miércoles, 28 de agosto de 2013

Ruta suicida (1977)


A lo largo de la década de los 70 Clint Eastwood combinó sus primeros filmes como director con trabajos como actor de tinte más comercial, aunque él mismo se puso tras las cámaras para recaudar fondos y permitirse así trabajos en principio no aptos para el gran público, títulos como Infierno de cobardes, Breezy o El fuera de la ley. Y tras el enorme éxito cosechado con Harry el Sucio, Eastwood lo vio claro: la mejor manera de atraer al público a la pantalla era repetir la fórmula del policía duro y de gatillo fácil. Hacia 1977 ya habían visto la luz dos secuelas del inspector Callahan y un puro y duro filme de acción titulado Licencia para matar

El año del estreno de Star Wars Eastwood volvía a la carga interpretando a un policía, aunque en esta ocasión no sería el famoso detective del Magnum 44, sino que por el contrario nos encontramos con Ben Shockley, un agente alcoholizado y descontento, que tan sólo espera completar sus 20 años de servicio y retirarse a algún lugar tranquilo. Todo cambiará para él cuando se le encargue viajar a Las Vegas a recoger a un “testigo sin importancia para un juicio sin importancia”, y trasladarlo de vuelta a Phoenix. Ésta es la premisa de Ruta suicida

Shockley se define como un policía que “hace lo que le mandan”, pero que al mismo tiempo “siempre cumple lo que le mandan”. Es por ello que el jefe de policía Blakelock le encarga la misión. Al llegar a la ciudad del vicio Shockley descubrirá que su testigo es una prostituta sexy y lenguaraz quien le asegura que la vida de ambos corre peligro. El en principio incrédulo policía descubrirá que la chica está en lo cierto, y que en una carrera existente se hacen apuestas a un caballo llamado “Mally no lo conseguirá” (la prostituta se llama Gus Mally). Los números son de 50 a 1. Comienza así una loca carrera en la que la pareja son perseguidos por la Mafia e, inexplicablemente, también por la policía. Entre encontronazos con moteros, fugas en moto y coche, tiroteos interminables y helicópteros que explotan, los en principio antagónicos Shockley y Mally irán conociéndose mejor…

Ruta suicida fue hasta entonces la película más cara rodada por la compañía Malpaso, y a pesar de sus violentas y pirotécnicas escenas de acción el guión no es lo bastante consistente como para afrontar tiroteos y persecuciones que acaban alargándose demasiado. Cierto es que es interesante la forma en que se aborda la relación entre policía y prostituta, y que hay cuantas buenas frases “al estilo Callahan”, pero el ritmo de la película no acaba de despegar. El que sea probablemente uno de los tiroteos más largos que haya presenciado (en dos fases), el de la escena final, es francamente memorable, pero por lo general en esta ocasión Eastwood no se muestra tras la cámara tan sólido como en Licencia para matar (que no deja de ser un filme correcto) o la cuarta entrega de Callahan Impacto súbito. La película obtuvo muy malas críticas, y no sé si el propio Eastwood fue consciente de haber parido un trabajo menor, pero aparcó temporalmente la dirección hasta que en 1980 volvió a sentarse tras las cámaras con Bronco Billy.
  
Sin duda lo mejor de Ruta suicida son los personajes: un Eastwood irónico, con alguna ligera reminiscencia de su posterior sargento Highway, y más vulnerable que su Harry Callahan, y Gus Mally, para mí lo mejor del filme. Una genial Sondra Locke reconvertida en una especie de Rosie Perez blanca, rubia, lista como un animal de supervivencia y al mismo tiempo con estudios universitarios. El mejor trabajo que le he visto a la Locke junto a Eastwood. Lo cierto es que la insistencia del californiano de incluir a su novia en sus películas acabó siendo cargante, y parecía que Sandra, segura de su condición de amante del director, al final ya ni se esforzara en actuar, pero en Ruta suicida la actriz brilla con luz propia, robándole escenas al propio director. Una vez más, como prueba de que Eastwood no se olvida de aquellos amigos o colegas que son de su gusto, nos encontramos a un viejo conocido interpretando al compañero policía de Shockley. Se trata de Pat Hingle, el estricto juez de Cometieron dos errores.

Por último, señalar que Ruta suicida tiene el dudoso honor de contar con el que seguramente sea el peor final que he visto en una película de Eastwood. Tildarlo de previsible quizás sería ser injusto, porque en este tipo de filmes todos tenemos una idea de cómo acabará, pero esa última escena resulta demasiado desdibujada e inverosímil incluso para una cinta de acción como ésta. Años más tarde John McTiernan rodaría uno parecido, pero de alguna forma encajaba mejor. Éste no es el mejor filme de Eastwood, pero tampoco es un desastre absoluto. Tiene bastantes puntos a su favor como para, al menos verlo una vez. Aunque luego decidan no repetir la experiencia.

lunes, 26 de agosto de 2013

El Tour de Francia: héroes y estrellas (1953-1960)

Es un escalador criminal, siempre el mismo ritmo sostenido, una pequeña máquina con un plato menos que el resto, girando sus piernas a una velocidad que te rompería el corazón, tick tock, tick tock, tick tock. Raphaël Géminiani describiendo el poderoso estilo de Charly Gaul.
El Tour de 1953 conmemoraba los 50 años transcurridos desde el nacimiento del Tour, por lo que introdujo la clasificación de regularidad por puntos, cuyo líder llevaría un maillot de color verde. Una vez más los equipos nacionales competirían junto a los equipos regionales franceses.

Sin Fausto Coppi en la competición, quien parecía haberse decantado aquel año por prepararse para el Campeonato del Mundo, el equipo francés parecía favorito a la victoria contando con el gran escalador Raphaël Géminiani y un Louison Bobet que había luchado varias veces por el amarillo como grandes bazas a la victoria final, aunque el jefe de equipo, Marcel Bidot habría de cuidar que las luchas internas no arruinaran las posibilidades del equipo francés. Por su parte Jean Robic corría ahora por un equipo regional.

El veteranísimo Gino Bartali no podía ya competir por la general, pero su experiencia podría ayudar al más joven Fiorenzo Magni a conseguir el maillot amarillo para Italia. Entre los representantes de Luxemburgo había un joven debutante llamado Charly Gaul destinado a convertirse en uno de lo mejores escaladores que haya visto el Tour. El suizo Hugo Koblet, ganador en 1951, volvía a la carrera para luchar de nuevo por la victoria final.

Muchos decían que Koblet ya no era el mismo después de que hubiera caído enfermo en México. En la primera etapa el suizo intentó una de sus largas escapadas como antaño, pero no sólo fue neutralizado sino que acabó perdiendo 10 minutos. Aunque lograría buenos puestos en el Giro, el Tour nunca volvió a favorecerle.

La introducción de la clasificación regular tuvo efectos inmediatos. El suizo Fritz Schaer ganó las dos primeras etapas y se convirtió en el primer líder de aquel año. No lograría mantener el maillot amarillo, pero acabaría vistiendo de verde en París. 

Schaer dejó de ser líder en la quinta etapa, pero recuperó el amarillo en la novena. En la décima etapa, que ganó el escalador español Jesús Loroño, todavía logró mantenerse primero en la general. Jean Robic se alzó con la victoria en la etapa reina de los Pirineos; ganador de un Tour sin haber vestido el amarillo, lo vistió por vez primera en la siguiente jornada. Schaer estaba segundo a 18 segundos, y Gilbert Bauvin tercero.

En la etapa número 13 Robic sufrió una caída y perdió más de media hora. Abandonó al día siguiente. El primer puesto de la clasificación cayó en manos de Jean Malléjac, que corría por un equipo regional, seguido del italiano Giancarlo Astrua y Louison Bobet, a más de 3 minutos. 

El frente permaneció en calma hasta la etapa número 18, con dos puertos de alta montaña, el Vars y el Izoard. De camino al primer puerto había un francés, Adolphe Deledda, y otros dos corredores escapados subiendo ya el Vars. Atrás, en el pelotón, todo parecía tranquilo. Con las primeras rampas la tregua se rompió; el primero en atacar fue Loroño, a cuya rueda se puso rápidamente Bobet, quien no tuvo muchas dificultades en deshacerse del español durante el descenso. Deledda esperó a su líder, y juntos salieron en pos del Izoard. No tardaron en colocarse como cabeza de carreras. Cumpliendo con su deber Deledda se vació en el llano dejando a Bobet a los pies de la montaña con una importante ventaja. En su vertiginoso ascenso el francés pudo ver al lado de la carretera a dos espectadores de excepción: Fausto Coppi y su amante Giulia Locatelli. A pesar de sufrir un pinchazo en el descenso Bobet llegó a Briançon con más de 5 minutos de ventaja. El francés desbancó a Malléjac del primer puesto, con una ventaja de 8 minutos y 35 segundos sobre éste. El golpe de mano fue devastador, y nada impidió a Bobet subir victorioso, por fin, al podio de París. Aquel año la clasificación de la montaña fue para Jesús Loroño.
Bobet, por fin líder.
En 1954 el Tour partiría por primera vez de un país extranjero; en esta ocasión el pelotón saldría de Amsterdam. Aquella edición vio el regreso de la crono por equipos tal como la conocemos hoy en día, aunque ya antes habían habido pruebas por equipo en el Tour. Aquel iba a ser un Tour rápido y durísimo, con una competitividad como no recordaban los seguidores más veteranos. 

Tras un Giro conflictivo la federación italiana decidió no participar en aquel Tour, lo que dejó a Francia como la gran favorita para ganar la carrera aquel año con Louison Bobet al frente y Raphaël Géminiani como gregario de lujo. Los equipos regionales franceses venían más fuertes que nunca con nombres como el de Jean Robic, Gilbert Bauvin, Jean Dotto o Jean Malléjac. Bélgica contaba además de con Stan Ockers con una nueva promesa, Alex Close, cuarto en el Tour anterior. España presentaba a un joven corredor, Federico Martín Bahamontes, que había destacado en la Vuelta a Asturias de 1953, y estaba llamado a obtener muchos éxitos en la carrera francesa. Con Italia fuera del Tour Suiza parecía el rival a batir de los franceses, con dos ganadores de la carrera en sus filas (Ferdy Kübler y Hugo Koblet), el ganador del Giro aquel año, Carlo Clerici y el gran rodador Fritz Schaer.

La segunda etapa fue ganada por un Bobet que ya comenzaba a marcar el terreno, segundo en la general tras el holandés Wout Wagtmans. La cuarta jornada, dividida en la crono por equipos (que se adjudicó Suiza) y una etapa de llano, vio como Bobet adelantaba al holandés en la general. Los suizos no estaban dispuestos a permitirlo y atacaron en la siguiente etapa. El francés retuvo el amarillo pero ya tenía a Koblet tercero a 51 segundos. Le seguían Bauvin, Schaer y Robic. En la octava etapa Wagtmans se metió en una escapada que prosperó y le devolvió el liderato de la general.

