jueves, 31 de octubre de 2013

Happy Halloween, againnnnnn

Joan Crawford os desea una divertida noche de difuntos en la que podáis pasarlo bien hasta perder la cabeza.

martes, 29 de octubre de 2013

Brüno y el psíquico

Con films como Borat o Brüno la verdad es que siempre dudo acerca de dónde empieza la ficción y donde acaba, pero si Sacha Baron Cohen realmente salió vestido de ultragay por los barrios de Jerusalén el cabrón está todavía más loco de lo que pensaba. En fin, ¡todo sea por el entertainment!

Ciertamente su humor no es tan classy como el de las películas de Lubitsch, pero no sé que pero se le puede poner a la siguiente secuencia. ¡Yo la veo muy recatada!

sábado, 26 de octubre de 2013

Rush (2013)

Vi a Daniel Brühl comentar una anécdota sobre Nikki Lauda que dice bastante del curioso carácter del mítico piloto; cuando el germano-español fue a encontrarse con Lauda para preparar su personaje, éste le advirtió que viajara sólo con el equipaje de mano, por si no congeniaban y tenía que largarse con viento fresco. Desde luego Lauda, tal y como es retratado en este film, no parece alguien que se preocupe por las convenciones sociales, y aunque pudiera parecer que en lo personal no sale muy bien parado en la película, con todas sus manías y comportamientos, al parecer el bueno de Nikki ha quedado muy contento con el retrato que se hace de él y su rivalidad con el piloto británico James Hunt.

No cabe duda de que Ron Howard es un excelente artesano; no pasará a la historia como un gran autor, pero es de esos directores que siempre llevarán un encargo a buen puerto, en detrimento de que el film en sí sea interesante o no. Pero cuando tiene una historia interesante entre manos de lo que puede estar uno seguro es de que el resultado será una película bien hecha y entretenida, por encima de la media del típico producto palomitero. No sé como serán sus adaptaciones de las obras de Dan Brown, pero en los últimos tiempos Howard parece haberse especializado en adaptar historias reales a la gran pantalla con bastante buenos resultados como prueban Apolo XIII, Cinderella Man o Frost contra Nixon.

Rush, que en su tratamiento fue concebida por el guionista Peter Morgan como una serie de encuentros entre los dos pilotos sin carreras de por medio (por aquello de que quizás hubiera un cuasi nulo presupuesto), pertenece a la categoría de "basada en hechos reales". Finalmente sí que ha habido secuencias de carreras, algunas bastante espectaculares, y rodadas con gran acierto por Howard, que se ha permitido introducir metáforas, por ejemplo, de pistones que parecen mostrarnos el corazón a mil por hora de los pilotos, o recrear con todo detalle el famoso y casi fatal accidente de Lauda que le dejó desfigurado de por vida. Aunque lo que hace a Rush más interesante es obviamente la relación entre los dos pilotos, la vieja historia de admiración mutua mezclada con la rivalidad más absoluta entre dos personajes opuestos: uno, el británico Hunt, que no es sino un gigoló vividor amante de las fiestas, mientras que Lauda es un solitario que parece rozar la misantropía, aunque desde luego ambos están unidos por su necesidad de ganar y su pasión por la velocidad, pasión que en el caso de Hunt quizás sea más verdadera, por así decirlo, mientras que Lauda parece ver en las carreras más un excelente medio de ganarse la vida que otra cosa, aunque quizás en el fondo no sea sino otro piloto loco por las carreras.

Ciertamente todos aquellos que arriesgan su vida en busca de la adrenalina parecen hechos de otra pasta; la misma esposa del brasileño Ayrton Senna reconoció que tanto ella como todo lo demás estaban en un segundo plano respecto a las carreras; ¿qué lleva a alguien a escalar precipios sin arnés, o conducir a velocidades endiabladas? Y parece haber un rasgo común en todos esos buscadores de la aventura: un vacío que sólo parece ser llenado por la emoción de la adrenalina. Este arquetipo parece encajar a la perfección con el retrato que se hace de Hunt, más pasional, incapaz de mantener su matrimonio a flote cuando le falta la velocidad.

Fue precisamente tras la muerte de Senna cuando todo pareció cambiar respecto a la seguridad de los pilotos en la Fórmula 1, y creo que desde entonces no se han vuelto a producir hechos fatales en carrera. Sin embargo en los años 70 la F1 era más parecida a las carreras de motocicletas hoy en día, donde, como hemos podido comprobar, un piloto todavía parece tener más en común con un torero que sale a la plaza poniendo su vida en manos del destino. A lo largo de Rush vemos que en aquellos años los accidentes terribles o mortales no eran algo raro, sino que más bien parecían algo común. No sé si ese hecho daba un aura de misticismo mayor a los pilotos o sus victorias, pero como todo en aquella época, parece que la Fórmula 1 fuera por entonces algo más loco y libre que en la actualidad. Aunque ciertamente sé tanto de F1 como de mampostería, es decir, nada. 

Además del buen hacer de Howard y un guión consistente, Rush cuenta con buenas interpretaciones, especialmente por parte de Brühl, quien ayudado por una ratuna dentadura postiza realiza un excelente retrato de Lauda, quien además ha dado su bendición a la película, y ciertamente no parece un tipo fácil de complacer. Chris Hemsworth, con dimensiones más humanas que en Thor, encaja bien como el vividor Hunt; no me lo imagino interpretando una obra de Shakespeare, pero tampoco me parece una completa nulidad. Ellos dos son quienes dominan, obviamente, todo el film; las esposas de los pilotos están encarnadas por una Alexandra Maria Lara que interpretativamente creo que gana a una Olivia Wilde que, por otro lado, me sigue pareciendo uno de los rostros más bellos del cine actual. 

Así que quien haya disfrutado con otras películas de Howard seguro que pasará un buen rato con Rush, bastante en la línea del director: no es uno de esos films que uno se llevaría a la tumba, pero tiene buenos momentos y es un gran producto de entretenimiento pero con algo más de solidez que los típicos revientataquillas estadounidenses. 

