martes, 31 de diciembre de 2013

domingo, 29 de diciembre de 2013

Esmeralda

El árbol de la libertad debe regarse de vez en cuando con la sangre de patriotas y tiranos

sábado, 28 de diciembre de 2013

¡Cuidado, T.Rex!

¡No creo en la tierra de Godzilla se les pueda reprochar que muerdan el cebo! Por no ver no ven ni las piernas del tipo. Y ahora no vengáis a decir que está preparando y quitarme la ilusión. Desde luego en lo de hacer bromas Japón está a otro nivel. Aunque mi preferida siempre será ésta.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Dos cabalgan juntos (1961)

John Ford dijo de ella que era la mayor mierda que había rodado en mucho tiempo, y Shirley Jones (la pizpireta Marty Purcell de la película) afirmó que de no ser por sus dos protagonistas, aquel film habría sido un desastre. Todos coinciden en afirmar que para el mítico director Dos cabalgan juntos fue poco más que un encargo, un mero producto para ganar dólares y mantenerse ocupado. El Hollywood que había ayudado a crear se estaba derrumbando bajo sus pies; sus viejos amigos iban desapareciendo (el fallecimiento de su compinche Ward Bond provocó que Ford acelerara el fin del rodaje en exteriores para sumergirse en un solitario maratón alcohólico para afrontar la pérdida) y poco a poco el director iba perdiendo su motivación para rodar. Que Dos cabalgan juntos sirviera de transición entre dos clásicos como El sargento negro y El hombre que mató a Liberty Valance no la ayuda precisamente a que goce de mucha popularidad entre los críticos y aficionados al western, incluso entre los más fordianos. Ciertamente no estamos hablando de Centauros del desierto (aunque curiosamente en su trama hay bastantes paralelismos), pero Dos cabalgan juntos es un film al que tengo gran cariño, supongo que porque fue uno de los primeros westerns que me impactó y de los que guardé un gran recuerdo desde churumbel. 

El motor de la historia es la citada Marty, cuyo hermano pequeño fue raptado por los indios años atrás. Ella y otros familiares de blancos cautivos de los indios reclaman al ejército que tome cartas en el asunto. El comandante Fraser no puede arriesgarse a una guerra pero encarga a su teniente Jim Gary que forme equipo con el marshall Guthrie McCabe para acudir en rescate de los prisioneros.

Ciertamente lo que a uno le impacta de pequeño deja de parecerle tan estupendo de mayor, pero siguen habiendo momentos que recordar como la historia de la cajita de música o el contundente desprecio de la sociedad bien que vemos en cierto momento del film. Pero sin duda estoy de acuerdo con Shirley Jones en que lo mejor de la película es su dúo protagonista. Ni James Stewart ni especialmente Richard Widmark se sintieron cómodos en sus respectivos papeles, para los que objetivamente eran demasiado mayores, aparte de que rodar con Ford nunca era cómodo para casi ningún actor. Pero ciertamente ambos se complementaban muy bien, como queda demostrado en el largo diálogo de McCabe y Gary junto al río; sin duda una de las mejores secuencias del film. Aunque si alguien destaca realmente es el McCabe de Stewart: un comisario cínico y corrupto amante de la vida fácil muy alejado de cualquier héroe desinteresado que podamos encontrar en un western al uso. McCabe es una antítesis de los personajes que Stewart interpretó para Frank Capra; liberado de los contratos y la imagen a los que había estado atados durante los 30 y los 40, el actor volvió de la guerra dispuesto a sumergirse en papeles más oscuros y, cuanto menos, moralmente dudosos. No parece que hayan muchas dudas de que el McCabe que interpretó con su maestría habitual hablaba por boca del desencantado Ford a quien, por decirlo de una forma metafórica, el hecho de rescatar a algún blanco capturado por unos indios se la traía bastante al pairo. El que el director volviera al retrato casi paródico de los nativos americanos de otros tiempos puede ser una buena prueba de ello. Prácticamente ningún actor, director o técnico del viejo Hollywood había regresado, como es lógico, psicológicamente indemne de la Segunda Guerra Mundial. Y para Ford seguramente aquella nueva forma de entender el cine y el negocio, y aquella nueva sociedad que emergía de la conflagración, no merecían la pena una nueva lucha; aquél era un mundo en que muchos blancos cautivos de los indios ya no querían ser rescatados. Todo lo que quedaba de ellos no existía, tan sólo en el recuerdo de sus familiares, que de encontrarse con la realidad reaccionarían con hostilidad, o creyéndose su propia fantasía.

Para mí Dos cabalgan juntos es un film entrañable, pero eso no quiere decir que quien se acerque a él por primera vez vaya a encontrar la película de su vida. Pero merece la pena ver a Widmark y Stewart en acción, y, sometido al prisma de lo ya expuesto, creo que la cinta gana en interés si uno visualiza al propio Ford escupiendo sobre el mundo en cada frase del misántropo McCabe.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Canción para los sordos

Me han llegado ecos del tal Kiko copando las listas de ¡ay! tuns y la tal Belén vendiendo su libro como rosquillas. Dentro de lo respetable que pueda ser lo que cada uno haga con su dinero, su tiempo, sus orejas y su cerebro (aunque siendo políticamente correcto aquí, porque en realidad sólo de pensarlo se me antoja un cruce de cables como una plaza de toros), no sé qué hacer, si darme de cabezazos en la cabeza, hacer como si nada estuviera pasando, o comprarme un taxi y salir a limpiar las calles como Travis Bickle. Espero que este cómputo global tan berrendo tenga su equivalente en Suecia o Finlandia, donde todo es siempre mejor, y nos hacen ver lo horribles que somos. Pero siempre acabo pensando, no sé si con razón o no, que Spain is different. ¡Que vivan las cadenas! Y si es la de los 40, mejor.

Listen, you fuckers, you screwheads. Here is a man who would not take it anymore...

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Raíces profundas (1953)

Guns don't hurt. Una frase pronunciada por un niño mientras jugaba con otros chavales a indios y vaqueros en las cercanías del hogar de George Stevens. El veterano director había estado un vehículo con el que expresar sus sentimientos acerca de la guerra, la cual había conocido de cerca, como muchos otros compañeros de su generación, trabajando para el Signal Corps, el servicio de comunicaciones del Ejército estadounidense. Stevens rodó material durante el Día D, aunque la experiencia que realmente le marcó fue la misión que le encomendó Eisenhower de rodar los horres del Holocausto en el campo de Dachau. La Segunda Guerra Mundial cambió, de una u otra forma, la visión de la vida de los cineastas que participaron en ella, y sus filmografías reflejaron ese cambio vital. Para el George Stevens que había contemplado, y rodado, las pilas de cadáveres de Dachau, la frase de aquel chico no pasó desapercibida. Las pistolas no hacían daño, porque los westerns de Hollywood estaban repletos de tiroteos masivos donde la gente salía ilesa, o de pistoleros que recibían un balazo y se reincorporaban con milagrosa facilidad. Stevens no había dado con una trama de su agrado para rodar su propio film bélico, pero había dado con un western que podía servirle para tal propósito. Y aquellos niños que jugaban le convencieron de que debía mostrar, de alguna forma, el horror y la destrucción que podían significar las armas. El director estaba dispuesto a desmitificar la figura del pistolero en aquel nuevo Hollywood de la posguerra.

Shane (el título original) estaba basada en un relato corto de Jack Shaefer. El ganador del Pulitzer A.B. Guthrie fue el elegido por Stevens para adaptar la obra a la gran pantalla. El director había leído una obra corta del autor ambientada en el Viejo Oeste y su tratamiento del romanticismo de los pioneros y la Frontera le pareció el ideal para el film. Guthrie se entrevistó con Stevens, se llevó un guión (ya que nunca había visto uno) y en tres días ya tenía listas veintipico páginas. En cuatro semanas tenía acabado el encargo.

Raíces profundas trataría de restar romanticismo a la figura del pistolero (o quizás sería más acertado decir que trataba de restar romanticismo al modo en que se representaba la muerte de un hombre en la gran pantalla), pero al mismo tiempo enraizaba su trama en el folclore del Viejo Oeste en cuanto a la unidad familiar del pionero, los viejos y duros, pero también felices, días en la pradera, en la que palmo a palmo los ganaderos y agricultores iban ganando terreno para la nueva nación de los Estados Unidos.

El solitario pistolero Shane fue suavizado respecto a la novela original, en la que vestía de negro y seguramente se asemajaba más a su rival, Jack Wilson. Los dos son hombres oscuros, dado que ambos llevan la muerte en sus pistolas; quizás sean sólo dos cosas las que les diferencian: a quién ponen el servicio de sus pistolas, y que Shane está cansado de la violencia, mientras que Wilson ha terminado por aceptarla de una manera pragmática, aunque no ha de gustarle necesariamente. Sin embargo Stevens decidió darle un aspecto menos feroz a su protagonista, aunque seguía manteniendo esa especie de melancolía fruto de tantos años de tiroteos y muertes. Probablemente el personaje de Shane hubiera sido más crepuscular de haber sido Montgomery Clift, la primera opción del director, quien hubiera interpretado al pistolero, pero aquel nuevo Shane encajaba mejor con el duro de pequeño formato Alan Ladd, quien tendría en Raíces profundas la guinda a una carrera que no tardía mucho en declinar. El honesto y luchador campesino Joe Starrett era un papel destinado para William Holden, pero acabó en manos de Van Heflin. Tras las negativas de sus favoritos el director fue sacando nombres de la lista de estrellas a sueldo de la Paramount; así fue como una Jean Arthur en semiretiro pisó por última vez los platós para encontrar a un Stevens muy cambiado tras su experiencia en la guerra.

