jueves, 30 de agosto de 2012

Wattstax

Hace unos pocos días se cumplía el cuarenta aniversario del Wattstax Music Festival que se celebró el 20 de agosto de 1972 en Los Ángeles, en lo que se vio como una especie de respuesta musical a lo acontencido en los suburbios de Watts en agosto de 1965, cuando una detención policial encendió la ira popular y se produjeron alborotos y lucha callejera durante varios días. Política aparte, el que seguramente sea el festival negro por excelencia de la década de los 70 (el "Woodstock negro", que dirían algunos), reunió a lo más granado del mítico sello Stax en un estadio repleto (la entrada sólo costaba un dólar, para que todos los hermanos pudieran acudir y reventar de gente las gradas. Wattstax, un documental estrenado en 1973, recoge lo mejor de aquel día, y desde el punto de vista musical resulta imprescindible.

El documental se abre con una breve declaración de Richard Pryor, que ejerció de maestro de ceremonias aquel día, a la que siguen inevitables referencias a los disturbios de Watts, y entrevistas con algunos hermanos del gueto y asistentes. La primera actuación corre a cargo de Kim Weston, quien se marca un "Star-Spangled Banner" en clave de soul, con el público sentado o incluso comiendo, como bien se encarga de resaltar el montaje. No estaba el horno para bollos. Y bueno, se irán intercalando más declaraciones de gente recordando lo sucedido, y luego Jesse Jackson trata de levantar al público puño en alto para recitar el poema "I Am - Somebody", aunque tiene más gracia cuando James Brown lo intercalaba en sus actuaciones.

En fin, y a partir de ahí, el delirio, con actuaciones escalofriantes como la de los Staple Singers, The Bar-Keys (aplastante su "Son of Shaft"), Albert King o Carla Thomas, aunque los triunfadores del día sean seguramente su padre Rufus, capaz de manejar al estadio a su antojo con su "Do the Funky Chicken", y el imponente Isaac Hayes, que realiza una espectacular entrada en coche en el estadio para luego revelarse como el auténtico Moisés Negro dispuesto a cerrar por todo lo alto el festival con su mítico "Theme from Shaft".

Wattstax, amigos. Imprescindible.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Foxy Brown (1974)

Resultaría prácticamente imposible hablar de blaxploitation sin mencionar Foxy Brown, uno de los títulos primordiales del género negro protagonizado por su estrella femenina definitiva, la rotunda Pam Grier, quien aunaba fuerza y mala leche con un tremendo sex appeal. Por ello tras el éxito de Coffy Pam se convirtió en la vengadora por excelencia de los barrios negros.

De hecho Foxy Brown nació como una secuela de Coffy, pero en el último momento la productora American International Pictures decidió hacer del proyecto una historia independiente, aunque basada en las mismas premisas, la de la chica de la calle que usa su cuerpo y su mente para vencer a los malutos que se lo han hecho pasar mal.

Tras unos créditos estupendos y psicodélicos a ritmo de funk con Pam mostrándonos todo su vestuario y bailando con mucho estilo, la trama arranca con el inefable Antonio Fargas tratando de zafarse de dos matones que le quieren hacer pupa. Fargas interpreta a Link, el bala perdida hermano de Foxy, siempre metido, aparentemente, en problemas. Foxy acudirá al rescate de Link, para luego reunirse con su novio, un agente encubierto mocetón que se acaba de someter a una operación de cirugía para que los capos de la droga no le reconozcan. Sin embargo para salir de su particular atolladero Link hablará más de la cuenta, y acabarán localizando al novio de Foxy, a quien meten algo de plomo. Por supuesto Foxy tomará cartas en el asunto y saldrá a vengarse utilizando todas sus armas.

Repitiendo de nuevo con el director de Coffy, Jack Hill, la superhembra Pam volvía a demostrar en Foxy Brown que los papeles de vengadora violenta le iban como anillo al dedo. Enfundada siempre en un elegante estilismo setentero Pam se maneja en cualquier situación con elegancia del gueto y puños preparados. Frente a ella una malvada blanca que dirige un servicio de prostitutas de lujo y que hace de Foxy Brown un curioso caso donde las dos protagonistas son femeninas. Pero para llegar a ella Foxy habrá de pasar penalidades, quitarse de encima a varios matones, escapar de una lasciva pareja de rednecks camellos de droga, hasta el momento en que una vez más la Grier haga uso de las armas que lleva escondidas en su espectacular pelo afro.

Foxy Brown, un clásico de la Serie B del gueto sin otra pretensión que disfrutar con las rotundas formas y el gran carisma de Pam Grier además de sus sinuosos planes de venganza. Seguramente Coffy sea un film más redondo, pero Foxy Brown tiene drogas, prostitución, violencia gratuita, blancos malos y corruptos... En resumen: ¡blaxploitation!

lunes, 27 de agosto de 2012

Cinturón negro (1974)

That son-of-a-bitch threw his panties in my face? Así es amigos, en el mundo del Blaxploitation, ¡las ostias como panes y las bragas vuelan!

Cinturón negro. O lo que es lo mismo, ¡Black Belt Jones! Porque, sí, todos adoramos a Bruce Lee y Jackie Chan, pero llega un momento en la vida, ladrones, en que el arroz tres delicias pierde su sabor, y el restaurante chino de la esquina rellena menos sus rollitos de primavera, y todo lo que uno desea es poder tener pan para mojar la salsa agridulce, y no ese delicioso pan chino que sin embargo no empapa nada. Pero por suerte en el Blaxploitation, aparte de detectives y policías, hubo sitio para todos los géneros: terror, comedia, drama, westerns (¿no se lo creen? ¡Ahí tienen Boss Nigger, con el impagable Fred Williamson!), y por supuesto, artes marciales, en la era dorada de las pelis de judokas, karatekas, y demás. Y en las artes marciales negras no cabía duda de que Jim Kelly era el número uno. Que para algo cruzó manos y pies con el maestro Bruce en la mítica Operación Dragón.

La peli empieza con unos malutos que "disponen" de un agente encubierto en la bodega de Don Steffano, un poderoso mafioso con pintas de ser el mánager de Bordón 4, y que tiene un astuto plan para enriquecerse un poco más: gracias a un chivatazo, Don Steffano está comprando solares y casas donde el ayuntamiento va a construir un centro cívico. Así luego le comprarán los terrenos a buen precio (debe ser que en Los Angeles no expropian) y el amigo siciliano podrá ampliar su malvada bodega. Pero en su plan se entromete un pequeño edificio que no posee, una escuela de artes marciales dirigida por Pop Byrd, un karateka putero y jugador que en sus días de gloria ayudó a muchos jóvenes del gueto a optar por la vida sana. Sin embargo los hombres de Don Steffano que se trabajan la calle conocen a Pinky, un negrote con pintas totalmente badass de Sandokán del gueto, que posee un pagaré de Pop por varios miles de dólares debido a las deudas de juego del entrañable abuelete. Así que el plan es sencillo: a cambio del pagaré, Pinky le pedirá el gimnasio, y todos contentos. Con el pastizal que le caerá Don Steffano podría, quién sabe, montar un festival en Altamont con Junco y Los Chunguitos.

Mientras, en otro lado de la ciudad, Jim Kelly, conocido aquí como Black Belt Jones, se encuentra en un plató de televisión donde están echando la fascinante serie de programas "Embajadores latinoamericanos". Al parecer Jones trabaja como guardaespaldas "freelance". De hecho va tan de por libre que después de adelantarse a los gorilas del protegido y acabar con una conspiración de chinos acantiflados en el parking, mientras de paso disfrutamos de unos deliciosos títulos de crédito con funk de saldo (me temo que ese día Curtis Mayfield estaba ocupado) se larga en su coche sin despedirse ni nada. De ahí se va a ver a su amigo de la policía, o el Servicio Secreto o algo así, quien le propone que se infiltre en la mansión de Don Steffano para conseguir las fotos y el dinero que el agente secreto no ha podido obtener. Pero Kelly, que será del gueto pero no es tonto, dice que aquello es muy peligroso y ni por cien mil dólares entrará ahí. Prefiere irse a la playa a entrenarse observando como unas lindas chicas saltan sobre una cama elástica.

Entretanto, los malutos de Pinky no contaban con la oposición del ayudante de Pop Byrd, más joven y menos putero, y sobretodo con el hecho de que el gimnasio no perteneciera a Byrd, sino a un tal Sidney. Pero en el forcejeo del interrogatorio un matón gordinflas de Pinky se pasará con el jarabe y dejará seco al pobre Byrd, que había demostrado que aun podía dar unos cuantos golpes si era necesario (impagable ver al bueno de Scatman Crothers en plan karateka crápula). Por supuesto la gente del gimnasio y Jim están dispuestos a vengarse, y nuestra estrella del karate con pelo afro envía al jefe de policía en plan chico de los recados a encontrar al tal Sidney. Que resultará ser una chica de lo más sexy, y no es de extrañar ya que la interpreta Gloria Hendry, una de las sex symbol del Blaxploitation a quien ya vimos en El padrino de Harlem y algún que otro título imprescindible del género. Bien, la bella Sidney llega, ve, y tras pasar por el entierro de Pop (tras un impepinable funeral donde sus alumnos muestran sus respetos haciendo posiciones de karate a ritmo de gospel), se va al local de Pinky a decirle cuatro cosas, pero como no le encuentra apaliza a algunos de sus ayudantes.

