lunes, 31 de diciembre de 2012

viernes, 28 de diciembre de 2012

Oh Yeah

No suena tan potente como en el disco, ¡pero al menos aún son capaces de hacer buen rock cuando quieren!


miércoles, 26 de diciembre de 2012

James Bond contra Goldfinger (1964)

Se dice que James Bond contra Goldfinger (película a la que me referiré a partir de ahora por el original y más simple Goldfinger) marcó el estilo y el tono para los títulos de la saga que habrían de venir. Y ello no es raro ya que fue en esta cinta donde acabaron de aflorar todos esos ingredientes que uno siempre asocia con James Bond, aunque por otro lado personalmente pienso que Desde Rusia con amor (ya comentada aquí) era una película bastante más redonda, especialmente en cuanto al guión se refiere. Pero quizás ese tipo de tramas y estilo tan europeos no acababan de calar hondo en el mercado yanqui, con lo que el dúo de productores Albert Broccoli y Harry Saltzman decidieron centrar la atención de la nueva misión de 007 en los Estados Unidos. El momento resultó idóneo, ya que el título que habían pensado llevar a la pantalla, Thunderball, estaba siendo cuestionado en los juzgados por dos guionistas que le pedían a Ian Fleming reconocimiento por el trabajo que según ellos les había robado el autor de las famosa novelas de Bond. Fue así como el tercer título de la saga acabó siendo Goldfinger.

El trabajo de adaptar la novela de Fleming a la gran pantalla fue encargado a Richard Maibaum, quien ya había trabajado en los dos títulos previos de la saga. Saltzman no quedó del todo satisfecho con el resultado, por lo que se llamó a Paul Dehn, un escritor experimentado y premiado. Tras reescribir el guión fue la estrella de la saga, Sean Connery, quien no quedó del todo complacido, por lo que Maibaum volvió al barco. De las distintas versiones de Dehn y Maibaum surgió un guión poderoso con un James Bond más humanizado (obra de Paul Dehn, aunque quizás este cambio ya se apuntaba en la novela original) pero que seguía conservando, por supuesto, sus legendarias dotes amatorias. 

En esta ocasión James Bond se alejaba de su lucha contra la maléfica organización SPECTRE para ir a investigar las fechorías de Auric Goldfinger (sólo el nombre del villano ya era de lo más conseguido que había pergeñado Ian Fleming), un conocido contrabandista de oro al que de momento no se le ha podido pillar en algún renuncio. Tras algunas pesquisas Bond pronto averiguará que Goldfinger planea asaltar Fort Knox, la mítica fortaleza en la que Estados Unidos protege su oro. El plan del supervillano es llevarse una bomba atómica casera al recinto y volar todo la reserva de oro.

Goldfinger reunía todo lo que uno espera ver en un film de James Bond, comenzando por una escena de acción introductoria, una novedad que comenzó aquí, la cual daba paso a los psicodélicos y elegantes créditos proyectados sobre el cuerpo sensual de una mujer (en esta ocasión el de la voluptuosa Margaret Nolan, quien en la película tiene un cameo como uno de tantos ligues del fornido agente). Ese tipo de créditos ya habían aparecido en Desde Rusia con amor, pero lo que los hizo diferentes en esta ocasión fue el inolvidable tema título cantado por Shirley Bassey, marcando un antes y un después de tal modo que la cantante volvería a hacerse cargo de poner voz al tema principal en dos ocasiones más. Aparte de todo esto teníamos las mujeres, los ligues, los pequeños inventos de Q, y el archifamoso Aston Martin, que hacía su aparición también en esta película, sustituyendo a un Bentley que, total, apenas sí había usado Bond y cuya principal arma había sido un teléfono incorporado. En cambio el Aston Martin venía con todos esos mecanismos para despistar enemigos y demás. Y luego quedaban el supervillano, su superesbirro, y un ejército de malutos (en esta ocasión, coreanos), dispuestos a morir por su jefe. Y así pocos serían los supervillanos que no tirarían mano de su ejército de easy targets, desde Blofeld hasta el simpsoniano Hank Scorpio. Si el mítico episodio de Los Simpson parodiaba muchas situaciones de Golfinger por algo sería.