Raíces profundas, como ya he dicho, es otro de esos films hollywoodienses que contribuye a "imprimir la leyenda", que diría John Ford, del Salvaje Oeste, pero al mismo tiempo desnuda al pistolero solitario de su aura impoluta del héroe que simplemente defiende la justicia y acaba con los malos; el Shane de Stevens es producto de la posguerra, como lo es probablemente el Ethan Edwards de Centauros del desierto (¿habría sido posible un Wayne así antes de la carrera?). Con todo, Raíces profundas es un epítome de la historia del pistolero que cual caballero andante acude ayuda de los indefensos, en este caso una familia de agricultores quienes con otros campesinos están tratando de levantar una comunidad próspera en la llanura, a lo que se opone fieramente el ganadero Rufus Ryker, quien con sus matones trata de hacer la vida imposible a los destripaterrones para que abandonen el lugar. Shane, quien parece escapar de un pasado violento y escabroso, simplemente parece buscar en un principio una nueva vida, un simple y duro trabajo en la granja de los Starrett. Pero como suele suceder en estos casos, el pasado siempre vuelve, usando esta vez como vehículo a Ryker y los suyos.

Raíces profundas gira entorno al valor de la familia y las consecuencias de la violencia, aunque a varios niveles habla también de la transición entre el Viejo Oeste y la civilización que está por llegar (un tema recurrente en muchos westerns), de las pasiones románticas que acompañan al caballero defensor, y de la visión infantil del amor y la violencia, vistas respectivamente a través de la esposa de Starrett y su hijo. Pero sobretodo el mensaje que imprime Stevens es el rechazo a la violencia, las consecuencias de la misma y su utilidad como arma de último recurso. Las dos primeras se pueden resumir en varios trazos a lo largo del film, aunque el más espectacular visualmente es sin duda la muerte del desdichado personaje llamado Torrey, quien es lanzado hacia atrás por la potencia del disparo que recibe; una concesión en un film en el que Stevens cuidó el rigor histórico para mostrar gráficamente su mensaje, lo que le valió no pocas luchas con la censura. Por otro lado la violencia más extrema como último recurso es algo que comparten, curiosamente, Shane y Ryker, aunque éste evidentemente es más proclive a ella. Con todo, Ryker no es un simple villano al que hacer frente, y en una descriptiva escena el ganadero ofrece unas razones de su conducta que pueden ser hasta cierto punto lógicas, aunque no las compartamos. Ya que como le espeta Starrett, sus métodos y sus creencias pertenecen al pasado, y el nuevo mundo al que están abocados todos los personajes no tiene cabida para gente como él o Wilson, o siquiera Shane.

Raíces profundas constituye un hito del western de los años 50, y, por ende, del de todos los tiempos. Ladd tuvo en Shane uno de sus últimos mejores momentos, el Starrett de Heflin ha quedado como un icono del pionero americano, y Jack Palance sigue luciendo fríamente tenebroso como el pistolero Wilson. La trama de Raíces profundas se ha convertido ya en un estándar de Hollywood que ha sido revisitada en varios ocasiones por varios remakes, ya sean oficiales u oficiosos, entre los que destaca sin duda El jinete pálido, aunque las conexiones con el clásico de Stevens llegan incluso hasta la filmografía de Jean Claude Van Damme. No es de extrañar, ya que cualquier gran historia tiende a ser rescatada una y otra vez dado que lo que la hace grande la hace también inmortal. Y sin duda la de Raíces profundas lo es.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Adiós a Peter O'Toole y Joan Fontaine

Con Peter aprendí que nada está escrito. Y con Joan que una casa puede estar poseída por un espíritu que no ha de ser necesariamente una figura translúcida. Entre otra muchas cosas. Hasta la vista, fue un placer.
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lunes, 2 de diciembre de 2013

Corporaciones malvadas

Si existe algo parecido a los xenomorfos de Alien, el octavo pasajero ahí fuera, no me cabe duda de que será Monsanto la Weyland-Yutani que trate de traérselos para su departamento de armamento biológico.

¿Será nuestro futuro como el de Orwell o como el de Huxley? ¿O una combinación de ambos?

De momento vuelvo a recomendarles que visionen La corporación.

Y en un Público, una lista con diez de las corporaciones más malvadas. Claro que en estos casos siempre es mejor tratar de contrastar la información.

Bonum virum facile crederes, magnum libenter.

sábado, 30 de noviembre de 2013

Un cadáver a los postres (1976)

Neil Simon duerme plácidamente cuando suena el teléfono. Aparentemente es Alec Guinness, quien desea que el guionista y dramaturgo reescriba algunas escenas para él. De hecho, Simon había quedado tan encantado con el trabajo del inmortal actor británico que le había prometido realizar cualquier cambio en el guión que desease, aunque Guinness le había respondido que no necesitaba cambio alguno. Bien, parecía haber cambiado de opinión. Simon le prometió realizar esos cambios. Al día siguiente la confusión debió ser mayúscula, ya que aquella llamada la había realizado el diabólico Peter Sellers imitando a su compatriota Guinness. Así transcurrió aquel rodaje, con Sellers volviendo locos a todos y Elsa Lanchester y Estelle Winwood (Jessica Marbles y su enfermera en el film) insultándose día sí y día también, mientras en los descansos Guinness hojeaba pacientemente un extraño guión sobre aventuras galácticas que le acababa de llegar.

Lo cierto es que Un cadáver a los postres es una deliciosa comedia digna de la pluma de Simon, el creador de La extraña pareja. El film es una parodia del whodunnit, el clásico género policíaco del crimen que hay que resolver. Un millonario excéntrico (interpretado por Truman Capote), desdeñoso con las típicas novelas policíacas, invita a varios detectives a su mansión para que traten de resolver un crimen. Cada detective es un trasunto de un personaje famoso de la novela detectivesca, desde el Poirot o Miss Marple de Agatha Christie hasta el Sam Spade de Dashiell Hammett.

El guión de Simon es estupendo, ofreciendo situaciones cómicamente absurdas y realizando una gran parodia de los personajes que caricaturiza. Si a ello sumamos un estupendo reparto compuesto, aparte de los mencionados, por pesos pesados como Peter Falk, Maggie Smith, David Niven o el cómico James Coco el resultado es una comedia maravillosa e imprescindible. Sólo por las actuaciones de Sellers y el inmortal Guinness ya habría que tener esta cinta en nuestra filmoteca, pero todos tienen su momento de gloria. Un cadáver a los postres, ideal para estas tardes frías de invierno, seguidas quizás de alguna partida de Cluedo.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Simón el zelote

Nacionalismo y extremismo en Jesucristo Superstar de la mano de Tim Rice. A la sombra de Lloyd Weber poca gente se acuerda de él, pero si Disney le fichó por algo sería. Sin duda uno de mis pasajes favoritos del musical que no tiene gatos ni gente miserable, pero que seguro rockea más que esos dos juntos.

Keep them yelling their devotion,
but add a touch of hate at Rome.
You will rise to a greater power.
We will win ourselves a home.
 

domingo, 24 de noviembre de 2013

Scot Free

Tanto Kennedy por aquí, Kennedy por allá, y nadie ha mencionado Scot Free de los Parker Brothers. ¡Indignante! 

martes, 19 de noviembre de 2013

Final alternativo de Breaking Bad

¿Y si Breaking Bad hubiera sido una pesadilla de Hal? Y es que no hay que olvidar que antes que Walter White existió el también magnífico padre de Malcom in the Middle.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Camello

Después de los atómicos momentos que nos regaló Gyp Rosetti el listón parecía muy alto y difícil de igualar, pero de repente se sacan de la manga a alguien como Valentin Narcisse, en una onda sociopática distinta pero igual de singular, y a uno sólo le resta quitarse el sombrero. Dudo que ninguna serie de zombies pueda igualar esos guiones y esos personajes. Y además, cada vez que oigo hablar al doctor Narcisse en mi mente suena Curtis Mayfield. Una vez más, Boardwalk Empire, amigos. Pedazo de serie.

lunes, 11 de noviembre de 2013

domingo, 10 de noviembre de 2013

El show de Reagan

Más allá de las ideologías y de lo joputa que pueda ser uno, en las distancias cortas hay gente con una simpatía natural que resulta casi irrestibile; de George W. Bush mucha gente ha dicho que era un tío muy majo; creo que incluso de Stalin llegaron a hablar bien quienes le conocieron, claro que el amigo soviético sólo desplegaba su simpatía cuando le convenía. De Reagan como político no creo que haya mucho que decir, todos sabemos qué mundo defendía y que tenía el fervor de los conversos, pero aun así, por otra parte, le veo como alguien con sus ideales, mientras que Bush hijo me parecía totalmente vacío en ese aspecto. Pero no estoy aquí para hablar de política, sino de las distancias cortas. En los 80 Reagan era el diablo personificado, y a pesar de haber sido un actor nefasto, tenía esa especie de no sé qué del viejo Hollywood que en tele le daba una especie de encanto especial. Y así, cuando el hombre se ponía risueño, le daba por contar chistes de soviéticos. Después de ver el vídeo lo de "tiren abajo este muro" me parece una tontería; ¡deberíamos recordarle por eso de what's bark?!

domingo, 3 de noviembre de 2013

The Rolling Stones - Sticky Fingers

Una orden de Interpol: los Rolling Stones deben ser registrados en cualquier lugar de Europa. Revista Suosikki.