En realidad, creo que el gran pero del film es que en los créditos finales no sonara esta canción.

viernes, 25 de octubre de 2013

domingo, 20 de octubre de 2013

Alexa Vega

Sí, Alexa ya no es esa niña pizpireta que tanto alegró nuestros corazones en esa incomensurable saga que es Spy Kids. Por desgracia las chicas crecen y pierden su encanto, es ley de Anna Paquin.



lunes, 14 de octubre de 2013

Bajando

Estaba escuchando esta versión de "Going Down" de Sonic Flower, y aunque no suena mal con ese toquestoner, ha sido pensar en la de Jeff Beck y me ha parecido tan pequeñita a su lado... El grupo de blues rock Moloch fueron los primeros en grabar esta composición de Don Nix, pero en mi opinión quien realmente le dio vida al tema fue Freddie King, que inspiró la flamante versión del pequeño genio de Wallington.

sábado, 12 de octubre de 2013

Capitán Hispania

En nuestra dura posguerra se ve que ya hubo uno, pero todos sabemos quien es el auténtico Capitán Hispania, aunque por alguna razón es constantemente ninguneado en este día tan señalado. Una grave injusticia que le hace a uno reflexionar sobre el país en el que vive.

¡Viva el Capi!


jueves, 10 de octubre de 2013

Gravity (2013)

Gravity es la nueva sensación fílmica de la temporada, especialmente por sus espectaculares efectos especiales, que ya muchos consideran revolucionarios (aunque todo parece indicar que el necesario paso previo fue Avatar), aunque para mí lo realmente revolucionario es que no estén ligados al típico "blockbuster" de turno. Los titulares de prensa ya se han hecho eco de unas supuestas declaraciones de James Cameron tildando a Gravity como la mejor película del espacio jamás hecha, lo que seguramente haya molestado a muchos fans de Kubrick. Bueno, yo hasta diría que Planeta prohibido es también superior, a pesar de lo anticuado de sus efectos. Pero comparaciones aparte, no cabe duda de que Gravity nos ofrece una experiencia visual digna de ser vista en pantalla grande, con un guión realista, "adulto", por decirlo de alguna manera, lo que como decía resulta casi más sorprendente que lo que se ha logrado con el CGI y toda la tecnología que lleva detrás una película así.

Sin entrar en las tramas metafísicas de algunos viejos clásicos espaciales, la trama de Gravity es simple pero efectiva: una astronauta que se encuentra reparando el Hubble se ve envuelta en una lluvia de deshechos espaciales que la deja flotando en el espacio junto a su compañero de misión. A partir de entonces viviremos su particular odisea espacial en busca de una forma de sobrevivir y lograr regresar a la madre Tierra.

Lo del 3D siempre me ha parecido una filfa, y en cierta manera algo poco cinematográfico; si a ello añadimos motivos económicos, pues el resultado es que nunca me he dejado arrastrar por esa fiebre que hay ahora con las tres dimensiones; ¿en que ganaría viendo Thor en 3D? No sé, si James Cameron se gasta el dinero en algo realmente productivo y en vez de sacar Titanic 3D decide relanzar Paprika 3D tal vez sea el primero en darle mi dinero, pero por lo general no creo que las tres dimensiones aporten realmente algo valioso a un film; ¡al menos no tan valioso como el precio de la entrada! En caso de que ustedes sean también neófitos o reacios a estos efectos tridimensionales, les diría que quizás con Gravity seguramente sea cierto que el 3D aporta realmente algo al conjunto de la película, teniendo en cuenta, por ejemplo, que son muchos los planos subjetivos, y que en este el efecto tridimensional en verdad sumerge más al espectador en la experiencia que vive el personaje. Quizás los más cínicos digan que eso era algo que antes se podía conseguir con un gran guión y un gran intérprete, pero no seré yo de esos, no señor. Con todo, no creo que sea imprescindible ver Gravity en 3D, estoy seguro de ya debe resultar espectacular en dos dimensiones. Pero si estáis buscando un título en la cartelera que ver en 3D, desde luego ésta es una sabia elección.

Dimensiones aparte, lo cierto es que Gravity tiene secuencias realmente impresionantes, y es que, como decía aquella zarzuela, la ciencia avanza que es una barbaridad. El arranque ya deja claro que en el plano visual la cinta va a ser de notable alto si no sobresaliente, pero además el guión de Alfonso Cuarón e hijo discurre con fluidez, necesitando de poco para permitirnos hacernos una idea de los personajes, hasta que llega el peligro y entonces la película se convierte en una carrera de supervivencia dentro un cúmulo de fatalidades dignas del mejor melodrama radiofónico, aunque aquí en vez de madres solteras o doncellas ultrajadas hay una astronauta que flota y flota. Lo cierto es que la acertada dirección de Cuarón proporciona al film un ritmo que casi no deja al espectador tranquilo, pero lejos de ser atropellado le lleva de la mano por una serie de secuencias más o menos espectaculares, pero que en algún momento seguro que agita al espectador o le deja clavado en la silla, ya sea por haber conectado con la protagonista o por algún maravilloso efecto. En resumen, sin ser un guión epatante, Gravity combina una historia vertiginosa e interesante con unos efectos especiales por momento epatantes y un buen hacer tras la cámara, a pesar de algún detalle aquí o allá; en mi caso, por ejemplo, la bonita aunque algo burda metáfora del "volver a nacer" que vemos en cierto momento del film. 

Dado lo reducido del reparto, además de George Clooney y su eterna sonrisa de vendedor de café expreso tenemos como absoluta protagonista a Sandra Bullock, actriz que para muchos cinéfilos nunca pasará a la historia por sus dotes interpretativas, aunque como todo en esta vida, estoy seguro de que tiene sus fans. En fin, yo aún la recuerdo en Demolition Man y la verdad, ¡aquellas conchas de WC parecían más vivas que ella! Pero hay que reconocerle el duro trabajo que ha debido suponer el papel de la depresiva astronauta Ryan Stone, tanto en el plano físico (no sé si será por su entrenamiento de astronauta o qué, pero la vi mucho mejor ahora que hace 20 años) como en el interpretativo, ya que carga sobre sus espaldas casi toda la cinta. No voy a decir que se haya convertido en una excelente actriz de la noche a la mañana, pero ciertamente creo que nunca la vi superarse así; claro que tampoco es que haya seguido paso a paso su filmografía. Pero supongo que algo habrá tenido que aprender tras todos estos años.

En fin, que personalmente no salí del cine flotando y epatado como si hubiera vuelto a nacer dentro de un cine, pero no por ello Gravity deja de ser un buen film con algunos momentos visuales dignos de verse y una trama sencilla pero efectiva muy bien llevada por Alfonso Guarón. Para todo lo demás, ya lo dijo el sabio anunciante: busque, compare, y si encuentra algo mejor, cómprelo. Pero si sois de los que vais poco al cine, si elegís Gravity puedo aseguraros de que no tiraréis el dinero. A no ser que seáis un astrofísico que verá errores en todas partes. 