A día de hoy Goldfinger sigue siendo un título mítico y el preferido de muchos, aunque quizás haya otros films con más acción, o guiones más completos. Desde luego Goldfinger no es que aburra en ningún momento, de hecho es un estupendo y entretenido film de Bond, pero en esta ocasión la verdadera fuerza del film estaba, sobretodo, en el reparto. Y es que en el apartado antagonista no creo que ningún otro film pueda competir en cuanto a fiereza, glamour y carisma con los villanos de Golfinger, al menos no entre los films de la era Sean Connery.

Y es que es difícil encontrar a un dúo tan carismático como el que formaron Gert Fröbe y el levantador de pesos Harold Sakata. El alemán fue escogido para interpretar al villano Goldfinger después de que los productores le vieran en la magnífica El cebo. En realidad se había pensando en un principio en Orson Welles, pero sus honorarios eran demasiado altos. Sakata fue elegido obviamente por su impresionante físico, que le convertía en el hombre ideal para interpretar al rudo Oddjob, el forzudo guardaespaldas de Goldfinger que liquida a sus oponentes con su sombrero volador. Y eso no era todo, pues estaba también la mítica Pussy Gallore, a quien dio vida una Honor Blackman más carnosa que en su también mítica participación en la serie Los vengadores. Tal vez Fleming la ideara para demostrar que el rudo macho alfa de Bond podía camelarse incluso a una lesbiana, pero ese detalle, que en la película simplemente se insinua bastante por encima, apenas importa cuando uno ve a Pussy liderando su escuadrón volante de mujerones piloto. Uno de los momentos más recordados del film (visualmente al menos) fue para la también bellísima Shirley Eaton, destinada a perecer bajo pintura dorada, una imagen tremenda que le valió una portada en la revista Life. ¿Qué mejor forma de vender una película? En el MI6 el reparto se mantuvo: Bernard Lee como el jefe regañón, Desmond Lewellyn con sus ínsipidas pintas de oficinista haciendo Q, y por supuesto Lois Maxwell como la pizpireta Moneypenny.

Un Aston Martin con metralleta, chicas en bikini que mueren bajo pintura dorada, Bond peleando contra el imbatible Oddjob, el carismático villano amante del oro, el escote de Pussy Gallore... Definitivamente, Goldfinger es uno de los films más redondos de la mítica saga de 007.

martes, 25 de diciembre de 2012

lunes, 24 de diciembre de 2012

Nochebuena con Pijus Magníficus

¡Ciudadanoz! Tenemoz a Zanzón, el azecino zaduceo, Zilaz de Ciria, aliaz el zagaz, cecenta y ceiz cediciozoz de Cezarea...

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Joe, ciudadano americano (1970)

En inglés un "vigilante", aparte de ser un miembro de una patrulla vecinal o algo así, es un tipo que se toma la justicia por su mano. Y como Estados Unidos es un país con un pasado tan particular, es normal que allí se acabara popularizando un subgénero cinematográfico dedicado a esas personitas tan irascibles. Por supuesto, no es que el tomarse la justicia por su mano sea exclusivo del país, pero con ese particular derecho constitucional que tienen allí la cosa cobra unos matices muy particulares. Y había de ser, cómo no, durante el desencanto del Verano del Amor, la guerra de Vietnam, y la corrupción política, y los cambios sociales, en que el género de los hombres enfadados había de popularizarse y aflorar en terreno abonado. Como sucede en estos casos, quien indague lo suficiente podrá encontrar antecedentes en tal o cual año (¿acaso Batman no es en realidad un "vigilante" con disfraz?), pero la cosecha de vigilantes carismáticos comenzó en los 70. El mundo comenzó a adorar a los justicieros gracias a Harry, el sucio, hasta que la patente quedó establecida con El justiciero de la ciudad, tras la cual Charles Bronson se convirtió en el auténtico vigilante man. Luego habrían de venir muchas más, casi siempre con Bronson en el ajo, y, en fin, el más allá de Scorsese. Pero antes de todo esto estuvo Joe, una olvidada cinta de 1970, donde la figura del vigilante cobraba forma por primera vez en la América de Nixon.

La verdad es que cuando supe de la existencia de este film mi nivel de euforia alcanzó cotas de excitación impresionantes, que diría Vegeta. ¿Un film de vigilantes del que nadie parecía haber oído hablar, anterior a los Paul Kerseys de este mundo? ¡Eso sonaba fabuloso! Quizás mis niveles de expectación fueron demasiado altos y por ello cuando finalmente la vi sufri una pequeña decepción. En general no era lo que esperaba, y a ratos la cinta me pareció bastante poco excitante. Lo cual no quiere decir que carezca de interés.