El 30 de julio de 1970 venció el contrato de los Rolling Stones con el sello Decca. Bajo la batuta de su nuevo asesor financiero, Rupert Lowenstein, la banda rompió definitivamente con el estafador Allen Klein, a cuya gestión los músicos podían agradecer unas exorbitantes deudas con el fisco británico. La solución: dejar Inglaterra. Durante los 70 la vida de los Stones estaría marcada por el exilio y la inestabilidad, pero también por un luminoso estado creativo. Al fin y al cabo, quinientos años de paz en Suiza sólo habían dado como resultado el reloj de cuco. En cambio, aquí y allá, la banda iba a crear su propia versión de la Horda de Oro.


 Por el momento el grupo tenía un sello propio, Rolling Stones Records, para publicar sus trabajos. ¿Quién más indicado para dirigirlo que Marshall Chess, el hijo del fundador del mítico sello Chess, donde no hace muchos años un joven Mick pedía discos de blues por correo? Mientras Marshall ponía las cosas en marcha, el grupo se puso a ensayar en verano para una gira europea. ¡Necesitaban dinero! Mick y Keith reforzaron la banda con una poderosa sección de vientos capitaneada por Jim Price y Bobby Keys, a quien habían conocido años atrás; Keys era un experimentado saxofonista y paisano de Buddy Holly, con quien había llegado a tocar en más de una ocasión. Tanto Keith como Bobby compartían cumpleaños y filosofía de vida; se harían buenos colegas, pero el bueno de Bobby saldría con vida por los pelos tras ser fagocitado por el lado salvaje de los Stones.

Durante la gira Decca publicó Ger Her Ya-Ya's Out!, un directo grabado durante el año anterior bastante superior al Got Live If You Want It, y desde luego uno de los mejores, si no el mejor, de toda su carrera. Mientras, en la fiesta posterior a su actuación Mick conoció a una linda nicaragüense llamada Bianca Pérez. La joven no tardó en reunirse con el cantante al paso de la banda por Roma. Mick estaba encadilado con ella; la relación que había mantenido con la belleza de ébano Marsha Hunt estaba a punto de acabar, aunque en noviembre la cantante negra le daría un hijo. Como un recuerdo lejano, Marianne Faithfull comenzaba a dar un paseo por el camino de baldosas papel de plata tamborileando al ritmo de una canción de Lou Reed.

Acabado el tour, y mientras el documental Gimme Shelter se estrenaba en las salas mostrando al mundo el desastre de Altamont, los Stones retomaron las sesiones de grabación para el nuevo disco que habían empezado en febrero. Se trasladaron a los Olympic Studios de Londres de nuevo con Jimmy Miller en los controles; el día 18 montaron una fiesta en el estudio por el cumple de Keith, y por la jam resultante se pasaron Eric Clapton y Al Kooper (aquel "Brown Sugar" se puede encontrar en varios piratas y recopilatorios). Por el estudio con olor a resaca donde grababa la banda también pasaron Pete Townshend y Ronnie Lane, que dejaron como regalo unos coros para uno de los nuevos temas, "Sway".

El 4 de enero de 1971 se estrenó con dos años de retraso Performance, el film experimental de crímenes donde Jagger compartía escenas y cama con la novia de Keith, la hermosa Anita Pallenberg. Entre rumores de escenas de cama entre ambos demasiado vívidas y una cinta de tomas descartadas ganando premios eróticos en Amsterdam el guitarrista había decidido acudiar a esperar a Anita durante el rodaje. Ahora el público podía acudir por fin al cine para comprobar si era cierto que podrían presenciar unos sonoros cuernos entre estrellas rockeras en pantalla grande. Evidentemente aquello no benefició demasiado a la relación entre cantante y guitarrista; la aparición de Bianca, a quien casi nadie del grupo aguantaba, especialmente por parte de Keith, lo empeoró todo aún más.

En febrero, con el nuevo disco prácticamente mezclado, la banda aprovechó para comenzar a grabar algunos nuevos temas, y preparar una gira de 9 fechas por el Reino Unido como despedida antes de su nueva vida en el exilio; Francia sería su nuevo hogar. En el interín Keith pasó cuatro días en el infierno desintoxicándose con la enfermera del médico que había tratado a William Borroughs su addición; Anita también lo intentó, pero ninguno llegaría a la tierra de Astérix limpio de drogas. El 4 de marzo arrancó la gira de despedida, en la que se llevaron a The Groundhogs como teloneros en casi todas las fechas. Cerraron el tour el 14 de marzo tocando en el Roundhouse de Londres.


Bill Wyman y Mick Taylor con sus respectivas familias fueron los primeros en llegar a Niza, la nueva Elba de los Stones. Los siguientes fueron Charlie y Keith; la familia Watts, siempre marcando estilo, se trasladó a un hotel en Cannes; Keith y Anita se alquilaron una mansión, la ya mítica Nellcote, en Villefranche-sur-Mer. Mick, subido a su nube de amor con Bianca, ya embarazada, decidió quedarse en París. La nicaragüense parecía absorber todo el tiempo del cantante; el resto del grupo haría vida en el Sur.

El ambiente en el grupo estaba más enrarecido que nunca: Mick parecía pasar del grupo y sólo tenía ojos para Bianca; esto ponía a Keith celoso, quien por su parte vivía su propio sueño heroinómano provocando retrasos en conciertos y errores que ponían nerviosos a Charlie y especialmente a Bill; las malas lenguas dicen que el bajista no volvió a dirigirle la palabra hasta el 81. En medio de este huracán de tiroteos Mick Taylor trataba de sobrevivir aportando ideas y dando al directo de la banda una nueva dimensión.

El 23 abril de 1971 se publicó Sticky Fingers, el primer álbum de la banda sin rastro alguno del malogrado Brian Jones. La portada ofrecía un bulto masculino enfundado en unos vaqueros que muchos y muchas quisieron creer que pertenecía a Mick; el comprador temprano obtuvo además una cremallera que se podía abrir y cerrar. El concepto y diseño era cosa de Andy Warhol; aquel LP ofrecía también la primera aparición del mítico logo de los labios y la lengua, que la leyenda popular ha atribuido también al pintor de latas Campbell, pero su autoría corresponde en realidad a John Pasche, quien a su vez pareció inspirarse en un concepto de Mick ilustrado por Ernie Cefalu. En España tuvieron la genial idea de brindar a la historia esa portada alternativa con unos dedos saliendo de una lata de conservas.

Las relaciones internas del grupo podían ser más tirantes que nunca, pero el combo "Jagger-Richard" seguía funcionando, a lo que había añadir el empuje de los vientos de Bobby Keys y Jim Price, arrebatados a Clapton: la prueba era el primer corte y sencillo del álbum, "Brown Sugar", un corte tan Keith que en realidad es de Jagger, quien la compuso durante el rodaje de Ned Kelly; aunque claro está una guitarra de Keith es la guinda perfecta a una composición de Mick. El cantante se despachó con unas viscosas letras sobre azotes y violaciones en los campos de algodón, mientras las notas del saxofón de Keys soleaban en mitad de un éxito absoluto que catapultó las ventas del álbum e hizo a la banda más popular que nunca. "Sway", al parecer una de esas composiciones robadas a Taylor, y seguramente por haberla compuesto junto a Mick mientras Keith se inyectaba sus peculiares relajantes musculares, la guitarra rítmica fue grabada por el cantante. El solo de Taylor es tan impresionante como el solo de Keys en "Brown Sugar", y los teclados de Nicky Hopkins que se mezclan con los arreglos de cuerda finales se elevan sobre el final del tema como vapor escita. La acústica de Taylor abre el siguiente tema, "Wild Horses", una de las canciones más emocionantes de la banda; se grabó originalmente en diciembre del 69 en los estudios Muscle Shoals, y aunque Mick lo niegue la letra encaja como un guante si ponemos a Marianne en la ecuación; del piano se encargó Jim Dickinson, al parecer por que el bueno de Ian Stewart no se sentía del todo cómodo con los acordes menores. "Can't You Hear Me Knocking" surgió de uno de esos jugueteos con las afinaciones de Keith que enseguida encontró refugio en un juguetón ritmo de Charlie; del suave y melódico lamento del estribillo en el que Mick se deja llevar de forma ronca el tema deriva en una ruptura de ritmo latino con Rocky Dijon a las congas mientras Keys toma el protagonismo, tocando un solo contoneante como una cubana de anchas caderas que poco a poco son acariciadas por Keith y Taylor y el teclado de Billy Preston. El guitarrista rubio es el encargado de solear hasta el final de la canción en un crescendo y jam final absolutamente mágico. La primera cara del disco se cerraba con "You Gotta Move", un estándar gospel tocado como un blues del Delta. La cara B abría con la vibrante "Bitch" y la guitarra de Richards saqueando u homenajeando el "Get Ready" de los Tempations, aunque dudo que ellos hubieran cantando eso de You got to mix it child/You got to fix it but love/It's a bitch, alright. "Bitch", las tentaciones pasadas por el filtro Muddy Waters; Motown a lo Stones. "I Got the Blues" es el "Love in Vain" del Sticky Fingers; un tema que Brian habría aprobado complacido. El octavo tema del LP es "Sister Morphine", la canción que había grabado anteriormente Marianne Faithfull (quien años después logró figurar en los creditos tras una dura batalla legal), y que al igual la versión de la cantante rubia contaba con Ry Cooder ocupándose del slide (o bottleneck). Uno de los himnos heroinómanos por excelencia sin duda. "Dead Flowers" representa una de las primeras incursiones de la banda en el country; la influencia de Gram Parsons comenzaba a dejarse sentir en el ambiente, y la animada canción, con una letra más bien oscura, es otra oportunidad para disfrutar del piano de Ian Stewart, el "sexto" (recuerden, en realidad fue el segundo) Stone, y de los deliciosos arreglos slide de Mick Taylor. Sticky Fingers se cerraba con "Moonlight Mile", un tema "Jagger/Richard" que en realidad había surgido de la colaboración entre los dos Mick, desarrollando una breve idea de Keith titulada "Japanese Thing". Es uno de los temas lentos más olvidados de la banda, aunque como prácticamente todas las baladas que hicieron por entonces, es preciosa, aunque bueno, tampoco es "Angie", pero es un colofón perfecto a un disco tan soberbio como es Sticky Fingers. El caos y la guerra estaban sólo a una bala de distancia, pero el Renacimiento estoniano estaba en su punto álgido. En mitad de las desavenencias y las adicciones al grupo le bastaba con seguir aquel simple mandamiento del dramaturgo francés: cumplid vuestro deber, y dejad obrar a los dioses.