Por mi parte, me despido sugiriendo a los estudios de Hollywood que hagan una segunda parte en 3D, con Christina Hendricks de protagonista. Aunque quizás la tecnología aun no esté tan avanzada. Ya ves, Cameron, ¡ahí tienes un reto!

miércoles, 9 de octubre de 2013

Neighbours, have I got neighbours?

If you're going to be woken up after two hours sleep, it might as well be to a herd of morons screaming 'Tiny Dancer'.

Más aquí.

lunes, 7 de octubre de 2013

El Tour de Francia: el quinto Tour de Hinault (1983-1985)

¿Carta de navegación? Esto es pedaleando duro y parejo. Luis Herrera.

Todo indicaba que 1983 sería el año en que Bernard Hinault ganaría su quinto Tour, igualando los triunfos de Jacques Anquetil y Eddy Merckx, pero una vez más una tendiditis se cruzó en su camino a la victoria. En vez de luchar por defender el título Hinault tuvo que quedarse en casa recuperando sus músculos. El francés tuvo tiempo al menos de ganar su segunda Vuelta a España; quizás un pobre sustituto para lo que podía haber sido una quinta victoria en la ronda francesa. Lo que estaba claro es que con su ausencia de última hora aquel iba a ser uno de los Tour más abiertos en muchos años.

El holandés Peter Winnen, quinto y cuarto clasificado en las ediciones de 1981 y 1982, era la mejor opción a la victoria final del mejor equipo del pelotón, el TI-Raleigh. El equipo de La Redoute-Motobecane tenía a Robert Alban, y el combinado español del Reynolds tenía en Ángel Arroyo a su mejor hombre, con un joven Pedro Delgado como mano derecha. Probablemente uno de los rivales más peligrosos a priori era el australiano Phil Anderson, quien el año anterior había vestido el amarillo durante diez días. Restaba también alguna victoria en la montaña o luchar por el maillot de la regularidad; victorias que iba tener que arrancar al equipo nacional colombiano, invitado por la organización del Tour; aunque nadie contaba con que pudieran optar a la victoria final. Otros nombres que se barajaron como posibles favoritos fueron los de Pierre Martin o Philippe Brunel.

¿Y qué pasaba con el Renault, el equipo de Bernard Hinault? Descabezado de su líder, su director deportivo, Cyrille Guimard, decidió que sus ciclistas habrían de competir por victorias de etapa, y quizás Marc Madiot podría competir por liderar la categoría de los jóvenes. Él y un joven parisino con pinta de profesor (de hecho así le acabarían apodando los medios), uno de esos jóvenes que a pesar de tener 23 años ya parecen más mayores; un debutante en el Tour llamando Laurent Fignon.

Nacido en Montmartre, aunque criado en las afueras de la capital francesa, el primer deporte de Fignon fue el fútbol, aunque cuando a los 15 años se pasó a la bicicleta, y comenzó a ganar a pesar de correr con la vieja bici de su padre, decidió que aquello era lo que quería hacer. Sus padres tenían otros planes para él, y le obligaron a matricularse en la universidad. A pesar de sus pintas de intelectual, Fignon nunca fue un estudiante destacado. Finalmente mandó sus estudios a la porra, hizo la mili y cuando se licenció se dedicó a su pasión. Fue en la Vuelta a Córcega donde le descubrió Guimard, aguantando como amateur (en aquella carrera podían correr profesionales y aficionados, como en los viejos tiempos del Tour) la rueda de todo un Bernard Hinault. El astuto director deportivo no se equivocó; en su debut en el Giro llegó a llevar el jersey rosa durante un día, demostró ser un aliado inestimable para Hinault, además de ganar un par de carreras menores. En la temporada de 1983 Fignon había sido una gran ayuda durante la Vuelta que había ganado su capitán. Sin duda tenía un prometedor futuro por delante, pero nadie, ni siquiera Guimard, esperaba que pudiera competir por la victoria. Por entonces Fignon tan sólo era una joven promesa que aun no había mostrado al mundo su casta ni se había convertido en el punk del pelotón.

El especialista Eric Vanderaerden fue quien ganó la etapa prólogo de aquella edición del Tour; tras la contrarreloj por equipos de la segunda etapa el veterano ex-campeón Joop Zoetemelk estaba a 2 segundos del líder Jean Louis Gauthier; más tarde sus pruebas antidopaje de esa etapa darían positivo, y le penalizaron con 10 minutos. No era la primera vez; sin duda hoy en día la carrera del holandés habría sido bastante más corta. El danés Kim Andersen fue el primero de los suyos en llevar el amarillo, tras protagonizar una larga escapada en la tercera etapa. Logró retener el primer puesto tras la contrarreloj individual de la sexta etapa, aunque Phil Anderson ya le pisaba los talones a 42 segundos. El reinado de Andersen terminó en la novena jornada a manos de Sean Kelly; justo a tiempo para los Pirineos.

En el Aubisque, el primer gran puerto de la primera etapa pirenaica, los espectadores pudieron contemplar cómo una figura familiar coronaba el puerto en primera posición; se trataba nada más y nada menos que del veterano Lucien van Impe, que había corrido su primer Tour en 1969. Sin embargo la victoria de etapa sería para el escalador escocés Robert Millar, el corredor británico más popular de su tiempo. Millar había perdido 17 minutos tras sufrir una caída en la tercera etapa, perdiendo toda oportunidad de poder combatir por la general. Fue el tercer clasificado, el francés Pascal Simon, quien se enfundó aquel día de amarillo. Un movimiento extraño, ya que Simon era supuestamente un gregario de Phil Anderson, quien había sufrido una caída en el Aubisque. Ningún compañero acudió en su ayuda. En su lugar, Pascal Simon decidió atacar. Parecía que se había producido un golpe de estado dentro del equipo Peugeot. Nadie mejor que un francés para liderar un equipo francés.

El karma pareció actuar rápido con Simon. Al día siguiente el veterano pero excelente corredor Joaquim Agostinho se fue en solitario en un terreno llano donde podía hacer daño; el Peugeot no iba a permitirlo. Durante la persecución un hombre de Agostinho trató de llegar a la cabeza del pelotón. Los hombres del Peugeot trataron de impedirlo, y en la confusión resultante se produjo una caída de varios corredores. Pascal Simon estaba entre ellos. El líder se había roto un omóplato, y en medio de un gran dolor, ayudado por su equipo, pudo volver al pelotón y acabar la etapa. A pesar de la grave lesión el francés decidió seguir corriendo.