En la etapa previa a los Pirineos Koblet se fue al suelo y en un Tour con unas medias muy veloces su equipo tuvo que trabajar duro para traerle de vuelta junto a las favoritos. Wagtmans, Bauvin y Bobet comandaban la clasificación.

Onceava etapa, dos grandes cotas aguardan, el Soulor y el Aubisque. Bahamontes, de 26 años, sin desparpajo alguno, comienza a demostrar por qué España le ha traido a este Tour, coronando en solitario el Aubisque. Como otros muchos escaladores antes que él, Bahamontes perdía en los descensos lo que ganaba subiendo, pero había venido a competir por la clasificación de la montaña; allá en la España franquista una victoria en la montaña era como ver hace unos años a la selección española en una semifinal; sabía a victoria completa. La victoria de etapa fue para el belga Ockers; la clasificación siguió inalterable, salvo por Koblet, quien además de tener un mal día sufrió dos caídas. 

Al día siguiente se corría la etapa reina en los Pirineos con el Tourmalet, el Aspin y el Peyresourde. Una vez más Bahamontes fue el primero en adelantarse coronando en solitaro el Tourmalet. Bobet le pasó en el Aspin, pero en el Peyresourde Bauvin dio un golpe de mano demarrando y colocándose en cabeza, seguido de cerca por Bahamontes y Malléjac. El francés Bobet no pudo seguirles y luchó por perder el menor tiempo posible, cediendo 2 minutos. En aquella etapa infernal el resto de favoritos quedaron anulados, y Bauvin se proclamó nuevo líder de la general. La carrera se iba a adentrar ahora en el Macizo Central, con tan sólo una etapa de llano para recuperar fuerzas.

La etapa 14 presentaba varias cotas de 2ª y 3ª categorías, y muy pronto se formó una escapada de 23 corredores entre quienes se encontraban todos los favoritos. En el segundo puerto Bauvin pinchó y perdió contacto con el grupo. Acabó perdiendo 8 minutos cediendo el amarillo de nuevo a Bobet. El paso por el Macizo Central no sentó bien a Bauvin, quien cedió más minutos y acabó séptimo en la general. Tras Bobet se encontraban los suizos Schaer a 9 minutos 44 segundos y Kübler a 10 minutos 30 segundos. 

La primera jornada alpina vio como Bahamontes demarraba una vez más. Aunque los favoritos tenían una distancia más que considerable Bobet no se fiaba de la excelente forma del español y puso a los favoritos a la caza. Cuando coronaron el primer puerto vieron con sorpresa a Bahamontes sentado en un muro comiéndose un helado. Ésta es una de las muchas anécdotas que el ciclista español proporcionó a lo largo de su carrera, y muchas han sido las explicaciones para tal conducta, desde un fallo mecánico a una broma, o cierto miedo a descender en solitario. La victoria de etapa fue para el francés Lucien Lazaridès.

Bobet sentenció el Tour con una victoria en la etapa 18, demostrando que sin Coppi en la carrera el francés parecía no tener rivales. Por su parte el español Bahamontes ganó el primero de sus muchos premios de montaña.
Bobet lidera el ascenso al Aubisque.
1955. Por fin Alemania volvía a tener representantes en un Tour donde por primera vez se usaría la técnica de la "photo-phinish". Los alemanes correrían en un equipo mixto formado por austríacos, luxemburgueses, y australianos, en el que destacaba un Charly Gaul de 22 años ya lo bastante curtido como para tener algo que decir en la carrera. El gran favorito era evidentemente el francés Bobet, flamante campeón mundial aquel año. El equipo francés de aquel año era seguramente el más impresionante que se había visto desde el fin de la guerra, con Jean Dotto, Antonin Rolland, Raphaël Géminiani, Jean Malléjac, Jean Forestier, André Darrigade y el hermano del actual campeón, Jean. Bélgica alineó de nuevo a Stan Ockers y Alex Close, y un joven ciclista llamado Jean Brankart que había sido noveno el año anterior. Bahamontes se ausentó aquel año del Tour, con lo que España tenía a Antonio Gelabert y Jesús Loroño como mejores opciones para la montaña. Suiza parecía necesitada de un relevo generacional que no se producía, y su mejor baza era un Ferdy Kübler de 36 años. Wout Wagtmans era la gran esperanza holandesa, mientras que Italia presentó uno de sus equipos más discretos en décadas. La sombra de Coppi parecía alargada. Aunque ya habían corrido ciclistas británicos anteriormente, aquel Tour vio por primera vez a un equipo de las Islas en la línea de salida.

La primera etapa sería doble, con una carrera por la mañana y una crono de equipos por la tarde. El español Miguel Poblet ganó la primera parte y se convirtió en el primer español en llevar el maillot amarillo. Incluso tras la crono logró retenerlo. En la segunda etapa la carrera volvió a su cauce y fue Wagtmans quien conquistó el preciado jersey dorado. Al día siguiente hubo una escapada con varios favoritos que ganó Bobet, aunque la clasificación siguió más o menos igual, hasta que en la cuarta etapa gracias a una escapada Antonin Rolland se colocó como nuevo líder. Séptima etapa, Wim Van Est nuevo líder. Al día siguiente llegan los Alpes. Hombre de llano, su liderato será breve.

Como muchos otros debutantes antes que él, Charly Gaul no había acabado ninguno de los dos Tours que había corrido. Ahora ya estaba preparado para desplegar su talento sobre la carretera, y así lo hizo en la primera etapa alpina, donde coronó en solitario los tres puertos del día, el Aravis, el Télégraphe y el Galibier, llegando a la meta con 13 minutos de ventaja. Gaul era un corredor pequeño y ligero, como muchos escaladores, pero rara vez se levantaba del sillín, simplemente bajaba una o dos marchas e imponía un ritmo criminal que nadie podía seguir. Rolland recuperó el amarillo, Van Est conservó al menos la segunda plaza y Gaul se colocó tercero a 10 minutos. Al día siguiente Gaul intentó de nuevo la gesta, pero tuvo una caída en el segundo puerto. La victoria de etapa fue para un Géminiani con mejores sensaciones que el día anterior. Rolland, que estaba realizando un gran Tour, siguió primero, con el resto de rivales a más de 11 minutos.

La onceava etapa era básicamente una etapa de llano con el Mont Ventoux como gran piedra en el camino. Bobet estaba teniendo problemas físicos, sufriendo grandes dolores en la parte baja (el equivalente ciclista al codo de tenista) y no acababa de encontrar su lugar. El pequeño luxemburgués Gaul realizó una nueva intentona sabiendo que podría aprovechar la llegada del Ventoux. Los franceses no iban a permitirlo y salieron en su busca. A los pies de la gran montaña Géminiani se escapó con el suizo Kübler y el compatriota Gilbert Scodeller (aunque corría para un equipo regional). Con un hombre por delante Bobet ya estaba decidido a no respetar la posición de su compañero Rolland, y dejó atrás el pelotón. Gaul trató de seguirle pero finalmente tuvo que dejar su rueda. Bobet llegó a la altura de los escapados, y viendo que Géminiani no iba a poder serle de utilidad, decidió seguir solo durante los 60 kilómetros restantes. La victoria fue suya, y se colocó segundo, todavía a casi 5 minutos de Rolland.

Quedó claro que aquel Tour se dirimiría en los Pirineos, donde hasta entonces se declaró una tregua entre los favoritos. En la primera etapa pirenaica Gaul demarró en el Aspin, y Bobet parecía aquel día el único capaz de poder cazarle. No lo logró, aunque por poco, con lo que Gaul ganó la etapa. Por fin Bobet se colocaba el maillot amarillo, desplazando al segundo puesto a su compañero Rolland. En la siguiente jornada el líder aumentó su diferencia dejando prácticamente sentenciado el Tour. Tan sólo restaba la etapa 21, una crono, para la victoria final, aunque el estado de Bobet era tan grave que apenas sí podía sentarse en el sillín. Aun así logró mantener la situación sobre control y asegurase la victoria en la última etapa, que acabó como empezara la carrera, con una victoria de Miguel Poblet. El francés había logrado su tercer Tour consecutivo, repitiendo la gesta del belga Philippe Thys.

Charly Gaul y Louison Bobet
La edición fácil. Así consideraron muchos al Tour de 1956 cuyo recorrido tenía menos alta montaña y ningún final en alto. El gran favorito, Louison Bobet, se recuperaba de una operación quirúrgica y no correría aquel año. De hecho ningún campeón de la carrera iba a partir en la línea de salida. Aquel Tour se preveía el más abierto en años.

Muchos vieron a Francia como clara favorita con nombres como los de Géminiani, Malléjac o Darrigade, y otros veían con posibilidades al italiano Nino Defilippis o al belga Stan Ockers. El holandés Wout Wagtmans había llevado el amarillo en más de una ocasión y también había que contar con él. El joven Charly Gaul había demostrado grandes dotes el año anterior y era el vigente campeón del Giro, pero el equipo del luxemburgués no era lo bastante fuerte como para apoyarle en una pugna por la victoria en París; por su parte el español Bahamontes sólo podía contar para la clasificación de la montaña.

De los favoritos Darrigade fue el primero en ponerse el jersey amarillo, disputánselo durante las primeras jornadas con Gilbert Desmet, pero en la sexta etapa parecía que el primero podría ser el que estaba en mejor forma. Entonces al día siguiente se formó una escapada de 31 corredores que se dejó ir, hasta llegar a amenazar al maillot. Lo inevitable tuvo lugar y fue el francés Roger Walkowiak, que corría por uno de los equipos regionales, quien se convirtió en nuevo líder de la general.

El jefe de equipo conminó a Walkowiak a correr con frialdad, dejando escapar el maillot si así fuera necesario, reservando fuerzas para permanecer en los primeros puestos y poder recuperarlo más tarde. La siguiente etapa se la adjudicó el español Miguel Poblet que estaba teniendo una muy buena temporada (fue el primer corredor en ganar etapas en las tres grandes vueltas el mismo año) y Walkowiak siguió como líder, hasta que en la décima ocurrió lo inevitable y cedió algo de tiempo, pero no trató de evitarlo.

Tras el primer contacto de la carrera con los Pirineos un sorprendente Darrigade (para algunos el mejor sprinter que ha habido) se mantuvo con los favoritos recuperando el maillot amarillo. Walkowiak hizo su carrera y estaba séptimo a poco más de 7 minutos. Pero la siguiente jornada de montaña Darrigade ya no pudo defender más el título y acabó a más de 14 minutos del ganador de meta. El holandés Gerrit Voorting seguía agazapado en los primeros puestos tras muchas etapas, y podía ser el rival a batir. Cuando el llano llegó de nuevo la general no había sufrido cambios importantes. Habría que esperar a los Alpes.