sábado, 2 de noviembre de 2013

El mayordomo (2013)

Con Precious ya tuve la sensación de estar viendo un telefilm de sobremesa con un mejor envoltorio, y tras ver El mayordomo ha ocurrido algo parecido, aunque como se decía en la escuela, Lee Daniels progresa adecuadamente. También es cierto que el extenso reparto de famosos que se pasea por el film ayuda mucho, y es que el mayordomo en cuestión está basado en un personaje real que sirvió a varios presidentes estadounidenses en la Casa Blanca desde los años 50 hasta los 80. Una excelente oportunidad para tener a actores de renombre encarnando a tal o cual presidente. 

El mayordomo cuenta la historia de Cecil Gaines, un joven de color que abandona los campos de algodón en busca de fortuna; tras haber servido a su "ama" blanca comenzará a trabajar en un hotel, y de ahí irá a Washington, donde será escogido por una especie de cazatalentos mayordomil para servir en la Casa Blanca, ocupada entonces por Eisenhower. La vida de Gaines servirá como excusa para repasar la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos desde los 50 hasta la epifánica victoria de Barrack Obama en las elecciones de 2008.

Entre presidentes, primeras damas, y demás, vemos desfilar nombres como los de Vanessa Redgrave, Jane Fonda o Alan Rickman, transformado de manera sorprendente en Ronald Reagan. Robin Williams como casi siempre que hace de alguien famoso parece Robin Williams "haciendo de", y John Cusack con su nariz postiza encarnando a Nixon me dio la sensación de estar viendo algún sketch de Saturday Night Live, a su pesar. Una vez más Daniels ha decidido darle una oportunidad a Mariah Carey en un pequeño papel que esta vez tiene un diálogo casi nulo; el papel más sustancioso de Lenny Kravitz resulta más sorprendente e irritante, pero por suerte ahí está Cuba Gooding Jr. para robarle cada escena que comparten juntos.

El mayordomo no es ni un gran film ni un bodrio, y no está exenta de buenos momentos; Oprah Winfrey vuelve a la interpretación y como ya ocurriera en anteriores ocasiones se le da bastante mejor de lo que uno pudiera pensar, pero tras ver la película no pude sino reafirmarme en la opinión de que Forest Whitaker podría convertir un anuncio de yogures en un drama digno de Tennesse Williams. Con un protagonista menos capaz quizás El mayordomo se habría acercado realmente a un telefilm al uso. Repito, no es una mala película, pero tampoco estamos hablando de Lincoln precisamente. Esta es una cinta entretenida con momentos acertados, otros menos acertados, y un gran actor al frente. Vosotros veréis que prioridad le queréis dar.

viernes, 1 de noviembre de 2013

jueves, 31 de octubre de 2013

Happy Halloween, againnnnnn

Joan Crawford os desea una divertida noche de difuntos en la que podáis pasarlo bien hasta perder la cabeza.

martes, 29 de octubre de 2013

Brüno y el psíquico

Con films como Borat o Brüno la verdad es que siempre dudo acerca de dónde empieza la ficción y donde acaba, pero si Sacha Baron Cohen realmente salió vestido de ultragay por los barrios de Jerusalén el cabrón está todavía más loco de lo que pensaba. En fin, ¡todo sea por el entertainment!

Ciertamente su humor no es tan classy como el de las películas de Lubitsch, pero no sé que pero se le puede poner a la siguiente secuencia. ¡Yo la veo muy recatada!

sábado, 26 de octubre de 2013

Rush (2013)

Vi a Daniel Brühl comentar una anécdota sobre Nikki Lauda que dice bastante del curioso carácter del mítico piloto; cuando el germano-español fue a encontrarse con Lauda para preparar su personaje, éste le advirtió que viajara sólo con el equipaje de mano, por si no congeniaban y tenía que largarse con viento fresco. Desde luego Lauda, tal y como es retratado en este film, no parece alguien que se preocupe por las convenciones sociales, y aunque pudiera parecer que en lo personal no sale muy bien parado en la película, con todas sus manías y comportamientos, al parecer el bueno de Nikki ha quedado muy contento con el retrato que se hace de él y su rivalidad con el piloto británico James Hunt.

No cabe duda de que Ron Howard es un excelente artesano; no pasará a la historia como un gran autor, pero es de esos directores que siempre llevarán un encargo a buen puerto, en detrimento de que el film en sí sea interesante o no. Pero cuando tiene una historia interesante entre manos de lo que puede estar uno seguro es de que el resultado será una película bien hecha y entretenida, por encima de la media del típico producto palomitero. No sé como serán sus adaptaciones de las obras de Dan Brown, pero en los últimos tiempos Howard parece haberse especializado en adaptar historias reales a la gran pantalla con bastante buenos resultados como prueban Apolo XIII, Cinderella Man o Frost contra Nixon.

Rush, que en su tratamiento fue concebida por el guionista Peter Morgan como una serie de encuentros entre los dos pilotos sin carreras de por medio (por aquello de que quizás hubiera un cuasi nulo presupuesto), pertenece a la categoría de "basada en hechos reales". Finalmente sí que ha habido secuencias de carreras, algunas bastante espectaculares, y rodadas con gran acierto por Howard, que se ha permitido introducir metáforas, por ejemplo, de pistones que parecen mostrarnos el corazón a mil por hora de los pilotos, o recrear con todo detalle el famoso y casi fatal accidente de Lauda que le dejó desfigurado de por vida. Aunque lo que hace a Rush más interesante es obviamente la relación entre los dos pilotos, la vieja historia de admiración mutua mezclada con la rivalidad más absoluta entre dos personajes opuestos: uno, el británico Hunt, que no es sino un gigoló vividor amante de las fiestas, mientras que Lauda es un solitario que parece rozar la misantropía, aunque desde luego ambos están unidos por su necesidad de ganar y su pasión por la velocidad, pasión que en el caso de Hunt quizás sea más verdadera, por así decirlo, mientras que Lauda parece ver en las carreras más un excelente medio de ganarse la vida que otra cosa, aunque quizás en el fondo no sea sino otro piloto loco por las carreras.

Ciertamente todos aquellos que arriesgan su vida en busca de la adrenalina parecen hechos de otra pasta; la misma esposa del brasileño Ayrton Senna reconoció que tanto ella como todo lo demás estaban en un segundo plano respecto a las carreras; ¿qué lleva a alguien a escalar precipios sin arnés, o conducir a velocidades endiabladas? Y parece haber un rasgo común en todos esos buscadores de la aventura: un vacío que sólo parece ser llenado por la emoción de la adrenalina. Este arquetipo parece encajar a la perfección con el retrato que se hace de Hunt, más pasional, incapaz de mantener su matrimonio a flote cuando le falta la velocidad.

Fue precisamente tras la muerte de Senna cuando todo pareció cambiar respecto a la seguridad de los pilotos en la Fórmula 1, y creo que desde entonces no se han vuelto a producir hechos fatales en carrera. Sin embargo en los años 70 la F1 era más parecida a las carreras de motocicletas hoy en día, donde, como hemos podido comprobar, un piloto todavía parece tener más en común con un torero que sale a la plaza poniendo su vida en manos del destino. A lo largo de Rush vemos que en aquellos años los accidentes terribles o mortales no eran algo raro, sino que más bien parecían algo común. No sé si ese hecho daba un aura de misticismo mayor a los pilotos o sus victorias, pero como todo en aquella época, parece que la Fórmula 1 fuera por entonces algo más loco y libre que en la actualidad. Aunque ciertamente sé tanto de F1 como de mampostería, es decir, nada. 