El pelotón siguió discurriendo hacia el Macizo Central. Cada día era un infierno para Pascal, que trataba de aguantar todo lo que podía, mientras el joven Fignon se encontraba expectante segundo en la clasificación a 4 minutos y 22 segundos. Simon logró mantener el liderazgo a través del Macizo Central, seguramente más por la falta de combatividad de sus contrincantes que por su propia fortaleza. Dada lo doloroso de su condición, su retirada de la carrera se esperaba como la caída de una fruta madura. Aun así el francés iba a vender cara su piel: logró terminar la cronoescalada al Puy de Dôme de la etapa 15, que ganó el español Arroyo, pero Fignon había logrado reducir su diferencia a tan sólo 52 segundos. Sumido en una situación límite, la monstruosa etapa 17 en los Alpes con seis grandes puertos demostró ser demasiado para el torturado Simon, quien ya había pagado cara su falta, ganándose de paso las simpatías de todos los seguidores. El líder se bajó de la bicicleta en el segundo puerto. Fignon era ahora el nuevo maillot amarillo. El segundo clasificado era Pedro Delgado a poco más de 1 minuto. ¡Y pensar que Guimard había estado a punto de no llevar al joven francés a aquella edición!

Tras otra dura jornada alpina Fignon permaneció como líder. Todavía no era el corredor explosivo de futuras ediciones; aconsejado por Guimard, el francés corrió de forma económica, defendiendo lo que el destino había puesto en su camino en aquel sorprendente debut en la ronda francesa. Tras una caída de Pedro Delgado su compatriota Ángel Arroyo recuperó su puesto natural como candidato del Reynolds a la general. La montaña terminó con una cronoescalada en la etapa 19 que ganó Lucien van Impe, lo que le permitió colocarse tercero en la clasificación a sus 36 años. El belga no lograría mantener el podio, pero se había asegurado una nueva victoria en la clasificación de la montaña.

El último obstáculo para Fignon era una contrarreloj individual que logró adjudicarse con una diferencia de 35 segundos sobre Arroyo, diferencia que permitió al español asegurarse un segundo puesto en el podio de París. Peter Winnen sería el tercero. Lucien van Impe logró un meritorio cuarto puesto. El destronado Anderson fue noveno, el mejor clasificado del Peugeot. Sean Kelly logró su segundo jersey verde. Pero lo más importante era que un joven y desconocido corredor llamado Laurent Fignon, que parecía salido de la revolución parisina de 1848, había ganado la ronda francesa. Por la mala fortuna de otros, pero también había respondido cuando había llegado la hora de defender sus opciones. Ahora debería demostrar que aquella victoria no había sido un hecho aislado, y lo que era más importante: debería probar que era capaz de ganar con Bernard Hinault en el pelotón.
Laurent Fignon, triunfante.
La diosa Fortuna puede ser cruel, y como sabemos, a uno de sus golpes siempre puede seguir otro. En junio de 1984 Laurent Fignon probó un poco de su amarga medicina cuando perdió la maglia rossa frente a Francesco Moser en la última etapa, una contrarreloj. Una última afrenta que añadir a las de la organización de la carrera italiana, que según algunos testigos había realizado curiosas maniobras cuyo único objetivo parecía haber sido el impedir que el francés ganara la carrera. Se afirmó incluso que en aquella última crono el helicóptero de la televisión italiana parecía usar su reflujo para perjudicar al líder y favorecer a Moser. Sea como fuere, Fignon perdió una gran carrera en el último momento; y como cualquier aficionado sabe, no sería la última vez.

Vigente campeón de Francia en ruta, Fignon acudía al Tour como líder absoluto del equipo Renault. Bernard Hinault había fichado por La Vie Claire, aunque más que la ascendencia de Fignon el cambio se debía a que el por entonces tetracampeón del Tour deseaba más poder de decisión en su equipo, algo imposible con el prestigioso Cyrille Guimard como director deportivo. Así el duelo estaba servido; ciertamente hacía mucho desde que el Tour había contemplado una rivalidad entre franceses de aquel nivel. Fignon, el tipo con pintas de revolucionario intelectual, habría de destronar a la vieja guardia, representada por el todavía temible Hinault; aunque muchos especulaban acerca de si su rodilla, que le había tenido fuera del circuito durante meses, podría ser el obstáculo final para que "el Caimán" ganara su quinto Tour.

Quien dudó de Hinault hubo de tragarse sus palabras cuando el tetracampeón batió a Fignon en la prólogo por tres segundos. Fino comentarista, tan fino como lo fue en sus tiempos de ciclista, Jacques Anquetil afirmó que Hinault había enseñado demasiado pronto sus cartas. Pero "el Caimán" no era un tipo tan fríamente calculador como el viejo Anquetil.  Todos sabían que parecía surgido del muslo de Merckx; si podía ganar, Hinault ganaría por el simple placer de hacerlo.

La contrarreloj por equipos de la tercera etapa demostró la solidez del equipo Renault. El líder de la general era un tal Jacques Hanegraaf; cuarto era el granítico Ludo Peeters; el favorito Fignon era sexto a 13 segundos. Por delante tenía a un desconocido corredor norteamericano que debutaba en el Tour, y que había sido noveno en la prólogo a pesar de que el aviso de salida le había pillado atándose las botas. Su nombre era Greg LeMond.

En la quinta etapa se produjo una escapada de tres hombres; uno de ellos corría para Fignon, y el otro para Hinault. El indeciso pelotón dejó ir a la escapada, que finalmente lograría una ventaja de más de 17 minutos. Vincent Barteau, el hombre del Renault, se convirtió en el nuevo rival a batir.

Con una amplísima ventaja la contrarreloj de la séptima etapa no inquietó el liderazgo de Barteau; de todas formas su carrera era otra. Lo esencial fue que Fignon demostró estar más fuerte que Hinault batiéndole en su propio terreno por 49 segundos. Aquella victoria fue un claro aviso para el tetracampeón, quien decidió volver a las tácticas de antaño, buscando las bonificaciones en cada pancarta y cada meta. Hinault tendría a un duro rival en Sean Kelly, especialista en ganar la clasificación de la regularidad, y que tras ser penalizado por un mal codazo en un sprint, trataba de recuperar posiciones a cualquier precio. En la novena etapa su lucha por las bonificaciones de las pancartas intermedias les llevó a dejar el pelotón atrás. Cuando se dieron cuenta de que se habían quedado solos, Hinault, Kelly y el resto de corredores que habían luchado por el sprint se lanzaron a una escapada en solitario que pilló por sorpresa al pelotón. Finalmente el viento en contra hizo desistir a Hinault, aunque su audacia fue una buena prueba de que estaba dispuesto a todo por recuperar la ventaja.