La primera jornada alpina realizó la primera criba acabando con las opciones de Darrigade y un Voorting que hasta entonces había realizado una gran carrera. Wagtmans era ahora el nuevo líder con Walkowiak segundo a 4 minutos 27 segundos. Gilbert Bauvin era tercero.

La etapa 18 sería la última oportunidad que tendrían los escaladores para decir algo en la general, y no tardaron en imponer una marcha bastante dura sobre el Mont Cenis y el Croix de Fer. En las primeras rampas del último puerto, el Luitel, el grupeto de favoritos seguía junto. Finalmente Gaul cambió plato y realizó un ataque al que ni siquiera Bahamontes pudo contestar. Un sorprendente Walkowiak, dos semanas atrás otro corredor anónimo más en el pelotón, permaneció a rueda del español y el italiano Gastone Nencini. Los tres llegaron juntos a la meta. Wagtmans, víctima de una pájara, cedió 8 minutos ante Walkowiak, lo que convirtió al francés en el nuevo líder virtual de la carrera.

Con los Alpes atrás Walkowiak tenía un último gran reto por delante, la crono de la etapa 20, con Bauvin segundo a 3 minutos y 25 segundos, una distancia asumible para arrebatarle el liderato. Bauvin acabó haciendo el quinto mejor tiempo, y le puso las cosas difíciles a Walkowiak aquel día, pero como suele decirse, el maillot amarillo puede ser una terrible losa o dar alas, y aquel día el desconocido líder se vació tratando de conservar el liderato, lo cual logró llegando en vigesimocuarta posición a 4 minutos 38 segundos del ganador de etapa, el español Miguel Bover.

Aquel año en la típica llegada del Tour al Parque de los Príncipes en París se escucharon pitos y silbidos entre un público desilusionado porque un absoluto desconocido que corría en un equipo regional hubiera batido a los favoritos. Walkowiak no había ganado ninguna etapa (y aunque no fue el primer corredor en ganar un Tour sin una sola victoria de etapa, sí que es todavía hoy el único ganador que nunca ha ganado una etapa en ninguna edición) y para muchos aficionados había corrido de una forma demasiado fría y calculadora. Para los más intransigentes ciertamente aquel había sido un Tour demasiado fácil, y aquella victoria era la prueba. Durante mucho tiempo se diría de alguien que había ganado una carrera de forma demasiado fácil o inmerecida que lo había hecho "a la Walko".
Bahamontes en cabeza, seguido de Ockers y Walkowiak.
1957. Un año que haría historia. Aunque aquel 27 de julio en Nantes seguramente muy pocos lo habrían imaginado. Francia parecía el gran rival a batir. Italia tenía posibilidades con Gastone Nencini, y Luxemburgo dependía totalmente de Charly Gaul; el impredecible Bahamontes, que había estado a punto de abandonar el año anterior en plena carrera, era sólo una amenaza para la clasificación de la montaña. Cuando tras un Giro demoledor Louison Bobet anunció que no correría el Tour, todo parecía indicar que el favorito pasaba a ser un Walkowiak que tras su sorpresiva victoria había sido invitado a correr con el equipo nacional. La baja de Bobet dio sin embargo la oportunidad de debutar en la carrera a un joven normando de 23 años desconocido para todo aquel que no fuera un aficionado al tanto de todo.

Aquel joven respondía al nombre de Jacques Anquetil, y había sido descubierto por el ex-ciclista André Boucher, quien poesía una tienda de bicicletas en Sotteville, donde Anquetil acudía a trabajar en una fábrica. Las capacidades del rubio ciclista en las carreras locales pronto llamaron la atención de Boucher, quien se decidió a entrenarle. En los Juegos Olímpicos de Helsinki Anquetil ya demostró su gran talento en las cronos logrando la medalla de bronce en tal prueba. Al año siguiente ganó el Grand Prix des Nations (el mundial oficioso de la carrera contra el reloj) y de paso aplastó a sus rivales británicos, lo que satisfizo en gran manera a los aficionados franceses. Aquello no sería todo; en 1956 Anquetil pulverizaba el Récord de la Hora de Fausto Coppi. Con semejante palmarés parecía inevitable que fuera llamado al equipo nacional en sustitución del gran campeón francés del pelotón, Bobet.

El Tour de 1957 vio como primer líder una vez más al sprinter Darrigade. Aquel año el calor era espantoso; podría ser quizás el Tour más caluroso hasta la fecha, y los abandonos se sucedían en cascada. Ya en la segunda etapa Charly Gaul había causado baja, y Bélgica había perdido a uno de sus estandartes, Alex Close. La tercera jornada sería doble, con una crono por equipos (que se adjudicó Francia) y una etapa por la tarde que se convirtió en la primera victoria individual de Anquetil en el Tour. En la quinta etapa el normando se metió en una escapada que llegó con la suficiente ventaja como para darle el maillot amarillo por primera vez. El ciclista no se molestó en defenderlo y dos jornadas después era Nicolas Barone quien lideraba la clasificación. En la novena etapa Bahamontes abandonó la carrera por un cúmulo de circunstancias. Siempre dramático, el año anterior ya había lanzado su bicicleta por una ladera en plena rabia, pero esta vez para no ser convencido de volver se deshizo también de las botas. Aquel día una vez más Anquetil se metió en una escapada y ganó la etapa al sprint.

Al comenzar la primera jornada alpina la carrera estaba liderada por Jan Forestier, seguido de Anquetil a 2 minutos y 39 segundos. Nencini aprovechó que estaba en su medio natural para demarrar. El joven francés pareció no darle importancia, pero la diferencia comenzó a ser peligrosa. El italiano podía ser un rival demasiado peligroso y el director del equipo nacional francés así se lo hizo saber; debía ponerse inmediatamente a reducir la diferencia. Anquetil no sería recordado por atacar en la montaña, pero aquella fue una de las escasas ocasiones en que tuvo que pelear en medio de las rampas y cuestas. Aun así el normando era un claro ejemplo del campeón ciclista ambivalente moderno, y aunque no llegó a coger al italiano redujo la ventaja a 1 minuto. Y lo que era más, en su esfuerzo por cogerle había tomado bastante ventaja a Forestier como para ponerse de nuevo el maillot de líder. El resto de las jornadas alpinas no inquietaron al normando, quien mantuvo tranquilamente la primera posición.

La carrera siguió descendiendo hacia los Pirineos, pero esta vez se adentraría hasta Barcelona y tras una crono en Montjuich remontaría hacia la montaña. La etapa de Montjuich fue una fácil victoria para Anquetil, quien aumentó en 12 segundos su ventaja con Forestier, llevándole casi a los 4 minutos. La primera jornada en los Pirineos se saldó sin demasiadas novedades, salvo esos 12 segundos ganados de nuevo por Forestier; la verdadera noticia aquel día fue el fallecimiento de un reportero y su conductor tras sufrir un accidente en carrera. Fue en la siguiente jornada de montaña entre Ax les Thermes y St. Gaudensotably donde Anquetil pasó verdaderas dificultades cuando Nencini y el belga Jan Adriaenssens probaron al líder, y viendo que no podía responder siguieron adelante. Pero el equipo francés probó su lealtad y sobretodo la valía de sus miembros arropando al normando, quien finalmente sólo cedió otro puñado de segundos ante su más inmediato seguidor, Forestier.

No exento de problemas, Anquetil logró salir de los Pirineos vestido de amarillo. De hecho fueron finalmente sus rivales quienes acabaron cediendo en una u otra jornada. En la última crono el joven líder no hizo prisioneros, y cuando entró en París el segundo clasificado, el belga Marcel Janssens, estaba a casi quince minutos. Con su extraordinario debut y victoria final Anquetil se había destapado como un increíble talento que muy bien podría igualar las gestas de los campeones franceses del pasado; además aquel año Francia había mostrado un dominio incontestable que ni durante las victorias de Bobet había sido posible. Aun así muchos eran conscientes de que muchos grandes nombres habían abandonado o no se habían presentado en aquella edición. ¿Podría Anquetil ganar tan fácilmente con los grandes escaladores en la competición?
Anquetil fue siempre un favorito de las damas.
Raphaël Gémiani había protagonizado muchos momentos y gestas en la vuelta francesa a lo largo de los años, y había sido un fiel gregario que había ayudado a Bobet a ganar sus tres Tours consecutivos. Y ahora en 1958 el equipo nacional francés ya no le quería, despedido, según él, con cajas destempladas. La razón era que la nueva sensación francesa, Anquetil, no quería correr con Gémiani. O más bien no quería tener a Bobet y Gémiani juntos en su equipo. Por ello el director Marcel Bidot había decido quedarse con Bobet como gregario de lujo para el nuevo campeón. Relegado a un equipo regional, Gémiani planeaba hacérselo pagar caro a Anquetil y Bidot. Además su equipo no era un conjunto de medianías, y contaba con veteranos como Antonin Rolland o Jean Dotto.

Luxemburgo se presentó en unión de fuerzas con Holanda; Charly Gaul era la gran baza, pero de nuevo parecía que el luxemburgués, rodeado de profesionales modestos, habría de defenderse solo. Por ello durante la carrera Gaul se negó como era tradición a compartir sus ganancias, lo que provocó a su vez que sus gregarios no movieran un dedo por él. Y quien podría servirle de ayuda, como Gerrit Voorting, no estaba dispuesto a sacrificarse por nadie. El contendiente de Italia sería nuevamente Gastone Nencini con Vito Favero como mano derecha, aunque el vacío dejado por Coppi y Bartali parecía todavía demasiado grande para ser llenado. Bahamontes sería de nuevo la apuesta segura de España en la montaña, si esta vez ninguna idea extraña cruzaba por su cabeza.

Aquel Tour de 23 etapas sin días de descanso partiría de Bruselas, donde se celebraba la Exposición Universal de aquel año. Nadie se sorprendió cuando Garrigade ganó de nueva la etapa inicial. En la transición hacia la montaña también Bauvin repitió poniéndose líder de la general, con los grandes favoritos a 7 minutos de él. En la sexta etapa Gémiani comenzó a dejarse ver, metiéndose en una escapada numerosa que le aupó al tercer puesto de la general. Al día siguiente Brian Robinson se convertía en el primer británico en ganar una etapa del Tour.

A esas alturas con François Mahé como mejor clasificado por Francia quedaba claro que ni Anquetil ni Bobet estaban en un punto óptimo de forma, lo que quedó demostrado cuando en la octava etapa, una crono individual, Charly Gaul, que no toleraba el calor excesivo pero se adaptaba muy bien a la lluvia, le arrebató la victoria a Anquetil por 7 segundos. Tras una escapada numerosa Garrigade recuperó el liderato. Aquel estaba siendo un Tour muy combativo (también es cierto que por entonces tener etapas de llano tranquilas era mucho menos habitual que ahora) y cuando Nencini se metió en una de ellas Gémiani demostró su estado de ánimo cuando se negó a ayudar al equipo nacional francés en su persecución.