Un tal Bill Compton, un empresario de bolsillos llenos, está padeciendo porque su hija (una preciosa y debutante Susan Sarandon, por cierto. Sus descamisados momentos ya son el primer punto a favor para ver Joe), que como muchos jóvenes de buena familia quieren jugar a ser jipis, se ha liado con un melenas bastante poco fiable, camello para más señas. Cuando el amigo Bill, con una hinchazón escrotal bastante comprensible dadas las circunstancias, va a pedirle explicaciones al jipi vendedor de anfetas, se enzarzan en una pelea que acaba con el novio de su hija criando malvas. El empresario, presa de un ataque de pánico, sale huyendo y acaba refugiándose en un bar. Allí se topa con un obrero borracho, nuestro protagonista, Joe. Un tipo rudo y antitodo: odia a jipis, negros, objetores, chinos, etcétera. Entre cerveza y cerveza Bill y Joe irán congeniando, aunque en principio pudiera parecer que nada tuvieran en común. Pero ambos desprecian a los jipis, y creen que América se está yendo al garete. Cuando Bill acaba confesándole lo que acaba de hacer, el empresario se convirte en un héroe a los ojos de Joe. Y a partir de ahí...

Aparte de piel desnuda jipi y un punto de partida bastante interesante que, en mi opinión, no acaba de explotar (demasiada intención social, o demasiado poco integrada en una acción más contundente), Joe, ciudadano americano resulta de interés primordialmente por un hombre: Peter Boyle. Sencillamente prácticamente todo lo bueno de la peli pasa por él. El hombre al que todos conocemos por El jovencito Frankenstein sencillamente ofrece una interpretación portentosa. El personaje acaba destacando por encima de la propia película, y a uno le entran ganas de la cosa hubiera seguido en manos de un Don Siegel o alguien así. De hecho el carisma de Joe y el magnífico trabajo de Boyle fueron tales que al parecer muchos rednecks confusos más que una crítica vieron en el film un ejemplo a seguir, y las felicitaciones racistas descolocaron al pobre Boyle, quien evidentemente trató de distanciarse de las pelis pistoleras tanto como pudo.

Personalmente creo que preferiría cualquier bizarrada callejera de Charles Bronson que esta crítica social tan hija de su tiempo, pero si queréis ver de lo que Peter Boyle era capaz, o si estáis preparando una tésis universitaria sobre el cine de vigilantes, Joe, ciudadano americano es un título que debéis retener en la memoria.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Noches locas

El haiku no es violencia:

Posado en la rama del cerezo,
el ruiseñor despliega sus alas.
Rock and roll crazy nights!
¡Loudness!

sábado, 15 de diciembre de 2012

La emperatriz Yang Kwei Fei (1955)

Cine clásico japonés. Desde el muy lejano y olvidado visionado de Cuentos de la luna pálida (habré de rescatarla cualquier día de estos), la verdad es que hasta ahora no había prestado atención a  nada que no fuera de Kurosawa, cosa razonable supongo (seguro que casi todos empezamos por él cuando hablamos de la Era Dorada del cine nipón). También juraría que vi una cinta más moderna con un título parecido y brujas asiáticas volando, pero la verdad es que resulta todo demasiado neblinoso en mis confusas neuronas. En fin, que aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid me decidí a ver La emperatriz Yang Kwei Fei, una de las últimas grandes obras del maestro Kenji Mizoguchi.

Curiosamente La emperatriz Yang Kwei Fei fue recibida tibiamente por la crítica, que juzgaba que Mizoguchi ya no podía igualar un clásico como la ya mencionada Cuentos de la luna pálida. En la taquilla el recibimiento fue aún peor. A lo largo de la década de los 50 el gusto del público japonés estaba cambiando rápidamente, y maestros del clasicismo cinematográfico como Mizoguchi estaban perdiendo el favor de la audiencia, que prefiría las cintas de directores más jóvenes. Mientras que alguien como Kurosawa, que caía peor a la crítica, estaba cosechando prácticamente un taquillazo tras otro, el veterano Mizoguchi parecía cada vez más anticuado. Sin embargo fue el propio Kurosawa, gracias a su inesperado éxito con Rashomon, quien ayudó a que muchos ojos occidentales posaran sus pupilas en la obra de Mizoguchi. Especialmente en Francia, el país donde aquellos que no son profetas en su tierra son acogidos y venerados con respeto y profundo análisis.

