martes, 31 de diciembre de 2013

domingo, 29 de diciembre de 2013

Esmeralda

El árbol de la libertad debe regarse de vez en cuando con la sangre de patriotas y tiranos

sábado, 28 de diciembre de 2013

¡Cuidado, T.Rex!

¡No creo en la tierra de Godzilla se les pueda reprochar que muerdan el cebo! Por no ver no ven ni las piernas del tipo. Y ahora no vengáis a decir que está preparando y quitarme la ilusión. Desde luego en lo de hacer bromas Japón está a otro nivel. Aunque mi preferida siempre será ésta.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Dos cabalgan juntos (1961)

John Ford dijo de ella que era la mayor mierda que había rodado en mucho tiempo, y Shirley Jones (la pizpireta Marty Purcell de la película) afirmó que de no ser por sus dos protagonistas, aquel film habría sido un desastre. Todos coinciden en afirmar que para el mítico director Dos cabalgan juntos fue poco más que un encargo, un mero producto para ganar dólares y mantenerse ocupado. El Hollywood que había ayudado a crear se estaba derrumbando bajo sus pies; sus viejos amigos iban desapareciendo (el fallecimiento de su compinche Ward Bond provocó que Ford acelerara el fin del rodaje en exteriores para sumergirse en un solitario maratón alcohólico para afrontar la pérdida) y poco a poco el director iba perdiendo su motivación para rodar. Que Dos cabalgan juntos sirviera de transición entre dos clásicos como El sargento negro y El hombre que mató a Liberty Valance no la ayuda precisamente a que goce de mucha popularidad entre los críticos y aficionados al western, incluso entre los más fordianos. Ciertamente no estamos hablando de Centauros del desierto (aunque curiosamente en su trama hay bastantes paralelismos), pero Dos cabalgan juntos es un film al que tengo gran cariño, supongo que porque fue uno de los primeros westerns que me impactó y de los que guardé un gran recuerdo desde churumbel. 

El motor de la historia es la citada Marty, cuyo hermano pequeño fue raptado por los indios años atrás. Ella y otros familiares de blancos cautivos de los indios reclaman al ejército que tome cartas en el asunto. El comandante Fraser no puede arriesgarse a una guerra pero encarga a su teniente Jim Gary que forme equipo con el marshall Guthrie McCabe para acudir en rescate de los prisioneros.

Ciertamente lo que a uno le impacta de pequeño deja de parecerle tan estupendo de mayor, pero siguen habiendo momentos que recordar como la historia de la cajita de música o el contundente desprecio de la sociedad bien que vemos en cierto momento del film. Pero sin duda estoy de acuerdo con Shirley Jones en que lo mejor de la película es su dúo protagonista. Ni James Stewart ni especialmente Richard Widmark se sintieron cómodos en sus respectivos papeles, para los que objetivamente eran demasiado mayores, aparte de que rodar con Ford nunca era cómodo para casi ningún actor. Pero ciertamente ambos se complementaban muy bien, como queda demostrado en el largo diálogo de McCabe y Gary junto al río; sin duda una de las mejores secuencias del film. Aunque si alguien destaca realmente es el McCabe de Stewart: un comisario cínico y corrupto amante de la vida fácil muy alejado de cualquier héroe desinteresado que podamos encontrar en un western al uso. McCabe es una antítesis de los personajes que Stewart interpretó para Frank Capra; liberado de los contratos y la imagen a los que había estado atados durante los 30 y los 40, el actor volvió de la guerra dispuesto a sumergirse en papeles más oscuros y, cuanto menos, moralmente dudosos. No parece que hayan muchas dudas de que el McCabe que interpretó con su maestría habitual hablaba por boca del desencantado Ford a quien, por decirlo de una forma metafórica, el hecho de rescatar a algún blanco capturado por unos indios se la traía bastante al pairo. El que el director volviera al retrato casi paródico de los nativos americanos de otros tiempos puede ser una buena prueba de ello. Prácticamente ningún actor, director o técnico del viejo Hollywood había regresado, como es lógico, psicológicamente indemne de la Segunda Guerra Mundial. Y para Ford seguramente aquella nueva forma de entender el cine y el negocio, y aquella nueva sociedad que emergía de la conflagración, no merecían la pena una nueva lucha; aquél era un mundo en que muchos blancos cautivos de los indios ya no querían ser rescatados. Todo lo que quedaba de ellos no existía, tan sólo en el recuerdo de sus familiares, que de encontrarse con la realidad reaccionarían con hostilidad, o creyéndose su propia fantasía.

