domingo, 26 de febrero de 2012

Noche de Oscars: Oh God Oh Man!

¡Hoy es la noche! De nuevo Hollywood se tiñe de glamour para la ceremonia anual de entrega de premios de la Academia, esas estatuillas doradas que todos desprecian pero que en realidad se mueren por conseguir. Todo apunta a que The Artist será la gran vencedora por haber añadido (curiosamente) un toque de color con su mudo blanco y negro al cine actual del CGI y el 3D. No, ni Kubrick ni Hitchcock ni tantos otros grandes tuvieron sus premios en sus respectivas categorías, pero sin duda el caso más sangrante es el del Ryan O'Neal. Ver esta escena y preguntarse cómo demonios no le premiaron, o crearon incluso una categoría anual para él solo, es todo uno.



Y bueno, hablando de los Oscar, siempre surge el tema de los agradecimientos, que daría para todo un post en alguna otra ocasión. Ya sabéis, hay una fina línea entre dar un discurso emocionante tras quizás una larga carrera de acabar golpeándose contra la pared, y ver a la pequeña Anna Paquin haciendo hipos media hora; o entre dar una lección sobre cine y ser un plasta, o, por ejemplo, a la hora de saltarse el código, como todo en esta vida, más vale hacerlo con estilo. Los saltos histéricos de Cuba Gooding Jr. declarando su amor universal no son rival para el increíble momento de Jack Palance aceptando su Oscar, lo cual incluyó flexiones en directo y una frase para el recuerdo: Billy Cristal. I crap bigger than him! Y como todo en esta vida, lo mejor es llevarlo con humor, como demostró el pobre Christopher Reeve tras su accidente, dando un discurso que evidentemente emocionó a todos (ya se sabe que en las galas de los Oscar los organizadores nunca desaprovecharán un momento para la lágrima fácil) pero que incluyó esta valiente perla de buen humor: "lo que la gente no sabe es que dejé Nueva York el septiembre pasado y acabo de llegar aquí esta mañana".

En fin, la gala de los Oscar. Más que los premios en sí o en quién gana qué, ¡normalmente lo interesante está en todo lo demás! Oh God oh Man oh God oh Man!

sábado, 25 de febrero de 2012

El Rey de la Piña echa una mano a Bobby Keys

No sé si alguna vez habrá llegado alguna lata de fruta o botella de zumo Dole a vuestra casa, por la mía estoy seguro que en alguna ocasión ha pasado alguna que otra y he tenido oportunidad de saborear la piña en almíbar que contiene un producto que jamás en la vida habría relacionado con los Rolling Stones. Pero esta vida está llena de extrañas conexiones y Kevin Bacon, y como habréis podido descubrir todos aquellos que hayáis leído la autobiografía de Keith, Vida, efectivamente hay una curiosa anécdota que relaciona al poderoso potentado de las piñas Dole con la banda rock por excelencia. Para quien aun no haya echado un vistazo al libro, paso a relatar sucintamente de qué va el asunto.

Durante la movida gira del 72 en los Estados Unidos la banda recaló, como solía suceder cada vez que visitaban el país, en Hawái, donde de algún modo Bobby Keys y Keith Richards conocieron a la hija del "señor Dole" y sus amigas. La bella hija del potentado de la piña no dudó en invitarles a su mansión para tomar unas copas y seguir la fiesta allí, oferta que obviamente los músicos aceptaron. Bobby y Miss Piña enseguida hicieron migas, y acabaron haciendo más que eso a lo largo de la noche. De hecho todos se lo pasaron tan bien que la noche se convirtió en día, y el mismísimo señor Dole se levantó para desayunar y cual fue su sorpresa cuando encontró a Bobby junto a su hija en clara actitud cariñosa tras una noche muy cariñosa. De hecho encontró a todo el grupo orgíastico en actitud de relax tras una larga noche. Sin embargo el señor Dole demostró ser un hombre moderno y agasajó a los invitados de su hija con más zumos de piña, desayuno, y una tarjeta con su número por si alguna vez necesitaban algo. Bien, por una vez el dúo de rocosos rockeros no tuvo que salir pitando por la puerta de atrás.

Todo indicaba que los destinos de la familia de la piña y los Stones no se volverían a cruzar, pero el destino quiso a los pocos meses, tras volver de una gira por Asia y Australia y recalar de nuevo en Hawái, en la aduana, mientras comprobaban los números de serie de los saxofones de Bobby, cayeran de los mismos varios porros y una jeringuilla que el saxofonista llevaba ocultos, convirtiendo el examen de unos simples instrumentos de viento a una escena en plan Smithers busca droga. Inmediatamente la policía cayó sobre Keith y Bobby, que viajaban prácticamente solos tras el final de gira, en el cual tanto la banda como sus ayudantes se habían desperdigado en mil direcciones. Un registro más pormenorizado dejó sorprendetemente limpio a Keith, pero pillaron a Bobby con todo el equipo. Lo suficiente para encerrarle diez años al menos, y al guitarrista le podía caer algo por ser cómplice. Difícilmente la policía hawaina podía contener su alegría. ¡Por fin un par de aquellos melenudos iban a pagar su descaro!