Además del buen hacer de Howard y un guión consistente, Rush cuenta con buenas interpretaciones, especialmente por parte de Brühl, quien ayudado por una ratuna dentadura postiza realiza un excelente retrato de Lauda, quien además ha dado su bendición a la película, y ciertamente no parece un tipo fácil de complacer. Chris Hemsworth, con dimensiones más humanas que en Thor, encaja bien como el vividor Hunt; no me lo imagino interpretando una obra de Shakespeare, pero tampoco me parece una completa nulidad. Ellos dos son quienes dominan, obviamente, todo el film; las esposas de los pilotos están encarnadas por una Alexandra Maria Lara que interpretativamente creo que gana a una Olivia Wilde que, por otro lado, me sigue pareciendo uno de los rostros más bellos del cine actual. 

Así que quien haya disfrutado con otras películas de Howard seguro que pasará un buen rato con Rush, bastante en la línea del director: no es uno de esos films que uno se llevaría a la tumba, pero tiene buenos momentos y es un gran producto de entretenimiento pero con algo más de solidez que los típicos revientataquillas estadounidenses. 

En realidad, creo que el gran pero del film es que en los créditos finales no sonara esta canción.

viernes, 25 de octubre de 2013

domingo, 20 de octubre de 2013

Alexa Vega

Sí, Alexa ya no es esa niña pizpireta que tanto alegró nuestros corazones en esa incomensurable saga que es Spy Kids. Por desgracia las chicas crecen y pierden su encanto, es ley de Anna Paquin.



lunes, 14 de octubre de 2013

Bajando

Estaba escuchando esta versión de "Going Down" de Sonic Flower, y aunque no suena mal con ese toquestoner, ha sido pensar en la de Jeff Beck y me ha parecido tan pequeñita a su lado... El grupo de blues rock Moloch fueron los primeros en grabar esta composición de Don Nix, pero en mi opinión quien realmente le dio vida al tema fue Freddie King, que inspiró la flamante versión del pequeño genio de Wallington.

sábado, 12 de octubre de 2013

Capitán Hispania

En nuestra dura posguerra se ve que ya hubo uno, pero todos sabemos quien es el auténtico Capitán Hispania, aunque por alguna razón es constantemente ninguneado en este día tan señalado. Una grave injusticia que le hace a uno reflexionar sobre el país en el que vive.

¡Viva el Capi!


jueves, 10 de octubre de 2013

Gravity (2013)

Gravity es la nueva sensación fílmica de la temporada, especialmente por sus espectaculares efectos especiales, que ya muchos consideran revolucionarios (aunque todo parece indicar que el necesario paso previo fue Avatar), aunque para mí lo realmente revolucionario es que no estén ligados al típico "blockbuster" de turno. Los titulares de prensa ya se han hecho eco de unas supuestas declaraciones de James Cameron tildando a Gravity como la mejor película del espacio jamás hecha, lo que seguramente haya molestado a muchos fans de Kubrick. Bueno, yo hasta diría que Planeta prohibido es también superior, a pesar de lo anticuado de sus efectos. Pero comparaciones aparte, no cabe duda de que Gravity nos ofrece una experiencia visual digna de ser vista en pantalla grande, con un guión realista, "adulto", por decirlo de alguna manera, lo que como decía resulta casi más sorprendente que lo que se ha logrado con el CGI y toda la tecnología que lleva detrás una película así.

Sin entrar en las tramas metafísicas de algunos viejos clásicos espaciales, la trama de Gravity es simple pero efectiva: una astronauta que se encuentra reparando el Hubble se ve envuelta en una lluvia de deshechos espaciales que la deja flotando en el espacio junto a su compañero de misión. A partir de entonces viviremos su particular odisea espacial en busca de una forma de sobrevivir y lograr regresar a la madre Tierra.

Lo del 3D siempre me ha parecido una filfa, y en cierta manera algo poco cinematográfico; si a ello añadimos motivos económicos, pues el resultado es que nunca me he dejado arrastrar por esa fiebre que hay ahora con las tres dimensiones; ¿en que ganaría viendo Thor en 3D? No sé, si James Cameron se gasta el dinero en algo realmente productivo y en vez de sacar Titanic 3D decide relanzar Paprika 3D tal vez sea el primero en darle mi dinero, pero por lo general no creo que las tres dimensiones aporten realmente algo valioso a un film; ¡al menos no tan valioso como el precio de la entrada! En caso de que ustedes sean también neófitos o reacios a estos efectos tridimensionales, les diría que quizás con Gravity seguramente sea cierto que el 3D aporta realmente algo al conjunto de la película, teniendo en cuenta, por ejemplo, que son muchos los planos subjetivos, y que en este el efecto tridimensional en verdad sumerge más al espectador en la experiencia que vive el personaje. Quizás los más cínicos digan que eso era algo que antes se podía conseguir con un gran guión y un gran intérprete, pero no seré yo de esos, no señor. Con todo, no creo que sea imprescindible ver Gravity en 3D, estoy seguro de ya debe resultar espectacular en dos dimensiones. Pero si estáis buscando un título en la cartelera que ver en 3D, desde luego ésta es una sabia elección.

Dimensiones aparte, lo cierto es que Gravity tiene secuencias realmente impresionantes, y es que, como decía aquella zarzuela, la ciencia avanza que es una barbaridad. El arranque ya deja claro que en el plano visual la cinta va a ser de notable alto si no sobresaliente, pero además el guión de Alfonso Cuarón e hijo discurre con fluidez, necesitando de poco para permitirnos hacernos una idea de los personajes, hasta que llega el peligro y entonces la película se convierte en una carrera de supervivencia dentro un cúmulo de fatalidades dignas del mejor melodrama radiofónico, aunque aquí en vez de madres solteras o doncellas ultrajadas hay una astronauta que flota y flota. Lo cierto es que la acertada dirección de Cuarón proporciona al film un ritmo que casi no deja al espectador tranquilo, pero lejos de ser atropellado le lleva de la mano por una serie de secuencias más o menos espectaculares, pero que en algún momento seguro que agita al espectador o le deja clavado en la silla, ya sea por haber conectado con la protagonista o por algún maravilloso efecto. En resumen, sin ser un guión epatante, Gravity combina una historia vertiginosa e interesante con unos efectos especiales por momento epatantes y un buen hacer tras la cámara, a pesar de algún detalle aquí o allá; en mi caso, por ejemplo, la bonita aunque algo burda metáfora del "volver a nacer" que vemos en cierto momento del film. 

Dado lo reducido del reparto, además de George Clooney y su eterna sonrisa de vendedor de café expreso tenemos como absoluta protagonista a Sandra Bullock, actriz que para muchos cinéfilos nunca pasará a la historia por sus dotes interpretativas, aunque como todo en esta vida, estoy seguro de que tiene sus fans. En fin, yo aún la recuerdo en Demolition Man y la verdad, ¡aquellas conchas de WC parecían más vivas que ella! Pero hay que reconocerle el duro trabajo que ha debido suponer el papel de la depresiva astronauta Ryan Stone, tanto en el plano físico (no sé si será por su entrenamiento de astronauta o qué, pero la vi mucho mejor ahora que hace 20 años) como en el interpretativo, ya que carga sobre sus espaldas casi toda la cinta. No voy a decir que se haya convertido en una excelente actriz de la noche a la mañana, pero ciertamente creo que nunca la vi superarse así; claro que tampoco es que haya seguido paso a paso su filmografía. Pero supongo que algo habrá tenido que aprender tras todos estos años.

En fin, que personalmente no salí del cine flotando y epatado como si hubiera vuelto a nacer dentro de un cine, pero no por ello Gravity deja de ser un buen film con algunos momentos visuales dignos de verse y una trama sencilla pero efectiva muy bien llevada por Alfonso Guarón. Para todo lo demás, ya lo dijo el sabio anunciante: busque, compare, y si encuentra algo mejor, cómprelo. Pero si sois de los que vais poco al cine, si elegís Gravity puedo aseguraros de que no tiraréis el dinero. A no ser que seáis un astrofísico que verá errores en todas partes. 

Por mi parte, me despido sugiriendo a los estudios de Hollywood que hagan una segunda parte en 3D, con Christina Hendricks de protagonista. Aunque quizás la tecnología aun no esté tan avanzada. Ya ves, Cameron, ¡ahí tienes un reto!

miércoles, 9 de octubre de 2013

Neighbours, have I got neighbours?

If you're going to be woken up after two hours sleep, it might as well be to a herd of morons screaming 'Tiny Dancer'.

Más aquí.

lunes, 7 de octubre de 2013

El Tour de Francia: el quinto Tour de Hinault (1983-1985)

¿Carta de navegación? Esto es pedaleando duro y parejo. Luis Herrera.

Todo indicaba que 1983 sería el año en que Bernard Hinault ganaría su quinto Tour, igualando los triunfos de Jacques Anquetil y Eddy Merckx, pero una vez más una tendiditis se cruzó en su camino a la victoria. En vez de luchar por defender el título Hinault tuvo que quedarse en casa recuperando sus músculos. El francés tuvo tiempo al menos de ganar su segunda Vuelta a España; quizás un pobre sustituto para lo que podía haber sido una quinta victoria en la ronda francesa. Lo que estaba claro es que con su ausencia de última hora aquel iba a ser uno de los Tour más abiertos en muchos años.