Para mí Dos cabalgan juntos es un film entrañable, pero eso no quiere decir que quien se acerque a él por primera vez vaya a encontrar la película de su vida. Pero merece la pena ver a Widmark y Stewart en acción, y, sometido al prisma de lo ya expuesto, creo que la cinta gana en interés si uno visualiza al propio Ford escupiendo sobre el mundo en cada frase del misántropo McCabe.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Canción para los sordos

Me han llegado ecos del tal Kiko copando las listas de ¡ay! tuns y la tal Belén vendiendo su libro como rosquillas. Dentro de lo respetable que pueda ser lo que cada uno haga con su dinero, su tiempo, sus orejas y su cerebro (aunque siendo políticamente correcto aquí, porque en realidad sólo de pensarlo se me antoja un cruce de cables como una plaza de toros), no sé qué hacer, si darme de cabezazos en la cabeza, hacer como si nada estuviera pasando, o comprarme un taxi y salir a limpiar las calles como Travis Bickle. Espero que este cómputo global tan berrendo tenga su equivalente en Suecia o Finlandia, donde todo es siempre mejor, y nos hacen ver lo horribles que somos. Pero siempre acabo pensando, no sé si con razón o no, que Spain is different. ¡Que vivan las cadenas! Y si es la de los 40, mejor.

Listen, you fuckers, you screwheads. Here is a man who would not take it anymore...

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Raíces profundas (1953)

Guns don't hurt. Una frase pronunciada por un niño mientras jugaba con otros chavales a indios y vaqueros en las cercanías del hogar de George Stevens. El veterano director había estado un vehículo con el que expresar sus sentimientos acerca de la guerra, la cual había conocido de cerca, como muchos otros compañeros de su generación, trabajando para el Signal Corps, el servicio de comunicaciones del Ejército estadounidense. Stevens rodó material durante el Día D, aunque la experiencia que realmente le marcó fue la misión que le encomendó Eisenhower de rodar los horres del Holocausto en el campo de Dachau. La Segunda Guerra Mundial cambió, de una u otra forma, la visión de la vida de los cineastas que participaron en ella, y sus filmografías reflejaron ese cambio vital. Para el George Stevens que había contemplado, y rodado, las pilas de cadáveres de Dachau, la frase de aquel chico no pasó desapercibida. Las pistolas no hacían daño, porque los westerns de Hollywood estaban repletos de tiroteos masivos donde la gente salía ilesa, o de pistoleros que recibían un balazo y se reincorporaban con milagrosa facilidad. Stevens no había dado con una trama de su agrado para rodar su propio film bélico, pero había dado con un western que podía servirle para tal propósito. Y aquellos niños que jugaban le convencieron de que debía mostrar, de alguna forma, el horror y la destrucción que podían significar las armas. El director estaba dispuesto a desmitificar la figura del pistolero en aquel nuevo Hollywood de la posguerra.

Shane (el título original) estaba basada en un relato corto de Jack Shaefer. El ganador del Pulitzer A.B. Guthrie fue el elegido por Stevens para adaptar la obra a la gran pantalla. El director había leído una obra corta del autor ambientada en el Viejo Oeste y su tratamiento del romanticismo de los pioneros y la Frontera le pareció el ideal para el film. Guthrie se entrevistó con Stevens, se llevó un guión (ya que nunca había visto uno) y en tres días ya tenía listas veintipico páginas. En cuatro semanas tenía acabado el encargo.

Raíces profundas trataría de restar romanticismo a la figura del pistolero (o quizás sería más acertado decir que trataba de restar romanticismo al modo en que se representaba la muerte de un hombre en la gran pantalla), pero al mismo tiempo enraizaba su trama en el folclore del Viejo Oeste en cuanto a la unidad familiar del pionero, los viejos y duros, pero también felices, días en la pradera, en la que palmo a palmo los ganaderos y agricultores iban ganando terreno para la nueva nación de los Estados Unidos.

El solitario pistolero Shane fue suavizado respecto a la novela original, en la que vestía de negro y seguramente se asemajaba más a su rival, Jack Wilson. Los dos son hombres oscuros, dado que ambos llevan la muerte en sus pistolas; quizás sean sólo dos cosas las que les diferencian: a quién ponen el servicio de sus pistolas, y que Shane está cansado de la violencia, mientras que Wilson ha terminado por aceptarla de una manera pragmática, aunque no ha de gustarle necesariamente. Sin embargo Stevens decidió darle un aspecto menos feroz a su protagonista, aunque seguía manteniendo esa especie de melancolía fruto de tantos años de tiroteos y muertes. Probablemente el personaje de Shane hubiera sido más crepuscular de haber sido Montgomery Clift, la primera opción del director, quien hubiera interpretado al pistolero, pero aquel nuevo Shane encajaba mejor con el duro de pequeño formato Alan Ladd, quien tendría en Raíces profundas la guinda a una carrera que no tardía mucho en declinar. El honesto y luchador campesino Joe Starrett era un papel destinado para William Holden, pero acabó en manos de Van Heflin. Tras las negativas de sus favoritos el director fue sacando nombres de la lista de estrellas a sueldo de la Paramount; así fue como una Jean Arthur en semiretiro pisó por última vez los platós para encontrar a un Stevens muy cambiado tras su experiencia en la guerra.