La primera jornada de montaña tendría lugar en los Pirineos, con el Aubisque como primer protagonista. Bahamontes lo coronó en solitario, con el pelotón tranquilo por su reputación de mal descensor. Gaul finalmente atacó, pero el largo camino hasta la meta permitió al resto de favoritos neutralizarle. Siendo el mejor posicionado en la clasificación de todos los del grupeto, Gémiani, que se había preocupado de mantener un buen puesto en la general, se convirtió en el nuevo líder. Al día siguiente Bahamontes, "el Águila de Toledo", fue dejado de nuevo volar solo. Esta vez se esforzaría en llegar solo a la meta y ganar la etapa. El reinado de Gémiani fue corto: Favero entró segundo en la meta y gracias a las bonificaciones le arrebató el maillot al francés.

La etapa 18 podía decidir muchas cosas; se trataba de una dura crono de 21 kilómetros con final en el Mt. Ventoux. Charly Gaul realizó una escalada soberbia; tan sólo Bahamontes se acercó a la marca del luxemburgués dejando 35 segundos; Anquetil fue séptimo a 4 minutos. Gaul estaba ahora en tercera posición en la previa a los Alpes; si algún Tour había de ser suyo, sin duda era aquél.

Pero el destino no se alió con el pequeño Gaul; en medio de un día muy caluroso, tuvo problemas mecánicos y se vio obligado a correr a la defensiva tras el grupeto de Gémiani, Nencini, Anquetil y Adriaenssens. El luxemburgués sucumbió a la circunstancias y cedió 11 minutos. Al día siguiente esperaban el Vars y el Izoard. De nuevo Bahamontes se lanzó el solitario y se hizo con la victoria de etapa. Lo más duro estaba sin embargo por llegar y los favoritos decidieron permanecer calmados.

La etapa número 21 sería una jornada rompepiernas a través del Macizo Central donde se subirían cinco puertos: el Lauteret, el Luitel, el Porte, el Cucheron y el Granier. De cara a afrontar el Luitel el tiempo se tornó frío y lluvioso, lo que favorecía a Gaul. Dicen que el luxemburgués no sólo avisó a Bobet en que puerto atacaría, sino que le indicó incluso el tramo; ambos arrastraban cuentas pendientes del Giro y Gaul no quería tomar al francés por sorpresa; así la humillación sería completa. Tal y como había prometido, el de Luxemburgo demarró en las cuestas del Luitel y se aseguró de que nadie pudiera seguirle. Anquetil trató de liderar la persecución, pero sin la ayuda de un Bobet que se había quedado clavado poco tuvo que hacer. Gémiani, conocido por su facilidad para leer la carrera y establecer su táctica en consecuencia, decidió no responder y seguir a su ritmo, tratando de perder lo menos posible. Como Napoleón en Rusia, sus cálculos parecieron irse al traste cuando la lluvia y el frío se intensificaron; Gaul volaba sobre el asfalto, y Gémiani, aterido y solo,  acabó pidiendo ayuda al equipo francés. Pero ni Anquetil ni Bobet estaban en condiciones de responder al llamamiento, y de haber podido quizás habrían decidido devolver ojo por ojo y quedarse de brazos cruzados. Gémiani no parecía el mismo, sobretodo cuando pasó por el avituallamiento sin recoger comida, un error de principiante. Bajo una lluvia fría e inmisericorde el corredor continuó su persecución imposible en el único y solitario infierno del ciclista que desfallece.

Aquel terrible día Gaul pareció ser el único favorito de los dioses; Favero llegó tras Adriaenssens a 10 minutos, Gémiani perdió 14, Nencini 19, Anquetil llegó a 23 minutos, un sprinter como Darrigade casi quedó fuera de control a 49 minutos... poco a poco el pelotón iba llegando, desmenuzado en pequeños grupos de ciclistas. Debido a todo el tiempo perdido en el llano Gaul no llegó a ponerse líder; ese honor correspondió a Favero, seguido de Gémiani a 39 segundos. Pero el luxemburgués había recordado distancias a poco más de 1 minuto; al día siguiente con un único puerto, el Faucille, y tras aquella etapa de montaña infernal, era poco probable que se desatasen las hostilidades. Pero si Gaul jugaba bien sus cartas en la última crono, podría declararse vencedor de aquel Tour.

El día de la crono un Anquetil deshecho y sufriendo de congestión pulmonar se marchó a casa. Aquel Tour no se había encontrado bien y ya había hecho bastante. Todo restaba en saber si Gaul, tras haber ganado todas las cronos del Tour aquel año, podría repetir la hazaña sacando el bastante tiempo para batir a Favero y Gémiani. Pero había quedado claro que el luxemburgués era el hombre más fuerte aquel año, mientras que el italiano no iba tan bien en las cronos y Gémiani había quedado moralmente tocado tras la última etapa de montaña. Gaul ganó la crono y se enfundó el maillot amarillo. Por fin el escalador luxemburgués subiría al podio como vencedor en el velódromo del Parque de los Príncipes.
Charly Gaul destrozando al pelotón en la etapa de Aix les Bans.
Federico Martín Bahamontes había ganado 2 clasificaciones de la montaña en el Tour y una en el Giro, y sus mejores resultados habían sido 2 cuartos puestos en el Tour y subcampeón de la Vuelta del 57. Siempre imprevisible y volátil, el desconfiado corredor era capaz de ganar etapas de alta montaña y dejar la carrera al día siguiente si no se sentía a gusto. La precariedad técnica y organizativa con la que corría parecía un reflejo de la España de la época, donde se salía adelante más con pundonor que con preparación científica. Aquellos bidones que a veces en vez de agua contenían paella parecían atestiguarlo. Pero por encima de todo ello Bahamontes era junto a Charly Gaul el mejor escalador del pelotón, el español que iba al Tour a ganar la clasificación de la montaña, el ciclista a quien podían dejar ir subiendo porque temía las bajadas. Hasta que finalmente un día de cacería, delante de un plato de migas, su amigo Fausto Coppi le preguntó que por qué se centraba siempre en la montaña, cuando era perfectamente capaz de ganar el Tour. Aquella pregunta dejó pensativo al ciclista, quien poco después aceptó la oferta del italiano para fichar por su equipo, el Tricofilina. Tras aquella charla nada fue lo mismo para el español.

En aquel Tour de 1959 Francia partía como favorita con Jacques Anquetil, Louison Bobet, Robert Cazala, el cazaetapas André Darrigade y Roger Rivière (que había batido la marca de la hora de Anquetil) entre otros, además de Raphaël Géminiani, restituido al equipo nacional tras su combativa actuación en la edición anterior. Una gran lista de nombres entre los que podría haber varios aspirantes al Tour. Quizás demasiados.

Ni Nencini ni Favero corrían aquel año por Italia, que tenía en Ercole Baldini a su mejor hombre, un buen velocista pero más discreto en la montaña. Los brillantes tiempos de la posguerra ciertamente parecían lejanos. El vigente campeón, Gaul, volvía de nuevo con un equipo mixto de holandeses y luxemburgueses, aunque seguramente tendría que ser él quien se sacase las castañas del fuego. El equipo belga ofrecía más garantías con Jan Adriaenssens a la cabeza, y como hemos visto España tenía a un Bahamontes que se había replanteado totalmente su visión de la carrera.

Por cuarto año consecutivo Darrigade ganó la primera etapa. La carrera transcurrió sin novedad hasta la sexta etapa, la primera crono de aquel Tour. Anquetil no pudo con Rivière, y quedó casi un minuto tras él. El líder Rober Cazala hizo una crono lo bastante buena como para mantenerse con el maillot amarillo. Lo perdería tras la novena etapa a manos de Eddy Pauwels. La clasificación general estaba copada por una extraña lista que combinaba a franceses de los equipos regionales y miembros del equipo belga.

El primer toque en los Pirineos, con una solitaria ascensión al Tourmalet, no fue suficiente para desatar la batalla entre los favoritos. Tras otra jornada de tranquila montaña el pelotón se encaminó hacia el Macizo Central. La décimotercera etapa, de 219 km, con una solitaria ascensión al Montsalvy, no preveía ningún toque a arrebato, pero un ataque de Baldini (octavo en la general) alteró el pelotón como un pisotón en la boca de un hormiguero. Junto al italiano formaron una escapada Anquetil, Brian Robinson, Adriaenssens, François Mahé, Henry Anglade (miembro de un equipo regional que se adjudicó la etapa al sprint) y Bahamontes, cuya presencia junto a los favoritos denotaba su cambio de mentalidad. El belga Hoevenaers, octavo en la etapa, se convirtió en el nuevo líder de la carrera, con el resto de los escapados repartidos entre los diez primeros puestos. En un día rapidísimo Bobet y Gaul perdieron 20 minutos. Ocho corredores quedaron neutralizados por el fuera de control.

Tras otro jornada de media montaña que no trajo grandes cambios llegó una cronoescalada con final en el Puy de Dôme. Bahamontes se mostró superior y batió a Gaul por un minuto. Hoevenaers seguía líder, pero el español estaba ya a sólo 2 segundos, con Pauwels y Anglade por debajo del minuto. El resto de favoritos permanecían alejados a más de 3 minutos. Al día siguiente Pauwels aprovechó su corta diferencia para meterse en una escapada y desbancar a Hoevenaers del primer puesto de la general.

La etapa número 17 entre St. Etienne y Grenoble, la primera jornada alpina, había de comenzar a decantar el Tour.  El terreno era el apropiado para que Bahamontes diera un golpe a la general, como así hizo. Él y Charly Gaul demarraron dejando atrás al resto del pelotón. Eran los dos mejores escaladores del Tour, de su generación, y juntos eran imbatibles. Con sus más inmediatos perseguidores a más de 3 minutos Bahamontes ya tenía lo que deseaba, el maillot amarillo. La etapa fue para Gaul. El desbancado líder Pauwels quedó segundo a 4 minutos.

Pero aun no estaba dicha la última palabra. La siguiente jornada, con final en la localidad italiana de Saint-Vicent, en el Valle de Aosta, sería una etapa brutal de alta montaña con tres grandes puertos, a cada cual más imponente: el Galibier, el Iseran y el Petit St. Bernard. Apenas comenzadas las rampas del Galibier Gaul abrió las hostilidades. En el descenso Anglade se fue dos veces al suelo, perdiendo comba con los favoritos. Dos escapados coronaron primero el Iseran. 5 minutos por detrás Gaul y Bahamontes ya habían logrado dejar atrás a sus rivales. Mientras Louison Bobet ponía fin a su carrera en la cima del Iseran, en el descenso un grupeto liderado por Anquetil y Rivière lograron neutralizar al luxemburgués y al español. Ambos atravesaron problemas mecánicos que les dejaron desconectados de Anquetil y los otros. La oportunidad era excelente para dejar a los poderosos escaladores atrás, pero demasiado recelosos uno del otro no fructificó la colaboración entre ellos y por lo tanto Gaul y Bahamontes lograron coger rueda. Juntos subieron de nuevo hasta coronar el Petit St. Bernard. Fue paradójicamente, en el descenso, cuando Bahamontes sentenció el Tour, aunque de forma involuntaria por la neglicencia del equipo francés. La lluvia había hecho su aparición, lo que hizo que el precavido Bahamontes perdiera la rueda de Gaul, quien siguió el resto del descenso junto a Anglade y Baldini. Por suerte para el español, que siempre prefería bajar la montaña acompañado, el grupeto de Anquetil no tardó en llegar. Escapado por delante, Anglade, cuarto en la general, podía representar una seria amenaza para el líder si colaboraba con Gaul hasta llegar a la meta. Y sin embargo Anquetil y Rivière se pusieron a trabajar junto al español para reducir la distancia. Varias son las explicaciones que se han dado para dilucidar aquel controvertido momento, pero todo parecía indicar que Anquetil y los otros corredores del equipo nacional preferían que un español ganara el Tour a que lo hiciera un advenedizo de un equipo regional.

