado, Starship Troopers adolece de un reparto bastante endeble estilo profidén (aunque no me cabe duda que ésa debió ser la intención de Verhoeven; con todo, me temo que no ha debido ver a un argentino en su vida) con los morritos de Denise Richards por delante, y un protagonista polainas, Rico, que parece la versión pija del Hicks de Aliens. También aparece la versión pija de Guile (los adictos a los videojuegos sabrán de quién hablo), y un Neil Patrick Harris a medio camino de desarrollo desde su horripilante niño médico al más interesante calentorro de Cómo conocí a vuestra madre. Los más atentos seguidores de Las chicas de oro, The Wire y Breaking Bad encontrarán dos o tres rostros conocidos entre los secundarios más terciarios, pero desde luego el único intérprete con pelotas a destacar es obviamente el ínclito Michael Ironside (¡cuádrense todos ante Ham "machoman" Tyler!). No, lo siento; el malo de Los inmortales en realidad es bastante huevón.

¿Os ha dado un buen susto alguna sucia cucaracha en casa? No lo dudéis y poneos Starship Troopers, os sentiréis mejor. De hecho si las tenéis en bastante cantidad podéis poneros una cacerola a modo de casco y montaros vuestra propia batalla sangrienta en defensa de la humanidad. ¡Sólo así podréis sentiros como auténticos ciudadanos!

domingo, 25 de noviembre de 2012

Hasta siempre, Tony Leblanc

Después de que nos dejara Miliki ahora perdemos a otro de nuestros mitos de siempre, el gran Tony Leblanc, víctima del dicho cáncer, aunque deja tras de sí una carrera prolífica y gloriosa. Yo, como muchos otros, he crecido fascinado por el cine yanqui, los indios y vaqueros, el bárbaro Conan, las guerras galácticas, y el rock and roll. Pero al compartir nacionalidad e idioma con alguien como Leblanc, que se ha colado en mi vida desde que tengo uso de razón, al escuchar la noticia de su partida y recordar tantos momentos juntos, resultaba complicado no sentir como si hubiera perdido a un pariente lejano. De su carrera se podría hablar largo y tendido, aunque sus logros ya son bastante conocidos por cualquiera con un mínimo de gusto y memoria. Aparte de que, dentro de su curiosa modestia, siempre gustaba de hablar de sus logros, autoproclamándose invicto campeón español de claqué, compositor de pasodobles, gran futbolista filial en sus tiempos mozos, y exitoso ex-boxeador. Pero el haber sido pugilista no desfiguró un rostro que le convirtió en un galán dentro y fuera de la pantalla, aunque donde siempre desplegó mejor su talento, y por ello le recordamos, fue en la comedia. 

De hecho sus papeles en los que mejor le recuerdo son aquellos que tan bien se le daban, los de pícaro ligón (mitad truhán mitad señor que diría el ínclito Julio) que siempre andaba enfrascado en algún lío, negociete o estafa para salir adelante (papel que por lo visto perfeccionó en su juventud tratando de sobrevivir como muchos otros durante la Guerra Civil). Como muchos otros actores de su generación, Leblanc se formó en el teatro y nuestro vodevil patrio, la revista. Debutó a mitad de los años 40, y diez años después se convertía en fiel gregario del también genial José Luis Ozores en clásicos de la estrella cómica del clan como El tigre de Chamberí, la coral Los ángeles del volante o El aprendiz de malo, donde ambos demostraron tener una excepcional química. De ahí a primer espada del cine español compartiendo planos con todos los grandes de la época: Antonio Ozores, Alfredo Landa, Concha Velasco, Manolo Gómez Bur y un largo etcétera. En viejas tardes televisivas que ya parecen muy lejanas le recuerdo en las típicas películas corales como Las chicas de la cruz roja o El día de los enamorados, aunque las que más me marcaron, junto con El tigre de Chamberí, fueron sin duda El astronauta y, cómo no, Los tramposos, con aquella mitiquísima secuencia del timo de la estampita. Como no fui contemporáneo de sus días de gloria he de obviar sus apariciones múltilpes apariciones televisivas en galas y especiales de TVE. Por desgracia en la televisión sólo le pude ver en las escasas apariciones públicas que hizo tras su casi fatal accidente automovilístico, cuando apenas podía andar y se dejaba ver con aquel peluquín tan curioso, detalle vanidoso de una antigua estrella que había sido un gran mujeriego hasta que conoció a su mujer, como en las películas.

Si algo he de agradecerle por siempre a Santiago Segura es que rescatara a Tony Leblanc de su retiro y el olvido, gracias a aquel inolvidable papel del pobre padre impedido en Torrente, el brazo tonto de la ley. Desde luego no cabe duda de que la saga torrentiana no habría sido la misma sin Leblanc. Y de ahí a la televisión y Cuéntame, interpretando a ese kioskero que todos hemos conocido en alguna ocasión bajo muchos nombres, pero que en la serie respondía al de Cervan.