El procedimiento a seguir fue el habitual, encerraron a los dos músicos por separado y les interrogaron sobre los productos que salían de aquellos saxofones como caramelos de una máquina expendedora. Como al final a Keith no podían cargarle nada le dejaron ir, y en cuanto éste estuvo libre se fue al aeropuerto para ver si podía llegar a San Francisco y enviarle algún buen abogado a su saxofonista, a quien, presumía, no volvería a ver salvo tras unas rejas. Pero cual fue su sorpresa cuando al llegar se encontró con el bueno de Bobby, mondo y lirondo y feliz como una perdiz, calculando tal vez para distraerse cuántas botellas de Dom Pérignon harían falta para llenar una bañera. ¿Cómo había hecho el saxofonista para salir en libertad con todo lo que le habían encontrado? ¿Una lima en una barra de pan? ¿Había cavado un túnel con una cucharita? ¿Serendipia? ¿Fantasmogénesis?

No, la respuesta era mucho más sencilla. Encerrado a solas y sin ningún número de abogado o secretario de la oficina de la banda a quien llamar, tras rebuscar en su cartera resultaba que el único que tenía a mano era el de la tarjeta del señor Dole, el Rey de las Piñas de Hawái, con su número personal. Así que sin nada que perder, Bobby marcó el número, el señor Dole contestó, y tras serle relatada la apurada situación por la que estaba pasando, le dijo que vería lo que podía hacer. Tras lo que suponemos fueron unas cuantas llamadas del todopoderoso e influyente potentando de la piña, sonó el teléfono del pobre guardián de la ley que retenía al saxofonista, y, como recuerda Bobby, "sólo por el cambio en su postura puedes ver que pasa algo". Y sí, gracias a la intercesión del rey del zumo de piña, Bobby Keys obtuvo la libertad tras serle incautado todo un buen alijo encima con tan sólo una reprimenda.

Bobby, desempolvando su saxofón

Y no, éste no es el final feliz de la historia. Al menos, para Bobby y Keith, el verdadero final feliz fue descubrir en el avión que en la cartera del guitarrista habían pasado por alto dos cápsulas de heroína que ni el mismo Keith recordaba que estuvieran allí. Así evidentemente los dos se fueron a los servicios del avión a celebrar su buena suerte.

Así que ya sabéis, la próxima vez que comáis piña enlatada o bebáis zumos Dole, recordad hacedlo a la salud del travieso Bobby.

miércoles, 22 de febrero de 2012

A quemarropa (1967)

¡Pop y Lee Marvin! Pop en el sentido más amplio de la palabra, el que aglutina las sopas Campbell hechas arte y las alucinaciones de Antonioni o Godard, para una trama de venganzas y mujeres florero en una película de lo más curiosa. No, no parece que diseñaran esta película pensando en el Día de la Mujer. De haberla rodado veinte años después habría llevado una letra de Axl Rose. Y ahora que ya he dado mi titular sensacionalista, hablemos un poco de A quemarropa.

Primero se estableció como estupendo villano de la gran pantalla, para luego demostrar que podía manejarse sin problemas como protagonista. Era Lee Marvin, tipo duro por excelencia, más versátil de lo que hubiera podido parecer, y dueño de un carisma aplastante. Su química junto a la aristocrática Angie Dickinson había quedado más que demostrada en Código del hampa, por lo que, como suele suceder en estos casos, alguien pensó que debían repetir la jugada. Se tomó como punto de partida otra novela negra y para dirigirla se optó de forma algo curiosa por un joven John Boorman, que acababa de debutar dirigiendo a The Dave Clark Five en una de tantas películas de la época al servicio de un grupo de pop siguiendo la estela de Help! y demás.

La trama no es demasiado enrevesada: Lee Marvin es una suerte de criminal profesional a quien un amigo (el estupendo John Vernon en lo que prácticamente fue su debut valiéndole un introducing) en apuros económicos pide ayuda para dar un golpe en la abandonada prisión de Alcatraz, utilizada por una organización criminal para sus chanchullos. Pero el malvado amigo no sólo le quita su parte del botín y a su novia, sino que le descerraja un par de tiros y lo deja en una celda creyéndolo muerto. Pero por supuesto Lee sobrevive y vuelve a las calles de San Francisco buscando venganza. Por el camino se encontrará evidentemente con Angie Dickinson, que hace de la hermana de su ex-novia.

Que A quemarropa es hija de su época es innegable, y queda bien patente ya desde su arranque con un montaje de idas y venidas en el lugar y el tiempo que habrían dejado a Sófocles tiritando, y alguna escena cuanto menos poco ortodoxa (¿Vernon pidiendo ayuda a Marvin tirados en el suelo cogiéndole de los pelos en una sala a rebosar de tipos? ¡OK!). Eran los tiempos en que la psicodelia estaba de moda y comenzaba a invadirlo todo, Hollywood incluido, y por lo tanto los directos podían juguetear (a alguno imagino que hasta le obligarían a ello, aunque no creo que sea éste el caso) con los montajes, los ritmos y los planos. Desde luego Boorman aunque aún le faltaba madurez nunca fue un mediocre y nos regala algunas imagenes curiosas y jipiodes pero interesantes cuando no bastante logradas, pero también es cierto que en otras ocasiones la experimentación resulta tanto excesiva, sobretodo teniendo en cuenta que cuando salimos a la calle no hay minifaldas ni trajes chillones ni carteles anunciado el próximo concierto de Love. Pero no temáis, la mayor parte de los jugueteos cinematográficos de la Era de Acuario se concentran en el arranque del film, después simplemente nos salpican con algunos saltos atrás en la cronología. De todas formas si no hubiera sido por estas películas y Sergio Leone no habríamos tenido los montajes de Tarantino. De hecho lo que el cine de Tarantino supuso en en el cine actual es el equivalente de lo que films como A quemarropa significaron en su día, rompiendo moldes y mirando a los géneros con un descaro absoluto.