Bahamontes, el primer español en ganar un Tour, fue coronado como vencedor en el velódromo de los Príncipes un 18 de julio, una fecha señalada en la España franquista, a la que regresó convertido en un héroe nacional.
Bahamontes y Gaul, los dos mejores escaladores de su tiempo
Jacques Anquetil había competido y ganado el Giro de 1960 con unos escasos 28 segundos sobre Gastone Nencini. Su polémica actuación junto a Roger Rivière en el Tour del 59 que acabó beneficiando a Bahamontes todavía coleaba, y el normando prefirió no participar, dejando el liderato del equipo francés en manos de Rivière. Junto a Francia el equipo más fuerte aquel año era el italiano, quien por fin presentaba una escuadra con Nencini como líder seguido del escalador Imerio Massignan (que acabaría ganando la clasificación de la montaña), Nino Defilippis, Ercole Baldini y Arnaldo Pambianco. Bélgica tampoco andaba a la zaga con Adriaenssens a la cabeza, y en España se confiaba en que Bahamontes podría repetir su gesta. Pero el sueño sólo llegó hasta la segunda etapa; tras finalizarla el español, enfermo, abandonó la carrera.

Aquel Nencini fue el primero en vestirse de amarillo, pero no estaba dispuesto a defenderlo tan pronto. En la cuarta jornada, tras una escapada junto a Pauwels, Baldini y otros corredores, el francés Anglade se convirtió en nuevo maillot amarillo, casi 8 minutos por delante de su líder, Rivière. Dos etapas después el polvorín francés saltó por los aires. No queda claro si Rivière fue el primero atacar (otras versiones aseguran que el primer movimiento fue de Nencini), pero el hecho es que el francés acabó en una escapada junto al italiano y el belga Jan Adriaenssens; sin duda una escapada peligrosa. Anglade le pidió entonces a su jefe de equipo que frenara el ataque de Rivière, pero éste se negó a plegarse a esas condiciones. El poderoso trio de cabeza no hizo concesiones: el pelotón llegó a 14 minutos, y Adriaenssens se convirtió en el nuevo líder de la carrera con Nencini a poco más de 1 minuto; Rivière era ahora tercero a 2 minutos y 14 segundos. Fruto del orgullo herido, de un claro análisis de carrera, o quizás ambas cosas, Anglade declaró a la prensa aquel día que Francia acababa de perder el Tour. Aunque Rivière era un excelente rodador, no tenía la experiencia de carrera ni sobretodo la capacidad de alta montaña que poseía el gran rival de Francia, Nencini. El tiempo le daría la razón. Tiempo atrás Gémiani ya había dejado unas proféticas palabras que pronto iban a cobrar un terrible significado: "la única razón para seguir a Nencini en el descenso es si tienes ganas de morir".

En el primer día de alta montaña en los Pirineos Anglade parecía haberse equivocado. Como era previsible Nencini trató de asestar un duro revés a Rivière, pero cada vez que Nencini se iba subiendo el rodador le cogía bajando. Al final llegaron juntos a meta en un pequeño grupeto, y el francés se impuso en la meta sin problemas. En lo que sí había acertado Anglade es que Rivière correría a la defensiva, tratando de no perder tiempo en la montaña para ganar el Tour en la contrarreloj. Tras aquella primera jornada de montaña Adriaenssens había caído del primer puesto en la general, cediéndoselo al italiano. Al día siguiente, la jornada reina del Tourmalet, Nencini logró demarrar por fin y añadir 1 minuto a la breve distancia de 32 segundos que le separaba de Rivière. La carrera siguió sin grandes cambios hacia el Sur del Macizo Central, hacia la fatídica catorceava etapa de aquel Tour de 1960.

Aquel domingo 15 de julio el pelotón habría de escalar dos puertos, el Perjuret y el Meyrues. Tras ascender el primer puerto Nencini no habría logrado desembarazarse de Rivière, y decidió jugar el todo por el todo en el complicado descenso del Perjuret. Como Gémiani había apuntado en su día, Nencini era probablemente el mejor corredor descendiendo de todo el pelotón mundial. Rivière trató de seguirle pero fue incapaz. En un tramo del descenso se salió de la carretera y se cayó por un barranco. El ciclista se había roto la espalda, aunque estaba vivo. Su primera reacción fue culpar a los mecánicos por un fallo en los frenos, pero el dictamen final fue que el cóctel de estimulantes y analségicos que había tomado el ciclista era tal que le habían impedido sentir las palancas de freno en un momento tan crucial de la carrera. Rivière vivió todavía hasta los 40 años, pero su carrera como ciclista había terminado. La caída del francés parecía dejar a Adriaenssens como único rival de Nencini.

Anglade intentó sin embargo inquietar al italiano en los Alpes, pero Nencini se encontraba demasiado fuerte. En la decimosexta etapa Graziano Battistini recorrió el Vars y el Izoard para ganar la etapa y colocarse tercero en la general, demostrando la gran superioridad de la que gozaba el equipo italiano aquel año. Al día siguiente ya era segundo.

La ventaja de Nencini le permitió no inquietarse en la última contrarreloj, que por otra parte era casi un largo descenso hasta Besançon. Una vez más la desunión del equipo francés había favorecido a sus rivales, y como mánager del equipo nacional Marcel Bidot habría de plantearse seriamente cómo atajar ese problema. Paradójicamente el obligado retiro del a veces conflictivo Rivière facilitaría esa tarea. Mientras tanto, en París, Nencini cedió su ramo de triunfador a Bidot, para que se lo llevara al corredor convaleciente.
Nencini cruza en solitaro el Peyresourde.

Con la llegada de la década de los 60 el Tour, y el ciclismo, se encaminaban hacia una era mediática que incrementaría la popularidad de los ciclistas hasta niveles insospechados hasta entonces. Por otro lado el deporte estaba transformándose, dirigiéndose hacia el profesionalismo absoluto. Corredores profesionales los había habido prácticamente desde los inicios de las competiciones ciclistas, pero en muchos casos los corredores apenas sí ganaban un modesto o salario, o a veces ni eso, habiendo de contentarse con ser provistos de alojamiento y alimentos. Tras la Segunda Guerra Mundial la esponsorización comenzó a cambiar. Hasta entonces habían sido las compañías fabricantes de bicicletas quienes se habían encargado de patrocinar a equipos y corredores, pero el auge de los automóviles y las motocicletas y el subsiguiente descenso en ventas hizo que aquellas compañías ya no pudieran seguir afrontando los gastos de mantener a un equipo ciclista. Cuando a mediados de los 50 el italiano Fiorenzo Magni decidió probar suerte con la marca Nivea como patrocinadora, abrió las puertas del ciclismo, sin saberlo a la esponsorización de las grandes multinacionales, lo que unido a una mayor atención mediática de las carreras daría como resultado una mayor cantidad de dinero en juego y el ciclismo profesional que conocemos hoy en día.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Los profesionales (1966)

Richard Brooks, escritor y director. No se habla mucho de él, pero entre los 50 y los 60 era uno de los mejores adaptando novelas y obras de teatro, como demuestran títulos como Los hermanos Karamazov, El fuego y la palabra, Lord Jim, Dulce pájaro de juventud o su film más conocido, La gata sobre el tejado de zinc, además de haber firmado guiones como el clásico de Huston Cayo Largo. Además de sus adaptaciones de Tennessee Williams Los profesionales es uno de sus títulos más exitosos, un western que aunaba acción con algunas pinceladas sobre política, una vieja historia de ganadores y perdedores situada en los días de la Revolución Mejicana con Zapata y Villa campando a sus anchas.

La trama se centra en la típica misión imposible que un grupo de especialistas habrá de llevar a buen puerto; en esta ocasión el objetivo es rescatar a la esposa mejicana de un rico terrateniente, Joe Grant, que ha sido secuestrada por un cabecilla revolucionario, Jesús Raza. Grant reune a un pequeño grupo de expertos para que se adentren en el territorio de Raza y le devuelvan a su esposa.

El dúo protagonista, conformado por Lee Marvin y Burt Lancaster, encarna a Henry Fardan y Bill Dolworth, dos viejos buscavidas que participaron en la Revolución unos años antes. Ambos son dos perdedores desencantados con lo que vieron, aunque mientras uno ha decidido malvivir dentro del sistema, el otro se ha dedicado a la búsqueda de sus grandes pasiones, las mujeres y el dinero. El resto del equipo será formado por un especialista en caballos (el secundario de carácter Robert Ryan) y un guía y arquero (el carismático Woody Strode). La bella y decidida esposa es interpretada por una Claudia Cardinale en todo su esplendor, y Raza estaba encarnado por el duro Jack Palance. Como podéis ver un reparto de auténtico lujo.