Raíces profundas, como ya he dicho, es otro de esos films hollywoodienses que contribuye a "imprimir la leyenda", que diría John Ford, del Salvaje Oeste, pero al mismo tiempo desnuda al pistolero solitario de su aura impoluta del héroe que simplemente defiende la justicia y acaba con los malos; el Shane de Stevens es producto de la posguerra, como lo es probablemente el Ethan Edwards de Centauros del desierto (¿habría sido posible un Wayne así antes de la carrera?). Con todo, Raíces profundas es un epítome de la historia del pistolero que cual caballero andante acude ayuda de los indefensos, en este caso una familia de agricultores quienes con otros campesinos están tratando de levantar una comunidad próspera en la llanura, a lo que se opone fieramente el ganadero Rufus Ryker, quien con sus matones trata de hacer la vida imposible a los destripaterrones para que abandonen el lugar. Shane, quien parece escapar de un pasado violento y escabroso, simplemente parece buscar en un principio una nueva vida, un simple y duro trabajo en la granja de los Starrett. Pero como suele suceder en estos casos, el pasado siempre vuelve, usando esta vez como vehículo a Ryker y los suyos.

Raíces profundas gira entorno al valor de la familia y las consecuencias de la violencia, aunque a varios niveles habla también de la transición entre el Viejo Oeste y la civilización que está por llegar (un tema recurrente en muchos westerns), de las pasiones románticas que acompañan al caballero defensor, y de la visión infantil del amor y la violencia, vistas respectivamente a través de la esposa de Starrett y su hijo. Pero sobretodo el mensaje que imprime Stevens es el rechazo a la violencia, las consecuencias de la misma y su utilidad como arma de último recurso. Las dos primeras se pueden resumir en varios trazos a lo largo del film, aunque el más espectacular visualmente es sin duda la muerte del desdichado personaje llamado Torrey, quien es lanzado hacia atrás por la potencia del disparo que recibe; una concesión en un film en el que Stevens cuidó el rigor histórico para mostrar gráficamente su mensaje, lo que le valió no pocas luchas con la censura. Por otro lado la violencia más extrema como último recurso es algo que comparten, curiosamente, Shane y Ryker, aunque éste evidentemente es más proclive a ella. Con todo, Ryker no es un simple villano al que hacer frente, y en una descriptiva escena el ganadero ofrece unas razones de su conducta que pueden ser hasta cierto punto lógicas, aunque no las compartamos. Ya que como le espeta Starrett, sus métodos y sus creencias pertenecen al pasado, y el nuevo mundo al que están abocados todos los personajes no tiene cabida para gente como él o Wilson, o siquiera Shane.

Raíces profundas constituye un hito del western de los años 50, y, por ende, del de todos los tiempos. Ladd tuvo en Shane uno de sus últimos mejores momentos, el Starrett de Heflin ha quedado como un icono del pionero americano, y Jack Palance sigue luciendo fríamente tenebroso como el pistolero Wilson. La trama de Raíces profundas se ha convertido ya en un estándar de Hollywood que ha sido revisitada en varios ocasiones por varios remakes, ya sean oficiales u oficiosos, entre los que destaca sin duda El jinete pálido, aunque las conexiones con el clásico de Stevens llegan incluso hasta la filmografía de Jean Claude Van Damme. No es de extrañar, ya que cualquier gran historia tiende a ser rescatada una y otra vez dado que lo que la hace grande la hace también inmortal. Y sin duda la de Raíces profundas lo es.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Adiós a Peter O'Toole y Joan Fontaine

Con Peter aprendí que nada está escrito. Y con Joan que una casa puede estar poseída por un espíritu que no ha de ser necesariamente una figura translúcida. Entre otra muchas cosas. Hasta la vista, fue un placer.
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lunes, 2 de diciembre de 2013

Corporaciones malvadas

Si existe algo parecido a los xenomorfos de Alien, el octavo pasajero ahí fuera, no me cabe duda de que será Monsanto la Weyland-Yutani que trate de traérselos para su departamento de armamento biológico.

¿Será nuestro futuro como el de Orwell o como el de Huxley? ¿O una combinación de ambos?

De momento vuelvo a recomendarles que visionen La corporación.

Y en un Público, una lista con diez de las corporaciones más malvadas. Claro que en estos casos siempre es mejor tratar de contrastar la información.

Bonum virum facile crederes, magnum libenter.