Resulta obvio que Pinky no iba a tragarse esa afrenta, así que recluta a algunos de los tarugos más malvados de tal o cual gueto, y los envía al gimnasio, donde sin Jones ni Sidney los jóvenes reclutas son presa fácil de los gorilas de Pinky, quien, cabreado, eleva la deuda a 250.000 dólares y se lleva a un joven aprendiz como rehén. Jim Kelly obviamente le dice a la policía que hará las cosas a su manera, así que con ayuda de sus amigas saltadoras de la playa y la sexy Sidney, organiza un comando en plan ninja, introduciéndose en la fortaleza de Don Steffano. Allí apalizan a una buena cantidad de guardias (incluyendo a un pobre enclenque que parece el señor Roper; ¿quién le contrataría? ¿iría con recomendación o se quedaron sin presupuesto para brutotes?), tras lo cual se llevan el dinero y las fotos que tanto quería su amigo el jefe de policía. Pero el astuto Black Belt Jones, que golpea con su mente tan rápido como con sus manos y pies, tiene un gran plan: usar el dinero para pagar a Pinky, y luego darle el chivatazo a los mafiosos de que Pinky les va a pagar con su propio dinero. ¡Brillante! Pero cuando los italianos ya están a punto de fabricar un ex-Pinky, éste les convence de que los cachalotes de sus gorilas no pueden ir dando brincos por ahí cual Harlem Globetrotters. Los mafiosos quedan convencidos y le dejan en paz. Y dejemos que sea ahora el añorado Ronnie James Dio quien introduzca el siguiente párrafo.

¡Dynamic entry! No es un disco de Curved Air, ¡son créditos congelados!
Look out! Porque el karateka Jones, que como he dicho antes tiene muchos pelos en su afro, y ninguno tonto, se ha llevado a Sidney a su casita de la playa para celebrar su victoria. Se creen felices y a salvo, mientras los mafiosos y el gang de Pinky preparan su venganza. Pero ajenos al peligro, Jones y Sidney tontean entre las dunas, en una de las secuencias románticas playeras más tontas de la historia, persiguiéndose y lanzándose patadas (es el ritual de apareamiento karateka: ¿Te gusta lo que ves? ¡pues tendrás que cogerlo! Posdata: se ruega al lector argentino que obvie este comentario hasta un par de líneas más abajo), y de paso rompiéndole la guitarra al tío de Dimebag Darrell y explotándole los globos a un pobre vendedor ambulante. ¡Ah, la juventud y el amor karateka! Y, bueno, supongo que no resultará sorprendente si les digo que al final la mortal pareja hacen sus cositas en una preciosa elipse. Pero ahí tenemos a Sidney desbragada y con una camisa larga cubriendo su cuerpecín para saber lo que ha pasado. Sí, lo sé, ¡por alguna extraña razón una chica así siempre resulta lo más sexy del mundo! Pero, ¡un momento! ¡Ahí está una llamada telefónica de Pinky, quien amablemente nos avisa de que vienen a por nosotros! ¿Me pongo las bragas? ¡No hay tiempo! Ya lo dijo Manolo Escobar (versión libre): con tus encantos al natural estás mejor. Así que robémosle el coche a unos jipis surferos y salgamos de aquí.

Tras una rápida persecución por carretera la pelea final tiene lugar en una especie de lavadero de coches, o de camiones de basura, que de eso está lleno (de camiones, no de basura, que LA es un sitio muy limpio). La verdad es que entre tanta acción y la camisa larga de Gloria Hendry no he tenido tiempo de fijarme. El caso es que como no podía ser de otra manera, Jim Kelly se va encargando de todos los malutos, mientras la espuma crece y crece, y la sexy Gloria los remata. De hecho al final hay tanta espuma que no sé si estamos en una disco de Ibiza o si de repente van a salir los Rolling Stones cantando "It's Only Rock and Roll". Lo importante es que el fiero Black Belt se deshace de todos y se queda con la chica.

Bueno, como habéis podido comprobar, Cinturón negro es una entretenidísima cinta de artes marciales con un espectacular Jim Kelly haciendo gala de su rápidez y técnica, y con algún que otro manierismo inevitablemente heredado del estilo de Bruce Lee. Sin demasiadas pretensiones, la cinta ofrece un ritmo que no decae en ningún momento, y es de obligada visión para cualquier seguidor del cine de karatekas, aunque quizás le falte esa pátina de encanto hongkonés. También es imprescindible para los incodicionales del Blaxploitation y de las chicas desnudas con camisas de hombre encima. Y, bueno, en realidad, cualquiera debería ver esta película; ¡es realmente entretenida!

sábado, 25 de agosto de 2012

Un cuento chino (2011)

Una película que arranca con una vaca cayendo del cielo forzosamente ha de ser especial. Y Un cuento chino lo es. Llevamos ya unos años en los que de vez en cuando alguna película argentina nos sorprende muy gratamente, haciéndonos pensar que el cine argentino goza de una salud excelente (no sé si será así o no, porque claro también es cierto que nos suele llegar sólo lo mejor). Y además, aquí en la piel de toro, si hay algo que nos guste más que una peli argentina, es una peli argentina protagonizada por Ricardo Darín, el último hombre enfadado.

Escrita y dirigida por Sebastián Borensztein, Un cuento chino es una excelente tragicomedia, con todas las palabras; es de esas cintas que nos hace reír, pero también reflexionar en sus momentos más oscuros. Realmente es un cuento urbano de este nuevo siglo, una alegoría sobre la soledad y el amor en una gran ciudad. La trama gira alrededor de Roberto, un ferretero solitario, metódico y gruñón, excelentemente interpretado por Darín en uno de esos papeles de tipo con carácter que tan bien le van (de ahí lo del último hombre enfadado), que deja pasar los días entre el trabajo y su casa, aprisionado por el recuerdo de una madre ausente, y que se cierra a todo y a todos, incluyendo a Mari, una amiga (todo lo amiga que alguien pueda ser del distante Roberto) que bebe los vientos por él. Con su sencilla belleza de chica de al lado y su simpatía, Mari ve como todos sus tímidos acercamientos más allá de una relación cordial acaban chocando con el impugnable muro que Roberto ha levantado alrededor de sus sentimientos. El ferretero es un tipo solitario, que pasa las noches rebuscando en los periódicos noticias chocantes o absurdas, y disfruta sus días libres yéndose de picnic a las afueras de las pistas del aeropuerto, contemplando como despegan y aterrizan los aviones. En una de esas escapadas será cuando se tope con Jun, un chino al que abandonan en la carretera. Roberto no puede evitar ocuparse de Jun, aunque son incapaces de comunicarse debido a la barrera idiomática. Comienza así un extraño camino par ambos.

Un cuento chino ofrece un sólido guión que nos lleva de la mano por escenas cómicas y delirantes, en la mayoría de los casos, aunque no faltan unas muy bien combinadas secuencias dramáticas en las que Borensztein nos introduce los interrogantes que rodean a esta curiosa metáfora de tintes urbanos. El guión es sólido, aunque no puedo evitar pensar que algunas de las escenas humorísticas no habrían funcionado tan bien de no tener a unos intérpretes tan buenos, pero para eso están los buenos actores. Y es que tanto Darín como Ignacio Huang clavan sus papeles, uno como el eterno solitario enfadado y el otro como el inocente (aunque muy observador) chino perdido. Impagables son algunas de sus escenas, como aquella en la que Jun se ofrece a cocinar (¡esa imitación de gallina!), o ver a Roberto en el día a día de su trabajo, lidiando con clientes finolis o con sus proveedores. Y es que el papel de Roberto, al que cuesta imaginar con un rostro que no sea el de Darín, es de esos personajes carismáticos que uno se encuentra de vez en cuando, tan bien trabajados desde el guión, y pulidos por el actor, que uno desearía que le dieran algo más de cancha, una serie de una o dos temporadas, o algo así. 

En definitiva, Un cuento chino es una de esas películas que hay que ver para sentirse humano de vez en cuando.

viernes, 24 de agosto de 2012

Please Do It At Home

¿Cuánto duraría el usuario medio español en el metro de Japón sin cometer ninguna infracción? ¿Cinco segundos?

jueves, 23 de agosto de 2012

Cleopatra Jones (1973)

My jurisdiction extends from Ankara, Turkey to Watts Tower, baby. ¡Nadie hace mesas con Cleo!
 
¿Quién ganaría en una pelea callejera, Cleopatra Jones o Grace Jones? Desde luego había ocasiones en que los ligues de Will Smith en El Príncipe de Bel Air eran de lo más interesantes, amén de que solían gastar unos cuerpazos increíbles (¡que ese director de casting me busque pareja!), pero, ¿puede haber alguien mejor que una chica con la que puedes debatir sobre Cleopatra Jones? Lo dudo mucho.

1973, Marvin Gaye tenía su Let's Get It On en las calles y el Blaxploitation estaba en su máximo apogeo, de suerte que la Warner Bros se decidió a financiar su propia película de acción negra. En cuanto uno ve al comienzo de la peli un avión bombardeando un campo de amapolas queda claro que no estamos ante un producto de la AIP. Y en cuanto vemos a Tamara Dobson enfundada en un glamuroso abrigo de pieles setentas (¡bueno, lo era en la época! Nada de pieles, gente, ya lo sabéis) con su grandioso pelo afro incólume queda claro que estamos ante una de las heroínas definitivas de la historia del cine. ¡Y he leído por ahí que fue incluso la más alta! Y es que con su casi 1.90 de altura Tamara había sido una imponente modelo que también se había metido en el mundo del diseño, y no me extrañaría que el estilismo que despliega durante el film fuera suyo.

Bueno, Cleopatra Jones es uno de los títulos referenciales del Blaxploitation, y no es de extrañar ya que ofrece acción sin ton ni son, persecuciones callejeras con potentes vólidos, y golpes de kárate y hapkido con zapatos de tacón. En este caso la protagonista, Cleopatra Jones, es una esbelta, bella y poderosa agente del gobierno empeñada en luchar contra las drogas que están arrasando a sus hermanos del gueto. A su causa se opondrá Mommy, una oronda capo de la droga algo lesbianilla quien con sus hijos trata de que Cleopatra no le chafe el negocio (me pregunto si esta Mommy no inspiraría cierto personaje de Futurama). La verdad es que resulta impactante ver a toda una Shelley Winters haciendo de Mommy y soltando un bitch cada dos por tres.