Desiertos inmisericordes, tiroteos, idealistas tornados en cínicos, Woody Strode volando campamentos por los aires a base de arco (no, me temo que Rambo no fue el primero), Burt Lancaster en una forma envidiable dando brincos y dando otra gran actuación, un Robert Ryan en uno de esos papeles crepusculares que tan bien le iban, Lee Marvin borracho la mayor parte del rodaje aunque no se le nota (al menos no en la versión doblada), lo de la Cardinale va más allá de toda descripción... Pardiez, véanla, antes de que los rumores se confirmen y la conviertan en un videojuego palomitero.

lunes, 19 de agosto de 2013

El Tour de Francia: L'Équipe y Fausto Coppi (1947-1952)

Henri Desgrange, el padre (aunque no creador) del Tour de Francia, su primer director deportivo y organizador, falleció el 16 de junio de 1940 en su casa de Beauvallon a los 75 años, no demasiado lejos de sus queridos Alpes. Tan sólo seis días después su país solicitaría un armisticio declarándose vencida por la Alemania nazi.
Henri Desgrange, siempre compitiendo
Con su carrera ciclista nacieron las grandes carreras por etapas, y fue la personalidad de Desgrange, con sus tonos positivos y negativos, lo que mantuvo viva la carrera tras el desastre de 1904, y fueron su integridad respecto a su concepto del deporte a la par con una adaptabilidad para todo cambio que pudiera beneficiar a la competición la que hicieron de aquella nueva competición un éxito. Desgrange siempre trató de ser justo, aunque su ideal de justicia en ocasiones no pareciera realmente lo que uno entendería por justicia. Pero su férrea voluntad y su absoluto control de la carrera también produjeron efectos negativos; por ejemplo su ideal deportivo del hombre solitario contra los elementos se tradujo en la creación de etapas inhumanas que llevó a los corredores a hacer trampas o usar sustancias prohibidas. Siempre buscando los límites del cuerpo humano y un espectáculo cada vez mayor, parecía que Desgrange en vez de a seres humanos vieran en los corredores a trozos de carne, lo que llevó a serias disputas con algunos de ellos, en especial con Henri Pélissier, aquel ciclista seguramente tan orgulloso y cabezón como el propio Desgrange. Además el jefe del Tour nunca fue demasiado amigo de la tecnología, frenando la introducción de nuevos avances en el diseño y fabricación de las bicicletas en su carrera, obsesionado siempre con mantener la lucha del corredor contra los elementos; diríase que de haber podido habría hecho su carrera sin bicicletas. Con todo, pese a su control dictatorial y sus ideas fijas, respecto a la organización de la carrera nunca dudó en eliminar aquello que a su juicio no funcionaba, o introducir cambios y mantenerlos si éstos daban buen resultado. Con todas sus virtudes y defectos, sin Desgrange el Tour probablemente nunca habría llegado a ser lo que es hoy en día, y por eso en la cima del Galibier una estatua recuerda su memoria, y la organización premia en su nombre al primer corredor en coronar ese puerto.

Cuando su salud no le permitió seguir dirigiendo el Tour le sustituyó Jacques Goddet, quien tras el fallecimiento de Desgrange se vio en la situación de seguir adelante con el periódico L'Auto en una Francia ocupada. A pesar de la guerra las competiciones ciclistas siguieron celebrándose aquí y allá cuando era posible, y las autoridades alemanas le pidieron a Goddet que siguiera adelante con el Tour, a lo cual se negó, pero otras carreras fueron organizadas en Francia hasta 1944, incluida una organizada por Goddet, aunque se encargó de disociarla claramente del Tour.

En un intento por revitalizar las ventas de L'Auto Goddet decidió ampliar la información más allá del mundo deportivo, lo que le puso bajo la lupa de los nazis, quienes le dejaron claro que en todas sus informaciones los invasores habían de salir siempre reforzados. El editor no convirtió el periódico en un panfleto nazi, pero creía sinceramente en la labor del mariscal Pétain al frente del régimen de Vichy, con lo que no dudó en apoyarle en las editoriales, además de organizar carreras ciclistas para que los alemanes pudieran presumir de una vuelta a la normalidad en la ocupación, aunque nunca, bajo ningún concepto, accedió a organizar el Tour para ellos. Esta manga ancha con los nazis no iba a pasar desapercibida en el bando aliado, y cuando París fue liberado en 1944, L'Auto fue clausurado bajo sospecha de colaboracionismo con los alemanes.

A pesar del revés Jacques Goddet no se rindió y dos años después fundaba L'Équipe. Su idea era reflotar el Tour a través del nuevo periódico, pero tras el cierre de L'Auto los derechos de la carrera parecían haber quedado en un limbo legal, y ahora correspondía a las autoridades francesas decidir quién sería el titular de los mismos. La tarea cayó en manos de la rebautizada federación francesa de ciclismo, la Fédération Française de Cyclisme, que decidió, por así decirlo, vender los derechos de la carrera al mejor postor pero no en una subasta, sino en una competición de carreras. Quien deseara conducir el Tour tendría que organizar primero su propia carrera. Aquella que tuviera más éxito le daría los derechos a su organizador.

El principal rival de Goddet era el diario Sports, que unió sus fuerzas con el periódico parisino Miroir Sprint para poner en marcha una carrera de cinco días. Goddet también decidió buscar colaboración y a pesar de las acusaciones de colaboracionismo logró que Le Parisien Libéré, el diario del luchador de la Resistencia Emilien Amaury, le ayudara en su causa. El apoyo de Amaury ayudó a disipar las dudas que pudieran haber sobre Goddet, y la experiencia de éste hizo el resto. Su carrera ganó la competición y L'Équipe obtuvo el derecho de organizar el nuevo Tour en una Francia devastada por la guerra donde la comida era racionada y había escasez de materias primas y combustible.

El Tour de posguerra trató de ser una continuación de la carrera con 21 etapas y una distancia total de 4.640 kilómetros y cinco días de descanso. Las etapas divididas en partes entraron a formar parte del pasado, aunque se mantuvieron los equipos nacionales. Alemania no fue invitada a participar, y a Italia se la permitió estar representada por un equipo de francoitalianos residentes en Francia. Holanda recurrió también a francoitalianos para completar su equipo, y Suiza se presentó en combinación con Luxemburgo. Tan sólo Bélgica fue capaz de presentar un equipo nacional completo con el que ponerle las cosas difíciles a Francia. Para completar la carrera la organización recurrió nuevamente a equipos regionales franceses.
Jean Robic con su distintivo casco de cuero
En un Tour renqueante donde anteriores ciclistas se habían retirado, habían sido heridos o habían visto pasar sus mejores años deportivos por causa de la guerra, no parecía haber un favorito claro para la victoria final, salvo quizás por René Vietto, convertido ahora en un veterano de 33 años que esperaba que esta vez nada se interpusiera en su camino para lograr hacerse con el Tour.

El suizo Ferdy Kübler se convirtió en el primer líder de la general del Tour y ganador de etapa de la posguerra. Su liderazgo fue efímero; Vietto se lanzó en una larga escapada en la segunda etapa que acabaría ganando, colocándose además primero en la general. El vencedor en la cuarta etapa fue el desconocido Jean Robic, un pequeño y malhumorado ciclista que corría siempre con un casco de cuero debido a que se había fracturado el cráneo corriendo la  Paris–Roubaix. Su victoria le dejó sexto en la general a 15 minutos de Vietto, quien en la víspera de los Alpes seguía como líder de carrera.

Robic, que corría en uno de los equipos regionales, y de quien se decía que no tenía un carácter muy apacible, estaba dispuesto a demostrar al mundo el gran error que habían cometido al no dejarle participar en el equipo nacional. En la primera jornada alpina el pequeño y robusto ciclista se marchó en solitario sorprendiendo a todos coronando en cabeza los dos últimos puertos del día, el Cucheron y el Porte. Atrás el italiano Aldo Ronconi, segundo en la general, demarraba y dejaba atrás a Vietto. Finalmente Robic ganó la etapa y ganó dos puestos en la general, mientras que Ronconi se convirtió en el nuevo maillot amarillo. Al día siguiente llegó otro etapa alpina donde se subieron por primera vez en el Tour el Glandon y el Croix de Fe, ahora dos puertos clásicos de la carrera.

Vietto no estaba acabado, y lo demostró atacando en la tercera jornada en los Alpes. Robic iba escapada por delante y Vietto se le unió en el Allos. Robic sin embargo pinchó en el descenso del Col de Vars, dejando a Vietto via libre para hacerse con la etapa y recuperar el maillot de líder. Robic era ahora quinto a más de18 minutos del líder. A pesar de tener algunos problemas en la cuarta y última jornada alpina Vietto logró permanecer en primer puesto. La general siguió sin grandes cambios hasta la llegada a los Pirineos.

En la segunda jornada pirenaica Robic demarró casi desde la salida seguido de Vietto, Pierre Brambilla (segundo en la general), Apo Lazaridès y Primo Volpi. El pequeño Robic no estaba dispuesto a tener compañeros e impuso un ritmo infernal y poco a poco los otros corredores fueron descolgándose hasta dejar a Robic solo. El corredor acabaría realizando una escapada en solitario de 190 kilómetros hasta la victoria de etapa, dejando a sus rivales a 10 minutos. Gracias a las bonificaciones de carrera su ventaja final fue de un cuarto de hora. Robic volvía al quinto puesto de la general con una diferencia de 8 minutos. Vietto seguía líder, con Brambilla como principal rival a poco mas de 1 minuto. 

A tres etapas del final en París Vietto parecía tener todas las papeletas para ganar, por fin, el Tour. Había logrado mantener el liderazgo en los Pirineos siempre vigilante de Brambilla. Pero aún quedaba un último peldaño, uno en realidad descomunal: la etapa 19 con la crono más exigente y larga de la historia del Tour, una carrera contra el reloj de 139 kilómetros.

Vietto siempre había sido un ciclista muy completo, era un buen escalador y como había demostrado en la segunda etapa era también un excelente rodador. Todo indicaba que podría salvar aquella papeleta, pero no fue así. El líder llegó a 14 minutos del ganador de aquel día, Raymond Impanis. El italiano Brambilla demostró aquel día estar más fuerte que él, haciendo el segundo mejor tiempo. Una vez más Vietto perdía el maillot y toda esperanza de ganar el Tour. Ahora Brambilla era líder con Aldo Ronconi a 53 segundos y Jean Robic, que había realizado también una excelente crono, a casi 3 minutos. 

El domingo 20 de julio se corrió la última etapa, entre Rouen y París. Brambilla no parecía tener nada que temer de su compatriota Ronconi, y la ventaja con Robic parecía más que suficiente para una etapa llana. O casi. En el camino a la capital había un repecho que escalar, la colina de Bonsecours, poco después de dejar atrás Rouen. Quizás demasiado seguro de su victoria, Brambilla no parecía ir bien colocado en el pelotón. Jean Robic aprovechó este cúmulo de circunstancias para demarrar en Bonsecours sin que el líder fuera capaz de reaccionar. Brambilla aprovechó sin embargo un contraataque del italiano nacionalizado Edouard Fachleitner para ponerse a su rueda. El ritmo de Fachleitner fue tal que acabó dejando atrás a Brambilla y a Robic, quien sin embargo luchó por volver a contactar con él, cosa que logró. Brambilla, en cambio, no fue capaz de reducir distancias con la cabeza de carrera. Con un grupo de escapados previamente por delante ni Fachleitner ni Robic pudieron optar finalmente a la victoria de etapa, pero Robic logró una ventaja más que suficiente como para proclamarse campeón del Tour, mientras que Fachleitner acabó segundo en el podio, por delante del desdichado Brambilla. Aquella fue la primera vez que un ciclista ganaba el Tour sin haber vestido ni un sólo día el amarillo.

El hecho de que los fans hubieran enviado comida a los corredores en el Tour de 1947 es una prueba de las precarias condiciones en que se corrió aquella edición, aunque finalmente había resultado un Tour excitante. En 1948 la situación todavía era complicada pero poco a poco se volvía a la normalidad. La principal novedad aquel año en cuanto a la organización fue que entre las etapas 3 y 18 el último en llegar sería eliminado.