El holandés Peter Winnen, quinto y cuarto clasificado en las ediciones de 1981 y 1982, era la mejor opción a la victoria final del mejor equipo del pelotón, el TI-Raleigh. El equipo de La Redoute-Motobecane tenía a Robert Alban, y el combinado español del Reynolds tenía en Ángel Arroyo a su mejor hombre, con un joven Pedro Delgado como mano derecha. Probablemente uno de los rivales más peligrosos a priori era el australiano Phil Anderson, quien el año anterior había vestido el amarillo durante diez días. Restaba también alguna victoria en la montaña o luchar por el maillot de la regularidad; victorias que iba tener que arrancar al equipo nacional colombiano, invitado por la organización del Tour; aunque nadie contaba con que pudieran optar a la victoria final. Otros nombres que se barajaron como posibles favoritos fueron los de Pierre Martin o Philippe Brunel.

¿Y qué pasaba con el Renault, el equipo de Bernard Hinault? Descabezado de su líder, su director deportivo, Cyrille Guimard, decidió que sus ciclistas habrían de competir por victorias de etapa, y quizás Marc Madiot podría competir por liderar la categoría de los jóvenes. Él y un joven parisino con pinta de profesor (de hecho así le acabarían apodando los medios), uno de esos jóvenes que a pesar de tener 23 años ya parecen más mayores; un debutante en el Tour llamando Laurent Fignon.

Nacido en Montmartre, aunque criado en las afueras de la capital francesa, el primer deporte de Fignon fue el fútbol, aunque cuando a los 15 años se pasó a la bicicleta, y comenzó a ganar a pesar de correr con la vieja bici de su padre, decidió que aquello era lo que quería hacer. Sus padres tenían otros planes para él, y le obligaron a matricularse en la universidad. A pesar de sus pintas de intelectual, Fignon nunca fue un estudiante destacado. Finalmente mandó sus estudios a la porra, hizo la mili y cuando se licenció se dedicó a su pasión. Fue en la Vuelta a Córcega donde le descubrió Guimard, aguantando como amateur (en aquella carrera podían correr profesionales y aficionados, como en los viejos tiempos del Tour) la rueda de todo un Bernard Hinault. El astuto director deportivo no se equivocó; en su debut en el Giro llegó a llevar el jersey rosa durante un día, demostró ser un aliado inestimable para Hinault, además de ganar un par de carreras menores. En la temporada de 1983 Fignon había sido una gran ayuda durante la Vuelta que había ganado su capitán. Sin duda tenía un prometedor futuro por delante, pero nadie, ni siquiera Guimard, esperaba que pudiera competir por la victoria. Por entonces Fignon tan sólo era una joven promesa que aun no había mostrado al mundo su casta ni se había convertido en el punk del pelotón.

El especialista Eric Vanderaerden fue quien ganó la etapa prólogo de aquella edición del Tour; tras la contrarreloj por equipos de la segunda etapa el veterano ex-campeón Joop Zoetemelk estaba a 2 segundos del líder Jean Louis Gauthier; más tarde sus pruebas antidopaje de esa etapa darían positivo, y le penalizaron con 10 minutos. No era la primera vez; sin duda hoy en día la carrera del holandés habría sido bastante más corta. El danés Kim Andersen fue el primero de los suyos en llevar el amarillo, tras protagonizar una larga escapada en la tercera etapa. Logró retener el primer puesto tras la contrarreloj individual de la sexta etapa, aunque Phil Anderson ya le pisaba los talones a 42 segundos. El reinado de Andersen terminó en la novena jornada a manos de Sean Kelly; justo a tiempo para los Pirineos.

En el Aubisque, el primer gran puerto de la primera etapa pirenaica, los espectadores pudieron contemplar cómo una figura familiar coronaba el puerto en primera posición; se trataba nada más y nada menos que del veterano Lucien van Impe, que había corrido su primer Tour en 1969. Sin embargo la victoria de etapa sería para el escalador escocés Robert Millar, el corredor británico más popular de su tiempo. Millar había perdido 17 minutos tras sufrir una caída en la tercera etapa, perdiendo toda oportunidad de poder combatir por la general. Fue el tercer clasificado, el francés Pascal Simon, quien se enfundó aquel día de amarillo. Un movimiento extraño, ya que Simon era supuestamente un gregario de Phil Anderson, quien había sufrido una caída en el Aubisque. Ningún compañero acudió en su ayuda. En su lugar, Pascal Simon decidió atacar. Parecía que se había producido un golpe de estado dentro del equipo Peugeot. Nadie mejor que un francés para liderar un equipo francés.

El karma pareció actuar rápido con Simon. Al día siguiente el veterano pero excelente corredor Joaquim Agostinho se fue en solitario en un terreno llano donde podía hacer daño; el Peugeot no iba a permitirlo. Durante la persecución un hombre de Agostinho trató de llegar a la cabeza del pelotón. Los hombres del Peugeot trataron de impedirlo, y en la confusión resultante se produjo una caída de varios corredores. Pascal Simon estaba entre ellos. El líder se había roto un omóplato, y en medio de un gran dolor, ayudado por su equipo, pudo volver al pelotón y acabar la etapa. A pesar de la grave lesión el francés decidió seguir corriendo.

El pelotón siguió discurriendo hacia el Macizo Central. Cada día era un infierno para Pascal, que trataba de aguantar todo lo que podía, mientras el joven Fignon se encontraba expectante segundo en la clasificación a 4 minutos y 22 segundos. Simon logró mantener el liderazgo a través del Macizo Central, seguramente más por la falta de combatividad de sus contrincantes que por su propia fortaleza. Dada lo doloroso de su condición, su retirada de la carrera se esperaba como la caída de una fruta madura. Aun así el francés iba a vender cara su piel: logró terminar la cronoescalada al Puy de Dôme de la etapa 15, que ganó el español Arroyo, pero Fignon había logrado reducir su diferencia a tan sólo 52 segundos. Sumido en una situación límite, la monstruosa etapa 17 en los Alpes con seis grandes puertos demostró ser demasiado para el torturado Simon, quien ya había pagado cara su falta, ganándose de paso las simpatías de todos los seguidores. El líder se bajó de la bicicleta en el segundo puerto. Fignon era ahora el nuevo maillot amarillo. El segundo clasificado era Pedro Delgado a poco más de 1 minuto. ¡Y pensar que Guimard había estado a punto de no llevar al joven francés a aquella edición!

Tras otra dura jornada alpina Fignon permaneció como líder. Todavía no era el corredor explosivo de futuras ediciones; aconsejado por Guimard, el francés corrió de forma económica, defendiendo lo que el destino había puesto en su camino en aquel sorprendente debut en la ronda francesa. Tras una caída de Pedro Delgado su compatriota Ángel Arroyo recuperó su puesto natural como candidato del Reynolds a la general. La montaña terminó con una cronoescalada en la etapa 19 que ganó Lucien van Impe, lo que le permitió colocarse tercero en la clasificación a sus 36 años. El belga no lograría mantener el podio, pero se había asegurado una nueva victoria en la clasificación de la montaña.

El último obstáculo para Fignon era una contrarreloj individual que logró adjudicarse con una diferencia de 35 segundos sobre Arroyo, diferencia que permitió al español asegurarse un segundo puesto en el podio de París. Peter Winnen sería el tercero. Lucien van Impe logró un meritorio cuarto puesto. El destronado Anderson fue noveno, el mejor clasificado del Peugeot. Sean Kelly logró su segundo jersey verde. Pero lo más importante era que un joven y desconocido corredor llamado Laurent Fignon, que parecía salido de la revolución parisina de 1848, había ganado la ronda francesa. Por la mala fortuna de otros, pero también había respondido cuando había llegado la hora de defender sus opciones. Ahora debería demostrar que aquella victoria no había sido un hecho aislado, y lo que era más importante: debería probar que era capaz de ganar con Bernard Hinault en el pelotón.
Laurent Fignon, triunfante.
La diosa Fortuna puede ser cruel, y como sabemos, a uno de sus golpes siempre puede seguir otro. En junio de 1984 Laurent Fignon probó un poco de su amarga medicina cuando perdió la maglia rossa frente a Francesco Moser en la última etapa, una contrarreloj. Una última afrenta que añadir a las de la organización de la carrera italiana, que según algunos testigos había realizado curiosas maniobras cuyo único objetivo parecía haber sido el impedir que el francés ganara la carrera. Se afirmó incluso que en aquella última crono el helicóptero de la televisión italiana parecía usar su reflujo para perjudicar al líder y favorecer a Moser. Sea como fuere, Fignon perdió una gran carrera en el último momento; y como cualquier aficionado sabe, no sería la última vez.

Vigente campeón de Francia en ruta, Fignon acudía al Tour como líder absoluto del equipo Renault. Bernard Hinault había fichado por La Vie Claire, aunque más que la ascendencia de Fignon el cambio se debía a que el por entonces tetracampeón del Tour deseaba más poder de decisión en su equipo, algo imposible con el prestigioso Cyrille Guimard como director deportivo. Así el duelo estaba servido; ciertamente hacía mucho desde que el Tour había contemplado una rivalidad entre franceses de aquel nivel. Fignon, el tipo con pintas de revolucionario intelectual, habría de destronar a la vieja guardia, representada por el todavía temible Hinault; aunque muchos especulaban acerca de si su rodilla, que le había tenido fuera del circuito durante meses, podría ser el obstáculo final para que "el Caimán" ganara su quinto Tour.