Evidentemente, ya sabéis lo que suele suceder con estas películas; aunque Cleopatra Jones está por encima de la media, más que un guión ultrasólido o una dirección implecable, sus alicientes residen en su estética callejera 70s, en sus grandes dosis de acción y en su carismática protagonista, la sin par (con par) Tamara Dobson, que hacela de un estupendo gracejo para la lucha cuerpo a cuerpo o para las frases irónicas. ¡Lo que debieron disfrutar las audiencias negras viendo a Tamara poniendo en su sitio a los policías blancos! Que por supuesto (aunque al menos aquí hay alguna excepción) suelen ser malvados y crueles y primero pegan a los negros y luego preguntan. Por supuesto es de obligada visión en versión original, porque hay escenas que carecerían de sentido dobladas, como esa hilarante secuencia en que Cleopatra irrumpe en el piso de un camello callejero, que pronuncia la siguiente frase inmortal: Shit! What's wrong with you woman? Why can't you just open a door like a normal person? Grande.

Junto a Tamara tenemos algún que otro secundario carismático, como Antonio Fargas, que nunca se perdía una de éstas, o el mítico Albert "doyoufeelluckypunk" Popwell y Bernie Casey, protagonista de Dr. Black, M. Hyde, en la que el científico de turno se convirte en ¡un asesino albino! Por dios, ese argumento promete. La dejaremos para otra ocasión.

Cleopatra Jones, un título referencial del Blaxploitation con mucho glamour, acción, patadas, música funk vocalizada por Millie Jackson (¿recuerdan su Back to the...?) y un deportivo con techo deslizante para mantener intacto el peinado afro. ¿Qué más se le puede pedir a una película? ¡Yo creo que nada!

martes, 21 de agosto de 2012

Prometheus (2012)

Ayer me amanecía con la sorprendente e impactante noticia de la muerte de Tony Scott, el hermanísimo de Ridley, aunque por lo que se ha comentado después quizás no resultara tan sorprendente. Capaz de lo mejor (siempre dentro del más puro entretenimiento) y de lo peor, debía de tener tantos detractores como seguidores. Era obligado comenzar con un recuerdo para él, sobretodo hablando de la última cinta de su hermano, pero dejaré para más adelante valorar su carrera y lo que para mí significaron sus películas. Llevaba dudando si hablar de ello o no, pero finalmente creo que dedicaré unas pocas líneas a Prometheus, el gran misterio rodado por Ridley en la era del 3D.

Estaba claro que Prometheus, introduciéndose en el universo que todos conocemos desde Alien, el octavo pasajero, iba a crear polémica, con acérrimos partidarios, acérrimos detractores, y gente diciendo "bueno, no es tan mala, pero es que tu esperabas una precuela de Alien". Curiosamente lo que más me ha descolocado es que yo lo último que esperaba era una precuela de Alien, dado que jugando al despite Ridley decía en las entrevistas que no era una precuela, que ocurría en el mismo universo, que no habría xenomorfos, y tal y cual. Y bueno, aun más curioso resulta comprobar que Prometheus no es una precuela, pero tiene más de precuela de lo que yo esperaba. Creo que en ese aspecto, como en muchos otros, la nueva historia con alienígenas queda en tierra de nadie. Aunque eso no es lo peor.

Ridley Scott. El candidato ideal para que sus detractores le tachen de sobrevalorado. Si su carrera fuera un disco, tendría tres temazos y el resto sería relleno. Se crió en la publicidad y sabe levantar grandes puestas en escena, pero lo que hay detrás es un gran vacío. No es un gran director. Bueno, sólo con lo de las puestas en escena ya me valdría, pero si alguien va a venir a decirme que la dirección de Los duelistas o Alien, el octavo pasajero es de un director mediocre, será mejor dejar la conversación en ese instante. Cuando quiera tratar con alienígenas incomprensibles volveré a ver La invasión de los hombres del espacio.

Bien, supongo que la filmografía de Ridley Scott no es la de Howard Hawks (le compararía con Spielberg, pero también habrá quien le considere sobrevalorado), y ha rodado films flojísimos, y desde luego ni siquiera ha igualado la calidad de sus tres primeros trabajos, pero tiene buenas películas en su haber, ningún clásico imperecedero, pero buenos trabajos con guiones buenos o correctos que no nos hacen morder el asiento de desesperación. De su filmografía última no hablaré porque no la conozco de primera mano, pero imagino que debe de haber cal y arena para repartir.

Y bien, evidentemente cuando Ridley anunció una especie de precuela (que luego no fue precuela, sino una historia en el mimo universo, y ha acabado siendo un extraño cruce de caminos) a Alien, el octavo pasajero, evidentemente la excitación hizo presa de mí, porque esa película es enorme y tanto sus fotogramas como los de Aliens llevan recorriendo mis venas desde niño. Cuando la cosa fue tomando forma y Ridley se fue explayando aquí y allá, también me encantó saber que coincidía conmigo en que el asunto de los xenomorfos (es decir, los aliens de toda la vida) estaba agotadísimo y que era mejor dejarlos en paz, o como mucho que fueran una parte secundaria de la trama, algo en lo que yo estaba plenamente de acuerdo. Ya en su comentario del DVD de Alien el director comentaba que más que unas continuaciones, sería interesante que alguien diera explicación, por ejemplo, a qué o quién era el Spacejockey, y qué hacían allí aquellos huevos. Así que, sí, el que fuera Ridley quien diera explicación a eso, me parecía estupendo. El cómo me tenía intrigado.

Pues bien, que me lleve el Diablo si Prometheus ha disipado alguna de mis dudas, más allá de saber quiénes eran los Spacejockey (el qué, y su posibilidad biomecánica, ha sido descartada). Aunque si ahora tengo que tragarme que aquello con lo que se topaba John Hurt era un traje espacial y no una carcasa o fósil, Ridley y sus guionistas pueden comenzar a degustar mi babeante xenomorfo rosa. De hecho Prometheus no sólo no disipa lo que pudiera corroer mi cerebelo (el origen del hombre no estaba entre esas cuestiones, desde luego), sino que además crea, tras haber visto la película, otras tantas más, en una nada disimulada forma de crear una nueva franquicia (huele a trilogía) y un abiertísimo final que sólo le faltaba el "To Be Continued" de Regreso al futuro. Quizás eso sea lo que menos me haya gustado, el saber que más que una película redonda se ha buscado una franquicia redonda, redonda como las monedas y la cara de Ben Franklin. ¿Resulta ya imposible obtener ambas cosas? En fin, recuerdo a Krusty sollozando cuando Bart le preguntaba por qué había puesto su nombre a artículos tan malos. ¡Ah, aquellos viejos camiones!

En fin, si Prometheus había de ser algo totalmente distinto, o una cinta basada en los Spacejockeys más que en sus criaturitas, o una simple precuela, al final ha resultado que es las tres cosas a la vez y ninguna, lo cual no deja de tener su mérito. El guión ha sido firmado por John Spaihts (un completo desconocido para mí) y Damon Lindelof, afamado guionista y cocreador de Perdidos. Porque esa es otra: la presencia de Lindelof ha llevado los debates internetiles sobre Prometheus a cotas de "friki wars" insospechadas, reavivando la cruzada de quienes defienden Perdidos a muerte y quienes la combaten por siempre jamás. Así que, ¿cuál es la verdad del asunto? ¿Pergeñaron Spaihts y Scott un tratamiento más en la línea de una precuela, pero luego Scott cambió de opinión y trajo a Lindelof y lo cambió todo? ¿Es Lindelof el culpable de todos los agujeros y sin sentidos del guión de Prometheus? ¿Spaihts no es tan inocente? La verdad es que más allá de estas especulaciones el último responsable es Ridley Scott, porque no le habrán puesto ninguna pistola en la cabeza para rodar ese guión (un camión repleto de dólares a la puerta de su casa tal vez sí) con personajes tan horribles y tristemente cómicos como el biólogo y su amiguete el geólogo punki (a quien me diga que había equivalentes a eso en Alien, el octavo pasajero me lo llevo por delante, lo juro), personajes secundarios sin carisma, subtramas sin pies ni cabeza, situaciones inverosímiles incluso para una película de ciencia ficción, y el momento "¡sin manos!" que me hizo a buscar por la pantalla a Leslie Nielsen en un cruce de cables bastante extremo. Amén de calcos de algunas situaciones y personajes de Alien que parecen haber sido fusionados en Prometheus en un ejercicio de imaginación que me valió algún que otro suspenso cuando usé ese recurso en la escuela.

Bueno, tampoco es que quiera destrozar la película, pero hasta aquí más o menos lo decepcionante de Prometheus en conjunto con lo que era el universo Alien y lo que ya conocíamos. No son fósiles, son trajes especiales. OK Ridley, la pelota es tuya. No ha sido falta. Ojalá hubiera estado Dan O'Bannon por aquí, a ver qué opinaba. Quizás a alguien, en alguna parte, se le encendió la bombillita precisamente cuando O'Bannon dejó este Valle de Lágrimas. Mmm creo que estoy pensando demasiado mal de Weyland-Yutani. De Ron Shusett no he encontrado ninguna opinión. Qué más da, supongo. ¡Sin manos!

Y bien, Prometheus, como precuela, no precuela, o lo que quieran decir que sea, respecto a la saga, es una película fallida, y quien diga que no, se merece un facehugger, o dos. ¿Quiere ello decir que Prometheus es un cagarro? Pues no, a pesar de que por momentos el guión era insultante, Prometheus resulta bastante entretenida. De hecho creo que la primera media hora promete, pero luego todo se va deshilvanando y todo lo que le queda a uno es el amor de un padre por su propia hija, o por un par (con afecto a la tercera) de películas. Porque he de reconocerle a Ridley que no ha bajado al nivel de Alien resurrección (el que siga habiendo gente que hable bien de ese engendro me aterra), a Dios gracias. ¿Y qué tiene de bueno Prometheus?