El enemigo alemán seguía vetado en la carrera francesa, pero Italia volvió a ser invitada. Un Gino Bartali de casi 34 años, ganador de la edición de 1938, volvía a un Tour plagado de rostros desconocidos. El italiano era uno de los últimos ciclistas de la generación de preguerra, pero seguía en buena forma, como había demostrado en 1946 ganando el Giro de Italia, aunque aquel año su actuación había sido más discreta. En un principio a otra gran esperanza de Italia con respecto al Tour debería haber sido el mítico Fausto Coppi, que en su palmarés ya contaba con el récord de la hora y un Giro. Coppi era un rival peligroso y muy completo que podía batir cronos y escalar montañas, y es considerado por muchos como el primer ciclista moderno tanto por su forma de entrenarse como por su dieta, además de por hacer uso de lo que los italianos llamaban la bomba, es decir, anfetaminas. La rivalidad entre Bartali y Coppi, antiguo gregario del primero, era abierta, e iba más allá de lo deportivo. Ciertamente no eran de esos que aparcada la competición se sentaban a charlar y tomar un café. Incapaces de ponerse de acuerdo en cuanto a quién lideraría el equipo nacional italiano, Coppi decidió no participar.

El equipo francés había contado esta vez con Jean Robic, que había dado la sorpresa desde un combinado regional, y el vetereano Vietto como principales nombres. Entre las jóvenes promesas se encontraba Louison Bobet, llamado a marcar una era en el Tour, pero que en su primera participación en la edición anterior había abandonado entre lágrimas en la novena etapa, lo que dio pie a bromas de periodistas y corredores; sin ir más lejos Vietto le llamaba La Bobette.

La primera etapa del Tour de 1948 se corrió bajo un gran diluvio, y un desorientado Bartali apenas podía reconocer a nadie bajo los impermeables. De todos modos decidió atacar y pronto vio que se la había unido un belga, Briek Schotte. Los dos llegaron a la meta y Bartali ganó la etapa al sprint. Una vez más el italiano volvía a enfundarse el amarillo.

La segunda etapa fue uno de esos días de múltiples ataques y abanicos. Aquel caos no benefició a Bartali que quedó alejado de la cabeza de carrera, que llegó a la localidad de Dinard con la suficiente ventaja como para arrebatarle el maillot. Jean Engels era el nuevo líder, con el joven Bobet a 13 segundos, seguido de Schotte. Al día siguiente Bobet se las ingenió para meterse en otra escapada, lo que le valió enfundarse el jersey amarillo. El joven corredor perdería su liderazgo momentáneamente para volver a recuperarlo en la sexta etapa, que además ganó.

La montaña llegó en la séptima etapa, que Bartali logró arrebatarle a Robic al sprint con un sorprendetemente sólido Bobet llegando a tan sólo 3 segundos. El italiano se impuso de nuevo en la siguiente jornada, la etapa reina de los Pirineos. La llegada de los Alpes vio a Bobet incólume en la primera posición. Decidido a dar un golpe de mano el francés se adjudicó la etapa; Bartali perdió algunos minutos, que sumados a los que ya llevaba perdidos le dejaba a más de 20 del líder. Lo que sucedió a continuación forma parte ya de la leyenda del Tour.

Entre las dos etapas alpinas de aquel año habría una jornada de descanso, el día 14 de julio. En Italia la tensión política no había dejado de crecer desde el fin de la guerra, y se temía una revolución. Entonces aquel día 14 el líder del Partido Comunista, Palmiro Togliatti, fue tiroteado. A pesar de recibir cuatro impactos logró sobrevivir, pero la respuesta no se hizo esperar. Los comunistas organizaron una huelga general y se decidieron a tomar estaciones de radio y fábricas. La guerra civil podía estar a la vuelta de la esquina. La noche de aquel día de descanso Bartali recibió una llamada telefónica; se trataba del Primer Ministro, quien le demandaba no sólo otra victoria de etapa, sino una victoria en el Tour, como forma de calmar los ánimos. Entonces más que nunca, Bartali había de ganar por Italia. 

Dicen que el italiano le espetó al Primer Ministro que él no era un mago, aunque Bartali se cuidó de reflejar sus dudas ante la prensa. Al día siguiente Robic iba en cabeza pasados los dos primeros puertos. El italiano esperó su momento, que, bajo una fría lluvia, llegó en las cuestas del Vars, la segunda cota de la jornada, donde dejó a todos sentados. En la ascensión del Vars Bartali recortó su distancia con Robic hasta tenerle a 30 segundos; el descenso favorecía a Bartali, quien efectivamente dejó al francés atrás. El italiano, imparable, voló sobre el Izoard. Su victoria fue indiscutible, y el segundo clasificado, el belga Schotte, llegó a más de 6 minutos. Aquel día Bobet había perdido 18 minutos, pero aun así logró mantener el jersey amarillo, aunque ahora tenía a Bartali segundo en la clasificación a la peligrosa distancia de 1 minuto y 6 segundos.

Al día siguiente les esperaba una monstruosa etapa de alta montaña de 263 kilómetros donde habrían de escalarse el Galibier, el Croix de Fer, el Porte, el Cucheron y el Granier. Bartali parecía realmente más motivado que nunca, y demarró en el Croix de Fer para seguir en solitario hasta la meta. 8 minutos después lo haría Bobet. Con más de 5 minutos de ventaja sobre el segundo clasificado, Bartali era de nuevo líder de la general. El último día en los Alpes el italiano se proclamó nuevamente vencedor, acumulando suficiente ventaja para permitirse perder tiempo en la crono, como inevitablemente sucedería. Diez años después Bartali repetía triunfo en el Tour, un récord evidentemente todavía imbatido. Pero lo que era más, para sus fans más acérrimos, el italiano había salvado a Italia, con Togliatti desconvocando la huelga general mientras Bartali ganaba etapa tras etapa en los Alpes.

En 1949 los rivales de Italia tenían razones para temerla; Bartali regresaba al Tour acompañado, esta vez sí, por Fausto Coppi, incontestable ganador del Giro de aquel año, tras firmar una frágil tregua conseguida tras mucho sudor por su entrenador y director del equipo italiano, el ex-campeón del Giro Alfredo Binda. La rivalidad entre los dos ciclistas ya había arruinado las posibilidades de Italia en el Campeonato del Mundo de aquel año, y Binda no estaba dispuesto a repetir la historia en el Tour. Esta vez habrían de cooperar. Para evitar problemas, el director asignó a cada corredor sus propio grupo de gregarios.
Coppi asciende el Tourmalet
El Tour de 1949 (que por primera vez llegaría a suelo español) tuvo como primer líder estable a Jacques Marinelli. Sin embargo la escuadra italiana parecía naufragar, con Bartali y Coppi perdiendo cada vez más tiempo en la general. En la quinta etapa Coppi trató de enmendar su situación metiéndose en una escapada con el líder, pero un mal encontronazo con un espectador le dejó en el suelo. El difícil Coppi rechazó una bicicleta del coche del equipo y exigió su bicicleta personalizada, que iba en el coche del director. Cuando Bartali le alcanzó decidió esperar junto a él, hasta que Binda llegó con la bici. Ambos salieron en persecución de la cabeza de carrera pero Coppi iba cada vez más despacio, quejándose de sentirse débil; cansado de ralentizar el ritmo, Bartali finalmente le dejó solo. Aquel día Coppi perdió 18 minutos, y se sintió maltratado. Amenazó con irse de la carrera. Tras una larga noche de conversaciones el director Binda logró convencerle de que siguiera corriendo.

Un Coppi más centrado comenzó su plan de remontada en la séptima etapa, que logró ganar arrancándole 7 minutos y medio a Marinelli. En la décima se produjo una escapada con dos italianos en ella, Fiorenzo Magni y Serafino Biagioni. El primero ganó la etapa y desplazó a Marinelli del primer puesto de la general. Ello no impidió que Coppi siguiera adelante. En la única jornada de los Pirineos se escapó junto con Jean Robic y Lucien Lazaridès. El enjuto Robic se hizo con la etapa gracias a un pinchazo del italiano, pero Coppi recortó quince minutos y se colocó noveno en la general a 14 minutes y 46 segundos de Magni.

Coppi hubo de esperar a los Alpes para asestar un nuevo golpe a la clasificación. En la etapa número 16 entre Cannes y Briançon el italiano esperó al último puerto del día, el Izoard, para demarrar junto a Bartali.  Los italianos comenzaron a meter minutos a sus rivales, pero Bartali pinchó en el Izoard; Coppi le esperó y solventado el problema continuaron hacia la meta, aventajando ya en 5 minutos a  Robic. La etapa era suya, y al ser el cumpleaños de Bartali un generoso Coppi le dejó de ganar, aunque estaba por delante de él en la clasificación. Así Bartali ganó la etapa y se enfundó el jersey amarillo, con Coppi segundo a poco más de 1 minuto.

En la siguiente jornada de alta montaña los italianos, demostrando una absoluta superioridad, volvieron a repetir su estrategia, atacando en el Petit St. Bernard. En el descenso Bartali pinchó de nuevo y una vez más Coppi le esperó; parecía que Binda había logrado definitivamente limar asperezas. Poco después Bartali se cayó a 40 kilómetros de la meta. Entonces Binda ordenó a Coppi que prosiguiera solo, tratando seguramente de no arriesgar la etapa. La victoria de etapa, y el jersey amarillo, eran para Coppi. Mantendría el amarillo durante el resto de los Alpes, y para no dejar dudas acerca de sí merecía la victoria final, Coppi machacó a todos en la larga crono de 137 kilómetros entre Colmar y Nancy. El italiano ganó la general y el premio de montaña, y se convirtió en el primer corredor en ganar un Giro y un Tour en el mismo año.


En el Giro de 1950 Coppi, gran favorito para ganar de nuevo el Tour, tuvo una lesión y no pudo participar de nuevo. El equipo italiano quedó bajo el liderazgo del veterano Bartali, de 36 años. Tras la décima etapa la carrera estaba liderada por el francés Bernard Gauthier, pero aun así los aficionados franceses estaban descontentos. En la primera gran etapa de montaña en los Pirineos Robic, aprovechando que la atención estaba concentrada en Bartali, aprovechó para escaparse. A pesar de sufrir una caída siguió adelante, pero en las cuestas del Tourmalet comenzó a desfallecer. Su compatriota Kléber Piot fue el primero en coronar el pico, en medio de los insultos y abucheos del público, que llegó a lanzar objetos a los ciclistas. El grupo perseguidor, formado por Bartali, Robic, Bobet y Ockers afrontó el Aspin donde en uno de los tramos se toparon con un fotógrafo. Bartali y Robic no pudieron esquivarle y chocaron contra él. La rueda delantera del francés quedó destrozada, mientras que parte del público acudió en ayuda de los ciclistas. Otros, sin embargo, hartos de la superioridad italiana en la carrera francesa, y quizás excitados por el alcohol, atacaron a Bartali. El jefe del Tour Jacques Goddet no tardó en llegar y comenzó a ahuyentar a los atacantes pegándoles con un palo. El incidente recordó los viejos tiempos de la carrera y el desastroso Tour de 1904. El indignado italiano decidió vengarse sobre su bicicleta; atacó dejando atrás a todos y colocándose como cabeza de carrera. Nada ni nadie le impidió ganar la etapa. Su compatriota Fiorenzo Magni se convirtió en el nuevo líder de la general.