Quien dudó de Hinault hubo de tragarse sus palabras cuando el tetracampeón batió a Fignon en la prólogo por tres segundos. Fino comentarista, tan fino como lo fue en sus tiempos de ciclista, Jacques Anquetil afirmó que Hinault había enseñado demasiado pronto sus cartas. Pero "el Caimán" no era un tipo tan fríamente calculador como el viejo Anquetil.  Todos sabían que parecía surgido del muslo de Merckx; si podía ganar, Hinault ganaría por el simple placer de hacerlo.

La contrarreloj por equipos de la tercera etapa demostró la solidez del equipo Renault. El líder de la general era un tal Jacques Hanegraaf; cuarto era el granítico Ludo Peeters; el favorito Fignon era sexto a 13 segundos. Por delante tenía a un desconocido corredor norteamericano que debutaba en el Tour, y que había sido noveno en la prólogo a pesar de que el aviso de salida le había pillado atándose las botas. Su nombre era Greg LeMond.

En la quinta etapa se produjo una escapada de tres hombres; uno de ellos corría para Fignon, y el otro para Hinault. El indeciso pelotón dejó ir a la escapada, que finalmente lograría una ventaja de más de 17 minutos. Vincent Barteau, el hombre del Renault, se convirtió en el nuevo rival a batir.

Con una amplísima ventaja la contrarreloj de la séptima etapa no inquietó el liderazgo de Barteau; de todas formas su carrera era otra. Lo esencial fue que Fignon demostró estar más fuerte que Hinault batiéndole en su propio terreno por 49 segundos. Aquella victoria fue un claro aviso para el tetracampeón, quien decidió volver a las tácticas de antaño, buscando las bonificaciones en cada pancarta y cada meta. Hinault tendría a un duro rival en Sean Kelly, especialista en ganar la clasificación de la regularidad, y que tras ser penalizado por un mal codazo en un sprint, trataba de recuperar posiciones a cualquier precio. En la novena etapa su lucha por las bonificaciones de las pancartas intermedias les llevó a dejar el pelotón atrás. Cuando se dieron cuenta de que se habían quedado solos, Hinault, Kelly y el resto de corredores que habían luchado por el sprint se lanzaron a una escapada en solitario que pilló por sorpresa al pelotón. Finalmente el viento en contra hizo desistir a Hinault, aunque su audacia fue una buena prueba de que estaba dispuesto a todo por recuperar la ventaja.

Aquel año el Tour pasó brevemente por los Pirineos con una única pero dura etapa con subidas al Portet d'Aspet, Core, Latrape y el Guzet Neigea. El fino escalador británico Robert Millar sería quien se llevaría la victoria de etapa, en dura pugna con el joven Luis "Lucho" Herrera, quien se encargó de poner a Colombia en el mapa del Tour. Por su parte el director deportivo del Renault, Cyrille Guimard, se encargó de frenar a un Fignon dispuesto a plantear batalla a Hinault desde el primer momento. Fignon esperó al último puerto para lanzar su ataque; sus sensaciones no le engañaron y dejó al gran campeón atrás, metiéndole 1 minuto. El Tour todavía no estaba ganado, pero Guimard se había asegurado de que Hinault no tuviera tiempo material de recuperarse y responder a la ofensiva de Fignon. Aun así el gran favorito todavía no se vistió de amarillo; su gregario, Barteau, sorprendió a propios y extraños aguantando el envite de la alta montaña. Fignon era ahora tercero a 10 minutos y 33 segundos.

La carrera transcurrió por el Macizo Central hacia los Alpes. En la decimocuarta etapa el belga Fons de Wolf protagonizó una heroica escapada en solitario que llegó a arrancarle 25 minutos al pelotón colocándole en un virtual cuarto puesto. En la línea de meta su diferencia se redujo a 17 minutos; pero la noticia del día fue que Fignon decidió responder en el sprint por las bonificaciones de meta a Hinault. Aun más: Fignon cruzó primero. Al día siguiente con dos puertos importantes en la ruta entró tercero. Finalmente, en la decimosexta etapa, Fignon ganó una crono individual con una importante ascensión en la parte final (como atestigua el segundo puesto del colombiano Herrera). Conforme el pelotón avanzaba hacia París, Fignon parecía crecerse mientras Hinault seguía encajando golpe tras golpe. Con todo, "el Profesor" era lo bastante inteligente como para saber que no debía relajarse; no con Hinault en el pelotón.

La primera jornada en los Alpes trajo ascensiones al St Pierre de Chevreuse, Le Coq, el Laffrey y el archifamoso Alpe d'Huez. El Laffrey fue el campo de batalla que Hinault eligió para descargar su artillería; ataque tras ataque, bomba tras bomba, el gran Bernard fue derribando los peones del Renault, incluyendo a sus lugartenientes Barteau y LeMond. Reducido el grupeto a los favoritos de la fortuna, Fignon no esperó a la siguiente oleada y decidió imponer un ritmo frenético que sólo Luis Herrera pudo aguantar. Era como si Fignon ni siquiera se hubiera molestado en lanzar un ataque rompiendo el ritmo. Aquella especie de burla iba a tener su respuesta en el descenso, donde Hinault demostró su clase reduciendo distancias para volver a contactar con el dúo de cabeza al pie de L'Alpe D'Huez. En lo que constituyó una jornada memorable de las que no se olvidan, Hinault retomó su ofensiva en las interminables curvas del mítico puerto. No en vano una de sus citas más famosas fue aquella de "mientras respire, atacaré".

Los aficionados no pudieron sino aplaudir el pundonor de un Hinault dispuesto a vender cara su piel; más aún cuando logró poner distancia entre él y Fignon. Pero el rubio intelectual actuó conforme a su aspecto, de manera fría y calculadora; unidas sus fuerzas a las de Herrera, Robert Millar y Ángel Arroyo, el francés no respondió al ataque, y dejó en cambio que fuera el colombiano quien se encargara de atrapar a Hinault. Las matemáticas de Fignon resultaron: Hinault fue neutralizado y no tardó mucho en descolgarse del grupeto, agotado tras haber vaciado todos sus cartuchos. El ritmo salvaje de Herrera dejó también atrás a Millar y Arroyo. El que Fignon fuera el último hombre en resistir la terrible marcha del colombiano dijo mucho de su gran estado de forma. Con todo ni siquiera él pudo con Herrera aquel día, destinado a ser el primer colombiano en ganar una etapa en el Tour de Francia. La era de los escaladores colombinos había llegado, ¡y de qué forma! Arroyo entró a más de 2 minutos; Millar a 3 minutos y 5 segundos; Lemond a 3 y medio; Hinault a 3 minutos y 44 segundos. Sólo Fignon había resistido llegando a 49 segundos de un desconocido corredor aficionado sudamericano que se convirtió aquel día en un héroe nacional para su país. Por su parte, Fignon era el nuevo líder del Tour.

Los más de 5 minutos perdidos ante Fignon no amilanaron a Hinault, quien aunque perdió fuelle en el primer puerto del día, el Galibier, luchó duro para retomar el contacto con los favoritos. "El Caimán" no dudó en atacar en la zona de avituallamiento, un movimiento desesperado de un animal herido. La superioridad del equipo Renault se puso de nuevo de manifiesto al lograr neutralizar aquel ataque poco honorable. Pero Hinault no podía rendirse; era algo impensable. Sus fuerzas le fallaron de nuevo, esta vez en la Madeleine, pero una vez más logró reducir distancias en el descenso. Hinault era como un boxeador grogui al que sólo la voluntad había mantenido en pie, pero bastaría un golpe más para derribarle. Fignon se lo asestó en el último puerto del día, La Plagne, donde se mostró superior a todos; no podía ganar un Tour sin adjudicarse alguna etapa de alta montaña, como hacían los grandes. Hinault, vencido, llegó a casi 3 minutos. Aun así conservó el segundo puesto, con una insalvable diferencia de más de 8 minutos. El norteamericano Greg LeMond se había aupado a la tercera posición tras ser tercero en la etapa. Su talento era más que evidente, y daría que hablar en el futuro. La decimonovena etapa, otro duro día alpino, se saldó con victoria de Arroyo, pero Fignon añadió otra muesca más ganando la última etapa de alta montaña. La guinda a su gloria llegó con la última contrarreloj individual, que ganó por los pelos, en un empate técnico con Sean Kelly.

El reinado de Bernard Hinault en el Tour había comenzado en 1978, y desde entonces tan sólo las lesiones parecían haberse interpuesto en su camino. Ahora un nuevo león aspiraba a liderar la manada. Ver al gran campeón derrotado en su propio terreno había sido tan escalofriante como ver a Napoleón volver grupas en Waterloo. El relevo generacional parecía un hecho, pero, como ocurriera con el pequeño gran corso, Hinault no había dicho su última palabra.
"Lucho" Herrera, el ciclista que tuvo despierta a toda Colombia.
Era el rey de Anshan, el rey del Mundo y de los cuatro extremos de la Tierra, el Rey de Reyes. ¿Cómo podía aquel advenedizo interponerse en sus planes? En 1985 Bernard Hinault tenía 30 años y todavía era capaz de dar guerra. De hecho aquella primavera había ganado su tercer Giro, y su palmarés era envidiable: dos Vueltas, un Campeonato del Mundo, varias carreras clásicas y critériums, y cuatro Tours. Muy pocos podían presumir de haber cosechado tantas victorias. Pero aquellos cuatro Tours eran incómodos, le quemaban en una piel que ansiaba llevar el amarillo como a toda costa. Pasados los años, parecía como si aquellas cuatro victorias fueran a desvanacerse como lágrimas en la lluvia. ¿Acaso recordaba alguien las tres victorias de Philippe Thys o Louison Bobet? No, cuando se hablara de los grandes campeones del Tour, se hablaría de Anquetil, y de Merckx. Quizás Hinault compartiera una línea con Thys y Bobet. Algo que el orgullo del francés no podía permitirse. La cuestión era simple: Hinault debía ganar un quinto Tour, costase lo que costase.