En mi opinión, un buen arranque, una, claro que sí, gran puesta en escena, que no abusa de los efectos de ordenador, un buen ritmo (oh sí, quien no se aburra, que se lo agradezca al caviar de la creación, y no al sobrevalorado Ridley), estupendos diseños (supongo que en la ciencia ficción actual eso importa tanto como las portadas de los discos, pero bueno, yo sigo valorando ambas), y unas pocas buenas interpretaciones. Las de Noomi Rapace (quien me ha hecho cuestionarme lo de ver la(s) saga(s) Millenium) y Michael Fassbender, que hace del sempiterno robot en estas historias alienígenas. En realidad no dejan de ser un trasunto de Ripley y Ash, pero bueno, me ha gustado cómo lo hace, con Noomi dejándose los ovarios (se han pasado con el momento calamar, pero bueno) y Fassbender que si sí que si no, y su actuación tan enigmática a lo Peter O'Toole (quizás me esté dejando llevar por los gustos del robot, pero entre las pintas y su rostro de nada, no podía dejar de recordarle, allá en el desierto). El gran Idris Elba de The Wire no tiene tanta suerte con su personaje, aunque ve más allá que todos los otros juntos (¡Bienvenidos al club de Bill Pullman!), y Charlize Theron tampoco es que nos haga temblar con su interpretación, pero bueno, muchos seguimos teniéndole un gran afecto. Ojalá hubiera hecho más flexiones. Y de cómo un papel que había de hacer Max Von Sydow lo acaba haciendo Guy Pearce, (los del Mediterráneo agradecerán la comparación estilística con Força Barça) es un giro que ya lo quisiera para sí Greg Louganis. El resto del reparto es cochambremente anecdótico.

Prometheus. Para mí, entretenida y rápidamente olvidable. Puede herir la sensibilidad de los amantes de Alien, el octavo pasajero. Ahora mismo dudo bastante que vea la secuela, ni siquiera en casa. Aunque hay cosas peores. Ese "Untitled Blade Runner Project" me da escalofríos. Y no llevaré mi humor negro más allá.

domingo, 19 de agosto de 2012

Julie Ege

Ésta es Julie Ege, una modelo y actriz noruega que se dejó ver en 007 al servicio de Su Majestad, y en algunos films de la Hammer, entre otros trabajos.  


Con Ian Anderson de Jethro Tull

jueves, 16 de agosto de 2012

Vidas rebeldes (1961)

What makes you so sad? You're the saddest girl I ever met. Gay Langland poniendo voz a los pensamientos de muchos de aquellos que conocieron a una estrella llamada Marilyn Monroe.

Hay muchas razones por las que un norteamericano viajaría a Nevada. Para perderse en su naturaleza salvaje, sus rojas montañas o sus inhóspitos desiertos. O más probablemente si visitarían el "Silver State" sería para probar fortuna en Las Vegas, o la que había sido la capital del juego de la nación, Reno. Aunque podrían haber otras razones. Las leyes de Nevada no son sólo laxas en cuanto al juego, también lo son en cuanto a los matrimonios y los divorcios. Y en una época en que disolver un matrimonio no resultaba tan fácil como ahora, Nevada podía ser el lugar ideal para tramitar un divorcio si uno tenía prisa y quería asegurarse de que obtendría el mismo. Por eso, en marzo de 1956 un insigne dramaturgo, Arthur Miller, siguió el camino que habían recorrido muchos otros hacia los jugados de Reno, o Carson City, y presentar una demanda de divorcio de su primera mujer. Para entonces ya era sabido por todos que estaba mantiendo una relación con Marilyn Monroe, por lo cual no tenía sentido seguir con la farsa. Y fue en ese entorno, inspirado por dos vaqueros que conoció y que se dedicaban a cazar caballos para proveedores de carne para comida de gatos y perros, donde Miller comenzó a darle vueltas a una historia que bien podría ser su siguiente éxito teatral. Aunque acabó siendo Vidas rebeldes, el film más personal, y seguramente el mejor, que jamás protagonizara la mítica actriz rubia.

Pocos años después, en 1959, sonó un teléfono en St Clerans, la mansión irlandesa donde el director John Huston había establecido su residencia. Se trataba del productor Frank Taylor, quien estaba interesado en saber si John querría dirigir un guión por el prestigioso Arthur Miller. El veterano director no tuvo que pensárselo mucho. En cuanto leyó el guión le comunicó a Taylor que deseaba dirigirlo. Era lo mejor que había recibido en bastante tiempo.

En 1956 un recién divorciado Arthur Miller declaraba que nunca escribía para actrices. Evidentemente la pregunta del periodista había sido si escribiría un papel para la que era ya su esposa, Marilyn Monroe. Pero poco a poco la protagonista de su historia inspirada en Reno, Roslyn Taber, comenzó a tomar las facciones de su mujer, especialmente después de que ésta sufriera un aborto. Fue entonces cuando el dramaturgo se decidió a hacer de su obra The Misfits (el título original de la película) un regalo de San Valentín para Marilyn. Pero para cuando la producción se puso en marcha su matrimonio ya estaba condenado. El intelectual Miller no parecía que hubiera podido hacer más feliz a la estrella rubia que cualquiera de los hombres que hubiera estado con ella. Además, también se había mostrado incapaz de apartar a Marilyn de su adicción al alcohol, los somníferos y toda clase de píldoras. Fuera lo que fuera lo que la actriz buscó en vida, tampocó lo encontró en el autor de Muerte de un viajante. Aun así, Miller decidió seguir luchando por su matrimonio, y por su obra, que había sido creada por y para Marilyn. Nadie salvo ella podía ser Roslyn.

En la segunda mitad del siglo XIX Reno se había convertido en un importe centro comercial y agrícola, y en sus calles se habían cerrado muchos tratos entre ganaderos y proveedores. A finales de la década de 1950 parecía ser uno de los últimos lugares en los que poder contemplar a viejos vaqueros, los últimos de una estirpe que habían construido una nación cuidando del ganado y domando caballos. Imbuído por ese ambiente, a medio camino entre la vieja nación de colonos y el país industrial, Arthur Miller había pergeñado una historia agridulce sobre un grupo de inadaptados que no parecen encajar en ningún lugar, y tratan de buscar apoyo entre sí, pivotando alrededor de una chica que parece estar tan llena de preguntas como ellos mismos.

El guión de Vidas rebeldes no fue un trabajo cerrado listo para rodar. Miller se trasladó a Reno con el reparto y el equipo de rodaje, y siguió reescribiéndolo durante la producción, enriqueciendo los personajes con experiencias, vivencias o simples interpretaciones del dramaturgo de los actores que los encarnaban. Desde luego no cabía duda de que Roslyn era Marilyn, la chica hipersensible y vulnerable necesitada desesperademente de amor y afecto, y de una figura paternal que invariablemente nunca podrá encajar en su exigente molde de niña abandonada. John Huston comentaría más tarde que la Monroe no parecía actuar en ningún momento; rebuscaba en su interior y los sentimientos de su personaje parecían florecer sin problemas. Era una actriz del Método, pero los sentimientos de Roslyn, sus diálogos, sus risas y sus lágrimas, parecían sobreimpuestos a los de la propia actriz. 

Resulta bastante probable que Miller también rehiciera sobre la marcha el personaje de Perce Howland, el joven jinete de rodeos que interpretaba Montgomery Clift, y que en la película parece huir de un hogar en el que su madre, tras haber enviudado, contrae matrimonio con un hombre que parece absorverla; reminiscencia, quizás, del propio padre de Monty, que bebía los vientos por su esposa. Guido, un piloto insatisfecho consigo mismo, sería interpretado por Eli Wallach, a petición de Marilyn, y el papel de la vivaz Isabelle parecía ideal para Thelma Ritter.  

El protagonista masculino, el veterano vaquero Gaylord, parecía tener más en común con el propio John Huston: amante de la naturaleza y los espacios abiertos, bebedor, sensible a su modo, aunque rudo en ocasiones, e incapaz de ser el padre que siempre está allí para sus hijos. El director le ofreció primero el papel a Robert Mitchum, quien no se mostró demasiado interesado. Aunque trataron de reescribir el guión para ajustarlo a sus necesidades, para entonces el actor ya se había comprometido en otro proyecto. 

El guión de la película le llegó a Clark Gable por correo mientras se encontraba rodando en Europa. El  legendario actor que había parecido el único capaz de ocupar el trono de Valentino y que en los años 30 y 40 se había convertido en la estrella masculina de Hollywood por excelencia, capaz de cambiar la moda para hombres con sólo quitarse la camisa, había comenzado a sucumbir al peso de los años, la bebida y el auge de nuevas y más jóvenes estrellas. Por supuesto seguía siendo una leyenda y su presencia seguía imponiendo respeto en los platós, pero tras dejar la MGM por voluntad propia la crítica no dudó en destrozar alguna de sus películas cuando lo creyó necesario, como fue el caso de La esclava libre, y las nuevas generaciones no acudirían a los cines sólo por ver su nombre en la pantalla; aunque seguían siendo raras las ocasiones en que una de sus películas no acabara dando dinero. Por eso Gable se sintió algo confundido al recibir el guión de aquella extraña película de vaqueros repleta de diálogos y poca acción. El veterano actor sin duda supo apreciar la calidad el guión (aunque Arthur Miller contaba que al principio Clark no pareciera entender de qué iba la película), y el hecho de que por una vez su personaje no le demandara ser simplemente Clark Gable el macho, sino algo más profundo. Lo cual podía ser un arma de doble filo. ¿Estaba el público preparado para algo así? La carrera de Gable no se había caracterizado por sus continuos cambios de registro. Por otra parte, a sus sesenta años no iba a tener muchas más oportunidades de cazar un papel así. La estrella prometió que se lo pensaría mientras acababa con sus compromisos en Europa.