Por todo ello y mucho más, gracias por todo Tony.



martes, 20 de noviembre de 2012

domingo, 18 de noviembre de 2012

Adiós Miliki

Miliki ya no está entre nosotros. Ojalá pudiera venir Bill Murray y animarme.

Un minuto de música de árbol para un grande.

martes, 13 de noviembre de 2012

Ha nacido una estrella (1937)

Quizás la más conocida de las versiones de este clásico sea la del 54, con Judy Garland y James Mason, y aun hubo otra más, trasladada al mundo del rock como vehículo para Barbra Streisand, junto a Kris Kristofferson (en un principio ese papel podría haber sido para Elvis, pero por supuesto ahí estaba el Coronel Parker para impedirlo). Sin embargo la primera versión se la debemos a un recientemente independizado David O. Selznick, dispuesto a demostrar que las películas sobre Hollywood realmente podían funcionar en taquilla.

Y curiosamente había sido la esposa de Selznick quien le había convencido para sacar adelante aquel guión. El que Selznick fuera reluctante a aceptar este proyecto no es de extrañar ya que ya había producido Sucedió en Hollywood para la RKO, un film que no fue un éxito de taquilla, lo que parecía confirmar la leyenda de que las películas hollywoodienses sobre Hollywood no interesaban al público. Pero el hiperactivo productor decidió que podía cambiar la historia, y para ello contactó con George Cukor, quien ya había dirigido varios éxitos para Selznick, amén de la citada Sucedió en Hollywood. Sin embargo Cukor considero que el guión que le ofrecía Selznick era demasiado parecido al que ya había dirigido en la RKO, así que declinó la oferta (de hecho la trama era lo bastante similar como para que en la RKO se plantearan demandar a Selznick por plagio).

Seguramente si no llegaron a poner esa demanda fue porque en la vieja Tinseltown no faltaban las historias de viejas estrellas alcóholicas, jóvenes sensaciones que pasaban del anonimato a la fama de un día para otro, suicidios, un público solícito y cruel, y los inevitables auges y caídas de los divinos seres de la moderna Babilonia. La historia original había partido del director William Wellman y el guionista Robert Carson, animados al parecer precisamente por Sucedió en Hollywood a escribir su propia historia hollywoodiense, para la que, dicen, se inspiraron en la historia de cuento de hadas de la actriz Colleen Moore y su marido John McCormick, agente de prensa que al parecer había tenido bastante que ver en el ascenso al estrellato de la señorita Moore. De todas formas la trama de lo que habría de ser Ha nacido una estrella tenia tantos casos reales que Wellman y Carson tenían donde elegir para inspirarse: el suicidio de John Bowers, el matirmonio de Barbara Stanwyck y Frank Fay, o las derivas alcohólicas de grandes mitos como John Barrymore o John Gilbert, o el entierro de Irving Thalberg.

El guión se encargó al mismo Robert Carson, mientras que Wellman se encargó de dirigir su propia historia. Al texto también contribuyeron el matrimonio de escritores empapados en alcohol Alan Campbell y Dorothy Parker, y un grupo de guionistas de esos que no suelen ser acreditados.

Ha nacido una estrella ofrece otra de esas fascinantes tramas sobre Hollywood y sus estrellas, que tan pronto suben pueden volver a caer, mientras una de cada cien mil camareras en Los Ángeles acaba viendo su nombre escrito con letras doradas. En esta ocasión la aspirante es Esther Blodgett (pronto será conocida como Vicki Lester), otra joven de provincias dispuesta a triunfar en La Meca del cine. Esther conoce casualmente a Norman Maine, un galán de pantalla típicamente alcóholico cuya carrera está ya rodando cuesta abajo. Maine quedará prendado de Esther y la introducirá en la industria, donde, renacida como Vicki Lester, causará sensación.

El papel de Esther fue para Janet Gaynor, una de las mejores actrices dramáticas de su tiempo, y cuya propia biografía no distaba mucho del de la soñadora Esther; por su parte el actor en crisis Norman Maine fue encarnado por Fredric March, el mítico protagonista de El hombre y el monstruo. Además cabe destacar como tercer rol en importancia el del siempre elegante Adolphe Menjou, arquetipo de playboy cinematográfico, aunque para la mayoría siempre será el malvado general Broulard de Senderos de gloria, así como los secundarios Andy Devine (en su habitual rol de patán cómico, aunque cuesta encajarle fuera de una peli del Salvaje Oeste) y Lionel Stander, genial secundario que acabaría siendo víctima de la Lista Negra, con lo que decidió emigrar a Europa, donde trabajó, entre otros, con el gran Sergio Leone.