Aquel año el Tour pasó brevemente por los Pirineos con una única pero dura etapa con subidas al Portet d'Aspet, Core, Latrape y el Guzet Neigea. El fino escalador británico Robert Millar sería quien se llevaría la victoria de etapa, en dura pugna con el joven Luis "Lucho" Herrera, quien se encargó de poner a Colombia en el mapa del Tour. Por su parte el director deportivo del Renault, Cyrille Guimard, se encargó de frenar a un Fignon dispuesto a plantear batalla a Hinault desde el primer momento. Fignon esperó al último puerto para lanzar su ataque; sus sensaciones no le engañaron y dejó al gran campeón atrás, metiéndole 1 minuto. El Tour todavía no estaba ganado, pero Guimard se había asegurado de que Hinault no tuviera tiempo material de recuperarse y responder a la ofensiva de Fignon. Aun así el gran favorito todavía no se vistió de amarillo; su gregario, Barteau, sorprendió a propios y extraños aguantando el envite de la alta montaña. Fignon era ahora tercero a 10 minutos y 33 segundos.

La carrera transcurrió por el Macizo Central hacia los Alpes. En la decimocuarta etapa el belga Fons de Wolf protagonizó una heroica escapada en solitario que llegó a arrancarle 25 minutos al pelotón colocándole en un virtual cuarto puesto. En la línea de meta su diferencia se redujo a 17 minutos; pero la noticia del día fue que Fignon decidió responder en el sprint por las bonificaciones de meta a Hinault. Aun más: Fignon cruzó primero. Al día siguiente con dos puertos importantes en la ruta entró tercero. Finalmente, en la decimosexta etapa, Fignon ganó una crono individual con una importante ascensión en la parte final (como atestigua el segundo puesto del colombiano Herrera). Conforme el pelotón avanzaba hacia París, Fignon parecía crecerse mientras Hinault seguía encajando golpe tras golpe. Con todo, "el Profesor" era lo bastante inteligente como para saber que no debía relajarse; no con Hinault en el pelotón.

La primera jornada en los Alpes trajo ascensiones al St Pierre de Chevreuse, Le Coq, el Laffrey y el archifamoso Alpe d'Huez. El Laffrey fue el campo de batalla que Hinault eligió para descargar su artillería; ataque tras ataque, bomba tras bomba, el gran Bernard fue derribando los peones del Renault, incluyendo a sus lugartenientes Barteau y LeMond. Reducido el grupeto a los favoritos de la fortuna, Fignon no esperó a la siguiente oleada y decidió imponer un ritmo frenético que sólo Luis Herrera pudo aguantar. Era como si Fignon ni siquiera se hubiera molestado en lanzar un ataque rompiendo el ritmo. Aquella especie de burla iba a tener su respuesta en el descenso, donde Hinault demostró su clase reduciendo distancias para volver a contactar con el dúo de cabeza al pie de L'Alpe D'Huez. En lo que constituyó una jornada memorable de las que no se olvidan, Hinault retomó su ofensiva en las interminables curvas del mítico puerto. No en vano una de sus citas más famosas fue aquella de "mientras respire, atacaré".

Los aficionados no pudieron sino aplaudir el pundonor de un Hinault dispuesto a vender cara su piel; más aún cuando logró poner distancia entre él y Fignon. Pero el rubio intelectual actuó conforme a su aspecto, de manera fría y calculadora; unidas sus fuerzas a las de Herrera, Robert Millar y Ángel Arroyo, el francés no respondió al ataque, y dejó en cambio que fuera el colombiano quien se encargara de atrapar a Hinault. Las matemáticas de Fignon resultaron: Hinault fue neutralizado y no tardó mucho en descolgarse del grupeto, agotado tras haber vaciado todos sus cartuchos. El ritmo salvaje de Herrera dejó también atrás a Millar y Arroyo. El que Fignon fuera el último hombre en resistir la terrible marcha del colombiano dijo mucho de su gran estado de forma. Con todo ni siquiera él pudo con Herrera aquel día, destinado a ser el primer colombiano en ganar una etapa en el Tour de Francia. La era de los escaladores colombinos había llegado, ¡y de qué forma! Arroyo entró a más de 2 minutos; Millar a 3 minutos y 5 segundos; Lemond a 3 y medio; Hinault a 3 minutos y 44 segundos. Sólo Fignon había resistido llegando a 49 segundos de un desconocido corredor aficionado sudamericano que se convirtió aquel día en un héroe nacional para su país. Por su parte, Fignon era el nuevo líder del Tour.

Los más de 5 minutos perdidos ante Fignon no amilanaron a Hinault, quien aunque perdió fuelle en el primer puerto del día, el Galibier, luchó duro para retomar el contacto con los favoritos. "El Caimán" no dudó en atacar en la zona de avituallamiento, un movimiento desesperado de un animal herido. La superioridad del equipo Renault se puso de nuevo de manifiesto al lograr neutralizar aquel ataque poco honorable. Pero Hinault no podía rendirse; era algo impensable. Sus fuerzas le fallaron de nuevo, esta vez en la Madeleine, pero una vez más logró reducir distancias en el descenso. Hinault era como un boxeador grogui al que sólo la voluntad había mantenido en pie, pero bastaría un golpe más para derribarle. Fignon se lo asestó en el último puerto del día, La Plagne, donde se mostró superior a todos; no podía ganar un Tour sin adjudicarse alguna etapa de alta montaña, como hacían los grandes. Hinault, vencido, llegó a casi 3 minutos. Aun así conservó el segundo puesto, con una insalvable diferencia de más de 8 minutos. El norteamericano Greg LeMond se había aupado a la tercera posición tras ser tercero en la etapa. Su talento era más que evidente, y daría que hablar en el futuro. La decimonovena etapa, otro duro día alpino, se saldó con victoria de Arroyo, pero Fignon añadió otra muesca más ganando la última etapa de alta montaña. La guinda a su gloria llegó con la última contrarreloj individual, que ganó por los pelos, en un empate técnico con Sean Kelly.