Pese a lo moderno de su propuesta visual, la trama simple y al grano bebe directamente de las fuentes del hard boiled con más testosterona, lo que conlleva poca presencia de las nuevas causas feministas que como tantas otras estaban bajo el amparo de la revolución hippie. Por no haber ni siquiera hay un equivalente de una Lauren Bacall audaz y de lengua lacerante. Desde luego el papel de Angie Dickinson no va por ahí, a pesar de que la actriz siempre desprendió un halo de mujer elegante y bella pero fuerte (otra cosa es que esa impresión se acabara trasladando a sus papeles). No, aquí no hay nada de eso, y Lee Marvin se pasa la película manejando a las mujeres como si fueran maniquíes de pruebas de choque (en su descargo hay que decir que su personaje trata como muñecos a todo el que se le cruza por delante) ya que tras ser traicionado ya no tiene mucho hueco para el amor. Y es que hay que dejar claro que el personaje tenía su corazoncito y tenía sus momentos románticos con su novia, como queda plasmado en uno o varios flashbacks. Pero claro después de ser tiroteado la cosa cambia, y Marvin entra en modo berserker que al fin y al cabo es lo que todos deseamos, que haya acción y violencia, que para eso el género se llama hard boiled.

Quizás de no haber estado protagonizada por el gran Lee A quemarropa sería menos recordada hoy en día; desde luego no alcanza la excelencia de los policíacos de Don Siegel, por poner un ejemplo cercano (Siegel dirigió Código del hampa), pero resulta un interesante, o cuanto menos curioso, ejercicio de reinvención de género y elasticidad plástica. Y a quien estos términos cinematográficos de universidad le importen poco, pues qué mayor aliciente que Lee Marvin buscando venganza. ¡No se puede pedir más!

Y no, en realidad no es para tanto, esto no es anuncio español de ollas...


sábado, 18 de febrero de 2012

Si necesitara a alguien

Siempre me han parecido, no sé si impactantes, pero sí curiosas, las condiciones en las que tenían que tocar los Beatles incluso cuando ya estaban más que consagrados, aguantando acoples, pies de micro inestables, teniendo que hacer melodías y coros sin estar monitorizados y en medio de griteríos tremendos... Y con todo, podían sonar a gloria. Aunque para ello tuvieran que mancillar el sagrado Budokan.

jueves, 16 de febrero de 2012

El valle de la venganza (1951)

Raised on Western, que podría rezar el título de una canción de algún barbado y tatuado country rocker, y podría decirse de varias generaciones de espectadores cuya tierna infancia estuvo marcada por los vaqueros y los indios, los buenos y los malos, los parajes desérticos y los duelos al sol. Aunque imagino que allá en el país de Billy el Niño los pequeñajos debieron comenzar a disfrutar de otros alicientes mientras el género decaía, aquí, que por nuestras curiosas circunstancias siempre llegamos algo tarde a todo, aun nos perdíamos con placer entre los cactus y el polvo, jugábamos a hacer punpún con la mano, salvábamos a la chica y los sábados por la tarde pues nos criábamos, entre otras cosas, a base de puro y viejo western. Para bien o para mal los tiempos cambian, y ahora Tom Mix podría ser confudido con el nombre de guerra de algún DJ. En fin, toda esta parrafada es para decir que los nostálgicos o fanáticos de género encontrarán en El valle de la venganza para dejarse llevar, una vez más, por una historia de buenos y malos en los tiempos del Salvaje Oeste.

El valle de la venganza fue un vehículo de la MGM para su estrella Burt Lancaster, cuya carrera no había dejado de crecer en cotas de popularidad desde su impactante debut apenas seis años antes. La trama giraba entorno a verdaderos vaqueros, de esos que cuidan vacas, y un conflicto familiar con muchas aristas. La familia en cuestión son los Strobie, cuyo patriarca es el prototípico dueño de un gran rancho con miles de cabeza de ganado que se ha labrado su propia carrera con mucho sudor y ahora combate los achaques de una avanzada edad. Y como suele suceder en estas historias, el patriarca tiene dos hijos, y ya se sabe que de los hijos de los grandes ganaderos siempre sale uno bueno y uno malo. El bueno es Owen Daybright (Burt, por supuesto), un chiquillo adoptado o acogido por Strobie, competente y honrado, que ha escalado puestos tanto en la jerarquía del rancho, llegando a mayoral, como en el corazón del viejo. El otro es Lee (Robert Walker, quizás le recuerden de Extraños en un tren), el típico hijo malcriado de ricachón a quien Owen siempre está sacando de apuros, incluso cuando retoza, fuera de su matrimonio junto a Jen, una chica guapa y hacendosa, con una pelirroja a la que le acaba haciendo, como suele decirse hablando pronto y mal, un bombo que acaba en niño, para, por supuesto, desentenderse del asunto. Será Owen, una vez más, quien dé la cara y ayude económicamente a la pobre madre soltera, despreciada por todos, como siempre sucede en estos casos, además de que la propia Jen se acaba apiadando de la pelirroja, con lo que ésta se calla el asunto del padre, lo cual lleva a más lío porque los hermanos de la chica de pelo rojo obviamente buscan justicia, y lo hacen a punta de cañón porque son unos pistoleros rudos y malutos. Y como ha sido Owen el que ha ido a darle dinero a la chica, se creen que el padre es él, y ya está el liado montado.