Ha nacido una estrella ofrece drama y comedia (genial Stander "fabricando" la biografía de la nueva Vicki, y Menjou bautizándola), detalles de connoisseur sobre el Hollywood de la época, y lo que en resumen necesita todo clásico que se precie: una buena historia, un reparto sólido, una buena dirección y un guión afilado que funcione como la seda. Y si a eso le podemos añadir una mítica frase para cerrar el conjunto, mucho mejor. Vamos, otro título imprescindible que echarse al buche.

domingo, 11 de noviembre de 2012

sábado, 10 de noviembre de 2012

La corporación

¿Se manejan las corporaciones como un psicópata de libro? Si queréis la versión en español, aquí por ejemplo.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Carrie Fisher en un roast, Wishful Drinking, y Disney Wars

Ahora que todo el mundo de frikis, geeks, y wookies anda revolucionado con esa especie de prejubilación o jubilación en toda regla (ya se verá) que se ha montado George Lucas vendiendo su compañía y los derechos de su famosa saga estelar a Disney, es un momento idóneo para recordar Wishful Drinking, un curioso documental de HBO con nuestra querida Leia de protagonista. Aunque de momento si queréis saber mi opinión sobre la jugada Disney, y esa nueva trilogía ya confirmada, pues bueno, por un lado personalmente Lucas ya se encargó de hacer volar por los aires el encanto intacto de la trilogía original (que sigo adorando, incluso con ewoks), así que de perdidos al río, y por otro, dudo que lo puedan hacer peor que él. Creo que igual hasta es positivo, y si la cosa derivara en algo parecido a lo que Disney hace con Pixar, pues aún saldríamos ganando con el cambio. En fin, cualquier cosa es posible. Obi Wan dirá.

Vamos con Wishful Drinking, un documental que no deja de ser una actuación de Carrie Fisher en una obra de Broadway que obtuvo gran éxito. Lo que tenemos aquí es a Fisher de monologuista, realizando un show de comedia sobre su propia vida, como si de un ejercicio terapéutico se tratara, analizandónse, parodiándose y criticándose con bastante gracia, desde su inusual infancia como hija de estrellas (sus progenitores fueron el cantante Eddie Fisher y la actriz Debbie Reynolds) hasta su papel en Star Wars, su relación de amor/odio con Leia, y sus varias adicciones y fracasos matrimoniales. Siendo quien es y con la relevancia que ha tenido en muchos de nosotros Wishful Drinking ya merecería el interés de cualquier fan de Carrie y la saga galáctica, pero además la Fisher se desenvuelve muy bien contando sus miserias y éxitos con un guión bastante fresco y haciendo gala de una gran bis cómica. No esperéis algo al nivel de un Ricky Gervais o similares, pero dentro de sus altibajos el show tiene sus buenos momentos hilarantes (impagable resulta, por ejemplo, ver cómo explica sobre una gran pizarra todos los líos de matrimonios, divorcios, y descendencia aquí y allá que ha habido en su familia estelar). Para que os hagáis una idea de lo que podéis encontrar, os dejo con el roast que Carrie le dedicó al ínclito George Lucas en una gala de premios.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Éxito a cualquier precio (1992)

They just like talking to salesmen. Kevin Spacey poniendo el punto final a la destrucción de la vida de Jack Lemmon.


Glengarry Glen Ross, un nombre que aquí no debía sonar demasiado comercial y lo llamaron como lo llamaron. Pero a pesar de que no es un título que ande en boca de todos, estamos hablando de uno de los mejores films de los 90. De hecho gracias a Los Simpson sus ramificaciones han llegado más allá de lo que podría pensarse, aunque evidentemente como suele pasar esa referencia pasa desapercibida para la mayoría. Pero si os acordáis de Gil Gunderson, el pobre vendedor que fue introducido en la serie cuando a Marge le dio por meterse a agente inmobiliaria, y que aparece de vez en cuando, siempre al límite de sus nervios, habréis de saber que el bueno de Gil fue basado en el inolvidable personaje al que dio vida Jack Lemmon en Glengarry Glen Ross. Otro de esos detalles que hacen de Los Simpson lo que son, un clásico de nuestra era, la Ilíada de los dibujos animados ¿qué referencia metaliterariatelevisiva eh?.

Como algunos otros pequeños grandes clásicos de los últimos 30 años, Glengarry Glen Ross tiene su origen en una obra teatral de David Mamet, uno de los dramaturgos más afamados y populares de estos tiempos. Mamet siempre ha combinado el teatro con la escritura de guiones (firmó por ejemplo Veredicto final o Los intocables), y suele adaptar sus propias obras teatrales. Formado en el off-Broadway, Glengarry Glen Ross pasa por ser una de sus mejores obras, y aquella que le llevó más allá del circuito independiente hasta Londres y el mismo Broadway, donde la obra obtuvo un gran éxito que se confirmó con un Pulitzer y una candidatura al Tony. Quién primero se interesó por adaptar la obra en Hollywood fue el director y productor Irvin Kershner, quien contactó con el productor Jerry Tokofsky, a quien le encantó la historia. Sin embargo aquella historia de vendedores repleta de lenguaje obsceno y un buen montón de fucks (como suele ser habitual en los diálogos de varias obras de Mamet) no interesó a ninguna de las grandes compañías hollywoodienses, lo que dificultó el encontrar financiación. Mamet tampoco lo puso fácil pidiendo un millón de dólares (medio millón por los derechos y otro medio por adaptarla) por su trabajo, aunque Tokofsky aceptó confiando en que lograría encontrar apoyo en la televisión y las distribuidoras de video. Sin embargo el proyecto fue demorándose hasta que, cansado, Kershner abandonó el proyecto.

