viernes, 15 de enero de 2016

Retrato de un político

Hace unos meses comentaba la delgada línea que separa en ocasiones al ciudadano medio del fanático capaz de matar en nombre de su causa. Para ello recurrí a unos párrafos de esa fascinante novela que es Chacal, de Frederick Forsythe. Por supuesto un libro de esas características da para mucho más, y esta entrada es un nuevo ejemplo de ello. En estos tiempos de política hasta en la sopa, de empujones entre bastidores y cuchillos tras el telón, de medianías ocupando altos cargos y demás, no está de más revisar el retrato que alguien como Forsythe realizó de un político al uso, un alto cargo, y especialmente, de cómo había llegado allí.

Era el jefe de Francia, no en el sentido literal de poseer ninguna especie de jurisdicción sobre el país del otro lado del Canal, hacia el cual tanta amistad había manifestado de boquilla y tan poco afecto había sentido toda su vida, sino jefe de la oficina del Foreign Office cuya misión consistía en estudiar los asuntos, ambiciones, actividades, y, a menudo, conspiraciones de aquel maldito país e informar luego de todo ello al subsecretario permanente, y, en última instancia, al Secretario de Estado de Asuntos Exteriores de Su Majestad.

Sir Jasper poseía —pues de lo contrario no hubiese conseguido el cargo— todas las condiciones necesarias: una larga y distinguida hoja de servicios en la diplomacia de varios países, excepto Francia, un historial excepcional en sus juicios políticos que, aunque a menudo equivocados, se hallaban inevitablemente de acuerdo con los de sus superiores del momento; un curriculum vitae, en fin, del cual podía sentirse ciertamente orgulloso. Nunca había sido atrapado en error, públicamente; nunca había tenido demasiada razón hasta llegar a la inconveniencia; jamás había expresado una opinión que no estuviera dentro de la línea de las que prevalecían en las altas esferas del Cuerpo.

Su matrimonio con la poca agraciada hija del jefe de la Cancillería en Berlín, quien más tarde había ascendido a subsecretario delegado ayudante de Estado, no le había, ciertamente, perjudicado. Le había permitido enviar en 1937 un infortunado memorándum desde Berlín manifestando su opinión de que el rearme alemán no tendría, en términos políticos, efectos reales en el futuro de la Europa Occidental.

Durante la guerra, de vuelta en Londres, pasó una temporada en la Oficina para los Balcanes, y había aconsejado encarecidamente que Inglaterra apoyara al guerrillero yugoslavo Mijailovich y a sus cetniks. Cuando el Primer Ministro de entonces, inexplicablemente, había preferido hacer caso de los consejos de un oscuro joven capitán llamado Fitzroy MacLean, que se había lanzado en paracaídas en aquella zona y aconsejaba que se apoyara a un despreciable comunista llamado Tito, el joven Quigley había sido trasladado a la Oficina para Francia.

En ella se distinguió como principal defensor del apoyo británico al general Giraud en Argelia. Era, o hubiese sido, una excelente política, de no haber sido anulada por aquel otro general francés, menos veterano, que había vivido en Londres y no había cesado de luchar para poner en pie una fuerza llamada Franceses Libres. Por qué razón Winston no hizo ningún caso a aquel hombre, era algo que los profesionales nunca alcanzaron a comprender.

Por supuesto, nada de lo que hiciera referencia a Francia podía resultar muy útil. Nadie pudo decir nunca que a Sir Jasper (nombrado caballero en 1961 por sus servicios a la diplomacia) le faltara la calificación esencial para ser un buen jefe para Francia. Sentía una antipatía congénita por Francia y por todo lo francés. Tales sentimientos habían quedado reducidos a la nada en comparación con los que profesaba hacia la persona del presidente francés a partir de la conferencia de Prensa del general De Gaulle del 14 de enero de 1963, en la que cerró las puertas del Mercado Común a Inglaterra, y que obligó a Sir Jasper a pasar los veinte peores minutos de su vida con el ministro.

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