Para ayudarle a lograr su objetivo Hinault no dudó en exigir, y obtener, la contratación para su equipo de Greg LeMond, la sensación norteamericana que la temporada anterior había sido una valiosa mano derecha para Laurent Fignon. El estadounidense, a punto de cumplir 24 años, estaba ya lo bastante maduro como para poder luchar por una clasificación general. Aun así habría de sacrificarse todavía por su nuevo capitán. De forma sorprendente Hinault haría con LeMond un pacto público, declarando que si en aquel Tour el americano le ayudaba a lograr su ansiado quinto Tour, al año siguiente seria él, el gran Hinault, quien colaboraría con LeMond para llevarle de amarillo a París.

Tras todas sus preparaciones y reunir un equipo sólido, el destino favoreció al gran campeón: Fignon se lesionó y tuvo que ser intervenido con una cirugía, imposibilitando la defensa del título. ¿Quién quedaba para optar al título? LeMond parecía capaz de batirse el cobre con Hinault, pero ahora trabajaba para el francés. Los colombianos sólo podían ser un peligro para la clasificación de la montaña; ¿tenían Stephen Roche o Sean Kelly el nivel suficiente para vencer a Hinault? Sobre el papel no era así. Realmente con Fignon lesionado todo parecía favorecer al ganador de cuatro Tours. Sin embargo aquel no iba a ser un Tour fácil para Hinault. De hecho podría decirse que en la historia de la ronda francesa hubo pocas ediciones como la de 1985. De esas que uno desearía haber podido seguir día a día.

La etapa prólogo se saldó con victoria de Hinault y problemas mecánicos de LeMond. El primer lider en el llano fue el belga Ruddy Matthijs. En la primera crono por equipos La Vie Claire de Hinault demostró su superioridad. La carrera prosiguió por el llano con Kim Andersen, un hombre de La Vie Claire, como líder. Como si estuviera deseoso de estirar las piernas, en la sextapa etapa LeMond decidió meterse en la lucha de los sprinters. La victoria fue para Eric Vanderaerden, pero tras una lucha fratricida entre él y Sean Kelly (segundo clasificado en la meta), ambos fueron penalizados y la etapa fue para Francis Castaing. Tras él había entrado LeMond, el perfecto ciclista todoterreno.

El Tour llegó a los Vosgos con una larga contrarreloj individual de 75 kilómetros en la octava etapa. Ver a Hinault cruzar la meta aquel día debió ser parecido a ver al mítico Uther Pendragon hundir su espada Excalibur en la roca: toda una declaración de intenciones. Aquel era el Tour de Hinault, y para demostrarlo el campeón barrió a todos los favoritos, alcanzando y dejando atrás a su predecesor en la rampa de salida, Sean Kelly; aquel día el segundo mejor fue Roche a 2 minutos y 20 segundos. El vellocino de oro era por fin de Hinault, nuevo líder de la general. La Vie Claire tenía a tres hombres entre los 5 primeros. La guardia pretoriana del francés se antojaba terrible. Ave, Hinault, morituri te salutant.

Adentrados en el territorio del Jura, la alta montaña llegó en la etapa 11. El colombiano Luis Herrera volvió a demostrar que no tenía rival si se levantaba del sillín, salvo por Hinault, que aguantó a su rueda y juntos salieron en pos de los puntos de la montaña, en el caso del primero, y de aumentar diferencia en la general, en el caso del segundo. Herrera tuvo suerte de no correr junto a Merckx, y pudo obtener además la victoria de etapa. LeMond encontró cobijo en un grupeto formado por Pedro Delgado y otro de los míticos corredores colombianos de los 80, Fabio Parra. La siguiente jornada en la montaña era una larga etapa de 269 km con siete puertos (tres de primera categoría) a escalar; Parra ganó la etapa por delante de su compañero Herrera, mientras los favoritos de la general decidieron guardar fuerzas.

Fuerzas que Hinault realmente necesitaba, como se demostró en la decimotercera etapa, una contrarreloj individual que ganó Vanderaerden con 1 minuto y 7 segundos de diferencia con el francés. El líder había mostrado un primer signo de debilidad. Su lugarteniente LeMond era segundo en la general a más de 5 minutos.

Al día siguiente la carrera prosiguió por el Macizo Central, con un único puerto de alta montaña, L'Oeillon. Ágil como siempre en las cuestas, Herrera demarró a la primera oportunidad. No tardó en formarse un grupeto de caza en el que militaban Delgado y LeMond. Con esos más de 5 minutos de ventaja, no parecía que Hinault, resguardado en el pelotón por el resto de su equipo, debiera preocuparse por los jugueteos del estadounidense. Herrera ganó la etapa, y LeMond solidificó su segunda posición. Pero a menos de un kilómetro para la meta el sprint en busca de las bonificaciones se convirtió en una terrible caída de varios corredores que pilló a Hinault de lleno. A aquellos ciclistas que caen en el último kilómetro se les da el mismo tiempo que al resto del grupo en el que estuvieran corriendo. Tras ser atendido por el médico de la organización y cerciorarse de que su vida no corría peligro, un Hinault con la cara ensangrentada se montó en su bicicleta y recorrió los últimos metros hasta llegar a la meta. Se había roto la nariz. Una lesión que no le obligaría a dejar la carrera, pero las dificultades para respirar le iban a poner las cosas bastante difíciles.

La decimoséptima etapa llegó a los Pirineos con tres grandes puertos en el camino: el Aspin, el Tourmalet y la por entonces inédita subida a la estación de esquí Luz Ardiden. En el segundo de los grandes gigantes Hinault perdió comba con los favoritos LeMond y Roche, acompañados además de Perico Delgado. El estado del francés se había agravado con una bronquitis que llegaba en el peor momento. Hinault se cayó también de un segundo grupeto comandado por Kelly y Herrera, aunque en el descenso del Tourmalet pudo retomar el contacto con ellos. Mientras, en cabeza, Delgado se había escapado en busca de la victoria de etapa, algo que también ansiaba Roche, quien salió en su caza seguido de LeMond, quien ignoraba los problemas por los que estaba pasando su líder. Fue en el camino hacia Luz Ardiden donde al parecer un equipo de televisión informó al estadounidense de que Hinault estaba varios minutos por detrás, algo que era falso ya que había logrado reunirse con Kelly y los otros. Sin más información al respecto, LeMond optó por no perder de vista a Roche, su orden del día. Mientras tanto Herrera y Parra venían desde detrás dispuestos a aguarles la fiesta. LeMond sentía que Roche no estaba tan fuerte como él, pero necesitaba el permiso de su director para atacar. Cuando el norteamericano pudo por fin hablar con el director, Paul Koechli, éste le dijo que Hinault estaba cerca y debía esperarle. A este respecto hay dos versiones: Koechli afirma que le dio permiso para atacar y seguir adelante si lograba dejar atrás a Roche; por contra LeMond afirma que Koechli le mintió, y que, desesperado por atacar, cada vez que le preguntaba sobre la diferencia exacta que tenía sobre Hinault, el director deportivo le respondía con evasivas. Mientras corredor y director discutían, los colombianos llegaron con un grupo de unos 14 o 16 corredores detrás. Fue entonces, según LeMond, cuando realmente se enfureció al ver que le habían mentido, ya que Hinault no se encontraba entre ellos. Dentro de la lógica interna del equipo francés, al parecer Koechli había temido que LeMond cogiera el amarillo y la quinta victoria de Hinault se viera amenazada. Toda aquella polémica e indecisión favoreció a Delgado, quien acabó ganando la etapa a pesar de que los colombianos se escaparon en su busca. LeMond no guardó rencor a Hinault, ajeno a las maniobras de su equipo. Cuando se enteró de lo sucedido, el francés realizó sus famosas declaraciones de que al año siguiente ayudaría al norteamericano a ganar el Tour. Pero por el momento LeMond, que había descargado su frustración con lágrimas al llegar a la meta, tendría que seguir ayudando a Hinault, aunque sentía, y siempre ha sentido, que dadas las circunstancias no había merecido la victoria final.

Así pues, Hinault seguía líder, ahora con solo 2 minutos y 25 segundos sobre LeMond. Al día siguiente en una etapa de alta montaña menos exigente Hinault sólo cedió minuto y medio ante el ganador de la etapa, Stephen Roche. El Tour se había decidido en Luz Ardiden, y ya sólo restaba una contrarreloj individual que LeMond ganó por 5 segundos sobre Hinault. En el podio de París, el colombiano Herrera se proclamó campeón de la montaña con un margen considerable. Pero la noticia fue evidentemente la quinta victoria en el Tour de Hinault, consiguiendo su segundo doblete Giro-Tour, aparte, claro está, de entrar en el selecto club de los pentacampeones de la ronda francesa junto a Anquetil y Merckx.
Hinault ha sido el último francés que ha ganado un Tour.