A pesar del poco interés que despertaba el guión entre los financistas, muchos grandes actores y estrellas del gremio (ya que el reparto era primordialmente masculino) ya se habían ofrecido para participar en el futuro film. Nombres tan importantes como los de Robert De Niro, Bruce Willis o Richard Gere ya se habían mostrado interesados en alguno de los jugosos papeles que había creado Mamet. Otro grande, Al Pacino, estaba deseando interpretar al exitoso vendedor Ricky Roma, un papel que en la obra teatral había tenido que ceder a Joe Mantegna por encontrarse ya liado con otra obra de Mamet. Pero a pesar de contar con todos esos nombres nadie parecía querer poner dinero en aquella película. Finalmente Tokofsky, aliado con su socio Stanley Zupnik (aunque tras la realización del film acabarían en los juzgados por cuestiones monetarias y de acreditación), logró recavar bastante dinero entre varios pequeños inversores con James Foley como director (hasta entonces se le conocía principalmente por sus trabajos con Madonna) para poner el film en marcha.

La trama de Glengarry Glen Ross, que tiene lugar a lo largo de dos días, estaba basada en los recuerdos del propio Mamet, quien en el pasado había trabajado durante cierto tiempo para una inmobiliaria como agente de ventas. El contexto de la obra es el de una competición (incentivos que les llaman) para que los agentes vendan más propiedades entre una lista de clientes potenciales (lo que ellos llaman leads) que en algun momento han pedido información sobre comprar propiedades como inversión, aunque la mayoría o no están interesados o no tienen dinero que invertir. Quien más venda durante el mes recibirá como premio un Cadillac. El film toma el punto de vista de los vendedores, y su reacción ante la presión a que su agencia, Mitch and Murray, les tiene sometidos. Los personajes representan en cierto modo arquetipos de vendedores que quizás Mamet conoció en el pasado: Ricky Roma, un vendedor carismático que va el primero en la competición; Shelly "The Machine" Levene, un vendedor veterano que parece haber perdido el "gancho", incapaz de cerrar una venta, como si fuera incapaz de adaptarse a esos nuevos tiempos más agresivos; George Aaronow, un tipo débil e inseguro que parece un pez fuera del agua; Dave Moss, un vendedor resentido y bocazas, y John Williamson, los ojos y oídos de la compañía, que probablemente no ha trabajado nunca como vendedor, y por ello los vendedores le desprecian, aunque como su jefe es él quien tiene la sartén por el mango. Todos estos personajes pertenecían a la obra original, pero para el film Mamet introdujo el pequeño pero determinante papel de Blake, un auténtico triunfador, el típico tiburón de los negocios, y probablemente el mejor vendedor de la compañía, que es enviado a la sucursal para dar al resto de personajes una charla motivacional.

Con toda una lista de estrellas haciéndoles la corte Foley y los productores no se molestaron en realizar audiciones, y se dedicaron a ofrecer directamente cada papel a quien consideraban adecuado. El reparto giraba alrededor de Pacino y su disponibilidad para poder interpretar a Roma. Alec Baldwin también andaba detrás de ese papel, y aunque en principio rehusó participar por temas económicos, finalmente quedó a la espera de saber si Pacino podría o no participar. En caso afirmativo, Baldwin habría de conformarse con el papel de Blake, un papel pequeño pero realmente atómico. Finalmente Pacino estuvo libre para el film, por lo que Baldwin acabó haciendo de Blake. Desde luego aunque su papel fuera pequeño no podía quejarse, el discurso que ofrece al principio del film es sencillamente antológico, y no cabe duda de que es lo mejor que ha hecho Baldwin en el cine. Apenas son diez minutos en la pantalla, pero desde luego cada minuto vale su peso en oro. Con Levene los productores también lo tuvieron claro y le ofrecieron el papel a Jack Lemmon, quien aceptó inmediatamente. Los papeles de Moss y Williamson surgieron a partir de una agencia de representación que mostró poco interés por el proyecto, pero dos de sus representados, Ed Harris y Kevin Spacey, opinaban lo contrario y se ofrecieron igualmente. Spacey logró el respaldo de Pacino después de que le viera actuar en una obra teatral, con lo que Harris obtuvo el papel de Moss y Spacey el del reptil Williamson. El último papel relevante, el del inseguro Aaronow, acabó en manos de Alan Arkin, un actor que había logrado bastante popularidad en los 60 y de quien se volvió a hablar gracias a Pequeña Miss Sunshine.