El reinado de Bernard Hinault en el Tour había comenzado en 1978, y desde entonces tan sólo las lesiones parecían haberse interpuesto en su camino. Ahora un nuevo león aspiraba a liderar la manada. Ver al gran campeón derrotado en su propio terreno había sido tan escalofriante como ver a Napoleón volver grupas en Waterloo. El relevo generacional parecía un hecho, pero, como ocurriera con el pequeño gran corso, Hinault no había dicho su última palabra.
"Lucho" Herrera, el ciclista que tuvo despierta a toda Colombia.
Era el rey de Anshan, el rey del Mundo y de los cuatro extremos de la Tierra, el Rey de Reyes. ¿Cómo podía aquel advenedizo interponerse en sus planes? En 1985 Bernard Hinault tenía 30 años y todavía era capaz de dar guerra. De hecho aquella primavera había ganado su tercer Giro, y su palmarés era envidiable: dos Vueltas, un Campeonato del Mundo, varias carreras clásicas y critériums, y cuatro Tours. Muy pocos podían presumir de haber cosechado tantas victorias. Pero aquellos cuatro Tours eran incómodos, le quemaban en una piel que ansiaba llevar el amarillo como a toda costa. Pasados los años, parecía como si aquellas cuatro victorias fueran a desvanacerse como lágrimas en la lluvia. ¿Acaso recordaba alguien las tres victorias de Philippe Thys o Louison Bobet? No, cuando se hablara de los grandes campeones del Tour, se hablaría de Anquetil, y de Merckx. Quizás Hinault compartiera una línea con Thys y Bobet. Algo que el orgullo del francés no podía permitirse. La cuestión era simple: Hinault debía ganar un quinto Tour, costase lo que costase.

Para ayudarle a lograr su objetivo Hinault no dudó en exigir, y obtener, la contratación para su equipo de Greg LeMond, la sensación norteamericana que la temporada anterior había sido una valiosa mano derecha para Laurent Fignon. El estadounidense, a punto de cumplir 24 años, estaba ya lo bastante maduro como para poder luchar por una clasificación general. Aun así habría de sacrificarse todavía por su nuevo capitán. De forma sorprendente Hinault haría con LeMond un pacto público, declarando que si en aquel Tour el americano le ayudaba a lograr su ansiado quinto Tour, al año siguiente seria él, el gran Hinault, quien colaboraría con LeMond para llevarle de amarillo a París.

Tras todas sus preparaciones y reunir un equipo sólido, el destino favoreció al gran campeón: Fignon se lesionó y tuvo que ser intervenido con una cirugía, imposibilitando la defensa del título. ¿Quién quedaba para optar al título? LeMond parecía capaz de batirse el cobre con Hinault, pero ahora trabajaba para el francés. Los colombianos sólo podían ser un peligro para la clasificación de la montaña; ¿tenían Stephen Roche o Sean Kelly el nivel suficiente para vencer a Hinault? Sobre el papel no era así. Realmente con Fignon lesionado todo parecía favorecer al ganador de cuatro Tours. Sin embargo aquel no iba a ser un Tour fácil para Hinault. De hecho podría decirse que en la historia de la ronda francesa hubo pocas ediciones como la de 1985. De esas que uno desearía haber podido seguir día a día.

La etapa prólogo se saldó con victoria de Hinault y problemas mecánicos de LeMond. El primer lider en el llano fue el belga Ruddy Matthijs. En la primera crono por equipos La Vie Claire de Hinault demostró su superioridad. La carrera prosiguió por el llano con Kim Andersen, un hombre de La Vie Claire, como líder. Como si estuviera deseoso de estirar las piernas, en la sextapa etapa LeMond decidió meterse en la lucha de los sprinters. La victoria fue para Eric Vanderaerden, pero tras una lucha fratricida entre él y Sean Kelly (segundo clasificado en la meta), ambos fueron penalizados y la etapa fue para Francis Castaing. Tras él había entrado LeMond, el perfecto ciclista todoterreno.

El Tour llegó a los Vosgos con una larga contrarreloj individual de 75 kilómetros en la octava etapa. Ver a Hinault cruzar la meta aquel día debió ser parecido a ver al mítico Uther Pendragon hundir su espada Excalibur en la roca: toda una declaración de intenciones. Aquel era el Tour de Hinault, y para demostrarlo el campeón barrió a todos los favoritos, alcanzando y dejando atrás a su predecesor en la rampa de salida, Sean Kelly; aquel día el segundo mejor fue Roche a 2 minutos y 20 segundos. El vellocino de oro era por fin de Hinault, nuevo líder de la general. La Vie Claire tenía a tres hombres entre los 5 primeros. La guardia pretoriana del francés se antojaba terrible. Ave, Hinault, morituri te salutant.

Adentrados en el territorio del Jura, la alta montaña llegó en la etapa 11. El colombiano Luis Herrera volvió a demostrar que no tenía rival si se levantaba del sillín, salvo por Hinault, que aguantó a su rueda y juntos salieron en pos de los puntos de la montaña, en el caso del primero, y de aumentar diferencia en la general, en el caso del segundo. Herrera tuvo suerte de no correr junto a Merckx, y pudo obtener además la victoria de etapa. LeMond encontró cobijo en un grupeto formado por Pedro Delgado y otro de los míticos corredores colombianos de los 80, Fabio Parra. La siguiente jornada en la montaña era una larga etapa de 269 km con siete puertos (tres de primera categoría) a escalar; Parra ganó la etapa por delante de su compañero Herrera, mientras los favoritos de la general decidieron guardar fuerzas.

Fuerzas que Hinault realmente necesitaba, como se demostró en la decimotercera etapa, una contrarreloj individual que ganó Vanderaerden con 1 minuto y 7 segundos de diferencia con el francés. El líder había mostrado un primer signo de debilidad. Su lugarteniente LeMond era segundo en la general a más de 5 minutos.

Al día siguiente la carrera prosiguió por el Macizo Central, con un único puerto de alta montaña, L'Oeillon. Ágil como siempre en las cuestas, Herrera demarró a la primera oportunidad. No tardó en formarse un grupeto de caza en el que militaban Delgado y LeMond. Con esos más de 5 minutos de ventaja, no parecía que Hinault, resguardado en el pelotón por el resto de su equipo, debiera preocuparse por los jugueteos del estadounidense. Herrera ganó la etapa, y LeMond solidificó su segunda posición. Pero a menos de un kilómetro para la meta el sprint en busca de las bonificaciones se convirtió en una terrible caída de varios corredores que pilló a Hinault de lleno. A aquellos ciclistas que caen en el último kilómetro se les da el mismo tiempo que al resto del grupo en el que estuvieran corriendo. Tras ser atendido por el médico de la organización y cerciorarse de que su vida no corría peligro, un Hinault con la cara ensangrentada se montó en su bicicleta y recorrió los últimos metros hasta llegar a la meta. Se había roto la nariz. Una lesión que no le obligaría a dejar la carrera, pero las dificultades para respirar le iban a poner las cosas bastante difíciles.