Y bien, si todo este guirigay les parece digno de un folletín, no andan desencaminados, pues el guión está basado en uno de esos seriales novelados de vaqueros y demás habituales del género que hacían furor, tiempo ha, entre porteros y porteras de finca, solteronas y funcionarios con pocas ganas de trabajar. Aun así el guión está llevado con gusto y ligereza, aunque evidentemente no estamos hablando de una obra de William Faulkner. De la dirección se encargó Richard Thorpe, uno de esos directores olvidados por el tiempo que en su día se forjaron a base de rodar y rodar como mulas rápidos cortos y mediometrajes en la era del mudo, hasta que a mitad de los 30 fue puesto a sueldo de la MGM, dirigiendo cualquier cosa de cualquier género y con cualquier presupuesto, siempre de forma eficaz y átona, lo que se suele decir un director artesano que lo mismo sirve para un roto que para un descosío, y de quienes perdura más la fama de alguna de sus obras (Ivanhoe, El rock de la cárcel) que su propio nombre.

No, El valle de la venganza desde luego no revolucionó en su día el género, ni hizo temblar la filmografía de John Ford, y su mayor activo está en su gran estrella, el enorme Burt Lancaster, pero es un correcto western, entretenido y de ritmo ágil, de mitad tabla por ponernos en términos futbolísticos, ideal para quienes se lo pasen pipa sólo con ver a rudos tipos a caballo (no gay pun intended) o comprendan las sensaciones y recuerdos de los que hablaba al principio. Para el resto hay desde luego otros títulos del género por los que empezar. Yo, personalmente, entre el efecto nostalgia y el gran Burt disfruté bastante. Y si alguien tiene algo en contra, nos vemos en el cerril.

martes, 14 de febrero de 2012

domingo, 12 de febrero de 2012

Templario (2011)

Ah, ¡violencia violencia violencia! Sí, de vez en cuando viene bien dejarse llevar por el gusto de la sangre por la sangre y deleitarse con brazos cercenados y salpicaduras rojas por doquier, y por lo que tengo entendido en la Edad Media había bastante de eso. No, supongo que no se podría decir que el guión de Templario sea tan sólido como el castillo de Rochester, pero disimula bien con otras cosas que la hacen ideal para un domingo frío, aburrido, tal vez resacoso, y en el que no apetece hacer trabajar mucho al cerebro. Aquí hay buenos, malos, y un castillo que tomar, fin del asunto.

La historia tiene a lugar a principios del siglo XII, donde el malvado por excelencia de las pelis medievales situadas en Inglaterra, el rey Juan, se ha pasado de tiránico y gran parte de sus barones le han hecho firmar la Carta Magna, por la cual le recortan sus poderes divinos. Pero evidentemente el monarca maluto no está dispuesto a ceder poder así como así, y recluta a un ejército de daneses con el que trata de recuperar el país de las manos de los barones. Y para empezar deberá tomar el castillo de Rochester, defendido por unos pocos hombres entre los que hay, por supuesto, un caballero del Temple.

La película es como una mezcla entre El Álamo y Braveheart, en la que la historia es más una excusa para mostrar combates a lo Peter Jackson meets Mel Gibson que otra cosa. Y por eso es una buena candidata para pasar un rato lindo disfrutando con mandobles que cortan cabezas, brazos y torsos y la aparición de los muy añorados onagros en muchas otras cintas con asedio (si sois locos informáticos de la saga Total War desde luego ésta es vuestra película). Por supuesto no faltará el momento tensión sexual de algún modo romántica entre el duro Templario y la señora del castillo, que se dedica a acosar al pobre hombre hasta que envía sus votos a tomar viento. Lo de la chica protagonista sí que es un asedio y no la tontería de los atacantes daneses. Si el rey Juan hubiera puesto esa tenacidad en tomar Rochester la plaza habría caído en cuatro días.

El protagonista fortachón, duro y silencioso es uno de los muchos actores recios que hay ahí fuera (James Purefoy), que ya se ha dejado en otras cintas de acción y aventuras en plan Solomon Kane o John Carter. Para darle una pátina de calidad al asunto han rodeado a Purefoy de carismáticos secundarios y excelentes intérpretes como Derek Jacobi, Charles Dance, Brian Cox o Paul Giamatti, que pasan todos por allí lo más deprisa que pueden para que les den el cheque y largarse a hacer otra cosa que les interese más.

En fin, Templario, si no la véis no pasará nada, pero tampoco ofende.

viernes, 10 de febrero de 2012

Cuando los dinosaurios dominaban la Tierra (XXXV)