Muchos de los amigos de Clark vieron en aquel guión un suicidio comercial. Arthur Miller podía ser un gran dramaturgo, pero nunca había escrito un guión, y, en definitiva, ¿acaso no quería al público al galán de siempre, rudo pero con un punto romántico, vivaz y despreocupado como un niño? Aquel drama de vaqueros inadaptados no daría un céntimo. Pero el actor supo ver más allá, y tras encontrarse con Miller, aceptó el papel a cambio de un jugosísimo contrato.

Vidas rebeldes, un film considerado maldito en más de un sentido, iba a suponer el último trabajo tanto de Gable como de Marilyn, aunque ésta aun llegaría a iniciar la inconclusa Something's Got to Give. La posterior muerte de Clark se achacó tradicionalmente al sobreesfuerzo que supuso para él rodar esta película. Para empezar, tras años de excesos, y una suculenta estancia en Italia, el actor había sobrepasado los cien kilos de peso. Para su papel de vaquero debía perder al menos quince kilos, por lo que Gable se dedicó a intensificar sus partidos de golf y a seguir una estricta dieta que para algunos fue demasiado extrema. Fuera así o no, el actor perdió todos esos kilos, preparado para rodar.

Lo cierto es que el rodaje de la película iba a hacer honor a su título original, creándose un microclima que parecía reproducir la trama del guión, aunque éste no iba a dejar de cambiar cada día durante el rodaje. Para empezar se había preparado asistencia médica las 24 horas del día, debido principalmente a las adicciones de Marilyn y Montgomery Clift. La estrella rubia evidentemente no sólo no había cambiado su caótico proceder en los rodajes, sino que lo había empeorado. Huston había retrasado una hora el inicio habitual del rodaje con las estrellas, con la esperanza de que eso ayudaría a la actriz a ser puntual, pero evidentemente esa idea sólo fue una vana ilusión. La actriz seguía obsesionada con dormir las horas suficientes para que su imagen en la pantalla siguiera respondiendo a lo que el público esperaba de ella, y para ello estaba cada vez más inmersa en una loca rutina de tranquilizantes y estimulantes que hacían su conducta cada vez más errática. Aunque si alguien no necesitaba al médico era Monty Clift, quien llevaba a todas partes consigo un maletín repleto con drogas y fármacos de todas clases. Ello no era óbice para descorchar botellas de licor. De hecho cuentan que una noche de copazos juntos Gable se vio sorprendido al comprobar que Clift no sólo podía aguantar su ritmo sino que le dejaba atrás. Por supuesto el propio John Huston no fue ajeno al consumo etílico, y dicen que alguna mañana tras haber estado festejando el director se amodorraba entre toma y toma. Vidas rebeldes debió ser uno de los rodajes más viciosos de aquel año, y tan sólo Eli Wallach y Thelma Ritter parecían ajenos al desfile de excesos que estaban llevando a cabo el resto del equipo, especialmente Marilyn y Monty.

El presupuesto de la película, que ya era elevado de por sí (sobretodo teniendo en cuenta que contaba con tres de las estrellas mejor pagadas de su tiempo), continuó creciendo mientras día tras día Marilyn se retrasaba y retrasaba, habiendo incluso días en los que no aparecía por el plató. Y teniendo en cuenta que era la protagonista de la película y estaba en la mayor parte de escenas, eso dejaba al resto del equipo con poco que hacer salvo esperar. Esa falta de profesionalidad no sólo hizo que Clark no sintiera demasiado afecto por la actriz, sino que además le llevó, dicen, a decidirse por rodar él mismo las escenas peligrosas con los caballos, incluyendo el ser arrastrado por el suelo a casi 50 kilómetros por hora. Todo ese trabajo físico, unido al posterior fallecimiento de Clark, ha llevado a muchos a pensar desde entonces que fue la causa principal de la muerte del actor. El propio Huston, mientras montaba la película, y con la noticia del ataque fatal en la prensa, parece que llegó a afirmar, mientras revisaba esas escenas de acción, que todo el mundo pensaría que aquella habría sido la causa. Aunque tras la muerte del actor quien tuvo una explicación distinta fue Kathleen, la esposa de Gable, quien en una entrevista con la viperina Louella Parsons dio a entender que más que el trabajo físico fue la tensión de la espera lo que acabó con Clark. Aunque estando Louella de por medio no sé si daría mucho crédito a esas palabras. Pero desde luego aquel fue un rodaje agotador, no sólo para Gable, sino para todos; ¡dicen que hasta la propia Thelma Ritter tuvo que ser hospitalizada por agotamiento!

Lo cierto es que si algo hay que destacar del trabajo de Gable en Vidas rebeldes, más que sus, por otra parte, loables esfuerzos físicos próximo a cumplir la sesentena, es su maravillosa y emocionante interpretación, que no sólo es cautivadora, sino que demostraba de una vez por todas que Clark Gable podía hacer un papel alejado de su propia persona, y no un trasunto más de Peter Warne o Rhett Butler. Además, para un veterano de la industria como él, era un reto trabajar con tres refulgentes representantes del Método como eran Marilyn, Elli y Monty, lo que implicaba frecuentes improvisaciones, o profundas concentraciones intimistas antes de que comenzar a rodar, algo que sin duda debió de descolocar al viejo actor, acostumbrado a aprenderse unas frases y fingir de una u otra manera. De hecho Montgomery y Clark comenzaron el rodaje recelando el uno del otro. Aunque todos en el plató no podían evitar verse afectados, de una u otra manera, por la leyenda que arrastraba consigo Gable, alguien como Clift respetaba más bien a poco a una estrella que, según su opinión, no había hecho más que interpretar el mismo papel durante 30 años. Por su parte, y como muchos otros actores de su generación, Clark no se sentía cómodo tratando con un homosexual, aunque desde luego lo llevaba mejor que John Wayne. Sin embargo ya desde el primer momento Gable tuvo que rendirse a la evidencia de que Clift era un grandísimo intérprete, especialmente después de que el torturado actor rodara una difícil y larga escena (la de la cabina de teléfonos) en una sola toma. Aunque alguien tan perfeccionista como Monty se quedó sorprendido cuando Huston la dio por buena a la primera, el resto del reparto quedó impresionado por esa demostración de talento. Aun así Montgomery comenzaba ya a ser presa de sus adicciones, y cuando no le daba por improvisar, mascullaba o se equivocaba en sus frases, demasiado frecuentemente para un viejo profesional como Clark. Quizás entre los retrasos de Marilyn y las equivocaciones de Monty finalmente Gable llegó al fin de su paciencia y decidió pagarlo con Clift, soltándole un par de improperios, uno de ellos bastante claro y conciso, "maricón", pero la ingeniosa respuesta de Monty (it took one to know me) hizo gracia a la vieja estrella, con lo que no tardaron en trabar una pequeña amistad. De hecho, a pesar de sus iniciales diferencias con Clift, y el que Marilyn lo volviera loco con sus retrasos, Gable se convirtió en una especie de figura paternal para el reparto, convirtiéndose en el escudo tras el que se protegían de las frecuentes iras del gruñón Huston, quien conocía bien a Clark y sabía que estaba tratando con un igual, con lo que poco podía hacerle a él. Aun así, Gable llegó a tener un serio encontronazo con Monty durante el rodaje, en la escena en que conducen hacia el rodeo. Sobreexcitado, ya fuera por haberse metido demasiado en situación, o por cualquier otra causa, Clift no paraba de golpear la espalda de Clark para demostrar su gran entusiasmo. Gable, que no estaba acostumbrado a esas licencias del Método, le pidió que no lo hiciera más, ya que sufría de dolores de espalda. Clift siguió con lo suyo, y el que Gable le enseñara los moratones que tenía en su espalda no pareció frenarle. Evidentemente a la siguiente toma Clark estalló y le dejó las cosas bien claras a su compañero: I'm going to hang one on you, you little bastard, if you do that again! El inestable Monty no pudo con ese exabrupto y rompió a llorar. ¡Daría mucho por ver la cara que puso Clark entonces!

El complicado rodaje continuó, acumulando retrasos y disparando el presupuesto (para empezar, por cada semana de retraso Gable se embolsaba 48.000 dólares), toma tras toma, con Marilyn y Monty equivocándose, Clark dedicándose a escenas peligrosas, y Elli a la espera, aunque siendo como era íntimo de la actriz rubia, seguro que se mostraba comprensivo. A todo eso hay que sumar la tensión que se acumulaba en el plató, ya que el matrimonio entre la Monroe y Arthur Miller se derrumbaba a pasos agigantados ante los ojos de todos, con Marilyn dedicándose a ridiculizar a Miller en público cada vez que podía, y con su nutrido grupo de asistentes, consejeros y admiradores haciendo lo mismo (hoy lo llamarían mobbing supongo). Contaba Huston que una noche se encontró a Miller solo en el rodaje de exteriores, de los que cuales Marilyn y su troupe se habían largado sin ofrecerle un sitio para volver (!). Pero Arthur se tomó todos esos ataques estoicamente, quien sabe si porque ya tenía en mente su obra teatral After the Fall, en la que muchos han visto un más bien poco sutil ataque a Marilyn. Con todo, cuentan las malas lenguas que Miller aceptó a recortar alguna que otra escena de Elli Wallach por petición de Marilyn, quien temía que su amigo la acabara eclipsando.

Durante el rodaje de Vidas rebeldes Marilyn tocó fondo, como se suele decir, y la producción hubo de suspenderse dos semanas mientras la actriz era ingresada en un centro de desintoxicación. Quizás algo inocentemente, Huston albergó esperanzas de que ese descanso haría cambiar las cosas. Pero la actriz volvió muy pronto a las andadas, y los retrasos y las incomparecencias no se hicieron esperar. Mientras, Miller y Huston comenzaron a discutir cada día cuando tuvieron un encontronazo acerca del orden en que debían ser cazados los caballos mustang en una de las secuencias clave del film. Harto de levantarse cada día con un guión diferente, Gable, que tenía derecho de veto y aprobación en el guión y el montaje, se plantó y se negó a que Miller continuara reescribiendo el guión. Finalmente, cuando Huston impuso su punto de vista al dramaturgo, el actor accedió a ese último cambio ya que comprendió que mejoraría la secuencia. Cuando el eterno rodaje llegó a su fin, todos respiraron aliviados.