La decimoséptima etapa llegó a los Pirineos con tres grandes puertos en el camino: el Aspin, el Tourmalet y la por entonces inédita subida a la estación de esquí Luz Ardiden. En el segundo de los grandes gigantes Hinault perdió comba con los favoritos LeMond y Roche, acompañados además de Perico Delgado. El estado del francés se había agravado con una bronquitis que llegaba en el peor momento. Hinault se cayó también de un segundo grupeto comandado por Kelly y Herrera, aunque en el descenso del Tourmalet pudo retomar el contacto con ellos. Mientras, en cabeza, Delgado se había escapado en busca de la victoria de etapa, algo que también ansiaba Roche, quien salió en su caza seguido de LeMond, quien ignoraba los problemas por los que estaba pasando su líder. Fue en el camino hacia Luz Ardiden donde al parecer un equipo de televisión informó al estadounidense de que Hinault estaba varios minutos por detrás, algo que era falso ya que había logrado reunirse con Kelly y los otros. Sin más información al respecto, LeMond optó por no perder de vista a Roche, su orden del día. Mientras tanto Herrera y Parra venían desde detrás dispuestos a aguarles la fiesta. LeMond sentía que Roche no estaba tan fuerte como él, pero necesitaba el permiso de su director para atacar. Cuando el norteamericano pudo por fin hablar con el director, Paul Koechli, éste le dijo que Hinault estaba cerca y debía esperarle. A este respecto hay dos versiones: Koechli afirma que le dio permiso para atacar y seguir adelante si lograba dejar atrás a Roche; por contra LeMond afirma que Koechli le mintió, y que, desesperado por atacar, cada vez que le preguntaba sobre la diferencia exacta que tenía sobre Hinault, el director deportivo le respondía con evasivas. Mientras corredor y director discutían, los colombianos llegaron con un grupo de unos 14 o 16 corredores detrás. Fue entonces, según LeMond, cuando realmente se enfureció al ver que le habían mentido, ya que Hinault no se encontraba entre ellos. Dentro de la lógica interna del equipo francés, al parecer Koechli había temido que LeMond cogiera el amarillo y la quinta victoria de Hinault se viera amenazada. Toda aquella polémica e indecisión favoreció a Delgado, quien acabó ganando la etapa a pesar de que los colombianos se escaparon en su busca. LeMond no guardó rencor a Hinault, ajeno a las maniobras de su equipo. Cuando se enteró de lo sucedido, el francés realizó sus famosas declaraciones de que al año siguiente ayudaría al norteamericano a ganar el Tour. Pero por el momento LeMond, que había descargado su frustración con lágrimas al llegar a la meta, tendría que seguir ayudando a Hinault, aunque sentía, y siempre ha sentido, que dadas las circunstancias no había merecido la victoria final.

Así pues, Hinault seguía líder, ahora con solo 2 minutos y 25 segundos sobre LeMond. Al día siguiente en una etapa de alta montaña menos exigente Hinault sólo cedió minuto y medio ante el ganador de la etapa, Stephen Roche. El Tour se había decidido en Luz Ardiden, y ya sólo restaba una contrarreloj individual que LeMond ganó por 5 segundos sobre Hinault. En el podio de París, el colombiano Herrera se proclamó campeón de la montaña con un margen considerable. Pero la noticia fue evidentemente la quinta victoria en el Tour de Hinault, consiguiendo su segundo doblete Giro-Tour, aparte, claro está, de entrar en el selecto club de los pentacampeones de la ronda francesa junto a Anquetil y Merckx.
Hinault ha sido el último francés que ha ganado un Tour.

sábado, 5 de octubre de 2013

John Adams

En un musical escolar de Los Simpson había una corta, cruda y epatante canción sobre los presidentes más mediocres de la historia de los Estados Unidos (ya saben, here's William Henry Harrison, I died in thirty days!) que nos hablaba de esos presidentes sobre los que Spielberg nunca hará una película. También estaba aquel otro momento donde la estatua de Jefferson se quejaba a Lisa de que nadie acudía a verle. Aunque el bueno de Thomas no debería quejarse, ya que, aunque no sea trate de un William Henry Harrison, de todos los políticos de su generación uno de los más olvidados sea seguramente John Adams, que en la historia ha parecido vivir siempre a la sombra de Washington, Franklin o el citado Jefferson. En el año 2001 un libro de David McCollough ayudó a recordar al público las hazañas de Adams, y unos cuantos años después de aquel libro surgió una miniserie de siete episodios facturada por la prestigiosa HBO.

Los fans de la cadena ya sabéis como cuidan a sus bebés, a los que suelen dotar de bastantes medios. Evidentemente John Adams no es una excepción y la ambientación está cuidada al detalle; quizás por ello sólo dispongamos de siete episodios que disfrutar, en los cuales se narra la vida de Adams desde el inicio de la Revolución y la Guerra de Independencia pasando por su etapa como presidente hasta su muerte. Evidentemente la serie es ideal para quien guste de cintas históricas y demás, pero la calidad de sus intérpretes, guión y la trama paralela de la vida familiar de Adams puede atraer también a quienes prefieran un tono más parecido al drama familiar. De todas formas tampoco hay que engañarse: quien no tenga absolutamente ningún interés en la historia o en este periodo americano quizás debiera optar por otros títulos televisivos. ¡Por fortuna ahora mismo no nos faltan series que ver! Con todo John Adams logra no sólo interesarnos por los grandes acontecimientos que llevaron al nacimiento de los Estados Unidos, sino por la vida de las personas mundanas en aquella época, y lo que duro que podía suponer para una familia la llegada de una grave enfermedad, o el simple hecho (simple para nosotros, claro) de cruzar el Atlántico y estar separados durante meses o años, como les sucedió a los Adams. De hecho la comunicación epistolar entre los dos conyúges se considera hoy en día no sólo como una imprescindible fuente de información para quien desea documentarse o escribir sobre el periodo revolucionario norteamericano, sino que además sus cartas de amor pasan por ser una de las muestras de arte epistolar más refinadas de la historia norteamericana. Por lo que podemos colegir de la serie así debe ser. Y en estas ocasiones siempre me imagino a algún futuro historiador teniendo que estudiar nuestros paupérrimos emails. Ciertamente cualquier carta pasada fue mejor.