The DON HARRISON BAND

Sin lugar a dudas Don Harrison fue un tipo con suerte. Tras haberse hecho un nombre como músico de sesión en Los Angeles logró atraer la atención de Doug Clifford y Stu Cook, quienes trabajaban también como mercenarios del estudio y productores. La idea original era producir el debut de Harrison y participar en el disco como músicos de sesión, pero al parecer los resultados fueron tan buenos que los ex-miembros de la Creedence Clearwater Revival decidieron unir fuerzas con Don como miembros activos de su banda, añadiendo al solista Russell DaShiell a la formación. Fue así como en 1976 dieron a luz a The Don Harrison Band, un estupendo debut de la banda que llegó a tener cierto renombre en su día, especialmente en Australia, donde el grupo cosechó un gran éxito con su magnífica versión del clásico popularizado por Tennesse Ernie Ford "Sixteen Tons". Por si alguien piensa que la Don Harrison Band pudiera ser un clon del sonido de la Creedence, hay que aclarar que nada más lejos de la realidad. Salvo algun arreglo aquí y allá, y del hecho de que al fin y al cabo la sección rítmica está compuesta por los ex-compañeros de John Fogerty, si a alguien recuerda el sonido de Don Harrison y los suyos, especialmente por la voz negroide de Harrison (quien al parecer se crió cantando en coros negros de góspel), es a los Humble Pie de Steve Marriott, especialmente en cortes como "Who I Really Am" o "Living Another Day". En sus temas más radiables como "Sweatwater William" recuerdan también a Bad Company, mientras que "Romance" parece directamente inspirada en el "Everyday People" de Sly Stone. En líneas generales The Don Harrison Band es un disco muy redondo con estupendas canciones diseñadas para triunfar en los charts del rock de estadio setentero. Aquel mismo año se publicaba el segundo LP de la banda, Red Hot, que ahondaba más en el sonido de rock radiable y los Bad Co. más comerciales, aunque con el particular registro de Harrison es imposible no acordarse a cada momento de los maravillosos Humble Pie. El disco se abría con la estupenda "Red Hot (Ready to Go)", una perfecta combinación de melodías y riffs de autopista, a la que seguía "Jaime", la demostración de que el grupo buscaba atrapar al público rockero más easy-listening y las adolescentes que se atrevían con temas como "Shooting Star" pero no con "Whole Lotta Love". Pero canciones como "Rock 'N' Roll Lady" sin embargo no habrían desentonado en el jukebox de un bar de carretera con ambiente humeante y peleas alrededor del billar. Las baladas mecheriles vuelven a imponerse con "My Heart", mientras que "In the Rain" nos devuelve a los brazos sonoros de Humble Pie, seguida por otro buen corte guitarrero, "Baby, Don't Change Your Mind". Resumiendo, un buen segundo disco, aunque por momentos quizás esté demasiado orientado al arena rock. Tras Red Hot la formación se deshizo, aunque Harrison llegó a sacar un tercer LP como The Don Harrison Band.

Así que si buscáis música con la que distraeros mientras transportáis mercancías de una ciudad a otra, o habéis machacado toda la discografía del inconmensurable Marriott y deseáis que hubiese sacado más discos, o si os preguntáis como habrían sonado unos Humble Pie de Kentucky, The Don Harrison Band es una buena opción.

martes, 7 de febrero de 2012

Alguien voló sobre el nido del cuco (1975)

I have to remind him, I shared part of my producing back-end (credit) with him, so he ended up making more money off that movie than he had in any other picture. Michael Douglas acerca de su pequeño affaire familiar.

All I can say is I loved being hated by you. Louise Fletcher en el discurso de agradecimiento de los Oscar.

Es una de las decepciones familiares más famosas en el ingente anecdotario de Hollywood. Y también es uno de los mayores éxitos de crítica y público que haya cosechado un film tras la Segunda Guerra Mundial. Y a su vez es un emblema del nuevo cine de vía comercial pero comprometido que marcó el segundo lustro de los 60 y especialmente los años 70. Es, en definitiva, uno de los grandes clásicos del cine hollywoodiense. Y como ocurre en muchos de estos casos, todo empezó con una novela.

En 1962 el libro de Ken Kesey One Flew Over the Cuckoo's Nest se convirtió en una sensación nacional, vendiendo carretillas de ejemplares y convirtiéndose en la atención de muchos críticos sesudos. Su trama situada en un sanatorio mental, su canto a la libertad individual y el ataque a las técnicas de control que se ejercían sobre los pacientes de manicomios y casas de reposo subyugó a miles de lectores y la obra no tardó en convertirse en una referencia obligada en muchas universidades. A finales de 1963 se realizó una adaptación teatral para Broadway que no logró cosechar el mismo éxito de la novela. Sobre las tablas Kirk Douglas se convirtió en el vital y rebelde McMurphy y Gene Wilder en el tímido Billy Bibbit. Kirk ya había estado detrás del proyecto desde el comienzo, y tras haber leído un avance de la novela de Kesey y comprender las posibilidades que aquella magnífica historia ofrecía, se aseguró los derechos cinematográficos de la misma antes incluso de que estuviera publicada.

Sin embargo aunque Kirk se las prometió felices se encontró con que ningún estudio estaba dispuesto a financiar aquella peligrosa historia sobre locos y lobotomías que todos juzgaban claramente anticomercial. El tiempo pasó y a principios de los 70 Kirk todavía no había podido colocar su ansiado proyecto, pero su hijo mayor Michael se había convertido en una de las estrellas televisivas del momento gracias a Las calles de San Francisco, serie que no sólo le había proporcionado bastante fama sino que además le había permitido hacer sus primeros pinitos como director. Douglas hijo estaba decidido a no conformarse con interpretar, y tenía en su mente convertirse en productor. Era cuestión de tiempo que alguien sumara dos y dos.

Al parecer fue Kirk quien hizo esa suma, convencido de que su nombre ya no bastaba para sacar adelante aquel proyecto. A pesar de que el interés en la novela había revivido gracias a nuevas adaptaciones, nadie quería producir aquella película. Por lo tanto decidió vender los derechos, pero alguien le hizo cambiar de opinión. Fue su hijo Michael, que en aquel momento estaba en la cresta de la ola gracias a la televisión; le pidió la cesión de aquellos derechos, ya que quizás él lograría mejores resultados. Sin embargo durante dos años Michael llamó de puerta en puerta obteniendo las mismas respuestas que había cosechado su padre la década anterior. Finalmente Douglas hijo llamó a la puerta correcta, la de Saul Zaentz, un productor que había hecho su fortuna en el sello de música jazz Fantasy Records, principalmente gracias a haber fichado a la Creedence Clearwater Revival. Zaentz estuvo de acuerdo en participar como coproductor siempre y cuando Michael pudiera asegurarse a un actor de renombre.