A pesar de las complicaciones, era evidente que Vidas rebeldes tenía madera de clásico. Tenía todos los ingredientes para serlo: la fuerza que el experimentado Huston confería a los planos, el excelente guión de Miller, y uno de los repartos más sólidos de la época rayando a gran altura: la veterana Thelma Ritter en uno de esos papeles dicharacheros que se le daban tan bien; Eli Wallach demostrando que más que promesa era ya toda una realidad surgida del Actor's Studio; Montgomery Clift, quien podría tener un maletín cargado de drogas pero seguía siendo capaz de sentar cátedra casi en cada escena; una Marilyn que en cada frase parecía dejar un pedazo de su alma, y un Gable que sencillamente dio la mejor interpretación de su carrera, o al menos la más real y conmovedora. Miller afirmaba que tras ver los últimos copiones la veterana estrella afirmó que realmente aquella era su mejor película y su mejor interpretación. Como cualquier gran clásico, Vidas rebeldes tiene muchos momentos memorables: la conversación telefónica de Perce, el diálogo en la parte trasera del bar entre Marilyn y Monty, las reflexivas frases de Guido, el personaje de Wallach, o la lucha de Gay contra el semental. Aunque si tuviera que quedarme con una, creo que sería con la secuencia en la que Gable nos estremece, totalmente borracho, llamando a gritos entre la multitud de Reno a sus hijos, que no han querido saber nada él. Clark no era producto del Método, y no le hizo falta para demostrar de lo que era capaz en una de esas secuencias que te pueden dejar seco en un mal día. Sencillamente grande.

Muchas otras estrellas, a lo largo del tiempo, no han tenido la última película que merecían, pero por suerte Gable se despidió de este mundo habiendo finiquitado una despedida cinematográfica a la altura de su leyenda. Dos días después de que terminara el rodaje, el actor tuvo un grave ataque de corazón. Moriría diez días después en el hospital, cuatro meses antes de que naciera su primer hijo varón, John Clark. El actor no pudo ver el estreno de Vidas rebeldes, pero dejó este mundo, en lo que al cine se refiere, más que satisfecho. El film se estrenó finalmente en febrero de 1961. Alrededor de un año después sería Marilyn la que dejaría este mundo. Y cuando unos pocos años después le tocó el turno a Monty Clift, aquella noche programaban Vidas rebeldes. El actor se negó a verla. Y aquellas palabras a su secretario fueran las últimas que le dirigió a nadie: absolutely not.

Como era de esperar, Vidas rebeldes no tuvo una gran acogida entre el público. Era una película difícil, oscura, melancólica, y allí nada era lo que la gente esperaba: ¿dónde estaba la vivaracha Marilyn? ¿por qué Gable estaba tan raro? ¿de qué porras hablaba Elli Wallach? Pero, por supuesto, un film de ese calibre estaba destinado a perdurar. Por siempre.

El Rey ha muerto

¡Viva el Rey! 


miércoles, 15 de agosto de 2012

Oh Susannah

Estuve ayer en casa de un amigo escuchando el nuevo de disco de Neil Young, Americana, y no sonaba nada mal la verdad. De vuelta con los Crazy Horse, algo así no podía fallar supongo.

domingo, 12 de agosto de 2012

El padrino de Harlem (1973)

Black Caesar (que aquí titularon El padrino de Harlem, por eso de referencias de éxitos más cercanos) constituye otro de los clásicos Blaxploitation cocidos en la American International Pictures y distribuidas por la MGM. Escrita, producida y dirigida por Larry Cohen, no dejaba de ser una revisión del clásico de 1931 Hampa Dorada, con las mismas premisas: un astuto y ambicioso chico de la calle, decidido a no ser uno más en el engranaje de los bajos fondos, se labra su camino hasta la cima a base de violencia y terror. Black Caesar representaba una nueva historia de auge y caída, situada esta vez en las calles de Harlem.

Como muchos otros títulos del género, Black Caesar basa gran parte de su atractivo en su protagonista, en este caso el fumador de puros Fred Williamson, una antigua estrella de la NFL que tras retirarse del fútbol se había metido a actor logrando establecerse como un rostro conocido en Julia, una serie de la NBC con protagonista de color: Pero fue el papel de gángster de Tommy Gibbs que interpretó en Black Caesar el que le estableció como una estrella durante los 70. La historia comienza en los 50, con un joven Gibbs que ejerce de limpiabotas, aunque en realidad trabaja haciendo trabajitos para la mafia. Tras recibir una paliza de un policía, y sabiendo que va a ir a la cárcel, Tommy se decide a prepararlo todo para cuando salga. Cuando salga no será un mandado más; levantará su propia organización criminal y con las ganancias ayudará a sus hermanos negros. O, al menos, ése era el plan.

Black Caesar, sin ser nada del otro mundo, ofrece los habituales ingredientes de entretenimiento para la gente del gueto de la época: violencia, sangre falsa barata, algún desnudo aquí y allá, excelenta música soul a cargo de todo un James Brown, y las lujosas patillas de un Williamson que debió hacer disfrutar a su público humillando a todo blanco que se le ponía por delante en la peli, mafiosos incluidos. El arranque desde luego es prometedor, con el fabuloso tema central "Down and Out In New York City" atronando en los altavoces, aunque poco a poco no tardaremos en darnos cuenta de que una vez más la American International Pictures no se molestó en contratar a Graham Greene para el guión. De todas formas resulta excitante la parte en que Gibbs comienza su escalada hacia la cima, tiroteando y lanzando bombas, y derrochando glamour por las calles de Harlem, con el inevitable plano del legendario teatro Apollo. Sin duda el plano de la película. Sin estar rodado de forma sublime, ya que no resulta todo lo agónico que debiera, el final de la película cuenta con la baza del entorno y, sobretodo, de que "Down and Out In New York City" vuelve a sonar, aportando ese espectacular dramatismo soul que debía impregnar las últimas imágenes de Black Caesar. Porque allá donde no lleguen el guión o el director, siempre nos quedará la BSO del verdadero gran padrino, ¡The Godfather of Soul!

sábado, 11 de agosto de 2012

jueves, 9 de agosto de 2012

Polisse (2011)

A veces me pregunto de qué estarán hechos médicos, policías, psicólogos, y profesiones del estilo, que cada día ven lo peor del género humano. Especialmente aquellos que trabajen en homicidios, abusos de menores, etcétera. ¿Cómo hacen para disociar su trabajo de su vida privada? ¿En qué medida les afecta? ¿Crean para ellos mismos una máscara que dejan en el trabajo? ¿Son menos sensibles que la media? ¿O simplemente uno se acaba acostumbrando a cualquier cosa? 

La verdad es que un punto de partida bastante interesante, pero en el género policíaco, pongamos por caso, no se le suele dar demasiada cancha en favor del entretenimiento y de otros objetivos que no son el de analizar una cuestión así. Polisse nos acerca a la rutina de una brigada policial parisina de la Unidad de Protección de menores, un grupo de personas que se enfrenta cada día a casos de abusos, explotación y violencia de todo tipo. De su rutina, y de cómo se enfrentan a ella individualmente, es de lo que trata esta película.

El proyecto nace del interés de la actriz y directora Maïwenn por esa unidad policial tras ver un documental. El hecho de que se reservara para sí misma el papel de una fotógrafa que es destinada a retratar la rutina de esos policías no resulta de extrañar ya que la propia Maïwenn pasó tiempo con una Unidad de Protección, por lo que supuestamente todos los casos que vemos en la película son reales. Coescrita junto a la también actriz y directora Emmanuelle Bercot (que también interpreta un papel) Polisse es un drama con tintes de semidocumental que nos sumerge en un duro día a día en el cual la pederascia, el proxenetismo de menores y la violencia entre adolescentes es la norma.

Sin un protagonista demasiado claro (aunque unos personajes destacan más que otros, como el de la propia Maïwenn), Polisse nos ofrece un reparto coral en el que vamos saltando de un personaje a otro y una situación a otra, sin ningún nexo de unión aparente, salvo el de la evolución de la fotógrafa dentro del grupo policial, y las relaciones internas de éste. Aun así resulta difícil llegar a identificarse con ningún personaje, con la imagino sana intención de ofrecer un retrato fiel a la realidad y que no resulte artificioso o demasiado cinematográfico (aunque en ese caso podía haber prescindido de su relación amorosa con uno de los policías que tampoco aporta demasiado al conjunto). Los casos que nos ofrece la trama son como arquetipos que nos han de servir para hacernos una idea de conjunto. Es decir, evidentemente en una unidad policial así han de destacar por fuerza los abusos de menores, con lo que Maïwenn nos hace enfrentarnos a distintos abusos protagonizados por distintas víctimas de distintas edades, y diferentes abusadores. Entre las primeras las hay desde hijas desesperadas por los abusos de sus padres o familiares, hasta chiquillos quizás demasiado pequeños para entender lo que ha ocurrido, y siguen albergando simpatías hacia sus abusadores. Entre éstos, también nos ofrecen varios perfiles: desde un abuelo que trata de negar la evidencia pero poco va cediendo en la interrogación, hasta un entrenador de gimnasia que inmediatamente se derrumba en sollozos y firma la confesión, pasando por una madre con algún tipo de problema psiquiátrico, o quizás simplemente demasiado ignorante, que masturba a sus pequeños para que duerman mejor, y les zarandea sin percatarse de que esa no es una conducta aceptable. Y después el peor de todos, un padre psicopático que no sólo se regodea en sus declaraciones, sino que además resulta ser alguien con contactos lo bastante poderosos como para salir, aparentemente, indemne del trance. Y digo aparentemente porque en la mayoría de ocasiones no sabemos qué ocurre después. Como policías, una vez pasan a los jueces, sus casos se pierden de vista.