Aquella noche un todavía furioso Bartali le comunicó a Binda su decisión de abandonar el Tour, así como su petición de que el resto de corredores italianos hicieran lo mismo. Italia había presentado dos equipos, uno de profesionales y otro de jóvenes promesas y amateurs. Éstos, más jóvenes y con ganas de demostrar su valía, no se mostraron demasiado contentos con la idea de marcharse a casa. Tampoco Magni, líder de la general. Pero finalmente el grado de Bartali se impuso como jefe de filas y todos los italianos se retiraron de la carrera. Temiendo represalias la organización cambió el final de una etapa que había de culminar en San Remo por otra localidad francesa. Aquella edición finalmente sería para el suizo Ferdy Kübler; el país del reloj de cuco tenía por fin un campeón del Tour de Francia.


El Tour de Francia de 1951 habría de partir por segunda vez lejos de París, esta vez en Metz. Junto a los equipos nacionales compitieron de nuevo equipos regionales. Francia, Italia y Bélgica competían con 12 corredores, mientras que otros países enviaron formaciones de 8 ciclistas. Por primera vez la carrera se adentraría en el Macizo Central francés, cubriendo la distancia en tres etapas entre Agen y Limoges.

Muchos veían en Suiza de nuevo favorita para hacerse con el maillot amarillo. Kübler, el actual campeón, lo había ganado casi todo aquel año: el Campeonato del Mundo, la Liège–Bastogne–Liège, la Fleche y las vueltas a Romandía y Suiza, además de lograr un tercer puesto en el Giro. "El cowboy", como le llamaban muchos por su pasión por los sombreros Stetson, era un excelente rodador que se defendía bien en la montaña. Junto a él la otra gran esperanza era Hugo Koblet, un elegante y apuesto corredor al que L'Équipe comparaba con Apolo; la gran especialidad de Koblet eran las cronos, donde resultaba imbatible, logrando acumular bastante tiempo con el que defenderse en la alta montaña. En 1950 Koblet se había convertido en el primer extranjero en ganar el Giro de Italia. Con ambos corredores en el equipo Suiza tenía mucho que decir aquel año, aunque realmente Koblet no figurara en las quinielas dado que la montaña no era su medio natural.
Italia contaba, además de con Bartali y Magni, con la que podía ser su mejor baza, Fausto Coppi; sin embargo el ciclista acababa de perder a su hermano, y como se iba a comprobar más tarde su mente sencillamente no estaba en la carrera. Los belgas tenían puestas sus esperanzas en Stan Ockers, mientras que por Francia sobresalían Jean Robic, Raphaël Géminiani y especialmente Louison Bobet, campeón de Francia y de la Milán–San Remo.

En la primera etapa Koblet intentó dar un golpe en el llano con una larga escapada, aunque fue neutralizado a 40 kilómetros de la meta. Las primeras etapas vieron la típica sucesión de nombres en el primer puesto de la general, con los favoritos esperando su momento cuando llegaran las primeras subidas en el Macizo Central.

Tras la crono de la séptima etapa, que se adjudicó, Koblet se había aupado a la tercera posición en la general, pero con la llegada de la montaña comenzó a perder puestos, mientras el francés Roger Levêque permanecía imperturbable en lo alto de la clasificación. Tras una gran actuación en la montaña durante la décima etapa que acabó ganando el español Bernardo Ruiz se colocó tercero. Pero al día siguiente Koblet dinamitó la carrera con una de las escapadas más audaces de la historia del Tour.

La etapa número 11 parecía que iba a ser la típica jornada calurosa de transición camino de la alta montaña, con alguna escapada de nombres anónimos que seguramente acabaría siendo fagocitada por el pelotón. Pero discurridos apenas 37 kilómetros Hugo Koblet aprovechó un repecho para demarrar del grupo principal junto al francés Louis Deprez. Entre los favoritos no hubo respuesta, ya que nada temían de Koblet. Restaban todavía 135 kilómetros para la meta; atacar tan pronto se antojaba suicida. Mientras tanto el ritmo del suizo era tan endiablado que Deprez se vio incapaz de seguirle. Cuando la ventaja alcanzó los 4 minutos el atónito pelotón comenzó a organizar la caza. Fueron los franceses quienes se pusieron en cabeza a marcar el ritmo, hasta que Bobet pinchó y tuvieron que socorrerle. Los italianos le sustituyeron, aunque de forma menos eficaz. A 70 kilómetros de meta Koblet todavía llevaba una ventaja de 3 minutos. Atrás se podía contemplar una imagen bastante inusual en una etapa de llano, con los Coppi, Bartali, Bobet y demás favoritos del pelotón en cabeza turnándose para reducir la diferencia. Pero aquel día ni todos los grandes nombres del ciclismo uniendo sus fuerzas pudieron doblegar a Koblet, quien, seguro de su victoria, en los últimos tramos por las calles de Agen sacó una esponja, se enjugó el rostro y después sacó un peine para llegar a la meta como si nada hubiera pasado. El pelotón llegó a más de 2 minutos, y tras su increíble gesta el suizo había escalado a la tercera posición, a 3 minutos 27 segundos de Levêque .

La siguiente jornada trajo más sorpresas. Se produjo una escapada de hombres anónimos, de esas de las que el pelotón no tiene nada que temer. Pero cuando se quisieron dar cuenta los diez hombres de cabeza aventajaban al grupo principal en 18 minutos. Wim Van Est, ganador de la etapa, se vistió el amarillo y se convirtió en el primer holandés en ser líder del Tour. Van Est trató de defender su primer puesto todo lo que pudo, pero en el descenso del Aubisque se precipitó fuera de la carretera. Aunque logró conservar la vida, y tras ser rescatado seguía deseoso de retomar la carrera, las autoridades del Tour le obligaron a montarse en una ambulancia. El Tour había acabado para él. Tras la primera etapa de montaña la carrera estaba liderada por Gilbert Bauvin, seguido de Serafino Biagioni a más de 6 minutos y Raphaël Géminiani.

En la etapa reina de los Pirineos Coppi por fin se dejó ver coronando en solitario el Aspin y el Peyresourde.  En el camino al Tourmalet Koblet pinchó una rueda. Nadie habría dicho que un experto en cronos como él podría volver a la lucha tras ese percance, pero aquel año el suizo parecía tocado por los dioses. Tras cambiar la rueda Koblet salió en persecución de Coppi, llevándose a Géminiani por el camino. En el sprint el suizo se impuso y se alzó con la victoria. Ahora Koblet vestía el amarillo, seguido de cerca por Bauvin y Raphaël Géminiani, ambos a menos de 1 minuto. Coppi era cuarto a más de 5 minutos.

Pasados los Pirineos el suizo había mantenido el amarillo, pero lo que parecía que iba a ser una etapa de transición se convirtió en otro duro ataque de Koblet, quien demarró junto a Géminiani y otros corredores. El corredor suizo ganó la etapa y ahora tan sólo Géminiani suponía un peligro. Coppi, enfermo (aunque algunos lo atribuyeron al sufrimiento de haber perdido a su hermano), se descolgó del pelotón, llegando a parar a un lado de la carretera para vomitar. Bartali y Magni le ayudaron a llegar a la meta. El italiano se dejó aquel 33 minutos que le desbancaban definitivamente de la lucha por el amarillo.

En la etapa 17 el Tour pasó por primera vez por las rampas del Mont Ventoux. Géminiani, Bartali y Lucien Lazaridès eran cabezas de carrera. Koblet había tenido problemas con el cambio de marchas y trataba de unirse a ellos. Géminiani tenía la oportunidad de meter tiempo al suizo, pero el jefe del equipo le pidió que se refrenara para que Bobet, que estaba acercando por detrás, pudiera unirse al grupo de cabeza. Ya todos juntos el grupo coronó el Mont Ventoux, pero en el descenso Koblet usó sus habilidades para alcanzarles. En los últimos kilómetros Bobet atacó en busca de la etapa. Aquel golpe de individualismo no gustó nada a Géminiani, abriendo una competencia innecesaria entre los dos que acabaría favoreciendo a Koblet

Coppi resucitaría en los Alpes para ganar una etapa pero la alta montaña no pudo con el suizo. En la última crono de aquel Tour Koblet sentenció la carrera ganando la etapa, a más de 5 minutos del segundo. De nuevo un suizo se alzaba con la victoria final en París.
Coppi conduce a Géminiani y Koblet por las rampas del Tourmalet.
El Tour de 1952 tuvo como principales novedades un premio para el ciclista más combativo de cada etapa, lo llevó al año siguiente a la clasificación general de combatividad. De nuevo la carrera pasaría por el centro de Francia, lo que permitió ascender por primera vez el Puy de Dôme. Aquel año se introdujo también la primera llegada en alto, y en la alta montaña se inauguraron dos nuevos puertos, hoy ya míticos: L'Alpe d'Huez y Sestrières. Tras las últimas dos victorias suizas, especialmente la última, la organización decidió reducir la longitud de las cronos individuales. ¿Habrían hecho lo mismo de haber favorecido a los franceses?

Aquel año el pelotón tuvo bajas importantes por lesión o enfermedad como fueron las de Louison Bobet, Ferdy Kübler y Hugo Koblet. Tras su gran actuación Francia podía confiar en Raphaël Géminiani, con Jean Robic como gregario de lujo. Una vez más Bélgica tenía como punta de lanza a Stan Ockers, podio en 1950 y quinto en la edición de 1951. Pero sin los peligrosos suizos aquel año la clara favorita era Italia. Lejos de su bajo estado anímico del año anterior,  Fausto Coppi, de 33 años, se había impuesto de forma aplastante en el Giro. A su lado tenía a un incombustible Bartali de 38 años. Aun así, el jefe del equipo italiano, Alfredo Binda, había tenido que convencer a Coppi para que volviera a rodar una vez más junto a su viejo rival.

Fausto Coppi se mostró intratable aquel año. Ganó la primera crono y tras la undécima etapa tenía a todos sus rivales a más de 20 minutos. Su superioridad era tal que la organización decidió doblar el premio al segundo clasificado de la general para que hubiera un atisbo de lucha. De nuevo el italiano logró aquel año ganar el Giro y el Tour. Coppi aun habría de añadir otro Giro a su abultado palmarés, pero nunca más volvió a correr el Tour. Era el fin de una era. Había llegado el momento de los corredores formados en la posguerra. Había llegado la hora de Louison Bobet.