Blake, el tiburón más terrorífico desde Jaws.
Glengarry Glen Ross, aparte de contar con uno de los repartos más sólidos no sólo de la década, sino probablemente de todos los tiempos, es una película de intérpretes, que fue rodada casi como si de una obra teatral se trata, con muchas tomas largas (aunque usando varias cámaras y gracias al montaje ese detalle no resutal tan obvio) y planos fijos, mientras unos actores muy inspirados lo daban todo con un guión realmente excelente (famosa es la anécdota de que los actores que no tenían que rodar en tal o cual día acudían igualmente sólo por el placer de disfrutar viendo trabajar a sus compañeros). Resulta difícil destacar a uno o otro porque todos rayaron a gran altura. El pobre Arkin, con su papel de tipo apocado e inocente, seguramente no destaque mucho, pero su trabajo es también impecable, como lo es el de un joven y energético Ed Harris, aunque probablemente sean Pacino, Lemmon, Spacey y Baldwin quienes sean más recordados. Lo de Baldwin puede resultar increíble para algunos, aunque actualmente se ha ganado el respeto de mucha gente gracias a Rockefeller Plaza, pero quien le viera en bazofias como La huida y le vea soltando su discurso de tiburón como Blake, dudarán de que se trate de la misma persona. Evidentemente la pluma de Mamet también hace mucho, pero que alguien como Baldwin permanezca en la memoria con tan sólo siete u ocho minutos en la pantalla, y compitiendo con quien compite, dice mucho de lo bien que estuvo pronunciando todas esas frases geniales (una de las secuencias definitivas de los 90, no hay duda). De Pacino qué decir que no se haya dicho ya. Su Ricky Roma fue uno de sus últimos papeles indiscutidos, antes de que se volviera loco en Pacto con el diablo. Pero personalmente, aunque todos rayan a gran altura, me quedo con Spacey, Lemmon y sus duelos dialécticos. Spacey aún no había impactado al mundo en Seven, pero aquí ya demostraba que estaba destinado a ser uno de los grandes intérpretes de su generación. Su papel de Williamson, el lametraserillos de la compañía y jefe hideputa que seguro que muchos podráis identificar con alguno de esos jefes que uno se topa en la vida, es de lo que hacen época. La frialdad casi robótica con la que Spacey interpreta a Williamson llega a ser espeluznante, y es que, además de ser un gran actor, Spacey siempre será un estupendo villano. Y qué decir de alguien legendario como Lemmon. Actuó en verdaderos clásicos, pelis menores, y cintas malas, pero no le recuerdo ninguna mala actuación, ningún paso en falso interpretativo. En Glengarry Glen Ross su Shelly Levene representa el drama en todos sus aspectos: el drama de un padre con una hija enferma, el drama de un trabajador en la cuerda floja, y la personificación del drama provocado por un capitalismo agresivo que machaca tanto a clientes como a trabajadores. Suyo es, junto a Spacey, el clímax de la película, en un par de secuencias inolvidables y realmente aplastantes. Desde luego Glengarry Glen Ross tiene uno de esos finales que no se olvidan.

Que en estos tiempos que vivimos la trama de Glengarry Glen Ross está de más actualidad que nunca resulta evidente. Se dice que desde su estreno la película sirve de guía para vendedores, como una forma entretenida de enseñarles lo que deben y lo que no deben hacer. Sea uno vendedor o no, resulta imposible no aplaudir, por ejemplo, la secuencia (que se va intercalando con otras) en la que Pacino conoce a un tipo en un bar, y como poco a poco, mientras parece filosofar sobre la vida, lo divino y lo humano, le va preparando, como una araña que teje su tela, hasta que finalmente, con la mosca ya atrapada, despliega ante el cliente ocasinal de un bar un folleto sobre terrenos y propiedades en Florida. Por supuesto, tras las grandes interpretaciones y las escenas memorables se encuentra un inspiradísimo David Mamet que en cierta manera le puso rostro y palabras a la búsqueda del éxito a cualquier precio, o lo que es lo mismo, vender, vender y vender, al precio que sea. Ese capitalismo recalcitrante que nos ha llevado a donde estamos ahora. 