Otro gran aliciente es poder disfrutar de ese pequeño gran actor que es Paul Giamatti, cuyo Adams es tan bueno como se puede esperar de él. Como frecuente secundario le he visto a la sombre de intérpretes que no merecían ni limpiarle los zapatos, y por ello siempre resulta gratificante verle como protagonista (aprovecho para recomendaros que echéis un ojo a Giamatti en American Splendor, por ejemplo). De todas formas si en otros papeles lo ha tenido fácil para destacar, en John Adams por el contrario tenía a su alrededor una dura competencia, empezando por la protagonista femenina de la serie, Laura Linney, cuya Abigail Adams no sólo está a la altura del Adams de Giamatti, sino que creo además en que en más de una ocasión logra robarle el protagonismo. Aunque probablemente con quien más he disfrutado ha sido con el Jefferson que Stephen Dillane ha construido; resulta algo chocante verle en un papel tan alejado del vengativo Stannis Baratheon de Juego de tronos, pero el personaje norteamericano ciertamente sacó lo mejor de Dillane, cuya representación del famoso político me ha parecido simplemente brillante; digna de algún tipo de spin-off, de hecho. Tom Wilkinson, a quien muchos recordaréis por la divertida Full Monty, también merece ser nombrado por su carismática y divertida actuación haciendo de Benjamin Franklin.

Aunque como todo producto artístico John Adams tiene sus errores y licencias artísticas e históricas (algo que no habría gustado nada al propio Adams de la serie, si hemos de juzgarle por una de sus últimas escenas) la serie cuenta con un gran guión y por momentos ofrece momentos brillantes; aparte de los refinados momentos epistolares (que imagino en su mayoría habrán sido sacadas de las cartas que escribieron los Adams), destacaría por ejemplo la reunión de Adams y Franklin con Jefferson acerca de su Declaración de Independencia; o la estancia de Adams en la corte de París, a la que el pícaro y astuto Franklin se adapta perfectamente, pero que saca de quicio al ilustre abogado, mostrando así no sólo la brecha existente entre un colono norteamericano y la corte francesa, sino la que ya existía simplemente entre los nobles franceses y su pueblo, del que Adams podría ser un representante, aunque sea al otro lado del Atlántico. Los diálogos políticos entre Adams y Jefferson, o entre éste y Alexander Hamilton, también son muy estimulantes, así como la delirante audiencia del protagonista con el rey Jorge III; las escenas íntimas entre el matrimonio Adams también nos dan muchos buenos momentos.

No digo que John Adams esté a la altura de los grandes buques de entretenimiento de la famosa cadena, pero es bien sabido que suele equivaler a calidad, y esta miniserie desde luego merece la pena. Sólo por el cruce de cables que representa Dillane y su Jefferson Baratheon ya hay que recomendarla, además de por todo lo demás que he comentado. Yo por lo pronto ya estoy buscando una tira de seda o lo que sea eso para hacerme una coletita del XVIII, que queda muy fino y muy digno.

viernes, 4 de octubre de 2013

Chica triste

La magia de la música de Badfinger siempre funciona, ya sea en un pub, en la intimidad del hogar o sonando de fondo en alguna película serie. Obi-Wan, o alguien del equipo de producción de la serie, conocía esta gran verdad, y ahora tras el emocionante final de Breaking Bad muchos habrán descubierto el maravilloso legado de esta banda; quizás unos no pasen de "Baby Blue", y otros con más suerte irán más allá. Para quienes ya le conocíamos nos sirve para volver a ponernos alguno de sus estupendos discos, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, alabando lo enormemente acertado de la elección.

Qué grandes eran, frijoles.

miércoles, 2 de octubre de 2013

El tren del terror (1980)

El tren del terror es otro título de la larga lista de slashers y pelis de terror que se pusieron de moda entre finales de los 70 y principios de los 80, en este caso protagonizado por Jamie Lee Curtis, convertida en toda una "Scream Queen" de la gran pantalla, quizás muy a su pesar. Y es que tras el éxito de Halloween a la joven actriz le llovían los papeles, pero , ¡ay!, todos eran acerca de chicas que tienen que sobrevivir a algún psicópata o a nieblas asesinas.

El tren del terror sigue todos los tópicos del género: un grupo de jóvenes estudiantes con hormonas a rebosar, una frágil protagonista femenina con un ninja en su interior, y un malvado enmascarado dispuesto a deshacerse de todos uno a uno. Nada nuevo, pero es una perfecta distracción para pasar una noche en pareja, en familia o con los amigos, un carro de palomitas delante, y un pañuelo que morder.

En este caso el locuelo de turno es, o más bien fue, un tímido estudiante a quienes sus compañeros gastaron una novatada de muy mal gusto que se les fue de las manos, y que tuvo a Jamie Lee como cebo; por supuesto será la única a la que la cosa le sepa mal. El caso es que al traumatizado nerd se lo llevan a una institución, y pasados unos años el resto del grupo alquila un tren para celebrar la graduación y pasar la Nochevieja. Durante el viaje habrá alcohol, chicos y chicas, un mago, y una fiesta de disfraces. ¡Disfraces! ¡Máscaras! ¡Jóvenes parejas tocándose en la oscuridad! Una invitación a la chanfaina, vamos. Este slasher en cuestión tuvo al menos el punto original de que el asesino tomaba el disfraz de su última víctima, con lo que le vemos llevar una máscara distinta en cada ocasión; aunque para la posteridad todos le recordamos con su máscara de Groucho Marx.

El tren de terror no está a la altura de clásicos como la citada Halloween, Viernes 13 o Pesadilla en Elm Street, pero sirve para pasar el rato y consumir palomitas. Además sale Jamie Lee Curtis (mujer que siempre me ha parecido muy excitante ya sea de linda jovencita o explosiva milf), una protagonista carismática y cuyos gritos son ya míticos, y hay una cachonda aparición de todo un David Copperfield haciendo, claro que sí, de repeinado y misterioso mago.

El tren de terror, amigos; nada mejor que un clásico del terror tardíosetentero-ochentero para verlo con tu pareja, y si es asustadiza, Hollywood nos ha enseñado el truco del bostezo y la mano del hombro, excelente truco con el que luego tratar de realizar una calenturienta sesión de metemano que lleva invariablemente a ser cortados a cachitos por el reprimido y psicopático vecino del quinto armado con cuchillo jamonero. ¿No es un plan genial?