¿Podía ser Kirk Douglas ese actor de renombre? Desde luego no parece haber dudas de que Kirk había cedido los derechos sobre la novela esperando ser él quien interpretara a R.P. McMurphy, como ya había hecho en Broadway. Donde difieren las versiones es en lo que pasó a continuación. Algunos abogan por la más bondadosa versión de Kirk decidiendo que ya era demasiado mayor para el papel, mientras que muchos otros creen más bien que fue Michael quien, en cierta manera, traicionó a su padre decidiendo buscar en otra parte a un actor más joven. Las primeras opciones de Douglas Jr. fueron Marlon Brando y Gene Hackman, que no se mostraron interesadas. Durante un tiempo Michael consideró seriamente a Burt Reynolds, al parecer por sugerencia de Milos Forman, pero quizás lo consideró demasiado arriesgado o alguien le disuadió de fichar al hombre del gran bigote. Mientras trataba de dar con el actor correcto el hijo de Kirk contactó con el director Hal Ashby para saber si estaría interesado en dirigir la adaptación de la novela, pero al parecer Hal estaba más interesado en encontrar un proyecto viable para Jack Nicholson, a quien acababa de dirigir en El último deber. Fue así como Michael comenzó a considerar a Nicholson para el papel de McMurphy, idea que acabó de cristalizar después de quedar maravillado, como muchos otros, por la interpretación de Jack en El último deber.

Pero además de la popularidad que ya arrastraba Nicholson desde Easy Rider la aclamada El último deber le convirtió en uno de los actores más solicitados del momento, por lo que Michael no lo tuvo fácil atraer la atención de la estrella. Al parecer recurrió a Anjelica Huston para que le hiciera saber lo que se traía entre manos, y que pensaba enviarle la adaptación que había preparado el guionista Bo Goldman. Cuando Nicholson leyó aquel guión no tuvo que saber nada más y pospuso todas sus demás ofertas. Con Jack a bordo Michael se aseguró el apoyo de Zaentz, por lo que el film podía por fin comenzar a concretarse.

Tras la negativa de Hal Ashby el hijo de Kirk decidió tantear a Milos Forman enviándole el libro. Forman aceptó, y según comentaría mucho después, a principios de los 60 Kirk ya había contactado con él en Checoslovaquia para que dirigiera la película, pero la censura no le hizo llegar la novela, por lo que Kirk creyó que Milos nunca respondió y éste pensó que el actor decidió no enviarle nada. Para Michael y Zaentz el estilo hiperrealista de Milos sería estupendo para su aproximación documentalista a la novela.

El proyecto ya arrancó con problemas cuando los primeros tratamientos del guión, escritos por el mismo Ken Kesey, fueron rechazados por Forman y Douglas. Kesey quería conservar las referencias alucinógenas de la novela basadas en sus propias experiencias vitales con las drogas, y la narración del Jefe Bromden, mientras que Douglas buscaba una aproximación muy realista a la trama. La ruptura entre el autor y los productores no fue amistosa y acabaría en demanda judicial. Fue entonces cuando le encargaron una nueva adaptación a Goldman, que a su vez sería refinada por Lawrence Hauben.

Con Jack a bordo Douglas y Zaentz doblaron el presupuesto hasta los tres millones de dólares, asegurándose además la distribución de la United Artists. Tras el estreno de Chinatown en junio de 1974 los productores seguían enfrascados en el perfeccionamiento del guión, por lo que Nicholson obtuvo permiso para irse a rodar Dos pillos y una herencia junto a Warren Beatty (aquel debió ser uno de los rodajes más pillos del año).

El rodaje iba a comenzar en enero de 1975 en la localidad de Salem, donde estaba situado el Oregon State Hospital for the Insane. El plan era rodar en un manicomio real, con pacientes reales como extras y secundarios, que se mezclarían entre el reparto y colaborarían mano a mano con el equipo técnico. El manicomio de Salem fue elegido porque su director, Dean R. Brooks, les ofreció una colaboración total. A cambio y como gesto de agradecimiento Douglas le ofreció el papel del director del centro, lo cual Brooks aceptó encantado. Su primera escena frente a Nicholson sería en su mayor parte improvisada.

Además de pacientes reales la idea de Forman era buscar actores totalmente desconocidos que acompañaran a Nicholson. Se buscaron a actores entre pequeñas compañías teatrales, de donde surgieron Christopher Lloyd y Brad Dourif (ambos debutaron en el cine con esta película), secundarios poco conocidos como Scatman Crothers o actores de poca experiencia como Danny DeVito, quien retomaba su papel de la versión teatral offBroadway de1971. Encontrar a un indígena lo bastante alto para encarnar al Jefe fue realmente difícil, hasta que un secundario con un pequeño papel, vendedor de coches en la zona, les habló de Will Sampson, un enorme indio de Portland. Sampson se dedicaba a pintar y dibujar, y se mostraría como un estupendo actor natural. Además su papel no iba a tener muchas frases. Para el papel crucial de la malvada enfermera Ratched se barajaron nombres como el de Anne Bancroft, Geraldine Page, Jane Fonda e incluso Angela Lansbury (¿imagináis a la mítica Jessica Fletcher puteando a los pacientes? Eso sí que habría sido alucinógeno). Finalmente la elegida fue Louise Fletcher, quien por lo visto tuvo que sudar sangre audición tras audición hasta lograr convencer a Forman de que era la candidata idónea. Sus sudores no acabarían ahí, ya que en un rodaje cuasi experimental en el que entre pacientes y amateurs muchos actores decidieron entregarse al Método cuando las cámaras no seguían rodando Fletcher se vio aislada del resto y desde luego Forman no le puso las cosas muy fáciles, por lo que en su último día de rodaje la actriz, que había sido apartada para no contaminar la tensa situación interpretativa de todas las fiestas que se montaba Nicholson, decidió dar un golpe de efecto para demostrar que ella no tenía nada que ver con Ratched desnudándose ante todo el mundo.