La emperatriz Yang Kwei Fei presenta una trama de cuento romántico, situada en la China de la Alta Edad Media (la película fue una coproducción entre Japón y Hong Kong. China no participó. ¿Por qué será?). Depuesto y encerrado por su propio hijo, el anciano emperador Xuan Zong recuerda sus días de juventud, cuando era un emperador enviudado prematuramente, lleno de nostalgia y dolor por la pérdida de su gran amor. Su única pasión parece ser la música, mientras desatiende los asuntos de estado. Rodeado, como casi todos los emperadores, por una corte de consejeros y chambelanes corruptos que sólo buscan su propio interés, éstos se desviven por presentarle a jóvenes doncellas que cautiven su corazón. Quien consiga emparejarle se ganará su favor y será recompensado con títulos, honores y riquezas. La familia Yang está dispuesta a ganar en poder mediante esa esperada boda, especialmente el general An Lushan, quien en un principio parece encontrar la solución a sus problemas en una menuda e insignificante sirvienta que trabaja para ellos.

La emperatriz Yang Kwei Fei podría considerarse (y seguramente así se la considere muchas veces) como una versión oriental de nuestra Cenicienta, aunque ciertamente bastante alejada del espíritu Disney. La inmortalidad del amor, y su fuerza, preside toda la cinta, pero es contrapuesta al sentido del deber, los vericuetos de la política, la soledad del poderoso, las corruptelas de palacio, etc. Quizás ciertos aspectos de la trama puedan resultar algo amargos, pero con todo la preciosidad de la historia es innegable. La emperatriz Yang Kwei Fei nos deja un sentimiento agridulce, y como cualquier drama de época resultará angustiosa en algunos momentos clave, pero en el fondo hallamos un mensaje de esperanza, una magia de cuento tan inexplicable, y a la vez sencilla, como el mismo sentimiento del amor.

Como es bien sabido, el cine clásico japonés no es plato para todos los gustos, y el pausado estilo de Mizoguchi puede resultar difícil de paladear, y también es bien sabido que cada película tiene su momento. Pero la maestría del director japonés residía en esos planos largos, esas secuencias reposadas, y la fuerza de una preciosista puesta en escena que le convertía en una suerte de versión japonesa de John Ford de interiores. Con La emperatriz Yang Kwei Fei Mizoguchi cedió por segunda vez a rodar en color, lo que sin duda resalta el colorido de los decorados y los trajes, en los que se puso un especial cuidado para respetar el estilo chino de la época, aunque la atmósfera general sea inevitablemente japonesa.

El film está protagonizado por dos de los intérpretes más rutilantes de aquella época, el actor Masayuki Mori y la encantadora dama de la interpretación Machiko Kyo, quienes aportan con unas sutiles actuaciones grandes momentos de complicidad y romanticismo a sus personajes, lo que añadido al sumo cuidado con que Mizoguchi rueda sus secuencias, nos da algunas secuencias dignas para el recuerdo, de esas que muchos directores actuales que ruedan pelis románticas debieran tomar nota.

Y basta de necias palabras. Lo mejor será que juzguéis vosotros mismos viendo La emperatriz Yang Kwei Fei, un olvidado pequeño y bello clásico en la etapa final de Kenji Mizoguchi.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Cut Me Some Nirvana

"Cut Me Some Slack" creo que se llama la canción. Aunque la podrían haber titulado "Wash & Go", ¡componer y listo! 

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Dhun

Ando liadillo, pero no me he ido, y volveré.

Un recuerdo para Ravi Shankar, que la lió parda en el Festival de Monterey.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Jane Fonda

Como la amiga Jane no necesita presentación, os dejo con una selección de varias fotos suyas, y os invito a rescatar alguno de sus muchos clásicos.




En plan amazona.
 


 



"Calentando" al pobre Tony Perkins.
 










Libres domingos y domingas
La Jane de las causas perdidas
Y ya de yuppie tras una muy rumoreada reconversión
 Y no podía despedirme sin esta clásica foto de Jane en sus momentos más revolucionarios.