Dado que Glengarry Glen Ross es un film de actores, me parecería horrendo que la vieráis doblada. Quizás tenga un buen doblaje, no lo recuerdo, pero desde luego, en esta ocasión más que nunca, la recomiendo en su versión original. Pero sobretodo os recomiendo que veáis esta película, una de esas cintas de la que uno puede decir que es todo perfecto.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Como el suicidio

El otro día discutía con un amigo sobre si el suicidio ya era la primera causa de muerte en España. Él insistía en que era el cáncer, y yo que no, pues con el ritmo de suicidios que hay en estos momentos cada día es probable que ya superara al de la enfermadad, a la que por otra parte se dedican muchos recursos y atenciones. Quizás el tuviera razón, tampoco tengo ningúna hoja con datos al respecto. O quizás también habría que matizar que es la primera causa violenta de muerte. Lo que tengo claro es que es algo que lleva ocurriendo bastante tiempo, y parece que sólo ahora los medios empiezan a hacerse cierto eco de un, eso parece evidente, crecimiento de la tasa de suicidios, que resulta bastante sintomático de estos oscuros tiempos que vivimos. Cada vez más el suicidio parece estar ligado a los asuntos económicos, especialmente los deshaucios, una realidad execrable sobre la que prefiero no hablar o saldré a volar por los aires sucursales de Bankia hasta que me abata un francotirador. O tal vez sí debiera comentar algo sobre ello. Pero quizás en otra ocasión. Hoy prefiero perderme en los surcos de lo superdesconocido.

Trata de un pájaro que se estrelló contra mi ventana. Yo estaba tocando la guitarra componiendo una canción y oí un ruido, fui a mirar qué era, y en la terraza había una petirroja preciosa que se había roto el cuello contra el cristal. Todavía respiraba. Yo fui, cogí un ladrillo y le machaqué la cabeza para evitarle el sufrimiento. Con esa impresión en la cabeza volví a lo que estaba haciendo y compuse la canción.
Chris Cornell, un tipo alegre.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Happy Halloween, againnnnn

Es Halloween de nuevo,unos se harán cruces por motivos religiosos, otros porque detestan la idiocia de una fiesta extranjera, otros ni fu ni fa, y otros agradeceremos que un día de fiesta con una noche con excusa para festejar, y poder salir y ver a la gente disfrazada de cosas idiotas y los típicos disfraces de enfermeras y diablas que nunca pasan de moda año tras año. Los niños saldrán a hacer truco o trato y recoger caramelos, y si alguno no vuelve a casa ahí estarán los de Espejo público para darle coba al asunto. Y las calabazas reirán, y los brotes verdes crecerán.
En fin, simplemente si vais celebrar Halloween aseguráos de hacerlo, una vez más, con la banda sonora adecuada.


lunes, 29 de octubre de 2012

Diez juegos de mesa bizarros para toda la familia

Winter is coming, que diría la gente de Invernalia, y los acólitos de ya sabéis qué y quién. La temperatura baja, el cielo se vuelve gris, y la programación televisiva sigue siendo igual de horrenda que siempre, así que, como todos sabemos, el otoño y el frío invierno son épocas ideales para reunirse con la familia y los amigos al calor del brasero y el coñac, y realizar el viejo ritual de sentarse en una mesa y jugar a todos esos viejos juegos de mesa que tenemos en el armario, olvidados cual Ángel Garó, y que son como la programación de sobremesa de La 2, algo a lo que recurrimos en medio del hastío vital más viscoso, aborgotados por el vino peleón y el triple salto mortal del puchero, el cocidito y esas comidas de los tiempos fríos que acabarían en apenas dos bocados con una de esas lilébulas que vemos en las pasarelas de moda. Sí, es hora de agitar los dados, mover las fichas, leer instrucciones, y volver a sentir el delicioso tacto del dinero falso. Aunque quizás la perspectiva de volver a desempolvar el manido parchís, el viejo Monopoly, el Trivial donde siempre gana el listillo de turno o el dueño del juego que ya se sabe todas las preguntas, o ese Warhammer que tememos nos convierta en un geek de tomo y lomo y nos deje la novia y acabemos convertidos en el dueño de la tienda de cómics de The Big Bang Theory, la perspectiva, digo, no nos haga mucha ilusión. Bien, pues ahí van diez títulos que seguramente no tendréis en casa, pero que querréis tener después de leer esta entrada. Diez juegos inspirados por Dios sabe qué o quién, y en qué estado de embriaguez o pura maldad. Vamos, llamad a la abuela, al sobrino, a la mujer y los hijos, e incluso al cuñado graciosillo, y ofrecedles una velada que no olvidarán. ¿Quién puede añorar la playa y la piscina pudiendo echar una partidita al Juden Raus? ¡Sí amigos, lancen los dados amañados, hagan entrar a las vicetiples, y pongan el champán a enfriar! ¡Es hora de descubrir nuevas sensaciones y colores en diez juegos que harán que jugar seaaa...! (Insértese aquí la escena de Krusty correspondiente).

