martes, 6 de octubre de 2015

Antiquísima y Poderosísima Orden de la Bendición de la Mendiga

Durante el reinado de los primeros Hannover había decenas de clubes para caballeros más salidosque el pico de una plancha. Entonces, todos los aristócratas estaban cortados con la misma tijera. El club más desenfrenado estaba en Escocia y, aunque llegó a tener sucursales en Glasgow y Edimburgo, fue fundado en 1732 en la ciudad de Anstruther, condado de Fife, en donde no había por entonces demasiadas alternativas para pasar el rato. Tenía el peculiar nombre de Antiquísima y Poderosísima Orden de la Bendición de la Mendiga, por una vieja leyenda del rey Jacobo V, que tras socorrer a una mendiga se ganó esta bendición: «Que tu bolsa y tu brío no te fallen nunca». (...)

El presidente colocaba un plato de estaño en una mesa a cuyo alrededor se congregaban un par de docenas de miembros —del club, vaya— con sus llamativas indumentarias oficiales. Cuando alcanzaban el frenesí priápico disparaban «una cucharada de su cuerno» en el plato. Luego brindaban con oporto en copas fálicas por una «erección firme y una inserción fina» mientras cantaban canciones sicalípticas. A veces había tal barullo que recuperar el sombrero era como encontrar una aguja en un pajar, no sé si me explico. La expresión «pajilleros sin vergüenza», era un grito de libertad intelectual. Dominique Strauss-Khan habría estado allí en su salsa. Esas liturgias terminaban con charlas fascinantes (palabra que viene del latín fascinus, miembro viril en posición de firmes) que versaban sobre la procreación de los batracios, la menstruación de las ballenas o la sexualidad de las garzas. El símbolo del club era un falo del que colgaba una pequeña bolsa con la leyenda: «Puede pinchar mi monedero, nunca fallará». Una de las reliquias era una tabaquera que contenía el vello púbico de una de las amantes de Jorge IV, miembro supernumerario del club (el rey, no su amante). Las actas de la Bendición de la Mendiga se guardan en el museo de la Universidad de St. Andrews. En el mismo museo se conserva la caja de madera del Club de la Peluca, cuyos miembros veneraban una cabellera hecha con el vello púbico de amantes del rey Carlos II.

Gonzalo Ugidos, Chiripas de la historia

2 comentarios:

Ginebra dijo...

Jajajajajaja, esa parte de la historia no suele aparecer en los libros... y mira que he leído libros de historia, ayyyyy esas cosas deberían aparecer en los recuadros coloridos a modo de curiosidad para darle un toque "más bribón" al recorrido humano.
Sea como fuere, siempre me han pasmado las pandis masculinas en cuanto a masturbación se refiere. Típico de cualquier periodo histórico, por lo que veo... en fin, para ciertos menesteres nosotras solemos preferir la intimidad o individualidad.
Besos

Möbius el Crononauta dijo...

Sip, estos ritos masculinos vienen de antaño... Me pregunto si Internet habrá cambiado eso.