Aparte de los abusos sexuales, la unidad también se enfrenta con el proxenetismo, niños mendigos, madres inmigrantes que están en la calle y ya no pueden hacerse cargo de sus hijos (espeluznante la escena en que una mujer subsahariana ha de despedirse de su hijo, ya que los albergues sociales sólo aceptan al pequeño), etcétera. Con todo este historial no es de extrañar que nos preguntemos cómo situaciones así pueden no afectar a aquellos que tienen que lidiar con ellas cada día. Y Polisse también nos muestra, a trozos y en pequeñas escenas aquí y allá, cómo se relaciona cada uno con esas situaciones: desde el comisario jefe, sentado en su despacho, que sólo lee papeles y se guía más por la política que por otra cosa, al jefe de la unidad, que parece ser de esos que ha logrado no llevarse toda esa carga emocional a casa, tirando de pragmatismo. Aunque luego veamos que en sus problemas conyugales esa carga pesa más de lo que pudiera parecer. Y así ocurre más o menos con todos, que lidian con el tema según su personalidad y bagaje vital y cultural. Así tenemos a un recio policía con bastante pronto cuyas infidelidades le están costando el matrimonio, y que afectado por lo que ve cada día se muestra incapaz de tocar a su hija mientras la ayuda en el baño; o a una policía bulímica, que parece tomarse su trabajo más en serio que ninguno, debido quizás a que ella misma sufrió algún tipo de abuso en su niñez. Y así vamos viendo como cada uno se enfrenta a las consecuencias de su trabajo, y en qué grado les llega a afectar.

Evidentemente con la temática que trata, y el tono realista en que están tratados los casos, Polisse resulta una película bastante dura, no apta para el público más sensible, aunque Maïwenn ha tenido el acierto de ir soltando píldoras de relajante humor aquí y allá. También los miembros de la Unidad han de recurrir de vez en cuando a la risa para no volverse locos ante tanta tragedia, como veremos en una delirante secuencia en la que interrogando a una adolescente que ha hecho varias felaciones a sus compañeros o amigos para que le devolvieran un móvil, los policías no pueden evitar partirse de la risa ante un hecho tan rídiculo dentro de su gravedad.

Polisse no es una película perfecta, pero pesar de su algo errática dirección en determinados momentos, y una parte central que renquea un poco, ofrece una historia difícil pero muy interesante y diversos personajes que destacan por encima de otros más por su buen hacer o carisma que por su retrato. El final, además, seguro que no dejará a nadie indiferente.

martes, 7 de agosto de 2012

Operación Masacre (1972)

Trece años antes de que Commando lo petara el Blaxploitation ya nos ofreció a un experto militar (en este caso un ex-Boina Verde) vengándose de los malutos que le habían hecho daño, en este caso unos mafiosos de toda la vida que hacen volar por los aires al padre del sudodicho militar. Y es que el papá de nuestro protagonista, el capitán Slaughter, por lo visto tenía sucios contactos con esos macarroni, pero lo malo es que no calcularon bien y se llevaron por delante también a la mamá de Slaughter, y por ahí el fornido militar sí que no pasa. Así que pistola en mano se va a esperar una avioneta que ha de llegar con el maluto que ha ordenado la masacre, pero no sólo no lo mata, sino que además fastidia una operación policial. Y ésa es la premisa de Operación Masacre, una cinta de acción protagonizada por el Schwarzenegger del Blaxploitation, Jim Brown, quien rivalizó en bigotón con Fred Williamson en aquellos viejos días de poder negro.

El que el protagonista se apellide Slaughter ya da bastante juego en un film de estas características, ya que uno se topa con frases tan curiosas como "lo siento señor Masacre, no pudimos salvarla", pero Operación Masacre no es cinta de tontas frases curiosonas, sino que ofrece acción sin sentido, sexo consentido, golpes, tiros y más golpes a cargo del nervudo Brown y su todavía más nervudo afro. Y es que después de que Slaughter fastidie la operación policial, el jefazo de turno le ofrece un trato: olvidar la que ha montado a cambio de que trabaje para el gobierno, allá en Sudamérica (aunque creo que el equipo de rodaje como mucho llegó a Méjico lindo), y dé caza al capo Mario Felice. A cambio le darán en bandeja a su mano derecha, Dominic Hoffo, que es el mafioso al que se le fue la mano llenando de dinamita a los papás de Slaughter. El veterano militar acepta y allá que se va, acompañado por un hombre de la organización, el blanquito Harry.

Me temo que en Operación Masacre no van a encontrar una digna rival de Apocalypse Now, pero si aun están leyendo esto sabrán que el Blaxploitation ofrecía diversión sin tapujos y por lo general barata, y con esos bajos presupuestos los directores hacían lo que podían. Unas veces salía mejor y otras peor, pero a falta de profundos mensajes uno simplemente se puede dejar llevar con los mamporros, las fracasadas frases de tipo duro, el sexo, y el carisma del alto y bigotudo Jim Brown. No creo que aquí encuentren planos inolvidables, pero no cabe duda de que la peli intenta entretener a toda cosa. Tampoco creo que hayan oído hablar nunca del director, Jack Starrett, y desde luego por alguna razón será. No creo que el bueno de Jack llegara a inquietar por las noches a Stanley Kubrick, pero es un tipo que merece su entrada propia, amigos. Para empezar le conocerán más por su faceta de actor; se le daban muy bien los papeles de redneck y sheriff, como bien demostró en El equipo A o en Acorralado. De hecho si la premisa de Operación Masacre les ha sonado de algo, será porque deben haber visto Rambo II. Ah, pobre Starrett, el se adelantaba pero otros se llevaban la gloria... Pero ya hablaremos del buen Jack otro día.

Lo cierto es que aquí no hay selvas ni vietnamitas, y sí casinos de lujo (aunque yo juraría que estamos en una alberca reconstruida o algo), mafiosos con ¡atención! superordenadores (la verdad es que esa parte de la trama no la he acabado de entender; el guión de Operación Masacre es demasiado complejo para mí), chicas sexys, y, creo que lo he mencionado ya, mamporros y disparos. Y el bigote de Jim Brown, que impone mucho respeto.

Además de Jim hay que mencionar al también carismático Don Gordon, quien como es blanco tiene que hacer penitencia en esta ocasión haciendo de Harry, el ayudante de Slaughter que es un fracaso ligando y que aporta fallidas frases humorísticas aqui y allá. En sus hombros llevó la carga de tantas caras pintadas de negro en el viejo Hollywood. El respetado intérprete de Broadway Rip Torn encarna aquí al psicótico Hoffo, que es como el Martin Landau de Con la muerte en los talones pero más locuelo y despeinado. Aunque quizás quien destaque más por encima de todos ellos sea la nunca suficientemente ponderada y piropeada Stella Stevens, con unos por entonces treinta y muchos muy bien llevados (de hecho a su lado muchas veinteañeras de entonces y de ahora quedan empequeñecidas y fuera de concurso), y cuyas tórridas escenas valen por filmografías enteras de mayor presupuesto y con mejores guiones y más premios. No hay palabras heterosexuales para describirlo, amigos. Pero en momentos así me acuerdo de Atom Rhumba.

¡Atención! ¡Atención! ¡Stella Stevens va a salir de la ducha!
Operación Masacre: mafiosos tiroteados, Don Gordon echando de menos a Steve McQueen, desnudos de Stella Stevens, descamisadas persecuciones de Jim Brown, ausencia total de ínfulas de autor, y ningún efecto de ordenador. Sapristi, ¡no es tan difícil, productores de Alien vs. Predator!

domingo, 5 de agosto de 2012

Drácula negro (1972)

¡Es negro! ¡Es hermoso! Es... ¡Blacula! Desde luego la publicidad de la época no podía decirlo mejor. Ahora que el color negro era bello, era hora de profundizar en el entretenimiento cinematográfico más allá del mundo de las drogas, los camellos y los detectives. Los guetos se merecían sus propios héroes románticos, ¿y qué mejor mito romántico que el de Drácula? O eso debieron pensar en American Pictures, que de repente se sacó de debajo de la manga esta película pasada de vueltas, con el primer vampiro negro que era más cool y elegante que ningún otro, y además, cuando entraba en modo vampirerker, ¡le crecían las patillas! Delicioso. ¡Poder negro patillero inmortal! Drácula negro, agárrense los machos.

La cinta arranca en el siglo XVIII, allá en Transilvania, donde un príncipe africano y su esposa están de gira diplomática tratando de hacer ver a las potencias europeas lo execrable que es eso de la esclavitud. Alojados en el castillo del conde Drácula, tras una agradable cena el príncipe negro, llamado Mamuwalde, le menciona a Drácula eso de la esclavitud, y el malvado conde, que es el verdadero villano aquí, se regodea en eso de tener esclavos, que le parece algo muy útil, y a continuación se ofrece a pagarle una buena suma por su sexy mujer, Luva. Obviamente a Mamuwalde se le hinchan sus santos conguitos, pero Drácula le echa encima a sus secuaces. Una vez reducido, el muy traidor le muerde y le condena a ser vampiro por los siglos de los siglos, pero para que sufra le encierra en un atáud, para que pase mucha sed, como un bañista en verano en la cola del chiringuito. Ya de paso a Luva la deja encerrada por allí también hasta que se pudra. ¡Drácula, esclavista malvado!

En fin, pasan los siglos, y la narración pasa al presente (bueno, al presente de 1972), donde una pareja homosexual de anticuarios le toman el pelo a un inglés senil y compran la mansión y las pertenencias de Drácula, que envian a Los Angeles para revenderlas y sacarse un buen pico. Una vez de vuelta en su almacén angelino, la versión cutre del gueto de Hal & Oates se ponen a hacer inventario, y dejan abierta la tapa del ataúd que alberga a Mamuwalde. Y justo entonces, ¡ay! El rubito se hace una herida, despertando al mortífero Blacula. Y a partir de ahí, imaginen, terror negro a raudales, y un médico de la policía que tratará de resolver todos esos crímenes misteriosos. Por supuesto no faltará Luva, la esposa de Mamuwalde, reencarnada en el presente. El romanticismo nunca ha de faltar en estos casos.