Is The Pope Catholic!?!: Corría el año 1986, y eran tiempos de descreimiento, iconoclasia y disparos al Papa. Así que dos talentosos cerebros en Boston decidieron crear este juego, no se sabe si para hacer resurgir la fe entre los hombres, o hundirla todavía más, en el que de forma ligera e hilarante uno tenía que llegar a Papa en una larga etapa de seis décadas (ya se sabe que para lucir la mitra hay que poder recordar los tiempos de las perras gordas y las perras chicas) contestando preguntas sobre la doctrina cristiana y ser tentado de vez en cuando por el vinillo de Misa o por gastarse el dinero del cepillo en caramelos. ¡Ay diablillo! Is The Pope Catholic!?!, el juego ideal para sacar en las visitas del té, sobretodo si está el primo lejano seminarista que siempre se lleva las madalenas y le deja a uno las rancias galletas, por ser hereje seguidor de Slayer.

Narro: Payasos, esos extraños seres que de pequeño tan pronto nos hacían reir como nos aterraban hasta el tuétano con sus zapatones, su nariz roja y sus ropajes de colores imposibles que tan sólo un miembro secundario, terciario más bien, de la realeza europea se atrevió a seguir. Si usted o uno de sus hijos o hijas siguen atenazados por la fobia infantil a esos entrañables artistas del circo, nada mejor que enfrentarse directamente al miedo mediante Narro, el juego de los payasos. La portada del juego, ciertamente inquietante (a eso le llamo un diseño terrorífico, y no lo del Atmosfear), ya bastaría para hacer correr al más bravo de los jugadores: un payaso horrible de mirada aviesa, de esos que segura que usa los caramelos de su bolsillo para hacer el mal. Pero no se me arredren, y atrévanse a abrir el juego, ¡recuerden que han de superar sus miedos! Y bien, ¿qué terrible secreto encontraremos dentro de esa caja maléfica? ¡Un maldito juego de damas! Con casillas de colores psicotrópicos, y fichas puestas en plan peones, pero la cosa no deja de ser una burda copia de las damas. La indignación será tal que para entonces ya habrán olvidado su miedo payasil. Y el asunto les habrá costado mucho menos que un psiquiatra. Gracias, gracias, no me lo agradezcan. ¡Agradézcanselo a mi fiel cortaplumas!

The Mansion of Happiness: Si tu primo lejano el seminarista se indignó jugando a ser Papa, aquí tienes el juego de mesa ideal para apaciguarle y que tu madre te levante el castigo y te deje volver a conectarte a Internet y a tus vicios diarios, mientras ella se resigna al saber que nunca serás como tu primo, el seminarista, o tu tía, la monja, quien de paso también se lleva las madalenas a la hora del té. Bien, The Mansion of Happiness es un juego del siglo XIX creado por la hija de un clérigo para solaz de los cristianos temerosos de Dios, así que ya sabéis por dónde van los tiros. En realidad el juego no deja de ser un trasunto del Juego de la oca: hay sesenta casillas para llegar a la mansión de la felicidad (el Cielo, claro), y cada casilla puede ser un vicio o una virtud. El vicio obviamente te hace retroceder casillas, mientras que la virtud te acerca más a Dios. Imagino que habrá que rezar antes y después de jugar, y que el azúcar estará prohibido mientras se juega. Y por supuesto las mentiras hacen llorar al niño Jesús. Ok, tal vez el tablero de 1843 sea difícil de conseguir, pero basta con adaptar un juego de la oca que tengamos por casa pegando sobre las casillas imágenes de santos y santas, buenas acciones, y gente malvada haciendo cosas malvadas.

Juden Raus: De todos es sabido que los nazis no dejaron nada al azar en cuanto a lavar las mentes de los ciudadanos alemanes, con especial atención a los niños y jóvenes, con mentes fácilmente lavables, y que estaban destinados a convertirse en el perfecto ciudadano nazi, carne de cañón para las batallas que el sagrado Reich tenía por delante. Y por supuesto uno de los enemigos a combatir eran los judíos. ¿Y qué mejor forma de inculcar a los ciudadanitos alemanes el odio a los judíos y lo que había de hacerse con ellos que un bonito juego de mesa? Las reglas de juego de Juden Raus eran fáciles: tira el dado, avanza por las casillas, apresa a un judío de sombrero puntiagudo, y llévalo a las casillas exteriores. Es decir, ¡echa al judío de la ciudad! Era 1936, y por el momento los nazis se contentaban con quitarle todo a los judíos y arrinconarlos en guetos y campos de prisioneros. Da pavor pensar en cómo sería el juego en 1942.

Pacman, el juego de mesa: ¡Sin música! ¡Sin destellos! ¡Sin colorines chispeantes! ¡Sin cambios de color súbitos! ¡Sin gracia! Sí amigos, en 1982 el juego de Pacman era tan popular que decidieron seguir sacando dólares a su costa ideando el juego de mesa Pacman, que era básicamente lo mismo, pero en cartón y plástico. Podían jugar hasta cuatro jugadores, y bueno, quizás tendría su gracia mover fantasmas y el Pacman por el tablero, pero teniendo el videojuego, no sé cómo de útil sería tener esto en casa. A no ser que seas un niño Amish que vive ajeno a la electricidad, me pregunto quién querría jugar a esto.