Alguien voló sobre el nido del cuco acabaría siendo un inesperado éxito, haría de Nicholson la mayor estrella de su tiempo e impulsaría las carreras de varios actores antes mencionados. Y para Forman y Douglas significó que los grandes estudios comenzaran a tomárselos realmente en serio. La película barrió en la crítica y en los Oscar, llevándose los cinco grandes (película, director, protagonista masculino y femenino y guión adaptado).

Desde luego resulta imposible concebir un resumen de imágenes del cine hollywoodiense en los 70 sin que aparezca algun plano de Alguien voló sobre el nido del cuco. El film es, por supuesto de lo mejor de la carrera de Milos Forman, en el cual Jack Nicholson nos brindó una de sus mejores interpretaciones (siempre habrá quien le niegue el pan y la sal, pero para mí desde luego es un grande con un estilo muy personal) enfrentándose a una maravillosa Louis Fletcher a quien efectivamente todos odiamos cada vez que la vemos enfundada en su uniforme de enfermera malvada, aun cuando seguramente ni siquiera la propia Ratched sepa que en realidad está haciendo algo mal. Y, en general, todo el reparto es magnífico (de no ser famosos ahora, ¿quien podría decir si Danny DeVito era o un paciente real?), repleto de estupendas actuaciones, aunque seguramente para el recuerdo haya quedado el icónico Jefe mudo de Will Sampson.

Alguien voló sobre el nido del cuco es una de esas películas que pueden marcar una vida, tocar la fibra sensible, hacer reflexionar, o como quieran llamarlo ustedes. Aún recuerdo la primera vez que la vi lo sorprendido que me dejó, sin haberme figurado que se pudieran hacer films con temas tan complejos y controvertidos y al mismo tiempo tan simples en su sensibilidad. Cierto es que no sabía mucho del mundo, pero por lo general Alguien voló sobre el nido del cuco es una puerta que puede abrirse y descubrirse a cualquier edad. Por supuesto, totalmente imprescindible.

sábado, 4 de febrero de 2012

Tuesday Weld

What turns me on? Tuesday Weld in a dirty slip drinking beer. Alice Cooper

El sector masculino que haya visto El rey del juego (un día de estos hablaré de ella, pero la recomiendo encarecidamente desde ya) seguro que habrá visto subir su temperatura con la increíble sensualidad de Ann-Margret, pero seguro que también habrá quedado prendado de la delicada belleza que Tuesday Weld despliega en esa película, en el que es sin duda uno de sus papeles más conocidos. Aunque por aquellos días llegó a ser bastante popular la carrera de Weld nunca acabó de despegar del todo, en un típico caso de rechazar o no ser elegida para papeles que seguramente la habrían llevado a lo más alto. De todas formas cualquier película en la que Weld desplegara su inocente hermosura ganaba automáticamente varios enteros.

Nació como Susan Ker Weld en la Nueva York de 1943, y su vida nunca fue demasiado fácil, especialmente durante su niñez y adolescencia, convertida en el típico ejemplo de una mujer marcada por una carrera como modelo infantil y una madre dominante que se preocupaba más de los ingresos que generaba su hija que del propio bienestar de la niña. Huérfana de padre a los tres años, su madre sacó adelante a la familia gracias a la belleza de Tuesday, que se convirtió en una reputada modelo infantil. Económicamente la futura actriz se había convertido en el cabeza de familia cuando apenas había aprendido a andar, y la presión de ese puesto a edad tan temprana la aisló de sus hermanas mientras que su madre parecía mostrar más cariño a las cuentas bancarias que a ella, lo que se ocultaba en una total dedicación a ella que rayaba en lo patológico. Todo ello se tradujo en una crisis nerviosa a los 9 años, pero tenía que seguir trabajando, por lo que pronto el alcohol y las drogas formaron parte de su día a día. Dicen que antes de los 12 ya había tenido escarceos amorosos, y toda esa vorágine de presiones, responasiblidades prematuras, drogas y sexo desembocó en un intento de suicidio.

Aun no tenía los 13 cuando debutó en Rock Rock Rock!, la película de serie B que tenía de protagonista al mago de las ondas de rock Alan Freed. Tuvo un pequeño cameo sin acreditar en Falso culpable, y su primer rol importante llegó poco después en Un marido en apuros. En la pequeña pantalla comenzó a destacar en la popular comedia familiar The Adventures of Ozzie & Harriet. Cumplidos los dieciséis la Weld alcanzó la fama con la serie The Many Loves of Dobie Gillis, e inmediatamente se convirtió en la actriz perfecta para interpretar papeles de adolescentes rebeldes y sexys en títulos como Because They're Young o Sex Kittens Go to College, aunque sus sensuales y rebeldes correrías en la gran pantalla se quedaban en un juego de niños comparadas con una vida privada que la convertía en la versión femenina de Frankie Lymon. Después de enviar finalmente a paseo a la histérica de su madre, su primer papel dramático importante llegó con la secuela Return to Payton Place, que sin embargo no cosechó el enorme éxito de su predecesora. En Wild in the Country ejerció de coprotagonista (y dicen que de sempiterno affair temporal cinematográfico) de Elvis Presley, mientras le seguían lloviendo papeles de adolescente con aires de inocencia y alma turbulenta. En 1962 rechazó el papel que todo Hollywood habría jurado que estaba escrito para ella, el de la coqueta protagonista de Lolita, pero la Weld prefirió irse a estudiar al Actor's Studio. Tras participar en varias series de televisión como la mítica El fugitivo le llegó su recordado papel junto a Steve McQueen en El rey del juego, donde por fin la crítica comenzó a reconocer su talento como actriz más allá de su encasillamiento de rubia adolescente.