Hoy parecerá increíble, pero en su época esta película era excitante y daba miedo a las criaturas más inocentes. Yo no nací en el gueto pero puedo atestiguarlo, porque de pequeño vi en alguna parte la escena a cámara lenta de la vampira atacando a cámara lenta en la morgue, y aquello dejaba huella ciertamente. Hoy en día ya no hay romanticismo ni vampiros negros, y la gente pasa alegremente por encima de Drácula negro sin prestarle la menor atención. A una película que ofrece colmillos y vampiros a ritmo de música funk, ¿hemos de pedirle también un guión a prueba de bombas y vampiros que no parezcan niños mareados en alta mar? No, amigos, no. Si no saben apreciar el drama de un príncipe negro condenado a sufrir eternamente a manos de un blanco esclavista, no merecen tener una peluca afro y que sus patillas crezcan por la noche. Sí, seguramente sus coches hayan costado más que esta película, pero, ¿acaso un vampiro negro no tiene manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones? ¿Si le cosquilleáis, acaso no ríe? ¿Si le envenenáis, acaso no morimos? ¿Si le pincháis, acaso no sangra? Bueno, la verdad es que estas dos últimas no. Pero, si le ultrajáis, ¿acaso no se vengará? ¡Ah! Seguro que ahora lo pensáis dos veces.
A Morgan Freeman también le gusta Drácula negro.
 Sí amigos, Blacula, no se la pierdan. ¡Cruzó océanos de funk sólo para conocernos!

viernes, 3 de agosto de 2012

La tentación vive arriba (1955)

Mi gente se peleaba por ver quién iba a encender el ventilador debajo de la reja. Billy Wilder desvelando curiosos entresijos de una de las escenas más famosas de la historia del cine.
 
A lo largo de su historia Hollywood ha dado muchas imágenes icónicas al cine, aunque las que realmente han calado en la retina de los espectadores a traves de las generaciones se podrían contar con los dedos de la mano; Chaplin y bastón, King Kong subido en el Empire State, Escarlata jurando sobre un puñado de tierra... y, por supuesto, Marilyn Monroe refrescándose los bajos gracias al aire de los respiraderos del metro. Aunque curiosamente la imagen que todos tenemos en mente no se reproduce exactamente en la película, que se centra en las bien torneadas piernas de la protagonista. Pero eso poco importa, ella, el vestido blanco y el aire ya forman parte de la historia del cine. Elemental, querido Watson.

Lo que son las cosas, cuando vi esta peli por primera vez, allá en mi tierna infancia, el detalle que siempre recordé fue el de los indios despidiendo a las esposas y haciendo el ganso. Obviamente en cada etapa de la vida uno tiene sus prioridades, y en aquellos lejanos días de uvehacheses y televisión de dos canales, mi prioridad eran los indios y no las rubias. Eso ha cambiado, aunque algo ha quedado porque las chicas vestidas de indias tienen un no sé qué especial. Pero no hablemos de mis parafilias y comentemos algo de La tentación vive arriba, una cinta que me sigue pareciendo una buena y entretenida comedia, que no está entre lo mejor de Billy Wilder, pero que es desde luego un film a reivindicar.

Aunque probablemente el propio Billy no la recordara con tanto cariño como muchos de nosotros. El director, que terminaba contrato con la Paramount, fue cedido a la Fox para adaptar la exitosa comedia ácida sexual The Seven Year Itch, que había triunfado en Broadway. George Cukor era el hombre elegido para dirigirla, pero en el último momento prefirió dedicarse a otra cosa, por lo que fue Wilder quien tuvo que encargarse del trabajo. El director ya estaba poco ilusionado por tener que dirigir un texto ajeno, pero aun se molestó más cuando en la Fox le convencieron para que la estrella masculina del film fuera Tom Ewell, quien ya había protagonizado la obra teatral. La elección de Wilder había sido un joven pero desconocido actor que le había impresionado en las audiciones para el papel. Su nombre era Walter Matthau, y desde luego Billy no se olvidaría de él. La protagonista femenina de la obra original no tuvo tanta suerte, ya que la Fox impuso a su gran estrella, la deslumbrante Marilyn.

Marilyn llevaba mucho tiempo deseando trabajar con Wilder, y estuvo encantada de tener por fin una oportunidad junto al brillante austríaco, aunque su precio fue rodar Luces de candilejas. A pesar de haber deseado trabajar junto al gran director durante largo tiempo, ello no fue óbice para que Billy tuviera que sufrir la falta de profesionalidad de la actriz, inmersa ya en un tiovivo emocional agravado por su matrimonio con Joe DiMaggio, que estaba resquebrajándose a marchas forzadas. De hecho son muchos los que apuntan al rodaje de La tentación vive arriba como la puntilla que acabó con nueve meses de tormentosa relación conyugal.

Quizás no estiremos demasiado el estereotipo de un italoamericano en los años 50 si señalamos la noche del 14 de septiembre de 1954 como el punto final para Joe y Marilyn. Aquella noche Billy y su equipo tomaron Lexington Avenue con la 52, frente a los cines Trans-Lux, para rodar la famosa secuencia de la falda volátil. Se cifra en unas cinco mil personas (en las que, supongo, debían predominar el género masculino) el número de curiosos que abarrotaban la calle, atentos a cada movimiento de la estrella. Para exasperación del equipo, la multitud no dejaba de silbar, vitorear y vayan ustedes a saber qué más a cada frase o movimiento de la actriz, que invariablemente acababa perdida (aunque como es bien sabido Marilyn olvidaba sus frases día sí día también), mientras Joe contemplaba toda la escena sintiéndose como el cornudo de América. No parece que DiMaggio fuera un mal tipo, y a su manera, muchos le apuntan como la pareja que más se preocupó por Marilyn (más allá del detalle de que no faltaran rosas en su tumba, tras la muerte de la estrella), y por su alocada vida sentimental. Pero desde luego la estrella del béisbol, con sus celos y sus ansias de una vida tranquila, se equivocó de medio a medio al casarse con la estrella femenina más rutilante de su era. 

Travilla enfundó a Marilyn en un saco de patatas para demostrar que ella estaba sexy con cualquier cosa.
En otro orden de cosas, el griterío de los salidos que acudieron al rodaje aquella noche obviamente invalidó todas las tomas, por lo que Billy tuvo que levantar una réplica de la calle en un estudio, pero Marilyn necesitó otras cuarenta tomas para completar la secuencia. De hecho la estrella rubia siguió, por supuesto, volviendo loco a Wilder y su equipo, retrasando el rodaje hasta tal punto que el presupuesto se elevó hasta casi los dos millones de dólares, una cifra bastante respetable para una sencilla adaptación teatral como aquella. Pero si los estudios permitían esos desmanes (dentro de lo que cabe, claro), era porque la sola presencia de Monroe bastaba para que incluso un film con ese presupuesto tuviera ganancias. Billy trabajó como un profesional pero sin demasiada ilusión, Marilyn olvidó sus frases, y la censura eliminó varias de las situaciones y líneas de diálogo más picantes y obscenas de la obra original, pero aun así Wilder se las arregló para tener a una Marilyn más sexy que nunca (con la ayuda del diseñador Travilla), para obtener unas divertidísimas ensoñaciones del rodríguez Richard Sherman, y añadir algunos estupendos personajes de cosecha propia (ese impagable fontanero y el hombre de mantenimiento Kruhulik) y chistes de su propia idiosincrasia (apostaría a que todo lo del rollo restaurante vegetariano es una burla suya a los amantes de las hierbas).

Tom Ewell hace un buen trabajo, y ya se había ganado a crítica y público con su Richard Sherman del teatro, pero si el propio Wilder le consideraba inapropiado para el film por algo sería. Quizás fuera que para el estilo del director Ewell no acababa de encajar. Habría sido estupendo ver qué habría podido hacer el gran Matthau con ese pícaro Sherman. Aunque por supuesto si La tentación vive arriba, más allá de sus pequeños equívocos sexuales, los chistes muy de la época sobre los rodríguez, las fantasías calenturientas de Sherman con su secretaria (la también bastante bella Carolyn Jones) y demás, es recordada todavía hoy en día, incluso por gente que no la ha visto, es gracias a Marilyn, que desde luego había nacido para encarnar la irresistible tentación de un rodríguez de ciudad, hace muy bien de inocente pizpireta con increíbles dotes físicas, y que una vez más hacía gala de ese extraño don suyo para aparecer deslumbrante ante las cámaras (de hecho el film fue rodado en color porque así lo estipulaba el contrato de la Monroe, de lo contrario seguramente Wilder se habría decantado por su querido blanco y negro). Ponderando las contribuciones de Ewell, y sobretodo de Wilder, no cabe duda de que La tentación vive arriba es un film por, para y de Marilyn Monroe. Está esplendorosa, increíblemente sexy, divertida, y curiosamente casi dan más ganas de abrazarla y reírse con ella que de otra cosa. O bueno, quizás postergar esa otra cosa más de lo normal.

Sólo por entretener la vista de los obreros y viandantes que pasaban por el Loew's State Theatre, donde se desplegó un enorme cartel y aun más grande figura de la Monroe con sus célebres faldas echadas hacia arriba, mereció la pena que se rodara La tentación vive arriba. Pero también habría merecido la pena sólo por ver el increíble jeto del fontanero, o al tipo que mordisquea un apio en el restaurante vegetariano. Y es que quien decida saltarse La tentación vive arriba en la filmografía de Billy Wilder comete un error. Y si ese alguien es hombre heterosexual, el error es doble.