Frischfleisch: No sé que obsesión tienen algunos alemanes con eso del canibalismo, ¿será por aquello de la Guerra de los Treinta Años? En fin, si eres uno de esos locuelos que está deseando ser devorado por un semejante, pero no con los ojos ni a besos, sino con cuchillo y tenedor, y quieres contactar via Internet con un trinchaperonés germano, asegúrate de llevarle como regalo de bienvenida (o quizás debiera decir despedida) un juego de Frischfleisch. Su sangrienta portada de colores atomatados que incluye dibujo de una pierna a medio trinchar sin duda hará las delicias de tu futuro devorador, y podréis echar una partidita antes de que acabes siendo el plato de un delirio caníbal. Aunque la buena noticia es, ¡que el juego da para que participen varias personas! Podríais montar una orgía antropófaga de tomo y lomo. Lomo humano, claro. Y es que el juego consiste en que varios náufragos han de sobrevivir durante un mes hasta que llegue el rescate a la isla donde se hayan perdiditos, perdiditos. Hay frutas y animales, pero, ¿quién sabe si en cantidad suficiente? Tarde o temprano tendrás que meditar la opción de empezar a comer humanos, es decir, a tus compañeros de juego. Frischfleisch, ¡un juego para toda la familia!

Blacks & Whites: Supongo que un juego así sólo podía salir de un Departamento de Psicología de una Universidad. O eso debía decir el prospecto. Quizás lo ideó alguno de esos yanquis que les gusta hacer hogueras con buena madera, especialmente si la madera tiene forma de cruz. El objeto del juego, parece ser, es aprender jugando (ya se sabe que es la mejor manera de aprender) a sentir lo que se siente ser un negro en una sociedad dominada por blancos. En el juego los blancos son la mayoría, y los negros la minoría. Así que como si de ajedrez se tratara, tú eliges: blancas o negras. Blacks & Whites es un trasunto del Monopoly, pero adaptado a la realidad de Yanquilandia. Es decir, las fichas blancas empiezan con un millón de dólares y pueden comprar todo lo que haya en el tablero. Las fichas negras empiezan con mil dólares y hay ciertas propiedades que les están vetadas. También obtienen menos dinero al dar una vuelta por el tablero, y cogen cartas de los avatares de la vida de un mazo distinto. Todo ello mientras los jugadores tenían electrodos en la cabeza y sus reacciones eran convenientemente anotadas por los psicólogos de turno. ¿Pero quién necesita la psicología como excusa para jugar a Blacks & Whites? ¡Juntáos con vuestros amigos y dividíos en blancos y negros, y jugad a esta insania de juego hasta que estalle una revuelta negra y el tablero y las fichas salten por los aires!

Hundir la flota edición viejuna: Sí, Hundir la flota, el juego de los barquitos de toda la vida que se jugaba en casa si tus padres tenían dinero, o en libretas si eras pobre o estabas en la escuela. El juego de toda la vida, vamos, tocado, hundido, agua, cerveza... Barquitos aquí y allá, escondidos, y tú ponte a decir números y letras, y tal. Así que, ¿cómo se juega al Hundir la flota edición viejuna? Pues igual que siempre, sólo que las mujeres no pueden jugar y se quedan lavando los platos y haciendo las cosas de la casa, felices de ver a los hombres solazarse hundiendo cruceros y portaaviones. Ideal como regalo para tu pareja en San Valentín. Aunque si tu novia no tiene un sentido del humor tan retorcido como el tuyo, puede que sea tu último 14 de febrero en pareja, amigo.

Capital Punishment: Delicioso juego, ideal para jugar en familia, en Navidad, o una época así. Hay cuatro personajes, a elegir: un asesino, un violador, un pirómano o un secuestrador. El objetivo es que tu personaje gane como en cualquier otro juego de mesa. Cada personaje tiene a su disposición quince ciudadanos y dos liberales. Para ganar hay dos maneras: llevar a tu personaje al final del tablero, en tres posibles finales felices: cadena perpetua, el corredor de la muerte o la silla eléctrica; o bien usar tus dos cartas de liberales para sacar a tus oponentes de ese feliz camino de la justicia, lo que llevará a sus fichas a causar todo tipo de maldades, dejándoles sin ciudadanos felices.

15 Love: Iba a concluir con el Juego de Memoria de Mark Twain, un juego que el mítico escritor y pensador ideó preocupado porque los colegiales de la época parecían tener problemas de memoria recordando datos y fechas, así que ideó un juego con unas reglas que al parecer sólo entendía él y la cosa no cuajó. Pero creo que mejor os dejo con Love, una especie de juego de tenis que tiene toda la pinta de ser el juego de mesa más excitante del universo.