Un año después rechazó otro papel que acabaría siendo muy beneficioso para su sustituta (Bonnie y Clyde) y prefirió actuar junto al encasillado Anthony Perkins en Un maravilloso veneno. Cuando también rechazó aparecer en Valor de ley su tren al estrellato acabó pasando mientras los temidos años 70 hacían estragos entre muchas de las estrellas nacidas al amparo de los grandes estudios. Su carrera fue derivando hacia la televisión, dejó ver algo de piel en Serial y en Érase una vez en América interpretó su papel más pasado de vueltas, el de la secretaria cachonda del atraco a la joyería. Su última aparición en un film de éxito en Hollywood fue en Un día de furia, y en el 2002 apareció en su última película hasta la fecha, Investigating Sex, donde no le importó hacer un desnudo parcial.

Anuncio de sus días de modelo

Junto a Elvis

Merienda pícara

Poniendo en aprietos al fugitivo




viernes, 3 de febrero de 2012

Hobo with a Shotgun (2011)

Supongo que esta película se podría definir en una palabra: Grindhouse, el patio de juegos de Quentin Tarantino y Robert Rodríguez que entre otras cosas dejó a medio planeta con ganas de que aquellos locos tráilers que insertaban se hicieran realidad algún día. Lo único malo es que al parecer al darle cuerpo a esos cinco minutos de historia las películas resultantes no estaban al nivel de sus cortas predecesoras. No puedo hablar por Machete, pero seguramente sí sea el caso de Hobo with a Shotgun. Es una peli de género, quizás no de las mejores, pero a quien guste de paladear todo el espectro de colores del grindhouse (el género), aquí tiene una peli interesante.

Hobo with a Shotgun mezcla varios elementos de la serie B más dicharachera y sangrienta, y con una imagen de colores muy vivos tan pronto recuerda la cine zombie de los 80, como a las pelis de justicieros de los 70, o a las sociedades apocalípticas y postnucleares a lo Max Rockatansky. La trama gira alrededor de un vagabundo que llega a una ciudad violenta y cruel, un cruce entre el Detroit de Robocop y el barrio de El justiciero de la noche, es decir, la madre de todas las criminalidades urbanas. El pobre hombre que bastante tiene con lo suyo trata de mantenerse al margen, pero como le acaban tocando los cataplines más de la cuenta se encarga de hacer saber a los malutos que han jodido al vagabundo equivocado. El resto es historia. O tal vez debería decir histeria.

Huelga decir que sin Rutger Hauer seguramente yo ni siquiera estaría comentado esta película, y es que su carisma y su talento son sin duda lo mejor de la cinta, logrando conmoverte hablando de osos (ya sabéis, estilo "lágrimas en la lluvia") o meterte miedo mientras habla y hace llorar a unos bebés. En fin, no voy a presentaros al señor Hauer a estas alturas. Grande.

El resto es estilo serie B baratuna de la de toda la vida, donde se busca más el impacto de la forma que el buen gusto en el fundo. Es decir, que más que de un guión como tal habría que hablar de sucesivas secuencias de casquería, disparos, crueldades varias y momentos hilarantes y psicopáticos, porque desde luego aquí no se libra nadie, incluyendo mujeres y niños (¡delirante escena en el autobús escolar!). Aunque quien sea sensible desde luego no le verá mucha gracia al asunto. Respecto al guión hay unas pocas frases conseguidas y algun curioso momento, aunque básicamente es Hauer quien hace de sus líneas algo memorable, y no al revés. También me destacarñia a Ivan, uno de los personajes más estúpidos (no sólo el personaje, ¡sino su propio concepto y existencia) de todos los tiempos, y poco más.

Hobo with a Shotgun no es gran cosa, pero tiene a Rutger Hauer y proporcionará entretenimiento para quien haya disfrutado alguna vez de las pelis B más baratas y pasadas de vueltas.

jueves, 2 de febrero de 2012

Adiós a Don Cornelius: James Brown en Soul Train

Se ha ido Don Cornelius, el mítico creador, productor y presentador de Soul Train, el programa negro por excelencia de los años 70, y que rompió récords manteniéndose en antena hasta hace pocos años. Evidentemente nunca vi el show en su día, y ha sido gracias a la era de Internet cuando he podido indigar sobre el programa, pero quien disfrutara en su día con el cine de Spike Lee o series como El príncipe de Bel-Air seguro que conocía a Don y su tren del soul. Y dado el poderío musical negro en la época desde luego debía ser el programa musical más potente del mercado. Y estaba, por supuesto, esa mítica selva de pelos afros bailantes en la pista.

En memoria del bueno de Don os dejo con una aplastante actuación del amigo James Brown en Soul Train. ¡44 minutos de puro soul y funk!

miércoles, 1 de febrero de 2012

Sin disculpas

Lo que suena bien suena bien. Pero ya dije en su día que no me gusta esa manía de los festivales de grupos que se solapan a otros. ¿Y si lo quieres ver todo, qué? Esta canción me recuerda que los Soulbreaker Company deberían tener la misma suerte que los australianos. Merecido lo tienen.